Soñó que era un árbol. Se mecía con el viento y sus ramas se multiplicaban hacia el cielo. Qué sed ¿por qué nunca llueve?
Un pajarito se posó levemente sobre una hoja. Todos son pasajeros. Incluso las cuatro estaciones unidas son más cortas que el verano. Ni siquiera una gota de rocío a la mañana. Y un pajarito que molesta a uno de sus retoños, y él que vio morir mariposas entre un brote y otro. Probablemente tenga cien años y aún se siente joven, pero empieza a protestar porque todos buscan amparo a su sombra.
A él, que una vez un rayo lo partió y lo prendió fuego. Si no hubiera sido el árbol más grande de los alrededores no lo hubiera alcanzado el impacto. A él, que una vez un bohemio fumó de su sangre, que algunos llaman savia, y en realidad era su traspiración. El tronco, la corteza, inquebrantables ante el hacha (sabe que nunca el hombre quiso talarlo, a no ser unos niños para jugar con sus ramas a los espadachines). Pero ese pajarito jamás lo había visto. Se estará muriendo. ¿Cómo puede ser tan liviano de mantener todo su peso en una hoja marchita?
Ya perdió la cuenta de cuánto perros marcaron su territorio en él. Los perros y sus familias mueren, pero él sigue ahí, y ha sido de todos, menos de él mismo.
Las raíces, profundas, se estremecen en la tierra áspera. Algo no anda bien. Se desgarra. Las raíces y las ramas se mezclan, se retoalimentan, se hacen hierba, nutrientes podridos. El tronco se seca, descomponiéndose.El pajarito aún persiste en el cielo, llevándose la hoja que le robó. No existe tal presagio. Algunos buscaban augurios en el vuelo de las aves invictas en el aire. Está lloviendo. Muere.