El silencio de la deuda
por Orlando Oramas León
 
     Pareciera una conspiración de la elite económica mundial, la beneficiaria de la globalización neoliberal.
     De la deuda externa del Tercer Mundo muy poco se habla. Mucho menos se avizoran soluciones, máxime cuando se alejan los días de la Cumbre de Monterrey donde el asunto volvió a quedar pospuesto. Sin embargo, el velo de silencio se rasga estrepitosamente con las situaciones de crisis que se asoman cual alaridos en América Latina, con una Argentina incapaz de cumplir sus compromisos, Brasil que recibió con toda premura 41 000 millones de dólares del FMI, Uruguay también con su cura crediticia de urgencia, y el propio Paraguay, cuyo gobierno no puede pagar a los empleados públicos y pide su préstamo. Otras misiones del FMI dan vueltas por el continente.
     En el caso argentino está abocada una renegociación de su débito externo, o incluso la eventual declaración unilateral de moratoria. Argentina, y el resto de los casos mencionados, aumentarán sus deudas con los acreedores internacionales.
     Ya en la década del ochenta, cuando la crisis de la deuda externa latinoamericana, el Perú de Alan García estableció límites para el pago, y el gigante Brasil, casi en silencio, suspendió temporalmente sus obligaciones.
     La negociación generalizada de la deuda a fines de los ochenta y comienzos de los noventa condujo a acuerdos que permitieron cierto desahogo y situaron el asunto en un segundo plano. Pero la retoma de los pagos creó otros débitos, incluso de nuevo tipo, que evidencian a la deuda cual mecanismo para el cambio de forma de funcionamiento del capitalismo.
     En la mesa de negociaciones, el Fondo Monetario y el Banco Mundial impusieron a Latinoamérica las recetas neoliberales. Los condicionamientos para nuevos préstamos (para pagar la deuda y su servicio) fueron la antesala de los programas de ajuste, la apertura de los mercados, la privatización, el recorte del gasto social y el debilitamiento del papel del Estado.
     Mientras más paga, más debe
     Si en los ochenta CEPAL refería en sus estudios una disminución relativa de la pobreza en el continente, de un 35%, ya en los noventa la tendencia se revertió y se elevó al 40% de la población. América Latina debe hoy poco más de 725.000 millones de dólares, cerca del doble de lo que adeudaba en la última década. Entre 1990 y 2000 la deuda registró un alza anual promedio del 5%. Pero ello no resultó lo más preocupante. El pago de los intereses aumentó en el 14%. En el período señalado, las economías latinoamericanas desembolsaron un millón de millones de dólares solo por el servicio.
     Con la entrada del nuevo siglo se apuntala la idea de que el asunto es todo un círculo vicioso bien trazado para entrampar a los países del Tercer Mundo, cual facilitadores de la acumulación necesaria del gran capital para reproducir el sistema.
     Las reglas entre el Norte y el Sur
     La deuda externa es una espada de Damocles que marca con su filo el sentido actual de las relaciones entre el Norte rico y el Sur condenado al subdesarrollo. La idea del nuevo orden económico fue trastocada junto al orden de prioridades impuesto por el fardo de la deuda.
     Si antes se hablaba de desarrollo para el Tercer Mundo, ahora apenas se prometen y posponen plazos para disminuir el número de pobres. Para curar la deuda se prescribe la iniciativa conocida como HIP, que supone el alivio para un grupo de países pobres altamente endeudados.
     Esta especie de aspirina que consume la agenda y esconde el meollo, solo comprende el 8% del total de adeudos del Tercer Mundo. Nicaragua, cuya deuda representa el 700% de sus exportaciones, no ha podido culminar el proceso, por citar apenas un ejemplo.
     El propio tratamiento al débito dibuja la relación entre los dos polos y el tono del diálogo entre ambos mundos. Las renegociaciones latinoamericanas sobre la deuda resultan un ejemplo extremo. Los acreedores se presentan en bloque y exigen la discusión individual con cada uno de los deudores. La divisa de divide y vencerás funciona de un lado. El Club de París o el de Londres, se presentan en un frente que reúne a bancos e instituciones financieras con los dados cargados.
     La nueva deuda
     Sólo de 1989 a 2000 la deuda latinoamericana creció en 565 000 millones de dólares. Los intereses pagados superaron los 800.000 millones. Buena parte del nuevo débito fue concertado con el sector privado, que ahora vende sus empresas al capital extranjero.
     Lo interesante del caso es que las políticas de privatización dictadas a los gobiernos de la región están vinculados a préstamos, que se suman a la deuda.
     Lo pagado es mucho mayor que lo recibido y a un costo de endeudamiento muy elevado. La nueva carga, que se añade a la anterior, resquebraja y desestructura el funcionamiento económico y social de las naciones latinoamericanas.
     Una nueva crisis de la deuda externa pudiera estar incubándose desde el Cono Sur, donde la crisis argentina lanza una señal de aviso.
     En la carpeta negociadora del FMI no hay planes para dar una verdadera solución al capítulo argentino, sino de encausarlo en el camino de un nuevo relacionamiento con el sistema financiero, a fin de que pueda seguir asumiendo sus obligaciones.
     Así, la deuda externa continuará siendo un instrumento fundamental para articular las nuevas formas de dependencia de América Latina al gran capital. El círculo vicioso dará nuevas vueltas y extenderá aún más la brecha que separa a ricos y pobres, a las economías desarrolladas de las que aspiran al desarrollo. Para ello, se hace necesario el silencio.
     2002
 
 
 
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