© Dora Maar.
Severa en lo que observa,
Dora Maar disfruta el vértigo de la idea
mucho antes que la imagen.
(Maldice el auge de la técnica
y el ruido de los motores
al paso de los carros).
No quiere lograr mendigos quejumbrosos
sino instantes de tormento, fijos.
Y va donde los haya.
Busca, inventa nichos de humanidad vacíos
en los que algún gato esté siendo comprimido
por la dureza de una torsión de brazos
o donde algún peón de almacén esté cargando
un maniquí en hombros.
Más todavía, ella se detiene.
Piensa que donde hay ciudad,
por ley, hay también caudillos,
reyes, señores de horca, lo que sea.
¡Hay, pues, el canon del déspota
que gusta de dictar!
Ella se abstrae del ritmo
de sus pasos sobre la acera,
vislumbra al Rey Ubú, sin ropas,
haciendo las veces
de gran polichinela desollado.
(La conjetura ha pasado a ser un diseño.
El diseño, a su vez, un arquetipo).
Rey o mascota de su propia manía,
Ubú es padre de los ciudadanos.
Todo él es el Estado mismo
en un solo bloque ya encarnado:
condena,
decapita,
cobra impuestos;
cree ser un esqueleto sucesivo,
mineral y a un tiempo vivo:
—Me mantendré en el medio
como una ciudadela viviente
y vosotros gravitaréis
a mi alrededor— grita Ubú a los esbirros.
Sí. Toca decir ahora que
anochece.
Pero toca a todos repetirlo:
el día, fuego muerto, se deshace
en trizas...
Yo prefiero cometer otra
metáfora.
Entonces, escribo:
las palabras y las cosas
postulan el ocaso,
mientras el candil de la tarde se
desploma.
Dora Maar, recluida en el
laboratorio,
funda la claridad del gris contra
lo blanco;
enjuaga, escurre dos,
tres láminas aún deshabitadas.
Pronto, algo empezará a asomar
sus coágulos inaugurales.
Brotará, allí, como gota de carne,
un feto de armadillo,
encendido a fuerza de sol y tumefacto.
Éste yacerá —larva ciega—
en el ancho centro de la vida,
asediado acaso por suburbios,
capitales, enteras periferias...