¿Tú has visto al caminante que, sediento,
el desierto recorre y halla agua?
Se sumerge en su seno, queda ahíto...
mas no puede consigo llevar nada.

Y el camino recorre nuevamente.
La sed ya se ha apagado en su garganta,
pero el recuerdo del líquido atormenta
su mente, con más ansias...

Eso pasó contigo, que en un día
apuré hasta el final de la botella...
¡Calmé la sed de aquel instante
y, hoy, siento sed de ti, con mayor fuerza!
¡Si hubiera degustado poco a poco
la fruta de tu amor, serenamente..!
Pero, torpe, guióme mi deseo
y vacié, de un sorbo, el recipiente.

Éste es el fin... Perdido en el desierto,
ya no he de hallar el milagroso oasis
dónde refresque la savia de tus labios
mis cálidos sentidos, en un éxtasis...

 

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