Sentada en su sillón favorito, Nora Rosseau disfrutaba de una tranquila noche en casa. Con una taza de café al alcance de la mano, veía las noticias en el televisor.
Los titulares del día pasaban con la monotonía habitual hasta que un segmento de última hora irrumpió en la programación, acompañado por la alarma de un incendio.
La imagen mostraba un edificio envuelto en columnas de humo negro que ascendían hacia el cielo nocturno, mientras la planta baja y los primeros pisos eran pasto de las llamas. Los ojos de Nora se dilataron al reconocer la ubicación: era un inmueble en una colonia cercana, sobre una avenida por la transitaba con cierta frecuencia.
En la pantalla, una reportera, joven, morena y de cabello negro; se encontraba rodeada por vecinos y curiosos, relatando con dramatismo la magnitud del siniestro. Los bomberos luchaban por controlar las llamas en los pisos bajos, pero a pesar de sus esfuerzos el fuego parecía ganar terreno. Para complicar la situación, en la planta baja había un negocio distribuidor de productos químicos que al entrar en contacto con el calor y las llamas, generaban una cantidad ingente de humo tóxico que en gran parte se colaba al interior del edificio por el cubo de las escaleras.
"¡Hay un bebé en el último piso!", el grito angustiado atrajo de inmediato a la reportera y su camarógrafo, que enfocó a una mujer de mediana edad cuyo rostro reflejaba una mezcla de pánico y culpa. "Es el hijo de mis vecinos, me lo encargaron por un momento mientras salían. Intenté ir por él, pero no pude... ¡Está solo y atrapado!"
El corazón de Nora dio un vuelco al escuchar esas palabras. En la pantalla, la joven reportera intentaba calmar a la mujer, pero tras ellas las imágenes eran desconsoladoras y parecía evidente que era poco probable que los bomberos pudieran llegar al último piso a tiempo.
Nora dejó su taza de café sobre la mesa lateral justo en el momento que sus piernas se pusieron de pie movidas por su propia voluntad. Nora se dio cuenta, una vez más, que cuando su cuerpo estaba completo, ella tenía el control de todas las extremidades, pero la mente de sus piernas podía tomar el control cuando quisieran y actuar de manera independiente.
"No vamos a esperar la noticia de que ese bebé murió" la voz telepática era idéntica a la voz orgánica de Nora, dulce y afable, pero siempre podía expresar determinación y energía cuando era necesario.
"Claro que sí, chicas", respondió la parte superior de Nora con firmeza, esperando el momento en que sus piernas desaparecieran y previendo hacia donde moverse para evitar caer al suelo.
Sin embargo, el siguiente mensaje telepático de las piernas de Nora, rompió un poco la seriedad del momento. "Pero no estamos listas, no podemos salir así".
Nora miró sus piernas. "Es cierto. No podemos salvar a nadie en pantaletas de algodón y pantaloncillo de dormir."
Nora corrió a su dormitorio donde se despojó de sus prendas, una vez desnuda de la cintura para abajo, abrió el cajón de su cómoda y seleccionó una delicada tanga de encaje blanco, una prenda que sabía se ajustaba a la perfección. La colocó sobre la piel suave y firme de sus caderas con movimientos ágiles y seguros.
Luego, sacó unas pantimedias color natural, translúcidas y sedosas al tacto. Las deslizó por sus piernas con precisión, como si fuera parte de un ritual, dejando que el tejido abrazara sus muslos y pantorrillas, resaltando sus formas esculpidas.
Después buscó un par de zapatos de tacón alto de un elegante color rojo, sus favoritos para momentos en los que necesitaba sentir confianza y determinación, y calzó sus pies con la gracia de alguien acostumbrada a caminar como una reina.
Finalmente tomó el gadget de videollamadas que le había regalado Giovana Alberoni. Era un pequeño dispositivo de alta tecnología que deslizó bajo el calzón de las pantimedias. Lo ajustó en el lugar adecuado, asegurándose de que sus piernas estuvieran listas para transmitir todo lo que sucediera.
"Perfectas, como siempre," dijo mientras daba un último vistazo en el espejo, "Ahora sí, estamos listas para salvar a ese bebé."
Las piernas de Nora solo podían teletransportarse a lugares que pudieran visualizar antes de "saltar" a ellos, por lo que dejaron atrás la tranquilidad del apartamento, para materializarse en la banqueta frente al edificio donde vivía. El siguiente salto de teletransporte las llevó hasta una esquina desde donde se podía vislumbrar el resplandor del incendio. El tercer "salto" las depositó justo frente al edificio siniestrado.
Un murmullo surgió entre los vecinos, curiosos y personal de rescate y emergencias que rodeaba la escena del desastre, cuando aparecieron frente a ellos las piernas de la flor de lis.
Durante los segundos que les tomó a las piernas de Nora examinar la situación en busca de la mejor manera de entrar al edificio, la majestuosa figura de unas impresionantes piernas calzadas con elegantes zapatos de tacón alto y semidesnudas bajo unas pantimedias transparentes que delineaban las delicadas flores de lis en sus pantorrillas, se convirtieron en el foco de la atención.
Las redes sociales habían popularizado aquellas piernas como un emblema de fuerza y sensualidad, y verlas aparecer, en medio de una tragedia, traía un hálito de confianza en sus increíbles capacidades.
Los murmullos se transformaron en un clamor de esperanza y expectativa cuando las piernas de Nora se inclinaron ligeramente, como si estuvieran calculando su próximo movimiento, antes de desaparecer con la determinación de sacar al bebé del infierno en que rápidamente se convertía el edificio.
En la sala de su departamento, la parte superior de Nora seguía el reportaje en vivo desde el lugar del incendio. La reportera entrevistaba a un oficial de bomberos, cuando fueron interrumpidos por un súbito vitoreo proveniente de la multitud que presenciaba el siniestro. Antes de que la reportera pudiera reaccionar, un grupo de jóvenes prácticamente tomó por asalto la transmisión.
“Las piernas de la flor de lis, yo las vi, son reales y están aquí” gritó uno, arrebatando el micrófono. “Son bellísimas, y solo son unas piernas, no tienen mujer encima” aulló otro alborozado. “Están super buenas, son las piernas más hermosas que he visto, y solo usan pantimedias y una tanguita” agregó un tercero, antes de que la reportera pudiera recuperar el micrófono para contener el entusiasmo del grupo.
Las piernas de Nora se materializaron en la azotea con la gracia y haciendo resonar sus tacones sobre el concreto gris, fueron hasta la entrada al cubo de escaleras. La puerta estaba cerrada, y aunque su primer impulso fue abrirla de una patada, se contuvo en el momento de recapacitar que podría avivar con oxígeno fresco el infierno que ardía en los pisos inferiores.
Desplegando su habilidad única, las piernas de Nora se teletransportaron al otro lado de la puerta cerrada. Ahora estaban dentro del cubo de las escaleras, donde el aire comenzaba a saturarse con el denso humo que ascendía desde los pisos inferiores. Desde el fondo del cubo, pisos abajo, llegaba el siniestro resplandor de las llamas, devorando todo a su paso.
Los bomberos habían cortado la electricidad y la oscuridad era casi completa, pero para las piernas de Nora, la luz no era necesaria. Sus sentidos avanzados les permitían percibir con claridad cada detalle del entorno.
El silencio era casi total y eso lo volvía angustioso, por el cubo de las escaleras llegaba el rumor de las llamas devorando los pisos inferiores, y apenas eran audibles los gritos de los bomberos luchando contra el fuego.
Los elegantes tacones rojos repiquetearon sobre las baldosas del suelo, cuando las piernas de Nora descendieron a toda prisa hasta el pasillo del último piso donde se detuvieron un momento para evaluar la situación.
A los lados del pasillo estaban las puertas de los departamentos, muchas de las cuales estaban cerradas y las pocas abiertas ofrecían vistas de interiores abandonados apresuradamente: muebles volcados, ropa esparcida y objetos olvidados, señales de la urgencia con la que habían huido los ocupantes.
Las piernas de Nora comenzaron una búsqueda meticulosa, explorando cada habitación en cada departamento. Con pasos ágiles pasaba de una a otra y franqueaba las puertas cerradas con su habilidad de teletransportación. El ambiente se volvía cada vez más opresivo, por el humo intenso y el calor que subía inexorablemente.
Desde su sillón, la parte superior de Nora seguía las imágenes transmitidas por la videocámara en el calzón de las pantimedias de sus piernas. Su canal telepático mantenía ambas partes de la mujer en constante comunicación.
Además, Nora estaba atenta a las noticias en la televisión, donde los reporteros narraban con dramatismo creciente la lucha de los bomberos contra las llamas y la espesa humareda tóxica. En otro canal entrevistaban a los padres del bebé que habían vuelto presurosos, rodeados por vecinos y curiosos. La madre, llorando desconsolada, se aferraba al brazo de su esposo, que intentaba mantener la calma, pero mostraba en sus ojos el mismo miedo desgarrador.
Sin embargo, en medio de la tragedia, la joven reportera que había iniciado las notas televisivas, mantenía un rayo de esperanza pues a su alrededor se habían congregado personas que afirmaban que las poderosas piernas de la flor de lis salvarían al pequeño. “He visto todos sus videos y fotos, ellas van a sacarlo” dijo una mujer de mediana edad. “Soy su fan, colecciono todo lo que sale en internet, y hasta me hice tatuajes como los de ellas” agregó una joven de rostro pecoso. “Yo las he visto en acción, son bellísimas, super elegantes y no tienen miedo de nada” gritó un muchacho asomando entre la gente.
En el caos del edificio siniestrado, las piernas de Nora continuaban su metódica búsqueda, aprovechando sus portentosas capacidades para sobreponerse a los obstáculos.
De repente, un débil sonido: una tos ligera, seguida de un llanto entrecortado. El agudo sentido del oído de las piernas de Nora captó la fuente del sonido al instante y se dirigieron a la habitación desde donde provenía, donde encontró un corralito de rejas de madera y piso alfombrado, donde el bebé podía jugar libremente con los juguetes que le acompañaban.
En este momento, el pequeño, incapaz de comprender a cabalidad la situación, pero asustado por haberse quedado solo, y lastimado por el humo que le atosigaba la nariz, garganta y pulmones; había buscado refugio en un rincón, donde lloraba con sollozos sofocados.
Las piernas de Nora saltaron las rejas de madera y se hincaron con las rodillas juntas frente al bebé. “Trata de llamarlo” le dijeron por su canal telepático a su parte superior.
Nora no acostumbraba tratar con niños pequeños y estaba tratando de encontrar las palabras más adecuadas, cuando el bebé, tomado la iniciativa y siguiendo algún instinto de protección, gateó hasta sus piernas y se encaramó sobre el ancho y confortable muslo derecho, abrazándolo sin dejar de llorar.
Las piernas de Nora cubrieron con su pierna izquierda al bebé que al sentirse en la seguridad que brindaba la firme carne forrada del suave tejido de las pantimedias, cambió el llanto por suaves gimoteos.
Un instante después, las piernas de Nora, con el bebé firmemente protegido, desaparecieron del cuarto, y resurgieron en la calle, frente al edificio, junto a los vehículos de emergencia.
La escena provocó una inmediata conmoción entre los presentes. Los gritos de alegría y sorpresa rompieron el silencio cargado de tensión. Los padres del bebé emergieron entre la multitud, sus rostros bañados en lágrimas, reflejando una mezcla de incredulidad y esperanza, y la madre arrancó a su bebé de los muslos de las piernas de Nora, abrazándolo con fuerza. El padre, junto con algunos vecinos y amigos, festejaban mientras los paramédicos se apresuraban a examinar al pequeño. El tumulto creció con los vítores y el llanto de los presentes, formando un caótico pero conmovedor escenario de celebración.
Pero entonces, algo inesperado sucedió. Las piernas de Nora proseguían hincadas en el suelo y en lugar de poner de pie, se desmadejaron, desplomándose inertes sobre el suelo.
Un paramédico fue el único en notar el extraño desplome y se apresuró en acudir junto a las piernas de Nora. Su experiencia en situaciones de emergencia le impelía a actuar rápido, aunque lo que tenía frente a él desafiaba cualquier lógica médica o humana.
Con cuidado reverencial, levantó las majestuosas piernas femeninas, cubiertas por finas pantimedias que resaltaban la gracia de sus formas, y las llevó hacia una ambulancia cercana. Allí, las acomodó en una camilla con delicadeza, perplejo ante la visión: unas piernas femeninas, de espectaculares formas, vestida con sensualidad y elegancia, sin el resto del cuerpo sobre las caderas, completamente desmadejadas.
Entonces, notó la cámara de videollamadas bajo el calzón de las pantimedias, en cuya pantalla un rostro afligido y desconcertado gritaba preguntando qué sucedía.
En su departamento, Nora estaba al borde del pánico. No podía comunicarse con sus piernas, por lo que una angustiosa sensación de impotencia la envolvía.
Durante largos minutos, la videocámara solo le había mostrado escenas caóticas hasta ver aparecer al paramédico, quién, al percibir la angustia y el miedo en el rostro de Nora, recuperó la sangre fría para poner en práctica su entrenamiento y experiencia.
Con voz obligadamente serena, el hombre dijo: “Creo que la respuesta es obvia, pero dime por favor si estás piernas son tuyas, y si de alguna manera estás conectada y puedes sentir lo que pasa con ellas".
La voz severa y serena tuvo efecto en Nora, que se obligó a responder controlando sus emociones:
"Si, son mis piernas, puedo sentir lo que pasa con ellas y nos comunicamos telepáticamente pero no me responden, y las siento entumecidas y muy pesadas" respondió Nora. El paramédico le quitó los elegantes zapatos de tacón alto y empezó a auscultarlas.
“¿Hay dolor?” preguntó mientras sus manos expertas oprimían la cara interna de las pantorrillas y los muslos.
“Siento que me oprimes, pero no llega a ser dolor” respondió Nora.
“Tus músculos están totalmente flácidos, casi no hay tono muscular” dijo el paramédico, oprimiendo las grandes nalgas de Nora.
Nora era una mujer alta y sus piernas eran largas y voluptuosas, con abundante carne. El paramédico las juzgó con ojo experto y calculó la dosis de un medicamento que preparó en una jeringa.
“Voy a inyectar un reactivante muscular, necesito romper tus pantimedias”
Nora asintió sin dudarlo y el paramédico aplicó la inyección en la parte alta del muslo derecho, luego contó mentalmente y al llegar a cinco, las piernas se incorporaron de un salto y se teletransportaron de improviso.
Las piernas de Nora aparecieron tendidas sobre la alfombra de la sala de la casa de Nora.
Usando ágilmente los brazos, la parte superior de Nora acudió a su lado y para acariciarlas suavemente: "Que susto me has dado, ¿cómo te sientes?"
Sin moverse, las piernas usaron su voz telepática: "¿Cuánto pesa un bebé que gatea?"
Nora respondió, confundida: "No lo sé, creo que unos 10 o 12 kilos".
Las piernas de Nora dicen: "Nunca te lo he contado, pero cuando me teletransporto es como estar en el vano de una puerta. Un mínimo movimiento y paso de un lado a otro en una milésima de segundo. Pero en esta ocasión que llevaba al bebé entre mis muslos, fue como atravesar un túnel muy largo, y me costó muchísimo llegar al otro extremo, el peso del niño me dejó agotada y muy lastimada"
La parte superior de Nora acarició sus piernas y con ternura le fue quitando las pantimedias, mientras agradecía que sus piernas habían vuelto, sanas y salvas, y les reiteró con caricias su amor y admiración.
Las piernas de Nora emitieron el suave ronroneo telepático que representaba satisfacción: “Debo apestar a humo, ¿si me fusiono contigo, me llevas a una buena ducha?”
Más tarde, Nora se volvió a poner el combinado de seda para dormir y se metió entre las sábanas. Siguiendo su costumbre, sus piernas se desconectaron del cuerpo y fueron a acomodarse a un lado, sobre la almohada.
Nora apagó la lámpara de la mesilla de noche y abrazó a sus piernas.
“Tuve miedo, mucho miedo” sonó la voz telepática de las piernas de Nora “mientras cruzaba ese túnel, que se me hizo infinito, tuve miedo por el bebé. Cuando se acomodó entre mis muslos dejó de llorar y supe que se sentía seguro y protegido, por eso tuve miedo de no poder sacarlo del túnel”.
“Pero lo hiciste, eres poderosa y valiente, lo hiciste y me siento orgullosa de ustedes” dijo Nora, acariciando sus piernas con dulzura. “Hay cosas de tus poderes que aún estamos conociendo” continuó “ahora sabemos que hay un límite en cuanto a lo que puedes teletransportar”
“Prométeme que me vas a cuidar” dijeron las piernas “nunca dejes que trate de mover cualquier cosa”
“Prometido “aseguró Nora “no quiero que vuelvas a darme un susto como el de ahora, estaba llorando cuando el paramédico te rescató”.
“Por cierto, él fue quien me manoseó y me dio un pinchazo, ¿verdad?” preguntaron las piernas.
“Si, y además dijo que estabas flácida”, respondió Nora riendo alegremente por el recuerdo.
“Y ni siquiera le di las gracias, en cuanto pude reaccionar, desaparecí”
“Tenemos la grabación de la video llamada, estoy segura que en algunas tomas aparece su gafete, vamos a investigar cómo se llama y le agradeceremos cumplidamente”
Las piernas de Nora se acurrucaron entre los amplios senos de Nora “Gracias, siempre encuentras la solución a todo”
Empezaba apenas a amanecer cuando Alonso Leonés terminó su turno nocturno como jefe de brigada de emergencias y se dirigió a la salida del Centro de Reacción a Urgencias. Al llegar a la recepción, el encargado lo detuvo con una sonrisa de complicidad.
"Tienes visita, Alonso. Una verdadera belleza con las piernas más espectaculares que puedas imaginar. Está en la sala de espera"
Alonso alzó una ceja, intrigado, pero cuando cruzó la puerta de la sala de espera, la descripción cobró vida.
Una mujer pelirroja le esperaba sentada en uno de los sillones y parecía iluminar el espacio con su presencia. Su cabello rojo fuego caía hasta sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos delicados realzados por un maquillaje sutil que acentuaba sus grandes ojos verdes.
Un abrigo corto de color beige dejaba al descubierto sus piernas largas y torneadas, cruzadas con delicadeza y cubiertas con pantimedias color tabaco que brillaban ligeramente bajo la luz de la sala. Los tacones altos de un color burdeos completaban una imagen sofisticada y poderosa.
Los ojos de Alonso se encontraron con los de ella, y, de inmediato la reconoció. Había visto ese rostro antes, en la pantalla de la videocámara instalada bajo el calzón de las pantimedias que vestían unas piernas extraordinarias que, tres noches atrás, salvaron la vida de un bebé en un incendio.
Nora Rosseau se levantó y caminó hacia él, con sus tacones resonando levemente en el suelo y acompañada con el susurro de sus pantimedias al rozar sus muslos con cada paso. Su sonrisa era cálida y genuina, un reflejo de gratitud y confianza. Extendió su mano hacia él, y Alonso no pudo evitar notar la elegancia en cada uno de sus movimientos
"Hola Alonso, encantada de conocerte, soy Nora Rosseau. Creo que ya conoces a una parte de mí bastante bien" añadió con una chispa de humor.
Alonso se encontró estrechando su mano antes de reaccionar del todo. Su mente volvió a la noche del rescate, al rostro angustiado que vio en la videocámara, a las piernas increíbles, semidesnudas bajo unas pantimedias y una sensual tanga, que atendió inertes sobre una camilla y que ahora estaban frente a él, conectadas a una mujer completa, tan impresionante como lo que había imaginado.
"Es un honor conocerte, Nora. Debo agradecerte lo que hicieron tú y… tus piernas… fue algo que nunca había visto y que salvó la vida de un pequeño"
"Yo también tengo mucho que agradecerte, mis piernas tienen la capacidad de teletransportarse, pero nunca habían tratado de hacerlo llevando un peso extra. Los 10 o 12 kilos del bebé fueron demasiado y les provocaron un shock. Si tú no hubieras actuado, no sabemos que pudo haber pasado. La forma en que cuidaste de mis piernas después del rescate fue extraordinaria. No pudimos haber pedido un mejor aliado"
Alonso asintió, aun procesando lo peculiar de la situación. "No sé qué decir, en realidad tengo preguntas que me gustaría hacerte".
Nora no respondió de inmediato, su expresión cambió repentinamente, sus cejas se fruncieron apenas, y un destello de desconcierto cruzó por sus ojos verdes. Alonso lo notó, pero antes de que pudiera decir algo, Nora se adelantó para aclarar cualquier posible malentendido.
"No te preocupes, todo está bien. Es solo que mis piernas tienen su propia personalidad" dijo con una sonrisa de complicidad. "Inclusive cuando estamos fusionadas en un solo cuerpo ellas piensan de manera independiente y ahora mismo me están diciendo que te reclame por haberlas estrujado y decir que estaban flácidas" añadió.
El rostro de Alonso se ruborizó y sacudió la cabeza, confuso y afligido. Trató de decir algo, pero le interrumpió la risa de Nora, alegre y melodiosa.
“Es una broma, mis piernas te agradecen todo lo que hiciste por ellas y además dicen que deberíamos invitarte a tomar un café"
La confesión provocó una sonrisa en el rostro de Alonso. No sabía si estaba más sorprendido por lo que acababa de escuchar o halagado por la inesperada invitación.
"Bueno, no puedo decir que haya recibido una invitación tan peculiar antes, pero me encantaría aceptar. Aunque creo que debo agradecerles también a tus piernas por la sugerencia" dijo, su voz teñida de humor y genuino interés.
En un anexo al Centro de Urgencias, había una cafetería que daba servicio las 24 horas, destinada al personal del Centro pero que los vecinos también frecuentaban por la bondad de su horario y la calidad de sus platillos.
Mientras salían juntos del Centro de Urgencias, Alonso no pudo evitar mirar de reojo las piernas que habían protagonizado tantas historias increíbles. En especial, le llamaron la atención los delicados tatuajes de flor de lis sobre las pantorrillas, velados por las pantimedias opacas.
La cafetería, con su ambiente cálido y tranquilo, ofrecía el escenario perfecto para una conversación. Las luces tenues se mezclaban con el resplandor del amanecer que se filtraba por la ventana, el aroma del café recién hecho impregnaba el aire, acompañado por el tenue murmullo de conversaciones que provenientes de algunas mesas ocupadas.
Nora sostuvo su taza con delicadeza, disfrutando del calor que emanaba. Alonso, frente a ella, la observaba con interés genuino, una bandeja con pan dulce se interponía entre ambos como un símbolo de la calma que envolvía el momento.
"Tengo que admitir que nunca había conocido a alguien como tú. Lo que haces, lo que eres… es fascinante. Pero no puedo evitar preguntarme, ¿cómo empezó todo?" dijo Alonso, con un tono de voz discreto y respetuoso.
Nora dejó la taza sobre la mesa, cruzando elegantemente las piernas bajo la mesa.
"Bueno, la historia no es precisamente sencilla. Soy doctora en física no clásica, me dedico a las áreas inexploradas de las ciencias físicas, como los campos cuánticos. Y como toda exploración los riesgos están presentes"
Hizo una pausa, ordenando sus pensamientos, antes de continuar.
"Durante un experimento crucial hubo un fallo en los sistemas y mi cuerpo quedó inmerso en un campo de energía, no recuerdo gran cosa de estos momentos, pues me desmayé y recuperé la conciencia en un hospital muchas horas después. Estuve varios días bajo observación médica hasta que me dieron de alta, sana y aparentemente sin ningún daño, solo para enterarme de que el proyecto había sido cancelado, las instalaciones desmanteladas y todo el personal despedido"
Nora tomó un sorbo de su café y mordisqueo un trozo de pan.
"Estuve algunos días triste y deprimida, hasta que accidentalmente descubrí que mi cuerpo podía dividirse en dos partes y que una de ellas, mis piernas, tenían la capacidad de teletransportarse, luego descubrí que cuando estaban separadas de mí, ellas adquirían una fuerza sobrehumana. Al principio yo podía dirigirlas a control remoto, pero un día ellas me sorprendieron demostrando una mente propia, independiente de la mía. Además, ellas poseen una capacidad para percibir el entorno superior a la vista y el oído humanos. En este momento, por ejemplo, ellas están muy atentas a todo lo que decimos "
Alonso no pudo evitar traer a su memoria la imagen de las piernas de Nora, largas, torneadas con curvas excitantes y rematadas por unas nalgas y caderas amplias y rotundas, y se las imaginó bajó la mesa, cubiertas con sus pantimedias, calzadas con elegantes zapatos y cruzadas con garbo.
“Lo que hacen tus piernas es extraordinario, en las redes sociales son una heroína y mucha gente las admira” dijo Alonso.
“No soy muy afecta a las redes sociales, pero si, he visto que tienen muchos seguidores. Pero la verdad es que soy solo una mujer en dos partes, con el don maravilloso de tener bajo mi cintura a mi mejor amiga, socia y aliada”
El silencio que siguió estuvo lleno de entendimiento. Alonso se reclinó en su silla, su expresión más relajada, aunque sus ojos reflejaban admiración.
“En las redes sociales les llaman “las piernas de la flor de lis”, por los tatuajes que tienes en tus pantorrillas, ¿hay alguna historia detrás?”
“¿Ya las has visto?” preguntó Nora, sonriendo con picardía tras su taza de café.
“Es difícil caminar detrás de ti y no admirar tus piernas” respondió Alonso, ruborizándose ligeramente.
Nora rio suavemente, luego su sonrisa se tornó melancólica al sumergirse en los recuerdos.
“Es en recuerdo y homenaje a mi bisabuela. Ella fue una mujer extraordinaria, durante la Segunda Guerra Mundial, combatió como miembro de la resistencia francesa. Era joven y valiente, y se unió a uno de los grupos de partisanos que luchaba en las sombras contra la ocupación nazi. El símbolo de su brigada era la flor de lis, acompañada de la divisa *Noblesse et valeur*: nobleza y valor.”
Hizo una pausa, tomando un sorbo de café para calmar la emoción que afloraba al hablar de su bisabuela. Alonso esperó en silencio respetuoso.
“Ella murió cuando yo tenía apenas 12 años, pero tuve la dicha de convivir con ella durante sus últimos años y las historias que me contaba de aquella época, quedaron grabadas en mi memoria. Siempre vivió modestamente y cuando falleció, solo dejó unas pocas riquezas materiales a su familia más cercana. Pero a mí, me heredó lo más valioso que tenía”
Nora se inclinó ligeramente hacia adelante, su tono de voz suavizándose al compartir la parte más íntima de su relato.
“Me legó su emblema, la flor de lis, y su divisa. Me pidió que siempre recordara la importancia de luchar por lo que es correcto, sin importar las circunstancias. Años después, cuando tuve la edad suficiente, decidí tatuarme dos flores de lis en mis pantorrillas, que son mucho más que un adorno; son el recordatorio constante de un legado que me inspira cada día”
Nora clavó sus ojos verdes en Alonso, brillando con determinación.
“Tal vez fue una coincidencia o el destino, que las flores de lis quedaran en la parte de mi cuerpo que mejor representa el poder y la determinación de ser digna de la memoria de mi bisabuela”
“Estoy seguro de tu bisabuela estaría orgullosa si supiera de las hazañas de las piernas de la flor de lis” dijo Alonso, sinceramente emocionado.
Nora sonrió, esta vez con un matiz más cálido, y tomó el último sorbo de café.
Alonso terminó su café, dejando la taza con cuidado. La luz del amanecer dibujaba un resplandor sobre Nora, resaltando el brillo de su cabello rojo y la profundidad de sus ojos verdes. Ambos habían compartido más que historias; una conexión silenciosa de respeto y admiración mutua se había formado.
“Una vez más, gracias por todo” dijo Nora con una sonrisa sincera mientras se ponía de pie. Sus piernas, elegantes y fuertes, se movieron con una gracia inconfundible.
“El honor es mío, no todos los días se conoce a alguien extraordinario” respondió Alonso, también levantándose.
Nora rio suavemente, inclinándose ligeramente hacia él.
“Mis piernas también te agradecen, dijeron que eras un gran tipo, y parece que no se equivocaron” comentó, divertida.
Una vez que salieron de la cafetería, Alonso estrechó cortésmente la mano de Nora. “Si alguna vez me necesitas, estoy a tus órdenes y sabes dónde encontrarme”
“Lo mismo digo” respondió Nora antes de girar elegantemente sobre sus tacones y alejarse, el sonido rítmico de sus pasos marcando el inicio de nuevas posibilidades.
Alonso, incapaz de resistir la atracción natural que emanaba de ella, durante contados segundos, siguió su andar con la mirada. Sus tacones resonaban suavemente contra la acera, un ritmo elegante y seguro que acompañaba el sutil balanceo de sus caderas. Cada paso resaltaba la gracia y fortaleza de sus piernas, envueltas en las pantimedias que parecían brillar con un halo de perfección bajo la luz matutina.
Alonso no pudo evitar admirarla en silencio, con un respeto profundo y una admiración genuina. Su mente repasó las palabras de Nora, su historia y la valentía que definía cada una de sus acciones. Pero en ese instante, más allá de su asombroso poder y las aventuras que compartía con sus magníficas piernas, Alonso simplemente la vio como alguien extraordinario, alguien que podía transformar lo ordinario en memorable.
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