Eran las 9 de la noche y el bar lounge estaba ocupado en dos terceras partes por gente que gozaba de un momento agradable, con música suave, propicia para ser fondo de conversaciones y confidencias.
Uno de los taburetes de la barra estaba ocupado por una mujer madura con una cabellera color rubio dorado, esmeradamente peinada, que enmarcaba un rostro de belleza serena, maquillado con precisión para destacar sus ojos verdes, sus rasgos finos y sus sensuales labios.
Se mantenía muy erguida de manera que sus turgentes tetas parecían desafiar el ajustado escote de su vestido negro, sin mangas ni tirantes, que descubría la piel nacarada de sus hombros, pecho y cuello. El vestido, de fina hechura, tenía un estilo sencillo, dedicado a realzar las formas del cuerpo de la mujer, cuya postura delataba sus exuberantes curvas y su fina cintura.
Sus piernas estaban elegantemente cruzadas, y lucían espectaculares, sólidas y carnosas en muslos y pantorrillas, pero bien torneadas en rodillas y tobillos; enfundadas en pantimedias de tono natural y brillo discreto; que por la brevedad del vestido quedaban al descubierto desde lo más alto del muslo. Remataba su indumentaria con unos zapatos de tacón alto, de brillante color negro.
En una mesa cercana, tres jóvenes con aspecto de ejecutivos triunfadores, bien vestidos e impecablemente arreglados; rumiaban el disgusto de haber fracasado, uno a uno, en sus intentos de cortejar a la impresionante rubia, que ahora simplemente los ignoraba, aunque ellos no dejaban de lanzarle miradas que combinaban la admiración con el despecho, y trataban de consolarse unos a otros.
Un hombre entró al bar. A primera vista, parecía alguien común y corriente, pero su presencia tenía algo que llamaba la atención. Vestía un impecable traje hecho a la medida, cuya exquisita confección se combinaba elegantemente con el porte y la gallardía que parecían formar parte de la naturaleza del hombre, que fue directo a la barra y se instaló insolentemente junto a la mujer rubia. Los tipos de la mesa vieron esto y cuchichearon entre ellos, esperando malévolamente que la rubia lo rechazara.
Sin mayor preámbulo, el hombre se inclinó levemente hacia la mujer, en una actitud que cualquiera hubiese tomado como parte de un galanteo, sin embargo, dijo, con voz controlada para que solo ella lo escuchara: “Richard Artman, 1.80, blanco, cabello negro y corto, lampiño, atlético, traje negro, camisa blanca y corbata azul claro. Lleva una USB con los archivos robados. Va a salir en 8 minutos por la puerta B”
La rubia dejó el taburete y se puso de pie. Con un gesto sensual acomodó el vestido que se había subido mostrando con generosidad sus muslos, recogió su pequeño bolso de mano y antes de salir besó con gesto travieso la mejilla del hombre, quien solo debido a su entrenamiento en analizar el entorno y controlar sus emociones, permaneció impávido mientras descubría el propósito de la mujer.
Disfrutando de sus propios movimientos, el hombre tomó una servilleta limpia y la deslizó sobre el lugar donde la impresionante rubia le había dejado una leve marca de sus labios, luego miró hacia la mesa de los tres frustrados galanes que le veían estupefactos, y acercó la servilleta a su boca.
Richard Artman salió de un imponente edificio corporativo situado en la zona más lujosa de la urbe. El edificio se alzaba en medio de una selva de concreto, acero y cristal.
Dilatando apenas las aletas de la nariz hizo una inspiración profunda, para oxigenarse y mantener la calma, en lugar de obedecer su instinto de autoprotección que le gritaba que saliera corriendo, que huyera de ese lugar.
Richard no era un amateur. Sabía que cualquier signo de nerviosismo podría ser su ruina, por lo que adoptó la postura de un respetable hombre de negocios: espalda recta, cabeza en alto, pasos seguros, y una ligera sonrisa que denotaba confianza.
En un bolsillo interior de su saco llevaba una USB cuyo contenido, en el mercado negro de la industria emergente representaban una fortuna. Estaba seguro de que había sido un hurto impecable, que nadie se daría cuenta por lo menos en 24 horas, pero aún así tenía que contener el impulso de alejarse lo más posible, y en el menor tiempo, del lugar de los hechos.
Richard se mezcló con la multitud que transitaba por la calle. Alto, atlético, elegantemente vestido con un costoso traje negro, podía pasar por uno más de los hombres de negocios que daban vida a aquel sector de la ciudad.
Caminaba con calma, dejándose llevar por la gente que acudía a los sitios de esparcimiento, como bares, restaurantes y antros, que llenaban la noche con sus fachadas iluminadas; a su alrededor prevalecía el sonido urbano de una calle en la noche, una mezcla de innumerables ruidos: murmullos de conversaciones, el rumor del tránsito y tenues fragmentos ocasionales de música.
Entre este fondo de sonidos, Richard descubrió el rítmico golpeteo de los tacones del calzado de una mujer, que delataba un paso seguro y grácil.
Richard recurrió al truco de fingir que se detenía un momento para atender un mensaje de su celular y dejar que le rebasara una visión que le dejó sin aliento. Una mujer de cabello rubio dorado, ataviada con un elegante vestido corto de color negro, caminando con paso garboso, dejando un rastro de perfume, un aroma sensual y delicado.
De la melena rubia, la mirada de Richard descendió a una espalda escultural, ceñida por el vestido negro que resaltaba un fino talle y cedía sutilmente al contorno de unas prodigiosas caderas, acentuando. Richard tragó saliva al notar cómo el tejido parecía tensarse ligeramente con cada paso, insinuando la fortaleza y feminidad que habitaban debajo.
Pero lo que realmente atrapó su atención fueron sus piernas. No eran las extremidades raquíticas puestas de moda por modelos y artistas. Eran un par de piernas sólidas, y bien formadas, que se movían con una fluidez que sugería confianza y control absoluto. Estaban cubiertas por pantimedias de color natural, cuyo tenue brillo añadía un toque de refinamiento, destacando cada curva y músculo.
A cada paso, el delicado roce de las pantimedias entre los muslos, creaba un susurro que parecía resonar directamente en los sentidos de Richard, un sonido que se mezclaba sensualmente con el alegre repiqueteo de sus tacones contra el pavimento.
Richard caminaba unos pasos detrás de la mujer, cautivado por la cadencia juguetona de su andar. Sus caderas se movían con una precisión hipnótica, y cada balanceo parecía un desafío silencioso. Bajo aquel vestido negro, que terminaba muy arriba de sus muslos, su imaginación fantaseaba con las curvas y delicias que ocultaba.
El siguiente semáforo de peatones obligó a ambos a detenerse. Richard se posicionó justo a su lado con la mirada al frente, observando las luces del tráfico, hasta que una fuerza invisible e irresistible, le obligó a girar la cabeza.
La mujer era alta, con los tacones llegaba a su misma estatura. Unos profundos ojos verdes lo miraban con una intensidad que le resultó desconcertante. Su rostro era una obra de equilibrio: finas líneas perfectamente definidas, maquillado con la sutileza de alguien que sabía cómo enaltecer su belleza natural sin necesidad de excesos. Una ligera sonrisa curvaba sus labios.
“Hola, ¿sabes dónde está el restaurante Continental? Sé que está cerca de aquí, pero vengo de viaje y no conozco la ciudad.” dijo ella con una voz dulce y melodiosa.
Por un momento, Richard se sintió desconcertado, pero se recuperó de inmediato, sonrió con un gesto cuidadosamente ensayado para proyectar naturalidad. “Claro,” respondió, señalando hacia la avenida a su izquierda. “Está a solo dos cuadras de aquí”
La mujer rubia inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, un gesto tan encantador como hipnótico, que dejó a Richard por un instante sin palabras. Sus profundos ojos verdes seguían fijos en él, con una mezcla de interés y travesura que parecía atravesar sus defensas. Entonces, sonrió, y su voz volvió a envolverlo como una caricia. “¿Te gustaría acompañarme a cenar? Tengo una reservación para dos personas y no quiero desperdiciarla.”
Richard se sobresaltó por la insólita invitación, pero antes de que pudiera formular una respuesta, ella se echó a reír, una risa alegre, cristalina y sincera.
“Creo que voy muy rápido,” continuó ella, con una sonrisa que iluminaba aún más su rostro. “Te explico: soy Erika Haas, doctora en neurocirugía, y acabo de asistir a un congreso. A mi amiga Sophie y a mí, nos pareció aburrido el plan del banquete de clausura, así que decidimos escaparnos para cenar por nuestra cuenta.”
Mientras hablaba, Erika abrió su bolso y sacó un gafete con dónde Richard pudo leer ‘Erika Haas. Congreso Internacional de Neurología’.
“Pero justo cuando salíamos,” continuó Erika, guardando el gafete, “a Sophie le llamaron porque su hijo enfermó. Tuvo que regresar al hotel para hacer una videollamada con su familia, y bueno, aquí estoy. Sola y con una reservación que no quiero desaprovechar.”
Richard la observó en silencio, calibrando cada detalle. Aunque su tono y sus gestos exudaban dulzura y empatía, había algo más en ella: una energía vibrante, casi magnética, que no podía pasar desapercibida. Erika no era una jovencita ingenua; era una mujer madura, segura de sí misma, con la experiencia y el temple necesarios para obtener lo que quería.
Sin pensarlo más, sonrió “Sería un honor acompañarte, doctora Haas.”
Erika deslizo su mano bajo el brazo de Richard, y juntos comenzaron a caminar hacia el restaurante.
El Continental era un oasis de elegancia y sofisticación. Un impecable maitre, les condujo a una mesa cerca de la ventana, desde donde se podía admirar el paisaje urbano, lleno de luces y movimiento.
La conversación fluía con naturalidad, como un juego de ajedrez en el que ambos se movían con destreza. Erika hablaba con confianza y humor, encantando a Richard con su voz dulce y acariciadora. Mientras lo hacía, usaba su cuerpo como un arma silenciosa pero devastadora: una leve inclinación de cabeza, una mirada sostenida unos segundos más de lo necesario, y un gesto ocasional con sus hombros que realzan sus llamativas tetas bajo el escote de su vestido.
Richard Artman se sentía en una montaña rusa de emociones. Por un lado, estaba fascinado por la personalidad de Erika, que combinaba gracia e inteligencia. Por otra parte, el despliegue de sensualidad de sus movimientos y el reclamo de su impresionante cuerpo lo mantenían en un estado de constante excitación.
Pero su lado racional no dejaba de tener encendida una alerta, pues aquello podría ser demasiado perfecto para ser realidad y Richard temía que en cualquier momento Erika se sacudiera la máscara de la mujer perfecta y resultara ser una prostituta con un elaborado plan para cazar clientes.
Sin embargo, el siguiente detalle derrumbó cualquier sospecha. Casi terminada la cena, Erika le ordenó al mesero, con un dulce tono de amenaza, que la cuenta se la entregara a ella.
“Considera esto como mi agradecimiento por rescatarme de una noche aburrida y por tu compañía.” Le explicó a Richard, igual de sorprendido que el mesero.
Al salir del restaurante, Richard estaba totalmente inmerso en una atmósfera de misterio. De la manera más natural, Erika tomó la mano del hombre.
“Si no me he extraviado mi hotel debe estar a la vuelta de la esquina” dijo Erika con tono sencillo, guiando la marcha de ambos. Richard asintió con una sonrisa y, con una galantería innegable, la tomó suavemente por la cintura.
Erika, con un gesto coqueto y juguetón, deslizó la mano de Richard hasta su exuberante trasero, justo donde el hombre podía sentir la carnosidad de la nalga bajo la palma de su mano y engarfiar el cachete con la punta de los dedos.
Cuando llegaron al hotel, Richard tuvo que hacer un esfuerzo para retirar su mano del trasero de Erika, e ingresar como una pareja respetable al elegante lobby, ocupado por algunos huéspedes y empleados.
Estaban solos en el ascensor. Richard envolvió a Erika en un abrazo y la besó con pasión. Con movimientos expertos, la hizo girar para sumergir sus manos en el escote y extraer los generosos senos del vestido.
Hasta que la campanilla del ascensor avisó que habían llegando al piso solicitado, Richard se sumergió en los hemisferios de carne suave pero firme que Erika le ofrecía, besándolos con fruición y chupando sus suculentos pezones.
Erika jugó con la suerte, y deseando que el pasillo hasta su habitación estuviera vacío, salió del ascensor con sus tetas desnudas, erguidas y de sus pezones desafiantes, ofreciendo a Richard el espectáculo de las generosas tetas balanceándose libremente a cada paso.
Entraron a la habitación enlazados en un ardiente intercambio, Richard no podía deja de besar y acariciar las tetas de Erika. La mujer llegó hasta el centro de la habitación y dejó su bolso de mano sobre el tocador.
Richard dejó de atender los pezones de Erika y le atrapó en un largo beso, durante el cual la colocó de tal manera que pudo subir su falda hasta las caderas para deslizar la mano izquierda y acariciar los deliciosos cachetes de las nalgas, mientras la mano derecha se posesionaba con un firme apretón del pubis.
Erika usaba una tanga de hilo dental, por lo que Richard pudo disfrutar el roce de su mano sobre el fino tejido de las pantimedias, mientras exploraba las amplias nalgas de la mujer.
Por el frente, la tanga era apenas un delicado trozo de tela extremadamente fina, por lo que Richard sintió que su excitación se disparaba cuando su tacto descubrió que, bajo los sutiles tejidos de pantimedias y tanga, el pubis de Erika estaba totalmente depilado.
Erika tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse y no perder la cabeza cuando las manos de Richard empezaron a hurgar sobre la tanga y las pantimedias, en el angosto canal entre sus nalgas y su delicado perineo.
Con un ágil movimiento de cadera, Erika se puso frente a Richard, eludiendo momentáneamente sus manos, para deslizar el elegante saco negro bajo sus hombros y quitárselo al hombre, lanzándolo diestramente al suelo, del otro lado de la cama.
La corbata y la camisa siguieron el mismo camino. Richard volvió a abrazar a Erika y pegarla contra su cuerpo en un apasionado beso, con un diestro movimiento bajo juntas las pantimedias y las bragas hasta las ingles y deslizó la palma de su mano sobre la depilada y reluciente vulva.
Erika sabía que, si dejaba que Richard metiera los dedos en su vagina, le sería casi imposible retomar el control, de manera que se apartó lo suficiente para esquivar las caricias y abrir la hebilla del cinturón del hombre, que de inmediato acudió a ayudarla en deshacerse del pantalón. Erika recuperó su bolso del tocador y con una sonrisa adorable se escurrió dentro del baño, cerrando la puerta.
Richard terminó de quitarse el pantalón y en ese momento, un sonido llamativo y suave captó su atención: el repiqueteo de las uñas de Erika contra la puerta cerrada. Richard se acercó y escucho la dulce y acariciadora voz del otro lado, tejiendo un hechizo de maravillas y placeres inimaginables, mientras su voz descendía a un susurro seductor.
Lentamente, sin dejar de hablar, Erika se deslizó hacia abajo hasta llegar al suelo, obligando a Richard, del otro lado y con el oído pegado a la puerta, a sentarse en el piso para seguir la fascinante y seductora voz. La imaginación tomó el control, y en su mente, vio a Erika sentada junto a la puerta del baño, con una sonrisa sensual en los labios y un brillo travieso en los ojos, susurrándole promesas de éxtasis y placer.
Lo que Richard nunca podría suponer es lo que realmente estaba sucediendo en el baño. Nora Rosseau estaba en el piso, apoyada en el muñón de su torso y leía con voz sugerente y sensual un texto previamente preparado en su teléfono celular.
Mientras tanto las piernas de Nora se habían quitado los zapatos y aprovechando su prodigiosa flexibilidad, habían acomodado en su sitio la tanga y las pantimedias que Richard replegara hasta los muslos.
Luego, las piernas de Nora se teletransportaron a la habitación contigua, tendidas en el piso de manera que la cama las mantuviera ocultas a la vista de Richard, sentado junto a la puerta del baño.
Con destreza y sigilo, se acercaron al saco de Richard y usando hábilmente sus finos y delicados dedos, comenzaron a buscar en las bolsas. En un bolsillo interior encontraron lo que buscaban: una unidad USB. La sujetaron con firmeza y se teletransportaron a la habitación del piso inmediatamente inferior.
Sobre el tocador había una laptop. Las piernas de Nora se acomodaron frente a ella y moviéndose ágilmente bajo el sutil tejido de las pantimedias, los dedos de Nora instalaron el USB en un puerto y comenzaron a danzar sobre el teclado.
La pantalla de la laptop se iluminó con una imagen trasmitida por videollamada. En su habitación, rodeada de su equipo de computación y comunicaciones, apareció la imagen juvenil de Giovana Alberoni.
“Hola chicas, ¿se están divirtiendo?” saludó alegremente a las piernas de Nora, cuya imagen ella veía en una pantalla en su habitación. Con rápida eficiencia, la joven acudió al equipo enlazado con la laptop que usaban las piernas de Nora.
“Voy a tomar control de su equipo, esto debe tomarme un par de minutos” la programadora, y consumada hacker; sabía que disponía de un tiempo mínimo, por lo que echo mano de una aplicación que previamente había desarrollado.
“160 carpetas y más de dos mil archivos” susurró, cuando la aplicación abrió la USB. Giovana ajustó unos cuantos parámetros y la aplicación empezó su trabajo. Uno a uno, fue eliminando los archivos, sustituyéndolos por archivos del mismo tipo y mismo tamaño, pero muy diferente contenido.
“Si alguien revisa de manera somera la USB, va a encontrar la misma cantidad de carpetas y archivos, y del mismo tamaño; con planos técnicos, listas de requerimientos y especificaciones de manufactura. Sólo cuando lo revise un experto, se va a dar cuenta que no contiene nada de lo que espera”, había explicado Giovana a Nora cuando instaló la aplicación en su laptop.
Las piernas de Nora, sentadas en flor de loto frente a la laptop, saltó sorprendida cuando en la pantalla apareció súbitamente una figura en estilo kawaii de la misma Giovana, sonriendo y avisando del fin exitoso del proceso.
“¿Te gusta mi avatar?, tengo uno para Nora y otro para ustedes, chicas. Ya pueden quitar la USB, si necesitan algo más, ya saben donde encontrarme”, se despidió Giovana.
Las piernas de Nora recuperaron la USB y regresaron a la habitación del piso superior, devolvieron la unidad a su lugar en el bolsillo interno del saco y acomodaron la prenda de manera que pareciera que nada había sucedido.
En el cuarto de baño, Nora recuperó sus piernas y se puso de pie, a través de la puerta y con tono seductor dijo: "Creo que es un buen momento para tomar una ducha".
Nora se desprendió la peluca dorada, que llevaba sobre su cabello rojo fuego ceñido bajo una ajustada malla de red. Luego se sacó sobre la cabeza el vestido negro.
En el baño había un gabinete de donde Nora sacó un par de guantes de seguridad y una pequeña bolsa táctica. Luego en el mismo lugar depositó la peluca, el vestido y los zapatos.
Nora guardó su bolso de noche en la bolsa táctica y la ciñó con velcro sobre su brazo izquierdo, luego se ajustó los guantes y desprendió silenciosamente la rejilla que cubría una ventana de ventilación, que previamente había preparado para removerla sin problemas.
El espacio dejado por la rejilla al quitarla, era estrecha y posiblemente con su cuerpo completo no hubiera podido usarla para salir, pero en el momento preciso sus piernas se desprendieron y Nora pudo maniobrar en el angosto lugar solo con la parte superior de su cuerpo.
Nora estaba orgullosa de su busto, espléndido y firme, pero no pudo menos que reconocer que en esta ocasión le causó un leve contratiempo. El vestido sin hombros no necesitaba el uso de sostén y desde que Richard los descubriera en el elevador, sus grandes senos andaban desnudos. Para pasar por la ventana sin lastimar su delicada piel, Nora tuvo que acunarlos con sus manos y pasarlos uno por uno.
Nora había mentalizado lo que iba a encontrar fuera de la ventana, pero aun así tuvo que controlar el vértigo cuando se asomó al paisaje nocturno de la ciudad, espectacular a la distancia, pero que se convertía en un pavoroso abismo de 20 pisos bajo ella.
A pocos metros de la ventana, se encontraba el balcón de la misma habitación y, entre ambos, una barra de acero sólidamente anclada.
Los brazos de Nora eran fuertes y estaban tonificados por el ejercicio rutinario. Sin el peso de sus piernas, y sobre todo de sus voluminosos muslos, nalgas y caderas, su parte superior no tuvo problemas en recorrer el espacio hasta alcanzar el balcón.
En el momento exacto, sus piernas se materializaron de nuevo en su lugar, facilitándole el último paso.
Tanto la puerta corrediza como la gruesa cortina del balcón estaban cerradas, de manera que Richard, haciendo zaping en la televisión mientras esperaba en vano que la supuesta Erika Haas saliera del baño; nunca se enteró de lo que sucedió en el balcón.
Nora había dejado preparada una cuerda de escalada con un nudo del fugitivo, colgando hacia el balcón inferior. Las piernas de Nora se desvanecieron en el momento preciso en que su parte superior comenzaba a descender, colgando de la cuerda de escalada.
Llegando al balcón del piso inferior, sus piernas se acoplaron en su lugar, proporcionando el apoyo necesario para un aterrizaje seguro.
Silenciosamente, Nora recuperó la cuerda, la enrolló y la tiró en el interior de la habitación, junto con la bolsa táctica que había utilizado para guardar sus pertenencias. Luego se asomó al balcón y admiró el paisaje saturado con las luces de la ciudad mientras se quitaba la red que compactaba su pelo y agitaba su cabellera roja en la brisa de la noche.
Nora dijo entonces, "Recuérdame no volver a hacer acrobacias en el piso 20".
Las piernas de Nora, siempre listas para responder con astucia, replicaron: "A mí no me digas, tú haces los planes". La interacción entre Nora y sus piernas era un reflejo de su personalidad ingeniosa y determinada.
Las piernas de Nora agregaron: “Estuvo tremenda la manoseada y me dejó toda mojada, ¿Qué tal nos caería un baño de aromas?”
Nora había completado su misión con éxito, y ahora necesitaba un momento de relajación y tranquilidad. Después de quitarse pantimedias y tanga, ya desnuda, se tomó un tiempo para crear un ambiente de confort y relajación.
Desde su celular, mandó un mensaje a Giovana Alberoni, agradeciendo su ayuda y notificándole el éxito de la empresa. Luego seleccionó una suave melodía relajante que llenó el cuarto de baño con notas armoniosas.
Llenó la bañera con agua caliente, creando una atmósfera de indulgencia y placer. Para añadir un toque adicional de lujo, arrojó cápsulas de aroma al agua, perfumando el baño con fragancias exquisitas.
Nora se sumergió en la bañera lentamente, permitiendo que el agua caliente envolviera su cuerpo y que los aromas la transportaran a un estado de calma y tranquilidad. Era un merecido momento de descanso después de la aventura que había vivido.
Mientras Nora disfrutaba de su merecido baño de relajación, en la habitación del piso superior la mente de Richard transitaba por una montaña rusa de emociones.
Al principio, la impaciencia se apoderó de él al notar la tardanza de Erika para salir del baño. Se preguntaba por qué estaba demorando tanto, y la inquietud comenzó a apoderarse de su mente.
Cuando el silencio en el interior del baño se volvió desconcertante, Richard pasó de la impaciencia a la preocupación. Llamó suavemente a la puerta y, al no obtener respuesta, comenzó a tocarla con más fuerza y a llamar en voz alta. El baño seguía en silencio, y la incertidumbre se apoderó de Richard cuando comprobó que la puerta era demasiado sólida como para intentar forzarla.
Su imaginación comenzó a trabajar en contra suya, explorando teorías sobre lo que podría estar sucediendo en el baño. La preocupación creció a medida que consideraba escenarios cada vez más alarmantes: desde que Erika fuera una mujer casada y se hubiera arrepentido del encuentro pasional en el último momento, hasta la posibilidad de que hubiera consumido alguna droga que la hubiera dejado inconsciente o algo peor.
El pánico llegó a su punto máximo cuando Richard recordó lo que llevaba en su saco: la valiosa unidad USB con los secretos corporativos. Corrió a revisar que estuviera en su lugar, en el bolsillo interno y suspiró al comprobar que allí seguía.
Finalmente, Richard tomó la decisión de cancelar la aventura galante. Se vistió apresuradamente, revisó su imagen en el espejo de la habitación, se aseguró de que no hubiera dejado huellas comprometedoras, y salió de la habitación con un aire displicente de caballero que se encaminaba a un paseo nocturno.
Dos semanas después, Nora disfrutaba de un momento de tranquilidad en su cafetería favorita. Saboreaba un café vienés y se deleitaba con un pastelillo de crema mientras leía en su celular.
Un hombre común pero elegantemente vestido con un traje Oxford cortado a la medida, se acercó a su mesa con una amplia sonrisa en su rostro.
Tomó asiento y mientras se desabotonaba el saco y acomodaba las mangas para revelar unas lujosas mancuernillas, compartió la noticia con Nora: "Nuestro amigo trató de venderle la unidad USB a un corporativo dubaití que tiene fama de involucrarse en negocios turbios y a veces hasta ilegales. Tuvo una reunión en Jumeirah, para intercambiar el USB por una transferencia bancaria, pero parece que los árabes carecen de sentido del humor porque no tomaron como broma que, en lugar de los planos y procesos para construir un sistema de generación de energía de quinta generación, el USB contenía las instrucciones para armar una lavadora de ropa obsoleta y descontinuada."
Con la habilidad de un prestidigitador hizo aparecer una minúscula cucharita en su mano y sin titubear probó un pequeño pedazo del pastelillo de Nora, continuando con su relato. "La policía de una aldea agrícola lo encontró en una zanja donde lo arrojaron los sicarios del corporativo. Está vivo y maltratado, pero sin daños que una buena temporada de descanso no pueda arreglar."
Después de su explicación, el hombre se levantó de la mesa y se aseguró de que su traje estuviera impecable. "Por mera curiosidad intelectual, me encantaría saber cómo lo haces, pero prefiero seguir ignorándolo. Solo sé que eres extraordinaria y te debemos una."
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