6.- Mujeres de la noche

Durante el día era una calle común y corriente, en una zona comercial de la ciudad, pero por la noche, casi en horas de la madrugada, todo cambiaba.
En lugar de las tiendas diurnas, aparecían expendios ambulantes de comida y bebida que amenizaban con bocinas que reproducían música popular.
A lo largo de la acera, deambulaban hombres de todos tipos, merodeando a las mujeres que, alineadas en la pared o caminando lentamente por la acera trataban de atraer clientes luciendo sus cuerpos en prendas diminutas.
Entre todas las mujeres, Nora Rosseau destacaba por su estatura, magnificada por zapatos de plataformas y tacones altos, y las prominentes curvas de su cuerpo. Un corpiño blanco moldeaba sus tetas, haciéndolas lucir altas y sólidas, con un escote que apenas cubría sus pezones. Completaba el atuendo una falda roja tableada, tan corta que sus anchas y prominentes nalgas la levantaban para dejar entrever los deliciosos cachetes de sus nalgas, descubiertas por una mínima tanga de hilo dental.
Sus piernas largas y de curvas rubicundas estaban enfundadas en pantimedias negras de fina red que, junto con los tacones altos, convertían sus piernas en un imán de miradas lascivas de los hombres. Finalmente, Nora usaba un vistoso maquillaje de colores vibrantes y una llamativa peluca de largos rizos rubios que enmascaraba su rostro.

Mientras Nora caminaba entre hombres que la desnudaban con la vista y mujeres que la veían con envidia, las piernas de Nora detectaron varios tipos sospechosos que la acechaban.
“De eso se trata, de llamar la atención” dijo Nora por su canal telepático, cuando sus piernas le advirtieron de los acechadores. Aunque mantenía una imagen altiva y hasta dominante, Nora sentía que su voz mental temblaba de nervios.
Nora pasó entonces cerca de un expendio de comidas y bebidas que tenía una bocina con música a todo volumen, que sobre todo hacían retumbar los tonos bajos.
Muchos carros circulaban a baja velocidad pegados a la acera, de tal manera que sus ocupantes podían pedir precios a las chicas paradas en la banqueta.
Una camioneta panel se acercó a Nora, al mismo tiempo que el retumbar de las bocinas interfería en la capacidad de los sentidos de las piernas de Nora, que no pudieron detectar a uno de los acechadores que se acercó a hurtadillas y con un movimiento fugaz y concluyente incrustó los electrodos de un teaser en uno de los cachetes de las nalgas de Nora, por debajo de la falda, y con tanta habilidad que cuando Nora se desmadejó inconsciente por el impacto eléctrico, la sujetó por debajo de las axilas y la arrojó hacia la camioneta, donde la recibieron dos sujetos que con un movimiento rápido la metieron al interior y cerraron la puerta.
Todo esto duró unos pocos segundos, de manera que nadie en la calle se dio cuenta, y si alguien lo hubiera hecho, nadie tampoco hubiera podido intervenir.

Nora recuperó la conciencia como si emergiera de una densa niebla. Su vista estaba nublada, su cabeza palpitaba y un sabor amargo inundaba su boca. Al intentar moverse, una sensación de entumecimiento recorrió su cuerpo, y fue entonces cuando la realidad comenzó a revelarse con una brutal claridad.
Estaba en un cuarto de paredes desconchadas, saturadas de colores marchitos de la pintura con que alguna vez habían estado cubiertas y manchadas de humedad, grandes grietas de mugre y suciedad se extendían como venas podridas.
Un denso olor a moho y abandono saturaba el ambiente, haciendo el aire pesado y viciado. Un solo foco amarillo colgaba del techo, proyectando una luz débil que apenas iluminaba el espacio, lanzando sombras deformes en las esquinas. El lugar una prisión construida de miseria.
La cama en la que estaba atada era una ruina en sí misma. El colchón viejo y sucio se hundía bajo su peso, exhalando un hedor a suciedad y a cuerpos pasados. Nora forcejeó al darse cuenta de que la sensación de inamovilidad provenía de que estaba atada de muñecas y tobillos a las esquinas de la cama.
A la luz amarillenta del foco descubrió algo que la llevó al borde del horror: estaba totalmente desnuda, todas sus prendas, incluyendo las íntimas habían sido arrancadas, dejando su cuerpo de piel nacarada y esmeradamente depilado, expuesto sobre la mugre del colchón, vulnerable a la mirada lúbrica de un hombre parado a los pies de la cama.
No era alto, y su complexión era delgada. Pero bajo la camiseta sucia y raída se apreciaban músculos sólidos y fibrosos. Era de rostro pálido y grasoso, con ojos pequeños que brillaban de lascivia al recorrer el espléndido cuerpo desnudo tendido ante él.
Nora se agitó y no pudo evitar chillar de miedo cuando descubrió que sus piernas no respondían a su llamado telepático. El hombre gruñó y se dejó caer sobre Nora que sintió el peso de su cuerpo cuando sus manos se aferraron a su teta derecha y el tipo pegó su boca al pezón y empezó a lamer y chupetear.
Nora se lastimó con la cuerda que la ataba de manos y pies, cuando se sacudió desesperadamente, tratando de quitarse al tipo de encima.
“Libéranos, proyéctanos” la voz de sus piernas resonó en la mente de Nora, trayéndole un alivio que apenas duró unos momentos, pues el miedo pasó a ser pánico cuando se dio cuenta que por más que lo intentaba, no podía hacer que sus piernas se teletransportaran para separase de su cuerpo.
Otras veces, un mínimo esfuerzo mental, provocaba que sus piernas se independizaran del resto de su cuerpo, pero ahora, mientras el tipo se restregaba sin dejar de sorber sus pezones y manosear sus tetas; sus piernas seguían indefensas y sometidas, ancladas a su cuerpo y atadas de los tobillos.
“Suéltanos, suéltanos” seguían gimiendo las piernas de Nora, sin poder usar su prodigiosa fuerza para defenderse, mientras Nora lloraba de rabia e impotencia.
El tipo se incorporó, dejando las tetas de Nora adoloridas y empapadas de saliva maloliente. Se puso de rodillas sobre la cama, entre las piernas abiertas de Nora y sin quitar la vista de la espléndida vulva depilada de su víctima empezó a abrirse el pantalón para sacar su miembro, erecto y palpitante, mientras revolvía en la boca y garganta un escupitajo para mojar la vagina.
El tipo echó la cabeza para atrás y con un rápido gesto lanzó el grueso chorro de saliva, que, sin embargo, se impactó en la mugre del colchón.
Los ojos del hombre se dilataron de estupor, cuando, inexplicablemente, las piernas de la mujer aparecieron abiertas y erguidas sobre la parte superior de su cuerpo, que seguía tendido en el colchón mugriento, y que por el hueco entre sus propios muslos le miraba con un gesto de sorpresa que rápidamente se convirtió en furia.
El hombre salió de su estupor cuando la pierna derecha, con un movimiento tan gracioso como letal impactó la planta del pie contra su cara, lanzándolo fuera de la cama.
El tipo cayó de espaldas y, lidiando con los pantalones que tenía en las rodillas, trató de ponerse de pie. Pero las piernas de Nora saltaron de la cama, ágilmente rebotaron en el suelo y se proyectaron contra su frustrado agresor. Uno de sus pies se incrustó en el vientre y el otro en la cara del hombre que salió disparado contra la pared más cercana. El impacto sacudió las pringosas paredes del cuarto y el tipo se desplomó inconsciente.
Las piernas de Nora regresaron a la cama.
“Se tardaron mucho chicas, me estaba muriendo de miedo” dijo Nora mientras los delicados pies de sus piernas se afanaban en desatar sus manos.
Nora estaba adolorida de sus tetas que las habían maltratado el tipo, igual estaba enojada por lo que le había pasado pero la mente analítica que compartía con sus piernas, les obligó a detenerse a reflexionar.
“¿Qué sucedió?, ¿por qué no pudiste proyectarnos?” preguntaron las piernas de Nora mientras soltaba los nudos.
“Te cambio la pregunta, ¿cómo pudiste liberarte sola?” dijo la parte superior de Nora.
Las piernas de Nora terminaron con los nudos. Dieron un paso atrás sobre la cama y desaparecieron, para materializarse un poco más allá, junto a la puerta. De inmediato, desaparecieron de ese sitio para volver a fusionarse con el cuerpo de Nora.
“Puedo teletransportarme sola” dijeron suavemente las piernas de Nora por su canal telepático.
“Y yo ya no puedo controlar hacia dónde dirigirte” completó la parte superior de Nora, mientras desataba las cuerdas con que habían amarrado sus pies a la cama.
“Lo último que recuerdo antes de estar aquí, desnudas y amarradas, es el impacto de un teaser en una nalga que nos dejó desmayadas” dijeron las piernas de Nora.
Nora se sentó en el borde la cama, levantó las rodillas hasta su cara y abrazó sus piernas con cariño.
“Esa descarga eléctrica cambió el funcionamiento de nuestro poder, pero que bueno que seguimos juntas y unidas” dijo Nora.
“Somos una sola mujer, aunque estemos separadas seguimos siendo una sola mujer” respondieron las piernas de Nora.
El tipo empezó a gemir y moverse. La parte superior de Nora tuvo que saltar a la cama cuando sus piernas se desprendieron para ir donde el hombre y desmayarlo nuevamente con una tremenda patada en una sien.
Nora, otra vez con su cuerpo completo, amarró al tipo con las cuerdas que obtuvo y lo sujetó a las patas de la cama para evitar que pudiera arrastrarse. Luego fue a un rincón donde habían aventado la peluca rubia y las prendas que le arrancaron destrozándolas; y con jirones de su falda roja, lo amordazó y le vendó los ojos.

Nora salió al pasillo con cautela. Estaba desnuda y descalza, su cuerpo blanco y depilado contrastaba con la oscuridad y el ambiente sucio del edificio, saturado de un olor rancio a suciedad y encierro. Tanto las ventadas del cuarto miserable donde había estado atada a la cama, como las ventanas del pasillo, estaban clausuradas con tablas y cartones, de manera que había una oscuridad casi total, rota apenas por algunos rayos de luz que se filtraban.
Los poderosos sentidos de Nora podían percibir el entorno aún en la mayor oscuridad y le permitían desplazarse con seguridad, aun cuando la misma Nora apenas distinguía algo a su alrededor.
Nora y sus piernas descubrieron algo nuevo. Antes, cuando el cuerpo de Nora estaba integrado, todas las extremidades estaban bajo su control completo. Aunque las piernas de Nora podían usar sus sentidos ampliados, su mente era solo un pasajero del cuerpo de Nora.
Ahora, aunque estuvieran integradas, la mente de Nora podía delegar a sus piernas el control de sus extremidades, dejando a su parte superior como un pasajero sobre ellas.
Las piernas de Nora se movían con seguridad y destreza entre los desechos y la basura del piso, protegiendo sus pies descalzos. Sobre ellas, la parte superior de Nora se mantenía atenta a la comunicación telepática.
“Puertas a los lados, algunas cerradas, pero no capto nada atrás de ellas” dijeron las piernas de Nora.
El pasillo tenía forma de “U”, al dar la segunda vuelta, las piernas de Nora se detuvieron.
El cuarto más cercano tenía la puerta entreabierta y dejaba salir un filo de luz sucia y amarillenta
Al final del pasillo, donde estaban las escaleras para subir y bajar, otra puerta dejaba salir luz por bajo.
Nora sintió que recuperaba el control de sus piernas y se deslizó sigilosamente hasta la primera puerta.
Era un cuarto igual de sucio y descuidado que el que ella conocía, alumbrado también por un foco amarillento y cubierto de cochambre.
Pero dividiendo el cuarto a la mitad había una sólida reja anclada en piso y techo, tras la cual había media docena de mujeres, desnudas, sucias y maltrechas.
Sin poder contenerse, las mujeres empezaron a gritar al ver a Nora, pidiendo ayuda.
Nora se acercó a la reja y descubrió que estaba cerrada con un grueso candado.
“Podría romperlo jefa, pero oigo pasos en el pasillo” dijeron las piernas de Nora, quien se dio vuelta justo cuando la puerta se abrió de golpe, dando paso a un hombre corpulento y tosco.
El cuerpo desnudo, depilado y lleno de curvas de Nora era inconfundible y el tipo se dio cuenta de inmediato que ella debería estar con su secuaz, encerrados en un cuarto al final del pasillo, de manera que su lento cerebro trató de decidir entre atrapar a la mujer o averiguar lo que le hubiera sucedido a su cómplice.
Esos segundos fueron determinantes. En su mente, Nora escuchó una orden de sus piernas, y obedeció enseguida, sujetándose de los barrotes de la reja para evitar que su parte superior cayera al piso cuando sus piernas desaparecieron, teletransportándose al pasillo, tras el tipo.
Las piernas de Nora saltaron contra la espalda del hombre y sus dos pies impactaron en su espalda, lanzándolo contra la reja.
A pesar de ser grueso y corpulento, el tipo tenía reacciones rápidas y pudo detenerse con las manos para no chocar con la reja. Con un gruñido de rabia giró y sin pensarlo se abalanzó hacia donde intuyó se encontraba su enemigo.
Durante una fracción de segundo, el tipo se sorprendió de ver frente a él, solo la mitad inferior de una impresionante mujer desnuda, de piel blanca e impecablemente depilada.
La sorpresa terminó abruptamente cuando un pie delicado se incrustó entre sus ingles en forma de una patada demoledora. Antes de poder emitir cualquier sonido, un segundo pie le golpeó en la boca y estrelló su cabeza contra la reja.
Adolorido y aturdido, el hombre se vio sujeto por las mujeres encerradas que retorcieron sus extremidades y su cabello contra los sólidos barrotes.
“¡El cinturón!” urgió una de ellas. Las piernas de Nora desabrocharon la hebilla del hombre y extrajeron el cinturón, que era una tira de cuero curtido. Las mujeres encerradas actuaron con vigor y entereza, una de ellas tomó el cinturón y lo uso para sujetar el cuello del tipo contra la reja. Otras acabaron de bajarle el pantalón y enredaron la prenda para atarle las piernas.
Una mujer morena, alta y rolliza, de rostro enérgico, se acercó a la parte superior de Nora, sostenida por sus brazos de la reja.
“Hay otros hombres en el cuarto del fondo, deben ser tres o cuatro” dijo la morena.
En el centro del cuarto, las piernas de Nora asintieron telepáticamente y salieron decididas.
Las mujeres encerradas se agolparon en la reja, asombradas de haber visto como las piernas de Nora desaparecían de su lugar bajo el cuerpo de su dueña, para luego darle una paliza al tipo grande y hosco.
“¿Dónde están sus piernas?, ¿Todas vieron lo que hicieron?” dijo alguna mientras otras fueron a la reja, sorprendidas de ver la parte superior del cuerpo de Nora hablando normalmente con una de ellas.
“¡Son las piernas de la flor de lis!, ¡Es una superheroína que ha venido a salvarnos!” exclamó una joven, aplaudiendo y festejando.
“¡Yo le he visto en internet, son las piernas más poderosas del mundo!” añadió otra.
Mientras tanto, la mujer que le había avisado a Nora de los tres facinerosos en el cuarto al final del pasillo, se había presentado como Ana María, activista de un grupo de autodefensa de mujeres de la noche.
“Estamos en un pueblo cercano a la ciudad, es la sede de la banda de tratantes de mujeres. Entre los que están aquí, he podido identificar a dos de los jefes de la banda y los demás son sus pistoleros”, dijo Ana María.
Nora controló un gesto de dolor, proveniente de sus piernas.
“Pues todos están pasando un mal rato, puedo sentir cada patada y golpe que mis piernas les están dando” dijo Nora.

Con pasos rápidos y sigilosos las piernas de Nora llegaron hasta la puerta del final del pasillo, y de un fuerte golpe con el talón la abrió de golpe.
El cuarto era pequeño, solo había un sillón desvencijado donde un tipo despatarrado dormitaba mientras otros tres ocupaban sillas en torno a una mesa. Dos de ellos se distraían con sus celulares y el tercero se dedicaba a mirar una televisión puesta sobre una cajonera.
La única iluminación del cuarto era un foco cochambroso colgado del techo sobre una mesa donde había botellas, vasos, ceniceros y armas, todo al alcance de la mano.
El portazo hizo que los tres tipos de la mesa saltaran en busca de sus armas y el hombre del sillón, súbitamente despierto y alerta sacó un fusil de asalto escondido entre el mueble y la pared.
Durante un segundo, los cuatro vieron en el hueco de la puerta un espectacular par de piernas desnudas y depiladas, que se esfumaron en el momento que el foco se apagaba.
Las piernas de Nora decidieron que el más peligroso era el que había sacado el fusil de asalto, de manera que fue el primero al que atacó, aprovechando que el cuarto había quedado en una oscuridad casi total, pues las también estaban tapiadas, por lo que la única luz era la penumbra que llegaba por el pasillo desde al cuarto de las mujeres encerradas.
El hombre amartilló el fusil, barriendo la oscuridad. El brutal impacto de un talón desnudo sobre su nuca le hizo caer de rodillas y soltar el arma. Las piernas de Nora patearon el fusil bajo el sillón y se desmaterializaron en el momento que otros de los hombres, alertado por el ruido, disparaba a ciegas un momento antes que una patada surgida aparentemente de la nada, le arrancara el arma de la mano un segundo antes de que una rodilla golpeara su abdomen, sacándole el aire y tirándolo al piso.
Pero las piernas de Nora no eran invulnerables y aunque rápidas y extremadamente fuertes, seguían siendo las piernas suaves y sensibles de una mujer, y cada golpe que daban producía dolor y hematomas en la blanca piel que las cubría.
Sobreponiéndose al dolor, las piernas de Nora continuaron su ataque. En el cuarto de la reja, la parte superior de Nora, asediada a preguntas por las mujeres, trataba de disimular los gestos de dolor cuando sus piernas le transmitían el dolor de cada golpe que daban.
El tercer hombre encendió la linterna del celular e iluminó durante unos segundos al par de piernas femeninas, sin un cuerpo encima, que daban una apariencia de sensual delicadeza. Engañado por su aspecto, se lanzó hacia las piernas de Nora, confiando en su fuerza bruta para atraparlas. Pero antes de que pudiera siquiera tocarlas, se desvanecieron, dejándolo con los brazos extendidos en el aire, frustrado y confundido.
Las piernas reaparecieron a su lado, y con un giro elegante, un talón se clavó en su costado, haciendo que se desplomara de rodillas, retorciéndose de dolor, antes de que un segundo golpe de talón, esta vez en la sien, lo mandara definitivamente noqueado al suelo.
El cuarto hombre, resultó ser el más corpulento y peligroso de todos, mientras sus compañeros caían, él alcanzó a llegar al interruptor de la pared y encendió la luz, luego agarró un machete y se lanzó con un rugido hacia las piernas de Nora. Sus movimientos eran torpes, pero la fuerza de sus golpes resultaba letal.
Las piernas de Nora esquivaron la primera embestida con una pirueta ágil, rodaron por el suelo y con una patada en la rodilla desequilibraron al grandulón lo suficiente para contener su ataque.
El hombre corpulento se recuperó en un par de segundos y esgrimió el machete para lanzar un golpe demoledor contra las piernas blancas y desnudas en el suelo frente a él, pero antes de que pudiera hacerlo, las piernas de Nora desaparecieron de nuevo, teletransportándose esta vez justo detrás de él.
Con un salto ágil, una patada certera golpeó la parte posterior de su cabeza, el machete cayó de su mano, y el hombre trastabilló hacia adelante.
Pero las piernas de Nora no habían terminado. Antes de que el corpulento hombre pudiera recuperarse, se teletransportaron una vez más, en esta ocasión al frente, donde su pie derecho se hundió con fuerza en su estómago, haciendo que se desplomara al suelo gimiendo de dolor.
El cuarto quedó en silencio. Los cuatro hombres yacían derrotados, algunos inconscientes y otros demasiado lastimados para resultar peligrosos.
Las piernas de Nora salieron al pasillo. En el cuarto de la reja, la parte superior de Nora pidió a las mujeres prisioneras que guardaran silencio, para dejarle a sus piernas sondear el edificio con su poderoso sentido del oído. Luego de la pelea y hasta los disparos, el edificio seguía en su lóbrego silencio y quietud.
En el cuarto de la jaula, Nora recibió reconfortada a sus piernas, cuando se fusionaron en su lugar, aunque venían adoloridas y lastimadas.
Sin perder tiempo, Nora se dirigió con su cuerpo completo hacia el cuarto donde yacían los cuatro tipos.
La habitación estaba en completo desorden, con los muebles derribados y entre ellos, los tipos inconscientes o demasiado lastimados para moverse. El olor del tabaco, alcohol y sudor rancio impregnaba el ambiente, pero Nora no tenía tiempo para los remilgos mientras rebuscaba entre los muebles.
En un cajón encontró una bolsa con gruesos cinchos de plástico, que usó para atar muñecas y tobillos de los tipos con el fin de neutralizarlos. Siguiendo la búsqueda, encontró también varios manojos de llaves que llevó enseguida al cuarto de las mujeres prisioneras.
Cuando regresó con las mujeres encerradas, les pasó la bolsa de cinchos para que terminaran de amarrar al tipo que tenían sujeto en la reja. Luego empezó a probar las llaves de los candados hasta encontrar la adecuada para abrir la reja.
Ana María asumió el liderazgo y asignó tareas a las mujeres en busca de cualquier cosa que pudiera ser útil para su escape.
Ana María le informó a Nora que estaban en un pueblo a unos 50 kilómetros de la ciudad, donde las autoridades locales estaban coludidas con los delincuentes, lo que hacía imposible acudir a la policía del lugar para buscar ayuda. La única opción era regresar a la ciudad, donde Ana María y su grupo tenían contactos con autoridades comprometidas en desmantelar la banda de criminales.
En unos minutos, las mujeres habían recogido todos los celulares de los maleantes y encontraron una caja con ropa y calzado, una bolsa con billetes de baja denominación, y las llaves de la camioneta panel guardada en la cochera de la planta baja. De otra caja repleta de objetos diversos, Nora y las demás pudieron recuperar sus propios objetos personales.
Sin disimular el alivio de saberse a punto de recobrar la libertad y sobre todo confortadas por la presencia de las poderosas “piernas de la flor de lis”, las mujeres, procedieron a seleccionar prendas para cubrir sus cuerpos desnudos.
Nora eligió unos leggings rojos de licra, una camiseta holgada y unas sencillas ballerinas.
La camioneta era lo suficientemente espaciosa para contener a las mujeres. Ana María se puso al volante y Nora ocupó el lugar del copiloto.
Tres de las chicas abrieron sigilosamente las puertas del zaguán, asegurándose de no llamar la atención de posibles vecinos.
Eran las cinco de la tarde y el pueblo parecía sumido en la melancolía, con escasa gente en las calles. Siguiendo su instinto y algunas señales de tránsito, Ana María pudo llegar a la carretera principal, conduciendo con precaución para evitar llamar la atención.
La carretera estaba poco transitada y Ana María enfiló hacia la ciudad a velocidad moderada. La camioneta tenía ventanas en los costados, por lo que Ana María les había pedido a las demás que se mantuvieran agazapadas para evitar llamar la atención.
“Una patrulla” dijo de pronto la conductora, mirando un vehículo que venía en sentido opuesto, “no se asome nadie, por favor”.
El vehículo policial se cruzó con la camioneta. Seguramente los oficiales la reconocieron puesto que un poco más adelante se encendió la torreta, giró en redondo y se lanzó tras las fugitivas.
Nora recibió un mensaje telepático de sus piernas y, reaccionando a él, instó a Ana María a incrementar la velocidad. La conductora de la camioneta, no lo dudó y presionó el acelerador a fondo.
Viendo esto, el conductor de la patrulla policial aceleró también mientras su compañero intentaba comunicarse por teléfono con los criminales del edificio abandonado, sin imaginar siquiera que estaban atados y amordazados.
El motor de la patrulla rugía, y el conductor mantenía sus ojos fijos en camioneta, convencido de que podría alcanzarla fácilmente. Pero entonces, algo completamente inesperado sucedió.
Un par de piernas de mujer, vestidas con leggins que remarcaban sus generosos muslos y amplias caderas y nalgas; se materializó de la nada sobre el cofre de la patrulla. Los ojos del conductor se abrieron desmesuradamente, sin poder comprender lo que veía.
Antes de que los policías pudieran reaccionar, las piernas de Nora actuaron con una precisión asombrosa. Con un poderoso golpe de talón, el parabrisas de la patrulla estalló en mil pedazos. El ruido del cristal astillado resonó como un trueno dentro del vehículo, y el viento generado por la velocidad del coche arrojó las placas de cristal hacia los oficiales.
El conductor recibió en la cara los fragmentos de cristal estrellado y su reacción inmediata fue presionar el pedal de freno con toda su fuerza y soltar el volante para protegerse la cara de la lluvia de cristales. Su acompañante, distraído con el celular apenas levantó los ojos en el momento que el parabrisas estallaba y luego un brusco frenado lo aventó contra el tablero.
La patrulla sin control se desvió hacia la derecha, golpeó la guarnición de la cuneta y se volcó aparatosamente, rodando sobre sí misma varias veces antes de detenerse, con las ruedas en el aire.
Todo sucedió en cuestión de segundos, pero el impacto en los policías fue devastador. Estaban aturdidos y heridos, atrapados en la patrulla volcada, mientras intentaban comprender cómo se había frustrado su persecución de manera tan brutal.
En la camioneta las piernas de Nora habían regresado a su lugar y las mujeres estallaron en júbilo y hasta aplausos, para festejar que estaban un paso más cerca de regresar a la ciudad y enfrentar a los criminales que habían causado tanto sufrimiento.
El resto del viaje transcurrió sin problemas, y finalmente llegaron a la ciudad en las primeras horas de la noche.
Nora sintió la necesidad de aclarar que no podía participar en las denuncias contra los delincuentes, ya que su objetivo era la liberación de las mujeres, y debía preservar su privacidad y su identidad.
Todas comprendieron sus razones, y Ana María expresó su apoyo incondicional. Otra de las mujeres, una de las jóvenes que habían descubierto los tatuajes de las piernas, agradeció profundamente a Nora por su ayuda y agregó que, a partir de ese día, los delincuentes temerían a cualquiera que tuviera un par de piernas tan poderosas.
Nora tomó algo del dinero que habían encontrado para poder regresar a su hogar. El grupo de mujeres continuó su camino hacia la justicia, mientras Nora regresaba a su hogar, cansada y adolorida, pero satisfecha de haber liberado a esas valientes mujeres.

En la sala de su acogedora casa, después de disfrutar de un relajante baño, Nora se encontraba cómodamente instalada en un sillón. Vestía una suave bata de seda, mientras sus piernas, separadas del resto de su cuerpo, descansaban a su lado, cubiertas solamente por un pantaloncillo de seda.
A través de su conexión telepática, ambas reflexionaban sobre el cambio en sus poderes. Antes, Nora tenía el control sobre cuándo y hacia dónde teletransportar sus piernas, pero el impacto del aturdidor había alterado esta dinámica. Ahora, eran sus piernas quienes determinaban cuándo y cómo desvincularse de su parte superior.
Nora rompió el silencio. "Tienes tu propia mente, puedes ver y oír mejor que yo, eres increíblemente poderosa y ahora puedes teletransportarte por ti misma. Creo que ya no me necesitas para ser una superheroína", expresó con cierta preocupación.
Sus piernas se levantaron, y se acurrucaron en los generosos senos de Nora, desnudos bajo la bata de seda, antes de responder con calma: "No seas tonta, seguimos siendo una misma persona y nos necesitamos mutuamente para ser una mujer completa".
Nora las abrazó con gratitud, sintiendo la profunda conexión que compartían. "Eres parte de mí, pero también eres mi mejor amiga", le susurró a sus piernas, sintiendo una mezcla de alivio y ternura. 

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