7.- Misión de rescate

Las calles del barrio se extendían oscuras, silenciosas y desoladas. Las pocas farolas que todavía servían, emitían una luz amarillenta que apenas lograba penetrar en la oscuridad de la madrugada.

Las aceras y el pavimento estaban cuarteados, con grandes baches y hoyancos, algunos llenos de agua sucia y lodosa. Por todas partes, montones de cascajo y basura Algunos árboles maltrechos y manchas de vegetación feraz en las banquetas.

Lotes baldíos llenos de maleza y basura, se alternaban con casas despintadas, sucias, deterioradas y vandalizadas con pintas y destrozos. Algunas pocas revelaban señales de estar habitadas, la mayoría mostraban sus ventanas bloqueadas por tablas o definitivamente canceladas con ladrillos y cemento.

Una singular figura apareció de pronto. Una figura espectacular, constituida solo por la parte inferior del cuerpo de una mujer. Tobillos finos, pantorrillas torneadas, muslos amplios y sólidos, caderas y nalgas anchas y firmes; y un pubis terso cubierto por una elegante tanga negra. Completaban el atuendo unas pantimedias negras opacas, para disimular la blancura de su piel, y calzaban zapatos negros de tacón alto.

Las piernas carecían de un cuerpo de mujer sobre ellas, y por la gracia de sus movimientos, no lo necesitaban. A pesar de los tacones altos, sus pasos eran silenciosos, y sin perder la sensualidad de sus movimientos, se desplazaban furtivamente, buscando enmascararse en las sombras de la calle.

En su muslo izquierdo, las piernas llevaban una liga con una pequeña bolsa táctica, y en la parte frontal de las pantimedias, sobre la tanga, había una sofisticada videocámara en la que se veía un bonito rostro femenino, de ojos verdes y cabello castaño, que seguía con atención el desplazamiento sigiloso del par de piernas.

Las piernas de Nora Rosseau se acuclillaron de improviso tras un montón de cascajo.

“Esa casa, hay cámaras de vigilancia en los postes que la rodean” transmitieron por vía telepática las piernas de Nora a su parte superior, que estaba alojada en un hotel cercano.

Nora sabía que sus piernas poseían sentidos mucho más poderosos que los de una persona común. Podían percibir perfectamente en el entorno en la oscuridad, y con más agudeza que la visión humana.

“¿Crees que te hayan visto?” preguntó Nora por el mismo canal telepático.

“No lo creo, pero voy a moverme por si salen a revisar”, las piernas de Nora se deslizaron entre las sombras hasta la malla ciclónica, oxidada y cubierta de maleza reseca que rodeaba la casa. Su poderosa vista nocturna, detectó de inmediato a un hombre agazapado entre los montones de cascajo que llenaban el jardín delantero. El tipo estaba sentado en el suelo con un fusil de asalto sobre las piernas.

“Definitivamente es aquí” informaron las piernas de Nora, “voy a entrar”.

La casa era amplia, de dos pisos. En su momento había sido una casa casi lujosa pero ahora estaba en franca decadencia. Todas las ventanas estaban cerradas con tablas gruesas.

Las piernas de Nora se teletransportaron a la azotea, que encontraron en el mismo estado lamentable, con montones de basura, hojas y ramas secas, los restos de un tinaco y tuberías que habían destruido al no poder robarlos.

Las piernas de Nora exploraron un momento la azotea, tratando de identificar los espacios internos. Un breve lapso de teletransportación y se encontraron en el pasillo principal del segundo piso.

La oscuridad era casi total, contribuyendo al ambiente opresivo de descuido y miseria de la casa, igual de sucia y descuidada por dentro y por fuera.

Las habitaciones no tenían puertas y por el hueco de la más cercana a la escalera, salía un tenue resplandor.

Las piernas de Nora caminaron sigilosamente hacia ella, sin más ruido que el suave susurro de las pantimedias rozando en sus muslos a cada paso, hasta el dintel de la puerta, desde donde su eficaz percepción del entorno le revelaron el interior del cuarto.

La luz provenía de una lámpara de baterías sobre el piso. No había muebles. Una mujer joven, vestida con ropa sucia y maltratada yacía en un rincón sobre un pedazo de colchón de hule espuma. Frente a ella, sentado sobre otro pedazo de colchón, un hombre dormitaba con una pistola de grueso calibre apoyada sobre un muslo. Las piernas de Nora no dejaron de notar que la pistola estaba apuntando a la mujer y el tipo la sujetaba con un dedo en el gatillo.

La mujer tenía manos y pies atadas con gruesas capas de cinta adhesiva. La misma cinta envolvía su cabeza, bloqueando sus ojos, oídos y boca, sumiéndola en una angustiosa oscuridad y silencio.

Sin más ruido que el susurro de sus muslos envueltos en pantimedias rozando entre sí, las piernas de Nora pasaron por la puerta y se deslizaron escaleras abajo, hasta que su eficaz percepción del entorno le revelaron que la sala, ocupada con restos de muebles, estaba desierta. El resplandor de otra lámpara de baterías les guío a la amplia cocina.

Un hombre dormía sobre un colchón inflable pegado a la pared. Otros dos estaban sentados en torno a una mesa llena de restos de comida y bebida, ceniceros sucios, la lámpara de baterías que iluminaba el recinto, y dos fusiles de asalto. Los hombres manoseaban una gastada baraja, tratando de ocupar el tiempo, pero sin descuidar la vista de varios monitores con la imagen de las cámaras de vigilancia ubicadas en la calle.

Las piernas de Nora comentaron telepáticamente la situación con su parte superior.

“Primero el tipo de arriba, que, si se asusta o sobresalta, puede lastimar a Guillermina” dijo Nora, haciendo referencia a la mujer secuestrada.

Las piernas de Nora regresaron al piso superior, donde todo seguía igual. En silencio, las piernas de Nora se descalzaron antes de teletransportarse a un lado del hombre semidormido, que no se percató de nada hasta que sintió que la pistola se deslizaba fuera de su mano, tomada por los finos dedos de uno de los pies de Nora.

Antes de poder reaccionar, el tipo sintió cómo dos poderosos muslos, de suave piel bajo el sutil tejido de las pantimedias, se cerraban en torno a su cuello, sofocándolo y sin darle oportunidad de emitir sonido alguno. La presión fue implacable y, en cuestión de segundos, el hombre se desplomó inerte.

Las piernas de Nora soltaron al pistolero y sus agudos sentidos comprobaron que la casa seguía en silencio. Luego recuperaron sus zapatos y abandonaron la habitación, deslizándose sigilosamente por las escaleras.

Las piernas de Nora pisaron apenas el piso inferior y se teletransportaron al exterior, al sucio y descuidado jardín.

El vigía ubicado tras un montón de cascajo se levantó en ese momento. La oscuridad y las pantimedias negras disimularon a las piernas de Nora, sin percatarse de su presencia, el tipo dejó su arma y se apartó confiadamente de su puesto.

Buscó un sitio adecuado y se dispuso a orinar. En el momento que inclinó la cabeza hacia adelante para abrirse la bragueta, las piernas de Nora lanzaron contra su nuca el talón de su zapato derecho, en un impecable y brutal golpe de conejo.

Las piernas de Nora se agazaparon sobre el tipo inconsciente, mientras sus poderosos sentidos se cercioraban de que nadie dentro de la casa lo había notado.

Las piernas de Nora volvieron a la sala. Los tipos en la cocina no habían cambiado. Uno seguía dormido en el colchón en el suelo y los otros se aburrían jugando a la baraja.

Algo fugaz golpeó la linterna, lanzándola contra la pared con tanta fuerza que se despedazó, dejando la habitación a oscuras. Los dos tipos de la mesa trataron de tomar sus armas, pero nuevamente una fuerza descomunal hizo volar la mesa hacia la puerta de la sala, desparramando su contenido.

Los monitores de las cámaras de vigilancia quedaron como la única fuente de luz en la habitación hasta que fueron destrozados por fuertes y certeros puntapiés dados con elegantes zapatos de tacón.
Los pistoleros, desconcertados por todo lo que estaba pasando, trataban al mismo tiempo de encontrar sus armas y de identificar a la extraña presencia que les atacaba.

El tipo que ocupaba el colchón, despierto y alertado, hurgó bajo el colchón y sacó una pistola, pero no tuvo tiempo de apuntar a nada en la oscuridad, pues una fuerte patada le arrancó el arma de la mano, y en la oscuridad ni siquiera pudo advertir de donde surgió una rodilla que se incrustó con un impacto certero en su sien, lanzándolo inerte sobre el mismo colchón.

Las piernas de Nora captaron entonces que uno de los otros dos había encontrado y tomado por el cañón uno de los fusiles. Las piernas de Nora se arrojaron contra él, pero el tipo, guiado por la intuición tiró un golpe a ciegas, abanicando con el fusil, cuya culata impactó en unos de los muslos, lanzando a las piernas de Nora contra la pared.

En el hotel, la parte superior de Nora, sumida en la incertidumbre porque lo que veía por la videocámara eran imágenes caóticas y las sensaciones transmitidas desde sus piernas era confusas; lanzó un grito de dolor cuando percibió el dolor de la culata del fusil impactando contra su muslo, y luego cuando su parte inferior se estrelló contra la pared.

Sin embargo, una vez más Nora se sintió intrigada por la forma en que sus piernas consolidaban cada día su propia personalidad, y maravillada de la forma en que soportaban y se sobreponían al castigo, reaccionando con una ferocidad que ella misma admiraba.

Nora Rosseau no era una mujer cobarde, pero sentía que sus piernas la superaban en cuanto al valor y coraje para enfrentar a sus enemigos. Sus piernas poseían una fuerza y agilidad sobrehumanas, pero seguían siendo unas extremidades femeninas, suaves y tiernas que resentían los golpes que daban y recibían. Nora admiraba y hasta envidiaba el arrojo de sus piernas, que sin importarles el castigo nunca se daban por vencidas.

En esta ocasión, el pistolero sintió cuando su golpe impactó en un blanco y a gritos llamó la atención de su compinche mientras revolvía el arma para tratar de empuñarla en forma para hacer fuego. Sin embargo, antes de lograrlo, sintió una brutal patada en los riñones que lo hizo caer al suelo. El tipo jaló del gatillo y junto con el estruendo de los disparos, los fogonazos le permitieron ver fugazmente un elegante par de piernas, un momento antes de que un impacto en el mentón lo dejara noqueado.

El tercer secuestrador, dejó de buscar su arma en la oscuridad y luego de los disparos de su compinche prefirió correr hacia las escaleras, guiado por el tenue resplandor de la lámpara que llegaba desde el piso superior.

El tipo esperaba encontrar a su último compañero en el cuarto donde tenían retenida a Guillermina, pero lo que encontró fue algo inesperado.

Al final de la escalera, apenas iluminada por la lámpara del cuarto, estaban de pie unas piernas femeninas envueltas en pantimedias negras y calzando zapatos de tacón alto, luciendo una pose sensual. Los muslos juntos para acentuar la forma de las amplias caderas, la pierna derecha adelantada y apoyada en la punta del pie, luciendo una escultural pantorrilla sobre un delicado tobillo.

El pistolero se detuvo unos segundos sorprendido por la inusitada aparición. Su mirada se fijó instintivamente en las piernas y la sorpresa se duplicó cuando subió la vista y donde esperaba encontrar el resto de la mujer, solo había un espacio vacío.

La sorpresa duró poco, pues antes de que el hombre pudiera reaccionar, la pierna derecha se disparó y el pie se impactó con fuerza explosiva en el mentón del hombre, lanzándolo desmadejado hacia el hueco de la escalera, por el que cayó y rodó hasta el piso inferior.

Las piernas de Nora quedaron expectantes unos segundos, atentas al silencio que aseguraba que todos los pistoleros estaban inutilizados.

A través de la cinta que envolvía su cabeza, Guillermina había escuchado los disparos en la cocina. Asustada y preocupada, trataba de mantenerse inmóvil sobre el colchón de hule espuma mugroso, aunque no podía evitar el temblor de angustia que la sacudía.

Guillermina sintió que el colchón se movía cuando alguien se arrodillaba junto a ella y la cinta que envolvía su boca ahogó un grito de miedo. Sin embargo, una voz dulce y reconfortante llegó hasta sus oídos, amortiguada por la cinta que la envolvía.

“Hola Guillermina, me llamo Nora y estamos aquí para rescatarte, espera un momento para quitarte toda esta cinta”.

Las piernas de Nora se desprendieron de sus zapatos. Nora usaba pantimedias extrafinas que le permitían manejar con extrema habilidad los delicados y cuidados dedos de sus pies.

Las piernas de Nora extrajeron unas tijeras tácticas de la bolsa adherida a su muslo. Con cuidado y precisión, comenzaron a cortar las capas de cinta adhesiva que cubrían la cabeza de la mujer.

Poco a poco, la mujer pudo vislumbrar la luz y sentir cómo la opresión que la tenía prisionera comenzaba a ceder. Cuando vio que sus salvadoras eran un par de hermosas piernas en pantimedias negras, no pudo evitar una exclamación de sorpresa, que creció cuando distinguió que la voz que le reconfortara provenía de una videocámara visible en su abdomen, bajo el tejido transparente de las pantimedias.

A través de la videocámara, Nora prosiguió su labor de tranquilizar a Guillermina mientras sus piernas terminaban de liberarla de las ataduras de cinta.

Luego, las piernas de Nora recuperaron sus zapatos y le ayudaron a la mujer, débil y entumida, a ponerse de pie.

Nora era una mujer alta y sus piernas eran largas, de manera que Guillermina, que era una mujer de estatura media, podía apoyarse en sus caderas. Nora le había explicado a Guillermina que sus piernas podían ver perfectamente en la oscuridad, de manera que la mujer se confió plenamente en su rescatadora para bajar las escaleras, atravesar la planta baja y finalmente salir al desolado jardín.

Las piernas de Nora no tuvieron problemas en encontrar y abrir la reja que cerraba la malla ciclónica alrededor de la casa, para salir a la calle junto con Guillermina.

La calle seguía sola, y las casas alrededor se veían oscuras y desoladas. Las piernas de Nora llevaron a Guillermina hasta un hueco entre las sombras donde aguardaron unos minutos.

Una camioneta sin luces llegó y varios hombres descendieron, subiendo con cuidado a la mujer. Uno de ellos invitó a las piernas de Nora a unirse, pero la voz de Nora a través de la videocámara le respondió: "No, gracias. Tengo mi propio transporte."

En ese momento, las piernas de Nora desaparecieron, dejando a la mujer en manos de sus rescatadores, quienes se la llevaron en la camioneta hacia un lugar seguro.

Las piernas de Nora aparecieron tendidas en la cama de un hotel cercano, justo a un lado de la parte superior de Nora, que suspiró aliviada y dejó inmediatamente sobre la mesilla de noche los dos celulares que estaba usando, uno para comunicarse con la videocámara en las pantimedias de sus piernas y el otro para estar en contacto con los hombres de la camioneta que habían recuperado a la mujer.

"Buen trabajo, chicas", murmuró Nora con admiración, acariciando las pantimedias sobre los poderosos muslos. "Guillermina ya va con su familia, y la policía acaba de entrar a la casa. Gracias por su valentía y eficiencia."

Las piernas de Nora ronronearon satisfechas y Nora se sintió agradecida por tener aliadas tan únicas y poderosas.



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