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ANÁLISIS COMENTARIO Y DEMÁS |
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Si no pueden, que cuelguen
El secuestro y el terrorismo telefónico se han convertido en ominosas costumbres en el México del 2008. La presión ciudadana para depurar a las fuerzas policiacas y terminar con la impunidad debe ser acompañada a la exigencia de mandar a casa a los funcionarios incompetentes
SEPTIEMBRE, 2008. En la mañana del 21 de agosto Manuel B. recibió una llamada en
su despacho. El hombre se identificó como "alguien cercano" a su hermano Rubén, quien
desde hace años vive del lado norteamericano en la frontera norte. El sujeto, con acento anquilosado, se identificó como agente aduanal y le dijo que su consanguíneo había sido detenido "por querer pasarse de listo" sin especificar la razón. El."agente" dijo ser "benevolente" y añadió que su hermano podría quedar libre si "se mochaba" con 25 mil pesos que, dijo, "tenía depositados en la cuenta
XXXX" del banco XXX. "Ahí fue donde me di cuenta que esto era más serio", señala Manuel. "Ahí tienes depositada esa lana como garantía de modo que no nos puedes hacer
pendejos", expresó el sujeto.
"Está bien, sólo quiero hablar con mi hermano para saber que está bien", pidió Manuel. Imposible, respondió el agente, "se encuentra en los
separos". Mientras conversaba, Manuel pidió a su secretaria por escrito que buscara el nombre de su hermano en una agenda. Una vez localizado le solicitó que hablara a su domicilio en la frontera. El número estaba ocupado, "lo cual era raro porque a esa hora él y su esposa estaban trabajando", dice Manuel.
El "agente" quizá sospechó las pausas de Manuel. "¿Qué, le estás hablando a su casa? Si serás güey, no te
digo que lo tenemos en los
separos?" Entonces por qué estaba ocupado el número? "A lo mejor los de la DEA ya irrumpieron en la casa", respondió la voz.
En eso se cortó la señal del teléfono y menos de un minuto después sonó,
esta vez en el celular; de nuevo era el "agente": "¡No puedes escapar, cabrón, mejor cáete con esa lana y soltamos a tu hermano". Su secretaria entonces
le pasó la noticia, que su hermano Rubén estaba en línea por el
Messenger, en su trabajo, y sin imaginar el drama que ocurría a casi 800 kilómetros de ahí. "Teclee unas preguntas sobre información que nadie más habría sabido sobre los dos, así como una anécdota de hace muchos años que incluía un código
que nadie más sabía. Cuando vi la respuesta sentí que se me estabilizaba la presión sanguínea". Así, en medio de la conversación, Manuel cortó la línea inesperadamente. El "agente", hasta hoy, no se ha vuelto a comunicar (Manuel retiró el dinero de la cuenta para depositarlo en otra ciudad, colocó identificador de llamadas a su teléfono y compró otro celular aunque con identidad
falsa).
"Mi hermano y su familia están bien, pero después de esta experiencia ya nunca vuelves a ser el mismo. Te conviertes en un paranoico que se angustia porque algunos de tus hijos se retrasa de la escuela". Rubén lo invitó a irse a vivir a Estados Unidos, "estoy pensando en esa posibilidad... hay muchas cosas que no me gustan de los gringos pero aquí ya no siento que mi integridad ni mi familia estén seguros...", dice.
Lo que le hizo perder toda la confianza en la autoridad es la abrumadora información que el "agente" tenía sobre él. "Es como ser entrevistado por
la Gestapo o la KGB ¿cómo sabían tanto de mí, y sobre todo mi número de cuenta en el banco y lo que tenía depositado?". Para él la única respuesta es que "los extorsionadores están
infiltrados en el gobierno, nadie más podría tener acceso a toda esa información".
La extorsión telefónica, o "secuestro mental", como le llama el abogado Abner Díaz, se ha convertido en otra lucrativa actividad
delictiva este 2008. La diferencia con los secuestros de hijos de empresarios o celebridades (el más reciente de Alejandro Martí), donde se piden millones de pesos por el rescate, los extorsionadores telefónicos suelen acosar a gente de clase media y exigirle cantidades que rara vez pasan de los 50 mil pesos, que por lo general representa el ahorro de toda la vida de muchas familias acosadas. Algo que llama la atención de Díaz es "porque el fenómeno se está dando únicamente
contra mega y microempresarios y no contra las familias políticas más poderosas de este país".
Si bien es cierto que la infiltración dentro del gobierno cuenta mucho para que se realicen estos actos, creo que mucho tiene que ver la información que manejamos por Internet", agrega. Un
hacker que logre entrar a nuestra cuenta de correo puede enterarse de información íntima, ideal para un chantaje". En tal sentido Manuel reconoció que en varias ocasiones realizó movimientos bancarios a través de la red, "de todos modos sigo creyendo que alguien dentro de la institución bancaria les proporcionó información".
¿Qué hacer entonces si se nos presenta un caso así? Señala Díaz: mantener la calma y organizar una red de comunicación entre los familiares más cercanos que puede
incluir claves telefónicas o de mensajes imposibles de descifrar para alguien más. Evitar dar tarjetas de presentación a desconocidos, nunca incluir información personal en sitios como
MySpace". Para los familiares lejanos Díaz recomienda enviarles instrucciones preventivas a través del correo tradicional, el de estampillas, "imposible de detectar por estas pandillas de celular y cibernéticas. Pero hay que hacerlo todo con
tiempo. Con frecuencia este tipo de delincuentes olvidan que la tecnología 'obsoleta' puede seguir funcionando y dejan de hacerle caso".
Pero lo más importante, refiere, es denunciar el delito ante la autoridad. "Debemos hacerlo aunque tengamos poca confianza en ella. Quedarnos callados y asumir que
'ai muere' va a resolver muchísimo menos; equivaldría a decirle a los delincuentes que han ganado". Y ese es precisamente el punto, añade Díaz: "La sociedad mexicana no estaría pasando por todo esto si los delincuentes no percibieran el ambiente de impunidad, y para combatirla tenemos que presionar a la autoridad. Por ello coincido: si quienes se supone deben defenderlos no lo hacen, que se vayan; cobrar un sueldo sin cumplir tu trabajo es corrupción".
La lucha contra el crimen organizado, concluye "empieza a llegar al tétano de una sociedad que no estaba preparada para reacciones de este tipo. Pero la extorsión telefónica, el secuestro y demás factores que propician la inseguridad ciudadana difícilmente serán combatidos si no se depura en serio a la estructura
policiaca. De otra manera seguiremos recibiendo llamadas desagradables".
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