No tengo palabras para describir lo que veo. Tampoco puedo garantizar que vea bien. Es que me resulta imposible ver si no es a través de las estrechas rendijas de mi celda. Tampoco tengo demasiado poder de observación. Muchos hablan de colores que desconozco. Gris Topo, verde carmín, obispo, turquesa, caqui y vaya a saberse qué otros. Seguramente los veo todos los días en la realidad pero no sé diferenciarlos. No sé qué nombre le corresponde a cada tono. No sé si eso está mal o bien, si es una peculiaridad mía o una cosa generalizada, pero acaso el mundo es tan infinito que a veces es preferible ver antes que aprender todas las correspondencias que se pueden establecer entre lo visto y las lenguas humanas. Hay tanto para saber que es preferible saber menos y pensar más con lo sabido. Quizás cuanto menos se sepa, pero cuanto más se piense con ello, más sabio llega a ser uno. Y si no es así al menos es una linda excusa para justificar mi ignorancia.

No tengo palabras para describir lo que veo. Tampoco estoy seguro de la utilidad de encontrarlas. Quizás de tanto buscarlas mi propio habla se ha vuelto artificial y carente de interés. Quizás sea eso la culpa de muchos de mis fracasos. Quizás eso sea la clave para saber quién soy yo.

No tengo palabras para describir lo que veo. ¿Por qué escribir entonces? Quizás sencillamente porque ya no puedo evitarlo.

Después de sentir que la inspiración se había terminado, El Poeta se tiró en la cama y permaneció pensativo en ella durante un tiempo hasta que se quedó dormido y soñó.

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