Cómo vivir hoy y aquí, y no perder la salud en el intento
por Ignacio Escribano
 
     Salud. Cinco letras solamente, que encierran desde el don de caminar, ver, hablar, pensar, comer o respirar sin dificultades hasta la posibilidad de tener una vivienda con agua potable, red cloacal y condiciones mínimas de higiene; desde el acceso a los alimentos básicos, a un empleo decente y a la libertad de expresión hasta la facultad de manejar las emociones; desde una vida espiritual bien cultivada hasta un sistema sanitario capaz de suplir las demandas de una población heterogénea.
     ¿Qué duda cabe? ¡La salud es nuestra mayor riqueza! Pero cuántas veces la hipotecamos, y hasta llegamos a perderla en la maratón cotidiana: nos identificamos con nuestro trabajo o con la falta de él; creemos ser lo que tenemos y, sin importar cuánto hemos alcanzado, somos capaces de dejar hasta la vesícula y los riñones por poseer apenas un poco más.
     ¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿Olvidamos que la salud, acaso por tratarse de una manifestación dinámica, es precisamente el único bien que no puede acumularse?
     Claro que sin trabajo no hay salud. Y mucho menos sin comida, vivienda o educación.
     Por eso, por más tomógrafos que se compren, por más vacunas que se apliquen, por más hospitales que se construyan, las sociedades sin una buena distribución de ingresos y de oportunidades jamás gozarán de buena salud; la solidaridad es su bálsamo por excelencia.
     Sabemos que el amor cura y que el estrés mata. Pero, curiosamente, apenas si tenemos noción de cómo apaciguar la actividad incesante de nuestra mente. Y aunque la pregunta pueda sonar demasiado new age, o aparentemente carecer de rigor científico, ¿cuándo tomaremos conciencia del poder curativo del amor y de las relaciones afectivas, junto con la transformación espiritual que a menudo traen aparejados?
     Sabemos, también, que una dieta de bajo tenor graso puede agregarle un puñado de años a nuestra biografía limitada; pero eso no resulta una gran motivación para quienes se ahogan en la más desoladora de las tristezas.
     Se vive repitiendo que las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte en el mundo. Incluso en la Argentina. Y a la gente la torturan con las lipoproteínas, con la presión arterial, con los niveles de azúcar en sangre... Hay hasta quienes comentan sus últimas mediciones de colesterol como si se tratase de electrodomésticos. Y es cierto, la salud depende en gran parte de que esos valores se encuentren dentro de los parámetros normales. Sin embargo, no habría por qué poner tanto énfasis en esas cuestiones.
     Porque una de las plagas más devastadoras no es la afección cardíaca física, sino la profunda sensación de aislamiento, vacío y soledad que se produce tras el desgaste de los lazos sociales que brindaban sentido de conexión y comunidad. Así, la pérdida de la sensación de pertenencia con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás es uno de los puntos de partida de la desconfianza, la corrupción y la violencia que vivimos actualmente. Solitarios, abandonados y excluidos, jamás estaremos sanos.
     Por otra parte, tampoco podemos olvidarnos de la vital importancia de la educación, que disminuye tanto la mortalidad infantil como los accidentes de tránsito y previene una enorme cantidad de enfermedades infecciosas, como el sida, la tuberculosis, el cólera o el mal de Chagas; porque enseñando a alimentarse con los pocos recursos que se tienen y alentando la incorporación de hábitos saludables, se agregan no sólo cantidad y calidad de vida.
     Puesto en palabras del filósofo francés Michel Foucalt: "La medicina no es una ciencia pura, sino que forma parte de un sistema económico y de poder; por eso es necesario determinar los vínculos entre la medicina, la economía, el poder y la sociedad para ver en qué medida se puede rectificar o aplicar el modelo". "Alegría, moderación y descanso dan un tortazo contra las narices del médico", aseguraba, por su parte, Henry W. Longfellow. Y no está de más recordar que las manifestaciones artísticas en cualquiera de sus formas revitalizan el alma, las neuronas y los huesos, y que hasta se ha estudiado que el simple hecho de ejecutar un instrumento aumenta la longevidad.
 
 
 
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