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Cómo Bonnie y Clyde iniciaron la romantización de los delincuentes

Durante décadas, las vidas de estos dos asaltabancos estuvieron en el olvido hasta que fueron rescatadas y desempolvadas para darles un aire de rebeldía progre y antisistema. Qué esa estrategia fue exitosa, sin duda: hoy glorificamos a los bandidos, a los que se pasan por alto la ley y a quienes matan por gusto, aunque nada tenga de romántico ser parte del hampa en la vida real. Todo inició con Bonnie & Clyde, hace 59 años

MARZO, 2026. Los recientes acontecimientos en varios estados del occidente mexicano dan cuenta que nada tiene de romántica la vida de quienes trafican con estupefacientes y cómo no resulta tan grato que compartamos con ellos nuestras ciudades y nuestras vidas. Pero dado el inusitado éxito que series como La Reina del Sur y la historia de un Pablo Escobar retratado como un bandito envuelto en ropajes de justicia social, nos ha llevado a romantizar e idealizar ese ambiente. Solo hasta que la población se enfrenta a calles bloqueadas, autos incendiados o amenazas a la integridad física por no pagar "derecho de piso," caemos en cuenta de lo que hay detrás de ese mundo romantizado, el de un negocio que destruye familias, proyectos, aspiraciones y, por supuesto, la salud de millones de personas.

No siempre se dio la romantización del crimen en el cine o en la televisión: por décadas los "buenos" eran los policías, los que procuraban mantener el orden. Posteriormente el rol de los "buenos" recayó en los cowboys que combatían a los indios, y tras la segunda guerra mundial los aliados pasaron a ser los buenos buenotes o los nazis los malos malotes.

Todavía a finales de los 50, la serie Los Intocables, protagonizada por Elliot Ness, ubicaba como "buenos" a los policías que combatían las bandas que traficaban con alcohol ilegal, y a los "malos" a los gángsters. Esta serie, que por cierto produjeron los estudios Desilú, propiedad de Lucille Ball y Dezi Arnaz, y que luego producirían Viaje a las Estrellas, recibió enormes críticas porque "retrataba y estereotipaba" como delincuentes a las minorías raciales, en especial los italianos, del mismo modo que se había retratado a los indios como unos desgraciados que hablaban en tiempo infinitivo y cortaban caballeras con tomahawks; los únicos villanos que no recibieron objeción fueron los nazis; hasta los japoneses protestaron por el modo en que Hollywood los presentaba, sobre todo tras el estreno de Tora! Tora! Tora! en 1970; la mala publicidad resultó en que esa superproducción resultara en enorme fracaso comercial.

A mitad de los 60 la "vieja guardia" comenzó a ser desplazada en Hollywood; cineastas como Sam Peckinpah o John Ford dejaron de tener peso en la industria. Los recién llegados eran unos convencidos, como en su tiempo lo fue Charles Chaplin, de que el cine podía servir como excelente promotor de cambios sociales. Los estudios quizá no tenían otra alternativa que aceptarlos: tras el embate del macartismo y como forma de mostrar unión y fortaleza, decidieron dobletear la apuesta a favor del cine progre ideologizado. La condición fue que el "mensaje" fuera envuelto a través de guiones atractivos en torno a leyendas o historias bien conocidas, un "anzuelo" para atraer público.

Uno de esos cineastas "comprometidos" era Arthur Penn, originalmente curtido en el teatro. Penn era amigo de un actor que también dirigía, llamado Warren Beatty, quien por ese tiempo salía con una bella chica llamada Faye Dunaway. Mientras los guionistas trabajaban en la historia sobre la vida de dos bandoleros tejanos en tiempos de la Gran Depresión, el Ché Guevara fue ultimado en Bolivia al poco tiempo de ser capturado. El guión coincidió inesperadamente con el escándalo mediático de quien llevaba años perdido en la sierra. a lo que se se añadió el timing con el estreno de Bonnie & Clyde que la hizo un éxito espectacular por todo el mundo.

Arthur Penn reconoció abiertamente que la película "tenía la intención de que el espectador simpatizara con sus protagonistas" y, agregamos, los presentara como víctimas de un sistema opresor. (Y si alguien tuviera la duda, se la aclaramos: este director fue el padre del actor Sean Penn).

Cuando circularon las imágenes del cadáver del Ché con varios disparos en sus brazos y torso, Beatty tuvo la idea de incluir la escena donde el cuerpo de Clyde Barron era cocido a tiros afuera del vehículo y en cámara lenta, algo que no sucedió en la realidad pues tanto éste como su compañera Bonnie Parker ni siquiera tuvieron oportunidad de sacar sus armas, ya no digamos abrir las puertas del auto.

Desde entonces, Hollywood ha mantenido en el renglón la promoción de bandoleros como héroes, asunto alimentado con la idea de que en los países subdesarrollados, esencialmente de América latina, en las serranías que rodean ciudades arruinadas por el capitalismo salvaje habitan unos redentores, barbudos ellos y ellas bellas mujeres engalanadas con uniformes verde olvido y coquetas mascadas rojas al cuello, dispuestos todos a ofrendar sus vidas por sus semejantes si es que antes no los liberan del empresario opresor, el estanciero explotador o el dictadorzuelo impuesto por la CIA. Y en esta amalgama de banditos donde, claro, el Che Guevara también fue protagonista de varias producciones donde se le retrató como un libertador de las minorías raciales y de los desposeídos ("los pobres de la tierra",frase en español que se memorizaron muchos progres de entonces).

Que el Ché comparara a los negros con los chimpancés y que los acusara de ser "enemigos del baño diario", como documentó el hoy fallecido ensayista Carlos Alberto Montaner, fue un detallito que no valía la pena siquiera mencionar en estos guiones. Sin embargo, la caída del Muro de Berlín enterró para siempre la idea de que tipos como Abimaél Guzmán eran "redentores" y así, a fines de 1992 se dio la muerte de Pablo Escobar a manos de un comando policial. El periodista colombiano XXX publicó La Parábola de Pablo, que se convirtió en éxito editorial en todo el mundo. El universo del narcotráfico pasó a ser el escenario romántico, esta vez con olor a pólvora y traiciones, que funciónó en la pantalla desde el primer momento.

¡Por Dios, Bonnie y Clyde no eran unos héroes!

Desde el estreno de Bonnie & Clyde se han publicado decenas de libros sobre su vida y otro tanto en análisis, ensayos y estudios acerca de este par de delincuentes a quienes ya había sepultado la historia hasta que Penn y Beatty los desenterraron para llevárselos a Hollywood. Hasta antes de esa película la idea que se tenía de ellos era la de ser unos asaltabancos que, cierto, en un principio levantaron simpatías entre la opinión pública dado que flotaba la idea de que los banqueros habían sido los causantes de la Gran Depresión y por tanto el que alguien les quitara algunos miles de dólares a manera de desquite no estaba del todo mal.

Sin embargo, la serie de asaltos bancarios de este par, acompañados de sus compinches Ralph Fults, W.D. Jones, amigo de la familia de Clyde, así como de Buck Barrow, en lo mínimo afectaban a los financieros de Wall Street pero diezmaban los exiguos ahorros de la gente trabajadora en las pequeñas comunidades donde esa pandilla cometía sus delitos; en aquel tiempo los bancos no reponían a sus clientes el dinero robado, lo que arruinó a muchas familias honradas quienes, para colmo, no podían poseer oro en sus casas debido a un decreto del presidente Roosevelt so pena de ser enviados a prisión. Ese detalle nunca es referido en la película dirigida por Penn y estelarizada por Warren Beatty.

Y si bien la prensa de entonces comparaba a los dos forajidos como una versión del siglo XX de Robin Hood, ni a Bonnie ni a Clyde les pasó por la cabeza repartir parte del botín a las comunidades pobres. (Se dice que Escobar, un obseso con la historia de Bonnie y Clyde, quiso "enmendar" ese error por lo que cada 25 de diciembre repartía toneladas de muebles y juguetes en Medellín, además de proveer a los jóvenes de las barriadas un moderno campo de futbol con gradas a iluminación nocturna. Igualmente se decía que Escobar había adquirido el auto donde la pareja fue ultimada para llevárselo a su hacienda de Los Nápoles, sin embargo, el vehículo original, con agujeros por todos lados, se conserva en un hotel casino en Nevada, a unos pasos de la línea fronteriza con el estado de California).

La percepción popular comenzó a cambiar al saberse que Clyde, un auténtico  psicópata, asesinó sin piedad a varios agentes de policía, empleados de banco o tenderos, incluso luego que éstos ya se habían rendido- Cuando dos detectives encontraron su guarida en Joplin, Missouri, Clyde los asesinó antes de huir a toda valicidad, y que en otra ocasión disparó a dos agentes que no iban armados --uno de ellos tenía su día franco-- luego que se acercaran a su auto tras pedirle que se detuviera por una infracción mínima.

En la película se dramatiza la relación entre ambos porque aparentemente Clyde era impotente, algo que no debiera extrañar en la vida de un delincuente perseguido las 24 horas; de acuerdo al libro de XZXX, Escobar padecía de una situación similar en los meses previos a su muerte pese a tener enfrente suyo a mujeres bellísimas. Por supuesto, en la película se da un final feliz a este problema gracias a una ayudadita de Bonnie/Dunaway.

Asimismo, el sadismo con el que este par realizaba sus delitos ya era de por sí factor para descalificarlos. Por lo menos John Dillinger, otro connotado asaltabancos de la época y quien falleció dos meses después que la pareja de Texas, tranquilizaba a los empanicados clientes de los bancos y les aseguraba que nada tenía contra ellos y que si cooperaban todo saldría bien. No siempre Dillinger fue tan solícito, en especial con los agentes que quisieron neutralizarlo, pero por lo menos --y esto sin relativizar su actividad criminal--- no actuaba con tanta violencia como lo hicieron Bonnie y Clyde.

Finalmente, la pareja falleció en una emboscada en el estado de Louisiana. Una vez que sus cuerpos fueron presentados al público para acallar cualquier rumor de que seguían vivos, se les inhumó en ceremonias multitudinarias en cementerios distantes uno del otro ya que la madre de Bonnie no quería que su hija pasara el resto de la entrenidad al lado de un bandolero. Poco poco su memoria se fue difuminando hasta que Hollywood la resucitó hace exactamente 59 años. Y desde entonces seguimos romantizando a Bonnie Parker y a Clyde Barrow.

Una sociedad sana no tendría razón alguna para admirar y entronizar a sus delincuentes. Pero dado que no somos eso, ni en México. ni en América latina ni mucho menos en Estados Unidos, es que glorificamos la conducta de tipos perversos como Bonnie y Clyde o los consideramos víctimas de una sociedad injusta, no solo a Bonnie y a Clyde Barrow sino a personajes como el Chapo Guzmán, el "Güero" Palma o Sandra Beltrán, inmortalizada como la Reina del Sur. Incluso hay quienes justifican sus actos como una represalia ante la pobreza en la que nacieron y crecieron. Pero si la pobreza en sí misma fomentara la delincuencia, los grandes capos habrían surgido en Bangladesh, la India o Haití o en buena parte de los países africanos. La gente pobre es mayoritariamente honrada y no se pone a asaltar bancos ni a robar transeúntes.

Lo que promueva la criminalidad, como sucedió en los Estados Unidos cuando el estado de derecho quedó muy dañado con la Gran Depresión, es la manipulación de las leyes, los jueves venales, la corrupción de las instituciones y la debilidad del sistema financiero. Cuando la economía de la posguerra se fortaleció y creció el empleo, estimulado por el reforzamiento del estado de derecho, las bandas tipo Bonnie y Clyde desaparecieron del Medio Oeste norteamericano. En la década de los 70 se dio una nueva oleada de asaltabancos, muchos de ellos motivados por las reivindicaciones sociales, como sucedió en México con los guerrilleros que acá hacían lo propio y, claro, por el éxito en pantallas de Bonnie y Clyde.

Y aunque se ve imposible que ello ocurra, ya es hora de bajarlos de su pedestal. No se lo merecen. De estar vivos hoy, ese par estaría sorprendido de que hoy se les trate como iconos de la contracultura y promotores de la justicia social, y de hecho se sentirían incómodos. Pero ello nos da una idea, como afirmara el historiador Juan Miguel Zunzunegui, de lo torcida que está la historia. Y lo peor, agrega, es que aunque ya no nos chupamos el dedo, seguimos creyendo que nos están contando la verdad.

 

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