16. La joven y el jade

A Nora Rosseau le gustaba visitar el Museo de la ciudad, y más aún desde que descubriera que su amiga Marvina Jarvis trabajaba como curadora en jefe.

Marvina era la madre de Hugo, el niño con quién Nora y sus piernas teletransportables habían compartido un par de aventuras. Entre ambas mujeres había surgido una cordial amistad y Marvina conocía los poderes de las piernas de Nora.

Nora atravesó el vestíbulo del museo acompañada por el suave repiqueteo de sus tacones altos sobre las baldosas relucientes del piso y el susurro del roce de sus muslos. Usaba un vestido azul oscuro de manga larga y cuello alto, ajustado para lucir su talle y sus curvas anteriores y posteriores; y corto para presumir sus monumentales piernas envueltas en brillantes pantimedias transparentes. Su maquillaje era discreto y suave; apenas el necesario para destacar sus finas facciones, sus ojos verdes y su esplendorosa cabellera rojo fuego.

Una empleada, cuya cordial sonrisa contrastaba con la sobriedad del uniforme del museo, condujo a Nora hasta la oficina de Marvina, ubicada en el piso más alto del museo.

El recinto era acogedor y funcional. En un rincón había un escritorio pequeño, dedicado a tareas administrativas básicas, porque el verdadero corazón de la oficina era la sala de recepción que Marvina había dispuesto con esmero para recibir en ella a sus visitantes y tratar en un ambiente amable cualquier situación propia de su puesto. Una alfombra de tonos cálidos cubría el suelo de madera pulida, y sobre ella un juego de sillones tapizados en telas suaves y elegantes, en colores neutros con detalles bordados que aportaban un toque de lujo discreto.

Marvina, siempre elegante en un traje sastre oscuro, recibió a Nora afectuosamente, le invitó a sentarse en un sillón y le sirvió una taza de fragante infusión.

Durante unos minutos charlaron de trivialidades, hasta que la curadora, con un profundo suspiro, decidió ir al grano. “Siempre me da mucho gusto verte, sabes que Hugo y yo queremos a la “tía Nora” como si fueras parte de la familia, pero en esta ocasión te he pedido que vinieras porque necesito un favor que sólo tus maravillosas piernas pueden concederme”.

Nora sintió que sus piernas se movieron por sí mismas, para cruzarse elegantemente y ponerse alertas. “¿Qué te puedo decir?, ellas ya han decidido y están a tu disposición” dijo Nora alegremente, señalando sus piernas.

Marvina se cambió de lugar, sentándose junto a Nora para poner su mano suavemente sobre una de las rodillas de Nora, sintiendo la energía de sus poderosas piernas a través del sutil tejido de las pantimedias. Nora puso sus manos sobre la de Marvina, sin retirarla de su rodilla, y la animó a hablar con una cálida sonrisa y el brillo de interés de sus ojos verdes.

Marvina empezó a hablar: “El museo va a recibir una obra llamada "La joven y el jade", una pintura que no está tasada oficialmente, pero que tiene un valor incalculable por el misterio de su origen. Sabemos que proviene del barroco flamenco, pero, a pesar de numerosos estudios, no ha sido posible atribuirla con certeza a ninguno de los grandes maestros. Sin embargo, existe una fuerte convicción entre los expertos de que uno de ellos es su autor”

Marvina continuó “Dentro de dos semanas "La joven y el jade" será presentada en una recepción de gala aquí, en el Museo de la Ciudad, como un evento introductorio antes de que sea enviada al Museo Nacional para una exhibición de seis meses. Mi preocupación radica en dos puntos. Primero, al no tener un valor reconocido oficialmente, el museo no puede justificar medidas extremas de seguridad. Y segundo, hay fuertes rumores de que un conocido traficante de arte ha puesto precio a "La joven y el jade". Tengo el temor que intenten robarla durante la recepción”

Nora ladeó la cabeza con una sonrisa asomando en sus labios. “Entonces necesitas a las piernas de la flor de lis para resguardar a “La joven y el Jade”, ¿verdad?”

Por los alborozados comentarios de su hijo Hugo, Marvina sabía de la capacidad de las piernas de Nora para transmitir mensajes telepáticos a través del contacto físico. Sin embargo, no pudo evitar un agradable sobresalto cuando la voz telepática de las piernas de Nora llegó hasta ella por el contacto de su mano sobre la rodilla de la pelirroja: “No te preocupes amiguita, si la gala se convierte en un juego de ajedrez, las bonitas piernas de la flor de lis son tus mejores piezas”


La noche de la gala de apertura de la exposición de arte barroco finalmente había llegado. El museo estaba iluminado con elegantes lámparas que daban un brillo dorado a las paredes decoradas con obras de arte. Los invitados se paseaban por la sala, admirando las pinturas y esculturas que habían sido cuidadosamente seleccionadas para la ocasión. El aire estaba lleno de emoción y el murmullo de las conversaciones llenaba el espacio.

Nora hizo su entrada a la recepción. Usaba un vestido negro brillante, muy ajustado, que realzaba la belleza y elegancia de sus generosas curvas. Sus intensos ojos verdes resaltaban en contraste con su cabello rojo fuego.

Algunas personas miraron con cierta reprobación que, en lugar del vestido largo tradicional, usaba uno que cubría solo hasta la mitad sus muslos y le permitía lucir sus piernas perfectamente esculpidas, enfundadas en finas pantimedias negras y sostenidas por unos elegantes zapatos de tacón alto. Caminaba con gracia y confianza, acompañada por el repiqueteo de sus tacones y el murmullo del roce de las pantimedias en sus muslos.

La figura monumental de Nora, alta, exuberante y elegante, atraía las miradas al pasar, deslizándose sensualmente, sonriendo y saludando. Quienes admiraban sus piernas al pasar, admiraban también las flores de lis tatuadas en sus pantorrillas, sutilmente disimuladas por el tejido de las pantimedias,

Nora deambuló por los salones de la recepción, curioseando algunas piezas de arte, mientras se dirigía a la sala destinada a “La joven y el jade”. Entre un grupo de elegantes visitantes, distinguió a Marvina Jarvis y con un discreto gesto le hizo saber de su llegada.

Rodeada de reproducciones de los maestros del barroco flamenco contemporáneos a su autoría, “La joven y el jade” ocupaba un lugar preponderante en la sala destinada a la pintura de una joven de mirada enigmática y un precioso trozo jade en sus manos, tan verde como sus ojos. Nora sonrió cuando descubrió que la joven de la pintura lucía una hermosa cabellera roja.

“Entre ojiverdes pelirrojas nos cuidamos”, oyó Nora comentar a sus piernas.

Una suave música ambiental rodeaba a los asistentes a la gala que disfrutaban de conversar y convivir mientras admiraban las obras de arte originales y las excelentes reproducciones a su alrededor.

Nora Rosseau procuraba mantenerse cerca de la sala de “La joven y el jade”. Verdaderamente estaba disfrutando de admirar el arte mientras los poderosos sentidos de sus piernas se mantenían alerta y vigilando constantemente.

Mientras Nora se maravillaba en los detalles de una excelente reproducción de “Pared de los tesoros” de Frans Francken el Joven; sus piernas mandaron un mensaje por su canal telepático, haciendo referencia a que un hombre se acercaba por atrás y a la izquierda: “XY a las 8”

Raimundo Crusen era dueño de una apariencia imponente, lo sabía y trataba siempre de sacarle provecho. Alto y atlético, portaba un esmoquin a la medida que resaltaba discretamente sus músculos esmeradamente cultivados. Era moreno, de ojos negros, facciones afiladas y labios finos tras los cuales sabía desplegar, en el momento más indicado, una sonrisa perfecta e inmaculada.

Raimundo era dueño de un carisma que sabía usar para encajar en cualquier situación, desde el momento de hacer presencia en la recepción, asumió el rol de un cautivador galán en discreta búsqueda de compañía femenina.

“La pincelada es soberbia, ¿no te parece?” dijo cuando estuvo junto a Nora, con una voz profunda y modulada que parecía diseñada para cautivar. Su tono era cálido, invitador, como si compartiera un secreto.

Los ojos verdes de la pelirroja podían transmitir muchos mensajes, en esta ocasión, barrieron de arriba abajo a Raimundo, con un brillo de frio desdén, luego Nora se inclinó hacia el hombre para decir, con el tono de una sutil advertencia: “No lo sé, pero si estoy segura de no apetezco tu compañía, porque que sólo le doy mi número a las chicas que me gustan”

Nora se cruzó de brazos, haciendo más notorias sus tetas bajo el escote, y subiendo su vestido un par de centímetros, enarcó las cejas en un último gesto de rechazo y volvió a la contemplación de la “Pared de los tesoros”.

Raimundo asimiló el rechazo con una educada sonrisa y una cortés reverencia, que aprovechó para un último vistazo a los muslos y la cola de Nora, imaginando el placer que podrían deparar, antes de dar media vuelta y retirarse.

“Pobre tipo, eso fue directo al ego. Y sólo estamos jugando a ser lesbianas, ¿verdad?” dijeron las piernas de Nora por su canal telepático, con un acento de ligera preocupación.

“No te preocupes, solo fue la mejor forma que se me ocurrió para sacudirme a un moscón” respondió Nora por el mismo canal, contenido una sonrisa.

“Pues poco le duró el disgusto al engominado, ya está atrás de una rubiecita” la percepción del entorno de las piernas de Nora captó que Raimundo se encaminaba decidido hacia una joven de largo y vaporoso vestido blanco y cabellera dorada.

Cuando Zenaida Real entró a la recepción de gala fue recibida por miradas de admiración y hasta de envidia. Era una mujer muy alta, tanto por su estatura, como por los largos tacones de las sandalias de finas tiras doradas que calzaban sus pies desnudos, que asomaban bajo el borde del vestido de seda roja que envolvía un cuerpo sinuoso de volúmenes casi irreales.

Su cabello negro estaba recogido en un elaborado peinado que elevaba aún más su porte. Su cara estaba maquillada con tal maestría que los brillantes labios carmesí, las sombras de los ojos y los contornos del rostro, disimulaban sus facciones originales, presentándola como una criatura fascinante.

Zenaida se movía con gracia, haciendo oscilar sus enormes tetas y nalgas de manera provocativa, y dejando tras de sí la estela de un perfume embriagador. Dio un par de vueltas por las salas destinadas a los asistentes a la recepción, sin mostrar interés particular en ninguna de las piezas en exhibición, sino más bien asegurándose de exhibir su sorprendente cuerpo.

En ese momento, solo dos personas, incluyéndola a ella, sabían que en realidad el cuerpo de Zenaida Real era delgado y nervudo; y que debía las prominentes curvas que lucía en tetas, nalgas, caderas y muslos, a prostéticos de silicón extraordinariamente reales.

La aparatosa mujer se acercó a una puerta cerrada que lucía un discreto rótulo “Solo personal autorizado" y presionó el botón del videófono. Casi de inmediato, una voz le preguntó sobre su presencia. Zenaida desplegó una esplendorosa sonrisa, aprovechando su estatura para procurar que la cámara capturara tanto su rostro, diestramente transfigurado en una mezcla de encanto y urgencia, como su escote, que apenas cubría los pezones como los telones de un teatro cubren zonas estratégicas del escenario.

"Necesito urgentemente de su ayuda, Acabo de perder un camafeo que tiene un valor sentimental inmenso para mí. ¿Podrían permitirme revisar las cámaras de seguridad para recuperarlo, por favor?" la voz de Zenaida tenía un tono cálido, calculadamente grave para hacerla sonar sensual y provocadora.

Los encargados del sistema de seguridad, inicialmente reacios, le pidieron que esperara afuera mientras revisaban las grabaciones. Sin embargo, la habilidad persuasiva de Zenaida no conocía límites. Con palabras astutas, mucha gesticulación y exposición de su escote, logró convencer a los encargados que le permitieran ingresar.

La oficina de control estaba ocupada por consolas, racks, tableros y demás dispositivos de los sistemas de vigilancia y seguridad del museo. El espacio para los dos encargados del sistema era un pequeño cubículo con una mesa con monitores y teclados, que pareció encogerse con la irrupción de la mujer alta y con grandes masas en el frente y el trasero.

Ejecutando diestramente su papel, Zenaida agitaba sus enormes curvas y expresaba tal angustia y preocupación por la presunta pérdida del recuerdo familiar, que los dos responsables del turno de vigilancia, quedaron cautivados entre la ansiedad y la imponente figura de la mujer.

Los hombres se sentaron frente a los monitores, sintiendo atrás y sobre de ellos la impactante presencia de Zenaida, cuyas tetas les rozaban a cada movimiento de la mujer, fingiendo interés en una u otra pantalla.

Concentrados en su labor, no se dieron cuenta de que Zenaida, con hábil destreza, hurgó en su espléndido peinado y sacó una mascarilla antigás plegable que se colocó con rapidez y sigilo.

Zenaida se inclinó sobre las espaldas de los hombres, su presencia imponente rozando sutilmente sus cuerpos. En un movimiento suave y calculado, abrió el escote de su vestido,
liberando sus enormes senos que luego presionó con las manos. De los pezones brotaron sendos chorros de gas soporífero, envolviendo a los guardias en una nube narcótica que los dejó inconscientes.

Con movimientos rápidos y eficientes, demostrando haber calculado sus acciones hasta el último detalle, Zenaida se despojó de la peluca que constituía su abigarrado peinado, dejando al descubierto una corta y lacia cabellera rubia. Luego se quitó el vestido de seda roja y se desprendió de los prostéticos que les daban forma a sus voluminosas curvas revelando ser una mujer alta, pero de cuerpo, delgado y enjuto, con pechos mínimos y nalgas planas, vestida solo con unas bragas negras.

Los postizos de muslos, caderas y nalgas ocultaban bolsillos de los que Zenaida extrajo en primer lugar cinchas de plástico con la que inmovilizó a los guardias en sus respectivas sillas. Del mismo sitió sacó mordazas y capuchas de tela negra para terminar de inutilizarlos.

Con una eficacia sorprendente, la mujer, cubierta solo con las bragas negras y calzada con sandalias doradas, desactivó las cámaras de seguridad y eliminó las grabaciones de las últimas horas, borrando cualquier rastro que pudiera revelar su presencia. De igual manera, apagó los sistemas de alarma de todas las vitrinas que exhibían cuadros valiosos, incluyendo “La joven y el jade”.

Luego, calculando que el sistema de aire acondicionado hubiera extraído el gas soporífero, se quitó la mascarilla antigás. Con toallas limpiadoras se despojó del abigarrado maquillaje, dejando solo leves rastros en párpados y boca.

Dio vuelta al vestido de seda roja, que se convirtió en una elegante túnica holgada de color blanco y dejó de ser una pomposa morena para convertirse en una desabrida rubia. Posteriormente sacó de los prostéticos un lienzo cuidadosamente doblado que guardó en un bolsillo interior de la túnica., junto con un pequeño tubo similar a una linterna táctica.

En el cubículo había un par de cajoneras, una de las cuales tenía la llave puesta en la cerradura. Zenaida apretujó su contenido para meter la peluca, los postizos y cuanto pudiera delatar su presencia en la oficina, cerró el cajón con llave, la retorció para bloquear la cerradura con un pedazo de llave rota y arrojó el resto atrás de unos racks.

Antes de abandonar la oficina, Zenaida se detuvo un momento y presionó el botón para la activación de la alerta sísmica del edificio.

Nora estaba en un grupo de invitados, muy atenta en apariencia a las explicaciones de un curador sobre una de las obras, mientras sus piernas continuaban su labor de vigilancia con sus poderosos sentidos y reportaban continuamente a través de sus canales telepáticos.

"La morena nalgona y tetuda se coló en una oficina marcada como 'Solo personal autorizado'", dijeron las piernas de Nora en su mente. "A fuerza de enseñar tetas y dientes, logró que le abrieran. Algo anda muy mal".

Nora se desprendió del grupo de visitantes y se dirigió con aparente calma hacia la sala de "La joven y el jade". Aunque varias personas se encontraban alrededor de la pintura, un trío en especial captó la atención de Nora: se trataba del tipo alto y atlético que momentos antes la asediara, y que ahora daba una explicación magistral a un par de atractivas mujeres que le atendían embaucadas.

De pronto, el estridente y estremecedor sonido de la alerta sísmica resonó en el edificio, provocando una violenta reacción en la gente. Muchas personas empezaron a moverse hacia las salidas, mientras el personal del museo, aplicando los protocolos establecidos, guiaban al resto en dirección a las zonas de seguridad.

Nora dudó unos segundos en cuanto a lo que debería hacer, hasta que la voz telepática de sus piernas resonó en su mente “Una rubia alta y flaca acaba de salir de la oficina donde se metió la morena grandota y tetona; no se parecen en nada, pero usan las mismas sandalias de tiras doradas, te apuesto una tanga a que ella tiene que ver con la alerta”.

La voz telepática de las piernas de Nora denotaba calma y serenidad, que se contagió de inmediato a su parte superior, a pesar del sobrecogedor alarido de la alerta sísmica.

Resuelta a confiare en sus piernas, Nora se colocó detrás de un mamparo, observando con cautela. El hombre de esmoquin, en medio del caos provocado por la alerta sísmica, mostraba una actitud admirable, tranquilizando a las personas cercanas, e instruyéndolas a buscar las rutas de evacuación. Sin embargo, sus acciones ocultaban una intención oscura: quedarse solo con "La joven y el jade".

Estratégicamente escondida, Nora vio cómo el hombre hurgó en su ropa y extrajo de bolsillos disimulados en su saco, un juego de herramientas hechas de polímero, inmunes a los detectores de metales. Sin perder tiempo, comenzó a usar las herramientas para desmontar la cubierta de protección que resguardaba la pintura.

Zenaida llegó a la sala y sin mediar palabra con el hombre del esmoquin, que tampoco demostró sobresalto ante su presencia, se arrodilló en el suelo, sacó de su túnica un paquete que, al irlo desplegando y alisando con ayuda de una lámpara térmica, reveló poco a poco una réplica exacta de "La joven y el jade".

Nora, oculta detrás del mamparo, no pudo evitar reconocer la genialidad del plan que se estaba desarrollando frente a ella. “Dejan una réplica exacta de la pintura y se llevan la auténtica, seguramente van a dejar rastros para dar la apariencia de un robo frustrado y ellos desaparecen en medio de la confusión de la falsa alerta sísmica”

“La joven y el jade” estaba en una vitrina, a una altura cómoda para admirarla y con una repisa para separarla del público. Con movimientos exactos y precisos, Raimundo fue desmontando el marco del cristal de seguridad que protegía la pintura, sin preocuparse por los sensores de seguridad que estaban desconectados tras la audaz incursión de Zenaida.

En algún momento, Raimundo desvió la mirada unos segundos y cuando volvió a tratar de enfocarse en los pernos que sujetaban el marco de metal, un obstáculo imprevisto lo detuvo.

Tardó unos segundos en darse cuenta de que sobre la repisa de la vitrina se extendían un par de piernas femeninas, de elegantes y magníficas curvas, cubiertas por el fino tejido de unas pantimedias negras, recostadas en una pose de modelo que realzaba las curvas de los muslos y caderas. La vista de Raimundo se perdió durante unos segundos recorriendo las largas piernas de Nora, mientras su cerebro trataba de procesar la razón de que unas espléndidas piernas de mujer se hubiesen tendido sobre la repisa, protegiendo a “La joven y el jade”. Una súbita alerta se encendió en la mente de Raimundo cuando descubrió que las piernas carecían de un cuerpo sobre las caderas.

En el momento que el hombre trataba de reaccionar ante la inesperada aparición, un elegante zapato de mujer salió disparado y se incrustó en la barbilla de Raimundo, lanzándolo aturdido hacia atrás. La sorpresa se reflejó en su rostro mientras intentaba recomponerse. Con una grácil pirueta, las piernas de Nora saltaron de la repisa y dispararon una segunda patada contra el hombre, impactando esta vez en un costado de su tórax y lanzándolo al suelo.

Zenaida captó el momento en que Raimundo caía al piso y vio el momento en que un par de esculturales piernas femeninas, elegantemente enfundadas en pantimedias negras se dirigían hacia ella. La mujer ahogó un chillido de miedo, pero reaccionó más por instinto que por saber lo que hacía, y lanzó su larga pierna derecha en una desesperada patada contra las piernas sin cuerpo, que la recibieron justo en la vulva.

Adoloridas, las piernas de Nora se encogieron y rodaron por el suelo. Zenaida tuvo tiempo de ver la situación, y al descubrir a su cómplice en el suelo, tomó una rápida decisión y dio media vuelta, tratando de huir a la carrera.

Mientras tanto, detrás del mamparo, la parte superior de Nora también sintió el impacto contra la parte más vulnerable de sus piernas. Furiosa por el dolor, Nora hizo un esfuerzo sobrehumano, impulsándose con sus fuertes brazos para saltar contra Zenaida mientras pasaba corría a su lado.

Con determinación, Nora atenazó uno de los tobillos de la fugitiva, haciendo que cayera al suelo. Zenaida se revolvió en el piso y chilló aterrada cuando vio la parte superior del cuerpo de una guapa pelirroja saltando sobre ella. Nora aplastó con un golpe del muñón de su tórax el estómago de Zenaida, haciéndola boquear sin aire, y aturdiéndola los segundos suficientes para soltarle dos violentos puñetazos en la cara que la noquearon.

Las piernas de Nora, aún temblorosas por la patada de Zenaida, se incorporaron justo a tiempo para detectar un peligro inminente. Una afilada daga arrojadiza de polímero surcó el aire con un angustioso silbido en el momento exacto en que las piernas de Nora se teletransportaron. Raimundo quedó atónito al ver cómo las piernas en pantimedias se esfumaban, eludiendo la daga con una precisión asombrosa.

Raimundo, sin perder la compostura, aún sostenía dos dagas, una en cada mano. Las piernas de Nora reaparecieron justo frente a él. Con una destreza impresionante, Raimundo lanzó una estocada mortal que las piernas de Nora eludieron con un grácil quiebre. En respuesta, le propinaron una dura patada en el codo, haciendo que soltara una de las armas.

Rugiendo de dolor y rabia, Raimundo trató de atacar con la otra daga, pero las piernas de Nora detuvieron la mano armada con la planta de un pie. En un movimiento fluido y coordinado, saltaron en el aire y el otro pie se estrelló contra su rostro nuevamente. Un certero rodillazo en el abdomen finalmente derribó a Raimundo, quien acabó en el suelo, vencido.

Las piernas de Nora regresaron a su lugar. Con su cuerpo completo de nuevo, Nora se puso en pie sobando su parte adolorida por la patada de Zenaida, quien yacía noqueada por los puños de Nora. Raimundo se encontraba en las mismas circunstancias, tendido en el suelo después del último rodillazo de las piernas de Nora.

“Me duele, esa flaca me pateó” gimieron las piernas de Nora casi como si la acusaran, mientras Nora seguía sobando su vulva lastimada.

"La joven y el jade" permanecía en su lugar, intacta, mientras la réplica seguía en el piso, donde Zenaida la había dejado casi preparada.

La estridente sirena de la alerta sísmica, que había sonado insistentemente, calló de pronto.

“Oigo gente que viene hacía acá, ¿Qué vamos a hacer?” dijeron las piernas de Nora, alertadas por su poderoso oído.

Nora se tiró al piso, donde se recostó de lado, haciendo lucir la vasta curva de su cadera y cuido de subir un poco el vestido, lo suficiente para dejar entrever su ropa íntima.

“Vamos a hacer lo que se espera que hagan las mujeres en peligro, desmayarme” respondió Nora, cerrando los ojos.


Marvina Jarvis entró a su oficina, llevando dos tazas de café en una pequeña charola. Olvidando un poco el glamour, Nora estaba recostada en un sillón, con las piernas descalzas y en pantimedias extendidas sobre la mesa de centro.

Marvina le dio una taza de café a Nora y con la otra en sus manos, se sentó junto a ella. Sin pensarlo mucho, se quitó los zapatos y extendió sus piernas sobre la mesa, junto a las de Nora.

“No sé qué hubiera sucedido sin ti, Nora. Tú y tus piernas, son un milagro” Marvina, rompió el silencio con una voz cargada de sinceridad.

Nora dejó escapar una risa ligera mientras sus ojos verdes chispeaban con esa mezcla de modestia y picardía que desconcertaba a quienes la conocían. Levantó completamente recta una de sus piernas y la acarició suavemente durante un momento. “Son poderosas, pero ante todo son mis mejores amigas, y por cierto, se pusieron envidiosas de la chica de rojo y por eso no la perdieron de vista.”

“Zenaida Real, una mujer astuta y con un plan perfecto, sin ti, ella habría logrado llevarse ‘La joven y el jade’, pero nunca se imaginó tener que enfrentarse a las piernas de la flor de lis”. Marvina deslizó tímidamente un dedo sobre un muslo de Nora y se sorprendió de captar el ronroneo con que las piernas de Nora mostraban estar a gusto.

“¿Sabes que fue lo mejor de esta noche?, trabajar contigo Marvina”, dijo Nora.

Marvina sintió una calidez que no era del café. “Espero que esta no sea la última vez”.

Nora se levantó con un movimiento fluido y se acercó al ventanal. Su silueta, delineada por las luces de la ciudad, era la imagen de una mujer que ya estaba pensando en su próxima aventura.

“Probablemente no lo sea, Marvina. Después de todo, ¿qué sería de mí sin un buen misterio y una taza de tu excelente café?”

Ambas rieron, sabiendo que, aunque la noche había llegado a su fin, las aventuras de Nora Rosseau y sus piernas teletransportables estaban lejos de terminar.







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