La globalización del descontento
por Wade Davis
para LA NACION
 
     Cuando, después del 11 de septiembre, el presidente George W. Bush preguntó: "¿Por qué nos odian?", no fue una frase retórica. En verdad, los norteamericanos querían, y quieren, saberlo porque su inocencia estaba hecha añicos.
     El presidente lo atribuyó a la grandeza misma de Estados Unidos, como si, de algún modo, las instituciones de gobierno liberales hubiesen provocado un furor homicida en fanáticos incapaces de aceptar la idea de libertad. Otros afirmaron que, por el contrario, el problema radicaba en la tendencia de Estados Unidos a apoyar, sobre todo en Medio Oriente, regímenes represivos cuyos valores eran la antítesis de sus propios ideales democráticos. Ambas posiciones tenían su parte de razón, pero ni una ni otra reparaba en el problema más profundo, en parte porque seguían examinando el mundo a través de la mirada norteamericana.
     Por supuesto, Estados Unidos siempre ha sido una nación introspectiva. Habiendo nacido en el aislamiento, no se puede esperar que le preocupe la elección de un presidente que ha viajado muy poco al exterior, o de un Congreso con el 25 por ciento de sus miembros sin pasaporte. La riqueza también puede cegar. Estados Unidos tiene menos del 5 por ciento de la población mundial, pero genera el 21 por ciento de la producción económica mundial.
     Semejante país no capta fácilmente la realidad de un mundo en que 1300 millones de personas sobreviven a duras penas con menos de un dólar diario. Un país conectado a Internet pronto olvida que la mayoría de la población mundial nunca recibió una llamada telefónica y menos aún envió un mensaje electrónico. A una cultura que ensalza lo individual en detrimento de la familia y la comunidad le cuesta comprender que esta última todavía prevalece en la mayor parte del mundo porque el destino del individuo sigue ligado inextricablemente al del grupo.
     El pueblo norteamericano se resistió a comprometerse con el mundo incluso cuando su país llegó a dominar el escenario geopolítico, como lo viene haciendo desde 1945. Tanta miopía cultural cayó súbitamente en la obsolescencia el 11 de septiembre. En los días subsiguientes a la tragedia, muchos me pidieron una explicación antropológica.
     Condené los ataques en los términos más enérgicos, pero exhorté al público a considerar las fuerzas que habían dado origen al movimiento de Osama ben Laden. Habría sido tranquilizador ver en Al-Qaeda un fenómeno aislado, pero yo temía que fuera una manifestación de un conflicto más amplio y profundo entre ricos y pobres.
     También alenté a mís amigos norteamericanos a examinar su propia cultura con la lente antropológica, aunque sólo fuese para vislumbrar cómo los ven, quizá, los naturales de otros países. Cuando el resto del mundo mira hacia Occidente, y en particular hacia Estados Unidos, ve muchas cosas maravillosas. Pero también ve una cultura que venera el matrimonio pero deja que la mitad de sus uniones terminen en divorcio, que admira a sus ancianos pero permite que convivan con sus nietos tan sólo en el 6 por ciento de las familias, que ama a sus niños pero adopta una consigna, "24/7", que implica dedicarse por entero al trabajo a expensas de la familia.
     La magia tecnológica es equilibrada por un modelo de producción y consumo que compromete los recursos del planeta indispensables para la supervivencia. Cabría calificar de extrema una cultura que poco hace por reducir los procesos industriales que amenazan con transformar la bioquímica atmosférica. Aun siendo brillante y alentador en tantos aspectos, el estilo de vida norteamericano no es el parangón del potencial humano universal.
     En particular para gran parte del Medio Oriente, Occidente es sinónimo no sólo de valores cuestionables y un diluvio de productos comerciales: también lo es de fracaso. Nasser basó su noción de un Estado panarábigo en un modelo de desarrollo socialista absolutamente occidental y laico, un sueño que colapsó en medio de la corrupción y el despotismo. El sha de Irán provocó la revolución islámica al implantar por la fuerza no el Corán sino la modernidad tal como él la veía.
     El modelo occidental de desarrollo ha fracasado en Medio Oriente y en otras regiones por haber partido de una premisa falsa: que quienes cumplan sus preceptos alcanzarán, con el tiempo, la prosperidad material de que goza un puñado de naciones occidentales. Aun cuando esto fuese posible, no es para nada claro que sea deseable.
     Futuro incierto
     En vista de las actuales proyecciones demográficas, elevar el consumo mundial de energía y materiales a niveles occidentales demandaría, para 2100, los recursos de cuatro planetas Tierra. Hacerlo con el único que tenemos implicaría arriesgar la biósfera a punto tal que la Tierra sería irreconocible. No es una posibilidad inminente, dados los valores que impulsan la mayoría de las decisiones en la comunidad internacional. En realidad, para la inmensa mayoría de los pueblos el desarrollo ha sido un proceso en que el individuo fue arrancado de su pasado y lanzado hacia un futuro incierto sólo para asegurarse un lugar en el peldaño más bajo de una escalera económica que no lleva a ninguna parte.
     La antropología indica que la opresión de los pueblos y sus culturas genera a veces ideologías extremas inspiradas en creencias extrañas e imprevistas. Por singulares que hayan sido las circunstancias que forjaron sus impulsos abominables, Al-Qaeda recuerda a estos movimientos revitalizadores. Debemos esforzarnos por comprender sus raíces, por cuanto entre los pueblos alienados y descontentos del mundo entero encontramos las mismas condiciones caóticas de desintegración y privación de los derechos civiles que dieron origen a Al-Qaeda.
     Vivimos en una época de desintegración. A comienzos del siglo XX, había 60 Estados nacionales. Hoy son 190, en su mayoría pobres y sumamente inestables. La verdadera historia está en las ciudades. En el mundo entero, las promesas inconstantes y desesperanzadas de la urbanización han arrastrado a la miseria a millones de personas. El Estado nación -escribió Daniel Bell, sociólogo de Harvard- se ha vuelto demasiado pequeño para abordar los grandes problemas mundiales y demasiado grande para encarar los pequeños problemas del mundo. Fuera de las principales naciones industriales, más que integración y armonía la globalización ha traído una conflagración de cambios que arrasó con idiomas y culturas, antiguas destrezas y sabidurías visionarias. Este es el oculto telón de fondo de nuestra época.
     Pocos días después del 11 de septiembre, durante una conferencia en Los Angeles, me pidieron que nombrara el acontecimiento que marcó el siglo XX. Sin vacilar, respondí: "El asesinato del archiduque Fernando, en 1914". Me preguntaron entonces por el 11 de septiembre y se me ocurrió que, muy posiblemente, dentro de cien años esa fecha ominosa aparecerá como el momento que definió este nuevo siglo, el día en que dos mundos, largamente apartados por la geografía y las circunstancias, convergieron en un conflicto violento. Si hay algo que aprender del 11 de septiembre, es que el poder no se traduce en seguridad.
     Los pobres, que afrontan constantemente las consecuencias de la degradación ambiental, la corrupción política, el exceso de población, las distorsiones crasas en la distribución de la riqueza y el consumo de recursos, y que comparten escasamente los beneficios de la modernidad, no callarán más.
     Por cierto, el siglo XXI sólo tendrá paz y seguridad cuando hallemos el modo de abordar los problemas subyacentes de disparidad, desarraigo y desposeimiento que han provocado la locura de nuestra época. Necesitamos desesperadamente un reconocimiento global del hecho de que ningún pueblo, ninguna nación pueden prosperar de veras a menos que los logros de nuestro ingenio y oportunidades colectivos estén al alcance y disposición de todos.
     Debemos aspirar a crear un nuevo espiritu pluralista internacional, una verdadera democracia global en que las culturas singulares, ya sean grandes o pequeñas, tengan derecho a existir, aunque vivamos y aprendamos juntos enriquecidos por nuestras figuraciones más sagaces y profundas. Necesitamos una declaración global de interdependencia. Después del 11 de septiembre, esto no es una retórica vana o ingenua: más bien, es una cuestión de supervivencia.
     El autor es antropólogo, botánico y explorador residente de National Geographic.
     (Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
     julio de 2002
 
 
 
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