| Todos somos inmortales. El cuerpo dura poco más de setenta años; la cabeza y el corazón, setecientos o siete mil, o más. El ser humano piensa y siente "largo". Vivir corto, pensar y sentir largo, esta contradicción es nuestro combustible. Al calor de estos opuestos se cocinan las posibilidades de alcanzar algún tipo de grandeza. |
| El hombre puede ser grande porque tiene mirada larga. De vez en cuando, las desgracias (por ejemplo, la muerte de un ser querido) achican esa mirada. Entonces nos sentimos sabios. Entonces pensamos en cambiar nuestra vida, en vivir como lo que realmente somos: mortales. Por suerte, a poco andar se recupera la cordura (o la locura, según se quiera verlo). Instalarse en el corto plazo es devastador, antinatural. |
| Los países se asemejan a las personas. Más aún, los países tienen el deber de pensarse y sentirse inmortales. La mirada larga es una condición, no una elección. |
| Mirada larga |
| La Argentina está enferma de miopía. Día tras día, chapoteamos en ese sopor pegajoso que dejan las desgracias. Esa sensación de mortalidad insoportable. |
| Es ingenuo pedir que los dirigentes oigan las cacerolas. Su obligación es interpretarlas. Oír, oye cualquiera. Interpretar es el desafío. Un estadista no se define por lo que oye, se define por lo que hace con aquello que escucha. Pensar lo contrario es medirlo por el tamaño de sus orejas. |
| Cuando se estudie este tiempo, la historia no juzgará a nuestros políticos por corruptos e ineficaces. Tampoco creo que les reclame demasiado el corralito (por doloroso que sea). Menos aún, su responsabilidad por no achicar el Estado. Su culpa será la persistente reticencia (o incapacidad) a obsequiarnos con una mirada larga. Su empeño por encerrarnos en el velorio más grande de la historia. |
| Oír, oye cualquiera. La gente pide. Que los metan presos, que los saquen de la cárcel, que se vayan todos, que vengan nuevos, que cambien los dirigentes, que achiquen el Estado, que el Estado ayude, que no se pague la deuda, que el Fondo Monetario Internacional nos preste, que abran el corralito, que cierren los bancos. La gente pide y sus pedidos parecen esquirlas de una explosión que no termina nunca. Los pedidos son importantes, pero su increíble fragmentación es el dato. La sociedad anda necesitando un coagulante. |
| El poder devastador de la mirada corta es fuerte. La herida que deja en la sociedad, profunda. Con viejos o nuevos dirigentes (si existen estos últimos), cualquier gobierno deberá devolvernos la costumbre de pensar largo. No queda otra. Los ciudadanos no podemos solos. Lo que podemos hacer es lo que se ve: expresar ruidosamente nuestras demandas singulares (grandes o chicas, pero singulares). Fragmentarnos cada vez más mientras esperamos que alguien nos interprete. |
| Oír e interpretar |
| Hay quienes piensan que esta crisis puede resultar positiva porque entierra para siempre el mito de la riqueza interminable, del país destinado a un lugar preponderante en el mundo. Según ellos, el contacto con la realidad será una buena enseñanza. Puede ser. Sin embargo, urge encontrar un reemplazante. |
| Se terminó el período de duelo y los que nos dirigen deben tomar nota de esto. Es su función. Interpretarnos es su única función. En semejante tarea la economía es una anécdota. La sociedad argentina debe recuperar su cualidad inmortal. Alguien tiene que entender que, desesperadamente, necesitamos que nos devuelvan la ilusión de vivir para siempre, de pensar y sentir largo. |
| El autor es presidente de la agencia Savaglio/TBWA. |
| 2002 |