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¡Echémonos
al monte! En esta época en la cual todos hablamos de libertad, que ya es sinónimo de libertinaje merced a la amplitud conque empleamos el vocabulario, parece como que se ha perdido la noción de los más profundos valores humanos; aquellos de los que siempre hicimos gala los de habla hispana: Valor, lealtad, sentido del deber, amistad, amor y, sobre todo, sinceridad con uno mismo. Todo ello se ha perdido en aras de la libertad de expresión, ésa misma que añoramos tantos años y por la que tantos sacrificios experimentamos y que tan digna de loa es, no me cansaré de repetirlo. Pero es que hemos confundido la gimnasia con la magnesia; aunque ambas tengan algo que ver, ya que ésta se utiliza para la práctica de la otra. De sobra sé que ya se han vertido ríos de tinta sobre el asunto del curita de marras que ejerce su Ministerio en un pueblecito de Huelva, célebre además por las botas que en él se fabrican y no porque allí se haya producido el hecho escandaloso. Pero quiero añadir algunos pensamientos de mi coleto sobre tal suceso. No pretendo juzgar la conducta privada de dicho sacerdote; yo no soy quién para hacerlo. Dejando al margen mis propias ideas sobre los hábitos o las querencias sexuales de cada cual, sí opino que estos hábitos poco tienen qué ver con los otros, con los que viste el monje. Y no me agradaría que me tachasen de machista, porque tan mal me parece quien habiendo hecho votos de castidad en su momento los rompe por atrás o por delante, que me da lo mismo. “¿Qué opinión tiene sobre los homosexuales?”, le preguntaron al eximio y ya difunto Camilo José Cela. Y su respuesta, tal vez procaz si es que se quiere, o salida de tono como en él era costumbre, fue contestar que ninguna, que se limitaba a no tomar por el culo. Aquellas palabras fueron tomadas como un insulto al colectivo gay cuando no eran otra cosa que la fiel expresión de un pensamiento. Desde que el mundo es mundo siempre ha habido homosexuales de ambos sexos y los seguirá habiendo y no creo que sean motivo de escarnio o de hogueras inquisitoriales tales prácticas. Los mismos espartanos, guerreros valerosos donde los haya habido, eran famosos por tal comportamiento. Y el mundo de las Artes guarda profunda huella de genios que pertenecían “a la otra acera”. Cada cual, como bien dijo nuestro recién fallecido Premio Nóbel, es muy dueño de utilizar sus posaderas y sus partes pudendas como mejor le plazca. Pero el mundillo gay, últimamente, y abusando de esa libertad de expresión que tanto loo, se ha lanzado al monte y ha salido a las calles a reivindicar unos derechos que no le corresponden. Respetemos sus formas de amar, eso está claro, pero siempre que ellos respeten las que los demás tenemos. Si es malo que un cura mujeriego imparta la Doctrina y mal ejemplo dará a sus feligreses, peor me parece que lo haga uno “del otro bando”. Podrán preguntarme los motivos y soy muy explícito en ofrecerlos: El primero hará mal uso de su jerarquía, pero el segundo lo hará contra natura. Si un joven estudia en la Academia del Ejército y después de salir de oficial y vivir largos años a costa del contribuyente, alcanzando cargos más elevados, se me niega a ir a la guerra porque tiene miedo, habré de comprenderlo porque el temor es una debilidad humana. Pero si alega objeción a matar y a emplear armas, me pensaré que nos ha estado tomando el pelo largamente. Podría haber escogido cualquier otra profesión que no le pusiera en ese brete. Pues con el onubense me sucede lo mismo. ¿Que le gustaba el sexo cuando hizo sus votos? Como al más tonto. Pero tener propósito de practicarlo y sin enmienda, eso es reírse de cualquiera. Y ya, saltar a la luz pública en un acto de apología de su homosexualidad es delirante. ¿Quiere poner a la Iglesia en un apuro o es buscar la notoriedad por hacer el estúpido? Cuentan que dijo: “- ¡No puedo más!”. Y apareció en portada. Y me parece muy bien que lo dijera, porque al menos cumplió con uno de esos valores morales de los que hablé al principio: Fue sincero consigo mismo. Pero en vez de tocar las campanas a rebato, para sembrar la alarma, lo que debió haber hecho es hablar con su obispo y colgar los hábitos, renunciando por tanto a la paga del Erario Público y haberse dedicado a trabajar en otro oficio, que buena preparación les suelen dar en los Seminarios y no se hubiese quedado sin empleo. Pero es más bonito darle cuatro cuartos al pregonero y seguir chupando de la teta. Y, encima, hacerse famoso en cinco días y llenarse los bolsillos, que no lo hará gratis, por supuesto. Ha habido muchos sacerdotes que no han podido o no han querido cumplir el celibato, (cosa, por otra parte, de lo más absurdo que la Jerarquía Eclesiástica pudo imponer hace siglos y que no tiene tampoco nada de normal), pero tuvieron el valor de, en silencio, renunciar a sus prebendas y vivir en el anonimato su nueva singladura. Eso sí es ser honrado con tus querencias. El cura Mantero no pasará a la Historia, pero sí a la historieta. En vez de haberse echado al monte con su algarada se podría haber ido a Almonte, que le pilla no lejos de Valverde, a rezar a la Virgen del Rocío a ver si Ella le aconsejaba y le ponía las ideas en su sitio. Pero prefirió ponerse las botas, haciendo honor a la fama de su pueblo. Total, que ha hecho el ridículo.
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