No a la Ley Seca. Sí a la
educación
El proyecto de ley que quiere imponer el señor Presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, y que sin duda prestará ánimos a otros dirigentes autonómicos a seguir el ejemplo, es francamente insostenible y dictatorial. NO SE PODRÁ BEBER EN LAS CALLES. Por supuesto que alcohol, que el agua imagino que no la prohibirán. Una cosa es que una pandilla de gamberros se piensen que la calle es suya y otra bien distinta privarle a un ciudadano mayor de edad, (es decir, un contribuyente en ejercicio o en potencia), de poder aliviar su sed con un bote de cerveza. Todos los extremos son odiosos y se juntan y en este caso parece que han contraído un matrimonio incestuoso condenado al fracaso desde un principio. Ya fracasó la Ley Seca en los Estados Unidos por los problemas que originó fomentando el estraperlo y la actividad mafiosa. Al Capone y los suyos se hicieron ricos con el tema y la gente siguió bebiendo. Es lo mismo que el consumo de marihuana que realizan nuestros jóvenes. Yo, desde luego, no sabría dónde comprarla si la quisiera, pero los chavales se las ingenian para conseguirla y saben a cómo cuesta y en dónde hallarla y si es de mejor o peor calidad, lo cual indica que la han catado con ahínco. Y no hace falta ser indígena, que conocí a un muchachito francés, harto capaz él, (vino a estudiar mediante la Beca Erasmus una carrera de Economía), y a los dos días conocía a todos los proveedores. El problema no es impedir que la gente haga una cosa sino educarle a no hacer aquello que no conviene a su salud y a su dignidad. Y al derecho de unos terceros que sufren las consecuencias. España es un país de bebedores y de fumadores, (estos cada día menos gracias a las influencias yanquis, que fabrican las cajetillas, nos las venden y luego quieren hacer que no fumemos), y estos vicios, adiciones o como queramos llamarles no los va a conseguir suprimir nadie a base de fuerza policial o de represión legislativa. Primero, eduque; luego, aconseje y, por último, al que se salga de los cánones de la convivencia natural métanle entre rejas. Pero comenzar por lo último es poner el tejado antes que los cimientos. En efecto, la juventud se ha “pasado” un pelín. De tomar unas cañas con los amigos a organizar una orgía multitudinaria en honor del dios Baco va un abismo. Y dejar toneladas de basura desparramadas en la vía pública también manda narices. Ellos alegan que así fomentan las amistades y los conocimientos entre las diferentes clases sociales que se confraternizan ante la botella de vidrio o el vaso de plástico. Yo opino que lo mismo puede conseguirse asistiendo a un teatro, un museo o a un divertido Parque de Atracciones. Pero será que tiene más encanto orinar juntos el hijo de un banquero y el de un albañil. Y si es en la puerta de un comercio, manchando la fachada, mejor que mejor. ¡Que se joda el tendero que tendrá que limpiarlo! Y todo esto entre risas y opinando sobre qué pensará el sufrido vecino de los respectivos padres de ambos. En mi juventud se hacían gamberradas. Fue precisamente cuando se inventó y se hizo de uso corriente esa palabra que anteriormente o no existía o no se utilizaba. Pero eran juegos de niños comparadas con los actos vandálicos que ahora se producen. Y no es que fuéramos mejores ni más tontos que los chicos de ahora; simplemente es que había una cosa que ahora falta y que se llama disciplina y sentido de la vergüenza. Estando los muchachos delante, yo nunca escuché decir a una jovencita a voz en grito: “- ¡Voy a mear!”. Y menos levantarse y ponerse a hacerlo a menos de cinco metros de donde estaban los tíos. Ahora parece que no es malo ni feo el decirlo ni hacerlo. Será que nosotros teníamos una moral muy reprimida. Nuestros porros y nuestras pastillas de éxtasis consistían en, cuando se disponía de dinero, tomarte dos chatos de vino o dos cervezas y, llegando a la cumbre del frenesí , hacerse una gayola, léase paja si es más comprensible, y te quedabas más a gusto que San Judas. No conocí a ninguno que por hacer aquello tuviera que ser asistido de urgencia ni a nadie que falleciese a consecuencia de ello. Si acaso, aquel amigo que tuvimos todos, que le llamaban “Pepito paja en bolso”, ya se supone por qué, que a veces recibía una bofetada de sus padres, por guarro y por cochino. Y de esto no hace tanto tiempo, ¡qué carajo! Apenas treinta y pocos años, menos de un segundo en la Historia de la Humanidad. Pero al parecer hace siglos, por lo que piensan los muchachos. Drogas siempre se han consumido desde que fueron descubiertas las virtudes de los opiáceos. Del vino, mejor no hablar, que el mismo Noé la pilló buena. Pero estas fiestas que obligatoriamente se convocan, incluso por Internet para que vean qué modernos y tecnológicos somos, los fines de semana y las vísperas de fiesta son solamente unas reuniones borreguiles donde la persona pierde su yo propio para convertirse en únicamente un elemento de la masa. Si esto es lo apetecible, habrá que consentirlas. Mas no me parece propio. Hay un sitio para cada cosa y una cosa para cada sitio. Y se puede beber sin pasarse de la raya y sin molestar al prójimo que tiene derecho al descanso. Pero de ahí a reprimir estas actividades vandálicas a base de palos y de normas estrictas media un abismo. Hay que formar a la gente; tanto a los jóvenes, que están en edad de ello, como a los mayores que porque tienen mayor capacidad económica pueden alcanzar su embriaguez o efectuar su consumo de estupefacientes en lugares de lujo. A éstos ya será más difícil meterles en vereda, pero puede conseguirse. A los chavales no es tan difícil. Con solamente una poca de atención de sus padres, con intentar saber qué hace tu hijo y con quién anda, no es tan complicado el asunto. Claro que es más cómodo sacarse unos billetes del bolsillo y largárselos al niño. Así nos dejará en paz durante unas horas, que es lo que en el fondo desean estos padres modernos y que no fueron educados para tener hijos. El que ignora es porque quiere, porque aprender civismo y educación está al alcance de cualquiera. Pero es más cómodo dejarse llevar por la languidez y que sean otros los que nos libren de tal tarea. Luego nos asustamos cuando nos dicen que nuestro hijo está detenido en tal comisaría o agonizante en un hospital. Campañas efectivas contra el vicio. Cultura, educación y buenas maneras. Y al que no quiera comprenderlo, un buen palo en las costillas. Pero antes hay que poner los medios para que no se aparten del buen camino y enseñarles cuál es éste. Y predicar con el ejemplo, que es lo que no estamos haciendo nadie.
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