El empleado Rebelde vuelve a su box y se encuentra con ese nuevo empleado que desde hace muy poco ocupa el box contiguo.
- Ya está arreglada la máquina de café, por si querés tomar algo- le dice intentando ser amable.
- No sabía que estuviera rota.
- Pues lo estaba. Pero ya no porque ahora está arreglada.
- Bueno. Muchas gracias. En un rato voy a tomarme uno.
- Hacés bien.
Los dos se quedan sin saber qué decir. El empleado Rebelde es un poco tímido, y el nuevo está intentado procesar tanta información y procedimientos que le son medianamente nuevos que está agotado como para sembrar una conversación. Continúa por ende con su trabajo y el otro se queda parado unos segundos y después entra en su box. El empleado Nuevo lo vuelve a mirar. El uniforme, la corbata, el pelo corto, la barba afeitada, el aspecto formal, todo eso le da la impresión de no saber nada del otro. Lo que ve es como un producto, o más bien una exigencia. Cómo será esa persona en su vida real, ésa que está fuera de nuestros deberes sociales, permanece en misterio por ahora.
El trabajo lo llama a continuar su labor, hasta que un extraño ruido humano atrae su atención. En el otro box que sigue al suyo escucha el suave llanto de una mujer. Piensa en levantarse y preguntarle qué ocurre, pero decide que es muy nuevo para meterse en la intimidad de sus vecinos, y por lo tanto sigue trabajando como si nada ocurriera, hasta que el llanto se calma. En el resto del día hizo más de un intento de ver el rostro de esa vecina que había llorado, pero por una y otra razón no pudo lograrlo. La expectativa tuvo que esperar para más tarde.