Meteduras de pata

En este país está comprobado que el que no mete la pata, (en castizo diríamos la gamba), es porque no puede; porque querer, queremos todos. En los momentos en que redacto estas líneas se han producido tres deslices hasta el corvejón y que levantan ampollas. Vamos con ellos:

Las Fuerzas de Orden Público se enfrentan entre sí.

¡Maravilloso espectáculo el que dieron los policías antidisturbios reprimiendo la manifestación de sus compañeros de la Policía Municipal en la Plaza de la Villa, de Madrid, al lado del Ayuntamiento! Y a todo esto, celebrándose un Pleno, con el alcalde y los concejales discutiendo de asuntos municipales. Las voces de los dialogantes fueron prontamente acalladas por el griterío, los disparos de botes de humo y la leña que repartieron unos y otros. “¡Somos policías, no somos delincuentes!”, clamaban los manifestantes mientras eran apaleados por sus compañeros. Igual que si hubieran clamado en el desierto. Los otros tenían órdenes severas del Delegado del Gobierno, que no en vano le trajeron del País Vasco, y las cumplieron con exceso de celo. ¿Qué hubiera sucedido si los guardias de paisano, que superaban los dos mil, hubieran repelido con sus armas reglamentarias la agresión de sus colegas que no llegaban a doscientos? No quiero ni pensarlo. Chicago y sus Al Capone se hubieran quedado chicos. Y a todo esto, el excelentísimo supremo edil de la Villa y Corte, negándose a bajar a dialogar y apaciguar el tumulto, aunque se lo pidieran hasta sus compañeros de Partido y no digamos los concejales de la oposición. Dicen que aseguró que aquella reunión no la interrumpía ni Dios Bendito y así fue. Mientras, varios embajadores pasando por la calle Mayor, camino del Palacio de Oriente, a presentar sus cartas credenciales. Y el líder sionista, de huésped. El Huésped del Sevillano, como la zarzuela, porque no sé si saben ustedes que el alcalde de Madrid nació a orillas del Guadalquivir. ¡Vaya espectáculo! De película psicodélica. Vamos, para ir a mear y no echar gota. Mientras tanto, la delincuencia campando a sus anchas sin nadie que le pusiera freno, ya que demasiado atareados estaban restañándose las heridas los unos y haciendo el cafre los otros.

 “Juanito”, el bien hecho, pero mal acabado.

Llega el tío a las Olimpiadas de Invierno, organiza la tremenda, consigue tres medallas de oro para España, forma la polémica sobre si es o no español, se le ofrece un clamoroso recibimiento por parte de Sus Majestades, está en loor de multitudes y, de repente, le hacen echar un pis, que por cierto le costó un rato, y sale que ha tomado lo que no debía. Que se ha dopado, para que nos entendamos. Las cañas se le han tornado lanzas y de héroe a villano en un segundo. Y no villano de los de Madrid, sino de los que merecen el desprecio de todo el mundo, hasta de los que hasta entonces se habían desecho en halagos y en plácemes. Ya sabrán el chiste, supongo: “Un español gana tres medallas de oro y un alemán es expulsado de los Juegos”. Y el médico del equipo español diciendo que posiblemente comprara el medicamento por Internet; que si no, no se lo explica.

Aparte de que cualquier atleta de alta competición se mete lo que no está en los escritos, sin exclusión, mientras no me demuestren lo contrario, es que hay que ser idiota, (o tonto del culo, como prefieran), para hacerlo en vísperas de unas competiciones mediatizadas por un trato despreciativo hacia los atletas rusos y por los gestos de una “exhibicionista” patinadora, que parece que puso en ascuas a los puritanos del COI por lo hermosa que estaba la criatura y las formas que hacía resaltar. Pero idiotas el Juanito y su médico, que tenía obligación de controlarle. Así que llegaron los de la probeta y les pillaron con las manos en la masa. O donde tuviera que ponerlas para realizar la prueba; o sea, con el bolo colgando. Otra escena más, digna de película de los hermanos Marx.

 Los bulos del Gobierno en cuanto a hacer viajes. 

Que Felipe González le tiene ganas al sillón de la Moncloa eso lo vengo repitiendo desde hace tiempo, pero que se informe sin pruebas de que ha estado de tertulia con el ministro marroquí y aún con el mismísimo Mohamed VI, ya es que clama al cielo cuando no se ha comprobado. Naturalmente, ha sido rápidamente desmentido y aunque se pidan las cabezas de dos ministros, el de Asuntos Exteriores y el portavoz del Consejo, y del Embajador español, todo quedará en agua de borrajas y, al final, habrá sido un error de un periodista con ganas de notoriedad. O, como mucho, lo pagará algún mindundi que solamente cumplía instrucciones de sus superiores. Pero van a ver cómo no dimite ni San Pedro.

Como dije en su día de Zapatero, González es muy dueño de viajar donde le plazca y de hablar con quien le venga en gana. Estamos en un país libre. Pero no es tan imbécil como para hacerlo de forma solapada y en plena Fiesta musulmana del Carnero, saltándose a la torera todos los protocolos y dando cuatro cuartos al pregonero. (Y sin haberlo pensado, me ha salido un pareado). ¡Es mucho más inteligente que todo eso, señores del Gobierno! Si lo han difundido con ánimo de desprestigiar al rival que cada día ven más cercano, sería comprensible y hasta disculpable; pero la metedura de pata de hacerlo sin constatarlo es imperdonable.

Está visto: Aquí el que no la mete es porque no le dejan. Pero a la menor oportunidad, lo hacemos todos. Me refiero a la pata, claro está, porque lo que es otra cosa, parecemos el perro del hortelano: Ni jodemos ni dejamos de joder al prójimo. O, al menos, de intentarlo. ¡Hay que... fastidiarse!

                                                             

 

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