5.- Las piernas de la Flor de Lis

Giovana Alberoni se detuvo un momento en el pasillo del avión, buscando su asiento en la segunda fila. Llevaba un atuendo sencillo pero práctico: una camiseta oscura bajo una camisola de gabardina, pantalones tipo comando y botas tácticas, que no le restaban gracia a su figura espigada y esbelta.
Poseía un cabello castaño oscuro, peinado en una sobria cola de caballo. Su rostro juvenil era de rasgos tersos y finos, apenas realzados con unos toques de maquillaje en los ojos oscuros.
Cuando llegó a su lugar, vio sentada junto a la ventanilla, ya acomodada en su asiento a una atractiva mujer.
Nora Rosseau irradiaba elegancia y sensualidad, portaba un ceñido vestido rojo, que resaltaba las curvas perfectas de su figura, mientras sus largas y magníficas piernas, cubiertas por finas pantimedias oscuras, se cruzaban con gracia haciendo lucir sus elegantes zapatos de tacón alto.
El cabello castaño claro de Nora, peinado en suaves ondas, caía sobre sus hombros, y su rostro, delicadamente maquillado, destacaba por unos intensos ojos verdes.
Giovana contuvo un suspiro interno. "Por favor, que no sea de las que hablan todo el vuelo", pensó para sí misma, mientras se deslizaba en su asiento junto a Nora. Le ofreció un cortés "Buenos días” y, sin esperar respuesta, sacó una Tablet de una de las bolsas de su pantalón, se caló los audífonos y se sumergió en su mundo digital.
Mientras ajustaba la tableta, no pudo evitar lanzar una rápida mirada de reojo a su compañera de viaje. Nora tenía un aire de seguridad y encanto que era difícil de ignorar, pero lo que complació a Giovana, fue que le devolvió el saludo y siguió leyendo en su celular.
Aliviada, Giovana se relajó en su asiento, agradeciendo que compartía con su compañera de viaje el mismo deseo: un vuelo en silencio, sin interrupciones innecesarias.

Sin embargo, cerca del fin del viaje, la voz telepática de sus piernas, sacó a Nora de su lectura.
“Algo pasa ahí adelante”
Nora ocupaba un asiento en la segunda fila, muy cerca de la puerta de la cabina, y sin problemas pudo poner atención en la desconcertante escena.
Un hombre con el uniforme de capitán del vuelo, tratando de disimular una creciente angustia, pulsaba los botones del intercomunicador con la cabina y discutía en voz baja con una de las azafatas que también trataba de esconder sus emociones.
Las piernas de Nora poseían un sentido del oído mucho más poderoso que el oído común, de manera que podían captar claramente lo que sucedía.
“El capitán se salió de la cabina para tontear con la chica, la puerta se cerró automáticamente y ahora el copiloto que se quedó a cargo del avión no abre y no responde a las llamadas”
Un asistente de vuelo se había reunido al capitán y la azafata y trataba, inútilmente, de abrir la puerta con empujones. Este acto terminó de llamar la atención de algunos pasajeros que empezaron a preguntar acerca de lo que sucedía.
El capitán se encaró con los pasajeros y trató de buscar una explicación, pero la angustia y el miedo se había apoderado de la azafata que pulsaba con angustia los botones del intercomunicador, y del asistente de vuelo, que ya con desesperación golpeaba la puerta de la cabina y trataba de llamar al copiloto por el intersticio entre la puerta y el marco.
El resto de las azafatas se unieron a sus compañeros en el frente del área de pasajeros tratando de controlar la situación, pero sin poder ocultar la preocupación puesto que el avión se aproximaba al aeropuerto de destino y por consiguiente el tráfico aéreo se incrementaba con el riesgo de provocar una colisión.
“Esto se ve muy mal, mándame a la cabina” dijeron decididas las piernas de Nora, quien tomó la manta de viaje para cubrirse de la cintura para abajo y tratar de disimular cuando sus piernas desaparecieron.
Las piernas de Nora se toparon con una escena alarmante en la cabina.
El copiloto estaba en su asiento, completamente desmadejado e inerte. Las piernas de Nora se despojaron de sus elegantes zapatos de tacón alto y con sus pies auscultaron al hombre, buscando signos vitales.
“No tiene pulso, tampoco capto respiración, si no está muerto poco le falta”. Dijeron por su canal telepático.
La parte superior de Nora se estremeció, contagiada por el sobresalto que sintieron sus piernas cuando la cabina se llenó de estridentes alarmas y en el tablero empezaron a encenderse luces rojas y amarillas.
“Esto está lleno de luces y alarmas, y un tipo está gritando por la radio” dijeron las piernas de Nora, capaces de escuchar lo que transmitían los auriculares que el capitán había dejado colgados en el respaldo de su asiento.
“La puerta, abre la puerta” dijo Nora.
Aún antes de recibir tal indicación, las piernas de Nora ya estaban en la puerta de la cabina, buscando alguna manera de abrirla, pero no había picaporte ni cerrojo, solamente un tablero digital y lectores de escáner.
“No hay como abrirla, esto es una caja fuerte” dijeron las piernas de Nora por su canal telepático.
Las piernas de Nora, en su búsqueda desesperada por encontrar una forma de abrir la puerta de la cabina, exploraban cada rincón con la esperanza de hallar una solución.
Afuera, el caos se había apoderado del área de pasajeros. Gente asustada gritando, la tripulación tratando de imponer la calma, pero contribuyendo al desconcierto por no tener elementos para contener la situación.
Pegados a las ventanillas, algunos pasajeros avisaban a gritos que estaban a punto de llegar al aeropuerto de destino y que había otros aviones volando cerca.
Un par de tipos forzudos habían buscado los extintores y golpeaban desaforados la puerta, tratando de abrirla, ante los esfuerzos inútiles de las azafatas y el asistente de vuelo para evitar que fueran a provocar más complicaciones.
Nora trataba de mantenerse ajena e ignorar el caos y desde su asiento, intentaba colaborar con sus piernas en el intento de abrir la puerta de la cabina, haciendo preguntas y sugiriendo diferentes ideas a través de su comunicación telepática.
Pero, sin darse cuenta, musitaba sus pensamientos en voz baja debido a la tensión del momento.
Fue entonces cuando la chica que viajaba a su lado, al escuchar sus susurros, se acercó a ella.
“Esa puerta es blindada y sólo se abre con un código de siete dígitos que cambia cada vez que alguien sale de la cabina, y sólo lo conoce quien se queda en el interior, si el copiloto está incapacitado, nadie puede abrir la puerta”
Nora se sobresaltó ante las palabras de la joven, le encaró y descubrió que, aunque trataba de mantener la calma, por el caos de la cabina de pasajeros y lo que hubiera escuchado de los susurros de Nora; sus ojos muy abiertos y un temblor en la voz delataban que estaba asustada.
Giovana Alberoni, tocó tímidamente el asiento vacío donde deberían haber estado las piernas de Nora.
“Tus piernas están en la cabina, ¿verdad?" dijo suavemente
Nora no pudo hacer otra cosa que asentir en silencio.
La chica pulsó en su Tablet y le mostró a Nora la portada de un simulador de vuelo.
“Este tipo de aviones cuenta con un sistema de maniobras controlado por computadora que puede dirigir el aterrizaje en aeropuertos de clase “A”, como el que vamos a llegar, cuando las condiciones del clima son las adecuadas”
“He jugado muchas veces este simulador, si tus piernas pueden programar la computadora, yo puedo explicarles cómo aterrizar el avión”.
“Claro que sí. Dime lo que tenemos que hacer”.
La joven colocó la Tablet sobre el posabrazos entre ambas y activó en el simulador la operación de la computadora del sistema de maniobras.
“¿Qué pasa allá atrás?, esto es una locura hay focos y pitidos de alarma por todos lados”. Nora notó un tono de angustia en la voz telepática de sus piernas, a pesar de su habitual sangre fría.
De manera concisa, Nora uso su canal habitual para explicarles la presencia y la intervención de Giovana.
“Pídele a tus piernas que se sienten en el lugar del piloto, y busquen el cajón de la consola de la computadora de maniobras”, dijo la joven.
Nora acostumbraba usar pantimedias extra finas, que no entorpecían la movilidad de los dedos de sus pies. Siguiendo las indicaciones de Giovana, se instalaron en el asiento del piloto y extrajeron de su nicho en la consola de instrumentos, la pantalla y el tablero plegable del sistema de maniobras.
A continuación, los delicados y arreglados deditos de los pies de Nora empezaron a moverse con agilidad sobre las teclas, siguiendo las indicaciones que les llegaban telepáticamente desde su parte superior.
La cabina de pasajeros cada vez se volvía más caótica. La confusión y el alboroto reinaban entre los pasajeros y la tripulación, por todas partes se oían discusiones, gritos y amenazas.
En medio de todo, el capitán, el hombre al que se suponía que todos debían confiar sus vidas, trataba de mantener el control, pero el miedo se reflejaba en su rostro. Sabía que él era el culpable de la situación. Había abandonado la cabina para coquetear con una de las azafatas, y ahora, debido a su imprudencia, el avión volaba sin piloto y el copiloto estaba incapacitado dentro de una cabina que nadie podía abrir.
Solo Nora y Giovana parecían ajenas a todo. Hombro con hombro y las cabezas muy juntas, estaban concentradas en su labor.
Giovana reconstruía meticulosamente el proceso de programación de aterrizaje en su simulador de vuelo, mientras Nora transmitía las instrucciones telepáticamente a sus piernas.
En la cabina del piloto, las piernas de Nora se esforzaban al máximo, operando los controles de la computadora con destreza y tratando de no dejarse llevar por el pánico en medio de alertas visuales y sonoras.
Giovana, inicialmente les indica a las piernas de Nora como hacer que la computadora avise de la situación de emergencia al aeropuerto, de manera que, al terminar de teclear una secuencia de comandos, las piernas de Nora se dan cuenta que las alertas se van apagando y el controlador del aeropuerto deja de gritar por los auriculares.
“El aeropuerto ya sabe que estamos en un aterrizaje por computadora” dice Giovana cuando Nora se lo informa, “nos van a ayudar con los radiofaros y van a desviar todo el tráfico aéreo para que podamos bajar con prioridad”.
Giovana añadió que era una buena noticia y Nora y sus piernas se sintieron un poco más tranquilas para concentrarse en su labor, trabajando para programar el aterrizaje de manera segura.
Giovana finalmente dio por terminada su labor en la Tablet. En ese momento, las piernas de Nora en la cabina, presionaron el último botón que completaría el proceso. La computadora de maniobras asumió el mando total de la aeronave.
“¡Nos vamos a estrellar!” el grito resonó en la cabina avivando el caos entre pasajeros y tripulación. Algunos hombres estaban golpeando la puerta de cabina con los extintores y otros objetos pesados, tratando inútilmente de abrirla, atropellando a las azafatas y asistentes de vuelo que explicaban en vano que los golpes podrían causar otros daños a los delicados sistemas del avión.
Muchas personas acosaban a gritos e insultos al capitán, reclamándole su imprudencia al abandonar su puesto y exigiéndole que hiciera algo para recuperar el mando del aparato.
En la cabina de mando, las piernas de Nora recuperaron sus zapatos y echaron una ojeada alrededor. Aislada del alboroto al otro lado de la puerta, la cabina había recuperado la calma, con el detalle tétrico del cuerpo desmadejado del copiloto amarrado por las correas de seguridad en su asiento. Por las ventanas del frente se veían el paisaje del aeropuerto inminente mientras en consolas y tableros titilaban las luces normales de operación.
“Recupéranos jefa, pase lo que pase quiero estar en mi lugar” dijeron las piernas de Nora. La manta de viaje sobre el vestido de Nora se dilató cuando sus piernas regresaron a su lugar.
Nora notó que Giovana las miraba sin poder evitar un gesto de admiración. Con una sonrisa en el rostro, Nora se quitó la manta, descubriendo sus espléndidos muslos. “Te agradecen todo lo que hiciste, se sienten felices de que hayas estado con nosotras”
Giovana había guardado su Tablet y puso una mano sobre uno de los generosos muslos envueltos en pantimedias suaves y sedosas.
“Gracias a ustedes, son fantásticas” dijo la joven.
Sorpresivamente, el aviso de "cinturones asegurados" resonó en la cabina de pasajeros, seguido por un mensaje grabado que serenamente anunciaba el próximo aterrizaje y daba las indicaciones de rutina.
Un silencio extraño invadió la cabina de pasajeros, mientras proseguía la locución grabada que generó un efecto tranquilizante.
El capitán y las azafatas, aún sin comprender cabalmente la situación, se esforzaron por colocar a los pasajeros en sus respectivos sus asientos, mientras se volvía notorio que el avión empezaba a descender suavemente.
Los pasajeros más optimistas especularon que el copiloto, de alguna manera, se había recuperado y retomado el control de la aeronave. Sin embargo, la inquietud persistía, ya que la puerta de la cabina seguía cerrada y nadie comprendía completamente lo que estaba sucediendo.
Cuando resonaron los descensores acomodándose en las alas, los pasajeros que habían regresado a los asientos se aseguraron de tener ajustado el cinturón de seguridad e inconscientemente se repegaron en el respaldo.
Nora observó a Giovana y notó que, a pesar de que trataba de disimularlo, no podía borrar de su rostro una expresión de ansiedad, comprensible pues todo lo que sucediera de ahora en adelante, era su responsabilidad. Un mínimo error que hubiera cometido en la programación de la computadora de maniobras, y el aterrizaje resultaría una catástrofe.
De manera inconsciente, Giovana se mantenía muy cerca de ella y su mano seguía sobre el muslo de Nora, que, empatizando con su estado de ánimo, colocó su propia mano sobre la de ella, transmitiéndole el calor de su muslo y la calidez de su mano.
El tren de aterrizaje tocó tierra, haciendo que la gente en el avión lanzara una exclamación que se apagó cuando el avión siguió rodando mientras los frenos actuaban y reducían la velocidad paulatinamente hasta hacer alto total.
Cuando el avión se detuvo finalmente y los motores se apagaron, el avión fue rodeado por vehículos de seguridad del aeropuerto, y la tripulación se apresuró a organizar la evacuación de los pasajeros, muchos de los cuales ya estaban parados en sus lugares y se amontonaban en el pasillo tratando ansiosamente de llegar a las puertas de salida.
Solamente en la segunda fila, había un pequeño remanso de tranquilidad
Giovana no pudo evitar un largo suspiro y casi como si volviera en sí, se dio cuenta de que su mano estaba aferrada a un muslo de su vecina de asiento, confusa y ruborizada la apartó de inmediato, pero Nora la retuvo entre sus dos manos y con una gran sonrisa la atrajo un poco hacia sí.
“Pasamos por una gran aventura y ni siquiera sabemos quiénes somos, yo me llamo Nora Rosseau y me encantó conocerte”.
“Soy Giovana Alberoni, y también me da mucho gusto haber estado contigo y con tus maravillosas piernas”
“Son mis mejores amigas” dijo Nora, con los ojos brillantes “y también ellas están felices de que estuviste cerca de nosotras”
Giovana dudó un poco, pero la sonrisa y la actitud amable de Nora le dieron ánimos para decir en voz baja, con la finalidad de no ser escuchada por la gente que atiborra el pasillo.
“En las redes sociales se ha vuelto viral un par de piernas maravillosas que han luchado contra delincuentes y salvado personas en apuros. En las mismas redes se dice que esas piernas tienen unos tatuajes en las pantorrillas y por eso se les ha llamado ‘las piernas de la flor de lis’ “. Giovana suspiró y quedó en silencio expectante.
Nora, con un gesto divertido cruzó las piernas para dejar a la vista en una de sus pantorrillas, un pequeño y elegante tatuaje.

Semanas después del misterioso aterrizaje del avión, un grupo de expertos se reunió para discutir y analizar el enigma que rodeaba el incidente, y emitir el dictamen final de lo sucedido.
Empezaron por lo más evidente, el informe médico respecto a que el copiloto había sufrido un aneurisma fulminante que le había causado una muerte instantánea, y el testimonio del capitán aceptando que había cometido una grave infracción a sus funciones al abandonar la cabina.
Luego, los expertos se dedicaron a analizar la caja negra, sellada de tal manera que sólo ellos pudieran conocer su contenido.
La caja negra proporcionó todos los elementos para atribuir el aterrizaje del avión a una impecable programación del sistema computarizado de maniobra.
Pero cuando revisaron las video grabaciones de la cabina, encontraron más preguntas que repuestas.
El video mostraba la salida del capitán de la cabina y el momento en que el copiloto se desplomaba en su asiento, fulminado por el aneurisma.
Luego el caos en la cabina, cuando el capitán trataba en vano de abrir la puerta, las alertas visuales y lumínicas en los tableros cuando se aproximaba al aeropuerto sin nadie en los mandos y los radares de proximidad avisaban la presencia de otras aeronaves.
Y de improviso, sin explicación o sentido, la aparición de un par de piernas femeninas, de hermosas curvas, generoso trasero y caderas; cubiertas solo con unas pantimedias que dejaban lucir una elegante tanga de encaje y calzadas con relucientes zapatos negros de tacón alto.
Las piernas carecían del resto del cuerpo, pero se movían con soltura y gracia, como si no necesitaran el resto de la mujer. Se despojaron de los zapatos y sus pies auscultaron hábilmente al copiloto.
Luego, los expertos vieron como las piernas femeninas, sin perder la sensualidad de sus movimientos, trataban de encontrar la forma de abrir la puerta de la cabina.
En algún momento las piernas parecieron tener una súbita inspiración. Se acomodaron en el asiento del piloto y con movimientos precisos desplegaron la terminal del sistema computarizado de maniobra y luego sus delicados dedos, cuidadosamente arreglados empezaron a teclear sin verse impedidos por la fina punta de las pantimedias.
Al terminar, las piernas volvieron a calzarse sus zapatos y desaparecieron tal como habían llegado.
Después de muchas horas de deliberación, los expertos llegaron a un acuerdo poco convencional. Decidieron emitir un dictamen explicando que la computadora del avión estaba preprogramada, omitiendo cualquier mención de las piernas femeninas misteriosas, procediendo luego a eliminar todas las evidencias en video.
Sin embargo, una vez que los expertos dieron por terminada la sesión oficial, uno de ellos sacó su teléfono celular, lo enlazó a la pantalla de la sala de reuniones y mostró a los demás fotos y videos de las redes sociales.
Las imágenes mostraban unas torneadas piernas de mujer vestidas con elegantes pantimedias que resolvieron un robo en la vía pública, salvaron a una mujer en una estación del metro, y rescataron a un hombre en riesgo de caída mortal. Durante un rato todos observaron las fotos y videos en silencio, comprendiendo lo que realmente pudo haber sucedido en el avión.
“En las redes sociales les han llamado ‘las piernas de la flor de lis’, por los tatuajes que tienen en las pantorrillas” dijo el experto, que añadió con tono de admiración y respeto en la voz.
“Es inadmisible que atribuyamos el rescate del avión a ‘las piernas de la flor de lis’, pero muchas personas deben agradecer que la dueña de esas maravillosas piernas hayan elegido precisamente ese avión para volar”.
En silencio, el grupo de expertos concuerda. El misterio perdura, pero también la gratitud por la intervención de una espectacular heroína anónima.

La amistad entre Nora Rosseau y Giovana Alberoni floreció después del incidente en el avión. Aunque Giovana era un tanto renuente a las relaciones humanas, ella misma se sentía sorprendida de darse cuenta que la forma afectuosa y encantadora de ser de Nora, la tenía fascinada.
Giovana era una programadora freelance muy solicitada por compañías desarrolladoras de software, pero sus habilidades iban mucho más allá de la programación convencional. También era una hacker consumada, y además tenía gran experiencia navegando por la Deep Web, explorando los rincones más oscuros y secretos de Internet.
Giovana mantenía un estilo de vida sencillo. Vivía en casa de sus padres, aunque habían hecho arreglos para que su independencia fuera total. Había instalado un espacio para vivir y trabajar que le permitía aislarse cuando lo necesitaba, pero al mismo tiempo, mantenía una relación afectuosa con sus padres. Para Giovana, su independencia no radicaba tanto en la distancia física, sino en la libertad que había logrado crear dentro de su entorno familiar.
Nora, por su parte, admiraba la mente brillante de Giovana. Su amistad se fortalecía con cada conversación, y aunque sus mundos eran diferentes, se complementaban de formas inesperadas.
Las videollamadas entre ambas se convirtieron en parte de su rutina, compartiendo ideas, historias y risas. A menudo, Giovana sorprendía a Nora con su creatividad y su capacidad para encontrar soluciones prácticas a los problemas más extraños.
Un día, Nora recibió un paquete en su casa de parte de Giovana Alberoni.
Apenas empezaba a abrir la caja cuando su teléfono recibió una videollamada.
"¡Hola, Nora! ¿Recibiste el paquete? dijo Giovana en la pantalla con una sonrisa amplia.
Nora asintió, "Sí, justo lo estoy abriendo ahora".
"Es un gadget para videollamadas", comenzó a explicar Giovana, mientras Nora sacaba un pequeño y delgado dispositivo de la caja. “Se conecta a través de Internet al celular. Tiene una pantalla 4k, cámara de UHD, micrófono y parlante"
Hizo una pausa y, con una chispa de picardía en sus ojos, añadió: "He calculado que las dimensiones del gadget adecuadas para deslizarlo bajo el calzón de tus pantimedias, sin que les estorbe a tus piernas, de manera que puedas ver y oír lo que está sucediendo donde estén tus piernas y además pueden usarlo para comunicarse con otras personas”.
Nora rio suavemente “Es genial Giovana, y a las piernas de la flor de lis, también les encanta”
Giovana siguió hablando del dispositivo, describiendo las cualidades del gadget, pero Nora se desconectó de sus palabras unos segundos, para reflexionar sobre la importancia de la amistad sincera y valiosa que había surgido durante una emergencia en el aire.

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