En el corazón de la ciudad se alza un majestuoso edificio, erigido a mediados del siglo pasado por una de las familias más acaudaladas de su época. La joya arquitectónica del recinto es su salón central, una imponente estancia de planta circular que alberga el tesoro de la construcción: un candelabro monumental de hierro forjado y decorado con metales preciosos, oro, platino, plata y bronce.
Esta obra maestra, compuesta por medio centenar de brazos primorosamente diseñados y adornados con delicadas filigranas de metales preciosos, es un despliegue de arte y funcionalidad. En su intrincada estructura se aloja el cableado que alimenta cientos de lámparas estratégicamente dispuestas, capaces de crear una iluminación tan refinada como espectacular.
El candelabro, símbolo de lujo y sofisticación, está suspendido por un sólido eje central que asegura su estabilidad, elevándose como el corazón palpitante de esta edificación histórica, testigo de épocas pasadas y de la opulencia de sus creadores.
En el punto más alto del salón, hay un amplio balcón mirador, una estructura que rodea completamente el candelabro monumental, ofreciendo una vista privilegiada de su intrincada arquitectura, y desde donde los grabados en metales preciosos pueden admirarse con toda su magnitud. El acceso al balcón se realiza a través de una escalera de mármol blanco, que asciende siguiendo la forma circular del salón principal.
Esta noche, el salón principal del edificio vibra con una atmósfera de refinada elegancia. Cerca de un centenar de invitados, que incluyen representantes diplomáticos de diversas embajadas y distinguidos miembros de la alta sociedad, deambulan por el lugar. Hombres en trajes impecables y mujeres en vestidos deslumbrantes añaden un destello de color y lujo a la sobria magnificencia del entorno.
El aire se impregna de murmullos de conversaciones, risas discretas y el suave sonido de copas de cristal chocando en brindis amistosos. Un prestigioso museo local colaboró con la recepción de gala, prestando obras de arte que añaden un toque de majestuosidad al lugar: lienzos de artistas renombrados cuelgan en las paredes, cuidadosamente iluminados para resaltar sus detalles, mientras que esculturas de mármol y bronce están distribuidas estratégicamente, atrayendo a los invitados a admirar su perfección.
Además, los organizadores han tenido el acierto de crear pequeños espacios íntimos con confortables sillones de terciopelo, dispuestos en grupos de tres o cuatro, que ofrecen refugios estratégicos donde las conversaciones más privadas se desarrollan ajenas al ambiente principal.
En el centro del salón, bajo el resplandor hipnótico del candelabro monumental, se alza un templete de finas maderas. Un trío de jazz ocupa este espacio, llenando el aire con melodías suaves y cadenciosas que aportan un fondo sonoro de relajada elegancia.
La llegada de Nora Rosseau no pasa completamente desapercibida. Mientras espera que uno de los recepcionistas valide su invitación a la gala, asume inconscientemente una exquisita pose que realza sus encantos de manera natural y atrae las miradas de quienes le rodean.
Para la ocasión, seleccionó un vestido largo, de seda dorada, perfectamente ajustado a su alta y curvilínea figura para resaltar tanto sus exuberantes tetas, con un escote pronunciado pero elegante que enmarca su cuello largo y delicado; como su fino talle, sus amplias caderas y sus generosas nalgas. Una estratégica abertura justo al frente de la falda, deja al descubierto unas piernas espectaculares, largas y perfectamente torneadas, carnosas en pantorrillas y muslos, pero delineadas en rodillas y tobillos. Las piernas están realzadas por unas pantimedias bronceadas, con un tenue brillo que capta la luz y la convierte en un juego de destellos.
Acompañando el conjunto, unas sandalias de tiras doradas, con altos y finos tacones, alargan su silueta y le otorgan un andar felino, en el que cada paso resuena sobre el mármol del salón, acompasado con el susurro del roce de las pantimedias en sus muslos.
El cabello rojo fuego de Nora está peinado en ondas suaves. Su maquillaje es impecable, con un delineado que enmarca sus intensos ojos verdes y unos labios pintados en un rojo profundo que combina a la perfección con su vestido. Lleva una pequeña cartera de mano que sostiene con la misma naturalidad con la que maneja las miradas de la multitud.
Nora no necesita anunciarse; su carisma magnético llena el espacio. Cada movimiento parece estudiado para irradiar una mezcla de sensualidad, elegancia y autoridad. Cuando camina por el salón, deja tras de sí un suave rastro de perfume. Avanza con seguridad entre los asistentes, repartiendo saludos y sonrisas a conocidos que se le acercan, cautivados tanto por su personalidad magnética como por su imponente presencia. Su tono de voz, dulce, cálido y controlado, es acompañado por miradas que capturan la atención de aquellos con los que se cruza.
Atraída por la promesa de admirar de cerca el candelabro monumental, Nora se dirige la escalera de mármol que conduce al balcón. Cuando comienza la ascensión, Nora, consciente de la longitud de su vestido, toma delicadamente el borde de la abertura de la falda y lo aparta para evitar tropezar con ella.
Este simple gesto tiene un efecto magnético. La tela de seda, al levantarse, revela con mayor claridad sus piernas largas y esculpidas, cubiertas por pantimedias bronceadas de un brillo sutil que resaltan cada curva y movimiento. Cada paso que da en la escalera parece una coreografía natural de sensualidad y elegancia. Los músculos de sus piernas se tensan suavemente bajo la tela, y el destello de sus tacones dorados añade un ritmo casi hipnótico a su marcha ascendente.
Nora, ajena (o quizás no del todo) a las miradas que ha captado, sigue ascendiendo con la naturalidad de quien está acostumbrada a llamar la atención sin esfuerzo. Su cabello rojo fuego, brillante bajo la luz del candelabro, parece una llama viva que contrasta con la blancura del mármol y el oro de los detalles del salón. A medida que se acerca al balcón, una la curiosidad y admiración ilumina sus ojos verdes, que comienzan a enfocarse en los detalles del candelabro monumental que está a punto de contemplar de cerca.
Nora Rosseau apoya sus delicadas manos sobre el barandal del balcón. Sus ojos verdes, iluminados por el brillo del candelabro monumental, recorren los detalles de la intricada estructura. La orfebrería, las cadenas ornamentadas y los prismas de cristal que refractan la luz como un caleidoscopio sumergen a Nora en la magnificencia de la obra. Sin embargo, su embeleso se interrumpe bruscamente cuando una voz resuena en su mente.
"Allá arriba debe estar todo el soporte del armatoste este, ¿verdad?"
Nora parpadea, sorprendida. Es un mensaje telepático de sus piernas. Nora no responde de inmediato, divertida por el tratamiento poco reverente de "armatoste" para describir una pieza de arte tan sublime. Antes de que pueda articular una respuesta, sus piernas continúan con un tono inquisitivo: "¿Por qué razón habría allá arriba entaconadas?"
La pregunta provoca una ligera arruga de desconcierto en el ceño de Nora. Sabe que sus piernas poseen una capacidad para captar sonidos muy superior al oído humano. "¿Qué pasa?, ¿qué estás oyendo?"
La respuesta de sus piernas tiene un matiz de alerta en su tono: "Pasos de varias personas, si fueran botas de trabajo o algo así, podrían ser trabajadores, pero son zapatos de mujer, tacones altos."
La información despierta una inquietud en Nora. ¿Por qué habría un grupo de mujeres, calzadas con tacones, en una zona tan inaccesible y posiblemente restringida como la cima de la estructura que sostiene el candelabro?
Nora recorre el balcón con la vista. Nota que a lo largo del balcón hay nichos en el muro que fueron aprovechados para colocar cuadros cuidadosamente seleccionados para la ocasión. Frente a cada nicho hay sillones tapizados en terciopelo oscuro que ofrecen un lugar para contemplar las obras de arte.
Sin embargo, lo que realmente llama la atención de Nora no son los cuadros, sino la penumbra que envuelve los sillones debido a la iluminación indirecta. Con una elegancia natural, camina hacia uno de los nichos, al llegar, se sienta en el sillón, con las piernas muy juntas y dejando caer el vestido de manera que cubra cualquier indicio de lo inusual que está por suceder.
Sus piernas se desmaterializan, dejando vacío el extremo del vestido. A simple vista, Nora parece una mujer elegante disfrutando de un momento de tranquilidad en medio de la recepción, pero en realidad, sólo es la mitad superior de su cuerpo puesto que sus piernas han emprendido una pesquisa que podría revelar un misterio.
El recinto superior es tan vasto como el que ocupa el espacio bajo el candelabro monumental, aunque de solo un par de metros de altura. Una veintena de formidables estructuras de acero surgen de las paredes y, como los radios de un círculo, convergen en el centro, en un cilindro de metal que alberga el titánico eje que sostiene el candelabro monumental
El lugar no está en la oscuridad total. En las paredes hay lampara amarillas de servicio y en torno al monolito central, poderosos reflectores LED.
Las piernas de Nora aprovechan su escaso peso y su bajo centro de gravedad para moverse silenciosamente sobre los tacones de sus sandalias. De cualquier manera, su poderosa capacidad de percepción del entorno le permite guarecerse en las sombras de las estructuras de los soportes, para saber con detalle lo que está sucediendo sin necesidad de acercarse demasiado.
Efectivamente, hay cuatro personas con zapatos de tacón alto que se mueven en torno al cilindro de hierro que sostiene el candelabro monumental. Usan guantes de trabajo y manipulan herramientas, componentes eléctricos y otros elementos.
A primera vista parecen mujeres, altas y esbeltas, con la imagen de gala que corresponde al evento, esmeradamente peinadas y maquilladas, aunque sus refinados vestidos largos los llevan arremangados hasta las caderas y sostenidos con pinzas de plástico, dejando al descubierto sus piernas. Dos de ellas portan medias y ligueros, y las otras llevan las piernas desnudas.
La poderosa "visión" de las piernas de Nora detecta que las piernas de las mujeres se han feminizado a base de tratamientos hormonales y cirugía. Además, las pretendidas mujeres usan vestidos con amplios escotes al frente y en la espalda, sin mangas, de manera que las piernas de Nora reconocen inconfundibles rasgos masculinos en sus brazos. Sus nalgas y tetas; semiesféricas, sólidas y de gran tamaño resultan evidente que son implantes quirúrgicos.
Bajo las espectaculares cabelleras, sus rostros con exagerados maquillajes, tienen las señales de haber pasado por el quirófano para asumir un aspecto femenino.
"Travestis, transexuales, transgéneros o algo parecido; pero hay cuatro aquí arriba, y he visto suficientes películas para imaginar que están saboteando con explosivos el armatoste" informan las piernas de Nora a su parte superior, por medio de su canal telepático.
Desde su posición estratégica en el salón superior, las piernas de Nora también detectan, la presencia de dos hombres uniformados como guardias de seguridad junto a la puerta que conecta el salón con el resto del edificio, con una total actitud de complicidad con las mujeres trans, que cuando terminan con su labor, se despojan de los guantes, arreglan sus vestidos con la gracia ensayada de quien está acostumbrado a moverse entre dos mundos y caminan hacia la puerta.
Los reflectores se apagan, sumiendo nuevamente el salón superior en penumbras, mientras el golpeteo de los tacones y el sonido de las botas de los guardias desaparecen al cruzar la puerta.
Abajo, en el balcón del salón principal, Nora mantiene su apariencia de dama relajada, observando el cuadro frente a ella. Sin embargo, su concentración es interrumpida cuando un hombre de cabello engominado, vestido impecablemente con un esmoquin, se acerca con una sonrisa confiada, claramente buscando un pretexto para iniciar una conversación.
"¿Puedo ofrecerle algo más interesante que esa pintura?" dice con tono de galán ensayado, mientras su mirada hace un rápido recorrido de los ojos verdes al amplio escote de Nora.
Antes de responder, Nora siente la familiar reconexión de sus piernas con su torso. La integración ocurre en un momento, y su cuerpo, completo nuevamente, le devuelve la confianza para actuar. Con una sonrisa cortés, Nora se levanta de un salto, que sorprende al hombre por su gracia.
"Oh, cuánto lo lamento, pero justo recordé algo importante que debo atender," dice con una voz dulce pero firme, cortando de raíz cualquier intento de prolongar la conversación. Sin esperar respuesta, Nora se dirige hacia la escalera para regresar a la planta baja.
"Las cuatro trans van hacia la escalera. Los dos tipos se han quedado custodiando la puerta que conecta este salón con el balcón" informan las piernas de Nora por su canal telepático.
Nora desciende por la amplia escalera de mármol con la elegancia de quien sabe que todos los ojos podrían estar sobre ella. Cada paso es medido, cada gesto calculado para no delatar su creciente inquietud. A medida que baja, su mirada se posa de forma casual pero atenta sobre las mujeres trans, que al llegar a la planta baja se dispersan entre la multitud.
Mientras desciende, comenta por su canal telepático con sus piernas: "Allá abajo hay un montón de diplomáticos de muchos países, incluyendo algunos que en este momento tienen conflictos entre sí. Un atentado contra ellos sería un gran pretexto para desatar crisis internacionales. Esto es más serio de lo que pensé."
Llegando a la planta baja, Nora retoma su andar por el salón, sus tacones resonando suavemente contra el mármol y sus muslos susurrando por el roce las pantimedias, mientras reparte sonrisas encantadoras entre los asistentes.
Sin embargo, su mente trabaja furiosamente. El hecho de que algunos guardias estén involucrados con las mujeres transgénero añade una dificultad: el personal de seguridad no es fiable y por lo tanto no puede acudir a ninguno de ellos.
Al llegar a un lugar un poco aislado saca su teléfono celular para pedir ayuda, pero descubre que no tiene señal para comunicarse.
“Lo peor es que no veo a nadie que parezca estar hablando por celular, puede ser un bloqueador de señal que nos tiene aislados” dice la voz telepática de sus piernas, luego de hacer un escaneo de la gente alrededor.
Nora mantiene su porte impecable, paseando entre los invitados como si disfrutara de la velada. Su sonrisa y sus gestos parecen despreocupados, pero en su interior se libra una batalla mental, buscando la manera de neutralizar la amenaza sin poner en riesgo a los presentes.
De improviso, sus piernas envían una señal de alerta. "Alerta, una de ellos al frente, y es las que actuaba como jefe"
Muy alta, la mujer transgénero luce un vestido ceñido que resaltan los descomunales implantes que ocupan el lugar de tetas y nalgas. Su cabellera roja, brillante y perfectamente arreglada, cae como un halo de fuego alrededor de su rostro suntuosamente maquillado. Está rodeada por un pequeño grupo de aduladores que parecen competir por su atención, pero sus ojos, astutos y calculadores, se posan directamente sobre Nora.
"Hola preciosa, me encanta ese color de tu pelo ¿Qué tinte usas que te queda tan bien?" su voz es un gemido plañidero que trata de remedar la voz femenina.
Nora mantiene su compostura, dejando que una sonrisa adorable se dibuje en sus labios. Sin perder la elegancia, agita su melena con el gesto seductor que es casi una firma suya. Con voz melodiosa y un toque de diversión, responde: "Es el color real de mi cabello, querida. Toda yo soy natural, yo no tengo ningún añadido."
Un espeso silencio cae en el grupo que rodea a la mujer trans, Nora detecta de inmediato que su juego es burlarse de las mujeres reales, que de alguna manera siente que compiten contra ella.
La mujer trans despliega una sonrisa deslumbrante, mostrando unos dientes artificiales enmarcados en labios pintados con un color tan vibrante que parece brillar bajo las luces del salón. Con un movimiento elegante, extiende su mano enguantada en encaje negro hacia Nora y, en un tono seductor y seguro, dice:
"Soy Ilusión, modelo e influencer, preciosa."
Nora toma la mano de Ilusión con delicadeza, pero firmeza, sintiendo bajo el guante de encaje una mano musculosa y nervuda que traiciona su feminidad artificial. Sin perder su sonrisa encantadora, Nora responde, con una voz pausada y precisa:
"Nora Rosseau, doctora en ciencias de física no clásica."
El título parece descolocar a Ilusión por un breve instante, pero la transgénero rápidamente retoma su actitud confiada. Sus ojos recorren a Nora sin reparos, deteniéndose en sus piernas largas y esculpidas, subiendo por su figura curvilínea y terminando en su rostro impecablemente maquillado. Su mirada descarada es tan evidente que incluso algunos de los aduladores que las rodean parecen incómodos.
"Tienes un cuerpo perfecto," dice Ilusión con un tono que mezcla admiración y provocación. "Si quisieras, podrías ser modelo, nena."
Nora, sin perder ni un ápice de su compostura, responde con un destello de picardía en sus ojos:
"Con mi cuerpo puedo ser lo que yo quiera, y al parecer tú también, primorosa."
El comentario, cargado de ingenio y un filo apenas velado, provoca un murmullo incómodo entre los presentes. La sonrisa de Ilusión se tensa ligeramente, pero se mantiene firme, como si considerara a Nora una rival digna de respeto. Ambas mujeres se miran con intensidad, cada una midiendo a la otra, conscientes de que detrás de las palabras y sonrisas corteses hay un duelo silencioso de astucia y poder.
Ilusión, con su impresionante altura y altísimos tacones, se yergue con un aire de superioridad calculada, claramente buscando imponer sus tetas y su presencia sobre Nora.
Sin embargo, Nora no cede terreno. Con un gesto divertido, ladea ligeramente la cabeza, dejando caer su cabello rojo fuego sobre un hombro, y sostiene la mirada de Ilusión con sus profundos ojos verdes.
No necesita entrar al concurso de tetas, pues sabe que su postura habitual es más que suficiente para mantener enhiestas sus turgentes prominencias frontales. La intensidad tranquila de Nora, cargada de confianza, termina por intimidar a la transgénero, que desvía su atención hacia el generoso escote de Nora, como si fuera su única estrategia de recuperación.
"Gusto en conocerte, nena linda. Nos veremos más tarde," dice Ilusión, con un tono que busca mantener el control, pero que no logra ocultar cierta vacilación.
Nora responde con una sonrisa encantadora y un toque de sarcasmo en su voz: "Seguramente, querida. Que te diviertas."
Ilusión, escoltada por su grupo de aduladores, se da media vuelta con un giro exagerado, balanceando provocativamente todo su cuerpo con cada paso. Su cabello rojizo ondea con el movimiento, y el impacto de sus tacones altos resuena en el suelo de mármol mientras se aleja.
Nora, sin perder su sonrisa, escucha el comentario telepático de sus piernas que, como siempre, no se guardan nada: "Qué cosa tan pesada. Un poco más y le pateo los testículos."
Nora reprime una carcajada y responde mentalmente a sus inseparables aliadas: "Paciencia, niñas, nuestro momento llegará. Primero debemos evitar que suceda aquí una catástrofe"
“Creo que tengo buenas noticias, ¿te acuerdas del excomisario Tomasón?” dicen las piernas de Nora por su canal telepático. A continuación, le dan algunas indicaciones a Nora que se dirige hacia un grupo de personas que conversan animadamente.
En su mayoría son personas de edad, hombres en impecables trajes de gala y damas elegantes, lujosamente vestidas y rebosantes de joyas. Entre ellos, destaca un anciano alto y delgado, con un porte que le hace destacar entre los demás. Su cabello es canoso y peinado con esmero, tiene el rostro arrugado y sus ojos negros reflejan carácter y determinación. Nora reconoce de inmediato a Horacio Tomasón, un renombrado criminalista y comisario de policía jubilado, con quien Nora, junto con sus piernas, compartió una aventura.
Nora, con su característica gracia, se acerca al grupo. Su presencia imponente, realzada por su vestido dorado y su confianza natural, atrae la atención de inmediato. Con una sonrisa encantadora, logra integrarse en la conversación como si fuera una vieja conocida.
Los ojos de Horacio Tomasón despiden un destello cuando reconoce a la impresionante pelirroja que suavemente le toma del brazo, y la identifica como la heroína de las piernas de la flor de lis.
Con un gesto seductor y una voz aterciopelada, Nora se disculpa con el grupo: "Lamento interrumpir esta fascinante conversación, pero me temo que debo robarme al excomisario. Estoy segura de que sabrán perdonarme."
El grupo responde con sonrisas y asentimientos, cautivados por su carisma, mientras Nora guía a Tomasón fuera del grupo.
Caminan lentamente entre los asistentes, con Nora inclinándose ligeramente hacia él, como si compartieran una conversación trivial, pero Nora le explica en voz baja lo que sus piernas descubrieron en el salón del soporte del candelabro monumental. Le detalla la manipulación de las transgéneros en el cilindro maestro, la complicidad de los guardias de seguridad y el bloqueo de la señal de celulares.
Tomasón se detiene un momento para verificar su propio teléfono celular y comprobar que están incomunicados. La experiencia de Tomasón le permite mantener un semblante imperturbable, aunque internamente comprende que algo grave está sucediendo tras la fachada de sofisticación de la recepción de gala.
Nora observa una salita desocupada frente a un imponente cuadro iluminado por luz indirecta. La ubicación es perfecta: las sombras que la iluminación proyecta sobre uno de los sillones ofrecen el refugio necesario para que pueda realizar su próxima maniobra sin ser detectada. Con naturalidad, camina hacia el lugar y toma asiento, invitando con un gesto a Tomasón a hacer lo mismo, a su lado. El criminalista, intrigado, la sigue sin protestar.
Sin perder tiempo, Nora se inclina hacia adelante y, con movimientos rápidos y certeros, sube su vestido hasta la cintura. La acción deja al descubierto sus piernas espectaculares, de curvas sensuales y perfectas, cubiertas por las pantimedias bronceadas que brillan con la tenue luz del lugar. Tomasón se ve sorprendido tanto por la acción como por la visión, Nora, divertida, le dedica una sonrisa pícara y dice: "Al fin y al cabo, ya las conoce, comisario."
Nora desliza su celular bajo el borde del calzón de sus pantimedias, asegurándolo con firmeza. Luego, se descalza, colocando cuidadosamente sus sandalias junto al sillón. En el momento que reacomoda su vestido, dejando caer la tela, sus piernas desaparecen.
En un instante, las piernas de Nora se materializan en el oscuro salón circular donde está el soporte del candelabro monumental. La oscuridad es total, pero no representa un problema para ellas. Su percepción les permite explorar el espacio con precisión. Al confirmar que el salón está vacío, las piernas aprovechan la oportunidad para inspeccionar lo que hicieron los saboteadores.
Flexionándose con una extraordinaria gracia y flexibilidad, las piernas de Nora alcanzan el celular escondido bajo el calzón de las pantimedias, usando hábilmente los dedos de sus pies para sacarlo. A través del fino tejido de la punta de las pantimedias, sus finos y delicados dedos, esmeradamente cuidados y con las uñas pintadas con un color coral, logran manipular el dispositivo con sorprendente destreza, tomando fotos detalladas de la instalación que armaron las mujeres trans.
Una vez capturadas las imágenes, las piernas vuelven a guardar el celular con la misma habilidad. En un parpadeo, desaparecen del salón circular y reaparecen en su lugar, bajo el resto del cuerpo de Nora, que vuelve a subir su vestido hasta el borde del calzón de sus pantimedias. Con movimientos rápidos y discretos, saca el celular y se lo entrega a Tomasón antes de extender su vestido para cubrir sus piernas.
Tomasón toma el dispositivo y de inmediato empieza a revisar las fotos. Mientras tanto, Nora, con una expresión de ligera molestia, sacude las piernas y comenta en un tono casual:
"El piso del salón superior está demasiado sucio. Al andar descalza, mis pantimedias se ensuciaron. Voy al tocador a cambiarme; por suerte, siempre traigo un par de repuesto."
Nora toma sus sandalias de tacón en la mano y se pone de pie con un movimiento rápido y decidido. Con un gesto elegante y un ligero movimiento de su cabellera roja, Nora sale presurosa hacia el tocador, caminando sobre la punta de los pies descalzos, que apenas hacen ruido sobre el mármol.
Tomasón, no puede evitar una leve sonrisa ante el despliegue de la lógica y encanto único de Nora. Sin embargo, no pierde tiempo y comienza a estudiar las fotografías, ampliando cada detalle, en busca de pistas que revelen la magnitud de la amenaza que enfrentan.
Nora entra al tocador de damas con la misma seguridad que muestra en cualquier lugar. El espacio está ocupado por varias mujeres, algunas frente a los espejos retocándose el maquillaje, mientras otras esperan pacientemente su turno frente a los cubículos. Nora decide no complicarse y se dirige al extremo de la barra del lavabo, donde hay suficiente espacio para lo que necesita hacer.
Con movimientos rápidos, mete las manos bajo su vestido largo, se baja las pantimedias usadas y extrae sus piernas de ellas. Coloca las pantimedias sobre la barra del lavabo mientras busca en su bolsa el par de repuesto, cuidadosamente compactado. Con una toalla de papel ligeramente humedecida se limpia las plantas de los pies, enfunda sus piernas impecablemente depiladas en las pantimedias nuevas y se calza sus sandalias de tacón.
El ruido de una puerta abriéndose rompe el ambiente habitual del tocador, seguido de un silencio incómodo que cae sobre las mujeres presentes. Nora levanta la mirada para encontrar a Ilusión, emergiendo con desplantes teatrales de un cubículo. Sus altísimos tacones resuenan con fuerza, anunciando su presencia mientras se acerca al lavabo con un andar que mezcla provocación y autoridad.
Ilusión toma las pantimedias usadas de la barra con un gesto deliberadamente lento y observa las plantas de los pies manchadas con la mugre del piso del salón superior. Con una sonrisa maliciosa y un tono cargado de sorna, dice: "Parece que la señorita científica se ha portado mal. ¿Te corretearon descalza atrás de las cocinas?"
Nora, lejos de dejarse intimidar, le responde con una esplendorosa sonrisa que ilumina todo su rostro. Con un gesto elegante y seguro, recupera la prenda de las manos de Ilusión.
"Hay algunas cosas que deberías aprender para ser mujer, por ejemplo ¿No sabes que las pantimedias forman parte del espacio íntimo de una mujer?" dice con un tono dulce pero firme, mientras compacta la prenda en un pequeño bulto que esconde con gracia en su puño cerrado.
Ilusión la observa con una mezcla de sorpresa y admiración, pero Nora no ha terminado. Sin perder la sonrisa y con una mirada directa y desafiante, añade: "Y también debes aprender que la intimidad de una mujer no se toca sin permiso."
El ambiente en el tocador es tenso. Ilusión, que no suele encontrarse con alguien capaz de igualarla en ingenio y aplomo, sostiene la mirada de Nora durante unos segundos más antes de esbozar una sonrisa tensa y responder aventando sus tetas hacia adelante.
"Eres una mujer interesante, Nora Rosseau," dice finalmente, su voz más baja pero cargada de significado.
"Gracias, querida, ahora, si me disculpas, tengo algo que atender." Con un leve guiño y un golpe sonoro de sus tacones, Nora sale del tocador dejando tras de sí un aura de elegancia y desafío. Sabe que el intercambio no ha sido fortuito: Ilusión está al tanto de algo, y su comentario malicioso podría ser solo el preludio de lo que está por venir.
Tomasón sigue sentado en el sillón frente al cuadro, revisando con cuidado las fotos del celular. Nora se acomoda a su lado.
"No soy un experto artificiero, pero puedo decirte algunas cosas de estas fotos. Esa maraña de cables sirve para crear circuitos redundantes. Eso significa que, si alguien sin conocimiento de causa, corta o desconecta cualquier cable, provoca la detonación. Es un sistema muy bien pensado para autoprotegerse." comienza Tomasón
Nora escucha atentamente al criminalista, que añade.
“Algo más, cuando pensaron en el sistema tomaron en cuenta que iban a bloquear la señal de comunicaciones, por eso le pusieron un radiocontrol de baja frecuencia que tiene muy corto alcance, el detonador debe estar cerca de aquí”.
Tomasón suspira y le devuelve el celular a Nora. Mientras la pelirroja lo guarda en su bolso, el ex comisario dice suavemente: "En otras circunstancias estaría seriamente preocupado, pero con esas formidables piernas suyas, doctora Rosseau, tenemos ventaja sobre cualquier criminal."
Nora sonríe, agradecida por el intento de aliviar la situación y le relata a Tomasón el encuentro en el tocador con Ilusión, incluyendo el detalle crucial de que la transgénero observó las manchas de suciedad en las pantimedias que Nora había desechado.
“De cualquier manera la única certeza que tenemos es que las mujeres transgénero están metidas en esto hasta las pelucas, debemos estar al tanto de lo que hagan y tratar de anticiparnos” concluye Nora, poniéndose de pie.
Tomasón se pone a su lado y asiente, le ofrece el brazo a Nora y ambos se sumergen nuevamente en la multitud.
Casi al mismo tiempo, la mirada de ambos cae en Ilusión, cuya cabellera roja y estatura impresionante sobresalen entre la multitud como un faro. La transgénero se mueve con una confianza llamativa, rodeada siempre por varios hombres enajenados por su belleza artificial.
"A menos que tu nueva amiga esté dispuesta a inmolarse por la causa, no creo que esté bajo el candelabro si es inminente que lo dejen caer. Alguien como ella valora demasiado su vida para ponerla en peligro." reflexiona Tomasón en voz baja.
Nora capta el punto de inmediato y responde con un tono decidido: "Eso significa que podemos depender de su posición para predecir cuándo van a actuar”.
“Pues yo apuesto mi mejor tanga a que ella sabe dónde está el detonador, si no es que lo trae encima” la voz telepática de las piernas de Nora se hace oír en la mente de su dueña, que no puede menos que recordar que la intuición de su parte inferior es tan poderosa como sus sentidos.
“Estoy casi de acuerdo con tus apreciables amigas, ese derroche de lucimiento por parte de Ilusión no es gratuito” reconoce Tomasón, cuando Nora le comenta la sospecha de sus piernas.
Mientras Nora y Tomasón observan el salón con cautela, las piernas de Nora envían una señal telepática cargada de alerta: "Dos chicas trans a las siete, son de las que estaban en el salón del soporte."
Nora transmite el mensaje en un susurro a Tomasón, que de inmediato reacciona. Sabiendo que “a las siete” significa atrás y un poco hacia la izquierda, se detiene, suelta de su brazo a Nora y gira simulando señalar algo a la pelirroja.
Efectivamente, dos mujeres transgénero se dirigen hacia ellos y parecen sorprendidas de haber sido descubiertas, puesto que deliberadamente se acercaban por detrás a la pareja de la llamativa científica y el anciano criminalista.
Sin embargo, no parecen amilanarse y prosiguen su acercamiento. Su caminar exagerado, cruzando los pies para sacudir las caderas de manera ostentosa, y su apariencia, con vestidos de corte similar, muy ajustados para destacar sus prominencias artificiales en pechos y nalgas, las hacen destacar entre los invitados.
Una de ellas, con un busto artificial de dimensiones impresionantes que parece desafiar la gravedad, se detiene frente a Tomasón y, con una sonrisa descarada, lo encara, preguntando con la voz plañidera distintiva de las transgéneros: "Hola, yo te conozco. ¿Eres actor maduro de telenovelas?"
Tomasón, sin perder la compostura, responde con un tono seguro: “Tanto como actor no, pero algunas veces he figurado en programas de televisión."
La mujer, aparentemente encantada con su propia ocurrencia, ríe estrepitosamente y se presenta como Lizbeth, señalando a su acompañante como Celia. Ambas, en un despliegue teatral de glamour y sensualidad, comienzan a parlotear sobre trivialidades, acaparando la atención de Tomasón. Sus posturas y miradas no dejan lugar a dudas: están intentando distraerlo y, posiblemente, evaluar cuánto sabe.
Tomasón, con todos sus sentidos en alerta, responde a sus comentarios con cautela, manteniéndose cortés pero no permitiendo que la conversación se vuelva demasiado profunda. En un momento de pausa, con un gesto casi imperceptible, le hace una señal a Nora para que se aleje discretamente.
Nora, captando la indicación, se desliza entre los invitados con la misma elegancia de siempre. Sin embargo, su mente está trabajando a toda velocidad. Sabe que el intento de las mujeres transgénero por atraer a Tomasón podría tener la intención de llevarlo a una trampa, pero decide confiar en la astucia del veterano criminalista.
Mientras se aleja, las piernas de Nora permanecen atentas, listas para actuar en caso de que la situación requiera una intervención rápida. La tensión en el ambiente crece, pero Nora sabe que cada paso que da la acerca más a desarticular el peligroso plan que se cierne sobre la gala.
Celia siente una sed repentina y le pide a Tomasón que las lleve a una de las barras de licores. Tomasón, siempre un caballero incluso bajo presión, accede con una sonrisa educada a la petición de Celia.
Tomándolas del brazo con galantería, escolta a Lizbeth y Celia hacia una de las barras de licores. Aunque su atención está parcialmente dedicada a mantener la conversación trivial que las transgéneros han iniciado, su mente está alerta, buscando cualquier pista que pueda indicar las verdaderas intenciones del dúo.
Mientras tanto, las piernas de Nora escanean el salón, manteniendo una vigilancia constante. "Ilusión está en el centro del salón, rodeada de admiradores como siempre, también esta con ella la otra trans, las dos se dedican a parlotear y encantar a sus seguidores"
Con una sonrisa discreta, Nora observa la dinámica del salón. A simple vista, parece que la gala se desenvuelve normalmente, con los invitados departiendo con la agradable música de fondo, pero ella sabe que la amenaza está latente y que para contenerla sólo cuenta con la ayuda del veterano excomisario, y con sus poderosas piernas.
Nora se acerca a una barra desocupada, en torno a la cual se han reunido un grupo de señoras jóvenes y maduras, para comentar cosas de mujeres. Discretamente, Nora se integra al grupo poniendo en práctica sus habilidades sociales y su empatía para integrarse suavemente. Mientras escucha y hace breves comentarios, sus poderosas piernas se mantienen en alerta constante.
En la otra barra de licores, Celia y Lizbeth exhiben su encanto exagerado, pidiendo bebidas mientras derrochan risas y coqueteos. Mientras Lizbeth mantiene a Tomasón distraído con su conversación y un aparente interés en sus "días de actor ficticio," Celia aprovecha la oportunidad. Con un movimiento rápido y casi imperceptible, saca una pequeña ampolleta de su sostén, la rompe con destreza y vierte su contenido en la bebida destinada al anciano.
Horacio Tomasón, sin embargo, es un veterano en esos trucos y no es fácil de engañar. Amplio conocedor de los efectos de las sustancias que suelen usarse para incapacitar a las víctimas, así como de los trucos para suministrarlos, había estado alerta desde el inicio.
Fingiendo inocencia, acepta la bebida con una sonrisa amable. Sin embargo, mientras distrae a Lizbeth con un comentario galante, y le dice a Celia que su escote se está abriendo más de lo decentemente permitido, escamotea el contenido de la copa simulando un sorbo rápido y completo.
Cuando Celia y Lizbeth regresan su atención a él, Tomasón ha comenzado a fingir los síntomas esperados. Su rostro adopta una expresión de confusión y cansancio, y sus movimientos se vuelven más lentos y torpes. Lizbeth y Celia intercambian una rápida mirada de complicidad, convencidas de que su plan está funcionando.
“Se le pasaron las copas a mi viejito, vamos a llevarlo a donde pueda descansar un poco” explica Lizbeth al camarero que atiende la barra, quien se limita a encogerse de hombros.
Cuando las mujeres trans tratan de tomarlo por los brazos, el anciano criminalista las rechaza y manotea sobre la mesa, haciendo unos extraños ademanes con las manos, antes de desplomarse desmadejado sobre la barra. Sin perder tiempo, las transgéneros lo toman por los brazos con una fuerza que no corresponde a su apariencia femenina. Con movimientos decididos pero disimulados para no atraer la atención, lo conducen hacia una puerta lateral, hábilmente disimulada detrás de una columna ornamentada.
Tomasón, aunque en una posición comprometida, mantiene su mente clara y analiza cada detalle de la situación. Sabe que permitirles creer que han triunfado es su mejor oportunidad de descubrir su objetivo final. Mientras es llevado hacia la puerta, evalúa sus opciones, consciente de que deberá actuar con rapidez en cuanto se presente la oportunidad.
Nora mantiene una actitud tranquila mientras aparenta estar absorta en la conversación de las damas a su alrededor. Sin embargo, su mente está en otro lado. Sus piernas acaban de mandarle un mensaje telepático que puede resultar alarmante: "Las transgéneros se están llevando a Tomasón. Creen que lo narcotizaron con algo que le hicieron beber, pero yo percibí que el viejo zorro las engañó y se deshizo del menjurje sin probarlo. Además, antes de fingir que se desmayaba hizo unas señas de mano militares, que estoy segurísima eran para mí. Dijo ‘todo bajo control’, ‘atentas al objetivo’ y ‘esperar noticias’"
Nora apenas tiene tiempo para reflexionar cuando otro sus piernas le envían otro mensaje telepático. "La cuarta mujer trans, se dirige hacia ti."
Es alta y nervuda, de brazos y piernas delgados pero exuberante en cuanto a tetas y nalgas. Un alto y rebuscado peinado incrementa su estatura y un abundante maquillaje decora su rostro afilado, de mentón angosto y nariz mínima; todo producto evidente de la cirugía plástica.
Con un exceso de entusiasmo, la mujer grita con voz aguda y melodramática, que parece calculada para llamar la atención: "¡Nora Rosseau! Qué sorpresa tan grande encontrarte aquí. ¡No lo puedo creer!, ¿no me reconoces? soy Acacia. Antes, cuando era hombre, fui colega tuyo, pero ahora que soy mujer, ¡me siento encantada de conocerte de nuevo!"
El tono exagerado y los aspavientos de Acacia no solo desconciertan a Nora, sino que también provocan incomodidad en las damas que la rodean. Acacia persiste en su griterío, con grandes gesticulaciones para exigir a Nora que reconozca en ella a un supuesto conocido que cambió de género. Con discretas excusas y miradas de fastidio las damas del grupo se dispersan.
La estrategia de Acacia ha funcionado: Nora y ella quedan solas en un rincón de la barra. Cuando la última mujer del grupo se aleja, Acacia cambia su actitud de manera drástica. Su rostro pierde la sonrisa falsa y adopta una expresión fría y calculadora. Su imponente presencia invade el espacio personal de la pelirroja y satura el ambiente con un desagradable hedor, mezcla del sudor masculino con un delicado perfume femenino.
"Ilusión me manda a decirte que tenemos a tu amigo el viejo. Así que más te vale quedarte calladita y sin moverte." su voz cambia el plañido habitual de las mujeres transgénero por el tono amenazante de un hombre
Nora no responde. Mantiene la calma, aunque su mente trabaja a toda velocidad para procesar la situación.
Acacia saca de su sostén una ampolleta y rompe la tapa. Luego la coloca frente a Nora. "Así que te vas a tomar esto, ahora". El gesto es claro: Acacia intenta obligarla a consumir una sustancia desconocida, seguramente un potente narcótico.
El rostro de Nora se ilumina con un candor inesperado y asume una actitud de rendición
"Acacia, querida, si esta bebida tiene el efecto que me imagino, preferiría no caer de forma aparatosa frente a todos estos invitados. ¿Qué te parece si me coloco detrás de la barra? Al menos será más discreto"
Antes de que Acacia pueda procesar completamente las palabras de Nora, la pelirroja de un salto se sienta sobre la barra y con un ágil movimiento extiende sus piernas cuan largas son y las pasa por encima, cayendo graciosamente de pie en el otro lado, para luego quedarse inmóvil con los brazos extendidos a los lados, como una gimnasta luego de una pirueta complicada
Acacia, desconcertada pero determinada a no perder el control de la situación, exclama una ristra de maldiciones mientras se apresura a meterse atrás de la barra junto a Nora.
Sin embargo, está tan concentrada en no perder de vista a su objetivo, que no se percata del cambio sutil en la postura de Nora: la parte superior de su cuerpo se sostiene sobre sus brazos extendidos hacia los lados, con una mano en la barra y la otra en el anaquel de bebidas situado en paralelo, mientras el vestido dorado cae flácido y vacío.
La transgénero apenas tiene tiempo de ver, interponiéndose entre ella y Nora, a un par de monumentales piernas enfundadas en pantimedias bronceadas que dejan entrever bajo el calzón una bonita tanga de encaje.
Acacia, como sus compañeras, debe retorcer sus genitales masculinos bajo la tanga, para evitar que abulten en exceso y rompan el engaño del vestido entallado. Por lo tanto, el brutal rodillazo que recibe entre las ingles, le causa mucho más daño del esperado. La transgénero se desploma y apenas puede exhalar un gemido pues un segundo rodillazo en el plexo solar le arrebata el aire de los pulmones y la derriba inconsciente.
“¿Buscamos a don Tomasón?” la pregunta de sus piernas llega a la mente de Nora, quien asiente rápidamente, con lo que sus piernas se esfuman.
Los brazos de Nora son fuertes y tonificados, de manera que no tienen problemas para deslizar la parte superior del cuerpo de Nora junto a la mujer transgénero. Siguiendo una súbita idea, esculca el elaborado peinado de la mujer trans y le arranca un sistema de radiocomunicación disimulado entre el pelo.
Luego rasga el vestido de Acacia con movimientos rápidos y efectivos, retuerce las tiras de tela para formar ataduras sólidas y le inmoviliza manos y pies, además de amordazarla, antes de empujarla al fondo de la barra.
“Espero que el vestido no haya sido alquilado” piensa Nora mientras trepa a la superficie del anaquel tras la barra, donde se acomoda sobre el muñón en que termina su parte superior y arregla el vestido dorado para tratar de encubrir la ausencia de sus piernas.
Horacio Tomasón decide no facilitarles las cosas a sus captoras y se desmadeja completamente, para obligarlas a cargarlo en vilo. Farfullando obscenidades Lizbeth y Celia llevan al criminalista por un corredor que conecta con varias oficinas en la parte trasera del edificio.
Entran a una de las oficinas, amueblada de manera funcional, con un escritorio sencillo, algunas sillas y archiveros. Las mujeres trans, confiadas en que Horacio Tomasón está completamente incapacitado por la sustancia que creen haberle administrado, lo depositan sin grandes miramientos en el suelo.
Bajo los elaborados peinados que lucen, ambas llevan sistemas de radiocomunicación. Lizbeth, tocando un pequeño dispositivo oculto detrás de su oreja, informa a Ilusión de la captura del anciano que anduvo merodeando con la incómoda pelirroja.
Con la tarea aparentemente cumplida, Lizbeth busca un lugar donde sentarse y, sacando un pequeño espejo de su bolso, comienza a revisar su maquillaje. Mientras tanto, Celia, incapaz de resistir la tentación, se arrodilla junto a Tomasón con la intención de buscar cosas de valor en sus bolsillos.
Cuando Celia trata de hurgar la bolsa interna del saco del criminalista, algo peculiar la interrumpe. Con mucha delicadeza un pie femenino aparta su mano.
Durante un segundo, Celia admira el pie, de dedos finos y delicados, con las uñas esmeradamente recortadas y pintadas de color coral, cubiertos por el fino tejido de unas pantimedias bronceadas con acabado satinado que brilla bajo la luz.
El pie calza una elegante sandalia de tacón alto con tiras doradas envolviendo el talón y el empeine. Por mero reflejo, la vista de Celia sube por la esbelta pantorrilla hasta un muslo carnoso, descubre luego sobre el muslo un pubis delicado, cubierto por una tanga de encaje velada bajo el calzón de las pantimedias, después un bajo vientre sólido y firme, ceñido en su parte superior por el cintillo de las pantimedias. Y más allá, donde debería estar el cuerpo de la dueña de la exquisita pierna, Celia descubre que no hay nada.
La sorpresa apenas le da tiempo a reaccionar antes de que la pierna se dispare hacia su rostro con una fuerza impresionante.
El golpe lanza a Celia hacia atrás, haciéndola caer al suelo con un impacto que la deja desorientada.
Lizbeth, al escuchar el ruido, se pone de pie de un salto, dejando caer su espejo al suelo. Rápidamente mete la mano en su bolso de mano, buscando una pequeña pistola, pero las piernas de Nora reaccionan con una velocidad y precisión extraordinarias. Ejecutando una ágil pirueta, una patada se incrusta con fuerza en la axila de Lizbeth, haciéndola soltar el arma, que cae al suelo.
Lizbeth, sorprendida y furiosa, se recompone del ataque y se prepara para defenderse. Sin embargo, no puede evitar una segunda patada que impacta directamente entre sus ingles, doblándola de dolor. Una tercera patada, esta vez dirigida al mentón, la derriba por completo.
Las piernas de Nora giran elegantemente sobre sus tacones dorados, listas para enfrentar nuevamente a Celia, pero descubren que no es necesario. Horacio Tomasón, demostrando que está lejos de ser un anciano indefenso, ha tomado el control de la situación. Sostiene a Celia retorciendo sus brazos tras la espalda e inmovilizándola con tal firmeza que le arranca un grito ahogado de dolor.
"Es un placer volver a verlas, queridas, oportunas y poderosas como siempre." Dice el excomisario, sacando de un bolsillo de su saco, como si fuera un prestidigitador, un delgado cordón de perlón, que, a pesar de su fina apariencia, es increíblemente resistente. Con la eficiencia que solo se obtiene con la experiencia, demora unos segundos en atar las manos de Celia detrás de su espalda.
La transgénero queda tendida de espaldas, maniatada y aterrorizada al darse cuenta que está a merced de un anciano que no sólo las engañó haciéndoles creer que era su presa, sino que en cuanto tuvo oportunidad se convirtió en el depredador; y unas hermosas y extraordinarias piernas femeninas que, sin necesitar una mujer sobre ellas, son capaces de actuar con una ferocidad implacable.
Tomasón recoge el arma que tiró Lizbeth, y les arranca a ambas los radiocomunicadores ocultos en los peinados. Luego se dirige a las piernas de Nora, señalando a Celia: "Esta personita tiene dos respuestas que necesitamos saber. ¿Pueden encargarse de convencerla de hablar?"
Las piernas de Nora captan de inmediato el plan. Con un leve pero preciso puntapié, acomodan a Celia, luego se hincan de manera que la cabeza de la transgénero queda entre sus piernas flexionadas. Tomasón comprende las intenciones de las piernas de Nora y acude en su ayuda, toma de los cabellos a Celia y la obliga a levantar un poco la cabeza hasta que los poderosos muslos de las piernas de Nora pueden aprisionarla.
Celia trata de revolverse, pero una ligera presión mantiene su cabeza atrapada entre la suave y cálida carne de los muslos, cubiertos por el fino tejido de las pantimedias bronceadas.
Tomasón, con un tono calmado, explica a Celia: “Debes saber que mis queridas amigas poseen grandes cualidades, como una fuerza extraordinaria, pero también algunos leves defectos, como la impaciencia. Así que, querida, será mejor que cooperes y respondas dos simples preguntas: ¿dónde está el detonador, y dónde está el bloqueador de señal?"
Antes de cambiar de género, Celia era un hombre vigoroso y trata de extraer su fuerza masculina para sacudirse de sus captores, pero lo único que logra es que las piernas de Nora aumenten paulatinamente la fuerza de sus muslos contra los lados de su cabeza.
Celia se lastima el cuello cuando descubre que por muy fuerte que se sacuda, su cabeza esta brutalmente sujeta en una prensa infalible. La presión de los muslos de Nora, suave pero inexorable, comienza a hacer efecto.
Un intenso dolor recorre surge en los lados de la cabeza de Celia y se dispersa por todo el cuerpo, provocando convulsiones. Celia trata de gritar, pero se da cuenta que sus mandíbulas también están bajo la tremenda presión ejercida por los muslos de las piernas de Nora y un dolor punzante brota de ellas cuando trata de abrir la boca.
Los ojos de la transgénero se desorbitan y solo puede mandar una mirada de súplica a Horacio Tomasón, quien les pide a las piernas de Nora que aflojen un poco,
Celia gime, en cuanto puede mover la boca. “El detonador lo tiene Ilusión, está escondido en un tapón anal que tiene metido en su culo. El bloqueador de señales está en una oficina arriba, conectado a las antenas de wifi. Hay una escalera al final del pasillo”
"Excelente, ¿ves como no era tan difícil?” dice Tomasón con una sonrisa sardónica.
Las piernas de Nora se incorporan, dejando caer la cabeza de Celia que se hace ovillo para llorar de dolor y miedo.
Horacio Tomasón, siempre meticuloso y consciente de la importancia de no dejar cabos sueltos, toma decisiones y se sorprende de la facilidad con que ha normalizado hablar con las piernas de Nora como si fueran una mujer completa.
"Voy a inmovilizar y amordazar a estas dos para evitar sorpresas posteriores. ¿Podrían encargarse del bloqueador de señal?"
Durante un delicioso segundo Tomasón descubre que las piernas de Nora se han parado rectas y paralelas; juntando muslos, rodillas, pantorrillas y con los pies apuntando hacia el frente. Luego se levantan sobre las puntas de las sandalias para dar un elegante choque de tacones, como señal de asentimiento, antes de girar y salir presurosas.
Extasiado, el excomisario no puede evitar notar la mezcla de urgencia y gracia en su andar. Los pasos apresurados de las piernas de Nora conservan una sensualidad inigualable, marcada por el suave susurro del roce de las pantimedias en sus muslos.
Desde la barra donde se acomodó luego de inutilizar a Acacia, la parte superior de Nora observa el salón mientras el acto cumbre de la gala está por empezar.
La música cesa y un locutor, con voz solemne, invita a los asistentes a congregarse en torno a la plataforma central, justo bajo el candelabro monumental, en donde discretos empleados han dispuesto sillas en torno al escenario. La iluminación cambia drásticamente: los reflectores se concentran en el centro del salón, dejando los alrededores en penumbra. La anfitriona, una mujer madura con atuendo de gala, inicia un discurso que enaltece los ideales de cooperación internacional. Diplomáticos de diversos países se ubican entre aplausos en sillones sobre la plataforma dispuestos a tomar su turno para expresar intenciones y propósitos, consolidando la idea de armonía global.
Nora no pierde detalle de los movimientos en el salón. Su mirada se fija en la cabellera roja de Ilusión, quien comienza a deslizarse fuera del público, eludiendo y deshaciéndose de los galanes que le han rodeado toda la noche.
Por otra parte, Nora observa cómo los tres guardias de seguridad que se quedaron en el balcón, bajan furtivamente por la escalera de mármol, dirigiéndose a una puerta accesoria a la principal.
A medida que Ilusión se mueve entre los invitados, derrochando sonrisas y balanceando su cuerpo con provocación, Nora nota el cambio en sus movimientos. Poco antes de llegar al límite de la iluminación, donde la penumbra comienza, Ilusión suspende su fachada de sensual feminidad y se convierte en un hombre dispuesto a correr por su vida. Levantando su vestido con ambas manos, avanza con largas zancadas que delatan su urgencia y le hacen tambalearse sobre los altos tacones.
De repente, Ilusión se detiene en seco. Frente a ella, en la penumbra, están Horacio Tomasón, impecable y sereno, acompañado por una visión extraordinaria. Se trata de un par de largas y monumentales piernas femeninas, vestidas con pantimedias bronceadas que destacan en la penumbra, y calzadas son sandalias de tacón alto.
En la mente de Ilusión chocan pensamientos de angustia por haber perdido la comunicación con sus secuaces, la determinación de llevar a cabo el acto culminante de su plan y, sobre todo, la urgencia de escapar de la catástrofe que está a punto de desatar. Pero entre todo el caos y la confusión surge un pensamiento que en fracción de segundos se vuelve dominante: ¿dónde está el resto del cuerpo de esas piernas?, ¿acaso le pertenecen a la pelirroja que le desafió por dos ocasiones?
El momento de vacilación de Ilusión es todo lo que las piernas de Nora necesitan. Con una agilidad impresionante y una elegancia que parece coreografiada, las piernas saltan hacia Ilusión, envolviendo su cuello con la poderosa presa de sus muslos. Firmes pero sensuales, suaves pero implacables, los muslos de Nora aprisionan a Ilusión con una fuerza que corta cualquier intento de resistencia.
Ilusión jadea, su rostro pasan del desconcierto a la incredulidad, mientras la fuerza de las piernas de Nora comienza a dominarla. Tomasón, observando con calma, dice en voz baja pero firme: "Diría que el juego se acabó, querida. Y ahora, tenemos un encargo para ti."
Ilusión se desploma sobre manos y rodillas, sofocada por la presión implacable de los muslos de las piernas de Nora, que la mantienen inmovilizada. Al final, su cuerpo se desliza hasta el suelo, temblando violentamente mientras intenta recuperar el aliento, pero sin éxito debido al férreo control que las piernas ejercen sobre su cuello.
Horacio Tomasón, manteniendo su impecable porte, se acuclilla junto a Ilusión, evaluando la situación con la precisión de un veterano estratega. Con un tono sereno pero cargado de autoridad, comienza a hablar:
"Las gentiles damas que enviaste a intoxicarme están pasando un mal momento," dice, ajustándose el nudo de la corbata con elegancia. "Pero tuvieron la amabilidad de indicarnos dónde guardas el detonador. Así que, querida, te voy a pedir que me lo entregues. Puesto que de ninguna manera pienso tomarlo yo mismo."
Ilusión, atrapada y consciente de que no tiene escapatoria, intenta responder, pero los muslos de las piernas de Nora aprietan ligeramente en señal de advertencia, impidiéndole articular palabra. Su rostro refleja una mezcla de frustración y miedo.
Tomasón, inclinado hacia ella, continúa con un tono persuasivo pero incisivo: "Tú no eres una fanática. Eres solo un delincuente con ambiciones y algo de estilo. No tienes ni la convicción ni el fanatismo para sacrificarte. Así que deja el teatro y entrégame el detonador."
Ilusión, derrotada, suspira con dificultad. Manotea torpemente para levantarse el vestido, abre las piernas con un movimiento obsceno, mete una mano bajo la tanga, entre sus nalgas y saca de su culo un tapón anal de metal color mate.
Tomasón, siempre precavido, saca un pañuelo de su bolsillo y lo usa para tomar el objeto sin tocarlo directamente. De manera precisa y metódica, pero sin disimular un gesto de asco, lo coloca sobre el suelo, saca de un bolsillo una linterna en forma de lápiz y con el haz de luz, delgado pero potente, examina el objeto, descubriendo una división entre la bombilla del tapón y el vástago, que deduce corresponde a la rosca que debe abrir el compartimiento del detonador.
“Gracias querida, es un gusto tratar con personas dispuestas a colaborar” dice con sorna, mientras se incorpora, sin perder de vista a Ilusión, quien yace en el piso, con el fino vestido revuelto, despatarrada y jadeando con todo el glamour perdido,
Varios hombres con uniforme gris oscuro llegan al lugar donde Horacio Tomasón sostiene el detonador envuelto en un pañuelo, todos se comportan de manera discreta, enmascarándose en la penumbra para no perturbar innecesariamente el evento que se celebra a unos metros de distancia.
Un hombre de mediana edad con una postura marcial, se presenta con voz firme: "Teniente Grammont, de la policía metropolitana, a su servicio, comisario".
“Gracias por la rápida respuesta teniente, ella o el, tiene mucho que ver con todo esto” Grammont señala la lamentable estampa en que se ha convertido la otrora orgullosa transgénero, quien es levantada por dos agentes que la maniatan y llevan hacia la salida.
Tomasón siempre meticuloso, señala con calma: "En una oficina tras la columna hay otras dos como esta. Atadas y amordazadas. Sugiero que las retiren también."
En ese momento, una figura llamativa se aproxima con paso elegante. Nora Rosseau, reunificada con sus extraordinarias piernas, se acerca y añade con una voz suave pero firme: "Y hay otra más amarrada detrás de aquella barra. Creo que querrán recogerla también."
El teniente Grammont intercambia una mirada inquisitiva con Tomasón, esperando una explicación. Tomasón, sin perder un ápice de su aplomo, responde con una leve sonrisa:
"La doctora Nora Rosseau ha jugado un importante papel en este asunto, y le agradecería mucho que su nombre no aparezca en ningún informe oficial."
Grammont agradece mentalmente el entrenamiento recibido para desarrollar su visión periférica, que le permite admirar discretamente la impresionante figura envuelta en un lujoso y entallado vestido dorado, desde las hermosas piernas que asoman por la abertura de la falda, hasta el rostro deliciosamente maquillado que sonríe afablemente.
El criminalista muestra el detonador envuelto en su pañuelo y otro de los uniformados se adelanta, se identifica como miembro del grupo antibombas y lo recoge cuidadosamente con un contenedor especial mientras informa "Un equipo de expertos está subiendo discretamente al soporte del candelabro monumental para asegurar que el evento pueda terminar sin riesgos ni sobresaltos. Puede estar tranquilo, comisario Tomasón."
“Sorprendimos en el estacionamiento a un grupo de hombres con uniformes de guardias de seguridad tratando de escapar, los tenemos bajo resguardo mientras se hace la investigación, gracias por su intervención comisario y gracias también a usted doctora” añade Grammont que concluye con un saludo marcial y un último vistazo al cuerpo de la espectacular pelirroja, antes de retirarse, mientras, en el centro del salón, los asistentes a la gala aplauden y ovacionan a los diplomáticos, ajenos al peligro que se acaba de neutralizar.
Tomasón, siempre caballeroso, coloca una mano sobre la cintura de Nora mientras caminan lentamente hacia el resto de los invitados. Su tono es amable y reflexivo cuando dice:
"Querida amiga, de antemano pido disculpas si esto parece atrevido, pero es una costumbre inexorable que tengo cuando un colaborador ha cumplido cabalmente su deber."
Nora, algo desconcertada, guarda silencio, expectante ante lo que sigue. Entonces siente que la mano de Tomasón desciende desde su espalda hasta la parte alta de sus nalgas, justo donde se inicia la curva de sus adorables prominencias y aplica un leve y respetuoso palmeo.
"Ha sido un privilegio y un honor colaborar con ustedes," dice Tomasón con una sonrisa y un tono de admiración genuina.
Nora no puede evitar un leve sonrojo, más sorprendida por la naturalidad del gesto que por el gesto en sí. A través de su conexión telepática, escucha un murmullo divertido y complacido de sus piernas, ronroneando de satisfacción por el reconocimiento.
Sin decir nada, Nora devuelve la sonrisa a Tomasón, uniendo ese momento a la extraña pero efectiva colaboración que han compartido en esta noche extraordinaria. Los dos se adentran en el salón iluminado, donde la gala culmina exitosamente, como si nada hubiera ocurrido; conscientes de que juntos han evitado una catástrofe.
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