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Los deportes, nuevo objetivo gestapolíticamente correcto
La pasión humana en pleno vuelo tiene en el deporte, después de la sexualidad, uno de sus mejores aparadores. Pero la ética políticamente correcta se muestra obstinada a aplicar ahí las mismas mordazas que ya colocó en el cine, la literatura y otras actividades. El mundo está a tiempo para detener a estos émulos de la orwelliana Policía del Pensamiento
NOVIEMBRE, 2013. Los deportes son el último rincón para apreciar cómo era la vida antes que apareciera el activismo políticamente correcto. Para los aficionados no hay ambigüedades, se apoya el equipo local y se le silba el equipo contrario, se defiende con ferocidad al escudo, al jersey, se tilda de incompetente al contrario y se abuchea a la porra enemiga. Todo ello es comprensible pues el deporte es reflejo de la pasión humana y encuentra aquí, tal vez después de la sexualidad, una de sus mejores butacas.
La actividad deportiva ha escapado, hasta hoy, del acecho políticamente correcto que en buena parte ya ha arruinado la creatividad literaria y cinematográfica, temerosa de recibir términos como "racista",
"homofóbico" y otras lindezas que ya todos conocemos acompañadas, claro, de una demanda económica por "compensación de daños". Pero este futuro también ya se ve en extinción dentro del deporte al ver algunos ejemplos que nos llevan a esta conclusión:
¿Sabía el lector que hoy, hasta el elogio hacia un atleta, como decir que los negros, ups, afroamericanos, son excelentes atletas, puede ser considerado un comentario políticamente incorrecto pues
hacemos un juicio basados en el color de piel? Igualmente, afirmar que un esquiador blanco nacido en Noruega tiene más posibilidad de ganar una medalla olímpica que un esquiador negro nacido en Túnez también entra como comentario discriminatorio. O sea que ya ni podemos apuntar que Mohammed Ali es el mejor boxeador de la historia o que Babe Ruth fue un jonronero excepcional. Lo primero porque implicaría que los demás pugilistas negros son malos y lo segundo porque
estaríamos enfatizando la superioridad racial de un blanco.
En Gran Bretaña, país actualmente plagado de verborrea políticamente correcta, en algunos planteles escolares se
prohíbe que sus alumnos festejen un gol frente a la porra contraria o que utilicen apodos entre sus deportistas. Tampoco se permite utilizar en las porras frases o eslógans que hagan burla del contrario. La situación ha llegado a extremos tales como los de una preparatoria en Glasgow que exigió a sus alumnos que ganaron un torneo de futbol quitar como fondo el "We Are the Champions" de Queen para que el equipo derrotado no se sintiera mal u objeto de discriminación.
En Estados Unidos, que tampoco va muy a la zaga, muchos equipos colegiales y universitarios suprimieron nombres como "Cherokees", "Sioux", y "Apaches" por considerarlos "denigrantes" u "ofensivos" cuando, en primer lugar, su objetivo era destacar la valentía de esos grupos nativoamericanos, otrora llamados indios (¿se habrían llamado, por ejemplo, "Los Bobalicones" de State High?) Otros planteles han prohibido que los jugadores se pinten rayas de color en la cara por el mismo motivo.
Está lejos de ser casualidad que esas medidas absurdas se den en las universidades pues ahí nació la etiqueta políticamente correcta ante la cual, indudablemente, ha tenido aciertos dentro del deporte como el
fair play de la FIFA o le eliminación de epítetos groseros e insultantes contra los lugadores llegados de otras latitudes como cuando a Hugo Sánchez le gritaban "indio" cada vez que salía a la cancha en España. El problema surge una vez que el activismo políticamente correcto asume el rol de juez y por ello busca modificar a su conveniencia el comportamiento humano, inseparable de la conducta deportiva ya que sirve como catarsis para millones de personas que buscan ahí desfogar sus frustraciones cotidianas.
Ya también se perciben, como en el resto de las actividades copadas por lo políticamente correcto, absurdos episodios de doble moral. Lo vimos hace un par de años cuando el ex pelotero Manny Mota dijo que los jugadores latinos juegan mejor que los angloamericanos pues "la pigmentación de su piel les permite resistir mejor los rayos solares", Nada pasó, por supuesto, y ni la prensa se escandalizó pese a ser un comentario abiertamente racista. ¿Pero qué habría sucedido si el
comentario lo hubiera hecho un pelotero blanco? Desde hace rato lo habrían expulsado de las Ligas Mayores.
Los activistas políticamente correctos tienen otras peticiones igualmente ridículas. La más reciente es la exigencia para que el equipo Redskins de Washington cambie su nombre. Sin embargo quedan chicas con otras barbaridades entre ellas el suprimir a las porristas de la NFL por considerarlo un "acto denigrante y sexista" (!) y, faltaba más, dejar fuera les plegarias religiosas para darse ánimos en la cancha.
Hace años se bromeaba porque se consideraría "políticamente incorrectos" a cuentos como Pinocho (¡atenta contra la ecología!) o Tom Sawyer ("promueve el racismo!) o Blanca Nieves (¡fomenta los estereotipos!). Actualmente muchas de estas historias están prohibidas en varios planteles norteamericanos.
¿Pasará lo mismo con los deportes? Sería lastimoso y humillante para quienes amamos esa actividad humana. Buena hora sería para que a estos activistas se les saque la tarjeta roja.
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