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I
NOTICIAS DE
AYER
Éste es un relato en el cual lo real se mezcla
con lo imposible, lo lógico con lo incomprensible y el Bien anda
revuelto con el Mal, dándose de bofetadas en tan insólita mezcolanza
que, a menudo, es difícil distinguir entre ambos. Los hechos acaecieron
hace tan poco tiempo que he preferido guardar el anonimato de alguno de
los personajes. De esta guisa, si acaso leéis en la Prensa alguna
noticia que os resulta extraña - o familiar, tras de leer este libro -,
habida en un país lejano, seréis muy dueños de relacionarla o no con
lo que aquí os cuento.
Ésta es la consecuencia principal que del suceso extraje: el hombre es
libre para actuar a su real antojo. De ello dependerá la salvación de
su alma o el que vague por la Región de las Sombras eternamente. Yo,
que me vi en el trance de estar en las Tinieblas por unos instantes,
viajando en muy ingrata compañía, podría aconsejaros a los que no habéis,
gracias al Cielo, vivido tal experiencia. Pero eso iría en contra de
los principios que anteriormente expuse: el hombre goza, para su bien o
su desdicha, del libre albedrío. ¡Que cada cual, con la ayuda de Dios,
escoja su destino!
Hacía ya varios días que había recibido la
carta, pero mi talante apático y otras ocupaciones más urgentes
hicieron que me olvidara hasta de rasgar el sobre. Siempre he pensado
que el correo, normalmente, no trae más que molestias y preocupaciones.
Jamás he recibido una buena noticia a través de una carta; ni mucho
menos ningún dinero, que parece ser la sal de la vida. Por ello,
acostumbro a dejar que el puñadito de sobres que se reciben a diario
duerma el sueño de los justos en compañía de sus antecesores, hasta
que, cuando se me apetece, los abro todos a la vez, mezclando unos con
otros los de diferentes fechas, lo cual proporciona casi siempre una
divertida lectura.
Es cierto que examiné el remite y me sorprendí de que mi amigo N. me
escribiese después de tanto tiempo, pero la extravagancia que siempre
le caracterizara permitía esperar de él que me enviase un abultado
mamotreto tras de más de seis años sin hablarnos ni saber el uno del
otro.
El caso es que nunca nos habíamos sentido distanciados a pesar de no
vernos. Supimos siempre que podíamos contar con la mutua ayuda. Y ahí
es donde radica la verdadera amistad... Pero los caminos de la vida, la
familia, las distintas profesiones, los nuevos conocimientos, hicieron
que N. y yo fuésemos espaciando nuestros encuentros, al principio,
limitando más tarde nuestras relaciones al frío contacto telefónico y
concluyendo, por último, en una ignorancia consentida con el, todos los
días olvidado, propósito de hablarnos cualquier año de estos...
A pesar de mi extrañeza y de la tentación de conocer el contenido de
su carta, fui consecuente con mis hábitos y la olvidé por un tiempo.
Así pasaron los días hasta que le llegó el turno a mi consabida
jornada de leer la correspondencia y, ciertamente, algo me impulsó a
comenzar por aquel sobre. Sentado en mi sillón, lo primero que hice fue
sopesar su abultado contenido. ¿Tanto tendría que contarme que había
necesitado varios folios para hacerlo? ¿Qué querría decirme?
Y animado, sin duda, por un ápice de curiosidad, habiendo dado las
pertinentes instrucciones para no ser interrumpido, comencé la lectura
de aquellas hojas remitidas por mi viejo amigo...
A capítulo II
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