El zumbido de los motores llenaba la cabina del avión mientras Nora Rosseau contemplaba el paisaje desde su asiento junto a la ventanilla. Su vestido beige, elegante y ajustado, realzaba la intensidad de su pelo rojo que brillaba con cada destello del sol filtrándose por las nubes. El vestido, de manga larga y cuello redondo era corto, lo justo para destacar sus piernas esculturales, las cuales se enfundaban en unas pantimedias sedosas de color natural. Zapatos de tacón alto completaban el conjunto, acentuando su estilo sofisticado y seguro.
En el asiento contiguo, una joven embarazada había compartido el viaje con Nora desde el principio. La señora, que viajaba sola, no había dejado de hablar de sus achaques y las expectativas que tenía para su futuro. Nora, empática como siempre, había escuchado cortésmente, aunque agradeció el breve respiro mientras la señora se dirigía al baño.
Fue entonces cuando un hombre, de aspecto común pero vestido con un elegante traje a medida, ocupó el asiento vacío a su lado. Desabotonó su saco con elegancia y acomodó las mangas para revelar unas lujosas mancuernillas.
Sin mayores preámbulos, el hombre rompió el silencio con palabras cuidadosamente seleccionadas, "Yamile Al-akel es heredera de una destacada dinastía árabe, y es reconocida por su labor como activista por los derechos humanos de mujeres y niñas.
Durante la cumbre de la Mujer en Florencia, hace dos años, tú coincidiste con Yamile, porque ella iba en la delegación de mujeres árabes".
Nora frunció ligeramente el ceño, recordando aquel encuentro, "Ya recuerdo, la jefa de la delegación no quiso compartir una foto conmigo, porque no le gustó que yo usara minifalda".
El hombre suspiró con una expresión de pesar, "Es una pena que algunas personas no sepan apreciar las cosas admirables que nos presenta la vida". Con movimientos precisos, colocó delicadamente sobre la rodilla de la pierna cruzada de Nora una pequeña esfera de papel metálico, que Nora reconoció como un delicioso chocolate de una marca reconocida mundialmente. El hombre sostenía en la mano su propia golosina, y ambos dedicaron unos segundos a desenvolverlos.
Mientras saboreaban el chocolate, el hombre continuó con su explicación, revelando más capas de la trama que se tejía a su alrededor. "Hijes de Lilith es un grupo de la comunidad LGBT que se han sentido ofendidos por algunas posturas de Yamile. El líder del grupo se hace llamar Erejere Noon y ha anunciado por redes sociales que piensa actuar en contra de Yamile para sabotear su intervención en esta Cumbre de la Mujer. Como Hijes de Lilith no tienen antecedentes de actos agresivos, Yamile se ha negado a recibir protección oficial o extraoficial, pero tenemos información que revela que Erejere Noon ha presumido en su círculo cercano que tiene ventajas que va a aprovechar en contra de Yamile ".
El hombre prosiguió: "Por otra parte, las organizadoras del evento acostumbran ofrecer a sus invitadas distinguidas los servicios de una asistente de enlace, que están a su lado todo el tiempo".
Nora captó la idea al instante, conectando los puntos de la conversación. "Y ahí es donde entro yo, voy a ser el enlace de Yamile", declaró con determinación.
El hombre extendió una tarjeta con un chip y el logo del aeropuerto de destino, Nora dedicó unos segundos a ver la tarjeta y cuando levantó la vista, se encontró que el asiento vecino estaba ocupado por la joven pasajera embarazada, quien retomaba su perorata como si no hubiera perdido ni un segundo.
Mientras Nora seguía con interés la conversación de su vecina de asiento, las piernas de Nora enviaron un peculiar mensaje telepático: "¿Te fijaste que dijo que soy unas cosas admirables?" La sorpresa y el humor se entrelazaron en el canal telepático que compartían.
Nora respondió, en la misma vía no verbal, "Es un piropo bonito, deberías sentirte halagada".
La joven embarazada continuaba compartiendo sus vivencias y expectativas, ajena a la conversación silenciosa que se desarrollaba a su lado.
La tarjeta permitió a Nora recuperar un portafolio en los guarda equipajes del aeropuerto. En su interior, encontró toda la información y recursos necesarios para llevar a cabo su rol como enlace de Yamile Al-akel.
La sede de la cumbre era un moderno centro de convenciones ubicado en la zona ejecutiva de la ciudad. Separado del centro de convenciones sólo por una plaza arbolada, se encontraba el hotel Constelaciones, designado para alojar a algunas de las participantes.
Mientras el taxi que la conducía rodeaba la plaza, Nora pudo admirar la modernista mole de 50 pisos del hotel, decorada con ventanales multicolores.
La recepcionista, una bonita rubia de grandes ojos castaños realzados por un detallado maquillaje y ataviada con un uniforme de blusa blanca, falda tableada y chaleco de colores tornasolados, la recibió con una amable sonrisa y resolviendo la reservación de Nora le entregó una llave electrónica al joven botones que la condujo a su habitación.
Desde que el joven vio a la huésped recién llegada, se sintió impresionado por la espectacular pelirroja, de alta figura, grandes senos y abundante trasero, ataviada con un vestido beige de manga larga, revelador escote redondo y falda a la mitad de los muslos, que dejaba lucir un monumental par de piernas cubiertas con pantimedias naturales y zapatos de tacón alto; de manera que se excedió en atenciones para llamar su atención.
En el elevador, el botones le presumió la pantalla táctil que sustituía la tradicional botonera. Con curiosidad, Nora admiró las coloridas imágenes que identificaban los pisos numerados y las suites privilegiadas, bautizadas con nombres de cuerpos estelares, y reconoció el botón correspondiente a la suite Deneb, la cual ocupaba Yamile Al-akel.
Además, el joven halagó el hecho de que el hotel Constelaciones contaba con un sistema centralizado de control interno, bautizado como Índigo, desde el cual se podían gobernar todos los elementos de iluminación, seguridad, climatización, comunicaciones y cuanto contribuyera al confort de los huéspedes.
La habitación de Nora era amplia, amueblada y decorada con un estilo minimalista y poli cromático. Mientras acomodaba sus prendas en el armario y el tocador, le llamó la atención un folleto de cartón multicolor que explicaba en varios idiomas y con profusión de imágenes y colores, que el hotel Constelaciones ponía en práctica las más avanzadas políticas de inclusión y, en consecuencia, el 45% del personal pertenecía a la comunidad LGBT.
Con un poco de pena, Nora pensó que era una lástima que la pretendida inclusión se limitara a tales personas, en lugar de incluir a grupos mucho más valiosos y más vulnerables.
Nora prefirió desechar esos pensamientos y recurrió al teléfono interno del hotel para comunicarse a la suite Deneb, presentarse con Yamile Al-akel y solicitarle una cita.
La puerta de la suite se abrió con suavidad, revelando la figura solemne de Yamile Al-akel. Con 48 años, Yamile irradiaba una belleza majestuosa, su presencia imponiéndose con la calidez del desierto marcada en su piel bronceada por el sol. Líneas sabias y experiencias marcadas a fuego la acompañaban, contando historias que se reflejaban en su rostro.
Sus ojos oscuros, profundos como la noche, destacaban el intelecto agudo y el compromiso con la justicia de Yamile. El cabello oscuro y sedoso caía en cascadas, enmarcando un rostro noble con pómulos prominentes y labios expresivos que transmitían determinación y dulzura a partes iguales. Su mirada, intensa y apasionada, reflejaba la fuerza de su convicción cuando se trataba de defender lo que creía.
Yamile vestía una elegante abaya de seda verde, adornada con bordados en oro viejo que realzaban su elegancia y le conferían una presencia serena.
Al entrar, Nora fue recibida con cordiales besos en las mejillas por parte de Yamile. La líder árabe la tomó del brazo, la llevó hasta la sala de la suite y la invitó a sentarse en un sofá doble, donde Nora se instaló cruzando las piernas con elegancia.
La suite contaba con una lujosa cocineta, de donde Yamile trajo una charola con servicio de café. “Lo primero que empaco al preparar un viaje, es un paquete de café en grano preparado especialmente para mi familia, y el menaje para prepararlo. Es un brebaje de gran sabor que me gustaría compartir con usted”
Nora aceptó gustosa y reconoció su afición al buen café. Yamile puso la charola en la mesa de centro y se sentó en un sillón frente a Nora, luego de entregarle una taza y tomar la suya propia.
Yamile dio un pequeño sorbo y empezó a hablar con sinceridad directa, sin rodeos. "Nos conocemos, Nora Rosseau, desde la Cumbre de Florencia, donde mi estimable amiga Fátima tuvo el desatino de ofenderse porque usted luce sus adorables piernas con una audacia que a nuestra cultura le cuesta trabajo entender y aceptar"
Nora respondió con una encantadora sonrisa, y Yamile continuó sin perder la franqueza, "Cuando me notificaron que mi enlace en la cumbre sería la doctora en física Nora Rosseau, tuve un sobresalto, pues me pareció extraño que una celebridad en la ciencia como usted se aviniera a desempeñar un rol tan modesto."
Nora trató de responder, pero entonces conoció un peculiar gesto con la mano, que Yamile usaba para expresar que aún no terminaba de hablar.
Yamile prosiguió compartiendo recuerdos, "Mi primer recuerdo de Nora Rosseau me remitió a Florencia hace seis años, y con ese recuerdo vinieron algunos más, concretamente, los ácidos comentarios, con que Fátima trató de justificar su intolerancia ante una afición tan inocente como lucir sus elegantes piernas, y entre ellos, la mención de que en sus pantorrillas tiene usted unos tatuajes peculiares, que por curiosidad y aprovechando su vestuario, yo misma aprecié."
Un breve silencio, marcado por el peculiar gesto de Yamile, precedió lo siguiente. "Una de mis actividades obligadas es recorrer las redes sociales, buscando hechos que destaquen básicamente mujeres y justicia, y con esos tags, es inevitable llegar a las 'piernas de la flor de lis', ese personaje misterioso que exuda femineidad por su extraordinaria figura, su singular forma de vestir, y se destaca por el poder de sus intervenciones. La pregunta directa es: el hermoso par de piernas que portan con tanta elegancia a la doctora Nora Rosseau, ¿son las piernas de la flor de lis?"
Los ojos verdes de Nora brillaron de emoción al reconocer la agudeza de Yamile, y no tuvo más remedio que asentir en el momento en que sus piernas dejaron vacío el extremo del corto vestido sobre el borde del sofá, revelándose coquetamente sentadas a un lado.
Nora explicó: "Un incidente durante un experimento de teletransportación me dio este poder singular. Mis piernas se pueden separar del resto de mi cuerpo y podemos funcionar como dos seres independientes. Cuando están separadas de mí, se pueden teletransportar y adquieren una fuerza sobrehumana. Además, poseen sentidos mejorados; pueden percibir el entorno mejor que si tuvieran ojos y capturan sonidos imperceptibles para el oído normal."
Yamile Al-akel tomó otro sorbo de café, sentada muy erguida en el borde del sillón mientras su mente procesaba la sorprendente escena que se desarrollaba frente a ella: La mitad superior del cuerpo de Nora, acomodada en un sillón, hablando con naturalidad; mientras su mitad inferior se ponía de pie y caminaba hacia ella, luciendo sus monumentales formas bajo las pantimedias color natural que dejaban traslucir unas sensillas bragas de licra.
La líder árabe observó con asombro, pero también con respeto, la extraordinaria manifestación de los poderes de Nora. Las piernas se movían con una gracia única, destacando la elegancia en cada movimiento y acompañado cada paso con el suave rumor de sus pantimedias rozando en sus muslos; mientras Nora continuaba la explicación.
“Mis piernas tienen mente propia, actúan por su cuenta y toman sus propias decisiones. Ellas se comunican conmigo por telepatía, pero tienen otro poder muy valioso. ¿Podría poner una mano sobre ellas, por favor?" Las piernas de Nora llegaron hasta el sillón y se inclinaron levemente, facilitando que la asombrada Fátima posara su mano sobre ellas.
La líder árabe, aun procesando la singularidad del momento, colocó su mano con curiosidad sobre la superficie de piel suave y cálida que recubría la parte superior de la cintura, donde debería estar la parte superior del cuerpo de la mujer.
En ese contacto, una voz tan dulce y serena como la de Nora resonó en la mente de Fátima, "Puedo comunicarme por medio del contacto físico. Me da gusto conocerte, Yamile, y cuenta con lo que estas piernas puedan hacer por ti, y deja de hablarnos de usted, ya somos amigas."
Yamile experimentó la conexión de una manera única, una mezcla de asombro y aceptación. La magia y la ciencia se entrelazaban en ese instante, creando una alianza inesperada entre dos mujeres excepcionales.
El bullicio del centro de convenciones envolvía a Yamile Al-akel y Nora Rosseau mientras se abrían paso entre la multitud. El ambiente estaba cargado de expectación ante la reunión de mujeres de todas las partes del mundo convocadas para la Cumbre de la Mujer
Yamile caminaba con porte majestuoso, su mirada determinada reflejando su compromiso con la causa que defendía. La dama árabe usaba una lujosa abaya negra con aplicaciones doradas. Cubría su cabellera negra con una shemag de encaje sujeta con pasadores de oro que hacían juego con sus aretes y collar.
A su lado, Nora destacaba por el rojo intenso de su cabello, que resaltaba por el vestido de terciopelo negro, ceñido sobre sus curvas anteriores y posteriores, y luciendo sus espléndidas piernas, enfundadas en pantimedias negras de fino encaje y calzadas con zapatos de tacón alto.
Al ingresar al centro de convenciones, fueron recibidas con cálidos saludos y gestos de admiración. La energía del lugar era contagiosa, alimentada por la diversidad y la pasión de las mujeres reunidas allí.
El panel en el que Yamile participaría prometía ser uno de los puntos destacados del día. La tensión estaba palpable mientras las participantes tomaban sus asientos, preparadas para enfrentar cualquier desafío que se presentara.
Antes de retirarse a su lugar entre el público, Nora le dio un afectuoso apretón en el antebrazo a Yamile.
El panel comenzó con un intercambio animado de ideas y perspectivas sobre la lucha por los derechos de las mujeres en el siglo XXI. Sin embargo, la atmósfera cambió abruptamente cuando Hanirete Duncan, una mujer transgénero con una postura radical sobre la cuestión de género, tomó la palabra.
Con voz firme y gestos enérgicos, Hanirete defendió vehementemente la posición de que el reconocimiento total y radical del transgenerismo debía prevalecer sobre cualquier otro interés de género. Su discurso estaba impregnado de una pasión fanática, hostigando y desafiando a quienes no compartían su punto de vista.
Yamile escuchaba atentamente, su expresión serena ocultando el torrente de pensamientos que bullían en su interior. Con una calma inquebrantable, respondió con argumentos sólidos y un razonamiento claro, eludiendo hábilmente el enfrentamiento directo con Hanirete.
A medida que la discusión avanzaba, Yamile demostró su agudeza intelectual y su habilidad para confrontar ideas radicalmente opuestas con respeto y dignidad. Su enfoque en la inclusión, la comprensión y el respeto mutuo dejó en evidencia la obcecación latente en posiciones extremas como la de Hanirete.
Al final del panel, un estruendoso aplauso reconoció la sensatez y la sabiduría de Yamile. De pie entre quienes ovacionaban el poderoso discurso de la dama árabe, Nora sintió crecer su respeto y admiración.
Aunque el debate había sido intenso, el espíritu de unidad y solidaridad entre las mujeres presentes prevalecía, recordándoles la importancia de trabajar juntas en la búsqueda de un mundo más justo y equitativo para todas.
Al final de la cena, Nora acompañó a Yamile hasta su suite. “Un día pesado Nora, y con muchas emociones. No me ofendería si estuvieras cansada o si no compartieras mi gusto nocturno por las bebidas fuertes, pero me gustaría que me acompañaras a tomar una última taza de café. Lo tomo desde niña, por lo tanto, no sólo no me perturba el sueño, sino que no podría dormir sin él”.
Nora sonríe y sus ojos brillan de antojo. “¿Es el mismo café que tomamos ayer?, es delicioso y claro que acepto, en cuanto a perturbar el sueño, muchos años de estudiar y otros tantos de trabajar en laboratorios, me han hecho inmune al insomnio por cafeína”.
Junto a la puerta de la suite, Yamile había pedido que colocaran un pequeño estante del que toma un par de suaves babuchas de brocado y se las entrega a Nora. “Tus fieles amigas llevan todo el día en tacones, ¿me permitirían mimarlas y obsequiarles un delicioso calzado de descanso?”
Ambas mujeres se descalzan y enfundan sus pies en confortables babuchas. Nora admite su comodidad y sus piernas ronronean de satisfacción.
En la cocineta de la suite, Yamile prepara diestramente el café en una pequeña jarra de cobre y en pocos minutos la suite se inunda con el aroma de la infusión. Cuando está listo, Yamile sirve dos pequeñas tazas y ambas mujeres van a la sala y se sientan en el sofá principal.
Yamile se recuesta de lado en el respaldo, acomodando las piernas bajo su cuerpo. “A los árabes nos gustan las historias de fantasía y acción, Nora, cuéntame aventuras de esas piernas maravillosas que el destino te legó”
Nora se descalzó, subió las rodillas hasta sus pechos y abraza sus piernas. “Son maravillosas, inteligentes, valientes y audaces, pero sobre todo son mis mejores amigas”.
Toma un sorbo del aromático café e inicia la narración.
Yamile Al-akel despertó sobresaltada en medio de la noche, sintiendo el bochorno del calor que envolvía la habitación. Parpadeó, confundida, y se percató de que la calefacción estaba encendida a niveles inusuales. Se incorporó, instintivamente, y con gestos adormilados trató de ajustar la calefacción con el control remoto, solo para descubrir que el aparato no respondía.
Encendió la luz, el sudor perlaba su frente mientras miraba el control con frustración. Decidió buscar ayuda y se dirigió al teléfono interno del hotel, pero al levantar el auricular, solo recibió un ominoso silencio.
En un intento de utilizar su propio celular, notó con desánimo que no tenía señal. La sensación de aislamiento empezó a apoderarse de ella mientras intentaba abrir la puerta del dormitorio, que se mostraba obstinadamente cerrada.
Aunque sabía que las ventanas estaban selladas, Yamile se acercó por impulso, para descubrir que las gruesas persianas que bloqueaban cualquier luz del exterior tampoco respondían a los mandos del control y se obstinaban en mantenerse cerradas.
El calor seguía subiendo en la habitación. Yamile usaba para dormir un camisón largo de fina seda, que ahora estaba totalmente pegado a su cuerpo empapado de sudor y le producía una sensación de ahogo.
Pensó en buscar alivio en el agua del baño, pero al abrir los grifos no pudo obtener una sola gota. Cada minuto el calor aumentaba, Yamile sentía su espesa cabellera negra apelmazada de sudor caliente en torno a su cuello, cabeza y cara.
El camisón se había convertido en un tormento de seda ardiente que sin pensarlo mucho se sacó por la cabeza. Para dormir, dejaba sus senos en libertad y usaba solo pantaletas de algodón. Todo su cuerpo estaba cubierto de sudor caliente y el aire incandescente le causaba daño tanto vestida como desnuda.
Yamile vagó de un lado a otro del dormitorio tratando una y otra vez de apagar la calefacción con el control remoto y los mandos manuales, sin obtener ningún resultado; buscando la manera de abrir la puerta, recorriendo todos los rincones de la habitación y del baño adjunto sin encontrar nada que pudiera aliviar el calor que llegaba ya a un nivel espeluznante.
De pronto, la luz se apagó arrancando a Yamile un grito de angustia pues con las ventanas totalmente bloqueadas la oscuridad era absoluta. La árabe se dejó caer sobre manos y rodillas en el suelo, sin poder controlar el llanto de impotencia y dolor.
De pronto, sintió que la temperatura empezaba a descender. Un suspiro de alivio escapó de los labios de Yamile y pudo disfrutar de unos minutos de tregua, antes de descubrir con horror que ahora el frío se intensificaba rápidamente.
Yamile, temblando, se metió a tientas en la cama y se cubrió con las sábanas y el edredón, buscando conservar el calor. Pero la habitación parecía conspirar en su contra. Cuando el frío se volvió más penetrante, la mujer árabe descubrió que la puerta del armario, que seguramente contenía más cobijas, también estaba bloqueada.
Yamile se encontró acurrucada, rodeada por el frío y la oscuridad, con cada intento de salir del dormitorio resultando en vano. Gritó con toda su fuerza, pero sus llamados de auxilio resonaron en el silencio, obstruidos por la impenetrable barrera que la aislaba completamente del mundo exterior.
La pantalla de video en la habitación se encendió súbitamente, proyectando el rostro de Yamile Al-akel en entrevistas, podcast y conferencias pasadas. Sin embargo, esta vez, la imagen estaba distorsionada, y su voz resonaba con una extraña frecuencia. Las imágenes de sus discursos eran intercaladas con risas burlonas y carcajadas destempladas, como si una presencia malévola se hubiera apoderado de la transmisión.
El volumen aumentó hasta niveles atronadores, llenando la habitación con la cacofonía de burlas y desprecio. Las palabras de Yamile, originalmente llenas de sabiduría y valentía, ahora se veían desvirtuadas y manipuladas, como si estuvieran siendo utilizadas en su contra. La tortura psicológica se intensificó mientras Yamile, indefensa en la oscuridad, era forzada a revivir sus propias palabras de una manera grotesca.
Las paredes insonorizadas del hotel actuaban como un cruel aliado en este tormento, asegurando que las carcajadas retumbantes y las palabras distorsionadas permanecieran confinadas en la habitación, sin posibilidad de que alguien desde el exterior pudiera escuchar su sufrimiento.
Yamile, con los ojos llenos de lágrimas, intentó taparse los oídos para escapar del aluvión de desprecio, pero era inútil. Cada risa burlona perforaba su mente, alimentando la sensación de impotencia.
La temperatura llegó a un frío insoportable, Yamile sentía que su cuerpo temblaba de manera descontrolada y sus dientes chocaban violentamente entre sí, lastimándola. Al borde de la hipotermia, se desmayó.
Yamile despertó ahogándose de calor. Otra vez la calefacción estaba encendida al máximo, convirtiendo el dormitorio en un horno. La habitación estaba oscura y en silencio, roto solo por los gemidos de sofocación que exhalaba Yamile.
La pantalla se iluminó repentinamente con un video que desde los primeros segundos llenó de vergüenza e indignación a Yamile.
Con un fondo sonoro de jadeos y gemidos, vio su propio cuerpo, desnudo a excepción de las pantaletas de algodón que, empapadas de sudor, no disimulaban su vello púbico; retorciéndose en movimientos que para ella eran de sufrimiento, pero que en el contexto que había sido editado el video, parecían lúbricos y lascivos.
Con los ojos inundados de lágrimas de rabia y dolor, la dama árabe fue testigo de cómo un hábil editor de videos había profanado su cuerpo semidesnudo, sudoroso y lastimado; para crear un par de minutos de atroz y humillante contenido.
Mientras el calor se intensificaba, el volumen del video se convirtió en un estruendo que Yamile trataba en vano de ahogar con sus propios gritos.
Nora se despertó temprano para dedicarse con calma a su rutina diaria de aseo, cuidado corporal y maquillaje. Para su atuendo del día, escogió un elegante vestido gris, con pantimedias negras y zapatos del mismo color que el vestido.
Al terminar, Nora se revisó en el espejo, sintiéndose complacida con la forma en que el vestido, las pantimedias y los tacones altos modelaban las generosas curvas de su cuerpo.
Cuando se disponía a salir a la cita para desayunar con Yamile, Nora recibió un mensaje de parte de la dama árabe en su celular: “Hola, tengo un problema familiar y tengo que viajar de urgencia. Avisa a los organizadores de la cumbre que me voy y gracias por todo”.
Nora frunció el ceño y marcó el número de Yamile, recibiendo a cambio el mensaje de que el número marcado estaba fuera de servicio temporalmente.
Recurrió entonces al teléfono interno del hotel para comunicarse a la habitación de Yamile, sin lograr otra cosa que el tono de llamado sin contestar. Luego marcó a la recepción, donde una amable voz le informó que Yamile Al-akel había desocupado la suite Deneb a las seis de la mañana.
Llena de dudas e incertidumbre, Nora salió de la habitación. Cuando llegó a la suite Deneb, encontró la puerta abierta y dos personas del servicio de limpieza aseando el interior.
“Una amiga mía estaba alojada aquí” le explicó sonriendo con su mejor empatía, a una mujer madura, vestida con un guardapolvo azul adornado con las franjas tornasoladas características del hotel.
“Recibimos la orden de limpiar la suite a las seis de la mañana” dijo la mujer, enseñándole a Nora un dispositivo con la aplicación interna del hotel “es raro, porque por lo regular hacemos esto después de mediodía”
Nora notó el nombre “Carmen”, en el gafete de la señora y se hizo a un lado, para no estorbar.
“Esto no está bien” la voz de las piernas de Nora surgió por su canal telepático interno.
“¿De qué hablas?” Nora sintió que la mente de sus piernas tomaba el control de sus extremidades y la llevaron hasta el sillón. “Este no es el sillón donde nos sentamos anoche, tu sólo ves al frente y te dejas caer en cualquier lado, pero yo percibo en global y siempre me fijo donde pongo mis nalguitas, la tela del tapiz del sillón se parece mucho, pero no es la misma, además, no está el mueblecito de las babuchas”
La revelación de sus piernas hizo estremecer a Nora, que recurrió a todo su encanto personal para interrogar sutilmente a las personas del aseo.
Carmen afirmó que todos los botes de basura, incluyendo el de la cocineta estaban vacíos cuando llegaron, aunque cuando terminaron de tomar café la noche anterior, Nora y Yamile habían limpiado la cocineta y vaciado los posos de las tazas y la dullah en el bote de basura, junto con algunas servilletas de papel.
El compañero de la señora en la labor de aseo resultó ser un joven rollizo, afeminado, de cabello rapado en los lados y muy maquillado, que usaba el mismo tipo de guardapolvo azul y zapatos de tacón bajo. Ansioso de llamar la atención dijo con vocecilla tipluda “Si su amiga pidió un mueble extra, lo entregan y recogen los de moblaje, y tuvo suerte de que vinieran pronto porque suelen tardarse más. Y su amiga debe ser muy ordenada porque dejó muy bien acomodadas las mantas de la cama”.
Nora agradeció a ambas personas y salió de la suite con la cabeza llena de preguntas sin respuesta. Frente a las puertas de los elevadores, había un mirador acristalado con algunos sillones a modo de sala de estar. Nora fue a sentarse en uno de ellos, sacó de un bolsillo de su vestido el celular y descubrió una docena de mensajes de las organizadoras de la cumbre, preguntando por Yamile pues estaban a punto de iniciar las actividades del día.
Nora se comunicó con la coordinadora, que no sabía nada de Yamile desde la noche anterior. Nora tuvo que inventar un pretexto relacionado con una indisposición y prometió mantenerla al tanto de las novedades.
Luego marcó nuevamente el número de Yamile, sin obtener más respuesta que el mensaje “fuera de servicio temporalmente”.
“Tú eres la inteligente y la estratega, dime que está pasando” susurró suavemente la voz de sus piernas, con un ligero temblor de incertidumbre.
Nora se recostó en el respaldo, estiró las piernas y respiró profundamente. “Vamos a partir de que ese mensaje no lo escribió Yamile y por lo tanto no existe ese problema y esa urgencia de irse. Por lo tanto ¿dónde está Yamile y por qué no puede comunicarse?”
“Por qué está retenida e incomunicada en contra de su voluntad y tuvieron toda la noche para llevársela” respondieron las piernas de Nora.
“O tal vez no” dijo pensativamente Nora señalando una mesita entre los sillones donde destacaba el folleto multicolor que leyera el día anterior en su habitación “El 45% de quienes trabajan aquí son LBGT´s, basta con que dos o tres sean simpatizantes de HDL para convertir el hotel en una trampa, ¿recuerdas lo que dijo el botones ayer en el elevador?”
“No mucho, solo recuerdo que cuando te descuidabas, con los ojos me bajaba las pantimedias y hasta la tanga”
“El hotel cuenta con un sistema centralizado de control interno llamado Índigo, desde el cual se pueden gobernar todos los elementos de iluminación, seguridad, climatización y comunicaciones” Nora repitió las palabras del joven.
“Si controlan el edificio no necesitan salir, aquí tienen todo lo que necesitan, voy a buscar a Yamile”
Nora se apretó los muslos, conteniendo a sus impetuosas piernas. “Necesitamos saber dónde buscar, el hotel es enorme y puede estar en cualquier sitio. Reflexionemos un poco más, ¿Qué significa el hecho de que la suite Deneb no tenga el mismo sillón que usamos ayer, y que parezca que Yamile nunca estuvo ahí?”
“No tengo idea, ¿se te ocurre algo?”
“Muchas cosas, pero tenemos que encontrar ese Índigo cuanto antes”
Nora se levantó de un salto. Carmen y el joven afeminado pasaron empujando el carrito del servicio de aseo rumbo a los elevadores. El joven se desvió para tomar las escaleras y cuando la señora Carmen metió el carrito al elevador, Nora se deslizó tras ella.
Nora estaba tratando de encontrar la forma de abrir la conversación cuando Carmen la encaró resueltamente. “Ayer pedí un permiso en la mañana para ir a la Cumbre de la Mujer, aprovechando que está al otro lado de la plaza y la vi junto a la profesora Al-akel, usted es inconfundible”
Nora se alisó un mechón de su cabello rojo intenso y sonrió “Yamile es mi amiga y me preocupa mucho que se haya ido de esta manera, y no he podido comunicarme con ella para saber que está bien”
Carmen se había repegado a la pantalla de la botonera del elevador y Nora observó que oprimía disimuladamente dos botones. El primero ralentizó el movimiento del elevador y el otro puso en pausa el micrófono y la cámara interna.
“Cuando vivía el señor Vandergard, el fundador de este hotel, trabajar aquí era un placer, pero desde que murió y el hotel se quedó a cargo de su hijo, que luego se convirtió en su hija, todo cambió porque él o ella y su grupito, sacaron a mucha gente valiosa y responsable para meter a personas de sus tendencias. Muchos son buenas personas, como Carlitos, el chico que conoció en la suite, pero hay otros que son groseros, prepotentes y muy capaces de hacer cosas reprobables”
Carmen sacó de un bolsillo un libro cuidadosamente envuelto en una bolsa de plástico. Nora reconoció una de las obras de Yamile Al-akel. “Cuando supe que la profesora Al-akel vendría al hotel, pensé en pedirle que me dedicara el libro, a mí también me sorprendió que se fuera de repente”
“No sé qué haya pasado, pero necesito averiguarlo, sé que hay un control Índigo donde puede haber videos o algo” dijo Nora.
“Índigo es una oficina en el sótano 2, no es un área permitida para los huéspedes, pero puedo ayudarle” Carmen abrió una cajuela en el carrito y sacó un guardapolvo como el de ella. Nora se lo puso, y luego Carmen le envolvió el cabello con una pañoleta negra.
“Su cabello es muy llamativo, pero esto bastará” comentó “y nosotras no usamos medias negras y zapatos de tacón alto, pero espero que funcione por unos minutos”
A continuación, sacó un gafete de su guardapolvo “era de una amiga a la que pidieron la renuncia para meter a su gente, por descuido no desactivaron el chip de acceso a áreas de servicio”
Carmen le dio a Nora indicaciones para llegar a Índigo y le pidió: “Encuentre a la profesora y dígale que hay muchas mujeres que la admiramos”. Luego reactivó el movimiento del elevador, antes de reconectar el micrófono y la cámara internos.
El elevador se detuvo en el sótano 2 y Nora descendió, dejando a Carmen proseguir su viaje hasta el sótano donde se depositaba la basura.
Hacía un lado, Nora vio las áreas de estacionamientos, del otro una puerta de seguridad que pudo abrir sin problema con el gafete de la amiga y caminó resueltamente por un amplio pasillo, austero, pero bien iluminado con puertas adornadas con rótulos multicolores. Se cruzó con algunos empleados del hotel con quienes compartió sonrisas y breves saludos.
Al final del pasillo, encontró una puerta con un llamativo letrero “Índigo”. En ese momento el pasillo estaba desierto.
“¿Oyes algo?” preguntó Nora acercando la cadera a la puerta.
“Por lo menos son dos, y hablan con ese gemido llorón que los LGBTs piensan que es voz de mujer” respondieron sus piernas.
Nora no lo pensó más, pasó el gafete por la cerradura electrónica y se metió al salón de Índigo, cerrando la puerta tras ella.
Era una sala amplia de techo alto y bien iluminada. Toda una pared estaba cubierta por monitores de alta resolución, donde se veían imágenes de todo el hotel, bajo los monitores, una mesa con la cubierta ocupada por pantallas táctiles. En otra pared, había un rack alto y angosto, separado medio metro del muro, donde parpadeaban los dispositivos que contenían el control interno del hotel Constelaciones.
Algunas sillas y mesas de trabajo complementaban el mobiliario de la sala ocupada por dos personajes que voltearon con gesto de disgusto cuando Nora habló con voz dulce pero firme, mientras se quitaba el guardapolvo y la pañoleta.
“Hola chicas, estoy buscando a Yamile Al-akel y creo que ustedes pueden ayudarme”
Eran dos mujeres transgénero las que se encararon con Nora, que había caminado hasta una de las mesas. Una de ellas era de estatura media, de hombros anchos y cintura gruesa. Grandes senos operados restiraban la blusa blanca de su uniforme y sus glúteos, desmesurados y artificiosos, levantaban hacia atrás la falta tableada. Usaba extensiones de cabello rubio, en forma de rulos que enmarcaban un rostro de rasgos toscos, que la cirugía de nariz y pómulos, junto con el excesivo maquillaje y las pestañas postizas, poco contribuían a hacerlo femenino.
La otra mujer tenía un aspecto en general muy parecido, con abundantes implantes en tetas y nalgas, aunque era más alta y más burda. Usaba el cabello negro muy rizado en forma de una espesa corona sobre la cabeza y hombros, aparentando una mole informe.
Wendy, la rubia, se abalanzó contra Nora, hablando tan fuerte que su voz se volvió chillona y áspera. “¿Quién eres y que quieres?”
Nora sonrió candorosamente, enlazó sus manos tras la espalda en gesto inocente y uso su voz más encantadora para rebatir los chillidos de Wendy.
“Ya te lo dije, linda, soy amiga de Yamile Al-akel y estoy preocupada por ella”
“Esa perra maldita, ya la pusimos en su lugar y se acabó su carrera” barbotó Wendy.
“Y tú eres igual que ella, otra perra que sólo entiende a palos” chilló Paola, la morena que apartó a Wendy para tratar de sujetar a Nora con una mano enorme en la que contrastaban los nudillos dilatados y las largas uñas decoradas.
Nora eludió el agarre con un grácil quiebre de cintura, con un rápido impulso, la parte superior de su cuerpo saltó sobre una de las mesas mientras sus piernas se teletransportaban sobre la misma mesa, protegiendo a su parte superior.
Las dos trans se detuvieron unos segundos, impresionados por la singular estampa de una mujer elegante y curvilínea, dividida en dos partes sobre la mesa frente a ellas.
Paola fue la primera en reaccionar, preparando un manotazo contra las piernas de Nora, que se anticiparon y dispararon el empeine del pie derecho contra el lado de la cara de la trans, que trastabilló chillando.
Las piernas de Nora saltaron al piso cuando Wendy le tiró una patada con toda su fuerza que impactó en la cadera cubierta del fino tejido de las pantimedias y las hizo rodar. Wendy se engolosinó y trató de repetir el golpe, pero las piernas de Nora se movieron más rápido. Aprovechando su bajo centro de gravedad, se incorporaron con gracia y celeridad, y con el mismo movimiento saltó para incrustar una rodilla en el costado de Wendy.
La transgénero se desplomó de rodillas aullando de dolor, hasta que la suela de un fino y elegante zapato gris se estrelló en su sien, con lo que Wendy cayó inerte.
Paola gritó una sarta de obscenidades mientras trataba nuevamente de golpear a las piernas de Nora, que en esta ocasión se tiraron al suelo para patear el tobillo de la transgénero que cayó estrepitosamente de frente impactando en el suelo con la cara.
Tratando de reponerse, Paola se irguió sobre los brazos, rugiendo y escupiendo sangre de la boca rota. Las piernas de Nora aprovecharon para lanzar una atinada patada en el mentón que abatió definitivamente a la trans.
Las piernas de Nora volvieron a su lugar bajo su cuerpo. Luego Nora fue a rebuscar en los cajones de un armario hasta encontrar un rollo de cable y unos alicates. Con rápida precisión, la pelirroja amarró de manos y pies a los dos trans y fue luego hasta la mesa de control. “Voy a buscar a Yamile, arrastra a esos dos al rincón y ponles encima esa mesa”
Las piernas de Nora dejaron a Nora en la mesa de pantallas táctiles mientras movían a las trans hasta un rincón al fondo de la sala y luego les tiraba encima una mesa sólida y pesada para inmovilizarlas.
La interface de Índigo era bastante intuitiva y Nora pudo descifrarla en pocos minutos. En una ventana dedicada a las suites, aparecían los nombres de las estrellas que las identificaban, y entre todas, sin nombre, destacaba el número 4203.
Pulsando el 4203 se destacaron en el muro de pantallas varios monitores con un reborde brillante, que estaban justamente frente a la mesa de control. Las pantallas mostraban varios enfoques de un cuarto oscuro donde solo destacaba una pantalla de video que mostraba imágenes tan grotescas que Nora se sintió fuertemente indignada.
“Piso 42, la suite tres” gritó la parte superior de Nora. Las piernas de Nora desparecieron.
Algunas personas en el hotel, presenciaron la aparición fugaz de un par de espectaculares piernas en pantimedias, en varios lugares, mientras las piernas de Nora se orientaban en la mole del edificio hasta llegar al piso 42.
En Índigo, Nora descubrió como desbloquear las puertas de la suite 4203, encendió las luces, apagó la calefacción del dormitorio y apagó también la pantalla de televisión y el bloqueador de señales.
Las piernas de Nora llegaron por fin al piso 42, entraron corriendo a la suite y luego al dormitorio.
Mientras torturaban a Yamile, las trans descubrieron que había arrancado el colchón de la cama y lo había envuelto para formar un refugio contra el frio; por lo que habían decidido usar solamente el calor extremo para castigarla.
Las piernas de Nora encontraron a Yamile acostada en el cuarto de baño, donde trataba de protegerse del calor del piso usando los tapetes antideslizantes de la ducha, se quitaron los zapatos y Yamile sintió un pie delicado, enfundado en el suave tejido de las pantimedias, que acariciaba su cara.
“Ya estamos aquí Yamile, vamos a sacarte, pero necesito que me ayudes un poco” la voz de Nora llegó hasta la mente de Yamile, que abrió los ojos y distinguió la silueta de un par de piernas femeninas inclinadas sobre ella. “Sujétate de mis caderas, vamos a ponerte en pie”
Yamile obedeció y se aferró a las caderas de las piernas de Nora, que suavemente tiró de ella para ponerla de pie y que pudiera apoyarse en la parte superior de las piernas de Nora. El aire del dormitorio estaba caliente y enrarecido, pero Yamile pudo respirar agradecida cuando pasaron a la sala, donde el aire acondicionado funcionaba normalmente. Con cuidado, las piernas de Nora ayudaron a Yamile para que se recostara en el sillón largo.
Sin los zapatos, los delicados dedos de los pies de Nora eran extremadamente hábiles, por lo que no tuvieron problema en sacar varias botellas de agua del refrigerador de la cocineta y llevárselas a Yamile, que bebió desesperada por la deshidratación producida por tantas horas bajo un calor extremo.
Luego las piernas de Nora fueron al baño por toallas que empapó luego en la cocineta y que Yamile agradeció para refrescar su piel que ardía. “Gracias” alcanzó a musitar la dama árabe cuando se dio cuenta que estaba sola nuevamente.
En la mesa de control de Índigo, Nora se afanaba en revertir los efectos negativos aplicados a la suite 4203 y estaba atenta a las pantallas que mostraban lo que sucedía en la sala, por lo que no escuchó cuando se abrió la puerta.
Una mano poderosa aferró el cabello rojo y con un violento movimiento arrojó la parte superior de Nora hasta el otro lado de la sala.
Nora no pudo amortiguar el golpe y sintió como su cara se estrellaba contra la pared rugosa. Aturdida, apenas oyó un bramido antes de que un pie enorme y pesado, calzado con un deformado zapato de tacón bajo, impactara con fuerza y saña contra su teta derecha para mandar por los aires su medio cuerpo, que se estrelló violentamente de cabeza contra la pared lateral.
Kimberly era una trans que combinaba de manera grotesca el físico de un hombre de casi dos metros y 130 kilos, espaldas anchas, brazos fornidos, grueso abdomen; con grandes implantes de tetas, caderas y nalgas. Su cara era ancha, con ojos pequeños y muy juntos. La cirugía plástica había convertido una nariz ancha en un apéndice ridículamente pequeño y respingado, además de transformar los pómulos y los labios en bolas de tejido graso.
Su pelo era negro y lacio, que caía sobre unos hombros prominentes. Usaba el uniforme de Constelaciones, blusa blanca, pañoleta multicolor, falda y chaleco tornasolado.
A grandes zancadas, Kimberly fue tras la maltrecha parte superior de Nora, pero en el momento que levantaba un pie para tratar de aplastarla, un par de piernas femeninas surgieron de la nada y le propinaron un violento empujón con la cadera, haciéndole volar un par de metros.
La transgénero se incorporó rápidamente y sin impresionarse por la singular estampa de su enemigo, se abalanzó sobre las piernas de Nora, que atacaron con una patada contra la sien de la gigantesca LGBT, cuya mole le permitió asimilar el golpe y de un manotazo aferrar uno de los tobillos de las piernas de Nora.
Con un gruñido salvaje, Kimberly enarboló las piernas de Nora sobre su cabeza y trató de estrellarlas contra el suelo, pero en el último momento se esfumaron.
Por primera vez, algo sorprendió a Kimberly, que se miró las manos vacías y les dio a las piernas de Nora los segundos para atacar nuevamente.
Los extraordinarios canales intangibles que ligaban a la distancia las dos partes del cuerpo de Nora, transmitían a sus piernas el dolor de la cara y cabeza estrelladas contra la pared, y de la teta brutalmente pateada. Todo ello se unía a la humillación de haberse dejado apresar por el tobillo y estar a punto de ser azotada contra el piso, formando una mezcla que se manifestaba en una furia indomable.
Las piernas de Nora tomaron impulso con dos largas zancadas y lanzaron con toda su fuerza los dos pies descalzos y juntos contra el pecho de Kimberly. El impacto castigó severamente su esternón y la lanzó contra la alta y angosta estructura del rack de servidores, que recibió de lleno los 130 kilos de la mole transgénero.
El rack estaba colocado a medio metro de la pared, para dejar espacio de maniobra para el cableado de conectores. Con el golpe, el mueble metálico se inclinó y chocó contra la pared.
Kimberly berró de dolor y rabia; manoteó para recuperar la vertical y tratar de atacar a las piernas de Nora, pero al hacerlo jaló el rack que se tambaleó peligrosamente.
Las piernas de Nora repitieron la patada doble, esta vez aplastando con un pie la cara de la transgénero, mientras el otro pie terminaba de triturar el esternón. El rack rebotó contra la pared y terminó por precipitarse sobre Kimberly, arrancándose todos los conectores y plugs, y derramando sobre la transgénero los componentes electrónicos que soportaban el funcionamiento del sistema de control interno del hotel.
Los monitores de la pared quedaron en blanco. En la mesa de control, algunas pantallas táctiles se congelaron y el resto se encendieron en pantallas azules. La brillante luz ambiental se apagó y dio paso a luces amarillas de emergencia.
Boca abajo bajo el destrozado rack, la mole de Kimberly se estremeció, rugió palabrotas y manoteó para tratar de levantarse. Las piernas de Nora aún no estaban saciadas, con una ágil pirueta saltaron hacia ella y el talón derecho cayó con potencia letal sobre su nuca, en un impecable golpe de descabello que dejó inerte a la transgénero.
La parte superior de Nora manoteaba tratando de erguirse sobre su base cuando las piernas volvieron a su lugar, bajo ella.
“Ánimo preciosa, ya estamos juntas” dijeron las piernas de Nora por su canal telepático “¿cómo estás?”
“Mal” aceptó Nora “siento que voy a desmayarme, tienes que manejar tú el cuerpo”.
Cuando estaban unidas, Nora tenía el control de todo su cuerpo y la mente de sus piernas se convertía en pasajera de su cuerpo. Sin embargo, cuando era necesario, esto podía revertirse.
Adolorida, aturdida y asustada, la cabeza de Nora sintió como si fuera decapitada y aislada de su cuerpo cuando sus piernas asumieron el control total.
“Animo princesa, yo manejo de aquí en adelante” dijeron las piernas de Nora mientras el cuerpo se ponía el guardapolvo y usaba la pañoleta para cubrirse el cabello y la cara.
El pasillo también estaba iluminado por la luz de emergencia. Algunos empleados salían confundidos de otras puertas y se dirigían hacia la salida al estacionamiento en el sótano.
Nora se unió a ellos, caminando de prisa y tratando de disimular su maltrecha cabeza.
“No te desmayes princesita, trata de no cerrar los ojos” suplicaron las piernas de Nora.
A pesar de todo Nora se sentía reconfortada porque el control total del cuerpo lo tenía la mente de sus piernas, ella se sentía solo como una cabeza que flotaba sobre un cuerpo independiente.
Finalmente, Nora llegó a las escaleras y subió hasta el vestíbulo principal del hotel.
Toda la iluminación era de luces amarillas de emergencia. Muchos huéspedes bajaban por las escaleras, otros se arremolinaban en la recepción tratando de entender lo que sucedía mientras los empleados trataban de contener la situación lo mejor que podían.
Una de las medidas de la nueva administración del hotel, a la que había hecho referencia Carmen, fue deshacerse de todo el personal de soporte técnico, dejando sólo a Wendy, Paola y Kimberly a cargo de Índigo. Estando incapacitadas las tres transgéneros, no había nadie que pudiera restablecer los sistemas internos de Constelaciones.
Los elevadores no funcionaban, así que Nora se enfrentó a la corriente de gente que bajaba por las escaleras para subir a contracorriente con la intención de llegar a la suite de Yamile.
“Son 42 pisos por las escaleras, vamos a ver si sirve el spinning, el running y todas esas cosas que haces, y que bueno que los zapatos se quedaron en la suite” dijeron las piernas de Nora, emprendiendo la subida con rápidos pasos largos.
Con los pulmones a punto de reventar, las rodillas ardiendo y todo el cuerpo temblando, Nora llegó por fin al piso 42, por el estado de emergencia del edificio, todas las puertas estaban sin cerradura activa, de manera que no tuvo problemas en entrar a la suite 4203.
Yamile había podido llegar al baño para sacar una bata y envolverse en ella. Ahora estaba recostada en el sillón, alarmada y desconcertada por el estado de emergencia del hotel, pero demasiado dañada para intentar otra cosa.
Cuando Nora entró, Yamile trató de ponerse en pie, pero acabaron ambas abrazadas en el mismo sillón. “¡Ya Allah!, ¿pero qué te hicieron?” exclamó Yamile, tomando delicadamente la maltrecha cara de Nora.
“No es gran cosa, pero perdóname por tardar tanto, fue una tortura lo que te hicieron” respondió la cabeza de Nora
Yamile no quiso añadir más y abrazó nuevamente a Nora, aunque sentía que su piel ardía casi con cualquier movimiento que hiciera.
“Me fui de prisa y ni siquiera me despedí, para ayudar a Nora, pero siempre estuvimos pendientes de ti” dijeron las piernas de Nora para que Yamile captara el mensaje mientras abrazaba el cuerpo de Nora.
“Son portentosas, siempre supe que vendrían por mi” dijo Yamile.
La puerta de la suite se abrió de un violento golpe. Las piernas de Nora, controlando el cuerpo completo, alcanzaron a percibir la amenaza inminente y actuaron con extrema rapidez. De un violento impulso se abalanzó sobre Yamile, la abrazó y rodaron juntas por el suelo tras el sillón mientras dos balas atronaban sobre ellas.
“Cuida a Yamile” la voz de sus piernas retumbó en la mente de Nora, obligándola a tomar el control de la parte superior del cuerpo, abrazando a Yamile y cubriéndola.
“Perra desgraciada” aulló una mujer transgénero desde el marco de la puerta, amenazando con la pistola y vociferando obscenos insultos.
Era de estatura media y anchos hombros que contrastaban con grandes tetas artificiales, redondas y rígidas. Su cintura era angosta, producto de liposucción exagerada, con caderas y nalgas tan exageradas como las tetas.
Una esponjada cabellera de color plata reluciente, envolvía un rostro ovalado, pulido quirúrgicamente en pómulos y mentón, con labios aparatosos, ojos restirados y agrandados artificialmente
Usaba el uniforme del hotel, la blusa blanca resaltaba su busto prominente, mientras que el chaleco ajustaba su cintura y la falda plisada descubría unas piernas de muslos dilatados con pantorrillas angostas, calzadas con zapatos de plataforma con tacón alto para aumentar muchos centímetros su altura. Su rostro estaba cubierto con maquillaje exagerado para resaltar sus rasgos, aunque ahora estaban deformados por la rabia.
A grandes zancadas, desprovistas totalmente de apariencia femenina, trató de buscar a Nora y Yamile tras el sillón, pero un delicado pie femenino golpeó la mano de dedos largos y gruesos, decoradas con largas uñas de colores que empuñaba la pistola, en el momento que jalaba del gatillo nuevamente. El arma salió volando mientras una tercera bala se perdía en el techo de la suite.
La transgénero no tuvo tiempo de ver quien le atacaba porque una segunda patada incrustó un empeine cubierto del fino tejido de unas pantimedias negras en sus ojos, sumiendo el puente de la nariz. La transgénero chilló de rabia y dolor, y aún con la vista nublada empezó a tirar golpes tratando de acertar en su oponente.
Las piernas de Nora saltaron y enlazaron sus poderosos muslos en torno al cuello de la transgénero, quién siguió aullando insultos unos segundos, hasta que la formidable fuerza de las piernas de Nora la sofocó y se derrumbó sobre el piso.
Yamile estaba de pie, acunando entre sus brazos la parte superior de Nora. Comprendiendo lo que sucedería a continuación, despejó la base donde se instalaron las piernas.
Nora les pidió a sus piernas que le devolviera el control de su cuerpo, luego fue junto a la trans, de un tirón la puso boca arriba y señaló el gafete.
“Thomas o Timmy Vandergard, el hijo-hija del fundador del hotel. Tuvo libre acceso a las instalaciones y recursos para planear y ejecutar su plan para desmoronar a Yamile Al-akel”
“¿Es Erejere Noon?” preguntó Yamile.
“Apuesto a que, si” Nora volvió al sillón, luego de sacar su celular del bolsillo de su vestido, afortunadamente sellado con un sólido velcro para marcar un número de emergencia. Mientras tanto, las piernas de Nora fueron al baño del dormitorio y volvieron en seguida a su lugar, luciendo sus elegantes zapatos grises de tacón alto.
“Qué bueno que se quedaron aquí, con ellos me hubiera costado más trabajo subir 42 pisos” comentaron las piernas de Nora.
Nora Rosseau y Yamile Al-akel ocupaban una mesa en una de las cafeterías del aeropuerto que guarecían a los viajeros en tiempo de espera de abordar sus vuelos. Nora tomaba un café vienés acompañando un pastel de crema, en tanto que Yamile había pedido un expreso y una tarta de moka.
Un hombre de aspecto común, pero elegantemente vestido con un fino traje cortado a la medida, se deslizó sigilosamente en una silla vacía frente a ellas.
Esta vez no sonreía ni tuvo ánimo para sus rituales de distinción. Su rostro reflejaba sincera pena cuando vio el maltrecho rostro de Nora, que no había tratado de disimular con maquillaje o el manido recurso de los lentes oscuros. Por su parte, Yamile tenía los ojos hundidos con profundas ojeras y la piel de su rostro, cuello y manos, se veía apagada y marchita.
“Querida Nora, en estos encuentros disfruto de admirar su exquisito rostro y gozar con el encanto de su mirada” dijo el hombre con voz opaca “créame por favor si le expreso mi congoja. Estimable Yamile, no encuentro palabras para manifestar mi pena por la terrible experiencia que vivió”
“Se ve peor de lo que en realidad es” dijo Nora tratando de sonreír, “no hay nada roto, o que no se pueda arreglar, solo es la hinchazón, los moretones y los derrames en los ojos”
“La doctora Rosseau aceptó acompañarme a un centro de reposo que está a dos horas de vuelo” intervino Yamile, mirando con afecto a Nora “ya he pedido que convoquen a los especialistas para que nuestra dilecta pelirroja recupere a la brevedad su esplendor. Por mi parte, yo soy árabe, sería el colmo que no pudiera recuperarme de un poco de clima extremoso”
El hombre suspiró y ensayó una sonrisa cordial “Confirmamos que el hijo o hija de Vandergard es quien estaba atrás del alias de Erejere Noon para fundar y manejar a Hijes de Lilith. El hecho de haber usado el hotel para perpetrar un secuestro le va a ocasionar un serio problema con las autoridades; además de que en el consejo de administración de Constelaciones hay personas con pocas simpatías por el hijo o hija de Vandergard, y van a aprovechar esto para devolver el hotel a la senda marcada por su fundador.
“El plan para escarmentar a Yamile Al-akel y lastimar su prestigio era perfecto, y hubiera tenido éxito de no ser por la intervención de Nora Rosseau” dijo Yamile, hablando en tercera persona de sí misma, y añadió, mirando al tipo elegante.
“En la tradición sufí, existen los jinns. Unos espíritus de fuego que vagan por los desiertos buscando a quienes son dignos de su ayuda, o merecedores de un castigo, le estoy profundamente agradecida por haber puesto a una jinn en mi camino”.
Inmediatamente, Yamile puso una mano sobre el muslo de Nora. “Mejor dicho, dos jinns igualmente hermosas y valientes”
“Creo que son tres” agregó el hombre, que había hecho aparecer en su mano una diminuta cuchara de plata con la que arrancó un minúsculo trozo del pastel de Nora “todas las plataformas, servidores y cuentas particulares de internet, que alojaron, descargaron y compartieron ese video infame con que pretendieron denostar la imagen de Yamile Al-akel han sufrido un ataque tan preciso y eficaz como brutal y despiadado”
Ahora fue la tarta de fresa de Yamile, de la que la cucharilla obtuvo una probadita. “Servidores quemados, discos duros corrompidos, celulares arruinados y cuentas desaparecidas, son algunos de los efectos devastadores que han padecido quienes tuvieron algún contacto con el video. De hecho, ya existe una leyenda urbana que afirma que el video es un asesino de computadoras, con esto, es seguro que nadie quiera tener una copia del video”
Yamile no pudo evitar poner cara de asombro y desconcierto. Nora le tomó de la mano afectuosamente para explicar “Giovana Alberoni. Es una queridísima amiga que te admira porque eres portavoz de la imagen sensata y combativa del feminismo que ella profesa. Es una extraordinaria hacker y cuando vio el video, se indignó de tal manera que efectivamente se asumió como un espíritu de fuego para castigar y destruir.”
“La señorita Alberoni es una mujer encantadora en la vida real” la voz del tipo elegante, demostraba franca admiración “pero en la vida virtual de internet, es una fuerza indomable, tan capaz de crear obras sublimes, como de ser una destructora despiadada”
El hombre se puso de pie y abotonó cuidadosamente el saco y acomodó los puños de la fina camisa de seda. “Estimada Yamile, reciba mi cordial respeto. Querida Nora, como siempre su intervención ha sido extraordinaria y le debemos una más”.
Se inclinó en una elegante reverencia, antes de dar media vuelta, dirigirse a la salida con paso airoso y desaparecer entre la gente del aeropuerto.
“Espíritu de fuego, con el poder de ayudar o castigar, eso le va a encantar a Giovana cuando se lo platiquemos” dijeron las piernas de Nora.
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