El lugar preferido de Nora para comprar ropa íntima y pantimedias, era una boutique muy exclusiva ubicada en un lujoso centro comercial, en un edificio de 10 pisos con un amplio patio central al que todos los pisos se asomaban con espaciosas terrazas semicirculares.
La boutique se ubicaba el octavo piso, y era un local amplio, pero con los detalles de privacidad que favorecían que mujeres de todas edades, la tuviesen como su primera opción al momento de adquirir prendas íntimas. Aurora Desiree, la dueña del negocio, que se preocupaba por estar presente la mayor parte del tiempo para asegurar la calidad de la atención, era una mujer de edad similar a la de Nora, delgada y esbelta, siempre vestida y arreglada con exquisita elegancia.
Nora disfrutaba sus visitas a la boutique, y más aún desde que sus piernas habían adquirido su propia personalidad, puesto que era como llevar a una niña a una juguetería: sus piernas pedían ver una y otra vez los nuevos colores y texturas de pantimedias y se regocijaban revisando los modelos de tangas y pantaletas, discutiendo los pros y contras de cada una.
Luego de pasar un grato momento de compras, Nora salió de la boutique llevando en una bolsa sus nuevas adquisiciones. Apenas unos pasos fuera de la boutique, su atención fue capturada por un alboroto en el borde de la terraza.
Un grupo de operarios estaba llevando a cabo un trabajo de mantenimiento, y desmontaron temporalmente el barandal de la terraza para su reparación. Precautoriamente, habían colocado conos de advertencia y bandas de protección para evitar el acceso de personas al área de trabajo mientras realizan la tarea.
Pero un grupo de seis jóvenes, visiblemente emocionados y con la euforia que solo la imprudencia puede generar, había ignorado las advertencias de seguridad. Saltaron las bandas de protección que delimitaban el área de mantenimiento y con sus celulares en mano empezaron a tomarse fotos y videos para exhibirlas en las redes sociales.
Los operarios encargados de la obra estaban ausentes, pero un guardia de seguridad, se apresuró para tratar de contenerlos. Su voz firme trataba de imponer autoridad en medio del caos juvenil, pero los chicos y chicas lo ignoraban, riendo y burlándose de su intento de controlar la situación. Los adolescentes estaban demasiado inmersos en su búsqueda de notoriedad en las redes sociales, y no les importaban las consecuencias.
Algunos visitantes del centro comercial, Nora entre ellos, empezaron a rodear el lugar, inclusive expresando en voz alta su desaprobación por la conducta de los jóvenes imprudentes.
La situación llegó a un punto crítico cuando a una de las chicas se le ocurrió que era buena idea tenderse de costado en el suelo, en el borde desprotegido de la terraza para lograr una pose espectacular. Otros del grupo, fascinados por la osadía, animaban mientras ella se tendía peligrosamente en el suelo, demasiado cerca del precipicio.
En medio de la discusión de los jóvenes con el guardia, este tropezó con los pies de la chica tendida en el suelo, y sin tiempo para reaccionar, se precipitó por el borde de la terraza.
El hombre se precipitó hacia el borde. Un grito desgarrador salió de su garganta cuando su cuerpo cayó al vacío, mientras la chica, aterrada por lo que había provocado, chillaba de pánico. El impacto de la situación la hizo saltar de inmediato, y sin pensarlo dos veces, salió corriendo, acompañada por el resto de los jóvenes, que también huyeron despavoridos, empujando a la gente que se agolpaba alrededor.
Sin embargo, el guardia había logrado aferrarse por un milagro a un tubo cromado, parte de la decoración entre el séptimo y octavo piso. Colgaba ahora sobre el vacío, sujeto solo por la fuerza de sus manos. El tubo, pulido y liso, no ofrecía un buen agarre, y a medida que pasaban los segundos, la desesperación en su rostro aumentaba. Cada intento por sostenerse firme hacía que el tubo resbalara más entre sus manos, debilitando su agarre.
La multitud se agolpaba en las terrazas y el patio central del centro comercial, observando con horror cómo el hombre colgaba a ocho pisos de altura, sus manos luchando por mantener el control. Gritos de pánico y exclamaciones de angustia llenaban el aire, mientras las personas intentaban buscar la manera de ayudarlo, aunque todos sabían que el tiempo estaba en su contra.
Nora fue una de las primeras en llegar al borde de la terraza. Con determinación y sin darle mayor importancia al hecho de que su vestido subió sobre sus caderas revelando la parte alta de sus pantimedias, se lanzó al suelo, boca abajo, asomándose al vacío para ver al hombre en apuros.
El guardia, colgado solo de sus manos, sentía que el pánico tomaba el control. Su respiración era rápida y errática, y sus dedos temblaban por el esfuerzo. El tubo era demasiado grueso y su superficie demasiado resbaladiza para sujetarse con seguridad. No tenía dónde apoyar los pies ni otra cosa de la que pudiera agarrarse.
"¡Ayúdenme!", gritaba con desesperación, su voz apenas un susurro entre el ruido del público que miraba desde arriba. Las exclamaciones de la gente se convirtieron en un eco de desesperanza.
Nora, con la mente trabajando rápidamente, miró a su alrededor, buscando una solución. Fue entonces cuando la voz de sus piernas resonó telepáticamente. "Ese andamio, desde ahí puedo ayudar al hombre", dijeron con firmeza.
Nora vio el andamio justo a un par de metros del hombre, colocado entre los pisos séptimo y octavo. Sabía que sus piernas podrían hacer lo que ningún ser humano común haría. "Adelante, ve por él", dijo Nora por el canal telepático, su corazón latiendo con fuerza.
En cuanto Nora dio la orden, sus piernas se desmaterializaron en un destello, teletransportándose con precisión al andamio.
Ese día, Nora usaba sobre sus pantimedias negras un vestido estampado en tonos verdes, cuyo borde cayó flácido sobre el suelo cuando sus piernas desaparecieron.
Un hombre mayor, delgado y canoso, se deslizó por el piso junto a Nora para extender una gabardina larga sobre ella como un manto protector sobre su cuerpo, ocultando la desaparición de sus piernas ante los curiosos que se amontonaban en la terraza.
"Animo, señorita," le dijo el hombre, infundiendo valor con sus palabras. "Ustedes pueden salvarlo."
Para la multitud que observaba desde la terraza y el patio central, fue como si la realidad se quebrara por un instante, dejando espacio a lo imposible. Un par de piernas femeninas, esculturales y elegantes, envueltas en pantimedias negras que realzaban las curvas de nalgas y pantorrillas; calzando sobre altos tacones, se materializaron con gracia sobre la estructura metálica.
El contraste era impresionante: la delicadeza de las piernas en medio del frío acero del andamio y el vacío aterrador que se extendía debajo.
El murmullo de la multitud se transformó en un coro de asombro. Algunos levantaron sus teléfonos para capturar el momento, sin creer lo que estaban viendo. "¡Mira eso!", exclamó alguien en la terraza. "¡Son solo las piernas!, ¿dónde está el resto del cuerpo de la mujer?", gritó otro, incapaz de comprender cómo algo tan surrealista podía ser real.
La belleza de las piernas de Nora, delineadas perfectamente por las pantimedias, parecía una contradicción frente al riesgo mortal del rescate que estaban por emprender.
El guardia, colgado solo por sus manos, levantó la vista en medio de su desesperación. Al principio, su mente no podía procesar lo que veía. Un par de piernas femeninas, largas, bien torneadas y sensuales, sin un cuerpo sobre ellas, se movían con una elegancia sobrenatural sobre el andamio.
Los tacones altos brillaban con cada paso, y las suaves curvas de sus muslos eran un espectáculo cautivador, pero la urgencia de la situación no le permitió admirarlas como lo hubiera hecho en cualquier otra circunstancia.
Las piernas de Nora, actuando con precisión y rapidez, se deshicieron de los zapatos y se deslizaron hasta el borde del andamio, aferrándose con la corva izquierda a la estructura metálica, lo que les permitió colgarse de un solo punto. La pierna derecha se estiró al máximo hacia el hombre que se debatía entre la vida y la muerte.
El guardia, que en cualquier otro momento habría sido incapaz de resistirse a la fascinación que provocaban esas piernas perfectas, comprendió en ese instante que no había tiempo para asombro.
Aquellas piernas eran su única salvación, y aunque parecían diseñadas para caminar sobre pasarelas, estaban a punto de rescatarlo del abismo. Un pie de líneas delicadas, esmeradamente arreglado con las uñas pintadas de rojo claro, se extendió hacia el hombre en apuros
Las piernas de Nora además de esculturales eran largas, pero el guardia aún estaba demasiado lejos. Los dedos del hombre se estiraban, desesperados, pero el vacío entre ambos era de casi medio metro.
El público, que lo observaba todo, clamó colectivamente al ver que el pie de las piernas de Nora no lograba llegar al alcance del desesperado esfuerzo del guardia.
La tensión en el aire era palpable. La vida del hombre pendía de un hilo, y la única esperanza estaba en unas piernas femeninas suspendidas en el aire, que por sí solas no podían completar el rescate.
El guardia emitió un grito de angustia cuando sus dedos resbalaron unos milímetros del tubo. Estaba al límite, y su mente comenzaba a aceptar lo inevitable. La multitud, impotente, exhaló un suspiro de preocupación, mientras los que grababan el suceso mantenían sus teléfonos fijos en aquella escena increíble. "¡No lo van a lograr!", gritó alguien desde una terraza superior, y la desesperación se apoderaba de todos.
Fue entonces cuando Nora escuchó una voz a su lado. "Las pantimedias", dijo Aurora Amber, la dueña de la boutique de lencería, quien también había desdeñado el glamour para tirarse en el suelo a un lado de Nora. "Son sin costura, con base de elastano. Soportan más de 100 kilos", añadió, con una seguridad calmada que encendió una chispa de esperanza en la mente de Nora.
"Quítate las pantimedias y úsalas para alcanzarlo", ordenó Nora a sus piernas a través del canal telepático. Las piernas de Nora se detuvieron por un breve instante, evaluando la situación. "¿Soportarán su peso?", preguntaron, con una mezcla de duda y resolución. Nora sonrió con determinación. "Por lo que cuestan, espero que sí", respondió, confiando plenamente en la resistencia de la prenda.
Las piernas de Nora se incorporaron sobre el andamio con una gracia que dejó a la multitud aún más fascinada. Con movimientos flexibles sin perder la elegancia, deslizaron la suave tela de las pantimedias por sus muslos, pantorrillas y tobillos, liberando sus esbeltas extremidades de la fina prenda. Para el público que seguía el suceso, el acto era tanto sensual como heroico, una combinación irresistible que los mantenía en vilo.
Nora tuvo un momento de pudor cuando se dio cuenta de que la parte inferior de su cuerpo, estaba cubierto solo por una ajustada y breve tanga de color natural, que dejaba a la vista sus firmes y bien formadas nalgas, perfectamente visibles para todos los presentes.
La atención de la gente se centraba en sus piernas, y aunque el momento era crítico, Nora no pudo evitar recordar el elogio de un antiguo novio y amante: "Con ese culo, puedes mostrar lo que quieras". Y en este momento, ese cuerpo estaba salvando una vida.
Las piernas de Nora volvieron al borde del andamio y se acomodaron a horcajadas en la estructura metálica. Actuando con fría precisión, sus finos dedos de los pies hicieron un grueso nudo en uno de los extremos de las pantimedias, asegurándose de que fuera lo suficientemente firme para resistir la presión, luego, enredaron el extremo libre entre los dedos del pie derecho, convirtiendo la fina prenda en una cuerda de rescate.
Las piernas de Nora, actuando con una destreza impresionante, lanzaron el extremo de las pantimedias hacia el hombre en apuros, que vio como el nudo quedaba sobre su brazo.
Para el guardia, fue un acto de salvación inesperada, recibir una prenda femenina impregnada con un suave perfume en medio de su angustia. Con cada segundo que pasaba, sus fuerzas se agotaban aún más, y se encontraba en una situación desesperada.
Al ver que el otro extremo de la prenda está sostenido por unos delicados deditos, al extremo de unas hermosas piernas de mujer, sin cuerpo sobre las caderas; experimentó un momento de recelo, pero comprendió que no tenía otra opción más que aferrarse a la improvisada línea de salvación y soltar la barra cromada.
En un impulso desesperado, pero sin perder la precisión de sus movimientos, sujetó con una mano las pantimedias, sobre el nudo y en la siguiente fracción de segundo abandonó definitivamente el tubo y con ambas manos se aferró de las pantimedias.
La multitud que observa desde abajo y a todo lo largo de las terrazas, emitió una exclamación colectiva de asombro y preocupación cuando el guardia se balanceó aparentemente sin control al extremo de unas pantimedias que se estiraron un poco antes de llegar al límite.
En el andamio, las formidables piernas desnudas controlaron el balanceo del guardia y tiraron de las pantimedias con fuerza. En tres rápidos tirones, el hombre logró alcanzar y sujetarse de un torneado tobillo que le ofrecía su oportunidad de supervivencia.
Las piernas de Nora soltaron las pantimedias, que cayeron al vacío, y recularon para jalar al hombre, hasta que también pudo aferrarse a la estructura del andamio.
Finalmente, las piernas de Nora aferraron el cinturón del hombre y con un último y poderoso tirón, lograron meterlo al andamio, donde quedó tendido, a salvo junto a las piernas de Nora.
Un par de guardias, convenientemente equipados con arneses y cuerdas de seguridad, saltaron al andamio para concluir el rescate.
La emoción y el alivio inundaron el ambiente mientras la gente vitoreaba y aplaudía la espectacular hazaña que habían presenciado.
En la terraza del piso 8, Nora recuperó sus piernas bajo la gabardina de su inesperado aliado. El dolor en los dedos de los pies por el esfuerzo realizado, le recordaron que, aunque poseedoras de una fuerza sobrehumana, sus piernas seguían siendo miembros femeninos, sensibles y delicados.
El caballeroso hombre mayor pareció comprender la situación y la ayudó a ponerse de pie, manteniendo la gabardina como un manto protector.
Aurora Amber, del otro lado, colaboró también en ayudar a Nora y dijo: "Aquí tengo tu bolsa de compra y tu bolsa de mano, si me acompañas a la boutique, quiero regalarle unas pantimedias para reponer las que usaste. Además, puedo conseguirte unos zapatos cómodos".
Nora escuchó entonces la voz telepática de sus piernas "Ups, por el dolor de mis deditos se me olvidaron los zapatos en el andamio y creo que hasta se cayeron, espero que no hayan descalabrado a nadie allá abajo".
Al cabo de un rato el centro comercial recuperó su ambiente tranquilo y relajado. En la boutique de lencería, Nora ocupaba un cómodo sillón mientras Aurora le masajeaba los pies con una loción relajante.
El hombre mayor, que había salido de la boutique, regresó con noticias:
“El guardia está bien, todavía incrédulo de cómo fue rescatado, pero en perfectas condiciones. El jefe de seguridad de la plaza tiene identificados en el circuito cerrado a los gamberros que ocasionaron todo y los abogados corporativos van a presentar denuncias formales”.
“Me alegro por el guardia, no se merecía morir por una imprudencia” dijo Nora.
“Y ojalá haya un castigo ejemplar para esos necios, les encanta merodear por aquí haciendo tonterías” añadió Aurora.
El hombre se puso sobre los hombros su gabardina y aspiró discretamente el sutil perfume de Nora que persistía en la prenda, luego, de un bolsillo de su chaleco sacó una tarjeta que le entregó a Nora.
"Soy Horacio Tomasón, doctor en criminalística y ex comisario de policía. Aunque ya estoy jubilado, tengo muchos contactos y experiencia que pongo a las órdenes de tan hermosa y valiente heroína".
Nora tomó la tarjeta con una sonrisa agradecida, aunque no pudo evitar que el rubor invadiera su rostro.
"Soy Nora Rosseau, doctora en ciencias físicas", se presenta para disimular que la situación es inusual para ella, acostumbrada a ser admirada por la belleza de sus piernas, pero ahora halagada por el reconocimiento a su valentía y heroísmo.
Con delicadeza, el doctor Tomasón pregunta, "No he podido evitar admirar sus piernas, doctora Rosseau, y notar sus tatuajes, pero me pregunto si hay alguna razón detrás de ellos".
Nora sonrió complacida, con un brillo de emoción en sus ojos al hablar de la conexión especial con los tatuajes.
"Mi bisabuela peleó en la resistencia francesa contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Su grupo usaba la flor de lis como emblema, y como divisa la frase 'Nobleza y valor', cuando mi bisabuela murió, dejó sus joyas y demás a otros parientes. Pero como yo apenas era una niña de 10 años, me legó algo que estoy segura que para ella era más valiosa que cualquier otra cosa, su emblema y su divisa; y me pidió que siempre los honrara. En cuanto tuve edad de hacerlo, me tatué la flor de lis y las palabras 'Nobleza y valor' en las piernas como un homenaje a ella y su valor. Son un recordatorio constante de la importancia de luchar por lo que uno cree".
El doctor Tomasón asintió con respeto y se despidió con cortesía, dejando en el confortable interior de la boutique de lencería a Nora, Aurora y dos chicas que trabajaban con ella.
“Nobleza y valor, eso explica muchas cosas” dijo Aurora con voz firme.
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