A Trompo lo despertó la luz de ese astro amarillo y luminoso que vemos girar sobre nuestras cabezas y que aquellos que se creen saberlo todo llaman sol. Bien podría haber sido saturno, con sus anillos o un cometa que viniera a destruir la tierra. Eso sí que le hubiese gustado. Para todos esos lagartos que en verano se tiran al sol para broncearse. Qué sentirían si el rudo fuego de un destructivo cometa les carbonizara la piel y borrara la vida humana de este planeta horriblemente plagado de ella. Les preocuparía acaso quizás más el hervor de esa musculatura dificultosamente trabajada antes que su propia vida.

Trompo abrió los ojos suavemente y tuvo que volver a cerrarlos por esa llama que los rodeaba. Cuando pudo acostumbrarse se sintió aturdido. Anoche, en el sopor de la locura, se había dormido con la ventana abierta. El cielo inofensivo de anoche ahora se había transformado en un reflector. Como si Trompo fuese rollo fotográfico, la luz lo había velado y lo había convertido en una masa informe.

Trompo, un conocido habitué de los vicios de la ciudad, sintió que necesitaba regenerarse. Recordaba haberlo pensado la noche anterior. No recordaba las razones, pero debían ser buenas. No tenía hambre ni sed. Sentía que una muerte súbita le hubiese hecho ganar tiempo. Tirado en el piso pensó cuál podría ser su solución. Una idea que había estado madurando en su cabeza lo estaba empezando a convencer de que había que cambiar las cosas; que la reforma no podría hacerse esperar, y que quizás el podría ser su agente. El calor lo aplastó contra el suelo un largo tiempo, hasta que por fin resolvió levantarse. Una vez que lo hubo hecho, Trompo quiso explorar la calle. Aquella calle que reconocía mejor cuando estuviera vacía y oscura. Entonces fue cuando se le ocurrió pensar a quién podría llamar.

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