Increíble Metro de Madrid!! por Gurb
Increíble Metro de Madrid!!. Hace algún tiempo que ya no vivo en Madrid. Sin embargo, recuerdo perfectamente el tiempo pasado bajo tierra, la cantidad de horas transcurridas entre estaciones, paseando por largos pasillos y deslizándome por interminables escaleras que nunca te llevan a donde realmente te gustaría llegar...
Artistas de la talla de Sabina o Ismael Serrano lo han elevado a la categoría de mito, convirtiéndolo en escenario de encuentros y desencuentros imposibles, donde cada parada se transforma en una etapa vital en el largo caminar hacia el mar.
El metro, cuando yo lo conocí, solía ser un lugar que invitaba a la lectura, a la reflexión, o simplemente a la observación de todos aquellos rostros que te acompañaban, con quienes compartías durante unos segundos, unos minutos tal vez, un mismo espacio, una dirección definida.
Cuando salí de Madrid estaban empezando a equipar las estaciones con unas pantallitas en las que se iban pasando las informaciones más relevantes del día. Es admirable la capacidad de adaptación que demuestra el ser humano ante las situaciones más peregrinas. Las pantallitas en cuestión despertaron cierta polémica, pero en general fueron acogidas con entusiasmo, y su presentación fue un pasito más en el avance de la sociedad de la información en la que nos movemos. La opinión pública quedó dividida entre quienes acogieron gozosos el verdadero progreso y los progres de medio pelo que veían en las pantallas una regresión de la cultura, una violación de uno de los últimos espacios naturales dentro de la ciudad.
No es mi intención juzgar la posible
utilidad (¿??) de estos aparatejos, y de hecho no se me había ocurrido pensar
en ellos hasta esta navidad. El día 30 de diciembre descubrí que, a las
pantallitas colgadas en los andenes, se les habían unido otras, enormes,
voraces, situadas en el hueco que separa los dos sentidos del metro. La
estación entera miraba embobada las macropantallas... El metro se había
convertido en una prolongación infame de los sofás hogareños, y sólo faltaba
ser testigo de una disputa familiar por el control del mando (no quiero
imaginar el tamaño que debe tener el mando de esas pedazo de pantallas). Sin
embargo, el espectáculo fue aún más penoso, y no pude evitar sentir cierta
tristeza cuando descubrí las carcajadas que despertaban en toda la familia los
ridículos espasmos de su niño de apenas cuatro años, Raulito ocasional,
danzando frenéticamente al compás del chiuaua de la Coca Cola...
Increíble Metro de Madrid.