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Perdonen ustedes, pero Jesse Jackson nunca fue otro Martin Luther King

Todos los obituario, sin excepción, llamaron "líder moral" a este personaje quien, aunque no ocupó posiciones políticas clave en el partido demócrata, tuvo ahí un peso enorme durante cinco décadas. En ese tiempo, Jesse Jackson se benefició enormemente con la industria del victimismo entre las minorías raciales. Por tanto, no lo comparen con Martin Luther King: esos zapatos le quedan grandísimos

FEBRERO, 2026. Como una nota perdida entre tantas nos enteramos hace unos días de la muerte de Jesse Jackson, a quien invariablemente los medios agregaron lo de "reverendo", punto extraño si se supone que ya no deben hacerse alusiones religiosas para no ofender a los lectores que no se consideran a sí mismos cristianos.

Tantas loas, tanta belleza desinteresada, no parecen formar parte de la real labor de Jesse Jackson: por el contrario, analistas como Thomas Sowell han indicado que el recién fallecido líder "se benefició enormemente con la industria de victimizar a los negros", y antes que alguien acuse a Sowell de "racista" o tonterías afines, este gran pensador norteamericano es negro.

Jesse Jackson recibió un oportunísimo golpe publicitario (para él, por supuesto) de haber estado junto al reverendo Martin Luther King cuando éste fue ultimado a las afueras de un motel en Memphis. Ello permitió a Jackson auto asumirse como líder del movimiento del inmolado líder, posición que exprimió hasta donde pudo los siguientes años, décadas incluso: todos los medios, sin excepción, que publicaron su obituario lo describieron como "líder moral".

En aquellos momentos, mediados de 1968, era válido decir que Jesse Jackson apoyaba una labor genuina, y justa, a favor de los derechos de la población negra. Jackson se mantuvo al frente de su congregación en Chicago y realizó labores loables no solo como ministro, sino como líder comunitario, un trabajo muy similar al que realizaba en Nueva York el también reverendo Al Sharpton, a quien abordaremos en otra ocasión.

El problema llegó al iniciar los años 70 cuando se profundizó el odio a Richard Nixon por parte del ala mas radical del ala demócrata (y lo que para nada es una coincidencia con que hoy ocurre en tiempos de Donald Trump) ésta buscó hacerse de cañón electoral entre la comunidad afroamericana. Nadie en ese momento se acordó que Luther King tenía su carné como miembro del Partido Republicano y que cuando se reunió con el entonces presidente, el demócrata Lyndon B. Johnson, el trato fue áspero y saltaron chispas entre ambos. Nixon era el demonio encarnado y había que enfrentarlo; hacia 1971, Jesse Jackson brindó su abierto apoyo al candidato demócrata George McGovern, a quien Nixon le propinó una madriza marca diablo en las elecciones del año siguiente (el partido del burro solo ganó el Distrito de Columbia y el estado de Minnesota).

Para las elecciones cuatro años más tarde y con Nixon en desgracia, la figura de Jesse Jackson creció como "líder moral" de los negros, siempre y cuanto éstos se ostentaran como gustosos simpatizantes demócratas, de lo contrario no pasaban de ser títeres republicanos, incapaces de pensar por su cuenta. Esa labor consistía, naturalmente, en mostrar posturas izquierdistas y a favor de la URSS: el reverendo y varios de sus acólitos realizaron viajes de "buena voluntad" a ese país y jamás encontraron nada de criticable durante sus visitas (guiadas) al paraíso soviético: "Lo que encontré fue más orden y dedicación", dijo Jackson a la revista TIME tras uno de esos viajes, "ése es un ejemplo que deberíamos seguir"(y que, de haberlo hecho, Estados Unidos habría tenido el mismo destino).

Del mismo modo, Jackson visitó en varias ocasiones al dictador caribeño Fidel Castro a quien llamó "gran líder" sin que por un momento se le ocurriera reunirse con los líderes opositores en la isla, todo esto mientras Jackson acusaba al presidente Reagan de estar llevando a Estados Unidos al fascismo. Así es, la izquierda norteamericana no se sabe otro guión, siempre repite las mismas sandeces; simplemente cambia el nombre a su villano favorito y listo.

Ciertamente Jackson colaboró en las negociaciones del entonces presidente Ronald Reagan para la liberación de varios prisioneros norteamericanos en Libia, pero no tardó en sacar madera política a esa situación al afirmar después que Reagan "se había aprovechado del momento" para hacerse de publicidad (¿y acaso él no?)

Y tras la caída del Muro de Berlín, la izquierda norteamericana se vio obligada a ajustar sus tuercas ideológicas: ahora la lucha de clases ya no se daría únicamente entre obreros de overol y empresarios con sombrero de copa sino entre negros y blancos, un enfrentamiento que, precisamente, Luther King había luchado por evitar dado el peligro que esa lucha traería a la estabilidad de Estados Unidos. Fue así como Jackson mandó al retrete las enseñanzas del sacrificado reverendo y promovió la -confrontación radical: igual de enemigo era un blanco redneck que no tenía donde reposar cuando cayera cadáver que un blanco rebosante en billete verde.

Así, y para el efecto que refería Thomas Sowell, Jesse Jackson y otros líderes negros (Sharpton realizaba lo propio en Nueva York) empezaron a extorsionar a las grandes empresas y a los gigantes corporativos: si no se "mochaban con una lana" para financiar movimientos en pro de los derechos humanos de los negros, se les armaría un escándalo; eran tiempos en los que el gobierno de Clinton puso en práctica aquello del affirmative action, es decir, forzar la contratación de minorías raciales menospreciando el mérito de los aspirantes, fuera cual fuera su color de piel.

Quien no cooperara con "la causa" era inmediatamente acusado de "racista". Ello necesariamente implicaba una acusación por discriminación racial: todos hemos escuchado esa denuncia contra una empresa fabricante de popotes en California de estar matando a los peces por el plástico usado en las pajillas. Lo que en realidad sucedió, como reportó en su momento Jonah Goldberg, de la revista National Review, fue que esa empresa, cuyos dueños eran simpatizantes republicanos, se negó a dar "moche" a esos activistas. Finalmente la empresa cedió a la presión, cooperó con "la causa" y el asunto de los pobres peces que se asfixiaban con los popotes pasó al olvido. Y para causar más efecto entre la opinión pública, la denuncia fue echada a andar primero por un adolescente hoy totalmente olvidado.

Y cómo olvidar la ocasión en que Vicente Fox metió las cuatro y dijo que los mexicanos en Estados Unidos "hacen trabajos que los negros no quieren hacer"? Por supuesto fue una declaración insensata, como también lo fue que Jesse Jackson hubiera venido a México a exigir disculpas al ex mandatario de las botas cuando la disculpa debió haberse externado por vía diplomática hacia el gobierno norteamericano con George W. Bush al frente. Por cierto, todos los gastos de transportación y estancia para Jackson y su séquito, aproximadamente 10 personas, fueron cubiertos por el Estado mexicano.

Comerciar con la victimización de la comunidad afroamericana fue el gran negocio de Jesse Jackson los últimos años de su vida. El victimismo promovido por los líderes demócratas ha resultado tan redituable al punto que es un hecho que Jesse Jackson pasó el resto de sus días como una persona adinerada.

Y aunque el máximo puesto político que ocupó Jesse Jackson fue el de senador delegado --es electo pero no tiene las mismas atribuciones de un senador de bancada, posición similar a la de los senadores en Puerto Rico-- fue precandidato presidencial en tres ocasiones sin alcanzar el número suficiente de delegados, fue fundador de la Coalición Arcoiris (Rainbow Coalition) y, por supuesto, en fechas más recientes se manifestó simpatizante de la causa palestina, aplaudió a Black Lives Matter y nunca dejó de objetar que en los medios de comunicación persistiera la "poca representación" de las minorías raciales... claro, ésta quedaría completada hasta que dejaran de aparecer blancos en todo programa, película o serie de televisión.

Desafortunadamente, ese legado de Jesse Jackson permanecerá por mucho tiempo en Estados Unidos. Si Jesse Jackson se llega a encontrar con Martin Luther King en el otro mundo, no descartemos que éste le propine una bofetada.
 

 

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