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La inspectora de nuestra
zona escolar nos detestaba nada cordialmente. Cada vez que iba de visita a la
escuela hacía cara de repugnancia, como si estuviera oliendo algo espantoso.
Siempre nos obsequiaba comentarios reprobantes: “¡Esta
escuela tan abigarrada”, por ejemplo, y movía la cabeza negando. Un día llegó
durante el receso, yo estaba en las escaleras que iban a la dirección,
jugando matatenas con algunos niños, ella se detuvo, miró al patio, y
dijo, muy mortificada: ¡Bueno!, aquí
no puede saberse cuáles son los niños y cuáles las niñas, cuáles los maestros
y cuáles los alumnos... ¡todos se ven
idénticos! (¿será?) |
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Y el colmo de la
inspectora fue llegar en otro día de recreo y encontrar antes que nada a
Mónica Alvarado con sus amigas, jugando barajas en las escaleritas de madera
del patio para adolescentes. Se quería morir y, antes de darse la media
vuelta sin más, exclamó muy airada: ¡Esto no es una escuela, es un tugurio! |
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Silvia Mercedes |