El Estado no interpreta la demanda cultural
por Américo Castilla
para LA NACION
 
     Al restaurarse la democracia, en la década del 80, la gente deseaba manifestarse públicamente y los recitales fueron una excusa para volver a encontrarse, a reír y celebrar en libertad. En ese punto la demanda fue bien interpretada por el Estado y el éxito consiguiente condujo a los posteriores administradores a aplicar la fórmula indiscriminadamente. A los recitales de rock, ya en competencia con los empresarios comerciales, siguieron los de danza para los veraneantes que iban a las cataratas del Iguazú o los de jazz para el turismo invernal de Bariloche. ¿Era ésa la demanda de la gente? Los cacerolazos podrían indicar que lo que quería manifestarse públicamente tenía, hace rato, otras connotaciones.
     En el área cultural hay un equívoco particular entre demanda y oferta. A muchas personas las tiene sin cuidado si las autoridades responsables ganan o pierden notoriedad con actividades de efecto periodístico; no creen que una alta concurrencia a un museo sea un criterio de calidad de la exposición que allí se exhibe, y en cambio reaccionan con entusiasmo cuando las muestras cumplen con requisitos museológicos modernos; tienen claro que los cursos de danza flamenca ofrecidos en una biblioteca no les facilitan el acceso al libro que buscan, y que predominen los libros de autoayuda en las góndolas de las librerías no mejora sus opciones literarias.
     Al ciudadano le importan el cine y la televisión realizados por artistas que arriesguen estéticamente y abran a discusión los temas propios de esta sociedad; querría ver resguardados el patrimonio y la documentación histórica del país, y que sus hijos tuvieran acceso a una educación musical y artística que no consistiera en memorizar la fecha de nacimiento de Verdi o la graduación cromática, sin más. Es tan escasa la divulgación de la actividad musical sinfónica o del teatro y la danza que producen las jóvenes generaciones, que resulta difícil para la gente entender por qué los artistas reciben tantos elogios fuera del país mientras que aquí todavía esperan recibir un apoyo prometido, e incumplido, por el Estado.
     La actividad cultural requiere condiciones de infraestructura básicas, estudio, intercambio con otros colegas, acceso a la información, equipamiento y años de elaboración. También requiere un público en condiciones de acceder y simbolizar la producción que resulte. ¿Qué papel se requiere del Estado en este proceso? Algunos modelos externos ayudaron a entender que una actividad puede ser pública, por su alcance y objetivos, sin ser necesariamente estatal. En estos términos, la actividad cultural constituye un conjunto de hechos de interés público que admite una participación diferenciada del Estado.
     Estructuras anquilosadas
     Algunas instituciones requieren un fuerte financiamiento del Estado. Como ejemplos, la Biblioteca Nacional (que no es un conjunto de libros, como pareciera que interpreta el Estado, sino un sistema de información y de acceso ágil a esa información); el Archivo General de la Nación (que no es un depósito de documentos y fotos sino un centro de conservación y de acceso a la información), y un programa de conservación sistemática del patrimonio, que no existe, en contradicción con la tendencia mundial. Los museos, los teatros y las orquestas admiten grados híbridos de participación público-privada de distinto orden, como también las industrias culturales y la creación individual, pero no admiten la prescindencia del Estado.
     La estructura anquilosada de la Secretaría de Cultura de la Nación (a pesar de la capacidad y del esfuerzo de algunos funcionarios) difícilmente pueda darle respuesta a esa demanda, ni elaborar un incentivo inteligente para que los particulares tomen a su cargo el financiamiento que ella no puede asumir. El reciente veto presidencial a una mala ley de mecenazgo demuestra tanto la pobreza de la labor parlamentaria como la incapacidad del Poder Ejecutivo para liderar una iniciativa de importancia. La gente no demanda del Estado que la entretenga con el impuesto que recibe de su bolsillo. A nadie se le ocurre interpretar que el Ministerio de Economía o el de Salud deban entretenernos. Tampoco la Secretaría de Cultura puede librarse de la demanda por ese atajo. Esperamos de ella una profunda reestructuración funcional.
     Pasado el aturdimiento de los acontecimientos políticos recientes, y mientras aguardamos los siguientes, es posible reflexionar seriamente sobre estas cuestiones. Los recursos son siempre escasos, y esto no es un impedimento para ignorar la demanda sino un presupuesto de todo fenómeno económico. Lo importante es dirigir los esfuerzos y disponer la capacidad técnica adecuadamente, a fin de aproximar la distancia entre la necesidad y la viabilidad de la actividad cultural.
     El autor es especialista en gestión cultural.
     2002
 
 
 
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