Su nombre
está cifrado
en
la mudez
de
las verdades
otras.
No lo
escucho,
lo
siento
profundo
allá
en
la entraña.
Instante
que
me nombra
y
me define.
Tanto tiempo, como toda una vida, como un largo viaje
donde cada día llegó siempre con algo distinto que nos hacía crecer. Y
crecíamos juntos que era lo más importante, lo verdaderamente excepcional.
Sabíamos que un día cualquiera ya no estaríamos tan
próximos físicamente. Nadie lo dijo, pero todos lo sabíamos muy bien. No
queríamos hablar de eso –me figuro–, no deseábamos adelantar el momento en que
nuestros caminos ya no confluyeran, así que nos vivimos en presente. Celebro
eso, ahora más que nunca, porque ningún resabio de futuro nos restó un minuto
de abrazo.
Para mí la muerte de Lupita ha sido un impacto
contundente, pero no seríamos las que somos si por hundirme en la tristeza, la
noticia no hubiera servido para abrirme a la evocación de lo felizmente
compartido: nuestros años de escuela, los entrañables tiempos de asamblea, la
locura de los festivales, nuestros ratos de trabajo en el Acuerdo, café en mano
y sonrisa al calce siempre que era posible, dándonos a la tarea de construir un
sueño con hechos, de volverlo real con cuanto teníamos y también con lo que nos
pusimos a crear cuando lo disponible no alcanzaba.
Evoco las reclamaciones –a ratos desesperadas– porque no dábamos tregua, ni nos la concedíamos: cuanto fuera necesario, eso hacíamos, nada menos. Ahí nos encontramos realmente, en ese profundo abrazo formado por todas nuestras determinaciones de realización y por la entrega absoluta que nos unió siempre. Ahí se evaporaban las diferencias, las limitaciones, las dificultades, ahí éramos uno y todos, unidos como si fuéramos perfectos, aunque sabíamos que no lo éramos, que no lo somos.
Sabíamos reírnos y bromear: ¿Lupita Ele Pe.?, qué
no: Lupita Vargas, ah, qué raro, mejor Lupita Ele Pe... y
Márgara, y Pilar, y Adahilda,
y yo: “las mujeres”. Ahora ya no estamos todas, es rarísimo; pero en cambio nos
hemos quedado en una vuelta del tiempo como si nada pudiera separarnos. “Lo
compartido”, diría Lupita sin duda; porque ella solía decir cosas memorables y
yo me ocupé de conservar eso muy cuidadosa y amorosamente.
Sólo puedo imaginarla riéndose, haciendo de su pañoleta
un turbante y retando al mismo doctor Freud, porque
solemnes no éramos, ni somos, creo; porque sabíamos enojarnos en serio, además
de reírnos con ganas; también sabíamos entregarnos a exigentes meditaciones
para resolver lo necesario, tanto como volvernos cómplices de situaciones
personales, bailar y divertirnos como locas, disfrutar de la locura y hasta
dictar veredictos sumarios; pero no sabíamos jugar a no ser vitales, eso ni
rozaba nuestra atmósfera compartida. Andábamos por ahí
viviéndonos a plenitud, contentísimas de habernos podido regalar esa opción.
“Opción” le pusimos exactamente a nuestra planilla
madre, por así llamarla; fue un tiempo muy agitado de la vida decroliana que contribuíamos a formar, nos atrapó como si
de un meteoro existencial se tratara y cada uno hizo lo que mejor sintió que
podía para no arriesgar los resultados. Y resultó que nos hermanamos de una
forma muy rara, muy intensa, Adahilda, Márgara, Lupita, Pilar, yo, y también Alain, con todos los demás.
Me gustaría nombrarlos, si pudiera recordar al menos
uno de cada grupo, para incluirlos a todos, pero no tengo la serenidad
necesaria ahora. Nombrar, sin embargo, es tan importante... podríamos abrirlo
en una asamblea; en vista de que no es posible, diré unos cuantos como si los
dijera a todos, empezando por Carola, luego Esperancita, Eugenia, Lucero,
Carolina, Poncho, Pepe, Rosario, Norma, Alma, Carlos, Irma, Carmen, Minda, Juan Jo, Adriana, Sergio,
Job, Germán, Juanita, Mariano, María y Adela... Tantos chicos también, que no
puedo nombrar uno por uno porque no me caben aquí, entonces nombro a pocos
en representación de los demás, a los
que de ninguna manera olvido: Adriana, Danny, Rosa
Estrella, Lázaro, César, Gaby, León, Ana Rosita,
Laura, Alex, Francesca, Claudia, Max, Alain, Horacio, Fabiola, Sandy,
Pablo, Sol, Maricarmen, Juan, Memo, Arturo, Carolina,
José Manuel, Florencia, Iskra, Julieta, Dulce, Marco,
Santiago, Lupita, Dana, Chris, Tania, Javier,
Mariana, Andrés, Felito, Ana, Cuate, Ximena, Winkar, Rodrigo, Eugenia, Janitzio,
Rievka, Ernesto Manuel, Laila,
Maritza, Lugui, Yunuén, Lisitza, Odra, Maribel, Yao, Rossana, Beto, Rusia, Carlos,
Gisela, Darbely, Soledad...
Me pregunto, de veras, si ahora nuestros nombres
tendrán sentido, pronunciados entre los muros de nuestra escuela después de
tanto tiempo; cuando no queda nada ya de la convivencia inicial. No imagino el
nuevo edificio y ni siquiera conozco a los chicos, que de seguro llenarán los
salones con su algarabía de siempre. Me respondo que no, que lo más probable es
que resultemos nombres sin cuerpo ni complicidades hondas, sin miradas ni
significado amoroso, y sin embargo ahí estamos, intangibles tal vez, pero
reales, porque mucho de nuestro espíritu quedó ligado a la escuela, impregnado
en su historia, entretejido con ella en el día a día de años en que nos
entregamos a instaurarla como si en ello nos fuera la vida.
“Somos la prehistoria”, apostillaría Lupita a las
puras risas, como si la oyera. Y sí, gracioso y todo, despertando la risa de
los demás, pero sí que somos la prehistoria, las mujeres de las cavernas en el
tiempo de la Decroly, que sin tantas presencias
invisibles no sería lo que es y, probablemente ni siquiera existiría.
Pero existe, desde antes de nosotros, cuando Carola
la concibió y se puso a fundarla, volviéndola una especie de imán que nos
atrajo uno por uno, hasta que la Decroly y nosotros
nos volvimos una y la misma cosa. Creo que eso fue para siempre, que aún es
cierto, y que platicar acerca de todo lo que ha sucedido, así como de los
recuerdos y los sentimientos que despierta, nos rescata de la lejanía y nos
pone en la esfera de la convivencia que es lo nuestro, lo de todos, los de
ahora y los de antes.
Si me tocara decidir y si puedo opinar, votaría porque en la Decroly se creara un aula Guadalupe Vargas, que fuera el lugar de los acuerdos, y no como un homenaje nada más, sino como forma de mantener su presencia en el espacio donde sus aportaciones a nuestra comunidad fueron más significativas que en ninguno otro. Para mí, que tuve la suerte de convivir con ella y conocerla tanto, el Acuerdo es su salón del trono, el ámbito en que logró manifestarse plenamente muchas veces, tanto para dejarnos saber quién era como para contribuir a que la escuela y nosotros, sus compañeros, aclaráramos rumbos y aprendiéramos vida.
Como un abrazo interminable:
Silvia Mercedes Hernández
Desde
Morelia, el 23 de enero del 2004