El litigio con Chile
por Germán Sopeña
de su libro La Patagonia blanca
 
     "Las nacientes del río Santa Cruz son un problema aún no resuelto completamente y creo que a nadie con más derecho que a los argentinos, dueños de ellas, corresponde descifrarlo."
     Francisco P. Moreno
     ¿Cómo se ve el tan debatido litigio fronterizo con Chile por los hielos continentales cuando uno se encuentra precisamente sobre los glaciares en cuestión? Pues bien, llegados a este punto, conviene explicar con claridad cuál es la sensación personal profunda que yo mismo experimenté cada vez que pude llegar a esa extraordinaria región del planeta.
     La defino como sigue, sobre las notas manuscritas tomadas por mí en los largos días de espera, bloqueados en una carpa sobre los hielos:
     En mi sentimiento íntimo considero con tristeza que, a esta altura de los tiempos, todavía haya mentalidades tan mezquinas que quieran poner en discusión límites humanos sobre una región de prodigiosa belleza natural, derivada de procesos de millones de años, y donde lo que correspondería es dar gracias a la naturaleza -o a Dios, o a quien se prefiera como arquitecto superior -y aprovecharlo visualmente sin absurdas reglamentaciones de fronteras ni señores uniformados preocupados por no dejar pasar a nadie.
     Esta actitud limitativa -por algo se habla de límites -marca mejor que nada lo pequeño de las actitudes humanas frente a la grandeza natural.
     Pero, lamentablemente, siempre hay que admitir que una cosa es la pretensión idealista individual, y otra muy distinta la realidad de la historia y la geografía entre los países. Y puesto que el mundo es como es, mientras debemos tratar que cambie para mejor, corresponde también defender lo que uno cree que legítimamente pertenece al país que reconoce como propio, con la prudencia, solidez y racionalidad que debemos exigirnos todos para resolver los litigios pacíficamente y de acuerdo con el derecho internacional que dos países hermanos deben respetar más que nadie.
     Creo que ése fue el camino elegido por el admirable perito Francisco P. Moreno, cuyo amor a la patria se complementaba con el respeto y la amistad mutua con Chile -donde dejó grandes amigos y donde, por añadidura, murió su esposa, en un largo viaje de buena relación bilateral -y se fundaba, ante todo, en la seguridad que le daba explorar, conocer y determinar con precisión lo que quedaba a un lado u otro de la cordillera.
     Moreno, un naturalista, un científico y un patriota a la vez, era de los que sabían apreciar la naturaleza muy por encima de papeles formales y pretensiones territoriales. Pero, conocedor también de los apetitos humanos, supo mejor que nadie que la mejor defensa del territorio nacional era saber más que todos y demostrarlo con su acción personal en los lugares físicos, en los documentos de la época y en cualquier mesa de negociación internacional a la que hubiera que recurrir.
     Cuando en 1913 Moreno debe acompañar al ex presidente norteamericano Theodore Roosevelt en su visita a Bariloche, la erudición de sus comentarios y el relato casi increíble de sus viajes de avanzada por la Patagonia llevan al ex presidente norteamericano a dirigirle una emocionada carta de agradecimiento pocos días después. Le dice Roosevelt en esa carta: "Mi estimado doctor: No solamente siento profundo respeto y admiración por su persona, sino que usted me ha inspirado un hondo sentimiento de afecto personal. Usted ha realizado una obra que sólo un escasísimo número de hombres de cada generación es capaz de llevar a cabo".
     Un homenaje que ningún gobierno argentino le hizo en vida, ya que Moreno murió pobre y olvidado, luego de haber donado al país los miles de hectáreas que había recibido como pago de sus trabajos en la definición de los límites, y que devolvió a la propiedad pública para que allí se creara el actual parque nacional Nahuel Huapi.
     Las desventuras de Moreno con el Estado fueron casi una constante en su vida, salvo por las circunstanciales intervenciones personales de figuras mayores como Mitre, Avellaneda o Roca.
     En 1875, tras descubrir nada menos que el lago Nahuel Huapi y el nacimiento del río Limay, Moreno cae preso del poderoso cacique Shaihueque, del cual escapa increíblemente en una apoteótica bajada por los ríos Collón Curá y Limay. Moreno vuelve por fin a Buenos Aires con las extraordinarias novedades de sus descubrimientos, pero se encuentra con la indiferencia absoluta de una burocracia que lo había dejado cesante porque no había dado debida cuenta de sus movimientos durante el tiempo en que estuvo preso de los indios.
     Tres años después de ese choque absurdo contra el Estado, Moreno se decide a hacer lo que sigue siendo, hasta hoy, un último recurso de los ciudadanos de buenas intenciones: envía una carta al ex presidente Mitre, con datos y mapas del descubrimiento del Nahuel Huapi para que difunda, al menos, esos conocimientos en las páginas de La Nación, el diario recientemente fundado por Mitre. La publicación de ese texto y la indignación de Mitre produjeron la reacción salvadora del presidente Nicolás Avellaneda, que procede de inmediato a rehabilitar al gran naturalista y explorador y lo envía, en su segunda gran misión, al extremo austral de la Patagonia, a descubrir y bautizar nuevos lagos, ríos y montañas. Luego será apoyado por Roca, que lo nombra perito en 1897 para defender ante el laudo arbitral británico los límites argentinos que nadie conocía mejor que él.
     Años más tarde, ya en pleno siglo XX, poco antes de morir con la tristeza de observar que la Argentina no hacía lo que debía por la Patagonia, Moreno intenta una última intervención personal solicitando una entrevista con el entonces presidente :Hipólito Yrigoyen. Quiere explicarle lo que falta hacer para mejorar la vinculación y el desarrollo de esa inmensa región del país. Llegó hasta la Casa Rosada, se sentó en la antesala que le indicaron, y se cansó de esperar a un jefe de Estado que seguramente estaría ocupado en cuestiones urgentísimas y no se dignó atender a un tal señor Moreno, que no traía más recomendación que sus conocimientos y algunas extrañas propuestas sobre una zona desértica y muy alejada de las luces de la política de Buenos Aires.
     El perito saludó cortésmente al ordenanza, le explicó que no podía aguardar más por otro compromiso pendiente y se volvió con la dignidad de siempre a su casa. Murió poco tiempo después, en 1919, dejando un relato conmovedor: "¡Cuánto quisiera hacer, cuánto hay que hacer por la patria! Pero, ¿cómo?¿cómo? Tengo 66 años y ni un centavo. ¡Cúánto valen los centavos en estos casos!"
     Pese a que su tarea ciclópea le había asegurado al país la mitad de su territorio, Moreno, como los verdaderamente grandes, moría con la sensación de que aún le faltaba mucho por hacer.
     Tan sólo como mínimo homenaje a esa tarea gigantesca, creo que cualquier ciudadano argentino está obligado a tomarse en serio la cuestión de los hielos, o sea las nacientes del Santa Cruz de las que hablaba Moreno con una definición tan actual hoy como en 1879. Aunque más no sea por una razón de simple lógica regional: nada es más importante que los recursos hídricos en una inmensa región donde el principal problema es la falta de agua.
     Y también creo lo siguiente: si hay una manera de acortar la larga distancia entre lo real y lo ideal, ese tránsito sólo se dará mediante un estudio serio, constante, discutido, y acordado mediante la palabra de quienes más saben sobre el tema. Tal como en la ciencia, también la política es susceptible de ser un instrumento de superación de conflictos y acercamiento a la verdad definitiva en una cuestión donde, a priori, pueden existir criterios divergentes. Pero a condición -igual que en la ciencia -de que la política se exprese mediante posiciones debidamente apoyadas en el máximo conocimiento posible del problema.
     En verdad, para ser también honestos con el lado positivo de la política y las actitudes de buena fe de quienes tienen a su cargo las principales responsabilidades del Estado, hay que reconocer los buenos propósitos del discutido acuerdo de 1991 que estableció la resistida línea poligonal, del mismo modo que hay que reconocer que a lo largo de más de un siglo, sucesivos gobiernos argentinos y chilenos lograron avanzar paso a paso en la difícil resolución de conflictos limítrofes sin haber llegado nunca al absurdo máximo de la guerra, pese a que una vez se estuvo muy cerca.
     Pero también hay que decir que si un acuerdo entre partes puede tener un fundamento principal incuestionable, una mala solución elegida es el mejor camino para generar interminables debates y lograr, finalmente, lo contrario del objetivo inicial. O sea: no conseguir que el acuerdo previsto se transforme efectivamente en realidad.
     Tal es lo sucedido con el acuerdo Menem-Aylwin de 1991, indiscutidamente bien orientado como principio general -terminar con el último litigio pendiente para cerrar un largo período de discusiones bilaterales -, pero lamentablemente improductivo por haber inventado una mala solución, la de una línea poligonal que no respeta ni la lógica geográfica, ni los principios tradicionales acordados entre ambos países -la divisoria continental según las cumbres que determinan hacia donde se orientan las aguas -, ni los amplios conocimientos acreditados por muchas expediciones científicas argentinas al lugar, ni los antecedentes jurídicos establecidos en los tratados de 1881, 1893 y el laudo arbitral británico de 1902.
     Un extraño invento producido en el mayor secreto sólo por funcionarios de ambas cancillerías produjo no sólo un rechazo unánime de todos los expertos consultados posteriormente sino que se transformó en un litigio de mayor repercusión pública que el que se procuraba resolver en 1991, cuando muy poca gente en la Argentina y en Chile tenía noción real de lo que era esa región austral sólo conocida hasta entonces por montañistas, geógrafos y expertos nacionales o extranjeros en cuestiones glaciológicas.
     El mayor problema es que aunque mucha gente, la opinión pública en sentido vasto, no conociera el problema, no eran pocos, en cambio, los montañistas, geógrafos y expertos que sí conocían a la perfección la zona y cuyas opiniones fueron totalmente ignoradas en la Argentina en el momento de imaginar la insólita solución de la línea poligonal cuyos responsables principales fueron el entonces vicecanciller argentino, Juan Carlos Olima, y el director de política de fronteras de Chile, embajador Javier Illanes.
     Lo grave del asunto, para la posición argentina, es que si bien los expertos habían sido ignorados en la Argentina, ése no parece haber sido el caso de Chile, donde el muy respetable y profesional embajador Illanes tenía un conocimiento muy acabado de la región -que la Cancillería argentina juzgó superficialmente como `inaccesible´ -y había hecho, bien discretamente, las consultas del caso entre las personas que sabían de la cuestión en Chile.
     Es más. Tras haber hablado personalmente tanto con el señor Olima como con el señor Illanes, con los presidentes y cancilleres de la Argentina y Chile, con parlamentarios de todos los partidos de los dos países y con expertos geógrafos de ambas partes, tengo la impresión final de que la célebre poligonal fue, en definitiva, una idea que responde más a la iniciativa de Chile que a la de la Argentina.
     En su propio despacho oficial en Santiago de Chile, el embajador Illanes no sólo me mostró más mapas y antecedentes de los que pude ver en la cancillería argentina, incluido el mapa del laudo del rey de Inglaterra de 1902, cuyo original se conserva en Londres y cuyas dos copias se encuentran una en cada país; también me confió que la idea original de dibujar una línea poligonal era una salida que él había imaginado a partir de dos antecedentes comparables: la demarcación de una línea de frontera entre Estados Unidos y Canadá en la larga lengua inferior de Alaska, siguiendo una línea cordillerana y de división de aguas, y la separación entre una parte de Noruega y Suecia, también a lo largo del cordón montañoso que separa a ambos países escandinavos con gran similitud con la geografía argentino-chilena.
     Obviamente, no tiene nada de malo buscar soluciones al problema mediante un ejercicio de imaginación. Sí lo tiene, en cambio, aceptarlo sin debate ni profundización, que parece haber sido el caso de los responsables argentinos que no advirtieron a tiempo que la `novedosa´ línea poligonal cortaba por la mitad todos los glaciares que caen incuestionablemente al este de la divisoria de aguas y que ningún experto de buena fe podría defender como materia de discusión si se apoyaba en los principios tradicionales de definición de la frontera entre la Argentina y Chile.
     ¿Qué fundamenta el reclamo de Chile sobre la porción de los hielos continentales que, según se sabe desde las primeras expediciones científicas argentinas de 1914 y 1916, está francamente orientado hacia el Atlántico?
     A decir verdad, ningún argumento geográfico parece mínimanente favorable a la pretensión de Chile. Algunos observadores políticos suelen argumentar que las fronteras no dependen estrictamente de la geografía sino de otras razones de origen político y jurídico a la vez. Pero lo endeble de esta argumentación es que se olvida que en este caso en particular, más que en ningún otro litigio de fronteras con Chile, el principal elemento de juicio, establecido de común acuerdo por los países y reiterado en el laudo arbitral de 1902 consiste en privilegiar, justamente, la definición de la frontera según la línea divisoria de aguas tal corno lo indican las más altas cumbres que separan las cuencas que van hacia el Atlántico o hacia el Pacífico.
     Así había quedado estrictamente establecido tras el laudo arbitral de 1902, cuando se escribió, palabra por palabra, que desde el cerro Fitz Roy (definido sí corno un punto límite pese a que no es una cumbre que divide aguas) hasta el cerro Stokes, la frontera debe pasar por las más altas cumbres que dividen aguas.
     Lo más curioso del litigio de los hielos es que durante muchos años no hubo reclamo chileno alguno, y que los mapas de ambos países, si bien no todo lo precisos que hubiera sido deseable por falta de una observación aérea más detallada, coincidían en la traza que marcaba la divisoria exactamente por donde siempre se la conoció desde las primeras expediciones argentinas y que sigue siendo la conformación geográfica natural de la cordillera en ese lugar.
     Para describirlo someramente, esa línea une al cerro Fitz Roy con el cordón Mariano Moreno, ubicado unos 25 kilómetros al oeste, atravesando el altiplano de hielo en lo que sería el único lugar de difícil demarcación de la divisoria de aguas, luego baja por las cumbres de ese cordón que origina los enormes glaciares Viedma y Upsala, y por los cerros que dan nacimiento a los glaciares que se vuelcan sobre el lago Argentino, el glaciar Perito Moreno entre ellos, en una de las definiciones geográficas más claras que puedan imaginarse, tanto para la vista aérea corno para las recorridas a pie que comenzaron a principios de este siglo.
     En efecto, ya en 1914 los exploradores argentino-alemanes Federico Reichert y Cristóbal Hicken concretaron el primer gran ingreso en los hielos, subiendo por el lado sur del glaciar Perito Moreno para alcanzar, luego de varias días de marcha, la línea divisoria de aguas en un paso montañoso apto para dirigirse hacia el Pacífico que desde entonces conserva, con todo derecho, el nombre de Paso Reichert.
     Estimulado por el descubrimiento del hielo continental, Federico Reichert, naturalista como Moreno, nacido en Alemania pero nacionalizado argentino, decide encabezar una gran expedición de la Sociedad Científica Alemana de Buenos Aires en el verano de 1915-1916. Lo acompañarán el geólago Lutz Witte, el químico Alfredo Kölliker, el geógrafo Franz Kuhn y el fotógrafo Hans Jorgensen.
     Pero el viaje tropieza con inesperadas y serias vicisitudes a poco de partir la misión rumbo al Sur. Los expedicionarios -sin Reichert, que estaba todavía en Buenos Aires -se habían embarcado en la nave Presidente Mitre, que hacía el cabotaje por los puertos del Atlántico desde Buenos Aires hasta el Sur. Nadie había reparado en que si bien el barco se llamaba `Mitre´ y navegaba por la Argentina, en realidad era administrado por la empresa alemana Líneas Hamburg-Amerika. Eran tiempos de la Primera Guerra Mundial, con acciones navales en todas partes, y ni bien el barco estuvo en aguas internacionales fue interceptado por el crucero de guerra inglés Orama, que detuvo a la tripulación y a los pasajeros sospechosos de ser alemanes, como era el caso de la expedición organizada por Reichert.
     Ni bien se conoció la noticia en Buenos Aires, Reichert recurrió a la única persona que podría ayudarlo en tal circunstancia: el perito Francisco Moreno. Era, sin duda, la persona más indicada de la Argentina para compartir la desazón de Reichert por una expedición a la Patagonia que parecía fracasar antes de empezar.
     Como Moreno tenía excelentes relaciones personales con muchos dirigentes británicos por sus largos años de conversaciones antes y después del laudo arbitral de 1902, se puso en campaña de inmediato contactando al representante inglés en Buenos Aires, Sir Reginald Tower. Le explicó que la misión dirigida por Reichert tenía un carácter exclusivamente científico y que, además, había tenido el espaldarazo oficial del presidente de la República Argentina, Victorino de la Plaza. Tower aceptó inmediatamente el alegato de Moreno -probablemente más por quien lo hacía que por lo que decía -y apenas medio día más tarde, toda la expedición a los hielos estaba en libertad, con sus valiosos equipos de alta montaña perfectamente intactos.
     Reichert tuvo la precaución de reembarcar a todos en un buque cien por ciento argentino -llamado precisamente Argentino -y la primera etapa, por mar, se cumplió exitosamente dejando a todo el equipo en el puerto de Santa Cruz el 15 de diciembre de 1915.
     Ya despreocupado de los avatares internacionales, Reichert decide aproximarse al hielo continental ingresando esta vez por el glaciar Túnel, al oeste del lago Viedma, para cruzar el primer filo montañoso por lo que hoy se conoce como el Paso del Viento.
     Desde allí, al observar delante de sus ojos la inmensa altiplanicie blanca -primera comprobación efectiva de que los hielos continentales configuran una gran masa de hielo central del cual se descuelgan distintas lenguas glaciarias -, Reichert se dirige hacia el noroeste hasta alcanzar en pleno centro de los hielos la zona aparentemente plana pero que es, en realidad una divisoria de aguas, a la que denomina Paso de los Cuatro Glaciares, porque observa que desde ese punto arrancan cuatro inmensos glaciares que van unos al sudeste, para originar el Viedma y otros hacia el noreste, rumbo al lago O'Higgins (la parte chilena del lago San Martín) o el oeste, francamente rumbo al Pacífico.
     En realidad, esa zona, situada al norte de la frontera argentina de siempre, es la que verdaderamente debía demarcarse como límite natural si se procuraba una definición geográfica ideal para la divisoria continental entre algún punto al norte del macizo del Fitz Roy y el cordón Mariano Moreno. Sin embargo, dado que desde 1902 quedó establecido que el Fitz Roy era considerado punto límite -un aspecto que la Argentina respetó hidalgamente porque el perito Moreno había creído, erróneamente, que era la cumbre más alta de la región y que dividía aguas -, no sería técnicamente posible demarcar al mismo tiempo la frontera con un hito en la cumbre del Fitz Roy y luego volver hacia el noroeste del Fitz Roy cortando la misma línea de frontera trazada previamente.
     Es por esa simple razón que la única zona de demarcación a definir de común acuerdo, sin posibilidad de buscar la divisoria de aguas real, debería ser el tramo que va desde el Fitz Roy al hito 49º12' en la cumbre del cordón Moreno, que corta en realidad una parte de la naciente del glaciar Viedma que ya está incuestionablemente orientada hacia el sudeste, es decir rumbo al Atlántico, según lo comprobó la expedición de Reichert en aquel verano de 1916.
     En 1933, Reichert vuelve a encabezar otra extraordinaria expedición científica, esta vez por cuenta de la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos, junto a Ilse von Rentzell, la primera mujer que se aventurará en el interior de los hielos continentales, Juan Neumayer y Arturo Donat. Arrancando esta vez desde las márgenes del lago San Martín, e ingresando por territorio chileno, Reichert sé dirige hacia el oeste y luego hacia el sudoeste, rodeando las laderas de una gran montaña desconocida que era el misterioso volcán Lautaro -éste sí un auténtico volcán cubierto de nieve -, cuya actividad interior se hacía notar por las fumarola s y emanaciones sulfurosas que los exploradores registran en su marcha de muchos días por el centro del gran corredor de hielo que marcha de Norte a Sur, totalmente desconocido hasta entonces.
     Pocos años antes, en 1928 y 1931, el padre Alberto de Agostini ya había iniciado sus profundas investigaciones por los hielos en compañía del gran geólogo Egidio Feruglio. El salesiano montañista, siempre inclinado a ver las cosas desde el punto más alto posible, escala en 1928 el cerro Mayo para tratar de ver donde doblan las aguas rumbo al Pacífico. Lo conseguirá tres años más tarde, al remontar el Upsala y escalar el monte Torino -bautizado obviamente por Agostini, como tantos otros picos de la región - para divisar desde allí las aguas del Pacífico en la profunda entrada del fiordo Falcón. También Agostini toma allí debida nota de los cerros y cordones que dividen las pendientes glaciarias que se orientan hacia el Atlántico o el Pacífico.
     Y más tarde vendrán las 23 misiones del Instituto del Hielo Continental Patagónico lideradas por Emiliano Huerta y Mario Bertone; la larguísima travesía norte-sur desde el fiordo Calen, en Chile, hasta la estancia Cristina protagonizada por el gran montañista inglés Eric Shipton en 1960; las expediciones del Instituto Antártico Argentino con el ingeniero esloveno-argentino Pedro Skvarca y su hermano, e incontables expediciones deportivas y científicas argentinas, italianas, suecas -como la que dio nombre al glaciar Upsala en 1908, dirigida por el científico Karl Skottsberg, de la universidad de Upsala -, francesas, británicas, japonesas, además del detallado estudio chileno encargado al gran glaciólogo francés Louis Lliboutry (Nieves y glaciares de Chile) quien también acompañó a la expedición francesa de Lionel Terray cuando alcanzó por primera vez la cumbre del Fitz Roy en 1952 y que confeccionó los primeros mapas integrales de la región de hielos continentales de Chile y de la Argentina, determinando ubicaciones y orientaciones de las cuencas.
     Una larga lista de ilustres expediciones y no menos brillantes científicos y exploradores sirvió así para determinar prácticamente sin dudas la topografía, las alturas y las pendientes de esa vasta zona de hielos que en 1991 fue insólitamente definida por autoridades argentinas ante el Congreso como zonas desconocidas y de casi imposible acceso.
     Pese a que nadie cuestionaba la lógica geográfica en esa región de hielos encerrados por montañas -y no montañas totalmente cubiertas por hielos, como se llegó a decir, en el colmo de la ignorancia sobre el lugar -, el comienzo de las dudas fronterizas se originó en una extraña medida adoptada en Chile a partir de 1957, cuando a instancias del senador Marín Balmaceda -un legislador propenso a medidas drásticas y palabras aún más incendiarias, como las que lanza el 26 de junio de ese año, "exigiendo, a la brevedad, una ocupación militar de la zona" -, el gobierno de Santiago ordenó retirar los mapas existentes sobre esa región para producir luego unos nuevos en los cuales la línea de frontera pasaría mucho más al Este, bajando en forma casi recta desde el Fitz Roy hasta el cerro Campana y desde allí hasta el Stokes, cortando prácticamente todos los glaciares de pendiente hacia el Atlántico y reubicándolos del lado occidental de la frontera, además de incorporar como propio el Lago del Desierto que motivó luego el arbitraje favorable a la Argentina de 1994.
     ¿Cuál era el fundamento de esa nueva definición? Un solo argumento básico, expuesto con muy dudosa buena fe: la existencia de mapas manuscritos del propio perito Moreno, en sus documentos aportados al laudo de 1902, donde se observa una imprecisa línea más o menos recta que baja desde el Fitz Roy hasta el cerro Stokes, sin precisar ningún otro punto de referencia por falta de datos fidedignos.
     ¿Por qué podemos hablar de mala fe? Por dos razones básicas:
     1) Porque en la presentación de esos planos a mano alzada que eran sólo un croquis para servir de guía y no un mapa cartográfico, el Perito Moreno hacía expresa aclaración de que esa zona no había sido explorada, por imposibilidad física hasta entonces, ni por él ni por su par, el perito chileno Diego Barros Arana. Así consta en los mapas oficiales del laudo británico de 1902, donde la región de los hielos aparece mencionada como zona inexplorada.
     2) Porque si se decidiera adoptar esos mapas de referencia como un antecedente incuestionable, entonces habría que respetar la traza completa definida allí por Moreno, que continuaba también en forma más o menos recta hacia el norte del Fitz Roy, dejando enteramente del lado argentino a todo el lago San Martín/O'Higgins, hoy binacional, y continuaba del mismo modo, por las más altas cumbres, definiendo cómo enteramente argentinos a los lagos también binacionales Pueyrredón/Cochrane y Buenos Aires/General Carreras y haciendo pasar la línea fronteriza, ya en el norte de la provincia de Santa Cruz, por el cerro San Valentín (hoy enteramente del lado de Chile) que mide 4.035 metros y no por el cerro San Lorenzo, actual punto límite, que tiene 3.770 metros, en medio de los cuales se extiende la zona de hielos hoy íntegramente chilena denominada Campos de Hielo Norte. Una región glaciaria que también podría haber sido materia de división fronteriza entre ambos países si a la Argentina se le hubiera ocurrido reclamarla siguiendo al pie de la letra ese mapa tentativo del perito Moreno.
     En la base del reclamo chileno, si bien se hace hincapié en el mapa de Moreno del Fitz Roy al Stokes, nada se dice sobre la continuidad de la misma traza hacia el Norte, que tampoco carecía de sentido si la Argentina hubiera querido contestar al reclamo chileno con un contrareclamo a tono con la integralidad del famoso mapa de Moreno. Pero, además, el dato aún más sorprendente es que nunca hubo tampoco un reclamo oficial de Chile sobre los hielos, sino sólo protestas oficiosas sobre lo que se consideraba una zona no del todo conocida por falta de cartografía adecuada.
     Todo esto junto es lo que hace al conjunto del problema de los hielos una cuestión doblemente artificiosa, sólo consagrada como verdadero litigio por el acuerdo Menem-Aylwin de 1991, que le dio certificado oficial de existencia.
     Lamentablemente, los problemas limítrofes pueden ser absurdos, irreales y fáciles de ser resueltos si sólo opinaran voces técnicas autorizadas, pero se transforman en prolongados litigios sin solución a lo largo de años porque se convierten en símbolos de sonoras afirmaciones nacionales, voluntad de mostrar firmeza en las mesas de negociaciones y extrema dificultad para presentar cualquier acuerdo posible ante los Parlamentos y las opiniones públicas porque nunca faltarán las voces altisonantes que acusan a negociadores o diplomáticos de `traición a la patria´, `entrega del territorio nacional´ y otras estocadas por el estilo.
     Nada más lejos de mi posición personal que hacer uso de esos argumentos bajos y del repugnante abuso de los verdaderos símbolos de patriotismo o de una genuina defensa del interés nacional.
     No creo, personalmente, que ni el señor Carlos Menem, presidente, ni el señor Guido Di Tella, canciller, hayan querido regalar un kilómetro cuadrado de territorio argentino. Pienso, dándoles el beneficio de la sana intención de querer resolver el último litigio entre ambos países, que han obrado de buena fe e inspirados en un alto objetivo de integración regional con el país hermano.
     Pero también, pienso, inevitablemente, que lo que pudo hacerse mejor no se hizo como correspondía. y que al ignorar los datos esenciales de la geografía -por aparente desconocimiento o superficialidad en el tratamiento de un tema de fondo -justamente donde la geografía estaba definida como la razón política superior según los tratados de 1881 y 1893, sólo consiguieron elevar el tono de la discusión y tener hoy la cuestión menos resuelta que antes de 1991, cuando se estuvo muy cerca de definir la línea con la simple tarea técnica de las respectivas comisiones de límites de cada país.
     La cuestión es más difícil ahora porque Chile argumenta, no sin relativa razón en ese aspecto, que la Argentina no respeta una palabra dada. Ese argumento sólo es válido relativamente, porque el acuerdo de presidentes debe ser obligatoriamente ratificado por los Parlamentos de cada país y si no se alcanza esa instancia, no hay acuerdo que valga. No basta, por lo tanto que los presidentes hayan dado una palabra en la materia. No obstante, una palabra presidencial tiene, sin duda, un peso específico muy sustancial.
     Si continúa pasando el tiempo y el acuerdo languidece esperando la ratificación, los respectivos gobiernos podrían pasar a otra instancia prevista por el Tratado de Paz y Amistad de 1984, firmado por los entonces presidentes Raúl Alfonsín y Augusto Pinochet, según el cual si cualquier controversia de límites no puede ser resuelta de común acuerdo, ambos países deben someterse a un arbitraje.
     Pero la alternativa del arbitraje no atrae a ninguno de los dos países. Es una instancia larga, compleja y costosa políticamente para los dos gobiernos mientras se desarrolla la tarea de los árbitros, y doblemente costosa, obviamente, para el gobierno al que le toque perder ante el fallo inapelable del tribunal elegido.
     Esa ingrata experiencia, sufrida por el gobierno chileno en 1994 al perder el arbitraje en el litigio por Laguna del Desierto es la que hace hoy, para cualquier gobierno de Santiago, casi imposible aceptar un nuevo arbitraje.
     A su vez, para la Argentina, que tiene en su favor casi todos los argumentos geográficos, técnicos, históricos y jurídicos, se le plantea un único interrogante de difícil respuesta: ¿qué sucede si el árbitro internacional elegido, al utilizar los antecedentes del caso, se basa, justamente, en el antecedente del propio acuerdo Menem-Aylwin de 1991? Muchos juristas sostienen que un árbitro debe efectuar una tarea técnica impecable y no buscar un fallo salomónico que divida las cosas por la mitad. Pero... nadie puede asegurar qué es lo que un árbitro haría en realidad. Y una vez que ese árbitro diera a conocer su fallo, cualquiera fuese, tampoco habría posibilidad de discutirlo.
     Una última definición, de mi parte: tanto si se apelara a un arbitraje, como si se diera el caso de que los Parlamentos decidieran, inesperadamente, ratificar el acuerdo Menem-Aylwin y su absurda poligonal, soy de los que creen que en ese caso, nos guste o no lo resuelto, lo que corresponde es acatar la ley y dar por cerrada para siempre la cuestión aunque nos duela profundamente.
     Pero hasta que eso suceda, tal como en las épocas del Perito Moreno, creo que lo más serio y valioso para resolver sabiamente el diferendo es aportar toda la información posible sobre la zona, las pendientes y el movimiento de los glaciares para que más y más ciudadanos y dirigentes de ambos países sepan exactamente de qué se habla.
     Cuando más gente sabe, menos son las posibilidades de que se apruebe cualquier cosa. La mejor prueba para esta teoría la tenemos en el mismo momento en que se escriben estas líneas, cuando se habla de abandonar definitivamente la desafortunada poligonal y se estudian nuevas alternativas que parecen tomar más en cuenta la realidad geográfica y no caer en el grosero absurdo de cortar por el medio el glaciar Perito Moreno o trazar la frontera por una meseta de hielo cuando la pared de cumbres cercana aparece perfectamente visible ante la mirada de cualquier observador que se instale en el lugar a la espera de un día libre de nubes.
     Si los negociadores de ambas partes llegan a una nueva posibilidad de acuerdo, basándose en estudios técnicos sobre el lugar, y guiándose por el tradicional principio de respeto a la línea de cumbres que dividen las aguas, se podrá decir entonces que con un poco de esfuerzo y buena voluntad se podía encontrar una solución más cercana a la verdad que la que en un momento se quería imponer como si fuera imposible encontrar algo mejor.
     Quizá ese debate entre técnicos lleve un buen tiempo más. Pero nada parece exigir un apuro especial en las zonas de los hielos. Hace 10 millones de años que la cordillera tomó sus formas. Hace 11.000 años, desde la última gran época de hielo, que los glaciares siguen derivando hacia el Este o el Oeste según pendientes claramente perceptibles para quien recorra el lugar a pie.
     En términos geológicos, una solución definitiva bien puede tardar, por lo tanto, algunas fracciones de segundo más.
 
 
 
 
 
 
 
 
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