¿¡Qué!?Las horas ya no importan, son una convención retórica. Hacía tiempo que el Poeta no estaba tan feliz. Tampoco era felicidad, era. Era. Bah, eran ganas de escribir como nunca ¿De escribir? O sea, había pasado un tiempo bastante largo, no en la humanidad, sino en la vida sexual de un hombre, y quebrar esa racha de sequías es fundamental, como vegetales azotados por el sol que reciben dulces lluvias.
Igual, aunque estaba con tremenda sonrisa de idiota, una vez que llega a la casa, se come todo lo poco que tiene en la heladera y se tira a dormir, y no se negó antes de cerrar los ojos que se sentía muy cómodo (cómodo: ésa era la palabra) porque ella se había ido hace un rato, y así tenía toda la cama para él mismo. Todavía no andaba con fuerzas para el amor. "Y no me vengan con boludeces ni con canciones que hablen de soles felices, que cojí tanto que podría dormir todo el verano", se dijo antes de dormirse.
Hecha la noche, y siguiendo con la tradición de escritor-vampiro, compuso unos versos que, previsiblemente, aludían a su último encuentro carnal.
Un poema y unas
bebidas
Palabras indebidas en la noche absurda.
Podría no devorar tu mente y la
mía
Podría deberte un beso, también
Pero no me place.
Cesaste de fingir y nos miramos,
Intuís mis mentiras, pero no sabés de mis labios.
¿No fue Prometeo el que robó el fuego para nosotros?
Nosotros
Que nos revolcamos a la vista de espejos borrachos,
Los pantalones, ultrajados; las sábanas,
Serpientes en tus piernas y en mis brazos.
Fatigándonos, peleándonos para
Desgarrar
Para vejar hasta el último orgasmo: el sol de cristal en tu pelo.