Unido en la distancia,
somnoliento,
a aquella que el alma me mantiene,
se me marcha la mente a los adentros
pensando lo que ocurrió hace ya meses.

Te conocí una tarde de verano;
pensé que eras persona diferente,
dijeron que eras una chica
y, sorprendido,
a ti me dirigí galantemente.

No sé por quién me tomarías al hablarte.
Tal vez por un galán o un prepotente...
O, acaso, por un loco sin cabeza
que supo destilar en tus oídos
palabras educadas pero ardientes.

Recuerdo que charlamos "a dos dedos"
y la noche se pasó tan velozmente
que apenas si, en el alba, nos dijimos
adiós, hasta mañana,
dulcemente.

Ya todo fue deprisa, no había horas.
Tu presencia llenó toda mi mente.
Esperé tus mensajes como un niño,
a mis años cansados,
que anhela con gran ansia su juguete.

El tiempo se me iba ante las teclas
y, unido en la distancia, frente a frente.
llegué a sentirte que eras mía,
y yo tuyo,
y a caer en tus brazos, inconsciente.

¡Cuántas horas pasamos, vida mía,
sintiendo estar unidas nuestras mentes
al través de un cable telefónico,
de forma imaginaria
pero juntos, en suma, realmente!

Y un día decidimos conocernos...
¡Cómo volaba el Ave lentamente
camino de la tierra que te viera
nacer hace un suspiro!
¡Qué impaciente

sentí mi corazón bullir nervioso!
¡Qué miedo que me daba conocerte!
Y cuando al término llegué,
quedé rendido
ante tu realidad brillante y sugerente!

Dudé bastante, créelo bien cierto.
Te lo he dicho ya más de dos mil veces.
No quería causarte daño alguno,
te vi muy débil
pero al tiempo, inmensamente fuerte.

Tan fuerte que, sin darme yo cuenta,
hace de ello, ahora, quince meses,
me dejaste sin causa, que yo sepa,
destrozado, infeliz,
ante las puertas oscuras, incluso, de la muerte.

¡Yo que te había querido quizá hasta la locura,
tú que me habías amado sin tenerme,
entrambos, locos, rompimos el hechizo,
ese rayo de luz,
ésa, que nos unía, tan mágica corriente.

Demostrarte pensar muy en ti misma.
Sabías qué querías y qué quieres.
Y, a la postre, por un puñado de monedas,
tal Judas a Jesús,
mostrándome rencor vas y te vendes.
Porque, además, me echaste a mí la culpa,
la culpa de haber dejado de quererme.
Diste más fe a lo que de mí contaron,
incluso que a mi voz,
sin permitirme que yo me defendiese.

Fuiste el objeto de una sarta de engaños.
Tal vez, acaso, es que ya le conocieses.
A espaldas mías pudiste ser su amante,
yo tan tranquilo.
Nunca mi amor pensó en perderte.

Pero ya ves: Fue cosa de la vida.
Aquella historia que comenzó en un viernes
se acabó un día, como se acaba todo,
pues todo nace,
se desarrolla y, finalmente, muere.

Así que tú en un lado y yo me encuentro en otro.
Mis cartas las recibes y no quieres leerme.
Seguro que las rompes sin tan siquiera abrirlas.
¿Para qué hacerlo
si quien pagarte puede ya lo tienes?

No sabremos jamás uno del otro.
Incluso no sabremos si, por suerte,
nos fuimos de este mundo. La distancia
fue fatal a los dos,
como al amor le sucede casi siempre.

¡Y pensar que por un plato de lentejas,
por el simple valor de una cuenta corriente,
despreciaste mi amor, que todo te lo daba..!
Porque todo te di
con toda mi ilusión, como un adolescente!

Disfruta su dinero. Es lo que vale.
Disfruta de su amor y dile tiernamente
que tú le quieres mucho, pero nadie,
eso te lo aseguro,
como te quise yo, ¡jamás ha de quererte!


Poema anterior                                  Menú                         Poema siguiente

Hosted by www.Geocities.ws

1