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Pagué caros los besos que me
diste.
Me dieron gran dulzura, pero luego
dejaron amargor sólo en mis labios,
se llevaron mi calma y mi sosiego.
Fueron días hermosos, no lo dudo.
Me amaste de verdad, eso es bien cierto,
quizá más que yo a ti, pero más tarde
mi corazón dejaste frío y yerto.
¿Y no te da vergüenza de tus actos?
Yo del engaño que te hice me arrepiento.
Mas inútil parece ser arrepentirse
cuando un corazón a perdonar no está dispuesto.
Será que mis pecados fueron muchos,
será que la factura lleva impuestos;
se acabó mi caudal, lo he derrochado
y ahora ya de ahorrar no tengo tiempo.
Fui muy rico una vez en ilusiones,
en dinero también y en pensamientos.
Mas hoy esa fortuna se ha alejado,
barrida cual las hojas por el viento.
Y volver a empezar se me hace grande,
un esfuerzo terrible y muy incierto.
Mi alma está cansada de agonías,
de dolores sin fin, de sufrimientos.
Pero habrá que surgir, dar otro paso,
realizar aun sangrando un nuevo intento
de vivir y de amar, de estar alegre.
Pues si no, bien mejor es estar muerto.
Así que lucharé por levantarme,
dar traspiés al principio, luego andar recto,
despacio, sin cansarme, con paciencia,
confesando a mi Dios tantos secretos.
Que Él que ya los sabe, estoy seguro
ha de saber oírme y comprenderlos.
Luego ya nada importa, siempre y cuando
tenga a bien conducirme hasta Su seno. |
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