Hetairas al poder
Dicen que es el oficio más viejo del mundo, aunque tal vez no sea cierto. Más antiguo debe ser el de recolectora de manzanas, como Eva, y, luego, el de carnicero (¿no ofrecía Caín corderos al Señor y acabó por ofrecerle la sangre de su hermano?). Pero séalo o no, el caso es que siempre se ha ejercido. Claro, que no hay puta si no hay cliente y no existe cliente si no hay mercancía en venta. Luego los dos oficios irán cogidos de la mano, para no despistarse por esas calles de Dios. O del Diablo, que sería lo apropiado. El caso es que las mujeres que negocian con su cuerpo, - ¡qué forma más insulsa de llamar al puterío! -, se han lanzado a la calle y aquí, en Madrid, se han puesto el mundo por montera, y nunca mejor dicho, para hacer honor al nombre de su lugar de trabajo. ¿Sus reivindicaciones? Que les dejen folgar en paz, que su tarea es tan digna como cualquiera otra y que están hasta el moño, (cuidado con las erratas, Anika, tanto aquí como en el título), de que los comerciantes de la citada vía madrileña de la Montera, esos que pagan sus impuestos, y bien caros por ser calle céntrica y principal, se quejen de sus actividades laborales. ¡Que hay que trabajar, narices! Que es un mandato divino y una tarea impuesta al ser humano en aras del Pecado Original. Si es que no nos enteramos, leñe. Una persona quiere laborar para pagarse el sustento y van los demás y se lo impiden. ¿Dónde se ha visto eso? En otros países de Europa se fomenta el trabajo independiente; por lo visto, en España no es así. Y las pobres mujeres, las putillas que diría el expresivo Torrente de Agustín Segura, se ven abocadas a ejercer oficios serviles cuando tan sencillo es ponerse panza arriba, (o panza abajo, que para todo hay gustos), y ahí me las den todas. ¡Pues no! Los comerciantes quieren que se pongan de rodillas, postura de lo más inhumano que existe y vilipendio cruel de las personas, para fregar escaleras. Y que ganen 70.000 pesetas mensuales en tan cruel labor en vez de las 40.000 que confesó en televisión una colombiana de las del gremio que, “como mínimo”, ganaba diariamente. Y le contestó un patán del pueblo, un miserable empleaducho, todo indignado, que muchas familias españolas viven con una nómina exigua de 120.000 pesetas mensuales. ¿Qué culpa tendrá la pobre hetaira de que las cosas estén mal repartidas? Que reclame el descontento al Ministro de su gremio o al Alcalde de su ciudad, que para eso “les ha” elegido. La pobre emigrante, que tuvo que sudar tinta para poder venir a lejanas tierras para echar un casquete, demasiado hace con echarlo y no pagar impuestos, porque así no compromete a sus clientes cargándoles el IVA. Pasando de la broma al cachondeo, porque es para tomarlo de esta forma, ¿hasta cuándo se va a permitir que estas profesionales y sus clientes, porque como queda dicho los dos van bien unidos, sigan tomando la vía pública, que es de todos, como terreno abonado por otros y apropiado para que ellos recolecten la cosecha? Putas las ha habido toda la vida. Nuestros clásicos así lo recogen en sus escritos. Mari Tormes, la de El Quijote, ya lo era y prestaba sus servicios a los arrieros, con el consiguiente destrozo de pellejos de vino. Y puta era Celestina; y encima, vieja, como la llama el criado de Calixto. Pero eran putas de buen vivir y estaban recoletas donde no las confundieran con las mujeres honradas. Así no se equivocaba uno y podía ir a tiro hecho. Ahora las tenemos en las calles, en los parques creados para el bucólico esparcimiento y en donde mejor se tercie. Y en pelota picada aunque haga frío, eso sí, para que tampoco nos equivoquemos. Y no esperan a que sus servicios sean reclamados, sino que ellas mismas acosan al ciudadano que va tranquilamente a realizar una gestión o simplemente de paseo. Claro, se dirá que el que va por allí ya sabe lo que le espera y entonces comprendo el lógico cabreo de los comerciantes que tienen sus legítimos negocios establecidos y que pagan con sangre sus esfuerzos y ven cómo sus compradores huyen de tales lupanares públicos. Y encima sufren las visitas de los municipales para que les enseñen sus licencias cada poco tiempo. ¿Se las piden acaso a las señoras que están en la calle luciendo sus encantos o a los proxenetas que viven de esas pobre mujeres descarriadas? No. Tanto a unas como a otros, lo máximo que puede pasarles es que se efectúe una redada y en dos horas estén en la calle nuevamente. Lo malo del asunto, que poco hay de bueno en todo ello, es que donde hay prostitución cunde la droga. Eso antes no ocurría y la cosa era menos grave. Ahora, jeringuillas y papelinas van unidas a estos bajos fondos. Y mientras, las Fuerzas de Orden Público apaleándose entre sí a pocos metros, en vez de estar al loro del asunto. Pero de eso ya hablaremos otro día, que también tiene su miga. Como siempre repito, ¡bienvenidos sean los emigrantes que vienen a ganarse la vida honradamente, que son muy muchos! Pero a esta gentuza que vive del vicio ajeno y de la vagancia propia, por favor, que los devuelvan a sus casas, que se vayan a ejercer en sus países. Porque a las putas españolas hay que mantenerlas, que además tienen muchos hijos rondando por aquí. Pero a los de las extranjeras que los aguanten en su tierra. De los clientes ni hablo, porque me dan pena. Muy desesperados han de hallarse para buscar en tales sitios ese simulacro de amor que no logran de otra forma. O muy ruines han de ser. Lo claro es que si no existiese demanda no existiría la oferta. Luego tanta miseria reparten unos como otras. Las Autoridades son las verdaderas culpables: Que legalicen tal oficio, que permitan casas de lenocinio controladas, tanto médicamente como en cuestión de impuestos, y que dejen vivir en paz al ciudadano honrado, que es el que siempre paga el pato. - ¡Que no, mi señor don Quijote, que no es princesa sino ramera de taberna! -. Exclamó Sancho... Y el Caballero de la Triste Figura no le hizo caso y acabó volando por los aires, manteado por los mozos del mesón. Así va a terminar, con los huesos molidos, alguno que conozco; oséase, algún alcalde, en los próximos comicios. Que una cosa es la charanga y otra, y bien diferente, es el desmadre.
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