22.- Rehenes

El ambiente en el centro de convenciones estaba impregnado de una energía vibrante y sofisticada, con luces brillantes y murmullos de conversaciones animadas. En el salón donde se celebraba el Arte y Pasión de la Lencería, el aire estaba cargado de emoción. Mujeres de todas las edades se paseaban entre los stands, examinando con atención las exquisitas prendas expuestas.
Los organizadores habían acomodado los stands, separados con mamparas de diversos materiales, formando callejuelas que se cruzaban formando placitas con áreas de descanso.
Nora Rosseau entró con paso seguro, su presencia destacando entre la multitud con su cabello rojo intenso ondeando sutilmente a cada movimiento. Su mirada curiosa recorrió el lugar, deteniéndose en cada detalle con un brillo de interés en sus ojos verdes.
En una de las amenas callejuelas divisó el stand de su boutique de lencería favorita, donde fue recibida con una cálida sonrisa por Aurora, la propietaria del establecimiento. Aurora era una mujer de mediana edad, elegantemente vestida, cuya presencia irradiaba un aura de confianza y sofisticación.
“¡Nora, querida! ¡Qué alegría verte!” exclamó Aurora con entusiasmo, extendiendo sus brazos en un gesto acogedor. “¿Qué te parece la exhibición hasta ahora?”
Nora devolvió la sonrisa, saludando a Aurora con un gesto amistoso.
“¡Hola, Aurora! La exhibición es impresionante, como siempre. Me encanta ver todas estas maravillosas creaciones” respondió con sinceridad.
La conversación fluyó entre ellas mientras Nora exploraba los delicados encajes y las suaves telas expuestas en el stand. Fue entonces cuando Aurora le hizo una propuesta inesperada.
“Nora, tengo un favor muy especial que pedirte” dijo Aurora, con una chispa traviesa en sus ojos. “Posees un cuerpo espectacular, y me encantaría que modelaras nuestra mejor combinación de lencería para una sesión de fotografía. Sería una manera fantástica de mostrar nuestras prendas en todo su esplendor sobre el cuerpo de una mujer real”.
Nora se sorprendió ante la propuesta, pero antes de poder decir algo, Aurora le mostró una elegante máscara veneciana, decorada como si fuera el rostro más hermoso y misterioso que jamás se hubiera visto. Con un gesto de complicidad, le explicó que la máscara le permitiría a Nora preservar su identidad mientras lucía de incógnito su monumental cuerpo.
Nora contempló la máscara con fascinación, sintiendo la emoción burbujeando en su interior. Era una oportunidad única para experimentar algo nuevo y emocionante.
“¡Claro, me encantaría ayudarte, Aurora! Será divertido” respondió con entusiasmo.
Aurora condujo a Nora hacia un vestidor anexo al stand, íntimo y acogedor, impregnado con el suave aroma de lavanda, creando una atmósfera de calma y serenidad.
Nora se despojó de sus ropas con gracia, dejando totalmente al descubierto su hermoso cuerpo de piel blanca, suave y firme, completamente terso y depilado.
Aurora tocó la puerta y entró llevando varias cajas en las manos. La mujer no pudo menos que admirar el majestuoso cuerpo de Nora y comprobar que había hecho la selección correcta al invitarla a modelar.
La primera sorpresa fue cuando Aurora abrió una caja y extrajo una pequeña prenda.
“Levanta los brazos, yo me encargo”, dijo colocándose tras la espalda de Nora, que vio en el espejo como su amiga acomodaba diestramente un peculiar brasier en torno a su pecho.
Con cuidado, Aurora acomodó las tetas de Nora en unas pequeñas copas y ajustó los tirantes. Hecho esto, Nora pudo admirar, sorprendida, que el brasier tenía un diseño extraordinario. Estaba confeccionado de delicado encaje negro que les daba una envidiable forma y volumen a sus tetas, a pesar de que las copas apenas cubrían una pequeña parte en la base de sus senos, dejando al descubierto gran parte de ellos, incluyendo los pezones.
“Le llaman cuarto de copa, solo pueden usarlos las privilegiadas con pechos extraordinarios” dijo Aurora mientras Nora, seguía admirando la manera en que la diminuta prenda hacia lucir firmes y erguidos sus senos casi desnudos.
Nora aún no se reponía de la impresión del brasier cuando Aurora pasó a la siguiente sorpresa. De una elegante caja con forro moldeado de terciopelo sacó una delicada pieza en forma de “U” Estaba forrada con un suave tejido negro, y en un extremo terminaba en una refinada pieza en forma de semióvalo, cubierta con encaje negro.
“Polímero de carbono forrado de encaje de seda natural” explicó Aurora mostrando la pieza a la sorprendida Nora, que lo tomó y miró por todos lados.
“¿Y esto me lo voy a poner . . . en la vulva?”.
Aurora sonrió, divertida, “El polímero de carbono se usa en los autos de carreras, vas a traer un F1 entre las ingles”
Nora se colocó cuidadosamente el clip. La parte posterior se incrustó confortablemente en el canal entre sus nalgas, y su vulva se acomodó en el semióvalo.
“Vas a decir que es exclusivo para nalgonas, ¿o no?” comentó Nora sonriendo mientras modelaba frente al espejo y admiraba la forma en el clip se fusionaba en su pubis, cubriendo lo indispensable y dejando expuesta una amplia zona de blanca y delicada piel.
“Es un buen argumento de venta, voy a recordarlo más tarde” festejó Aurora. A continuación, sacó de otra caja un fino liguero que ajustó a la cintura de Nora y le dio un par de medias negras de seda natural, con los bordes decorados en encaje con sutiles hilos plateados. Nora disfrutó cuando la seda se deslizó sobre su piel, mientras enfundaba sus piernas en las medias, acomodó con cuidado las bandas de encaje sobre sus muslos y Aurora le ayudó a ajustar las cintas del liguero en el punto más cómodo.
“Deliciosas medias, exclusivas para piernudas, aunque prefiero las pantimedias” comentaron las piernas de Nora por su canal telepático, haciendo sonreír internamente a Nora.
Finalmente, Nora calzó unas sandalias de tacón alto, con sutiles bandas envolviendo sus pies y ciñendo los tobillos.
Para terminar, Aurora le acercó un banco para que se sentara y pudiera recoger su cabello en un moño en la nuca. Luego le puso la máscara veneciana, ajustó las bandas internas y acomodó el velo posterior sobre los hombros de manera que la cabellera rojo fuego quedara completamente disimulada.
Nora descubrió que la máscara era extremadamente liviana y se ajustaba a su cara, dejándole ver y respirar normalmente, aunque su identidad quedaba totalmente reservada.
Ahora la imagen en el espejo reflejaba una deliciosa máscara sobre un espectacular cuerpo femenino, con generosos pechos expuestos en un atrevido brasier, una fina cintura ceñida por un elegante liguero; espectaculares caderas y nalgas, realzadas por un breve prenda que apenas cubría el pubis; y piernas monumentales, de muslos amplios y sólidos remarcados por el ostentoso encaje de finas medias negras, pero de un tejido tan sutil que hacia brillar la piel blanca y realzaba las finas líneas de rodillas, pantorrillas y tobillos.
Nora se contempló en el espejo del vestidor, maravillada por la imagen que le devolvía. A pesar de la delicadeza del encaje, el sostén estaba diseñado a la perfección para realzar y sostener su generoso busto, resaltando sus curvas con elegancia y estilo. Las medias de tejido sedoso envolvían seductoramente sus piernas, abrazando cada curva con suavidad y destacando la exquisita forma de sus muslos con un borde de sutil encaje.
Sus pies estaban envueltos en sandalias de tacón alto, con delicadas tiras platinadas que realzaban las líneas gráciles de sus pies y añadían un toque de sofisticación a su conjunto. Cada paso que daba resonaba con confianza y gracia, como si estuviera danzando sobre las nubes.
La máscara, con su velo de misterio, protegía su identidad mientras dejaba al descubierto la belleza de su cuerpo espléndido. Bajo la luz suave del vestidor, su piel nacarada parecía resplandecer con un brillo propio, invitando a ser admirada.
Aurora, impresionada gratamente por la espectacular imagen de Nora, le ofreció una bata para cubrirse camino al lugar de la sesión de fotos. Sin embargo, Nora decidió desafiar las convenciones y recorrer los pasillos de la exposición en su lencería, mostrando con orgullo la elegancia y sensualidad de las prendas que llevaba puestas.
Con paso seguro y una sonrisa en los labios, Nora se adentró en el bullicio de la exhibición, atrayendo todas las miradas a su paso sobre sus pezones, que se erguían desafiantes al frente de sus admirables senos; y el angosto semióvalo de encaje que lucía en la parte baja de su pubis resaltando la blanca y resplandeciente piel entre la parte alta de sus muslos.
Era una visión de belleza y confianza, desafiando las expectativas y redefiniendo los límites de lo convencional. La sesión de fotos estaba a punto de comenzar, pero por ahora, Nora estaba decidida a disfrutar del momento y dejar una impresión imborrable en la mente de todos los presentes.

De manera paralela, en un salón ubicado en el piso superior del centro de convenciones se celebraba una subasta de gran gala y lujo, entre cuyas prendas destacaba un lote de finas joyas.
La atmósfera del salón estaba impregnada de elegancia y expectación. Los asistentes, impecablemente vestidos, se mezclaban en pequeños grupos mientras esperaban el inicio del evento. Entre ellos, cuatro figuras destacaban, cada una con su propia aura de peligro y misterio.
Lobo era un hombre maduro, conocido por su astucia y experiencia en el mundo criminal, se destacaba por su buen porte y su complexión atlética. Su mirada fría y penetrante denota su astucia, mientras que su vestimenta elegante sugiere un gusto por el estilo y la sofisticación. Además, era el líder de la banda que se había infiltrado en el evento con la intención de robar el lote de joyas que constituía la pieza medular de la subasta.
Alto y robusto, Rex irradiaba una sensación de intimidación a cada paso. Su expresión malencarada y su complexión gruesa refuerzan su reputación como el bruto de la banda. Intentaba imitar el estilo de Lobo en cuanto a la elegancia al vestir, aunque su corpulencia dificulta su intento, creando un contraste entre su apariencia y sus esfuerzos por aparentar sofisticación.
Sombra es una mujer negra, de espesa y corta cabellera rizada, que no pasa desapercibida. Usaba un elegante vestido color crema ajustado resaltando cada curva generosa de su figura. El escote amplio y la falda hasta medio muslo dejaban poco a la imaginación, mientras sus sandalias de alto tacón con cintas alrededor de las pantorrillas, completaban su imagen seductora.
Sombra confiaba en que su espectacular figura llamaba la atención y disimulaba un tanto su lujosa bolsa de marca, perfectamente combinada con su vestido y sus sandalias, y que llevaba colgaba despreocupadamente de un hombro, sin provocar sospechas respecto a su contenido: un subfusil automático miniatura y dos pistolas escuadra.
Serpiente era una mujer de piel pálida y cabello rubio, con una belleza fría y calculadora. Aunque carece de iniciativa propia, su físico atractivo y su habilidad para seguir órdenes la convierten en un activo valioso para la banda.
Serpiente se movía con una elegancia sobre sus altos tacones destacando su figura esbelta envuelta en un conjunto de cuero negro con ajustados leggins y un ceñido top. Con el mismo desenfado que Sombra, ella cargaba un fino bolso de cuero negro con otro SAM y la tercera pistola.
Estrella era una mujer transgénero que como hombre era de complexión media, pero que la hormonización y la cirugía habían convertido en una mujer que destaca su femineidad con maquillaje y actitudes sensuales. Aunque puede asumir actitudes delicadas y femeninas, tiene un carácter rudo y actitud desafiante. Aunque no siempre está dispuesta a seguir las órdenes de Lobo, su valentía y determinación la convierten en una fuerza a tener en cuenta dentro de la banda.
Estrella había seleccionado un conjunto de falda tableada y blazer color gris perla, blusa blanca, que restiraban sus implantes de seno y un elegante juego de bolsa de mano y zapatos de tacón bajo; que en conjunto le daban la imagen de una mujer joven y bonita.
Antes de que comenzara la subasta, los asistentes paseaban entre las lujosas vitrinas que exhibían algunas de las prendas a subastar. Los miembros de la banda se mezclaban entre la gente elegante, aparentando no conocerse.
Aprovechando momentos discretos, se repartieron las armas: Sombra y Serpiente conservaron las SAM en sus respectivas bolsas, mientras que Lobo y Rex escondieron sendas escuadras en sus trajes. Estrella guardó otra escuadra en su bolsa, lista para entrar en acción cuando fuera necesario.
Con las armas ocultas y los planes en marcha, la banda aguardaba pacientemente el momento adecuado para desatar el caos y asegurar su botín en la subasta de joyas.

El momento cumbre de la subasta había llegado cuando dos guardias privados entraron a la sala llevando en un contenedor de acrílico el preciado lote de joyas. La expectación en el aire era palpable, los murmullos llenaban el auditorio mientras los asistentes aguardaban con ansias el inicio de las ofertas.
En el momento indicado, Lobo y su banda pusieron en marcha su plan meticulosamente elaborado. Sombra y Rex se abalanzaron sobre los guardias, inmovilizándolos con destreza mientras Lobo y Serpiente contenían a la gente, manteniéndolos a raya con gestos amenazantes y palabras afiladas. Mientras tanto, Estrella se dedicaba a sacar las joyas del contenedor con habilidad y rapidez.
Sin embargo, la situación tomó un giro inesperado cuando un tercer guardia, que de manera inesperado se había quedado rezagado; intentó intervenir. Antes de caer abatido por la respuesta de la banda, logró activar el sistema de emergencia que bloqueaba el salón y alertaba del robo. La banda se vio atrapada, su salida planificada bloqueada por las circunstancias imprevistas.
Con rapidez, Lobo tomó la decisión de cambiar de plan, dirigiendo al grupo hacia las salidas de emergencia. Se escabulleron por los pasillos de servicio del centro de convenciones, buscando una salida mientras el tiempo apremiaba.
Pero una mala decisión en una vuelta los llevó por el camino equivocado, y pronto se encontraron en el salón del Arte y Pasión de la Lencería. El contraste entre el lujo y ostentación del evento que habían dejado atrás y el ambiente íntimo y seductor del salón de lencería era abrumador.
Con paso presuroso, Lobo y sus secuaces atravesaron la exposición de lencería rumbo a la puerta principal, tratando de mantener la compostura y no llamar demasiado la atención. Aunque el ambiente íntimo y seductor del salón contrastaba fuertemente con la urgencia de su situación, no podían permitirse distracciones.
Al llegar a la puerta del salón, se encontraron con un panorama desolador: las alarmas silenciosas del centro de convenciones habían alertado a todo el personal de seguridad, y un escuadrón comenzaba a bloquear el amplio pasillo exterior. La situación se tornaba cada vez más peligrosa y complicada.
Lobo contuvo a Rex y Serpiente, quienes ya estaban dispuestos a abrirse paso con violencia para seguir adelante. Sabía que la opción de enfrentarse al escuadrón de seguridad sería un suicidio, considerando la desventaja numérica y la presencia de armas de fuego en ambos bandos.
Con rapidez, Lobo decidió cambiar de estrategia. Retrocedieron hacia el salón de la exposición y cerraron la puerta con los cerrojos de seguridad, tratando de ganar algo de tiempo y espacio para pensar en su próximo movimiento.
Con gestos precisos, Lobo distribuyó a su banda por el salón, posicionándolos estratégicamente para mantener el control de la situación. Él mismo se plantó en el centro del salón y saltó sobre un mostrador, atrayendo la atención de todas las mujeres presentes en la exposición de lencería.
Con una voz potente y autoritaria, Lobo declaró que todas las presentes eran ahora rehenes de su banda, y les advirtió que era mejor para ellas obedecer y cooperar si querían salir de la situación indemnes.
Los secuaces de Lobo actuaron con rapidez, separando a las mujeres en grupos y conduciéndolas hacia las esquinas del salón, donde las obligaron a sentarse en la alfombra, manteniéndolas bajo estricta vigilancia.
Mientras Lobo supervisaba la operación desde el centro del salón, su mirada recorrió la multitud de mujeres retenidas. Fue entonces cuando su atención se centró en un grupo en particular, en el que destacaba una figura espectacular.
Ataviada con una mínima lencería negra que resaltaba su figura escultural, con medias sedosas y brillantes envolviendo sus piernas, y una delicada máscara veneciana adornando su rostro, esta mujer era una visión de belleza y misterio que capturó la atención de Lobo de inmediato.
Al acercarse, tuvo la oportunidad de admirar que sus senos estaban prácticamente desnudos, luciendo unos hermosos y atrevidos pezones; y que entre sus ingles lucía un pequeño semióvalo de seda negra que relucía entre la piel nacarada de su pubis.
Una mezcla de sorpresa y fascinación se reflejó en los ojos de Lobo mientras contemplaba a esta mujer, preguntándose de que manera podría aprovechar su espectacular figura.
Con un gesto imperioso, Lobo indicó a las demás mujeres que se apartaran, mientras él se encaraba con la alta y espectacular mujer de la máscara veneciana. Ella se mantenía erguida en una pose sensual, resaltando sus generosos pechos y sus amplias caderas cubiertas por una piel nacarada que parecía irradiar una luz propia.
Tras la máscara veneciana, dos ojos verdes brillaban desafiantes, mientras Lobo se acercaba lentamente, admirando cada curva y cada detalle de su espectacular cuerpo. Desde los delicados pies hasta el fino y elegante cuello, cada parte de ella parecía desafiarlo con su belleza y serenidad.

Lobo se detuvo a unos pasos de la mujer con la pistola hizo un gesto reafirmando su orden: “Quítate la máscara, quiero verte la cara”.
Nora Rosseau se irguió, echando hacia atrás los hombros para destacar sus tetas y desafiar a Lobo con sus hermosos pezones.
“No” la voz tras la máscara era sensual y dulce, pero lo suficientemente enérgica para desconcertar a Lobo.
“Estas apreciando lo suficiente de mí, como para que quieras ver más” añadió con determinación, “confórmate con lo que tienes a la vista y reserva lo que no quiero mostrarte”
En ese momento, un altavoz resonó tras la puerta del salón, llamando al responsable de la toma de rehenes. Lobo, inspirado por una súbita idea, se dirigió a un aparador cercano y lo golpeó con la culata de su arma, sacando una larga cadena de fina plata. Con movimientos rápidos y precisos, envolvió la cadena alrededor de la cintura de Nora, asegurándola para evitar que intentara escapar.
“Por ahora te dejo guardar el incógnito, pero voy a aprovechar todo eso que tienes” dijo Lobo.
Con determinación, indicó que caminara hacia la puerta. Cuando Nora caminaba de manera normal, la forma de moverse de las voluptuosidades de su cuerpo sobre tacones altos, junto con su porte altivo y majestuoso, constituían un espectáculo seductor.
Ahora, vestida con mínimas prendas que poco ocultaban de su cuerpo, sabia el tremendo potencial de seducción que podía generar. De manera que echó a andar delante de Lobo, sabiendo el impacto visual de sus nalgas, desnudas a no ser por las finas cintas del liguero que restiraban sus medias.
Cada contoneo de su cuerpo, cada paso que daba, parecía tener a Lobo completamente cautivado, atrapado en su hechizo.
Con la cadena de plata asegurada alrededor de su cintura, Nora precedió a Lobo hacia la salida, consciente del poder que ejercía sobre el hombre con cada movimiento.
“El tipo está alelado con tus nalgas, no puede quitarte la vista de encima y está contando cada poro de la piel” dijeron las piernas de Nora por su canal telepático.
“Todos están armados, hay que actuar con mucha calma para que no causen daño a nuestras amigas” contestó Nora por el mismo conducto.
“Tú eres la jefa, tú me dices cuando hay que actuar” respondieron las piernas de Nora.
Al llamado de Lobo, Rex y Serpiente acudieron rápidamente a la puerta, abriendo el espacio suficiente para que Nora pasara primero, seguida por Lobo. El pasillo estaba prácticamente desierto, aunque en los extremos se vislumbraba la presencia de agentes armados, preparados para cualquier eventualidad.
Frente a la puerta, se encontraba un oficial uniformado con los brazos extendidos, mostrando que no llevaba armas.
Adrián Grammont era un agente veterano, entrenado y experimentado en cuestiones de retención de rehenes. Sabía que era común que los perpetradores usaran rehenes como escudo humano y, por lo tanto, sabiendo que en el salón se celebraba el Arte y la Pasión de la Lencería, esperaba ver usada a una mujer como protección.
Sin embargo, nunca hubiera esperado ver aparecer en la puerta el espectáculo de un cuerpo femenino, rematado por una elegante máscara veneciana; y cubierto con mínimas prendas. La mujer se separó tanto de Lobo como se lo permitía lo cadena y se paró delante de él, con una sugestiva pose. Su manera de erguir el cuello hacía resaltar sus pezones rematando los seductores hemisferios de los senos. Acomodó luego sus piernas una adelantada y ligeramente flexionada para resaltar las dimensiones de las caderas y se puso las manos en las caderas, con los dedos índice apuntando hacia abajo.
“Soy el especialista Grammont, quiero que hablemos de sus condiciones para solucionar esto sin problemas para nadie” dijo el hombre uniformado, tratando de no distraerse con el espectáculo del cuerpo del escudo humano tras el cual se cubría Lobo.
Antes de que Lobo pudiera hablar, Nora dejó oír su voz cantarina, con un tono inocente “¿Grammont?, ¿tú estuviste en el claustro de San Galgani y salvaste a un grupo de personas de ser aplastadas por el sabotaje del Candelabro Monumental?”
Tanto Grammont como Lobo se sorprendieron de la intervención de Nora, el oficial trató de responder afirmativamente, pero Lobo intervino “Silencio muñeca, tú no tienes nada que decir”.
Luego, Lobo empezó a dictar los términos en que negociaba la entrega de los rehenes a cambio de la impunidad de los miembros de la banda.
Durante esos minutos, Grammont tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la atención en el diálogo con Lobo, sin distraerse con el cuerpo de la mujer tras la máscara, que solo dejaba ver un par de brillantes ojos verdes mientras sus dedos índices, elegantemente manicurados y ocultos para Lobo por las amplias caderas, señalaban insistentemente hacia sus piernas.
Una vez que Lobo terminó de dar instrucciones, retrocedió para regresar al salón de exposiciones. Nora, por su parte, giró graciosamente sobre sus altos tacones, colocando sus manos en las caderas mientras se contoneaba siguiendo a Lobo. Sus dedos seguían señalando hacia abajo con una persistencia que no pasó desapercibida para Grammont.
Las medias de Nora eran de un negro tan profundo, pero delicadamente transparentes, de manera que las flores de lis tatuadas en sus pantorrillas eran claramente visibles, agregando un toque de misterio y elegancia a su ya impresionante apariencia.
“¿Crees que captó el mensaje?” preguntó Nora por el canal telepático que la unía con sus piernas. Por el mismo medio, le llegó la respuesta. “Hay que ser muy tonto o muy gay para no verte las nalgas, así como las traes, y también nos barrió las piernas así que tuvo que ver las flores de lis”.
Cuando la puerta del salón se cerró tras Lobo y su escudo humano, Grammont se dirigió hacia sus hombres, uno de los cuales le entregó un radiotransmisor. Con gesto serio, Grammont lo tomó y se comunicó con sus superiores.
Luego de informar las condiciones de los secuestradores, una voz preguntó desde el otro lado del aparato “¿Cuánto tiempo pidieron?"
"Tres horas," respondió Grammont.
“Voy a comunicar las condiciones, pero prepárese para una intrusión urgente si son rechazadas”
“Urgente, no” dijo Grammont suavemente, pero con firmeza, “voy a darle una hora, estoy seguro de que adentro van a pasar muchas cosas en ese tiempo."

Lobo y Nora regresaron al salón del Arte y Pasión de la Lencería, donde Rex y Serpiente se aseguraron de que la puerta quedara firmemente bloqueada antes de regresar a sus posiciones estratégicas.
Lobo retiró la cadena de la cintura de Nora, quien obedientemente se encaminó hacia uno de los grupos de rehenes que permanecían sentadas en la alfombra.
Nora detectó las señales de Aurora, la propietaria del stand de lencería, quien con gestos sutiles le indicaba que se acomodara junto a ella.
Aurora lucía unas pantimedias negras y había recogido su falda hasta las ingles. Además, había reunido a otras dos chicas vestidas con medias negras.
Con habilidad y disimulo, Nora se despojó de las sandalias de tacón alto, preparándose para lo que estaba por venir.
En ese preciso momento, una voz resonó en su mente, la voz telepática de sus piernas. "Voy a empezar con la flaca de negro", susurraron sus piernas, comunicándose con ella en un lenguaje que solo ellas entendían.
Cuando las piernas de Nora desaparecieron, Aurora y las otras chicas se juntaron con la parte superior de Nora simulando buscar sororidad entre ellas, pero en realidad ocultando la falta de sus propias piernas.

Serpiente se sentía molesta e irritada. Siguiendo las instrucciones de Lobo de usar ropa provocativa, había escogido unos leggins de cuero, con un diseño especial para relazar las nalgas, caderas y muslos, pero como eran tan ceñidos había decidido no ponerse ropa íntima para evitar que se marcara bajo los leggins.
Sin embargo, los leggins rozaban y lastimaban su pubis con cada movimiento, provocando que su mal humor aumentara mientras deambulaba de un lado a otro, empuñando el SAM y vigilando atentamente a su grupo de rehenes.
Mientras tanto, entre las mujeres sentadas en el suelo frente a ella, Trixi y Sabine, dos amigas que compartían su trabajo como modelos de lencería, sintieron un roce suave entre ellas, como si dos piernas enfundadas en finas medias negras se deslizaran sigilosamente entre sus cuerpos. Al sentir ese contacto, cada una de las amigas escuchó una voz suave y tranquilizadora resonando en lo más profundo de sus mentes.
"Te estoy hablando a través del contacto físico. Estoy aquí para ayudarlas. No te asustes ni te sobresaltes", susurró la voz telepática, transmitiendo una sensación de calma y seguridad a las dos mujeres.
Al mirar de reojo, Trixi y Sabine descubrieron que las piernas no tenían un cuerpo que las sostuviera. En su lugar, sobre las caderas, había una superficie lisa de piel nacarada.
"Pasen la voz a todas las demás. Suceda lo que suceda, no griten, ni se levanten del suelo, ni hagan nada que llame la atención", continuaron las piernas de Nora comunicándose telepáticamente con las chicas.
De inmediato, Trixi y Sabine comenzaron a susurrar las instrucciones a las mujeres que estaban a su lado, difundiendo el mensaje de las piernas de Nora entre los rehenes.
Serpiente notó que algo sucedía entre las mujeres que custodiaba y, de mal humor, les gritó que se callaran. Luego, trató de aliviar las molestias que le causaban los leggins en sus partes delicadas, metiendo la mano en el frente de la prenda.
Una de las chicas, vestida con el uniforme de demostradora de lencería ofreció su ayuda.
"Es el problema de los leggins de cuero. Son muy atractivos, pero rozan mucho en el pubis. Si me dejas ir a mi anaquel, te puedo dar un protector especial", sugirió, señalando un mueble a un lado.
Aunque inicialmente bufó enojada para silenciar a la chica, la molestia de Serpiente finalmente la llevó a ceder. Con un manotazo, indicó a la demostradora que procediera. La chica se levantó y fue hacia el mostrador, mientras Serpiente la seguía de cerca, apuntándola con el SAM para asegurarse de que no fuera una artimaña.
La chica sacó de un cajón una bolsa que rasgó para extraer un fino cojín con forma de un pubis femenino que extendió hacia Serpiente.
La perpetradora tomó la prenda y le indicó a la demostradora que regresara a su lugar.
Luego se concentró en aliviar su incomodidad. Puso el SAM sobre el mismo anaquel y sin demostrar pudor y frente a todas sus rehenes para no perderlas de vista, se bajó los leggins hasta las ingles para colocar el protector y volvió a acomodarse los leggins en su lugar.
Tardó apenas un minuto en hacerlo, manteniendo su vista fija en las chicas en todo momento. Pero cuando trató de recuperar el SAM, se encontró con que ya no estaba donde la había dejado. En su lugar, se topó con algo que jamás habría imaginado encontrar.
Sobre el aparador, en lugar del SAM, Serpiente se topó con un par de piernas, ataviadas con unas finas medias de borde de encaje, recostadas en una pose sugerente.
La sorpresa de Serpiente dio paso al dolor cuando el pie derecho de las piernas de Nora se disparó contra su rostro con una fuerza descomunal.
Aturdida, Serpiente trastabilló sobre sus altos tacones, y antes de que pudiera reaccionar, un muslo envuelto en una fina media se incrustó en su vientre, lanzándola al suelo inconsciente.
Con una rapidez impresionante, las piernas de Nora se abalanzaron sobre Serpiente, inmovilizándola definitivamente con una rodilla sobre su cuello, y aplicaron su potente percepción del entorno en busca de señales de alerta, pero no encontró nada alarmante.
Las mujeres rehenes, cautivadas por la escena frente a ellas, permanecían en silencio, observando cómo las espectaculares piernas sin cuerpo, ataviadas con finas medias y un elegante liguero, se encargaban de neutralizar a Serpiente.
Una de las chicas se acercó gateando y señaló el SAM, que las piernas de Nora habían dejado abajo del anaquel.
“¿Quieres que la desarme?, mi novio tiene un blog de armas, y me enseñó a desmontarlas", susurró.
Uno de los pies de las piernas de Nora se posó suavemente sobre la mano de la chica, mientras la voz telepática le explicaba cómo podía comunicarse con ella.
Además, las piernas de Nora dieron instrucciones detalladas sobre cómo atar y amordazar a Serpiente.
"Yo me encargo. Mi novio también me ha enseñado algo de eso", sonrió la joven con determinación justo antes de que las piernas de Nora desaparecieran. Dejando a las mujeres que se encargaran de atar y amordazar a Serpiente, usando medias y pantimedias que rápidamente se quitaron.
Rex se sentía en un momento crucial. Tenía bajo su control a casi veinte mujeres, algunas maduras y elegantemente vestidas, pero la mayoría jóvenes y cubiertas solo con la lencería propia de las modelos o el sugerente vestuario basado en leggins y minifaldas de las edecanes.
Con gruñidos y gestos bruscos, Rex acomodó a su gusto el grupo de rehenes, colocando enfrente a las chicas en lencería para deleitarse con su vista, en tanto las mujeres maduras se colocaron tras ellas.
Luego Rex caminaba de un lado al otro con el SAM entre las manos, y admirando a las chicas semidesnudas sin preocuparse de ocultar una constante erección.
Entre las mujeres, Carmen, una empresaria exitosa de 50 años, se sentía frustrada y humillada por estar bajo el control de la banda, especialmente por el bruto de Rex.
Su mente trabajaba a toda marcha, buscando alternativas para superar la situación, cuando sintió un leve pero firme tacto en su cadera. Una voz resonó en su mente con dulzura y serenidad:
"Te estoy hablando a través del contacto físico. No te asustes".
Sobresaltada, pero en pleno control, Carmen descubrió un pie delicadamente arreglado y enfundado en una fina media que tocaba su cadera.
“Voy a inutilizar a este tipo, pero necesito que me ayudes a evitar que las chicas llamen la atención de los otros tipos de la banda”
Fortalecida por la presencia reconfortante, Carmen tomó el pie que le había transmitido el mensaje y respondió en voz baja, pero con firmeza: "Cuenta conmigo, preciosa. Vamos a poner en su lugar a este gorila".
Con determinación, Carmen se preparó para actuar, decidida a proteger a las demás mujeres y poner fin al dominio de Rex sobre ellas.
Rex, aprovechando su imponente estatura, escudriñaba el salón que se veía tranquilo, con los grupos controlados por sus compañeros. Le tranquilizó ver a Lobo y Estrella al otro lado del salón.
Al volver la vista hacia su propio grupo, se deleitó con la vista de un conjunto de piernas femeninas, algunas desnudas, otras cubiertas por finas medias y calzadas con elegantes zapatos y sandalias, extendiéndose frente a él en una exhibición seductora.
Entre las piernas, un par en particular llamó su atención: unas piernas descalzas, esbeltas y envueltas en medias negras relucientes, que se rozaban entre sí con un movimiento sensual, produciendo un suave susurro que incremento la erección del secuaz
Rex se detuvo frente a este par de piernas espectaculares, tratando de identificar a su dueña, pero lo que descubrió fue cuatro chicas de las que surgían cinco pares de piernas.
El cerebro de Rex luchaba por procesar lo que estaba viendo cuando las piernas de Nora entraron en acción.
Con una agilidad sobrenatural y una pirueta imposible de hacer para una mujer con cuerpo completo, la pierna derecha se retrajo hasta que el pie quedo bajo el muslo. Luego, la pierna se disparó con fuerza, lanzando la otra pierna extendida con el talón apuntando al mentón de Rex.
El golpe fue devastador. Rex gimió cuando el impacto lo lanzó hacia atrás, chocando contra la sólida pared de un stand. Sin embargo, su robusta constitución le permitió resistir el golpe, aunque no pudo evitar el doloroso impacto en su estómago cuando un talón de las piernas Nora se incrustó en su abdomen.
Otro hombre menos sólido hubiese caído fulminado, pero Rex asimiló el castigo y trató de aferrar la pierna que le castigaba. Sin embargo, las piernas de Nora alcanzaron a lanzar un nuevo golpe contra la cara del delincuente, que lo dejó tambaleándose con las manos instintivamente protegiendo su rostro herido.
Las piernas de Nora no dudaron en seguir el ataque, ejecutando una pirueta ágil que culminó con un golpe preciso en la nuca de Rex, dejándolo finalmente incapacitado en el suelo. Con su presa asegurada, las piernas de Nora permanecieron en alerta, vigilando atentamente cualquier señal de peligro.
Impresionadas por la destreza de las piernas de Nora, las mujeres observaron en silencio y con profunda admiración cómo ella lograba derrotar al imponente Rex.
Carmen, sintiéndose fortalecida por la valentía de Nora, se deslizó cautelosamente hasta donde se encontraban las piernas de Nora y les expresó su agradecimiento: "¡Buen trabajo, chicas! Vayan por los demás de la banda, nosotras nos encargaremos de este bruto".
Con un gesto de asentimiento, las piernas de Nora desaparecieron, provocando un murmullo de admiración entre las mujeres. Siguiendo las indicaciones de Carmen, las mujeres se despojaron de sus medias y pantimedias, retorciéndolas hábilmente para formar sólidas ataduras con las que inmovilizaron y amordazaron a Rex.
Con movimientos coordinados y en completo sigilo, después utilizaron un tapete para envolverlo, asegurándolo firmemente a la pared de un stand.
Las mujeres más corpulentas se sentaron sobre el paquete envuelto, mientras que las demás se agruparon alrededor, formando un círculo de protección. Con determinación en sus rostros, permanecieron en silencio, vigilando el perímetro y asegurándose de que Rex no representara más amenaza. En medio de la tensión y la incertidumbre, el espíritu de solidaridad y valentía de las mujeres fortaleció su resolución de enfrentar cualquier desafío que se presentara.

Sombra, con su imponente presencia, destacaba entre el grupo de rehenes. Su piel oscura contrastaba con la blancura de las mujeres a su alrededor, y su actitud despectiva hacia ellas se reflejaba en cada gesto y mirada.
Con el vestido enrollado en la cintura para facilitar sus movimientos, dejaba al descubierto sus poderosas piernas calzadas con sandalias de cintas trenzadas, Sombra se movía con agilidad mientras vigilaba al grupo con una escuadra firmemente sujeta entre sus manos.
Las mujeres blancas, vestidas con elegancia o delicada lencería, eran blanco de los insultos y gestos despectivos de Sombra.
Con su actitud dominante, mantenía a las mujeres en silencio y muy juntas, mostrando su desprecio hacia ellas con cada palabra y movimiento. Su presencia intimidante creaba un ambiente de tensión y temor entre las rehenes, que observaban cautelosamente cada uno de sus movimientos, conscientes de la peligrosidad que emanaba de esta mujer de piel oscura y actitud desafiante.
Con paso arrogante y mirada desafiante, Sombra deambulaba entre las rehenes, alternando su atención entre el grupo que vigilaba y los alrededores del salón de exposiciones.
Con cada paso, obligaba a las mujeres blancas a recoger las piernas para evitar ser golpeadas, mientras ella mascullaba insultos y desprecios contra ellas. Su presencia imponente y su actitud despectiva generaban un ambiente tenso y opresivo entre las rehenes, que se sentían intimidadas por su poderío y agresividad.
Con cada vistazo alrededor del salón, Sombra se regocijaba al ver la tranquilidad reinante, reafirmando su control sobre la situación.
Al divisar a Lobo sentado sobre un aparador, fumando con despreocupación, una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Sombra. Sentía un placer perverso al observar a tantas mujeres blancas, a las que despreciaba, sometidas y coaccionadas por su presencia dominante. Para Sombra, esa escena era la materialización de su poder y superioridad sobre aquellas a las que consideraba inferiores.
El paseo arrogante de Sombra se vio interrumpido por un tropiezo que casi la hace caer.
Furiosa, se dio media vuelta para distinguir un esbelto tobillo y un fino pie envuelto en el sutil tejido de una media negra sobresaliendo entre los pies de las chicas.
Rugiendo de indignación, buscó a la dueña del pie, pero para su sorpresa todas las chicas cercanas tenían las piernas desnudas o con medias blancas o de color natural
Con un gruñido de frustración, Sombra escudriñó entre las rehenes, tratando de encontrar a la misteriosa propietaria del pie que había desafiado su autoridad. Cada mirada se encontraba con una expresión de inocencia o temor en los rostros de las mujeres blancas que la rodeaban, ninguna de ellas parecía ser la culpable de su desagrado.
Las expresiones de inocencia de las rehenes contuvieron a Sombra de amenazarlas para exigir que delataran a la culpable.
Sin embargo, no pudo dejar de escudriñar con atención el sitio donde había salido el pie misterioso. De manera inconsciente, dejó caer la mano derecha con el arma a lado de su cuerpo.
Un fuerte tirón desde atrás, le arrancó la escuadra. Sombra giró como reacción al sentir que le desarmaban y se topó con una figura increíble. Un hermoso par de piernas femeninas, ataviadas con lencería y finas medias negras, le desafiaba con una elegante y sensual pose.
Sombra distinguió su arma tras los pies de las piernas de Nora y su impulso fue agacharse para tratar de recuperarla y facilitando a las piernas de Nora disparar una rodilla con fuerza tremenda contra la cara de Sombra, obligándola a incorporarse conteniendo el daño causado en la cara con ambas manos.
Las piernas de Nora lanzaron su pie derecho contra el plexo de Sombra, a la que el impacto derribó seminconsciente por falta de aire, hacia el grupo de rehenes.
Las mujeres no pudieron evitar una exclamación que trataron de ahogar cuando la mujer oscura cayó entre ellas.
Una mujer madura y elegante, visitante de la exposición, se desprendió de una fina pashmina y hábilmente la usó para amordazar a Sombra mientras el resto de las mujeres se sacaban medias y pantimedias para retorcerlas y atar a Sombra de manos y pies.
Una de las chicas en lencería gateó hasta el arma y con manos temblorosas pero diestras, sacó el cargador y vació las balas arrojándolas bajó una tarima.
Las piernas de Nora se aseguraron que Sombra estaba totalmente sometidas, hizo una coqueta reverencia como reconocimiento a la labor de las mujeres y desapareció.
En el grupo de rehenes vigilado por Lobo, Nora, oculta tras la máscara veneciana, agradecía que su rostro enmascarado pudiera ocultar los gestos de dolor que amenazaban con traicionar su fortaleza interior.
Aurora y sus empleadas se mantenían cerca de Nora, formando un círculo de protección entre ellas. Con habilidad, disimulaban la ausencia de las piernas de Nora utilizando las suyas propias como si fueran parte de ella. Sin embargo, Aurora notó un ligero sobresalto en Nora y, con delicadeza, la interrogó sobre su incomodidad.
En un susurro, Nora compartió con Aurora el secreto de su extraña condición. Explicó que cuando sus piernas se separaban de su cuerpo, adquirían una fuerza sobrehumana, pero al mismo tiempo seguían siendo sensibles al dolor y la parte superior de Nora recibía todo lo sentía su mitad inferior, incluyendo los golpes que, siendo demoledores para sus adversarios, por la misma fuerza no dejaban de lastimar a Nora y sus piernas.
"Ya hemos neutralizado a tres de ellos, solo faltan la mujer trans y el jefe", comentó Nora, revelando la determinación implacable que ardía bajo su máscara.

La adrenalina corría por las venas de Estrella, transformando su apariencia femenina en una emanación de masculinidad implacable.
A pesar de los esfuerzos por proyectar feminidad a través del maquillaje, el peinado elaborado y la sensualidad de la ropa que cubría su figura moldeada por hormonas e implantes, sus gestos y movimientos traicionaban su verdadera identidad: la de un hombre decidido.
En lugar de circular entre el grupo de rehenes que le había sido asignado, Estrella había optado por buscar resguardo en un rincón estratégico, resguardado por gruesas mamparas de madera.
Desde su posición, podía observar cada rincón del espacio, manteniendo su arma en alto y lista para cualquier eventualidad.
Cada músculo tenso, cada mirada penetrante, delataban su determinación de proteger a su banda y asegurar el éxito de su misión, aunque ello implicara mantener a las mujeres bajo su control con una mezcla de temor y cautela.

Las piernas de Nora se deslizaron por atrás y hacia un lado de las rehenes que custodiaba Estrella y de una patada tiraron al suelo un exhibidor de joyería, que causó gran estrépito al caer.
Estrella estiró los brazos, con la escuadra sujeta con ambas manos, hacia la dirección de ruido. En ese momento, un par de piernas de mujer, esbeltas y torneadas dentro de sus medias negras, se materializaron frente a ella, lanzando su pie derecho con fuerza contra las manos enlazadas en torno al arma, para estrellarlas contra el muro de madera.
Estrella chilló cuando el pie machucó sus dedos entre la madera y el arma, y soltó una de sus manos, pero jaló con fuerza la otra, sin dejar de sujetar la empuñadura del arma y lanzó un disparo que se perdió en el techo del salón.
Las piernas de Nora reaccionaron con rapidez, saltando para enlazar con una de sus corvas la mano armada, y haciendo un giro poderoso para hacer volar a Estrella sobre ellas, retorciéndole la muñeca y arrancándole el arma.
Estrella se recuperó de inmediato, y superando el desconcierto de ver que su enemigo era la mitad inferior de una mujer ataviada con sensuales prendas de lencería lanzó un golpe de martillo con toda su fuerza masculina contra la superficie de blanca piel que cubría el área entre las caderas de las piernas de Nora.
A la distancia, la parte superior de Nora tuvo que ahogar el grito de dolor que le arrancó el golpe.
Por su parte, las piernas de Nora sufrieron también por el daño causado y se desplomaron sobre una rodilla.
Estrella recuperó el arma y disparó dos veces contra su enemigo. Lastimadas y adoloridas, pero terriblemente furiosas, las piernas de Nora se esfumaron a tiempo de dejar que los proyectiles se incrustaran en el mamparo de madera.
Aprovechando el segundo de desconcierto de Estrella al ver esfumarse a su singular enemigo, las piernas de Nora atacaron nuevamente.
Un delicado pie envuelto en el sutil tejido de una media negra, golpeó con fuerza inaudita la mano que empuñaba la escuadra, arrancándosela.
Estrella trató de golpear nuevamente en donde había causado daño a las piernas de Nora, pero éstas se anticiparon.
Ágilmente enroscaron sus sólidos muslos en torno al cuello de la mujer y con violento apretón la derribaron. La constitución física y el vigor masculino de Estrella le permitieron resistir unos pocos segundos y aún tratar de incorporarse, pero finalmente el nudo de carne suave y fino tejido sedoso en torno a su cuello y nuca terminaron por sofocarla.

Lobo escuchó el primer disparo y su impulso fue correr hacia él, pero vaciló, pensando que Estrella era bastante capaz de poner orden sola.
Una idea brotó entonces en su mente y buscó con la mirada a la atractiva mujer de la máscara veneciana, sentada en medio de un enredijo de piernas con medias negras.
A grandes zancadas se metió entre las rehenes sentadas en el suelo y con un manotazo aferró el velo negro de la máscara y el cabello de la mujer bajo él.
Tiró con fuerza y lanzó una interjección cuando vio que de su mano colgaba sólo la mitad superior del cuerpo de la mujer.
Pocas cosas enfurecían más a Nora que cuando le jalaban el cabello, de manera que concentró todo su enojo en un violento puñetazo que sacudió la cara de Lobo, le hizo soltar su presa y tambalearse.
Los brazos de Nora eran fuertes y tonificados, de manera que no tuvo problema en amortiguar la caída cuando Lobo la dejó caer y saltar para ceñir las piernas del hombre.
Aturdido y semi cegado por el fuerte golpe de Nora, con los pies enlazados por unos firmes brazos, el hombre se desplomo hasta el suelo.
Tratando de recuperar el control, Lobo quiso usar el arma que sostenía en su mano derecha, pero una poderosa mordida le hizo aflojar la mano y perder el arma.
Al mismo tiempo, unas manos suaves pero firmes y decididas aferraron su mano izquierda, retorciendo el dedo meñique hasta hacerlo saltar de su articulación.
Lobo hubiera gritado de dolor y rabia, pero un trasero voluminoso se dejó caer sobre su cara, aplastando la nuca dolorosamente sobre el suelo y ahogando sus rugidos de rabia.
Grammont y sus hombres, alertados por los disparos de Estrella, se prepararon para intervenir de inmediato. Justo cuando estaban a punto de forzar la puerta, escucharon ruidos desde adentro, indicando que alguien estaba por abrirla.
Para su sorpresa, la puerta se abrió y se encontraron con una mujer de apariencia distinguida, cuya elegancia y porte no se veían afectados por su estado ligeramente desordenado. Descalza, sin medias y algo despeinada, la mujer les recibió con una sonrisa.
"Gracias por venir, caballeros", dijo con un tono amable pero decidido. "¿Nos ayudan a sacar la basura?"
La inesperada petición dejó los hombres armados, perplejos por un momento, pero pronto se pusieron en acción, e ingresaron al salón.
Grammont entró al salón al frente de sus hombres esperando encontrarse con escenas de caos y desesperación, típicas en situaciones de rehenes.
Sin embargo, lo que vio lo dejó perplejo: en lugar de eso, reinaba un ambiente relajado y hasta jubiloso. Rápidamente, distribuyó a sus hombres por distintos puntos del salón y se dirigió hacia donde le llamaban para informarle que habían atrapado al jefe de la banda.
Lo que encontró fue más allá de cualquier expectativa. Allí estaba el temible Lobo, dominado e inmovilizado por una docena de mujeres que no tenían ningún rastro de temor ante el delincuente.
Algunas de ellas estaban retorciendo las mangas y las perneras de su elegante traje para inmovilizar sus extremidades, mientras que dos modelos de talla grande, se encontraban sentadas sobre su pecho y estómago.
Pero lo más sorprendente era ver a la mujer más voluminosa, que se había acomodado sobre su cara, dejando a Lobo prácticamente sepultado bajo su peso.

Grammont se quedó mirando la escena con incredulidad, sin poder evitar sentir una mezcla de asombro y admiración por la eficacia y determinación de estas mujeres en la captura de su objetivo.
Los oficiales informaron a Grammont que habían encontrado al resto de la banda, todos sometidos y meticulosamente amarrados con las más singulares ataduras: medias y pantimedias que abundaban en una exposición de lencería.
La calma regresó al salón del Arte y Pasión de la Lencería. Las modelos y expositoras regresaron a sus stands, y las visitantes retomaron su rutina de conocer las novedades en prendas íntimas.
Tras la aprehensión de Lobo y su banda, los policías se encontraron repentinamente sin nada que hacer y se retiraron siguiendo a sus oficiales. Grammont, sin embargo, se quedó rezagado, sumido en sus pensamientos y vagando por el salón.
Si saber exactamente lo que estaba buscando, Grammont siguió una corazonada y se dirigió hacia un stand donde un grupo de mujeres rodeaban una camilla de terapia en la cual estaba sentada una mujer de cabello rojo intenso, envuelta del cuello a la cintura con una gruesa toalla.
Las piernas de la mujer estaban cubiertas con una amplia sábana, bajo la cual se adivinaban compresas de gel helado cubriéndolas completamente. Era evidente que habían pasado por un momento difícil, pero ahora estaban siendo cuidadas con amor y dedicación.
Con paso pausado, Grammont se acercó a la camilla donde reposaba la mujer pelirroja, que cuando lo vio, hizo un leve guiño a la encargada del stand, quien comprendiendo la señal se retiró discretamente, llamando a las otras chicas.
Grammont acostumbraba usar su alta estatura para imponer su presencia, pero en ese momento, optó por buscar un banco para sentarse y quedar a la misma altura que la mujer en la camilla, para establecer una conexión sin barreras ni distancias físicas.
Sobre el primer banco que encontró, Grammont descubrió un par de medias de fina seda, con bordes decorados en elegante encaje.
Nora Rosseau sonrío divertida cuando Grammont tomó delicadamente las prendas.
“¿Tiene pareja oficial? Le recomiendo que le regale un par de medias como esas, las piernas se sienten deliciosas al usarlas y son muy resistentes”
Grammont dejó las medias en la camilla y se acomodó en el banco.
“Gracias por la recomendación, ahora ¿me puede decir que sucedió aquí?”
Nora tenia entre las manos una taza de té y dejó que el aroma reconfortante del brebaje llenara el aire entre ellos antes de responder con una sonrisa enigmática: "Un grupo de personas violentas se metieron al lugar equivocado, pensaron encontrar mujeres vulnerables a quienes pudieran intimidar para manipular, pero se toparon con mujeres valientes y aguerridas".
La respuesta de Nora resonó en la mente de Grammont, quien asintió con aprobación. "Me gusta el resumen, voy a incluirlo en mi informe", dijo, mostrando su admiración por la valentía demostrada por las mujeres en medio del caos.
Sin embargo, Grammont no pudo evitar notar un brillo travieso en los ojos de Nora, como si hubiera algo más detrás de esa mirada penetrante.
Decidió seguir adelante con otra pregunta, esta vez más personal: "Me gustaría preguntarle, pero no voy a hacerlo, si conoce al excomisario Horacio Tomasón, y si coincidió con él en el claustro de San Galgani, cuando se celebró la reunión parlamentaria de Medio Oriente".
Nora entendió que Grammont no esperaba una respuesta directa, pero le transmitido un mensaje implícito en su sonrisa y el brillo de sus ojos. El oficial asintió ligeramente comprendiendo que había encontrado la respuesta que buscaba sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Grammont se puso en pie y se inclinó en una reverencia marcial hacia Nora. "Considéreme su admirador y si algún día necesita mi ayuda, no dude en buscarme", expresó con sinceridad, su voz resonando con respeto mientras alargaba una tarjeta que había sacado de una bolsa de su chaleco táctico.
Una esplendorosa sonrisa iluminó el rostro de Nora cuando tomó la tarjeta. "Empecemos por ser menos formales, me llamo Nora Rosseau, y te lo agradezco", respondió con calidez, extendiendo su mano hacia Grammont.
"Adrián Grammont, a tus órdenes", dijo con una expresión serena pero decidida.
Grammont entrechocó los tacones en un gesto que le encantó a Nora, luego dio media vuelta y se retiró.
A medida que Grammont se alejaba, la voz telepática de sus piernas resonó en la mente de Nora. "Un tipazo, lástima que estoy toda llena de moretones, sino, tendría mucho gusto en enseñarle lo que estas piernas saben hacer"
Nora sonrió ante el comentario travieso de sus piernas, sintiendo un ligero rubor en sus mejillas. "Eres una coqueta, ¿verdad?", pensó para sus piernas con cariño. "No te preocupes por los moretones, ya sanarán. Y quién sabe, tal vez en otra ocasión tengamos la oportunidad de impresionarlo juntas". Su mente resonó con una sensación de complicidad y diversión compartida. 

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