Universidad del Claustro de Sor Juana
DIPLOMADO
HISTORIA,
LITERATURA Y PENSAMIENTO SOCIAL
EXAMEN
DEL MÉXICO INDEPENDIENTE 1810 - 1968
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ANTOLOGÍA
DE
LITERATURA
MÓDULO 5
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ÍNDICE
Novela
primitiva y novela de creación en América Latina
EL CUENTO MEXICANO ENTRE EL LIBRO VACÍO Y EL INFORME NEGRO
Los
perros de Quiviquinta tenían hambre; con el Lomo corvo y la nariz
hincada en los baches de las callejas, el ojo alerta y el diente agresivo, iban
los perros de Quiviquinta; iban en manadas, gruñendo a la luna, ladrando al
sol, porque los perros de Quiviquinta tenían hambre...
Y también tenían hambre los hombres, las mujeres y los niños de Quiviquinta, porque en las trojes se habla agotado el grano, en los zarzos se había consumido el queso y de los garabatos ya no colgaba ni un pingajo de cecina...
Sí,
había hambre en Quiviquinta; las milpas amarillearon antes del jiloteo y el
agua hizo charcas en la raíz de las matas; el agua de las nubes y el agua llovida
de los ojos en lágrimas.
En los
jacales de los coras se habla acallado el perpetuo palmoteo de las mujeres; no
había ya objeto, supuesto que al faltar el maíz, faltaba el nixtamal y al
faltar el nixtamal, no había masa y sin ésta, pues tampoco tortillas y al no
haber tortillas, era que el perpetuo palmoteo de las mujeres se habla acallado
en los jacales de los coras.
Ahora,
sobre los comales, se cocían negros discos de cebada; negros discos que la
gente comía, a sabiendas de que el torzón precursor de la diarrea, de los
“cursos”, los acechaba.
—Come,
m’hijo, pero no bebas agua —aconsejaban las madres.
—Las
gordas de cebada no son comida de cristianos, porque la cebada es “fría”
—prevenían los viejos, mientras llevaban con repugnancia a sus labios el
ingrato bocado.
—Lo
malo es que para el año que’ntra ni semilla tendremos —dijo Esteban Luna, mozo
lozano y bien puesto, quien ahora, sentado frente al fogón, miraba a su mujer,
Martina, joven también, un poco rolliza pero sana y frescachona, que sonreía a
la caricia filial de una pequeñuela, pendiente de labios y manecitas de un
pecho carnudo, abundante y moreno como cantarito de barro.
—Dichosa
ella —comentó Esteban— que tiene mucho de donde y de qué comer.
Martina
rió con ganas y pasó su mano sobre la cabecita monda de la lactante.
—Es
cierto, pero me da miedo de que s’empache. La cebada es mala para la cría...
Esteban
vio con ojos tristones a su mujer y a su hija.
—Hace
un año —reflexionó—, yo no tenía de nada y de nadie por que apurarme... Ahoy dialtiro
semos tres... Y con l’hambre que si’ha hecho andancia.
Martina
hizo no escuchar las palabras de su hombre; se puso de pie para llevar a su
hija a la cuna que colgaba del techo del jacal; ahí la arropó con cuidados y
ternuras. Esteban seguía taciturno, veía vagamente cómo se escapaban las
chispas del fogón vacío, del hogar inútil.
—Mañana
me voy p’Acaponeta en busca de trabajo...
—No,
Esteban —protestó ella—. ¿Qué haríamos sin ti yo y ella?
—Fuerza
es comer, Martina... Sí, mañana me largo a Acaponeta o a Tuxpan a trabajar de
peón, de mozo, de lo que caiga.
Las
palabras de Esteban las había escuchado desde las puertas del jacal Evaristo
Rocha, amigo de la casa.
—Ni esa
lucha nos queda, hermano —informó el recién llegado—. Acaban de regresar
del norte Jesús Trejo y Madaleno Rivera; vienen más muertos d’hambre que
nosotros... Dicen que no hay trabajo por ningún lado; las tierra están anegadas
hasta adelante de Escuinapa... ¡ Arregúlale nomás!
—Entonces...
¿Qué nos queda? —preguntó alarmado Esteban Luna.
—¡Pos
vé tú a saber...! Pu’ay dicen quesque viene máiz de Jalisco. Yo casi no lo
creo... ¿Cómo van a hambriar a los de po’allá nomás pa darnos de tragar a
nosotros?
—Que
venga o que no venga máiz, me tiene sin cuidado orita, porque la vamos pasando
con la cebada, los mezquites, los nopales y la guámara... Pero pa cuando
lleguen las secas ¿qué vamos a comer, pues?
—Aí’stá
la cuestión... Pero las cosas no se resuelven largándonos del pueblo; aquí
debemos quedarnos... Y más tú, Esteban Luna, que tienes de quen cuidar.
—Aquí,
Evaristo, los únicos que la están pasando regular son los que tienen
animalitos; nosotros ya echamos a l’olla el gallo... Ahí andan las gallinas
sólidas y viudas, escarbando la tierra, manteniéndose de pinacates, lombrices
y grillos; el huevito de tierra que dejan pos es pa Martina, ella está criando
y hay que sustanciarla a como dé lugar.
—Don
Remigio “el barbón” está vendiendo leche a veinte centavos el cuartillo.
—¡Bandidazo...!
¿Cuándo se había visto? Hoy más que nunca siento haber vendido la vaquilla...
Estas
horas ya’staría parida y dando leche... ¿Pa qué diablos la vendimos, Martina?
—¡Cómo
pa qué, cristiano...! ¿A poco ya no ti acuerdas? Pos p’habilitarnos de apero
hor’un’año. ¿No mercates la coa? ¿No alquilates dos yuntas? ¿Y los pioncitos
que pagates cuando l’ascarda?
—Pos
ahoy, verdá de Dios, me doy de cabezazos por menso.
—Ya ni
llorar es bueno, Esteban... ¡ Vámonos aguantando tantito a ver qué dice
Dios! —agregó resignado Evaristo Rocha.
Es
jueves, día de plaza en Quiviquinta. Esteban y Martina, limpiecitos de cuerpo y
de ropas van al mercado, obedeciendo más a una costumbre, que llevados por una
necesidad, impelidos mejor por el hábito que por las perspectivas que pudiera
ofrecerles el “tianguis” miserable, casi solitario, en el que se reflejan la
penuria y el desastre regional, algunos “puestos” de verduras marchitas,
lacias; una mesa con vísceras oliscadas, cubiertas de moscas; un cazo donde
hierven dos o tres kilos de carne flaca de cerdo, ante la expectación de los
perros que, sobre sus traseros huesudos y roñosos, se relamen en vana espera
del bocado que para sí quisieran los niños harapientos, los niños muertos de
hambre que juegan de manos, poniendo en peligro la triste integridad de los
tendidos de cacahuates y de naranjas amarillas y mustias.
Esteban
y Martina van al mercado por la Calle. Real de Quiviquinta; él adelante, lleva
bajo el brazo una gallinita “búlique” de cresta encendida; ella carga a la
chiquilla. Martina va orgullosa de la gorra de tira bordada y del blanco
roponcito que cubre el cuerpo moreno de su hijita.
Tropiezan
en su camino con Evaristo Rocha.
—¿Van
de compras? —pregunta el amigo por saludo.
—¿De
compras? No, vale, está muy flaca la caballada; vamos a ver qué vemos... Yo
llevo la “búlique” por si le hallo marchante... Si eso ocurre, pos le merco a
ésta algo de “plaza”...
—¡Que
así sea, vale. . - Dios con ustedes!
Al
pasar por la casa de don Remigio “el barbón”, Esteban detiene su paso y mira,
sin disimular su envidia, cómo un peón ordeña una vaca enclenque y melancólica,
que aparta con su rabo la nube de moscas que la envuelve.
—Bien’haigan
los ricos... La familia de don Remigio no pasa ni pasará hambre... Tiene tres
vacas. De malas cada una dará sus tres litros. Dos p’al gasto y lo que sobra,
pos pa venderlo... Esta gente sí tendrá modo de sembrar el año que viene; pero
uno...
Martina
mira impávida a su hombre. Luego los dos siguen su camino.
Martina
descorteza con sus dientes chaparros, anchos y blanquísimos, una caña de
azúcar. Esteban la mira en silencio, mientras arrulla torpemente entre sus
brazos a la niña que llora a todo pulmón.
La
gente va y viene por el “tianguis”, sin resolverse siquiera a preguntar los
precios de la escasa mercancía que los tratantes ofrecen a grito pelado...
¡Está todo tan caro!
Esteban,
de pie, aguarda. Tirada, entre la tierra suelta, alea, rigurosamente maniatada,
la gallinita “búlique”.
—¿Cuánto
por el mole? —pregunta un atrevido, mientras hurga con mano experta la pechuga
del avecita para cerciorarse de la cuantía y de la calidad de sus carnes.
—Cuatro
pesos —responde Esteban...
.—¿Cuatro
pesos? Pos ni que juera ternera.
—Es pa
que ofrezcas, hombre...
—Doy dos
por ella.
—No...
¿A poco crés que me la robé?
—Ni pa
ti, ni pa mí... Veinte reales.
—No,
vale, de máiz se los ha tragado.
Y el
posible comprador se va sin dar importancia a su fracasada adquisición.
—Se
l’hubieras dado, Esteban, ya tiene la güevera seca de tan vieja —dijo Martina.
La niña
sigue llorando; Martina hace a un lado la caña de azúcar y cobra a la hija de
los brazos de su marido. Alza su blusa hasta el cuello y deja al aire los
categóricos, los hermosos pechos morenos, trémulos como un par de odres a
reventar. La niña se prende a uno de ellos; Martina, casta como una matrona
bíblica, deja mamar a la hija, mientras en sus labios retoza una tonadita
bullanguera.
El
rumor del mercado adquiere un nuevo ruido; es el motor de un automóvil que se
acerca. Un automóvil en Quiviquinta es un acontecimiento raro. Aislado el
pueblo de la carretera, pocos vehículos mecánicos se atreven por brechas
serranas y bravías. La muchachada sigue entre gritos y chacota al auto que,
cuando se detiene en las cercanías de la plaza, causa curiosidad entre la
gente. De él se apea una pareja: el hombre alto, fuerte, de aspecto próspero y
gesto orgulloso; la mujer menuda, debilucha y de ademanes tímidos.
Los
recién llegados recorren con la vista al “tianguis”, algo buscan. Penetran
entre la gente, voltean de un lado a otro, inquieren y siguen preocupados su
búsqueda.
Se
detienen en seco frente a Esteban y Martina; ésta, al mirar a los forasteros se
echa el rebozo sobre sus pechos, presa de súbito rubor; sin embargo, la maniobra
es tardía, ya los extraños habían descubierto lo que necesitaban:
—¿Has
visto? —pregunta el hombre a la mujer.
—Sí
—responde ella calurosamente—. ¡ Ésa, yo quiero ésa, está magnífica...!
—¡ Que
si está! —exclama el hombre entusiasmado.
Luego,
sin más circunloquios, se dirige a Martina:
—Eh,
tú, ¿no quieres irte con nosotros? Te llevamos de nodriza a Tepic para que nos
críes a nuestro hijito.
La
india se queda embobada, mirando a la pareja sin contestar.
—Veinte
pesos mensuales, buena comida, buena cama, buen trato...
—No
—responde secamente Esteban.
—No
seas tonto, hombre, se están muriendo de hambre y todavía se hacen del rogar
—ladra el forastero.
—No
—vuelve a cortar Esteban.
—Veinticinco
pesos cada mes. ¿Quihúbole?
—No.
—Bueno,
para no hablar mucho, cincuenta pesos.
—¿Da
setenta y cinco pesos? Y me lleva a “media leche” —propone inesperadamente
Martina.
Esteban
mira extrañado a su mujer; quiere terciar, pero no lo dejan.
—Setenta
y cinco pesos de “leche entera”... ¿ Quieres?
Esteban
se ha quedado de una pieza y cuando trata de intervenir, Martina le tapa la
boca con su mano.
—¡
Quiero! —responde ella. Y luego al marido mientras le entrega a su hija—: Anda,
la crías con leche de cabra mediada con arroz... a los niños pobres todo les
asienta. Yo y ella estamos obligadas a ayudarte.
Esteban
maquinalmente extiende los brazos para recibir a su hija.
Y luego
Martina con gesto que quiere ser alegre:
—Si don
Remigio “el barbón” tiene sus vacas d’ionde sacar el avío pal’año que’ntra, tú,
Esteban, también tienes la tuya. . . y más rendidora. Sembraremos l’año
que’ntra toda la parcela, porque yo conseguiré l’avío.
—Vamos
—dice nervioso el forastero tomando del brazo a la muchacha.
Cuando
Martina sube al coche, llora un poquitín.
La mujer
extraña trata de confortarla.
—Estas
indias coras —acota el hombre— tienen fama de ser muy buenas lecheras. . .
El
coche arranca. La gente del “tianguis” no tiene ojos más que para verlo partir.
Esteban
llama a gritos a Martina. Su reclamo se pierde entre la algarabía.
Después
toma el camino hacia su casa; no vuelve la cara, va despacio, arrastrando los
pies... Bajo el brazo, la gallina “búlique” y, apretada contra su pecho, la
niña que gime huérfana de sus dos cantaritos de barro moreno.
G
En
calidad de turista en viaje de recreo y descanso, llegó a estas tierras de
México Mr. E. L. Winthrop.
Abandonó
las conocidas y trilladas rutas anunciadas y recomendadas a los visitantes
extranjeros por las agencias de turismo y se aventuró a conocer otras regiones.
Como
hacen tantos otros viajeros, a los pocos días de permanencia en estos rumbos ya
tenía bien forjada su opinión y, en su concepto, este extraño país salvaje no
había sido todavía bien explorado, misión gloriosa sobre la tierra reservada a
gente como él.
Y así llegó un día a un pueblecito del estado de Oaxaca. Caminando por la polvorienta calle principal en que nada se sabía acerca de pavimentos y drenaje y en que las gentes se alumbraban con velas y ocotes, se encontró con un indio sentado en cuclillas a la entrada de su jacal.
El
indio estaba ocupado haciendo canastitas de paja y otras fibras recogidas en
los campos tropicales que rodean el pueblo. El material que empleaba no sólo
estaba bien preparado, sino ricamente coloreado con tintes que el artesano
extraía de diversas plantas e insectos por procedimientos conocidos únicamente
por los miembros de su familia.
El
producto de esta pequeña industria no le bastaba para sostenerse. En realidad
vivía de lo que cosechaba en su milpita: tres y media hectáreas de suelo no muy
fértil, cuyos rendimientos se obtenían después de mucho sudor, trabajo y
constantes preocupaciones sobre la oportunidad de las lluvias y los rayos
solares. Hacía canastas cuando terminaba su quehacer en la milpa, para aumentar
sus pequeños ingresos.
Era un
humilde campesino, pero la belleza de sus canastitas ponían de manifiesto las
dotes artísticas que poseen casi todos estos indios. En cada una se admira. ban
los más bellos diseños de flores, mariposas, pájaros, ardillas, antílopes,
tigres y una veintena más de animales habitantes de la selva. Lo admirable era
que aquella sinfonía de colores no estaba pintada sobre la canasta, era parte
de ella, pues las fibras teñidas de diferentes tonalidades estaban entretejidas
tan hábil y artísticamente, que los dibujos podían admirarse igual en el
interior que en el exterior de la cesta. Y aquellos adornos eran producidos
sin consultar ni seguir previamente dibujo alguno. Iban apareciendo de su
imaginación como por arte de magia, y mientras la pieza no estuviera acabada
nadie podía saber cómo quedaría.
Una vez
terminadas, servían para guardar la costura, como centros de mesa, o bien para
poner pequeños objetos y evitar que se extraviaran. Algunas señoras las
convertían en alhajeros o las llenaban con flores.
Se
podían utilizar de cien maneras.
Al
tener listas unas dos docenas de ellas, el indio las llevaba al pueblo los sábados,
que eran días de tianguis. Se ponía en camino a medianoche. Era dueño de un
burro, pero si éste se extraviaba en el campo, cosa frecuente, se veía
obligado a marchar a pie durante todo el camino. Ya en el mercado, había de
pagar un tostón de impuesto para tener derecho a vender.
Cada
canasta representaba para él alrededor de quince o veinte horas de trabajo
constante, sin incluir el tiempo que empleaba para recoger el bejuco y las
otras fibras, prepararlas, extraer los colorantes y teñirlas.
El precio
que pedía por ellas era ochenta centavos, equivalente más o menos a diez
centavos moneda americana. Pero raramente ocurría que el comprador pagara los
ochenta centavos, o sea los seis reales y medio como el indio decía. El
comprador en ciernes regateaba, diciendo al indio que era un pecado pedir
tanto. “¿Pero si no es más que petate que puede cogerse a montones en el campo
sin comprarlo!, y, además, ¿para qué sirve esa cháchara?, deberás quedar
agradecido si te doy treinta centavos por ella. Bueno, seré generoso y te daré
cuarenta, pero ni un centavo más. Tómalos o déjalos.
Así,
pues, en final de cuentas tenía que venderla por cuarenta centavos. Mas a la
hora de pagar, el cliente decía: “Válgame Dios, si sólo tengo treinta centavos
sueltos. ¿Qué hacemos? ¿Tienes cambio de un billete de cincuenta pesos? Si
puedes cambiarlo tendrás tus cuarenta fierros.” Por supuesto, el indio no puede
cambiar el billete de cincuenta pesos, y la canastita es vendida por treinta
centavos.
El
canastero tenía muy escaso conocimiento del mundo exterior, si es que tenía
alguno, de otro modo hubiera sabido que lo que a él le ocurría pasaba a todas
horas del día con todos los artistas del mundo. De saberlo se hubiera sentido
orgulloso de pertenecer al pequeño ejército que constituye la sal de la
tierra, y gracias al cual el arte no ha desaparecido.
A
menudo no le era posible vender todas las canastas que llevaba al mercado,
porque en México, como en todas partes, la mayoría de la gente prefiere los
objetos que se fabrican en serie por millones y que son idénticos entre sí,
tanto que ni con la ayuda de un microscopio podría distinguírseles. Aquel indio
había hecho en su vida varios cientos de estas hermosas cestas, sin que ni dos
de ellas tuvieran diseños iguales. Cada una era una pieza de arte único, tan
diferente de otra como puede serlo un Murillo de un Reynolds.
Naturalmente,
no podía darse el lujo de regresar a su casa con las canastas no vendidas en el
mercado, así es que se dedicaba a ofrecerlas de puerta en puerta. Era recibido
como un mendigo y tenía que soportar insultos y palabras desagradables. Muchas
veces, después de un largo recorrido, alguna mujer se detenía para ofrecerle
veinte centavos, que después de muchos regateos aumentaría hasta veinticinco.
Otras, tenía que conformarse con los veinte centavos, y el comprador,
generalmente una mujer, tomaba de entre sus manos la pequeña maravilla y la
arrojaba descuidadamente sobre la mesa más próxima y ante los ojos del indio
como significando: “Bueno, me quedo con esta chuchería sólo por caridad. Sé que
estoy desperdiciando el dinero, pero como buena cristiana no puedo ver morir de
hambre a un pobre indito, y más sabiendo que viene desde tan lejos.” El
razonamiento le recuerda algo práctico, y deteniendo al indio le dice: “¿De
dónde eres, indito?... ¡Ah!, ¿sí? ¡Magnífico! ¿Conque de esa pequeña aldea?
Pues óyeme, ¿podrías traerme el próximo sábado tres guajolotes? Pero han de ser
bien gordos, pesados y mucho muy baratos. Si el precio no es conveniente, ni
siquiera los tocaré, porque de pagar el común y corriente los compraría aquí y
no te los encargaría. ¿Entiendes? Ahora, pues, ándale.”
Sentado
en cuclillas a un lado de la puerta de su jacal, el indio trabajaba sin prestar
atención a la curiosidad de Mr. Winthrop; parecía no haberse percatado de su
presencia.
—¿Cuánto
querer por esa canasta, amigo? —dijo Mr. Winthrop en su mal español, sintiendo
la necesidad de hablar para no aparecer como un idiota.
—Ochenta
centavitos, patroncito; seis reales y medio
—contestó
el indio cortésmente.
—Muy
bien, yo comprar —dijo Mr. Winthrop en un tono y con un ademán semejante al que
hubiera hecho al comprar toda una empresa ferrocarrilera. Después, examinando
su adquisición, se dijo: “Yo sé a quién complaceré con esta linda canastita,
estoy seguro de que me recompensará con un beso. Quisiera saber cómo la
utilizará.”
Había
esperado que le pidiera por lo menos cuatro o cinco pesos. Cuando se dio cuenta
de que el precio era tan bajo pensó inmediatamente en las grandes posibilidades
para hacer negocio que aquel miserable pueblecito indígena ofrecía para un
promotor dinámico como él.
—Amigo,
si yo comprar diez canastas, ¿qué precio usted dar a mí?
El
indio vaciló durante algunos momentos, como si calculara, y finalmente dijo:
—Si
compra usted diez se las daré a setenta centavos cada una, caballero.
—Muy
bien, amigo. Ahora, si yo comprar un ciento, ¿cuánto costar?
El
indio, sin mirar de lleno en ninguna ocasión al americano, y desprendiendo la
vista sólo de vez en cuando de su trabajo, dijo cortésmente y sin el menor
destello de entusiasmo:
—En tal
caso se las vendería por sesenta y cinco centavitos cada una.
Mr.
Winthrop compró dieciséis canastitas, todas las que el indio tenía en
existencia.
Después
de tres semanas de permanencia en la república, Mr. Winthrop no sólo estaba
convencido de conocer el país perfectamente, sino de haberlo visto todo, de
haber penetrado el carácter y costumbres de sus habitantes y de haberlo
explorado por completo. Así, pues, regresó al moderno y bueno “Nuyorg”
satisfecho de encontrarse nuevamente en un lugar civilizado.
Cuando
hubo despachado todos los asuntos que tenía pendientes, acumulados durante su
ausencia, ocurrió que un mediodía, cuando se encaminaba al restorán para tomar
un emparedado, pasó por una dulcería y al mirar lo que se exponía en los
aparadores recordó las canastitas que había comprado en aquel lejano pueblecito
indígena.
Apresuradamente
fue a su casa, tomó todas las cestitas que le quedaban y se dirigió a una de
las más alamadas confiterías.
—Vengo
a ofrecerle —dijo Mr. Winthrop al confitero— las más artísticas y originales
cajitas, si así quiere llamarlas, y en las que podrá empacar los chocolates
finos y costosos para los regalos más elegantes.
Véalas
y dígame qué opina.
El dueño
de la dulcería las examinó y las encontró perfectamente adecuadas para cierta
línea de lujo, con vencido de que en su negocio, que tan bien conocía, nunca se
había presentado estuche tan original, bonito y de buen gusto. Sin embargo,
evitó cuidadosamente expresar su entusiasmo hasta no enterarse del precio y de
asegurarse de obtener toda la existencia.
Alzando
los hombros dijo:
—Bueno,
en realidad no sé. Si me pregunta usted, le diré que no es esto exactamente lo
que busco. En cualquier forma podríamos probar; desde luego, todo depende del
precio. Debe usted saber que en nuestra línea, la envoltura no debe costar más
que el contenido.
—Ofrezca
usted —contestó Mr. Winthrop.
—¿Por
qué no me dice usted, en números redondos, cuánto quiere?
—Mire
usted, Mr. Kemple, toda vez que he sido yo el único hombre suficientemente
listo para descubrirlas y saber donde pueden conseguirse, las venderé al mejor
postor. Comprenda usted que tengo razón.
—Sí,
sí, desde luego; pero tendré que consultar el asunto con mis socios. Véngame a
ver mañana a esta misma hora y le diré lo que hayamos decidido.
A la
mañana siguiente, cuando Mr. Winthrop entró en la oficina de Mr. Kemple, éste
último dijo:
—Hablando
francamente le diré que yo sé distinguir las obras de arte, y estas cestas son
realmente artísticas. En cualquier forma, nosotros no vendemos arte, usted lo
sabe bien, sino dulces, por lo tanto, considerando que solo podremos
utilizarlas como envoltura de fantasía para nuestro mejor praliné francés, no
podremos pagar por ellas el precio de un objeto de arte. Eso debe usted
comprenderlo, señor.. - ¿ Cómo dijo que se llamaba? ¡Ah!, sí, Mr. Winthrop Pues
bien, Mr. Winthrop, para mí solamente son una envoltura de alta calidad, hecha
a mano, pero envoltura al fin. Y ahora le diré cuál es nuestra oferta, ya sabrá
si aceptarla o no. Lo más que pagaremos por ellas será un dólar y cuarto por
cada una y ni un centavo más. ¿ Qué le parece?
Mr.
Winthrop hizo un gesto como si le hubieran golpeado la cabeza.
El
confitero, interpretando mal el gesto de Mr. Winthrop, dijo rápidamente.
—Bueno,
bueno, no hay razón para disgustarse. Tal vez podamos mejorarla un poco,
digamos uno cincuenta la pieza.
—Que
sea uno setenta y cinco —dijo Mr. Winthrop respirando profundamente y
enjugándose el sudor de la frente.
—Vendidas.
Uno setenta y cinco puestas en el puerto de Nueva York. Yo pagaré los derechos
al recibirlas y usted el embarque. ¿Aceptado?
—Aceptado
—contestó Mr. Winthrop cerrando el trato.
—Hay
una condición —agregó el confitero cuando Mr. Winthrop se disponía a salir—.
Uno o dos cientos no nos servirían de nada, ni siquiera pagarían el anuncio.
Lo menos que puede usted entregar son diez mil, o mil docenas si le parece
mejor. Y, además, deben ser, por lo menos, en veinte dibujos diferentes.
—Puedo
asegurarle que las puedo surtir en sesenta dibujos diferentes.
—Perfectamente.
Y ¿está usted seguro que podrá entregar las diez mil en octubre?
—Absolutamente
seguro —dijo Mr. Winthrop, y firmó el contrato.
Mr.
Winthrop emprendió el viaje de regreso al pueblecito para obtener las doce mil
canastas.
Durante
todo el vuelo sostuvo una libreta en la mano izquierda, un lápiz en la derecha
y escribió cifras y más cifras, largas columnas de números, para determinar
exactamente qué tan rico sería cuando realizara el negocio. Hablaba solo y se
contestaba, tanto que sus compañeros de viaje le creyeron trastornado.
“Tan
pronto como llegue al pueblo —decía para sí—, conseguiré a algún paisano mío
que se encuentre muy bruja y a quien le pagaré ochenta, bueno, diremos cien
pesos a la semana. Lo mandaré a ese miserable pueblecito para que establezca en
él su cuartel general y se encargue de vigilar la producción y de hacer el empaque
y el embarque. No tendremos pérdidas por roturas ni por extravío. ¡Bonito,
lindo negocio éste! Las cestas, prácticamente no pesan, así es que el embarque
costará cualquier cosa, diremos cinco centavos pieza cuando mucho. Y por lo que
yo sé no hay que pagar derechos especiales sobre ellas, pero si los hubiere no
pasarían de cinco centavos tampoco, y éstos los paga el comprador; así, pues,
¿cuánto llevo?..
“Aquel
indio tonto que no sabe ni lo que tiene me ofreció un ciento a sesenta y cinco
centavos la pieza. No le diré en seguida que quiero doce mil para que no se
avorace y conciba ideas raras y trate de elevar el precio. Bueno, ya veremos;
un trato es un trato aún en esta república dejada de la mano de Dios. ¡
República! ¡hum!... y ni siquiera hay agua en los lavabos durante la noche.
República... Bueno, después de todo yo no soy su presidente. Tal vez pueda
lograr que rebaje cinco centavos más en el precio y que éste quede en sesenta
centavos. De cualquier modo y para no calcular mal diremos que el precio es de
sesenta y cinco centavos, esto es, sesenta y cinco centavos moneda mexicana.
Veamos... ¡Diablo! ¿dónde está ese maldito lápiz?...
Aquí...
Bueno, el peso está en relación con el dólar a ocho y medio por uno, por lo
tanto, sesenta y cinco centavos equivalen más o menos a ocho centavos de dinero
de verdad. A eso debemos agregar cinco centavos por empaque y embarque, más,
digamos diez centavos por gastos de administración, lo que será más que suficiente
para pagar aquí y allá algo de extras. Quizás al empleado de correos y allá al
agente del express para que active la expedición rápida y preferente.
“Ahora
agreguemos otros cinco centavos paras gastos imprevistos, y así estaremos
completamente a salvo. Sumando todo ello... ¡Mal rayo! ¿Dónde está otra vez ese
maldito lápiz?... ¡Vaya, aquí está!... La orden es por mil docenas. ¡
Magnífico! Me quedan alrededor de veinte mil dólares limpiecitos. Veinte mil
del alma para el bolsillo de un humilde servidor. ¡ Caramba, sería capaz de
besarlos! Después de todo, esta república no está tan atrasada como parece. En
realidad es un gran país. Admirable. Se puede hacer dinero en esta tierra. Montones
de dinero, siempre que se trate de tipos tan listos como yo.
Con la
cabeza llena de humo llegó por la tarde al pueblecito de Oaxaca. Encontró a su
amigo indio sentado en el pórtico de su jacalito, en la misma postura en que
lo dejara. Tal parecía que no se había movido de su lugar desde que Mr.
Winthrop abandonara el pueblo para volver a Nueva York.
—¿Cómo
está usted, amigo? —saludó el americano con una amplia sonrisa en los labios.
El
indio se levantó, se quitó el sombrero e, inclinándose cortésmente, dijo con
voz suave:
—Bienvenido,
patroncito, muy buenas tardes; ya sabe que puede usted disponer de mí y de esta
su casa.
Volvió
a inclinarse y se sentó, excusándose por hacerlo:
—Perdóneme,
patroncito, pero tengo que aprovechar la luz del día y muy pronto caerá la
noche.
—Yo
ofrecer usted un grande negocio, amigo.
—Buena
noticia, señor.
Mr.
Winthrop dijo para sí:
—Ahora
saltará de gusto cuando se entere de lo que se trata. Este pobre mendigo
vestido de harapos jamás ha visto, ni siquiera ha oído, hablar de tanto dinero
como el que le voy a ofrecer. —Y hablando en voz alta dijo—: ¿Usted poder hacer
mil de esas canastas?
—¿Por
qué no, patroncito? Si puedo hacer veinte, también podré hacer mil.
—Tiene
razón, amigo. Y cinco mil, ¿poder hacer?
—Por
supuesto. Si hago mil, podré hacer cinco mil.
—¡Magnífico!
¡ Wonderful! Si yo pedir usted hacer doce mil, ¿cuál ser último precio? Usted
poder hacer doce mil, ¿verdad?
—Desde
luego, señor. Podré hacer tantas como usted quiera. Porque, verá usted, yo soy
experto en este trabajo, nadie en todo el estado puede hacerlas como yo.
—Eso es
exactamente que yo pensar. Por eso venir proponerle gran negocio.
—Gracias
POr el honor, patroncito.
—¿Cuánto
tiempo usted tardar?
El
indio, sin interrumpir su trabajo, inclinó la cabeza para un lado, primero;
después, para el otro, tal como si calculara los días o semanas que tendría que
emplear para hacer las cestas.
Después
de algunos minutos dijo lentamente:
—Necesitaré
bastante tiempo para hacer tantas canastas, patroncito. Verá usted, el petate
y las otras fibras necesitan estar bien secas antes de usarse. En tanto se
secan hay que darles un tratamiento especial para evitar que pierdan su
suavidad, su flexibilidad y brillo. Aun cuando estén secas, deben guardar sus
cualidades naturales, pues de otro modo parecerían muertas y quebradizas.
Mientras se secan, yo busco las plantas, raíces, cortezas e ‘insectos de los
cuales saco los tintes. Y para ello se necesita mucho tiempo también, créame
usted. Además, para recogerlas hay que esperar a que la luna se encuentre en
posición buena, pues en caso contrario no darán el color deseado. También las
cochinillas y demás insectos deben reunirse en tiempo oportuno para evitar que
en vez de tinte produzcan polvo. Pero, desde luego, jefecito, que yo puedo
hacer tantas de estas canastitas como usted quiera. Puedo hacer hasta tres
docenas si usted lo desea, nada más déme usted el tiempo necesario.
—¿Tres
docenas?... ¿Tres docenas? —exclamó Mr. Winthrop gritando y levantando
desesperado sus brazos al cielo—. ¿Tres docenas? —repitió, como si para
comprender tuviera que decirlo varias veces, pues por un momento creyó estar
soñando.
Había
esperado que el indio saltara de contento al
enterarse
que podría vender doce mil canastas a un solo cliente, sin tener necesidad de
ir de puerta en puerta y ser tratado como un perro roñoso. Mr. Winthrop había
visto cómo algunos vendedores de automóviles se volvían locos y bailaban como
ningún indio lo hace, ni durante una ceremonia religiosa, cuando alguien les
compraba en dinero Contante y sonante diez carros de una vez.
A pesar
de la claridad con que el indio había hablado, el creyó no haber oído bien
cuando aquél dijo necesitar dos largos meses para hacer tres docenas.
Buscó
la manera de hacer comprender al indio lo que deseaba y el mucho dinero que el
pobre hombre podría ganar cuando hubiera entendido la cantidad que deseaba
Comprarle
Así,
pues, esgrimió nuevamente el argumento del precio para despertar la ambición
del indio.
—Usted
decir si yo llevar cien canastas, usted dar por sesenta y cinco centavos.
¿Cierto, amigo?
—Es lo
cierto, jefecito.
—Bien,
si yo querer mil, ¿cuánto costar cada una?
Aquello
era más de lo que el indio podía calcular. Se confundió y, por primera vez
desde que Mr. Winthrop llegara, interrumpió su trabajo y reflexionó. Varias veces
movió la cabeza y miró en rededor como en demanda de ayuda. Finalmente dijo:
—Perdóneme
jefecito, pero eso es demasiado; necesito pensar en ello toda la noche.
Mañana, si puede usted honrarme, vuelva y le daré mi respuesta, patroncito.
Cuando
Mr. Winthrop volvió al día siguiente, encontró al indio como de costumbre,
sentado en cuclillas bajo el techo de palma del pórtico, trabajando en sus
canastas.
—¿Ya
calcular usted precio por mil? —le preguntó en cuanto llegó, sin tomarse el
trabajo de dar los buenos días.
—Sí,
patroncito. Buenos días tenga su merced. Ya tengo listo ci precio, y créame que
me ha costado mucho trabajo, pues no deseo engañarlo ni hacerle perder el
dinero que usted gana honestamente...
—Sin
rodeos, amigo. ¿Cuánto? ¿Cuál ser el precio?
—preguntó
Mr. Winthrop nerviosamente.
—El
precio, bien calculado y sin equivocaciones de mi parte, es el siguiente: Si
tengo que hacer mil canastitas, cada una costará cuatro pesos; si tengo que
hacer cinco mil, cada una costará nueve pesos, y si tengo que hacer diez mil,
entonces no podrán valer menos de quince pesos cada una. Y repito que no me he
equivocado.
Una vez
dicho esto volvió a su trabajo, como si temiera perder demasiado tiempo
hablando.
Mr.
Winthrop pensó que, tal vez debido a sus pocos conocimientos de aquel idioma
extraño, comprendía mal.
—¿Usted
decir costar quince pesos cada canasta si yo comprar diez mil?
—Eso es,
exactamente, y sin lugar a equivocación, lo que he dicho, patroncito —contestó
el indio cortés y suavemente.
—Usted
no poder hacer eso, yo ser su amigo.. -
—Sí,
patroncito, ya lo sé y no dudo de sus palabras.
—Bueno,
yo tener paciencia y discutir despacio. Usted decir yo comprar un ciento,
costar sesenta y cinco centavos cada una.
—Sí,
jefecito, eso es lo que dije. Si compra usted cien se las daré por sesenta y
cinco centavitos la pieza, suponiendo que tuviera yo cien, que no tengo.
—Sí,
sí, yo saber —Mr. Winthrop sentía volverse loco en cualquier momento—. Bien, yo
no comprender por qué no poder venderme doce mil mismo precio. No querer
regatear, pero no comprender usted subir precio terrible cuando yo comprar más
de cien.
—Bueno,
patroncito, ¿qué es lo que usted no comprende? La cosa es bien sencilla. Mil
canastitas me cuestan cien veces más trabajo que una docena y doce mil toman
tanto tiempo y trabajo que no podría terminarlas ni en un siglo. Cualquier
persona sensata y honesta puede verlo claramente. Claro que, si la persona no
es ni sensata ni honesta, no podrá comprender las cosas en la misma forma en
que nosotros aquí las entendemos. Para mil canastitas se necesita mucho más
petate que para cien, así como mayor cantidad de plantas, raíces, cortezas y
cochinillas para pintarlas. No es nada más meterse en la maleza y recoger las
cosas necesarias. Una raíz con el buen tinte violeta, puede costarme cuatro o
cinco días de búsqueda en la selva. Y, posiblemente, usted no tiene idea del
tiempo necesario para preparar las fibras. Pero hay algo más importante: Si yo
me dedico a hacer todas esas canastas, ¿quién cuidará de la milpa y de mis
cabras?, ¿quién cazará los conejitos para tener carne en domingo? Si no cosecho
maíz, no tendré tortillas; si no cuido mis tierritas, no tendré frijoles, y
entonces ¿qué comeremos?
—Yo
darle mucho dinero por sus canastas, usted poder comprar todo el maíz y frijol
y mucho, mucho más
—Eso es
lo que usted cree, patroncito. Pero mire:
de la
cosecha del maíz que yo siembro puedo estar seguro, pero del que cultivan
otros es difícil. Supongamos que todos los otros indios se dedican, como yo, a
hacer canastas; entonces ¿quién cuida el maíz y el frijol? Entonces tendremos
que morir por falta de alimento.
—¿Usted
no tener algunos parientes aquí? —dijo Mr. Winthrop desesperado al ver cómo se
iban esfumando uno a uno sus veinte mil dólares.
—Casi
todos los habitantes del pueblo son mis parientes. Tengo bastantes.
—~,No
poder ellos cuidar su milpa y sus animales y usted hacer canastas para mí?
—Podrían
hacerlo, patroncito; pero ¿quién cuidará entonces de las suyas y de sus cabras,
si ellos se dedican a cuidar las mías? Y si les pido que me ayuden a hacer
canastas para terminar más pronto, el resultado es el mismo. Nadie trabajaría
las milpas, y el maíz y el frijol se pondrían por las nubes y no podríamos comprarlos
y moriríamos. Todas las cosas que necesitamos para vivir costarían tanto que me
sería imposible, vendiendo las canastitas a sesenta y cinco centavos cada
una,
comprar siquiera un grano de sal por ese precio. Ahora comprenderá usted,
jefecito, por qué me es imposible vender las canastas a menos de quince pesos
cada una.
Mr.
Winthrop estaba a punto de estallar, pero no quiso rendirse. Habló y regateó
con el indio durante horas enteras, tratando de hacerle comprender que tan rico
podría ser si aprovechaba la gran oportunidad de su vida.
—Piense
usted, hombre, oportunidad maravillosa.
Fue
desprendiendo una por una las hojas de su libreta de apuntes llenas de números,
tratando de demostrar al pobre campesino que llegaría a ser el hombre más rico
de la comarca.
—Usted
saber; realmente, usted poder tener un rollo de billetes así, con ocho mil
pesos. ¿ Usted comprender, amigo?
El
indio, sin contestar, miró todas aquellas notas y cifras y vio con expresión de
verdadero asombro cómo Mr. Winthrop escribía con toda rapidez números y más
números, multiplicando y sustrayendo, y aquello parecióle un milagro.
Descubriendo
un entusiasmo creciente en la mirada del indio, Mr. Winthrop malinterpretó su
pensamiento y dijo:
—Allí
tener usted, amigo; ésta ser cantidad usted tener si acepta el trato. Siete mil
y ochocientos brujantes pesos de plata, y no creer yo soy tacaño, yo
dar usted más cuando negocio terminado, yo regalar usted mil doscientos pesos
más. Usted tener nueve mil pesos.
El
indio, sin embargo, no pensaba en los miles de pesos; suma semejante carecía de
sentido para él. Lo que le había interesado era la habilidad de Mr. Winthrop
para escribir cifras con la rapidez de un relámpago. Esto era lo que lo tenía
maravillado.
—Y
ahora, ¿qué decir, amigo? ¿Ser buena mi proposición, no? Diga sí, y yo darle
un adelanto de quinientos pesos, luego, luego.
—Como
dije a usted antes, patroncito, el precio es aún de quince pesos cada una.
—Pero
hombre —dijo a gritos Mr. Winthrop—, this is tlze sanie price. . .,
quiero decir, ser mismo precio... have you been on the moon... en la
luna...
ah
the time?
—Mire,
jefecito —dijo el indio sin alterarse—, es el mismo precio porque no puedo
darle otro. Además, señor, hay algo que usted ignora. Tengo que hacer esas
canastitas a mi manera, con canciones y trocitos de mi propia alma. Si me veo
obligado a hacerlas por millares, no podré tener un pedazo del alma en cada
una, ni podré poner en ellas mis canciones. Resultarían todas iguales, y eso
acabaría por devorarme el corazón pedazo por pedazo. Cada una de ellas debe
encerrar un trozo distinto, un cantar único de los que escucho al amanecer,
cuando los pájaros comienzan a gorjear y las mariposas vienen a posarse en mis
canastitas y a enseñarme los lindos colores de sus alitas para que yo me
inspire. Y ellas se acercan porque gustan también de los bellos tonos que mis
canastitas lucen. Y ahora, jefecíto, perdóneme, pero he perdido ya mucho tiempo,
aun cuando ha sido un gran honor y he tenido mucho placer al escuchar la
plática de un caballero tan distinguido como usted, pero pasado mañana es día
de plaza en el pueblo y tengo que acabar las cestas para llevarlas allá. Le
agradezco mucho su visita. Adiosito.
Una vez
de regreso en Nueva York, Mr. Whintrop, que sufría de alta presión arterial,
penetró como huracán en la oficina privada del confitero, a quien externó sus
motivos para deshacer el contrato explicándole furioso:
—¡Al
diablo con esos condenados indios; no comprenden nada, no se puede tratar
negocio alguno con ellos! ¡ Créame! No tienen remedio ni ellos ni ese su país
tan raro. Lo que me sorprende es que vivan, que puedan seguir viviendo en
semejantes condiciones. No hay esperanzas para ellos, ni las habrá en muchos
siglos, de veras, yo sé de qué hablo.
Nueva
York no fue, pues, saturada de estas bellas y excelentes obras de arte, y así
se evitó que en los botes de basura americanos aparecieran, sucias y desprecia.
das, las policromadas canastitas tejidas con poemas no cantados, con pedacitos
de alma y gotas de sangre del corazón de un indio mexicano.
G
Durante tres siglos la novela fue, en América Latina, un género maldito.
España prohibió que se enviaran novelas a sus colonias, pues los inquisidores
juzgaron que libros como el Amadis e otros de esta calidad eran
subversivos y podían apartar a los indios de Dios. Estos optimistas suponían,
por lo visto, que los indios sabían leer. Pero es indudable que gracias a su
celo fanático la Inquisición tuvo un instante de genialidad literaria: adivinó
antes que ningún critico cl carácter esencialmente laico de la novela, su
naturaleza refractaria a lo sagrado (no existe una novela mística memorable),
su inclinación a preferir los asuntos humanos a los divinos y a tratar estos
asuntos subversivamente. La prohibición no impidió el contrabando de libros
caballerescos, pero sí amedrentó a los posibles narradores, pues hasta el siglo
xix no se escribieron novelas (al menos, no se publicaron). La primera apareció
en 1816, en México, y es una obra de filiación picaresca: El Periquillo
Sarniento de Lizardi. Su único mérito es haber cumplido esa función
inaugural. Porque además dc maldita y tardía, la novela latinoamericana fue,
hasta fines del siglo pasado, un género reflejo, y luego, hasta hace poco,
primitivo. En el xix nuestros mejores creadores fueron poetas, como José
Hernández, el autor de Martín Fierro o ensayistas, como Sarmiento y
Martí.
La obra narrativa más importante del siglo xix latinoamericano se
escribió en portugués; su autor es el brasileño Machado de Assís. En lengua
española hubo algunos narradores decorosos, lectores más o menos aprovechados
de los novelistas europeos, cuyos temas, estilos y técnicas imitaron: el
colombiano Jorge Isaacs, por ejemplo, que en su novela María (1867)
aclimató Ghateaubriand y Bernardin de Saint-Pierre a la geografía y a la
sensiblería americanas, o el chileno Blest Gana, epígono de Balzac, que compuso
una legible Comedia humana con asuntos históricos y sociales ile su
país. Hubo también un cuentista ingenioso, Ricardo Palma, que en sus Tradiciones
inventó un pasado versallesco al Perú. Pero ninguno de nuestros narradores
románticos o realistas fraguó’ un mundo literario universal-mente válido, una
representación de la realidad, fiel o infiel, pero dotada de un poder de
persuasión verbal suficiente para imponerse al lector como creación autónoma.
El interés de sus novelas es histórico, no estético, e incluso su valor
documental es reducido: reflejas, sin punto de vista propio, nos informan más
sobre lo que sus autores leían que sobre lo que veían, más sobre los vacíos
culturales de una sociedad que sobre sus problemas concretos.
La frontera entre la novela refleja y la novela primitiva fue femenina
y folklórica. Una matrona cuzqueña, Clorinda Matto de Turner, escribió a fines
del siglo pasado un atrevido folletín: Aves sin nido (1889). Los
sacrilegios, adulterios, estupros, el incesto a medias y otras iniquidades del
libro no eran originales; sí, en cambio, que describiera la miserable condición
dcl indio de los Andes y que se demorara líricamente en la pintura de un
paisaje, no convencional como el de las novelas anteriores, sino real: el de la
sierra peruana. Así nació en la literatura latinoamericana esa corriente que
con variantes y rótulos diversos: indigenista, costumbrista, nativista, criollista;
anegaría el continente hasta nuestros días (el año pasado fue coronada con el
Premio Nobel en el mejor de sus representantes: el guatemalteco Miguel Ángel
Asturias). La nueva actitud tuvo dos caras. Históricamente significó una toma
de conciencia de la propia realidad, una reacción contra el desdén en que se
tenía a las culturas aborígenes y a las subculturas mestizas, una voluntad de
reivindicar a esos sectores segregados y de fundar a través de ellos una
identidad nacional. En algunos casos, significó también un despertar político
de los escritores en torno a los desmanes de las oligarquías criollas y al
saqueo imperialista de América. Literariamente, en cambio, consistió en una
confusión entre arte y artesanía, entre literatura y folklore, entre
información y creación.
Una ojeada a los mejores momentos de la novela primitiva, es decir, a Los
de abajo (11916) del mexicano Mariano Azuela; Raza de bronce (1918)
del boliviano Alcides Arguedas; La vorágine (1924) del colombiano
Eustasio Rivera; Don Segundo Sombra (1926) del argentino Ricardo
Güiraldes; Doña Bárbara (1929) del venezolano Rómulo Gallegos; Huasipungo
(1934) del ecuatoriano Jorge Icaza; El mundo es ancho y ajeno (1941)
del peruano Ciro Alegría, y a El señor presidente de Asturias (1948),
permite comprobar una diferencia importante con la novela anterior: los autores
latinoamericanos han dejado de copiar a los autores europeos, y ahora, más
ambiciosos, más ilusos, copian la realidad. Artísticamente siguen enajenados a
formas postizas, pero se advierte en ellos una originalidad temática; sus
libros han ganado una cierta representatividad. Tres siglos después que los
conquistadores, han descubierto al indígena y a la naturaleza de América, y a
su vez (ellos con buenas. intenciones) han comenzado a explotarlos. Ahora sí,
el historiador y el sociólogo tienen un abundante material de trabajo: la
novela se ha vuelto censo, dato geográfico, descripción de usos y costumbres,
atestado etnológico, feria regional, muestrario folklórico. Se ha poblado de
indios, cholos, negros y mulatos; de comuneros, gauchos, campesinos y pongos;
de alpacas, llamas, vicuñas y caballos; de ponchos, ojotas, chiripás y
boleadores; de corridos, huaynos y vidalitas; de selvas como galimatías
vegetales, sabanas sofocantes y páramos nevados. Seres, objetos y paisajes
desempeñan en estas ficciones una función parecida, casi indiferenciable: están
allí no por lo que son sino por lo que representan. ¿Y qué representan? Los
valores autóctonos” o “telúricos” de América. Aunque en algunos casos la visión
de esa realidad es puramente decorativa y esteticista, como en Güiraldes, en la
mayoría de los novelistas primitivos hay un afán dc crítica social, y además de
documentos, sus novelas son también alegatos contra el latifundio, el monopolio
extranjero, el prejuicio racial, el atraso cultural y la dictadura militar, o
autopsias de la miseria del indígena. Pero el conflicto principal que ilustran
casi todas ellas no es el de campesinos contra terratenientes, o colonizados
contra colonizadores, sino el del hombre y la naturaleza. El personaje
principal de mis novelas es la naturaleza”, declaraba Rómulo Gallegos. Todos
podrían decir lo mismo. Una naturaleza magnífica y temible, descrita con
minucia y trémolos románticos, preside la acción de estas ficciones, y es el
verdadero héroe que sustituye y destruye al hombre. Simbólicamente, en dos de
ellas, los personajes principales son, al final, absorbidos por la naturaleza.
Al poeta Arturo Cova, de La vorágine lo “devora la selva”, según revela
el telegrama con que termina la novela, y a don Segundo Sombra, el narrador lo
divisa en la última página, desapareciendo poco a poco, a lo lejos, como si la
pampa lo fuera cortando a hachazos. Novela pintoresca y rural, predomina en
ella el campo sobre la ciudad, el paisaje sobre cl personaje, y el contenido
sobre la forma. La técnica es rudimentaria, preflaubertiana: el autor se
entromete y opina en medio de los personajes, ignora la noción de objetividad
en la ficción y atropella los puntos de vista; no pretende mostrar sino
demostrar. Cree, como un novelista romántico, que el interés de una novela
reside en la originalidad de una historia y no en el tratamiento de esta
historia, y por eso es truculento. Lo preocupa, sí, el estilo, pero no en la
medida en que se adecue, dé relieve y vida a su mundo ficticio, no en el
sentido de que sea operante y se disuelva en su relato, sino como algo
independiente y llamativo, como un valor en sí mismo: por eso es un retórico
pertinaz. Estilos frondosos e impresionistas, «poemáticos” en el sentido
peyorativo del término, oscurecidos de provincialismos en los diálogos, y amanerados
y casticistas en las descripciones, logran lo contrario que ambicionaban sus
autores: no plasmar en la ficción lo real en su «estado bruto”, sino la
artificialidad, la irrealidad. Los temas suelen ser tremendistas, pero su desarrollo
y realización esquemáticos, porque la caracterización de los personajes es
superficial, y el análisis psicológico está hecho con brocha gorda. Los
conflictos son arquetípicos: reseñan la lucha del bien y del mal, de la
justicia y la injusticia, enfrentando personajes que encarnan rígidamente estas
nociones y constituyen abstracciones o estereotipos, no seres de carne y hueso.
Esta visión maniquea de la vida es también epidérmica: se queda en la
exterioridad, los dramas no son interiorizados ni modelan las conciencias, no aparecen
las motivaciones íntimas de la conducta humana, la dimensión secreta de la
vida. El espacio en que asientan es el de la geografía y el de las relaciones
sociales y éstas no están regidas por leyes históricas sino por un sino
fatídico. Por eso, a pesar de que usan y abusan de las supersticiones y
prácticas mágicas indígenas, las novelas primitivas carecen de misterio: hay en
ellas algo que es a la vez forzado y previsible. Rústica y bien intencionada,
sana y gárrula, la novela primitiva es de todos modos la primera que con
justicia puede ser llamada originaria de América Latina (aunque literariamente
esto no signifique gran cosa). Es también la primera que se traduce en el
extranjero, e, incluso, entusiasma a críticos que deciden que la novela latinoamericana
sólo debe ser eso: cuando lean a los nuevos novelistas los acusarán de traición
por omitir el folklore, o de atrevimiento por experimentar con la forma como un
novelista europeo o norteamericano.
La novela de creación no es posterior a la novela primitiva. Apareció
discretamente cuando ésta se hallaba en pleno apogeo, y desde entonces ambas
coexisten, como los rascacielos y las tribus, la miseria y la opulencia, en
América Latina. Algunos estiman que nació con dos neuróticos curiosos: el uruguayo
Horacio Quiroga y el argentino Roberto Arlt. Pero lo interesante en el primero
son algunos relatos morbosos de horror naturalista, no sus novelas, y las del
segundo que describe un Buenos Aires de pesadilla, están escritas de prisa y
defectuosamente construidas. Más justo es fijar el nacimiento en 1939, cuando
aparece El pozo, la primera novela del uruguayo Juan Carlos Onetti. Este
pesimista tenaz (y se diría justificado: las editoriales que lo publican
quiebran, sus manuscritos se pierden, sus libros no se venden, incluso hoy
muchos críticos lo ignoran) es quizá, cronológicamente, el primer novelista de
América Latina que en una serie de obras —las más importantes son La vida
breve (1950), El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964) — crea un
mundo riguroso y coherente, que importa por sí mismo y no por el material
informativo que contiene, asequible a lectores de cualquier lugar y de
cualquier lengua, porque los asuntos que expresa han adquirido, en virtud de un
lenguaje y una técnica funcionales, una dimensión universal. No se trata de un
mundo artificial, pero sus raíces son humanas antes que americanas, y consiste,
como toda creación novelesca durable, en la objetivación de una subjetividad
(la novela primitiva era lo contrario: subjetivaba la realidad objetiva que
quería transmitir). Nada de color, nada de pintoresco en este mundo: una
deprimente grisura empaña a los hombres y al paisaje del imaginario puerto de
Santa María, donde ocurren la mayoría de las historias de frustración y de
rencor, de maldad y de remordimiento, de incomunicación existencial de las
novelas de Onetti. Pero los mediocres malsanos y las apáticas mujeres de Santa
Maria, y la ruindad espiritual de esta tierra sin esperanza, comunican, por la
angustiosa energía de la prosa que los nombra una prosa densa y deletérea, de
frases abismales con reminiscencias faulknerianas algo que todos los fuegos
anecdóticos de la novela primitiva no consiguieron: una impresión de vida
contagiosa y auténtica.
La novela deja de ser «latinoamericana”, se libera de esa servidumbre.
Ya no sirve a la realidad, ahora se sirve de la realidad. A diferencia de lo
que pasaba con los primitivos, no hay un dominador común ni de asuntos ni de
estilos ni de procedimientos entre los nuevos novelistas: su semejanza es su
diversidad. Éstos ya no se esfuerzan por expresar «una” realidad, sino visiones
y obsesiones personales: su realidad. Pero los mundos que crean sus
ficciones, y que valen ante todo por sí solos, son, también, versiones, calas a
diferentes niveles, representaciones (psicológicas, fantásticas o míticas) de
América Latina. Algunos, incluso como el mexicano Juan Rulfo, el brasileño Joao
Guimaraes Rosa o el peruano José María Arguedas, en Los ríos profundos
(1959), utilizan los mismos tópicos de la novela primitiva: pero en ellos
estos motivos ya no son fines sino medios literarios, experiencias que su
imaginación renueva y objetiva a través de la palabra. Con sólo dos breves
libros impecables, una colección de cuentos, El llano en llamas (1953) y
una novela, Pedro Páramo (1955), Rulfo ejecuta el indigenismo verboso y
exterior. Su prosa ceñida, que no reproduce sino recrea sutilmente el habla
popular de la región de Jalisco (la que le presta también los recuerdos infantiles,
los nombres y los símbolos que constituyen sus fuentes de trabajo) erige un
pequeño universo sin tiempo, de violencia y poesía, de aventura y tragedia, de
superstición y fantasmas, que es, al mismo tiempo que mito literario, una
radiografía del alma mexicana. Aparentemente toda la novela primitiva está
allí: color local, fauna regional, ambiente campesino. En realidad, todo ha
cambiado: el paisaje de Comala, ciudad de los muertos o alegoría del infierno,
no es un decorado sino un estado de ánimo, una clave en el diseño interior de
los personajes, algo que emana de ellos y los define, una proyección de su
espíritu. En la novela primitiva, la naturaleza no sólo aniquilaba al hombre:
también lo generaba. Ahora es al revés: el eje de la ficción ha rotado de la
naturaleza al hombre, y son los tormentos de éste, de cuando en cuando sus
alegrías, lo que Rulfo encarna en sus bandoleros harapientos y sus mujeres
pasivas e indoblegables. También Guimaraes Rosa, en su única novela, Grande
sertao: veredas (1956), parece un costumbrista si se lo lee sin cuidado.
Pero ese tormentoso monólogo del exyagunzo Riobaldo, que, convertido en
hacendado, evoca su vida de bandido en los desiertos de Minas Gerais tiene,
como una valija de contrabandista, triple fondo. Sus peripecias son las de una
novela de aventuras y están condimentadas de exotismo, suspenso, brutalidad y
hasta de revelaciones melodramáticas: un rufián resulta ser, al final del
libro, una delicada mujer. Y la cuidadosa reseña de la flora, la fauna y el
gran corso humano del sertao corresponde a la de una novela primitiva. ¿Pero es
esta sucesión de anécdotas lo primordial de la novela, o es esa realidad que
constituye en sí mismo el monólogo de Riobaldo, ese río sonoro e imaginativo en
el que las palabras han sido manipuladas, organizadas de tal modo que ya no
aluden a otra realidad que a la que ellas mismas van creando en el curso
avasallador del relato? La palabra en Grande sertao: veredas, como en Paradiso
de Lezama Lima, es una presencia tan impetuosa que significa un espectáculo
fonético aparte. Pero, novela de acción o Torre de Babel, esta ficción podría
ser también un manual de satanismo. Una presencia recurrente en la novela es
el demonio, con quien Riobaldo cree haber hecho un pacto, una noche de
tempestad, en una encrucijada de caminos, y esa sombra luciferina que recorre
como un estremecimiento toda la novela, la dota de una atmósfera extraña y
enigmática, de significados oscuros, en los que algunos ven una meditación
sobre el mal, un discurso metafísico. Esta novela sería, según ellos, algo así
como un templo masónico atestado de símbolos. La ambigüedad (nota distintiva de
lo humano que la novela primitiva ignoró) caracteriza también a Los ríos
profundos, que narra el drama de un niño desgarrado, como su autor, como el
Perú, por una doble lealtad a dos mundos que guerrean en él sin integrarse.
Hijo de blancos, criado entre indios, vuelto al mundo de los blancos, el narrador
de la novela es un testigo privilegiado para evocar la oposición de ese anverso
y reverso de su ser. Aunque el más apegado, entre los nuevos, a los patrones de
la novela primitiva, Arguedas no incurre en sus defectos más obvios porque no
intenta fotografiar al mundo indio (que él conoce profundamente): quiere
instalar al lector en su intimidad. Los indios abstractos del indigenismo se
convierten en Arguedas en seres reales, gracias a un estilo que reconstituye en
español y dentro de perspectivas occidentales, las intuiciones y devociones
más entrañables del mundo quechua, sus raíces mágicas, su animismo colectivo,
la filosofía entre resignada y heroica que le ha dado fuerzas para sobrevivir a
siglos de injusticia.
Se ha dicho que el paso de la novela primitiva a la nueva novela es una
mudanza del campo a la ciudad: aquélla sería rural y ésta urbana. Esto no es
exacto, como se ve por los ejemplos anteriores; sería más justo decir que la
mudanza fue de los elementos naturales al hombre. Pero es verdad que entre los
nuevos escritores hay apasionados descriptores (es decir, inventores,
recreadores, intérpretes) de ciudades. La primera novela de Carlos Fuentes, La
región más transparente (1958) es un mural, hirviente, populoso, de la
ciudad de México, una tentativa para captar en una ficción todos los estratos
de esa pirámide, desde la base indígena con sus ritos ceremoniales y su
idolatría emboscada tras el culto católico, hasta la cúspide oligárquica,
cosmopolita y snob, que calca sus apetitos, modas y disfuerzos de Nueva
York y de Paris. Para trazar esa biografía de una ciudad, Fuentes recurre a
todo el arsenal de técnicas de la novela contemporánea, desde el simultaneísmo
a lo Dos Passos hasta el monólogo interior joyceano y el poema en prosa. Esta
vocación experimental se atenúa en su segunda novela, Las buenas
conciencias (1959), historia de una crisis moral de un joven burgués de Guanajuato
contada a la manera tradicional, pero renace en La muerte de Artemio Cruz (1962),
que admirablemente concilia fantasía y observación, inquietud social y aventura
formal, testimonio y creación. El libro es una patética indagación sobre el
destino de un país: ¿qué es México, por qué ha llegado a ser lo que es? La
lenta agonía de un caudillo de la Revolución, que vivió la gesta, la esperanza
y la anarquía de las guerras civiles, y luego el gradual anquilosamiento de la
nueva sociedad, es el hilo conductor de esta averiguación: los dramas del héroe
y del país se entrelazan en una maraña de episodios cronológicos discontinuos,
armados con técnicas de composición diversas, que reviven ese pasado y
despliegan ante el lector los tipos humanas, las clases sociales con sus
frustraciones, sus mitologías y sus pugnas, y los momentos históricos
culminantes del mosaico mexicano. De estructura compleja, elaborada con
procedimientos tan vastos y versátiles como su rica materia, escrita en una
prosa fecunda y vital que alcanza su temperatura mejor en la evocación de
ambientes populares o en las reminiscencias revolucionarias, La muerte de
Artemio Cruz consigue un equilibrio eficaz entre compromiso social y vocación
artística.
En las novelas posteriores de Fuentes, los temas sociales y políticos
quedan desplazados por temas más intelectuales. Aura (1962) es la
historia de una posesión diabólica, y Zona sagrada (1966) un ana-lisis
de la relación histérica entre una estrella cinematográfica embalsamada por la
celebridad y su hijo, sobre el que aquélla ejerce una fascinación destructiva.
Que los personajes sean mexicanos es adjetivo; al autor ya no le interesan los
seres humanos sino la parodia que hacen de ellos ciertas situaciones de la vida
moderna, las máscaras que adoptan los fetiches animados de la sociedad de
consumo, las precarias poses que son sus relaciones. Esta preocupación es la
materia prima de Cambio de piel (1967), libro que, como el mítico gatoblepas
de «La Tentación de San Antonio” se devora a sí mismo: personajes como fuegos
fatuos que son y no son, que se doblan y desdoblan ante los ojos de un narrador
que mueve los hilos de este juego cínico en el que, desde un presente anclado
en Cholula, se recuerdan o inventan mil atmósferas, mil situaciones, mil temas,
rozándolos todos y sin mellar la superficie de ninguno, en un gran happening
que es una parábola sobre la futilidad y las imágenes vanas de una
civilización.
Se ha dicho que otro rasgo distintivo de la nueva novela es la importancia
que tienen en ella los temas fantásticos y que éstos incluso prevalecen sobre
los realistas. La afirmación parece suponer que los llamados “temas
fantásticos” no representan la realidad, que pertenecen a lo irreal. ¿Son
menos reales, menos humanos, el sueño y la fantasía, que los actos y los seres
verificables por la experiencia? Sería mejor decir que en los nuevos autores la
concepción de la realidad es más ancha que en la novela primitiva, pues abraza
no sólo lo que los hombres hacen, sino también lo que sueñan o inventan. Todos
los temas son reales si el novelista es capaz de dotarlos de vida, y todos
irreales, aun la referencia a la más trivial de las experiencias humanas, si el
escritor carece de ese poder de persuasión del que depende la verdad o la
mentira de una ficción. Entre los nuevos tal vez el único que pueda ser llamado
con entera propiedad escritor fantástico es el argentino Jorge Luis Borges, que
ha escrito cuentos, poemas y ensayos, no novelas. Pero hay una serie de novelistas
que constituyen un caso particular, pues sus obras hunden sus raíces al mismo
tiempo en esas dos dimensiones de lo humano: lo imaginario y lo vivido. Entre
ellos, el argentino Julio Cortázar, los cubanos Lezama Lima y Alejo Carpentier,
y el colombiano García Márquez.
Hasta la aparición de la más importante de sus novelas, Rayuela (1963),
la obra de Cortázar fue alternativamente realista y fantástica, pero esas dos
direcciones no la escindieron en dos escrituras. La voz autobiográfica del
boxeador de “Torito”, la voz intelectual del “jazzman” de “El perseguidor” es
la misma voz transparente que cuenta cómo un hombre se convierte en una
bestiecilla acuática en ”Axolotl” y describe en “Las ménades” un concierto que
se transforma en holocausto. Esta unidad se debe a un estilo que viene de la
lengua oral (a la que trasciende por la poesía y el humor), un estilo tendido
como un puente sobre el abismo que existe todavía en español entre lengua
hablada y escrita. Esas dos direcciones se reúnen en Rayuela, donde las
fronteras entre lo real y lo imaginario no existen. Pero esos dos mundos no se
mezclan, coexisten en la novela sin que pueda señalarse la línea que los
separa. Instalado a veces en la vida cotidiana, sumido a veces en la maravilla,
el lector no sabe en qué momento franquea el límite, nunca tiene la sensación
del tránsito. Todo consiste en cambios ligerísimos en el movimiento
respiratorio de la narración, en imperceptibles alteraciones de sus ritmos y
leyes. El argumento está situado en París y en Buenos Aires, pero los episodios
no se suceden ni subordinan. Son, diríamos soberanos, y los enlaza un
personaje, Oliveira, hipnotizado por la inautenticidad de la vida moderna. Sus
actos y sus sueños son una maniática búsqueda dc las razones de esta inautenticidad.
En París lleva a cabo su exploración a un nivel intelectual, con parias como
él, agrupados en el Club de la Serpiente, y en Buenos Aires, con seres más
integrados al sistema social. En Rayuela, la materia narrativa es un
orden abierto, con muchas puertas que pueden ser de entrada o de salida, según
lo decida el lector. Hay dos maneras de leer el libro: una “tradicional” (en
este caso la novela comprende sólo la mitad de sus páginas), y otra, que se
inicia en el capítulo 73 y avanza en zigzag, según instrucciones del autor.
Estas dos lecturas posibles (no únicas) dan origen a libros distintos. Porque,
además del autor y del lector, hay un tercer hombre cuya contribución es tan
decisiva como inesperada para la realización cabal de la novela. Ocupa toda la
tercera parte y se llama la cultura. Allí ha reunido Cortázar una serie de
textos ajenos que figuran como capítulos de pleno derecho, pues confrontados a
estos poemas, citas, recortes de diario, los episodios cambian de perspectiva y
aun de contenido. La cultura en su más amplia acepción aparece asimilada de
este modo a la creación, como un elemento dinámico que actúa desde el seno de
lo narrado. Rayuela es, sin duda, una de las obras de estructura más
original entre las novelas contemporáneas.
José Lezama Lima, en cambio, no tiene ninguna pericia técnica; Paradiso
(1966), su única novela, está construida con recursos de folletín. Su
grandeza es lingüística. Se trata de una tentativa imposible: describir, en
sus vastos lineamientos y en sus detalles recónditos, un universo fraguado por
una imaginación alucinada. Lezama se reclama inventor de un “sistema poético”
del mundo (cuyas claves, la metáfora y la imagen son, según Lezama, las
herramientas que tiene el hombre para comprender la historia y la naturaleza,
vencer a la muerte y salvarse) y Paradiso quiere ser la demostración
hecha fábula de este sistema. Es en realidad, la creación de un insólito mundo
verbal. El argumento está construido en torno a José Cemí, desde que éste es
aún niño hasta que, veinte años más tarde, completada la formación de su
sensibilidad, va a entrar al mundo a ejercer su vocación artística. Pero lo
notable del libro no es el aprendizaje de este artista adolescente (la vida
familiar de Cemí, su descubrimiento del paisaje cubano, sus discusiones
literarias, sus llameantes experiencias homosexuales) sino la perspectiva
desde la cual estos hechos son narrados. El libro no se sitúa en la realidad
exterior de los actos ni en la interior de los pensamientos, sino en un orden
sensorial, en el que hechos y reflexiones se disuelven y confunden, formando
extrañas entidades, huidizas formas cambiantes llenas de colores, músicas,
sabores y olores, hasta ser borrosos y hasta ininteligibles. La vida de Cemí y
de quienes lo rodean es una cascada de sensaciones que nos es comunicada
mediante metáforas. Las sensaciones visuales predominan, y esa prosa que
describe la realidad por sus valores plásticos, acaba por devorar a la
anécdota, como el color en un cuadro de Turner. En este universo sensorial, de
monstruos consagrados a la voluptuosa tarea de sentir seres, objetos,
sensaciones, son siempre pretextos, referencias que ponen al lector en
contacto con otros seres, otras sensaciones y objetos, que a su vez remiten a
otros, en un juego de espejos inquietante y abrumador, hasta que de ese modo
surge la sustancia inapresable que es el elemento en el que vive José Cemí, su
fascinante “paraíso”. La novela de Lezama resucita una función que la ficción
de nuestros días ha eludido y que fue el designio mayor de la novela
clásica: la revelación de zonas inéditas de realidad.
El mundo de Carpentier no es sensorial, pese a que el único sentimiento
vivo en él es, tal vez, el amor a las cosas, a esa materia inerte que describe
en una prosa trabajada y morosa, sino mítico. Está levantado entre lo real y lo
fabuloso y Carpentier ha encontrado una buena fórmula para definir su
naturaleza dúplice: “realismo mágico”. Su primera novela (ahora él la desdeña),
Ecué-Yamba-O (1933) está más cerca de la novela primitiva que de la
novela de creación; documenta el paganismo hechicero de la población negra
cubana y denuncia la penetración imperialista en su país. Pero cuando dieciséis
años más tarde aparece El reino de este mundo (1949), el folklorista se
ha vuelto un esteta, el testigo político un alquimista que transforma en mitos
los hechos verídicos que desentierra del pasado antillano, el observador social
un artífice que juega con el tiempo y recrea la geografía lujuriosa del Caribe
en barrocos retablos de palabras. La revuelta de esclavos, la presencia
napoleónica y la sangrienta dictadura de Henri Christophe en Haití que esta
novela sintetiza en uña visión bíblica, así como la búsqueda del paraíso
terrenal que protagoniza el musicólogo de Los pasos perdidos (1953), que
abandona la civilización para remontar el Orinoco en un viaje a lo primitivo
que es también un viaje en el tiempo, la historia del perseguido durante la
dictadura terrorista de Machado en Cuba elaborada en El acoso como una
pieza musical, y la crónica legendaria de las repercusiones de la Revolución
Francesa en el Caribe en El siglo de las luces (1962), son las distintas
fases de una sola alegoría sobre la originalidad americana, los argumentos de
una tesis: la realidad poética surrealista, producto en Europa de la
imaginación y el subconsciente, sería en América realidad objetiva. Nacida del
choque de la razón europea y el sentimiento mágico de la vida del aborigen, que
la venida del africano enriqueció con ritmos y cultos nuevos, en esta realidad
original americana conviven, como en Los pasos perdidos todas las edades
históricas, todas las razas, todos los climas y paisajes. En ella, como en el
relato «Viajes a la semilla” (1958), el tiempo ha sido invertido o abolido. ¿Es
históricamente justa esta interpretación? En todo caso, su formulación
literaria es válida: exprese o no la personalidad inconfundible de América, el
mundo de Carpentier tiene una verdad intrínseca que es el resultado de su
maciza arquitectura, la coherencia interna de sus elementos y la refinada
elegancia de su dicción.
García Márquez es también el constructor de un mundo, pero en él no hay
la premeditación intelectual ni el laborioso trabajo del estilo de un
Carpentier: la exuberancia de su imaginación es espontánea y su prosa es sobre
todo eficaz. Sus libros son una crónica de Macondo, una tierra inventada. La
hojarasca, su primera novela (1955), describía este mundo como pura
subjetividad, a través de los monólogos torturados de unos personajes
sonámbulos. Macondo era todavía una patria mental, una proyección de la
conciencia culpable del hombre. El coronel no tiene quien le escriba (1961)
añade a este espíritu un paisaje y una tradición en los que reaparecen ciertos
motivos del costumbrismo (el gallo de lidia, por ejemplo), pero utilizados no
como valores “locales” sino como símbolos de frustración. En Los funerales
de la Mamá Grande (1962) y La mala hora (1962), Macondo adquiere una
nueva dimensión: la mágica. Además de ser un recinto dominado por el mal, los zancudos,
la violencia y el calor, es escenario de sucesos extraordinarios: llueven
pájaros del cielo, hay ceremonias de hechicería en sus viviendas, la muerte de
una anciana atrae al lugar a monarcas y celebridades, el Judío Errante aparece
ambulando en sus calles. Pero el gran enriquecimiento de Macondo ocurre en Cien
años de soledad (1967). La prosa matemática de los libros anteriores se
convierte en un estilo volcánico capaz de comunicar el movimiento y la gracia a
las más audaces criaturas de la imaginación. En esta historia de los cien años
de vida de Macondo, la fantasía galopa desbocada, delineando en el espacio y en
el tiempo la silueta de Macondo, en muchos niveles de realidad: el individual y
el colectivo, el legendario y el histórico, las fronteras de lo posible y lo
imposible han desaparecido: en Macondo la desmesura es la norma, el milagro es
tan veraz como la guerra y el hambre. Hay alfombras voladoras, imanes gigantes
que al pasar por la calle arrebatan las ollas y las sartenes de las casas,
galones varados en la selva, mujeres que levitan, y un héroe caballeresco que
promueve treinta y dos guerras, tiene diecisiete hijos varones en diecisiete
mujeres distintas, escapa a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a
un pelotón de fusilamiento, y muere apacible y nonagenario fabricando
pescaditos de oro. Pero Macondo no es un castillo en el aire: la maravilla es
sólo una de sus caras. Porque incluso en su perfil visionario, esta ficción
está aludiendo (mediante transfiguraciones y espejismos) a una realidad muy
concreta. El paisaje de Macondo reproduce (no, recrea) toda la naturaleza de
América, y los dramas de ésta se refractan en su historia como los colores en
un espectro. Un olor a plantaciones de banano infesta el aire del lugar y atrae
a aventureros primero, luego a monopolios extranjeros. No todo es magia y
fiesta erótica en la vida dc Macondo: un fragor de hostilidades entre poderosos
y miserables resuena tras esas llamaradas y estalla a veces en orgía de
sangre, como durante la matanza de ferrocarrileros. Y además, en los
desfiladeros y páramos de las sierras, hay esos ejércitos que se buscan y se
diezman, como ocurrió (ocurre todavía) en Colombia. Violencia y fantasía son
las notas exteriores de Macondo; la nota interior es el desamparo moral. La
bíblica tribu de los Buendía se reproduce y extiende en un espacio y tiempo
condenados. Sus blasones ostentan una mancha: la soledad. Los Buendía luchan,
aman, se juegan enteros en empresas descabelladas. El resultado es siempre la
infelicidad. Todos, tarde o temprano, son burlados y vencidos, desde el
fundador de Macondo, que nunca encuentra el camino del mar, hasta el último
Buendía, que desaparece con el pueblo cuando iba a descubrir el secreto de la
sabiduría. Ocurre que en Macondo, donde todo es posible, no existe la alegría,
no hay solidaridad entre los hombres. Una tristeza empaña todos los actos, un
sentimiento de inminente catástrofe ronda toda su historia. Leyes secretas
regulan la vida en esta tierra de las maravillas: nadie es libre. Incluso en
sus bacanales, cuando estupran como conejos y comen y beben pantagruélicamente,
los Buendía no gozan ni se encuentran a sí mismos. Esa representación
simbólica, empleando los recursos más estrictos de la ficción, del desamparo
moral, de la alineación del hombre en América Latina, es tal vez el mérito más
alto de esta novela. Como cualquiera de los Buendía, los hombres nacen hoy en
América Latina condenados a vivir en soledad y a engendrar hijos con colas de
cerdo, es decir, seres de vida inhumana e irrisoria sometidos a un destino que
no fue elegido por ellos.
La novela de García Márquez, como las anteriores que esta nota menciona
(y una docena más que hubiera sido preciso reseñar) revelan una fecundidad
original y ambiciosa que delata un momento de apogeo en la narrativa
latinoamericana. En estos tiempos en que la novela europea y norteamericana
agoniza entre herméticas acrobacias formalistas y una monótona conformidad con
la tradición, conviene alegrarse. No tanto por América Latina, pues la salud de
una narrativa suele significar una crisis profunda de la realidad que la
inspira, sino, más bien, por la vida de la novela.
G
De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.
Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en
barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvína
que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue
el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de
carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas
tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con
todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un
poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus
amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye
rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un
cuchillo sobre una piedra de afilar.
–Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es
pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un
aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas
como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como
si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados.
Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye a mañana y tarde, hora tras hora,
sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando
con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de
uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo
verá usted.
El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato,
mirando hacia afuera.
Hasta ellos llegaban el sonido del río pasando sus
crecidas aguas por las ramas de los camichines; el rumor del aire moviendo
suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el
pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.
Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara
de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía
avanzando la noche.
–¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más!
–volvió a decir el hombre. Después añadió:
–Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en
Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha
caliginosa que no se borra nUnca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una
cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted
verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el
más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de
muerto...
Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse
dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta
y les dijera: « ¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin
armar alboroto.»
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y
dijo:
–Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A
mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la
desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno
ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando
tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual
que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce
días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que
no regresen en varios años.
« ... Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que
la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de
rajaduras y de esa cosa que allí llaman “pasojos de aguar', que no son sino
terrones endurecidos como piedras filosas, que se clavan en los pies de uno al
caminar, como sí allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si
así fuera.»
Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma
en la botella y siguió diciendo:
–Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar
muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar
donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente
le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la
hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca.
Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque
está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como
una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.
Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de
bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras
una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en
Luvina, fue la imagen del desconsuelo.., siempre.
–Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni
siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y
es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a
meados de burro. Aquí uno se acosumbra. A fe que allá ni siquiera esto se
consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un
mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros
tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese
su cerveza. Yo sé lo que le digo.»
Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El
ni-mor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la
puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:
–Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente
traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me
cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina.
Allá viví. Allá dejé la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y
volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien.
Me parece recordar el principio. Me pongo en 'su lugar
y pienso... Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿ Pero me
permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me
sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagaran la cabeza con aceite
alcanforado... Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el
arriero que nos llevó no quiso dejar ni siquiera que descansaran las bestias.
En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:
»–Yo me vuelvo –nos dijo.
»–Espera, ¿no vas a dejar sestear tus animales? Están
muy aporreados.
»–Aquí se fregarían más –nos dijo–. Mejor me vuelvo.
»Y se fue, dejándose caer por la cuesta de la Piedra
Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
»Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos
allí, parados en mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en los brazos.
En medio de aquel lugar donde sólo se oía el viento...
»Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el
aire. Allí nos quedamos.
»Entonces yo le pregunté a mi mujer:
»–¿En qué país estamos, Agripina?
»Y ella se alzó de hombros.
»–Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y
dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos –le dije.
»Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue.
Pero no regresó.
»Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas
de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta
que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella
iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
»–¿Qué haces aquí, Agripina?
»–Entré a rezar –nos dijo.
»–¿Para qué? –le pregunté yo.
»Y ella se alzó de hombros.
»Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío,
sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por
donde se colaba el aire como por un cedazo.
»–¿Dónde está la fonda?
»–No hay ninguna [onda.
»–¿Y el mesón?
»–No hay ningún mesón.
»–¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? –le pregunté.
»–Sí, allí enfrente... Unas mujeres... Las sigo
viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos
miran... Han estado asomándose para aca... Míralas. Veo las bolas brillantes de
sus ojos... Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza
que en este pueblo no había de comer... Entonces entré aquí a rezar, a pedirle
a Dios por nosotros.
–¿Por qué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
»–Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
»–¿Qué país es éste, Agripina?
»Y ella volvió a alzarse de hombros.
»Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón
de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento,
aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar por encima de
nosotros> con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir por
los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces
del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que
colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas .con alambres
que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.
»Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el
miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando
su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.
»Poco antes del amanecer se calmó el viento. Después
regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo,
como si el cielo se hubiera juntado con la tierra> aplastando los ruidos con
su peso... Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de
mi mujer ahí a mi lado:
»–¿Qué es? –me dijo.
»–¿Qué es qué? –le pregunté.
»–Eso, el ruido ese.
»–Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un
poquito, que ya va a amanecer.
»Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de
murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes
alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si
la parvada
de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los
agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo
delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas
las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su
cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
»–¿Qué quieren? –les pregunté–. ¿Qué buscan a estas
horas?
»Una de ellas respondió:
»–Vamos por agua.
»Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si
fueran sombras> echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.
»No, no se me olvidará jamás esa primera noche que
pasé en Luvina.
–¿No cree usted que esto se merece otro trago? Aunque
sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.»
–Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve
en Luvina, ¿verdad...? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo
desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad...
Y es que allá el tiempo ese muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a
nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se
acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la
muerte, que para ellos es una esperanza.
–Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una
misma idea. Y así es> sí señor... Estar sentado en el umbral de la puerta,
mirando la salida y la puesta del sol> subiendo y bajando la cabeza>
hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto>
sin tiempo, como si se viviera siempre en la eternidad. Eso hacen allí los
viejos.
»Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los
que todavía no han nacido, como quien dice... Y mujeres sin fuerzas» casi
trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido... Apenas les
clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de
la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.
»Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o
con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde... Vienen de vez en cuando
como las tormentas de que le hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo
cuando regresan y uno como gruñido cuando se van... Dejan el costal del
bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y
ya nadie vuelve a saber de ellos sino al año siguiente, y a veces nunca... Es
la costumbre. Allí le dicen la ley> pero es lo mismo. Los hijos se pasan, la
vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como
quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley...
»Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por
el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos
sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo... Solos, en aquella soledad de
Luvina.
»Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro
lugar, donde la tierra fuera buena. “¡Vámonos de aquí!
–les dije–. No faltará modo de acomodarnos en alguna
parte. El Gobierno nos ayudará»
»Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el
fondo de sus ojos de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
»–¿Dices que el Gobierrno nos ayudará, profesor? ¿Tú
conoces al Gobierno?
»Les dije que sí.
»–También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De
lo que no sabemos nada es de la madre del Gobierno.
»Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la
cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la
gente de Luvina. Pelaron sus dientes molenques y me dijeron que no, que el
Gobierno no tenía madre.
»Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se
acuerda de ellos cuando alguno de sus muchachos ha hecho alguna fechoría acá
abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De hay en más no saben
si existen.
»–Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque,
según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad –me dijeron–. Pero
si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y
no podemos dejarlos solos.
»Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya.
Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva para engañar el
hambre. Los mirará pasar como sombras,
repegados al muro de las casas, casi arrastrados por
el viento.
»–¿No oyen ese viento? –les acabé por decir–. Acabará
con ustedes.
»–Dura lo que debe durar. Es el mandato de Dios –me
contestaron–. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se
arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el
pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.
»Ya no les volví a decir nada. Me salí de Luvina y no
he vuelto ni pienso regresar.
.Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para
allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me
dijeron a mí lo mismo: “Usted va a ir a San Juan Luvina”.
»En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de
ideas... Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa
plasta encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice
el experimento y se deshizo...
»San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel
nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto
hasta los perros y ya no hay ni quien ladre al silencio; pues en cuanto uno se
acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en
todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que
va para allá comprenderá pronto lo que le digo...
»¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos
matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso
interrumpe mucho la plática. ¡Oye Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
»Pues sí, como le estaba yo diciendo...
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo
sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos
desnudos.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El
chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy
lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las
estrellas.
El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre
la mesa y se quedó dormido.
G
Agente
del Ministerio Público: . . y todavía no se contentó usted con la forma de
haber dado muerte a su víctima, sino que a puntapiés, es decir, a patadas,
condujo la cabeza del occiso hasta el basurero próximo ...
El
Fut: Sí señor, cómo lo había de negar yo. Así fue, tal como usted lo dice.
Pero no lo hice por mal, señor. Verdá de Dios que no lo hice por mal. ¿Cómo
quería que yo agarrara esa cabeza con las manos, cuantimás habiéndolo yo
matado, digo, siendo yo el autor de la muerte de ese occiso? No lo hice por
mal, señor...
Agente
del Ministerio Público: ¿Así que lo hizo por bien...?
El
Fut: Sí señor, como todo mundo puede ver si lo mira en mi corazón. Lo hice
por bien...
Es curioso, pero aquí estamos, en la misma cárcel,
Hegel y yo. Hegel, con toda su filosofía de la historia y su Espíritu Absoluto.
Verdaderamente curioso. Debo precisar: en la misma celda, desde que me lo
trajeron, de la calle, a vivir conmigo. Un auténtico regalo filosófico. Lo
acepté con extrañeza y desconfianza: aquí eso molesta. Forrado en piel, una
piel de cochino bien curtida, reluciente, olorosa. Pero basta de bromas:
forrado en su propia piel, en su propio pellejo, limpio, colorado, que despedía
ese aroma de agua de colonia, pero de todos modos un pellejo de cochino. Lo miré:
un semi-enano, además giboso. Es decir, no un enano natural: semi-enano de un
metro y centímetros, tan sólo a causa de que le habían amputado las piernas de
raíz. desde el tronco. Con todo y las piernas, completo, debió tener su buena
estatura regular, y es fuerte. Yo mismo ayudé a que las ruedas del carrito
salvaran el quicio de la celda, que levanta más de media cuarta del suelo.
hasta que vino a mi celda todo mundo lo había llamado Ejel, simple y
bárbaramente. Tuve que imponer sobre la población entera de la Crujía Circular
—a gritos, pero metódicos y con arreglo a cierta periodicidad, por la
ventanilla de la puerta, pues entonces no se nos dejaba salir al corredor— la
pronunciación correcta del nombre, Jeguel, Hegel. Le vino de la
sucursal de un Banco en las calles de Hegel, de Jorge Guillermo Federico Hegel.
La radio-patrulla disparó varias ráfagas de ametralladora. Ocho balas repartidas
entre los dos muslos. Ahí quedó Hegel tirado a media calle, con su piel
de cochino perforada: real y racionalmente se hizo necesario
amputar. Pero me importa una chingada Hegel. Lo que trato de recordar es
otra cosa, desde que falta Medarda, desde que no viene. Otra cosa, que me da
vueltas y no me deja. El muy cabrón quiso matarme, para quedarse con la celda
solo. El muy retecabrón. Me lo dijo él mismo después. Se había puesto al habla
con dos de sus valedores. “Va un azul para cada uno: cincuenta baros
a cada quien, ustedes dicen”, me contó. Le daba risa. “Te salía barato,
cien pesos... por mí”, le dije y me eché en la cama, sin hablar. Medarda
nomás dejó de venir. Primero un sábado, y luego otro y otro y otro, hasta que
ya no vino. Quisiera verla de nuevo, su presencia irritante, ese no sentir
piedad hacia ella, su talle macizo, impuro. Su rostro se aleja, se esfuma
hacia el fondo, es un óvalo vacío, sin color, como si alguien lo hubiese
recortado —cuidadosamente, siguiendo con precisión la línea externa, sus
límites— para arrancarlo de algún retrato en cuyo lugar quedara al desnudo la
cartulina gris sobre la que estaba montada la fotografía y, no obstante, todo
lo demás, tal como habría sido siempre, durante la vida entera, quieto e
intacto desde que posó ante el fotógrafo: a la espalda, un decorado
nuboso, informe, con las dos líneas
horizontales de diminutos cirros flotantes, lo único que le hacía
parecer cielo, y en el primer término, una consola con aquel florero vacío
encima, inexplicables los dos. El entorno de Medarda: fuera de sus límites —el
rostro, el cuerpo, el vestido—, la nada; y aún éstos, en la sima del olvido, la
nada también. pero no es olvido, no. Tiene razón Hegel cuando dice: “la
memoria no es lo que se recuerda, sino lo que olvidamos”, más o menos, porque
lo dice de varios modos, muchas veces contrapuestos. Por ejemplo: “la memoria
es lo que uno hace y nadie ha visto, lo que no tiene recuerdo”. Añade luego:
“no somos sino pura memoria y nada más”. Tiene razón: nuestros actos, los actos
profundos dice él, son esa parte de la memoria que no acepta el recuerdo,
sin que importe el que haya habido testigos o no. Nadie es testigo de nadie ni
de nada, cada quien lleva encima su propio recuerdo no visto, no oído, sin
testimonios. He aquí el retrato de Medarda con el rostro vacío. Es peor que si
le hubieran sacado los ojos: ella es la que no me ve. Ella, ella, Medarda.
¿Dónde, dónde
diablos fue que comenzó todo esto? ¿Dónde comenzaron estas cosas? ¿En Panamá?
No son las cosas mismas lo que recuerdo, sino su halo, su periferia, lo
que está más allá el aquello que las circunscribe y define. Bien, el trópico.
Sea. Era duro, ahogaba. Panamá: las calles, rectas, amplias, limpias, del Canal
Zone, las ventanas con su tela de alambre para los mosquitos. El negro
aquel se empeñaba en no bajar de la guagua, el camión de pasajeros entre
Balboa y Panamá, la ciudad. Echaba la cabeza hacia atrás, con el mentón
apuntando a lo alto, desafiante pero ya vencido el antemano, heroicamente
seguro de la derrota, con una cólera desarmada y vacía en medio de la
distraída, inatenta indiferencia de aquellos blancos panameños del camión.
“¡Conozco mis derechos, no pueden obligarme a bajar, soy un ciudadano de Panamá
igual que cualquier otro!” Bueno, más bien semiblancos, lo que quiere decir
seminegros, empleados en las oficinas de la Zona, nativos, en una palabra,
que ya comenzaban a impacientarse pues el chofer se había negado a continuar
mientras el negro no bajara. “Baja, negro; te digo que aquí no puede viajá...
—la voz del chofer era calmosa, persuasiva, tolerante—. Po eso hay guagua
eclusiva pa lo negro. Esto no es lo tuyo, viejo.. .“ Lo decía de espaldas al
negro, sin volverse, encarándolo a través del espejo retrovisor, lo que daba
cierta irrealidad a su actitud, como si el negro no existiera. “Mira, negro,
que si no te baja, uno de esto caballero tendrá la gentileza de ir a llamá un
guardia que te obligue. Mira que te lo pide un negro tan negro como tú, tan
bembón como tú.” El chofer rió por lo gracioso de su repentina ocurrencia
respecto a la negritud de ambos, esa conciencia natural, ese consentimiento
mutuo que debía unirlos en la aceptación de su común ser inferior. En efecto,
era tan negro, o más, que el negro de la protesta. O quizá me lo parecía,
porque con los negros sucede así, cuando uno está entre ellos —en sus poblaciones
negras, en sus calles negras—, que los ve más negros, según el estado de ánimo
en que uno se encuentre o la pesadumbre en que uno se halle. Me pasó en
Belice, donde vi a los negros más negros de todos los negros que existen en el
mundo. Pero entonces fue que andaba yo verdaderamente reventado, “dado a la
mierda es poco”, como dice Hegel. Le eché al negro el brazo sobre el
hombro, le dije que yo bajaría junto con él y que los dos nos iríamos a pie
hasta Panamá o hasta donde él quisiera. Negro bembón, simpático. No lo volví a
ver, aunque quedamos de que me buscaría en el barco. En Panamá hubo mucho de
todo, pero ahí no fue. No puedo recordarlo. Quién sabe qué me pasa.
Digamos...
¿Guayaquil? El Guayas, ese río, los horribles manglares. Todavía estás en mar
abierto y ya comienzas a entrar en esa espada azul. A proa apenas se divisa la
tenue línea del Ande ecuatoriano, apenitas, muy a lo lejos, al este franco,
mejor dicho, al nor-noreste un poco caído, para ser exactos. Te entra por todo
el cuerpo, manglares y manglares y manglares, a babor y estribor, sólo
manglares y nada más manglares en cada ribera, por las dos bandas, una infinita
cabeza de Medusa. Te enredas, te enredas, todo te enreda, no puedes salir de
Guayaquil, has de morir en Guayaquil. Bueno, ahí me pasé tres meses borracho,
ni más ni menos, con mi amigo El Jaibo, pues nos quedamos en tierra, nos
dejó el barco. Tres meses, todo ci tiempo que empleó ci “Batalla de
Calpulalpan” en dar la vuelta por el sur, y luego, ya de subida por la
costa atlántica, cruzar el Canal y volver al Pacífico para encontrarse otra vez
con el Guayas y navegarlo hasta fondearse en Guayaquil. Aquello no era más que
sudor. Tres meses empapados en sudor, envueltos en brumas, aguaceros y
manglares.
Tampoco fue en
Salina Cruz. Entonces Salina Cruz estaba abandonado, arena, hierros viejos, los
muros del ante-puerto comidos por la sal, el dique seco hecho una porquería,
armaduras, quillas, pedazos de cubierta que tintineaban con ci viento, “una
tristeza para hombres de mar”, decía el jefe de máquinas.
Allí en Salina Cruz
La Tortuguita contagió a todos los marineros de gonorrea. Yo me salvé.
Me había molestado la idea de aguardar turno y éramos cosa de veinte o
veinticinco a quienes La Tortuguita nos gustó desde el primer momento y
no quisimos ir con ninguna otra. Tampoco eran muchas. Cinco o seis en aquel
triste burdel y cantina y restaurante y tienda. Entraban niñas a comprar algo,
manteca —la vi— derretida, por supuesto, líquida a fuerza del calor. Los
cuartos quedaban a espaldas de la trastienda, pequeños recintos de madera con
puertas que abrían a las orillas de un patio cuadrado, de cemento, a mitad del
cual salía un tubo con una llave el agua. También entraban por agua, con sus
botes. Pero ¿dónde, dónde fue? Recuerdo que bebíamos un aguardiente salvaje El
Jaibo y yo. Era cuando ya comenzaba a sentirse muy orgulloso de ser mi
amigo. La manteca licuada, sucia, como un caldo amarillento, pero desde luego
no fue en Salina Cruz donde la conocí, donde se me metió como una nigua entre
las uñas. Cuando sucedió o comenzó a suceder esta cosa yo estaba borracho hasta
los huesos, “ebrio absoluto”, como lo califican a uno en las actas de las
delegaciones de policía, por eso no recuerdo. Sí, eso sí: me fui a la cama con
aquella mujer, me llevó. Dije cama. Esa cama, Dios santo. Terminó por
molestarme la ‘idea, esa vez en Salina Cruz, de que todos iríamos con La
Tortuguita, uno por uno. Los miraba y me decía: todos éstos nos acostaremos
con la muchacha, t4, aquél, el otro, yo. Al sexto o al séptimo ella vino a
sentarse a la mesa. Se sentó con todo el cuerpo, una acción del cuerpo entero,
sobre la silla. “¡Carambas! —exclamó entre agresiva y disculpándose al mismo
tiempo—. ¡Déjenme descansar un rato!”, como a modo de haber visto algún
reproche en nuestras miradas. Para darle una demostración amistosa de nuestra
conformidad con ese descanso, pedimos otra tanda de cervezas heladas, para ella
un anís. A todos nos pareció correcto que tomara un respiro y lo veíamos muy
bien y natural. Cada uno estábamos inscritos en la lista, por orden alfabético
de nombres, que el jefe de máquinas Quintín Barba había apuntado sobre una de
esas hojas de papel donde sc anotan los tantos del dominó y que extrajo de la
bolsa del pecho de su camisola, donde llevaba otras también en blanco, con las
columnas impresas de los dos bandos de jugadores, “Ellos”, “Nosotros”. Puso su
nombre al último para disponer de más tiempo —todo el que se le antojara— con La
Tortuguita.. “En estas cosas no me gusta que me estén apurando”, decía. Lo
cierto es que nadie apuraba a nadie. Cada quien aguardaba su turno con
paciencia mientras bebíamos cerveza helada de unas pequeñas botellas
—“cuartitos”, la cuarta parte de un litro, para consumirla pronto y no dejar
que se calentara en el envase—, y luego, al pasar adentro con La Tortuguita,
la ocupaba el tiempo justo, a lo legal, sin carreras. Quintín Barba, como
jefe de máquinas, podía anotarse en cualquier orden, lo respetábamos como jefe
de máquinas. Las demás muchachas —y ahora recuerdo con precisión que eran
cinco— se habían ido a cubrir del sol bajo la enramada que la señora patrona
llamaba el merendero, a unos cuantos pasos del cobertizo donde bebíamos
y donde también estaba la sinfonola. No habíamos advertido su actitud, cabizbajas
y como pensativas. Una de ellas extendía con el dedo un charquito de bebida
que nadie había limpiado y dibujaba monos sobre la superficie de la mesa, muy
abismada en sí, pero llorosa. Las otras prestaban gran atención a sus monos y
de cuando en cuando añadían alguna cosa al dibujo también con el dedo. Por fin,
la misma de los monos levantó la vista hacia nosotros y al ver que algunos
estábamos mirándolas, esto pareció darle confianza, se puso en píe y vino. Que
si no queríamos invitarles —“ofertarles” dijo— unas cervezas, anís no, pues no
deseaban cobrar comisión por su consumo, nomás cervezas, o que siquiera les
diéramos algunos veintes para tocar la sinfonola “con lo que a ustedes les
guste”. Curioso que a ninguno se nos hubiera ocurrido meterle un veinte a la
sinfonola. Nos dimos cuenta que estaban sentidas; las había herido la
preferencia de todos —“sin exceptuar uno— por La Tortuguita. Es que las
putas de pueblo son distintas a las de ciudad, son muy sencillas, casi no son
putas. Como Medarda; casi no era. Casi no es. Era, es: con ella se
pierden los tiempos del verbo.
Lo cierto es que
Quintín, el jefe de máquinas, sabía su cuento. Se puso al último de la lista,
claro, por las razones honradamente dadas, pero además porque como jefe de máquinas
estaba enterado de que zarparíamos hasta el día siguiente, después del toque
de diana, y quería quedarse “de dormitorio” con La Tortuguita, lo que
así fue. A los tres, cuatro días, a bordo, se armó la gran bronca por lo del
contagio. Con la lista de los tantos del dominó en su poder (“Ellos”,
“Nosotros”), Quintín Barba se proponía descubrir al culpable, en el supuesto de
que La Tortuguita no hubiera estado enferma desde antes de comenzar con
el primero de los tripulantes. En el caso, habría algunos no contagiados y
entonces era de atribuirse al primer enfermo, sin la menor duda, el contagio
de los demás. “Ellos”, “Nosotros”, separar la buena de la mala mies, como en
los Evangelios. Sobre el culpable pesaba la amenaza de permanecer encerrado en
el pañol de cadenas por todo el resto del crucero. Pero no hubo ningún
culpable fuera de La Tortuguita misma, la pobre, que a la mejor ni
siquiera sabía que estaba enferma. Quintín Barba se sintió jodido por completo.
“Dado a la mierda es poco”, hubiera comentado Hegel.
“Mira —me dice—,
todo acto profundo (y no es necesario que tú mismo seas profundo para
que hagas un acto profundo) es inmemorial. O sea, es tan antiguo que no
se guarda memoria de su comienzo, nadie sabe de dónde arranca, en qué parte se inicia
o si no se inicia en parte alguna. El acto profundo no tiene principio, no ha
comenzado jamás, pero tan sólo porque no existe la memoria de ese acto, no hay
ninguna data que lo testimonie ni podrá haberla nunca. Es anterior a la data,
un acto no registrado, pero hecho, la suma de una larga serie de actos fallidos
hasta llegar a él, en la soledad más absolutamente vacía de testigos.
Entonces, por cuanto estás aquí (digo, aquí en la cárcel o donde estés, no
importa), por cuanto estás y eres en algún sitio, algo tienes que ver
con ese acto. Más bien, no algo sino todo; tienes que ver todo
con ese acto que desconoces. Es un acto tuyo. Está inscrito en tu
memoria antigua, en lo más extraño de tu memoria, en tu memoria extraña, no
dicha, no escrita, no pensada, apenas sentida, y que es la que te mueve hacia
tal acto. Tan extraña, que es una memoria sin lenguaje, carente en absoluto de
signos propios y ha de abrirse camino en virtud de los recursos más inesperados.
Así, esta memoria repite, sin que nos demos cuenta, todas las frustraciones
anteriores a su data, hasta que no acierta de nuevo con el acto profundo
original que, ya por esto solamente, es tuyo Pero solamente por esto, pues es
tuyo sin que te pertenezca. Lo contrario es la verdad: tú eres quien le
pertenece, con lo que, por ende, dejas de pertenecerte a ti mismo. El acto
profundo está en ti, agazapado y acechante en el fondo de tu memoria: de esa
memoria de lo no ocurrido. Tiendes a cometerlo en cualquier momento; el
que lo cometas o no, tampoco es asunto tuyo ni de que reúnas las condiciones
para ello. Se ha vuelto cosa del puro azar, al alcance involuntario de
cualquiera. Bien, he dicho cometerlo y esto es inexacto hasta cierto
punto. Es un acto que acepta todas las formas: cometerlo, perpetrarlo,
consumarlo, realizarlo, está simplemente fuera de toda calificación moral. El
calificarlo queda para quienes lo anotan y lo datan, o sean, los periodistas y
los historiadores, que lo han de ajustar entonces necesariamente, a una
determinada norma crítica vigente, con lo que no hacen sino borrar sus huellas
y falsificarlo, erigiéndolo así en un Mito más o menos válido y aceptable
durante cierto periodo: Landrú, Gengis-Kan, Galileo, Napoleón, el Marqués de
Sade o Jesucristo o Lenín, da lo mismo. O El Fut, que resulta un
magnífico ejemplo de excelente pateador de cabezas, además un ejemplo que
tenemos en casa, aquí luego en la Crujía D.”
A pesar de cuanto
pueda decirse —y no sé quién diga algo al respecto fuera de mí, en esta cárcel—
me gusta escuchar a Hegel, bien que no llegue a comprenderlo del todo.
Transcribo sus palabras con enormes dudas, pues ahí mismo sucede, nomás
escritas, que pierden la vivacidad, la transparencia y el acento con que Hegel
las pronuncia, lo que me obliga a presentar subrayadas aquellas que,
aparentemente, son más significativas. Se expresa con toda intención —y yo
diría, mala intención—, por medio del uso y abuso de los contrasentidos —ya lo
he dicho—, y de aquí resulta la gran oscuridad de sus ideas. Cuando se lo hago
notar, sonríe desde su rincón. (Ahora esto ha cambiado: Hegel ya no
tiene un rincón. Fue cosa nada más de adquirir la silla de ruedas, que
sustituyó al primitivo carrito —una silla mecánica, con manubrio, velocidades,
frenos y una palanca que la impulsa— para que no permanezca en ningún sitio y
se mueva como un demonio sin reposo, ya dentro de la celda misma o en el
corredor, en todas direcciones, y amenace con atropellar, sin consideración
alguna, a quienquiera que sea, por lo que siempre se le cede el paso —sin que
pueda uno comprenderlo— con enigmática docilidad y, aunque esto parezca todavía
más extraño, con una especie de gratitud, de complacencia agradecida.) Hegel
sonríe, pues, cuando opongo alguna objeción a la oscuridad de sus ideas y
lo contradictorio de sus términos. Replica que no hay una sola idea verdadera
que no sea oscura, ni una sola palabra, tampoco, que pueda tener un sentido
único, todo depende del tiempo y la colocación: de lo que se comprometan a
decir y a suscitar las palabras y las ideas. Para él, el lenguaje es un rodeo,
un extravío pernicioso.
Desde la época de
“su rincón”, hasta que obtuvo su magnífica silla de ruedas, esto le llevó a Hegel
sus buenos seis meses, qué digo, ocho, de paciente espera. Paciente,
desesperada, rabiosa, furibunda, impotente espera. No era cosa de desaprovechar
yo la extraordinaria oportunidad de un buen ejercicio físico que me brindaba
la presencia del carrito aquí en la celda. Con un fuerte empujón del pie, la
planta apoyada en la plataforma, lograba yo disparar el carrito de una pared a
la otra y recibirlo de rechazo del mismo modo, gracias al impulso que tomaba
con el choque en virtud del hule macizo que lo ceñía. Hegel se sujetaba
convulsamente, las manos crispadas, a los bordes de la plataforma, el pequeño
trozo de cuerpo en tensión y los dos muñones que le quedaban de las piernas, de
pronto muy vivos, erectos, replegados hacia la caja pélvica, como a la
defensiva. Era interesante, lo de los muñones, cómo traicionaban su inmenso
terror, mientras con la activísima mirada de sus ojillos grises seguía todos
los brutales desplazamientos del carrito y lanzaba una especie de mugido breve
y rasposo al golpear cada vez con la pared. Nunca llegó a caerse del carrito,
durante estos juegos. Lo sabía hacer.
No descubro nada
excepcional al darme cuenta que puedo encontrar lo que busco si tan sólo logro
reconstruir con exactitud los hechos, uno a uno y uno tras otro, desde el
principio, pero sucede que es el principio mismo lo que se me escapa, y en
esto habría que darle la razón a Hegel: aquí hay algo que no ha comenzado,
el extremo del hilo se me va. Las cosas podrían comenzar hoy, por ejemplo, en
este mismo instante. En rigor pueden comenzar hoy, si decido que aquí es el
punto donde comienzan: esta celda, esta cárcel, este tiempo, este
sobrecogimiento maldito. Escucharé las voces que gritan mi nombre como un eco
que se aproxima; vendrán a sacudir la puerta —la golpean, la escupen, se cagan
en ella, estremecen sus hierros antes de abrirla—; saldré al corredor, cruzaré
el patio y heme allí, de pronto, en la sala de defensores, y al fondo,
silenciosa, impenetrable, Medarda. Pero no, no la sala de defensores: es la
nave con paredes de hielo, herida por una luz blanca que no proviene de ninguna
parte, la bóveda donde guardan los muertos. Medarda está a la mitad de este
anfiteatro, abandonada en el piso, sin nadie. Me aproximo, pues la blancura de
la luz no me deja ver sino contornos grotescos, como si padeciera cataratas. La
imagen se precisa hasta causarme vértigo: desnuda, el vientre y los senos
monstruosamente hinchados por los gases, igual que globos a punto de estallar.
La descomposición está muy avanzada, pero del cuerpo no se desprende ningún
mal olor y esto es lo que me aterra. Rompe en mis oídos la diabólica carcajada
de Hegel que mira con regocijo el modo con que termino de vomitar, pues
no tuve tiempo de echar la porquería fuera del camastro y estoy cubierto de la
cabeza a los pies. Espera a que lance yo las últimas boqueadas y así pueda
oírlo en plenitud. “Eres un mal asesino —ríe y me apunta con el índice,
bullente, divertido, feliz—, sigues soñando con la puta muerta.” Hegel lo
sabe muy bien. Son ya varias las veces que me ocurre. Y con esta pesadilla
siempre acabo vaciándome del estómago.
G
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija,
que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con
un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el
horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el
tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al
volverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto
ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que
parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
—Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
—¿Lleva usted poco tiempo en este país?
—Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
—Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora
mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros —y señaló un extraño
edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
—Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
—Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de
que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá
mejor atención.
—¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
—Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré
unos informes.
—Por favor...
—Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora
no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho ya grandes cosas
en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de
boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la
nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas.
Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las
guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así
lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su
patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
—Pero ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
—Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse
cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones
están sencillamente indicados en el suelo, mediante dos rayas de gis. Dadas
las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí,
pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi
vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera
convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un
hermoso y confortable vagón.
—¿Me llevará ese tren a T.?
—¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería
darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará
efectivamente algún rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
—Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser
conducido a ese lugar, ¿no es así?
—Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá
usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes
cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes
para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera
fortuna...
—Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
—El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido
con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en
pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario cuyos planos, que incluyen
extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros
de la empresa.
—Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
—Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los
viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que
no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a
un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
—¿Cómo es eso?
—En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a
ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables.
Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la
vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos
no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a
esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de
orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero —lujosamente
embalsamado— en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En
ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los
rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los
golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera —es
otra de las previsiones de la empresa— se colocan del lado en que hay riel.
Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que
faltan ambos rieles; allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren
queda totalmente destruido.
—¡Santo Dios!
—Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El
tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se
gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las
obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de
esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F.,
una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios
enmohecidos del tren.
—¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
—Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse
en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su
valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros
anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales
ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo
una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el
puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner
marcha hacia atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo
necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue
desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que
todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El
resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció
definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un
atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar
esa molestia suplementaria.
—¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
—¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es
usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el
primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para
impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera
demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la
estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía
y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a
otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va
dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y
furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y
dándose de golpes.
—¿Y la policía no interviene?
—Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero
la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente
costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su
venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados
que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió
entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros
viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se
les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento
y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar
que los demás pasajeros les rompan las costillas.
—Pero una vez en el tren, ¿está uno a cubierto de nuevas contingencias?
—Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las
estaciones. Podría darse el caso de que usted creyera haber llegado a T., y
sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado
repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay
estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y
llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de
atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las
personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan
fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta
imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio
infinito.
—Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
—Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe
excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La
organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la
posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se
han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren,
suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”
Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente
en T.
—¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
—Claro que puede usted. Lo que no se sabe es sí le servirá de algo.
Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a
llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus
historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
—¿Qué está usted diciendo?
—En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más; pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación, perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
—Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
—En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
—¿Y eso qué objeto tiene?
—Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la
ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de
traslado. Se aspira a que un día se
entreguen plenamente al azar, en manos de una
empresa omnipotente, y que ya no les importe saber a dónde van ni de dónde
vienen.
—Y
usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
—Yo, señor, sólo soy
guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí
de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni
tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los
trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F. cuyo origen le he
referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes
misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones,
generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado
lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: «Quince
minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el
conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren
escapa a todo vapor.
—¿Y los viajeros?
—Vagan desconcertados de un
sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen
en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy
lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se
abandonan lotes selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes.
¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar
desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo
un guiño y se quedó mirando al
viajero,
lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El
guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas
con su linterna.
—¿Es el tren? —preguntó el
forastero.
El anciano echó a correr por
la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se- volvió para
gritar:
— ¡Tiene usted suerte! Mañana
llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice usted que se llama?
—¡X! —contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la
locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.
G
La señorita Julia, como la llamaban sus compañeros
de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle
huellas. Las mejillas habían perdido aquel tono rosado que Julia conservaba, a
pesar de los años, como resultado de una vida sana, metódica y tranquila.
Tenía grandes y profundas ojeras y la ropa se le notaba floja. Y sus compañeros
habían observado, con bastante alarma, que la memoria de la señorita Julia no
era como antes. Olvidaba cosas, sufría frecuentes distracciones y lo que más
les preocupaba era verla sentada, ante su escritorio, cabeceando, a punto
casi de quedarse dormida. Ella que siempre estaba fresca y activa. Su trabajo
había sido hasta entonces eficiente y digno de todo elogio. En la oficina
empezaron a hacer conjeturas. Les resultaba inexplicable aquel cambio. La
señorita Julia era una de esas muchachas de conducta intachable y todos lo
sabían. Su vida podía tomarse como ejemplo che moderación y rectitud. Desde
que sus hermanas menores se habían casado, Julia vivía sola en la casa que los
padres les habían dejado al morir. Ella la tenía arreglada con buen gusto y
escrupulosamente limpia, lo que resultaba un sitio agradable, no obstante ser
una casa vieja. Todo allí era tratado con cuidado y cariño. El menor detalle
delataba el fino espíritu de Julia, quien gustaba de la música y los buenos
libros: la poesía de Shelley y la de Keats, los Sonetos del Portugués y las
novelas de las hermanas Bronte. Ella misma se preparaba los alimentos y
limpiaba la casa con verdadero agrado. Siempre se la vela pulcra; vestida con
sencillez y propiedad. Debió de haber sido bella; aún conservaba una tez fresca
y aquella tranquila y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad.
Desde hacía algún tiempo estaba comprometida con el señor De Luna, contador de
la empresa, quien la acompañaba todas las tardes desde la oficina hasta su
casa. Algunas veces se quedaba a tomar un café y a oír música, mientras la
señorita Julia tejía algún suéter para sus sobrinos. Cuando había un buen
concierto asistían juntos; todos los domingos iban a misa y, a la salida, a
tomar helados o pasear por el bosque. Después Julia comía con sus hermanas y sobrinos;
por la tarde jugaban canasta uruguaya y tomaban el té. Al oscurecer Julia
volvía a su casa muy satisfecha. Revisaba su ropa y se prendía los rizos.
Hacía más de un mes
que Julia no dormía. Una noche la había despertado un ruido extraño como de
pequeñas patadas y carreras ligeras. Encendió la luz y buscó por toda la casa,
sin encontrar nada. Trató de volver a dormirse y no pudo conseguirlo. A la
noche siguiente sucedió lo mismo, y así, día tras día... Apenas comenzaba a
dormirse cuando el ruido la despertaba. La pobre Julia no podía más. Diariamente
revisaba la casa de arriba abajo sin encontrar ningún rastro. Como la duela de
los pisos era bastante vieja, Julia pensó que a lo mejor estaba llena de ratas,
y eran éstas las que la despertaban noche a noche. Contrató entonces a un
hombre para que tapara todos los orificios de la casa, no sin antes introducir
en los agujeros un raticida. Tuvo que pagar por este trabajo 60 pesos, lo cual
le pareció bastante caro. Esa noche se acostó satisfecha pensando que habla ya
puesto fin a aquella tortura. Le molestaba mucho, sin embargo, haber tenido que
hacer aquel gasto, pero se repitió muchas veces que no era posible seguir en
vela ni un día más. Estaba durmiendo plácidamente cuando el tan conocido ruido
la despertó. Fácil es imaginar la desilusión de la señorita Julia. Como de
costumbre revisó la casa sin resultado. Desesperada se dejó caer en un viejo
sillón de descanso y rompió a llorar. Allí vio amanecer...
Como a las once de
la mañana Julia no podía de sueño; sentía que los ojos se le cerraban y el
cuerpo se le aflojaba pesadamente. Fue al baño a echarse agua en la cara.
Entonces oyó que dos de las muchachas hablaban en el pasillo, junto a la
escalera.
—¿Te fijaste en la
cara que tiene hoy?
—Sí, desastrosa.
—No sé cómo puede
presentarse a trabajar así, hasta un niño sospecharía...
—¿Entonces tú
también crees...?
—¡Pero si es
evidente...!
—Nunca me imaginé
que la señorita Julia...
—Lo que a mí me da
coraje es que se haga pasar por una santa.
—A mí me da mucho
dolor verla, la pobre ya no puede ni con su alma.
—¡Claro!, a su
edad...
Julia sintió que
toda la sangre se le subía a la cabeza. Le comenzaron a temblar las manos y las
piernas se le aflojaron. Le resultaba difícil entender aquella infamia. Un velo
tibio le nubló la vista y las lágrimas rodaron por las mejillas encendidas.
La señorita Julia
compró trampas para ratas, queso y veneno. Y no permitió que Carlos de Luna la
acompañara, porque le apenaba sobremanera que llegara a saber que su casa se
encontraba llena de ratas. El señor de
Luna podía pensar que no habla la suficiente limpieza, que ella era desaseada
y vivía entre alimañas. Colocó una ratonera en cada una de las habitaciones,
con una ración de queso envenenado, pues pensaba que si las ratas lograban
salvarse de ia ratonera morirían envenenadas con el queso. Y para
lograr mejores resultados y eliminar cualquier riesgo, puso un pequeño recipiente
con agua, envenenada también, por si las ratas se libraban de la trampa y no
gustaban del queso, pues imaginó que sentirían sed, después de su desenfrenado
juego. Toda la noche escuchó ruidos, carreras, saltos, resbalones... ¡Aquellas
ratas se divertían de lo lindo, pero sería su última fiesta! Este pensamiento
le comunicaba algunas fuerzas y le abría la puerta de la liberación. Cuando
el ruido terminó, ya en la madrugada, Julia se levantó llena de ansiedad a ver
cuántas ratas habían caído en las ratoneras. No encontró una sola. Las
ratoneras estaban vacías, el queso intacto. Su única esperanza era que, por lo
menos, hubieran bebido el agua envenenada.
La pobre Julia empezó a probar diariamente un nuevo
veneno. Y tenía que comprarlos en sitios diferentes y donde no
la conocieran, pues en los lugares adonde había ido varias veces comenzaban a
verla con miradas maliciosas, como sospechando algo terrible. Su situación era
desesperada. Cada día sus fuerzas disminuían de manera notable. Habla perdido
su alegría habitual y la tranquilidad de que siempre había gozado; su aspecto
comenzaba a ser deplorable y su estado nervioso, insostenible. Perdió por completo
el apetito y el placer por la lectura y la música. Aunque lo intentaba, no
podía interesarse en nada. Lo único que leía y estudiaba con desesperación era
unos viejos libros de farmacopea que habían pertenecido a su padre. Pensaba
que su única salvación consistiría en descubrir ella misma algún poderoso
veneno que acabara con aquellos diabólicos animales, puesto que ningún otro
producto de los ordinarios surtía efecto en ellos.
La señorita Julia
se había quedado dormida. Alguien le tocó suavemente un hombro. Despertó al
instante, sobresaltada.
—El jefe la llama,
señorita Julia.
Julia se restregó
los ojos, muy apenada, y se empolvé ligeramente tratando de borrar las huellas
del sueño. Después se encaminó hacia la oficina del señor Lemus. Apenas si
llamó a la puerta. Y se sentó en el borde de la silla, estirada, tensa. El
señor Lemus comenzó diciendo que siempre había estado contento con el trabajo
de Julia, eficiente y satisfactorio, pero que de algún tiempo a la fecha las
cosas habían cambiado y él estaba muy preocupado por ella... Que lo había
pensado bastante antes de decidirse a hablarle... Y le aseguraba que, por
su parte, no había prestado atención a ciertos rumores... (esto último lo dijo
bajando la vista). Julia había enrojecido por completo, se afianzó de la silla
para no caer, su corazón golpeaba sordamente. No supo cómo salió de aquel privado
ni si alcanzó a decir algo en su defensa. Cuando llegó a su escritorio sintió
sobre ella las miradas de todos los de la oficina. Afortunadamente el señor De
Luna no estaba en ese momento. Julia no hubiera podido soportar semejante
humillación.
Las hermanas se
dieron cuenta bien pronto de que algo muy grave sucedía a Julia. Al principio
aseguraba que no tenía nada, pero a medida que las cosas empeoraron y que
Julia fue perdiendo la estabilidad tuvo que confesarles su tragedia. Trataron
inútilmente de calmarla y le prometieron ayudarla en todo. Junto con sus
maridos revisaron la casa varias veces sin encontrar nada, lo cual las dejó muy
desconcertadas. Aumentaron entonces sus cuidados y atenciones hacia la pobre
hermana. Poco después decidieron que Julia necesitaba un buen descanso y que
debía solicitar cuanto antes un “permiso” en su trabajo. Julia también se daba
cuenta de que estaba muy cansada y que le hacía falta reponerse, pero veía con
gran tristeza que sus hermanas dudaban también del único y real motivo que la
tenía sumida en aquel estado. Se sentía observada por ellas hasta en los
detalles más insignificantes, y ni qué decir de la oficina, donde su conducta
llevaba a los compañeros a pensar en motivos humillantes y vergonzosos. La
incomprensión y la bajeza de que era capaz la mayoría de la gente, la había
destrozado y deprimido por completo. Recordaba constantemente aquella
conversación que había tenido el infortunio de escuchar, y la reconvención del
señor Lemus... y entonces las lágrimas le rodaban por las mejillas y los
sollozos subían a su garganta.
La señorita Julia
estaba encariñada con su trabajo, no obstante la serie de humillaciones y
calumnias que a últimas fechas había tenido que sufrir. Llevaba quince años en
aquella oficina, y siempre había pensado trabajar allí hasta el último día que
pudiera hacerlo, a menos que se le concediera la dicha de formar un hogar como
a sus hermanas. Pensaba que era poco serio andar de un trabajo en otro, y que
eso no podía sentar ningún buen precedente. Después de mucho cavilar resolvió
que no le quedaba más remedio que solicitar un permiso, como deseaban sus
hermanas, y tratar de restablecerse.
Las relaciones de
Julia con el señor De Luna se habían ido enfriando poco a poco, y no porque
ésta fuera la intención de ella. Cuando empezó a sufrir aquella situación
desquiciante, se rehusó a verlo diariamente como hasta entonces lo hacía, por
temor a que él sospechara algo. Experimentaba una enorme vergüenza de que
descubriera su tragedia. De sólo imaginarlo sentía que las manos le sudaban y
la angustia le provocaba náuseas. Después ya no era sólo ese temor, sino que
Julia no tenía tiempo para otra cosa que no fuera preparar venenos. Había
improvisado un pequeñísimo laboratorio utilizando algunas cosas que se había
encontrado en un cajón, y que sin duda su padre guardaba como recuerdo de sus
años de farmacéutico, pues unos años antes de morir vendió la farmacia y sólo
se dedicaba a atender unos cuantos enfermos. En ese laboratorio Julia pasaba
todos sus ratos libres y algunas horas de la noche mezclando sustancias
extrañas que, la mayoría de las veces, producían emanaciones insoportables o
gases que le irritaban los ojos y la garganta, ocasionándole accesos de tos y
copioso lagrimeo... Así las cosas, Julia ya no tenía tiempo ni paz para
sentarse a escuchar música con el señor De Luna. Se veían poco, si acaso una
vez por semana y los domingos que iban a misa. Pero Julia sentía que aquel
afecto era de tal solidez y firmeza que nada lo podía menoscabar. “Un sentimiento
sereno y tranquilo, como una sonata de Bach; un entendimiento espiritual
estrecho y profundo, lleno de pureza y alegría...” Así lo había Julia definido.
Y el señor De Luna
pensaba igual que Julia respecto a la nobleza de sus relaciones, “tan raras y
difíciles de encontrar, en un mundo enloquecido y lleno de perversión, en aquel
desenfreno donde ya nadie tenía tiempo de pensar en su alma ni en su salvación,
donde los hogares cristianos cada vez eran más escasos.. .“ y daba gracias
diariamente por aquella bella dádiva que se le había otorgado y que tal vez él
no merecía. Pero Carlos de Luna era un hombre en extremo piadoso, hijo y
hermano ejemplar, contador honorable y muy competente. Pertenecía con gran
orgullo a la Orden de Caballeros de Colón de cuya mesa directiva formaba parte.
Ya hacía algunos años que debería haberse casado, pero él, responsable en
extremo, había querido esperar a tener la consistencia moral necesaria, así
como cierta tranquilidad económica que le permitiera sostener un hogar con
todo lo necesario y seguir ayudando a sus ancianos padres. Había conocido a
Julia desde tiempo atrás, después tuvo la suerte de trabajar en la misma
oficina, lo cual facilitó la iniciación de aquella amistad que poco a poco se
fue transformando en hondo afecto. A últimas fechas, el señor De Luna se
hallaba muy preocupado y confuso. Julia había cambiado notablemente, y él
sospechaba que algo muy grave debía de ocurrirle. Se mostraba reservada,
evitaba hablarle a solas. Empezó a sufrir en silencio aquel repentino y extraño
cambio de Julia y a esperar que un día le abriera su corazón y se aclarara
todo. Pero Julia cada día se alejaba más y cl señor De Luna empezó a notar que
en la oficina se comentaba también el cambio de Julia. Después llegaron hasta
él frases maliciosas y mal intencionadas que tuvieron la virtud, primero de
producirle honda indignación y, después, de prender la duda y la desconfianza
en su corazón. En este estado fue a consultar su caso con el Reverendo Padre
Cuevas, que desde hacía muchos años era su confesor y gula espiritual y quien
resolvía los pocos problemas que el buen hombre tenía. El Reverendo Padre le
aconsejó que esperara un tiempo prudente para ver si Julia volvía a ser la de
antes o, de lo contrario, se alejara de ella definitivamente, ya que a lo
mejor ésa era una prueba palpable que daba Dios de que esa unión no convenía y
estaba encaminada al fracaso y al desencanto, y podía ser, tal vez, un grave
peligro para la salvación de su alma.
La señorita Julia
llegó una tarde, última que trabajaba en la oficina, a pedirle a Carlos de
Luna que la acompañara hasta su casa porque quería comunicarle algo importante.
Éste la recibió con marcada frialdad, de una manera casi hostil, como se puede
ver algo que está produciendo daño o un peligro inmediato y temido. Julia, más
cohibida que de costumbre por la actitud de Carlos, le relató en el camino que
iba a dejar de trabajar por un tiempo porque necesitaba descanso. Carlos de
Luna escuchaba sin hacer ningún comentario. Con sombrero y paraguas negros y su
habitual traje oscuro tenía siempre un aire grave y taciturno, que ese día
estaba más acentuado.
Julia lo invitó a
pasar. Mientras hacía el café experimentaba un gran bienestar. La sola
presencia del señor De Luna le producía confianza y tranquilidad. Se reprochó
entonces haberlo visto tan poco durante ese último tiempo. Se reprochó también
no haber tenido el valor de confiarle su tragedia. Él la hubiera confortado y
juntos habrían encontrado alguna solución. Decidió entonces hablar con Carlos.
Los dos bebían el
café, en silencio. De pronto Julia dijo:
—Carlos... yo
quisiera decirle...
—Diga, Julia.
—¿No quisiera oír
algo de música?
—Como usted guste.
Julia se levanto a
poner unos discos, profundamente contrariada consigo misma. No se había atrevido,
no se atrevería nunca. Las palabras se habían negado a salir. Tal vez aquella
actitud demasiado seca de Carlos la había contenido. Aquella mirada tan lejana
cuando ella iba a empezar a contarle su tragedia. Cogió su tejido y se sentó.
Entonces Carlos de Luna comenzó a hablar, más bien a balbucear: —Julia, yo
quisiera proponerle.., más bien... yo he pensado... querida Julia... yo creo
que lo mejor... es decir, tomando en cuenta. .. Julia, por nuestro bien y
salud espiritual . . . lo más conveniente es dar por terminado... bueno, quiero
decir no llevar adelante nuestro proyecto de matrimonio...
Mientras el señor
De Luna trataba de decir esto, se secó la frente con el pañuelo varias veces.
Estaba tan pálido como un muerto y la voz se le quebraba constantemente.
después, un poco más calmado, siguió hablando “de la tremenda responsabilidad
que cl matrimonio implicaba, de los numerosos deberes y las obligaciones de los
cónyuges. . .
Julia estaba aún
más pálida que él. El tejido habla caído de sus manos y la boca se le secó
completamente. El dolor el desencanto la habían traspasado de tal manera que
temía no poder decir ni una sola palabra. Haciendo un verdadero esfuerzo le
aseguró que estaba de acuerdo con él, y que esa decisión, sin duda, era lo
mejor para ambos.
La señorita Julia
se sentía como una casa deshabitada y en ruinas; no encontraba sitio ni apoyo;
se había quedado en el vacío; girando a ciegas en lo oscuro; quería dejarse ir,
perderse en el sueño; olvidarlo todo. Dejó entonces de preparar venenos y de
inventar trampas para las ratas. Tenía la convicción de que aquellos animales
la perseguirían hasta el último día de su vida, y toda lucha contra ellos
resultaría inútil. No fue más los domingos a comer con sus hermanas por no
poder soportar el ruido que hacían los niños y menos aún jugar a las cartas.
Tejía constantemente con manos temblorosas: de cuando en cuando se enjugaba una
lágrima. Y solo interrumpía su labor para asear un poco la casa y prepararse
algo de comida. A veces se quedaba, algún rato, dormida en el sillón, y esto
era todo su descanso. Su hermana Mela iba todas las noches a acompañarla.
Temían que algo le pasara, sí la dejaban sola; tal era su estado. Y Mela,
cansada de las labores de su casa, caía rendida y se dormía profundamente. A
veces la despertaban los pasos de Julia que iba y venía por toda la casa
buscando las ratas, “aquellas ratas infernales que no la dejaban dormir.. .”
Julia tenía los
ojos cerrados, pero estaba despierta y escuchaba los ruidos en la estancia..,
en la escalera.., aquellas carreras.., saltos.., resbalones... después allí en
su cuarto.., llegando hasta su cama... debajo de la cama. Abrió los ojos y se
incorporó; algo de claridad penetraba por las viejas persianas de madera.
Escuchó como una estampida, una huida rápida, distinguió unas sombras alargadas
y alcanzó a ver unos ojillos muy redondos, muy rojos y brillantes. Encendió la
luz y saltó de la cama; ahora sí las encuentro... Después de algún rato
de inútil búsqueda volvió a la cama tiritando de frío. Lloró sordamente. Se
mesaba los cabellos con desesperación o se clavaba las uñas en las palmas de
las manos produciéndose un daño que ya no sentía.
Aquella mañana la
señorita Julia se levantó haciendo un gran esfuerzo. Dio algunos pasos
tambaleante y se detuvo unos minutos frente al espejo para componerse el
cabello. El rostro que vio reflejado no podía ser más desastroso. Abrió el closet
para buscar algo que ponerse y.. ¡allí estaban!... Julia se precipitó
sobre ellas y las aprisionó furiosamente. ¡Por fin las había descubierto!...
¡las malditas, las malditas, eran ellas!. . . con sus ojillos rojos y
brillantes... eran ellas las que no la dejaban dormir y la estaban matando poco
a poco.., pero las había descubierto y ahora estaban a su merced.., no
volverían a correr por las noches ni a hacer ruido.., estaba salvada...
volvería a dormir... volvería a ser feliz.., allí las tenía fuertemente
cogidas.. . se las enseñaría a todo el mundo... a los de la oficina.., a Carlos
de Luna... a sus hermanas... todos se arrepentirían de haber pensado mal.., se
disculparían... olvidaría todo... ¡malditas, malditas!... ¡qué daño tan grande
le habían hecho!... pero allí estaban... en sus manos... reía a carcajadas...
las apretaba más... caminaba de un lado a otro del cuarto... estaba tan feliz
de haberlas descubierto... ya había perdido toda esperanza... reía
estrepitosamente... ahora estaban en su poder... ya no le harían daño nunca
más... hablaba y reía... lloraba de gusto y de emoción... gritaba...
gritaba... ¡que suerte haberlas descubierto, qué suerte!... risa y llanto,
gritos, carcajadas... con aquellos ojillos rojos y brillantes... gritaba...
gritaba... gritaba...
Cuando Mela llegó,
restregándose los ojos y bostezando, encontró a Julia apretando furiosamente
su hermosa estola de martas cebellinas.
G
—¿Hace tiempo que trabaja usted como bolero?
—pregunto distraída al tipo que da vertiginoso lustre a mis zapatos.
Responde una voz venida de un cántaro:
—¡ Oh, no! Llevo apenas dos años. Durante veinte fui velador en el Panteón de Dolores, era yo quien copiaba las actas de defunción. Aquí donde usted me ve, cursé la Secundaria y tengo muy buena letra.
¡ Veinte años!... miro al hombrecillo de edad tan indefinible. A golpe
de vista era un muchacho.
Flaco, lampiño y borroso. Con un ojo encogido bordeado de azul que
guiña sin su voluntad; la pupila triste naufraga en un caldo sanguinolento que
le rebasa el párpado. El ojo izquierdo es diferente; puede pensarse que
pertenece a otro dueño. Su labio superior cae lo mismo que el volante de una
blusa vieja. El cráneo, dividido por una vena oscura que baja rodeándole la
cara, parece un bulto sujeto con un cable.
Despide vaho de orines de caballo y un persistente olor a niebla que
inquieta a los propios árboles.
Las manos pequeñas recuerdan el vientre de las iguanas. Seguramente no
existe quien desee la caricia de esas manos.
Pero esta cosa habla, y lo que dice es mas desagradable aún que la cara
que tiene que llevar por el mundo.
—No crea usted, vigilar un panteón resulta difícil. Pero no piense que
molestan los muertos, ésos ni resuellan. Si por ellos fuera, se lo pasaría uno
muy aburrido. No; lo interesante son las ratas. Las hay por millonadas. Mire,
es algo emocionante, sobre todo cuando llega un muertito. ¡Qué animales más
inteligentes! Adivinan la hora exacta de la llegada de un cuerpo. Verá usted:
inmediatamente que se cierra una fosa corre un rumor como si granizara; puede
distinguirse que se atropellan en los laberintos subterráneos; como potros, se
desbocan en el viaje despavorido para asistir al banquete que pregona la
fetidez del aire. Vienen de todas partes, igual que la gente de las rancherías
cuando sabe que algún compadre ha matado puerco. Puede oírse cómo pelean las
hambrientas para defender su porción de carne manida. Crujen en ruido sordo
las entrañas que desgarran sus colmillos. En unos cuantos minutos se hartan,
pero se renueva la manada infinita que pule los huesos igual que una máquina.
Aunque usted no lo vea, se da cuenta de que el esqueleto se desintegra, de que
las ratas juegan con las canillas brillantes. Revuelven los huesos y el
irreconstruible rompecabezas se dispersa trágico como un puñado de piedras. En
los hocicos arrastran despojos de pelo, tiras de pellejo, residuos de tripas
que vomitan empalagadas.
Los animales pesados y lentos hacen su paseo al sol. Sus vientres
hinchados, como las bolsas de lona rellenas de pesos, esperan digerir la podredumbre.
Estas ratas carecen de miedo; indiferentes, se tienden boca arriba
infladas de cáncer. Alguna vez se nos ocurrió extinguirlas a palos o a
pedradas, pero reventaban como si todas las cloacas del mundo se vaciaran de
pronto en el jardín.
Pasean por su imperio dueñas de la muerte; calvas y malignas se burlan
de los hombres condenados a servir de pasto para su hambre eterna. Sus
infernales pupilas resbalan familiarmente sobre los enterradores que duermen.
Ríen de los seres que ceban su cuerpo, su piel y su sangre y que no podrán
salvarse del estuche macabro de trompas afiladas y colas repugnantes.
Doy una moneda al hombrecillo y procuro que mis dedos no toquen su mano.
Lo veo alejarse. Su estatura no es mayor que cuando sentado lustraba mis
zapatos, como sí no tuviera muslos y las rodillas fueran pegadas a la caja del
cuerpo; arrastrando los pies camina igual que un mono de cuerda.
Miro mis manos, mis manos perfumadas, la piel que cuido y que también
será devorada, repartida en sus lívidas panzas manchadas de jiote; yo que me
amo tanto y que evité el contacto del pobre bolero...
G
Vine porque aquella
tarjeta, tan curiosa, me hizo recordar su existencia. La encontré en un libro
olvidado cuyas páginas habían reproducido un espectro de la caligrafía
infantil. Estaba acomodando, después de mucho tiempo de no hacerlo, mis
libros. Iba de sorpresa en sorpresa, pues algunos, colocados en las estanterías
más altas, no fueron leídos durante mucho tiempo. Tanto, que el filo de las
hojas se había granulado, de manera que sobre mis palmas abiertas cayó una
mezcla de polvo de oro y escama grisácea, evocadora del barniz que cubre
ciertos cuerpos entrevistos primero en los sueños y después en la decepcionante
realidad de la primera función de ballet a la que somos conducidos. Era un
libro de mi infancia —acaso de la de muchos niños— y relataba una serie de historias
ejemplares más o menos truculentas que poseían la virtud de arrojarnos sobre
las rodillas de. nuestros mayores para preguntarles, una y otra vez, ¿por qué?
Los hijos que son desagradecidos con sus padres, las mozas que son raptadas por
caballerangos y regresan avergonzadas a la casa, así como las que de buen
grado abandonan el hogar, los viejos que a cambio de una hipoteca vencida
exigen la mano de la muchacha más dulce y adolorida de la familia amenazada,
¿por qué? No recuerdo las respuestas. Sólo sé que de entre las páginas manchadas
cayó, revoloteando, una tarjeta blanca con la letra atroz de Amilamia: Amilamia
no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divu jo.
Y detrás estaba ese
plano de un sendero que partía de la X que debía indicar, sin duda, la banca
del parque donde yo, adolescente rebelde a la educación prescrita y tediosa, me
olvidaba de los horarios de clase y pasaba varias horas leyendo libros que, si
no fueron escritos por mí, me lo parecían: ¿cómo iba a dudar que sólo de mi imaginación
podían surgir todos esos corsarios, todos esos correos del zar, todos esos
muchachos, un poco más jóvenes que yo, que bogaban el día entero sobre una
barcaza a lo largo de los grandes ríos americanos? Prendido al brazo de la
banca como a un arzón milagroso, al principio no escuché los pasos ligeros que,
después de correr sobre la grava del jardín, se detenían a mis espaldas. Era
Amilamia y no supe cuánto tiempo me habría acompañado en silencio si su
espíritu travieso, cierta tarde, no hubiese optado por hacerme cosquillas en la
oreja con los vilanos de un amargón que la niña soplaba hacia mí con los labios
hinchados y el ceño fruncido.
Preguntó mi nombre
y después de considerarlo con el rostro muy serio, me dijo el suyo con una
sonrisa, si no cándida, tampoco demasiado ensayada. Pronto me di cuenta que
Amilamia había encontrado, por así decirlo, un punto intermedio de expresión
entre la ingenuidad de sus años y las formas de mímica adulta que los niños
bien educados deben conocer, sobre todo para los momentos solemnes de la
presentación y la despedida. La gravedad de Amilamia, más bien, era un don de
su naturaleza, al grado de que sus momentos de espontaneidad, en contraste,
parecían aprendidos. Quiero recordarla, una tarde y otra, en una sucesión de
imágenes fijas que acaban por sumar a Amilamia entera. Y no deja de
sorprenderme que no pueda pensar en ella como realmente fue, o como en verdad
se movía, ligera, interrogante, mirando de un lado a otro sin cesar. Debo
recordarla detenida para siempre, como en un álbum. Amilamia a lo lejos, un
punto en el lugar donde la loma caía, desde un lago de tréboles, hacia el prado
llano donde yo leía sentado sobre la banca: un punto de sombra y sol fluyentes
y una mano que me saludaba desde allá arriba. Amilamia detenida en su carrera
loma abajo, Con la falda blanca esponjada y los calzones de florecillas
apretados con ligas alrededor de los muslos, con la boca abierta y los ojos
entrecerrados porque la carrera agitaba el aire y la niña lloraba de gusto.
Amilamia sentada bajo los eucaliptos, fingiendo un llanto para que yo me
acercara a ella. Amilamia boca abajo con una flor entre las manos: los pétalos
de un amento que, descubrí más tarde, no crecía en este jardín, sino en otra
parte, quizás en el jardín de la casa de Amilamia, pues la única bolsa de su
delantal de cuadros azules venía a menudo llena de esas flores blancas.
Amilamia viéndome leer, detenida con ambas manos a los barrotes de la banca
verde, inquiriendo con los ojos grises: recuerdo que nunca me pregunto qué
cosa leía, como si pudiese adivinar en mis ojos las imágenes nacidas de las
páginas. Amilamia riendo con placer cuando yo la levantaba del talle y la hacía
girar sobre mi cabeza y ella parecía descubrir otra perspectiva del mundo en ese
vuelo lento. Amilamia dándome la espalda y despidiéndose con el brazo en alto y
los dedos alborotados. Y Amilamia en las mil posturas que adoptaba alrededor de
mi banca: colgada de- cabeza, con las piernas al aire y los calzones
abombados; sentada sobre la grava, con las piernas cruzadas y la barbilla
apoyada en el mentón; recostada sobre el pasto, exhibiendo el ombligo al sol;
tejiendo ramas de los árboles, dibujando animales en el lodo con una vara,
lamiendo los barrotes de la banca, escondida bajo el asiento, quebrando sin
hablar las cortezas sueltas de los troncos añosos, mirando fijamente el
horizonte más allá de la colina, canturreando con los ojos cerrados, imitando
las voces de pájaros, perros, gatos, gallinas, caballos. Todo para mí, y sin embargo,
nada. Era su manera de estar conmigo, todo esto que recuerdo, pero también su
manera de estar a solas en el parque. Sí; quizás la recuerdo fragmentariamente
porque mi lectura alternaba con la contemplación de la niña mofletuda, de
cabello liso y cambiante con los reflejos de la luz: ora pajizo, ora de un
castaño quemado. Y sólo hoy pienso que Amilamia, en ese momento, establecía el
otro punto de apoyo para mi vida, el que creaba la tensión entre mi propia
infancia irresuelta y el mundo abierto, la tierra prometida que empezaba a ser
mía en la lectura.
Entonces no.
Entonces soñaba con las mujeres de mis libros, con las hembras —la palabra me
trastornaba— que asumían el disfraz de la Reina para comprar el collar en
secreto, con las invenciones mitológicas —mitad seres reconocibles, mitad
salamandras de pechos blancos y vientres húmedos— que esperaban a los monarcas
en sus lechos. Y así, imperceptiblemente, pasé de la indiferencia hacia mi
compañía infantil a una aceptación de la gracia y gravedad de la niña, y de
allí a un rechazo impensado de esa presencia inútil. Acabó por irritarme, a muí
que ya tenía catorce años, esa niña de siete que no era, aún, la memoria y su
nostalgia, sino el pasado y su actualidad. Me había dejado arrastrar por una flaqueza.
Juntos habíamos corrido, tomados de la mano, por el prado. Juntos habíamos
sacudido los pinos y recogido las piñas que Amilamia guardaba con celo en la
bolsa del delantal. Juntos habíamos fabricado barcos de papel para seguirlos,
alborozados, al borde de la acequia. Y esa tarde, cuando juntos rodamos por
la colina, en medio de gritos de alegría, y al pie de ella caímos juntos,
Amilamia sobre mi pecho, yo con el cabello de la niña en mis labios, y sentí su
jadeo en mi oreja y sus bracitos pegajosos de dulce alrededor de mi cuello, le
retiré con enojo los brazos y la dejé caer. Amilamia lloró, acariciándose la
rodilla y el codo heridos, y yo regresé a mi banca. Luego Amilamia se fue y al
día siguiente regresó, me entregó el papel sin decir palabra y se perdió,
canturreando, en el bosque. Dudé entre rasgar la tarjeta o guardarla en las páginas
del libro. Las tardes de la granja. Hasta mis lecturas se estaban
infantilizando al lado de Amilamia. Ella no regresó al parque. Yo, a los pocos
días, salí de vacaciones y después regresé a los deberes del primer año de
bachillerato. Nunca la volví a ver.
Y ahora, casi
rechazando la imagen que es desacostumbrada sin ser fantástica y por ser real
es más dolorosa, regreso a ese parque olvidado y, detenido ante la alameda de
pinos y eucaliptos, me doy cuenta de la pequeñez del recinto boscoso, que mi
recuerdo se ha empeñado en dibujar con una amplitud que pudiera dar cabida al
oleaje de la imaginación. Pues aquí habían nacido, hablado y muerto Strogoff y
Huckleberry, Milady de Winter y Genoveva de Brabante: en un pequeño jardín
rodeado de rejas mohosas, plantado dle escasos árboles viejos y descuidados,
adornado apenas con una banca de cemento que imita la madera y que me obliga a
pensar que mi hermosa banca de hierro forjado, pintada de verde, nunca existió
o era parte de mi ordenado delirio retrospectivo. Y la colina... ¿Cómo pude
creer que era. eso, el promontorio que Amilamia bajaba y subía durante sus
diarios paseos, la ladera empinada por donde rodábamos juntos? Apenas una
elevación de zacate pardo sin más relieve que el que mm memoria se empeñaba en
darle.
Me buscas aquí
corno te lo divujo. Entonces habría que cruzar el jardín, dejar atrás el
bosque, descender en tres zancadas la elevación, atravesar ese breve campo de
avellanos —era aquí, seguramente, donde la niña recogía los pétalos blancos—,
abrir la reja rechinante del parque y súbitamente recordar, saber, encontrarse
en la calle, darse cuenta de que todas aquellas tardes de la adolescencia,
como por milagro, habían logrado suspender los latidos de la ciudad
circundante, anular esa marea de pitazos, campanadas, voces, llantos, motores,
radios, imprecaciones: ¿cuál era el verdadero imán: el jardín silencioso o la
ciudad febril? Espero el cambio de luces y paso a la otra acera sin dejar de
mirar el iris rojo que detiene el tránsito. Consulto el papelito de Amilamia.
Al fin y al cabo, ese plano rudimentario es el verdadero imán del momento que
vivo, y sólo pensarlo me sobresalta. Mi vida, después de las tardes perdidas de
los catorce años, se vio obligada a tomar los cauces de la disciplina y ahora,
a los veintinueve, debidamente diplomado, dueño de un despacho, asegurado de
un ingreso módico, soltero aún, sin familia que mantener, ligeramente aburrido
de acostarme con secretarias, apenas excitado por alguna salida eventual al campo
o a la playa, carecía de una atracción central como las que antes me ofrecieron
mis libros, mí parque y Amilamia. Recorro la calle de este suburbio chato y
gris. Las casas de un piso se suceden monótonamente, con sus largas ventanas
enrejadas y sus portones de pintura descascarada. Apenas el rumor de ciertos
oficios rompe la uniformidad del conjunto. El chirreo de un afilador aquí, el
martilleo de un zapatero allá. En las cerradas laterales, juegan los niños del
barrio. La música de un organillo llega a mis oídos, mezclada con las voces de
las rondas. Me detengo un instante a verlos, con la sensación, también fugaz,
de que entre esos grupos de tilos estaría Amilamia, mostrando impúdicamente
sus calzones floreados, colgada de las piernas desde un balcón, afecta siempre
a sus extravagancias acrobáticas, con la bolsa del delantal llena de pétalos
blancos. Sonrío y por vez primera quiero imaginar a la señorita de veintidós
años que, si aún vive en la dirección apuntada, se reirá de mis recuerdos o
acaso habrá olvidado las tardes pasadas en el jardín.
La casa es idéntica
a las demás. El portón, dos ventanas enrejadas, con los batientes cerrados. Un
solo piso, coronado por un falso barandal neoclásico que debe ocultar los
menesteres de la azotea: la ropa tendida, los tinacos de agua, el cuarto (‘le
criados, el corral. Antes de tocar el timbre, quiero desprenderme de cualquier
ilusión. Amilamia ya no vive aquí. ¿Por qué iba a permanecer quince años en la
misma casa? Además, pese a su independencia y soledad prematuras, parecía una
niña bien educada, bien arreglada, y este barrio ya no es elegante; los padres
de Amilamia, sin duda, se han mudado. Pero quizás los nuevos inquilinos saben a
dónde.
Aprieto el timbre y
espero. Vuelvo a tocar. Ésa es otra contingencia: que nadie esté en casa. Y yo,
¿sentiré otra vez la necesidad de buscar a mi amiguita? No, porque ya no será
posible abrir un libro de la adolescencia y encontrar, al azar, la tarjeta de
Amilamia. Regresaría a la rutina, olvidaría el momento que sólo importaba por
su sorpresa fugaz.
Vuelvo a tocar.
Acerco la oreja al portón y me siento sorprendido: una respiración ronca y
entrecortada se deja escuchar del otro lado; el soplido trabajoso, acompañado
por un olor desagradable a tabaco rancio, se filtra por los tablones resquebrajados
del zaguán.
—Buenas tardes.
¿Podría decirme...?
Al escuchar mi voz,
la persona se retira con pasos pesados e inseguros. Aprieto de nuevo el timbre,
esta vez gritando:
—¡Oiga! ¡Ábrame!
¿Qué le pasa? ¿No me oye?
No obtengo
respuesta. Continúo tocando el timbre, sin resultados. Me retiro del portón,
sin alejar la mirada de las mínimas rendijas, como si la distancia pudiese
darme perspectiva e incluso penetración. Con toda la atención fija en esa
puerta condenada, atravieso la calle caminando hacia atrás; un grito agudo me
salva a tiempo, seguido de un pitazo prolongado y feroz, mientras yo, aturdido,
busco a la persona cuya voz acaba de salvarme, sólo veo el automóvil que se
aleja por la calle y me abrazo a un poste de luz, a un asidero que, más que
seguridad, me ofrece un punto de apoyo para el paso súbito de la sangre helada
a la piel ardiente, sudorosa. Miro hacia la casa que fue, era, debía ser la de
Amilamia. Allá, detrás de la balaustrada, como lo sabía, se agita la ropa tendida.
No sé qué es lo demás: camisones, pijamas, blusas, no sé; yo veo ese pequeño
delantal de cuadros azules, tieso, prendido con pinzas al largo cordel que se
mece entre una barra de fierro y un clavo del muro blanco de la azotea.
En el Registro de
la Propiedad me han dicho que ese terreno está a nombre de un señor R. Valdivia,
que alquila la casa. ¿A quién? Eso no lo saben. ¿Quién es Valdivia? Ha declarado
ser comerciante. ¿Dónde vive? ¿Quién es usted?, me ha preguntado la señorita
con una curiosidad altanera. No he sabido presentarme calmado y seguro. El
sueño no me alivió de la fatiga nerviosa. Valdivia. Salgo del Registro y el
sol me ofende. Asocio la repugnancia que me provoca el sol brumoso ~ tamizado
por las nubes bajas —y por ello más intenso— con el deseo de regresar al parque
sombreado y húmedo. No, no es más que el deseo de saber si Amilamia vive en esa
casa y por qué se me niega la entrada. Pero lo que debo rechazar, cuanto antes,
es la idea absurda que no me permitió cerrar los ojos durante la noche. Haber
visto el delantal secándose en la azotea, el mismo en cuya bolsa guardaba las
flores, y creer por ello que en esa casa vivía una niña de siete años que yo
habla conocido catorce o quince antes... Tendría una hijita. Sí. Amilamia, a
los veintidós años, era madre de una
niña que quizás se vestía igual, se parecía a ella, repetía los mismos juegos,
¿quién sabe?, iba al mismo parque. Y cavilando llego de nuevo hasta el portón
de la casa. Toco el timbre y espero el resuello agudo del otro lado de la
puerta. Me he equivocado. Abre la puerta una mujer que no tendrá más de
cincuenta años. Pero envuelta en un chal, vestida de negro y con zapatos de
tacón bajo, sin maquillaje, con el pelo estirado hasta la nuca, entrecano,
parece haber abandonado toda ilusión o pretexto de juventud y me observa con
ojos casi crueles de tan indiferentes.
—¿Deseaba?
—Me envía el señor Valdivia. —Toso y me paso una mano
por el pelo. Debí recoger mi cartapacio en la oficina. Me doy cuenta de que sin
él no interpretaré bien mi papel.
—¿Valdivia? —La
mujer me interroga sin alarma; sin interés.
—Sí. El dueño de la
casa.
Una cosa es clara:
la mujer no delatará nada en el rostro. Me mira impávida.
—Ah sí. El dueño de
la casa.
—¿Me permite?...
Creo que en las
malas comedias el agente viajero adelanta un pie para impedir que le cierren la
puerta en las narices. Yo lo hago, pero la señora se aparta y con un gesto de
la mano me invita a pasar a lo que debió ser una cochera. Al lado hay una
puerta de cristal y madera despintada. Camino hacía ella, sobre los azulejos
amarillos del patio de entrada, y vuelvo a preguntar, dando la cara a la señora
que me sigue con paso menudo:
—¿Por aquí?
La señora asiente y
por primera vez observo que entre sus manos blancas lleva una camándula con la
que juguetea sin cesar. No he vuelto a ver esos viejos rosarios desde mi
infancia y quiero comentarlo, pero la manera brusca y decidida con que la
señora abre la puerta me impide la conversación gratuita. Entramos a un
aposento largo y estrecho. La señora se apresura a abrir los batientes, pero
la estancia sigue ensombrecida por cuatro plantas perennes que crecen en los
macetones de porcelana y vidrio incrustado. Sólo hay en la sala un viejo sofá
de alto respaldo enrejado de bejuco y una mecedora. Pero no son los escasos
muebles o las plantas lo que llama mi atención. La señora me invita a tomar
asiento en el sofá antes de que ella lo haga en la mecedora.
A mi lado, sobre el
bejuco, hay una revista abierta.
—El señor Valdivia
se excusa de no haber venido personalmente.
La señora se mece
sin pestañear. Miro de reojo esa revista de cartones cómicos.
—La manda saludar
y...
Me detengo, esperando una reacción de la mujer. Ella
continúa meciéndose. La revista está garabateada con un lápiz rojo.
—...y me pide informarle que piensa molestarla durante
unos cuantos días...
Mis ojos buscan rápidamente.
—... Debe hacerse
un nuevo avalúo de la casa para el catastro. Parece que no se hace desde...
¿Ustedes llevan viviendo aquí...?
Sí; ese lápiz
labial romo está tirado debajo del asiento. Y si la señora sonríe lo hace con
las manos lentas que acarician la camándula: allí siento, por un instante, una
burla veloz que no alcanza a turbar sus facciones. Tampoco esta vez me
contesta.
—...¿por lo menos
quince años, no es cierto...
No afirma. No
niega. Y en sus labios pálidos y delgados no hay la menor señal de pintura...
—... ¿usted, su
marido y...?
Me mira fijamente,
sin variar de expresión, casi retándome a que continúe. Permanecemos un instante
en silencio, ella jugueteando con el rosario, yo inclinado hacia adelante, con
las manos sobre las rodillas. Me levanto.
—Entonces,
regresaré esta misma tarde con mis papeles...
La señora asiente
mientras, en silencio, recoge el lápiz labial, toma la revista de caricaturas y
los esconde entre los pliegues del chal.
La escena no ha
cambiado. Esta tarde, mientras yo apunto cifras imaginarias en un cuaderno y
finjo interés en establecer la calidad de las tablas opacas del piso y la
extensión de la estancia, la señora se mece y roza con las yemas de los dedos
los tres dieces del rosario. Suspiro al terminar el supuesto inventario de la
sala y le pido que pasemos a otros lugares de la casa. La señora se incorpora,
apoyando los brazos largos y negros sobre el asiento de la mecedora y
ajustándose el chal a las espaldas estrechas y huesudas.
Abre la puerta de
vidrio opaco y entramos a un comedor apenas más amueblado. Pero la mesa con
patas de tubo, acompañada de cuatro sillas de níquel y hulespuma, ni siquiera
poseen el barrunto de distinción de los muebles de la sala. La otra ventana
enrejada, con los batientes cerrados, debe iluminar en ciertos momentos este
comedor de paredes desnudas, sin cómodas ni repisas. Sobre la mesa sólo hay un
frutero de plástico con un racimo de uvas negras, dos melocotones y una corona
zumbante de moscas. La señora, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo,
se detiene detrás de mí. Me atrevo a romper el orden: es evidente que las
estancias comunes de la casa nada une dirán sobre lo que deseo saber.
—¿No podríamos
subir a la azotea? —pregunto—. Creo que es la mejor manera de cubrir la superficie
total.
La señora me mira
con un destello fino y contrastado, quizás, con la penumbra del comedor.
—¿Para qué? —dice,
por fin—. La extensión la sabe bien el señor... Valdivia...
Y esas pausas, una
antes y otra después del nombre del propietario, son los primeros indicios de
que algo, al cabo, turba a la señora y la obliga, en defensa, a recurrir a
cierta ironía.
---No sé —hago un
esfuerzo por sonreír—. Quizás prefiero ir de arriba hacia abajo y no... —mi
falsa sonrisa se va derritiendo—... de abajo hacia arriba.
—Usted seguirá mis
indicaciones —dice la señora con los brazos cruzados sobre el regazo y la cruz
de plata sobre el vientre oscuro.
Antes de sonreír
débilmente, me obligo a pensar que en la penumbra mis gestos son inútiles, ni
siquiera simbólicos. Abro con un crujido de la pasta el cuaderno y sigo
anotando con la mayor velocidad posible, sin apartar la mirada, los números y
apreciaciones de esta tarea cuya ficción —me lo dice el ligero rubor de las
mejillas, la definida sequedad de la lengua— no engaña a nadie. Y al llenar la
página cuadriculada de signos absurdos, de raíces cuadradas y fórmulas
algebraicas, me pregunto qué cosa me impide ir al grano, preguntar por
Amilamia y salir de aquí con una respuesta satisfactoria. Nada. Y sin embargo,
tengo la certeza de que por ese camino, si bien obtendría una respuesta, no
sabría la verdad. Mi delgada y silenciosa acompañante tiene una silueta que en
la calle no me detendría a contemplar, pero que en esta casa de mobiliario
ramplón y habitantes ausentes, deja de ser un rostro anónimo de la ciudad para
convertirse en un lugar común del misterio. Tal es la paradoja, y si las
memorias de Amilamia han despertado otra vez mi apetito de imaginación, seguiré
las reglas del juego, agotaré las apariencias y no reposaré hasta encontrar la
respuesta —quizás simple y clara, inmediata y evidente— a través de los
inesperados velos que la señora del rosario tiende en mi camino. ¿Le otorgo a
mi anfitriona renuente una extrañeza gratuita? Sí es así, sólo gozaré más en
los laberintos de mi invención. Y las moscas zumban alrededor del frutero, pero
se posan sobre ese punto herido del melocotón, ese trozo mordisqueado —me
acerco con el pretexto de mis notas— por unos dientecillos que han dejado su
huella en la piel aterciopelada y la carne ocre de la fruta. No miro hacia
donde está la señora. Finjo que sigo anotando. La fruta parece mordida pero no
tocada. Me agacho para verla mejor, apoyo las manos sobre la mesa, adelanto
los labios corno si quisiera repetir el acto de morder sin tocar. Bajo los ojos
y veo otra huella cerca de mis pies: la de dos llantas que me parecen de
bicicleta, dos tiras de goma impresas sobre el piso de madera despintada que
llegan hasta el filo de la mesa y luego se retiran, cada vez más débiles, a lo
largo del piso, hacia donde está la señora...
Cierro mi libro de
notas.
—Continuemos,
señora.
Al darle la cara,
la encuentro de pie con las manos sobre el respaldo de una silla. Delante de
ella, sentado, tose el humo de su cigarrillo negro un hombre de espaldas
cargadas y mirar invisible: los ojos están escondidos por esos párpados arrugados,
hinchados, gruesos y colgantes, similares a un cuello de tortuga vieja, que no
obstante parecen seguir mis movimientos. Las mejillas mal afeitadas, hendidas
por mil surcos grises, cuelgan de los pómulos salientes y las manos verdosas
están escondidas entre las axilas: viste una camisa burda, azul, y su pelo
revuelto semeja, por lo rizado, un fondo de barco cubierto de caramujos. No se
mueve y el signo real de su existencia es ese jadeo difícil (como si la
respiración debiera vencer los obstáculos de una y otra compuerta de flema,
irritación, desgaste) que ya había escuchado entre los resquicios del zaguán.
Ridículamente,
murmuró: —Buenas tardes... —y me dispongo a olvidarlo todo: el misterio,
Amilamia, el avalúo, las pistas. La aparición de este lobo asmático justifica
una pronta huida. Repito “Buenas tardes”, ahora en son de despedida. La máscara
de la tortuga se desbarata en una sonrisa atroz: cada poro de esa carne parece
fabricado de goma quebradiza, de hule pintado y podrido. El brazo se alarga y
me detiene.
—Valdivia murió
hace cuatro años —dice el hombre con esa voz sofocada, lejana, situada en las
entrañas y no en la laringe: una voz tipluda y débil.
Arrestado por esa
garra fuerte, casi dolorosa, me digo que es inútil fingir. Los rostros de cera
y caucho que me observan nada dicen y por eso puedo, a pesar de todo, fingir
por última vez, inventar que me hablo a mí mismo cuando digo:
—Amilamia..
Sí: nadie habrá de
fingir más. El puño que aprieta mi brazo afirma su fuerza sólo por un instante,
en seguida afloja y al fin cae, débil y tembloroso, antes de levantarse y
tomar la mano de cera que le tocaba el hombro: la señora, perpleja por primera
vez, me mira con los ojos de un ave violada y llora con un gemido seco que no
logra descomponer el azoro rígido de sus facciones. Los ogros de mi invención,
súbitamente, son dos viejos solitarios, abandonados, heridos, que apenas pueden
confortarse al unir sus manos con un estremecimiento que me llena de
vergüenza. La fantasía me trajo hasta este comedor desnudo para violar la
intimidad y el secreto de dos seres expulsados de la vida por algo que yo no
tenía el derecho de compartir. Nunca me he despreciado tanto. Nunca me han
faltado las palabras de manera tan burda. Cualquier gesto es vano: ¿voy a
acercarme, voy a tocarlos, voy a acariciar la cabeza de la señora, voy a pedir
excusas por mi intromisión? Me guardo el libro de notas en la bolsa del saco.
Arrojo al olvido todas las pistas de mi historia policial: la revista de
dibujos, el lápiz labial, la fruta mordida, las huellas de la bicicleta, el
delantal de cuadros azules.. . Decido salir de esta casa sin decir nada. El
viejo, detrás de los párpados gruesos, ha debido fijarse en mí. El resuello
tipludo me dice:
—¿Usted la conoció?
Ese pasado tan
natural, que ellos deben usar a diario, acaba por destruir mis ilusiones. Allí
está la respuesta. Usted la conoció. ¿Cuántos años? ¿Cuántos años habrá vivido
el mundo sin Amilamia, asesinada primero por mi olvido, resucitada, apenas
ayer, por una triste memoria impotente? ¿Cuándo dejaron esos ojos grises y
serios de asombrarse con el deleite de un jardín siempre solitario? ¿Cuándo
esos labios de hacer pucheros o de adelgazarse en aquella seriedad ceremoniosa
con la que, ahora me doy cuenta, Amilamia descubría y consagraba las cosas de
una vida que, acaso, intuía fugaz?
—Sí, jugamos juntos
en el parque. Hace mucho.
—¿Qué edad tenía
ella? —dice, con la voz aún más apagada, el viejo.
—Tendría siete
años. Si, no más de siete.
La voz de la mujer
se levanta, junto con los brazos que parecen implorar:
—¿Cómo era, señor?
Díganos cómo era, por favor...
Cierro los ojos.
—Amilamia también es mi recuerdo. Sólo podría compararla a las cosas que ella
tocaba, traía y descubría en el parque. Sí. Ahora la veo, bajando por la loma.
No, no es cierto que sea apenas una elevación de zacate. Era una colina de
hierba y Amilamia había trazado un sendero con sus idas y venidas y me saludaba
desde lo alto antes de bajar, acompañada por la música, sí, la música de mis
ojos, las pinturas de mi olfato, los sabores de mi oído, los olores de mi
tacto... mi alucinación... ¿me escuchan?... bajaba saludando, vestida de
blanco, con un delantal de cuadros azules.., el que ustedes tienen tendido en
la azotea...
Toman mis brazos y
no abro los ojos.
—¿Cómo era, señor?
—Tenía los ojos
grises y el color del pelo le cambiaba con los reflejos del sol y la sombra de
los árboles...
Me conducen
suavemente, los dos; escucho el resuello del hombre, el golpe de la cruz del
rosario contra el cuerpo de la mujer..
—Díganos, por
favor...
—El aire la hacía
llorar cuando corría; llegaba hasta mi banca con las mejillas plateadas por un
llanto alegre.
No abro los ojos.
Ahora subimos. Dos, cinco, ocho, nueve, doce peldaños. Cuatro manos guían mi
cuerpo.
—¿Cómo era, cómo
era?
—Se sentaba bajo
los eucaliptos y hacía trenzas con las ranias y fingía el llanto para que yo
dejara mi lectura y me acercara a ella...
Los goznes
rechinan. El olor lo mata todo: dispersa los demás sentidos, toma asiento como
un mogol amarillo en el trono de mi alucinación, pesado como un cofre,
insinuante como el crujir de una seda drapeada, ornamentado como un cetro
turco, opaco como una yeta honda y perdida, brillante como una estrella
muerta. Las manos me sueltan. Más que el llanto, es el temblor de los viejos lo
que me rodea. Abro lentamente los ojos: dejo que el mareo líquido de mi córnea
primero, en seguida la red de mis pestañas, descubran el aposento sofocado por
esa enorme batalla de perfumes, de vahos y escarchas de pétalos casi encarnados,
tal es la presencia de las flores que aquí, sin duda, poseen una piel viviente:
dulzura del jaramago, náusea del ásaro, tumba del nardo, templo de la gardenia:
la pequeña recámara sin ventanas, iluminada por las uñas incandescentes de los
pesados cirios chisporroteantes, introduce su rastro de cera y flores húmedas
hasta el centro del plexo y sólo de allí, del sol de la vida, es posible
revivir para contemplar, detrás de los cirios y entre las flores dispersas, el
cúmulo de juguetes usados, los aros de colores y los globos arrugados, sin
aire, viejas ciruelas transparentes; los caballos de madera con las crines
destrozadas, los patines del diablo, las muñecas despelucadas y ciegas, los
ojos vaciados de serrín, los palos de hule perforado, los perros devorados por
la polilla, las cuerdas de saltar roídas, los jarrones de vidrio repletos de
dulces secos, los zapatitos gastados, el triciclo —¿tres ruedas?; no; dos; y no
de bicicleta; dos ruedas paralelas, abajo—, los zapatitos de cuero y estambre;
y al frente, al alcance de mi mano, el pequeño féretro levantado sobre cajones
azules decorados con flores de papel, esta vez flores de la vida, claveles y
girasoles, amapolas y tulipanes, pero como aquéllas, las de la muerte, parte de
un asativo que cocía todos los
elementos de este invernadero funeral en el que reposa, dentro del féretro
plateado entre las sábanas de seda negra y junto al acolchado de raso blanco,
ese rostro inmóvil y sereno, enmarcado por una cofia de encaje, dibujado con
tintes de color de rosa: cejas que el más leve pincel trazó, párpados cerrados,
pestañas reales, gruesas, que arrojan una sombra tenue sobre las mejillas tan
saludables como en los días del parque. Labios serios, rojos, casi en el
puchero de Amilamia cuando fingía un enojo para que yo me acercara a jugar.
Manos unidas sobre el pecho. Una camándula, idéntica a la de la madre,
estrangulando ese cuello de pasta. Mortaja blanca y pequeña del cuerpo impúber, limpio, dócil.
Los viejos se han
hincado, sollozando.
Yo alargo la mano y
rozo con los dedos el rostro de porcelana de mi amiga. Siento el frío de esas
facciones dibujadas, de la muñeca-reina que preside los fastos de esta cámara
real de la muerte. Porcelana, pasta y algodón. Arnilamia no olbida a su
amigito y me buscas aquí como te lo divu jo.
Aparto los dedos
del falso cadáver. Mis huellas digitales quedan sobre la tez de la muñeca. Y la
náusea se insinúa en mi estómago, depósito del humo de los cirios y la peste
del ásaro en el cuarto encerrado. Doy la espalda al túmulo de Amilamia. La mano
de la señora toca mi brazo. Sus ojos desorbitados no hacen temblar la voz apagada:
—No vuelva, señor.
Si de veras la quiso, no vuelva más.
Toco la mano de la
madre de Amilamia, veo con los ojos mareados la cabeza del viejo, hundida entre
sus rodillas, y salgo del aposento a la escalera, a la sala, al patio, a la
calle.
Si no un año, sí
han pasado nuevo o diez meses. La memoria de aquella idolatría ha dejado de espantarme.
He perdido el olor de las flores y la imagen de la muñeca helada. La verdadera
Amilamia ya regresó a mi recuerdo y me he sentido, si no contento, sano otra
vez: el parque, la niña viva, mis horas de lectura adolescente, han vencido a
los espectros de un culto enfermo. La imagen de la vida es más poderosa que la
otra. Me digo que viviré para siempre con mi verdadera Amilamia, vencedora de
la caricatura de la muerte. Y un día me atrevo a repasar aquel cuaderno de
hojas cuadriculadas donde apunté los datos falsos del avalúo. Y de sus
páginas, otra vez, cae la tarjeta de Amilamia con su terrible caligrafía
infantil y su plano para ir del parque a la casa. Sonrío al recogerla. Muerdo
uno de los bordes, pensando que los pobres viejos, a pesar de todo, aceptarían
este regalo.
Me pongo el saco y
me anudo la corbata, chiflando. ¿Por qué no visitarlos y ofrecerles ese papel
con la letra de la niña?
Me acerco corriendo
a la casa de un piso. La lluvia comienza a caer en gotones aislados que hacen
surgir de la tierra, con una inmediatez mágica, ese olor de bendición mojada
que parece remover los humus y precipitar las fermentaciones de todo lo que
existe con una raíz en el polvo.
Toco el timbre. El
aguacero arrecia e insisto. Una voz chillona grita: ¡Voy!, y espero que la
figura de la madre, con su eterno rosario, me reciba. Me levanto las solapas
del saco. También mi ropa, mi cuerpo, transforman su olor al contacto con la
lluvia. La puerta se abre.
—¿Qué quiere usted?
¡Qué bueno que vino!
Sobre la silla de
ruedas, esa muchacha contrahecha detiene una mano sobre la perilla y me sonríe
con una mueca inasible. La joroba del pecho convierte el vestido en una cortina
del cuerpo: un trapo blanco al que, sin embargo, da un aire de coquetería el
delantal de cuadros azules. La pequeña mujer extrae de la bolsa del delantal
una cajetilla de cigarros y enciende uno con rapidez, manchando el cabo con
los labios pintados de color naranja. El humo le hace guiñar los hermosos ojos
grises. Se arregla el pelo cobrizo, apajado, peinado a la permanente, sin dejar
de mirarme con un aire inquisitivo y desolado, pero también anhelante, ahora
miedoso.
—No, Carlos. Vete.
No vuelvas más.
Y desde la casa
escucho, al mismo tiempo, el resuello tipludo del viejo, cada vez más cerca:
—¿Dónde estás? ¿No
sabes que no debes contestar las llamadas? ¡Regresa! ¡Engendro del demonio!
¿Quieres que te azote otra vez?
Y el agua de la
lluvia me escurre por la frente, por las mejillas, por la boca, y las pequeñas
manos asustadas dejan caer sobre las losas húmedas la revista de historietas.
G
“Deberás
enfrentarte a la pantera, si deseas que te respetemos.” Emilio Salgan.
Aturdido por el
hambre y el calor, por la húmeda y pegajosa atmósfera emanada de las enormes
plantas de anchas hojas relucientes, el hombre se detuvo en el lujurioso
corazón de la selva y esperó, con rostro demacrado, sudoroso y barbudo, con
los ojos a la vez temerosos y esperanzados, la llegada de la pantera, pero la
fiera tardaba, era imposible saber por dónde venía, qué esquina estaba
doblando, y como el tiempo se estiraba de un modo insoportable, el joven se
levantó del asiento del rincón, en el cafetín atestado de estudiantes, fue
hasta la sinfonola, introdujo una moneda, escogió una de las piezas y volvió a
su mesa mientras la melodía empezaba a ocupar el espacio, rítmica y suave, por
encima de las conversaciones. Sentado ante su café americano, tamborileó con
los dedos en la mesa, tap tataraptap, apostando a su propio rostro, que lo
observaba desde el oscuro líquido, a que no venía, a que sí venía. Solo en el
calor, bajo los frondosos árboles que guarecían chilladores animales,
respirando agitadamente, apretando en
una mano la sudada cacha del revólver, listo para saltar a un lado y disparar
cuando las silenciosas, aterciopeladas patas quebraran alguna rama. A que no
viene, a que sí viene, y la melodía aleteaba perezosamente, siesta de piano y
de batería, intentando llenar con una cálida, espesa miel oscura, las mil y
mil minúsculas e insaciables celdillas de tiempo.
Escudriñó por todos
lados, a través del intrincado tejido vegetal esponjado e insolente, agresivo
de flores rojas, vivas y cegadoras, de gritos y chillidos sin fin, y era
imposible no pensar que ellos, sentados en las otras mesas, hablando con ellas,
no estaban vigilándolo, espiándolo aunque no lo miraran, preguntándose qué iba
a hacer, si en realidad sabría afrontar, de una manera que la selva considerase
digna, el salto veloz e imprevisible de la pantera, negro relámpago de garras
y ojos incisivos. Dejaba que el café se enfriara, sin ganas de tomarlo en
realidad, abandonando sus pensamientos, que iban evaporándose en la zona donde
la música flotaba, la cacha sudando en la mano que había sostenido el arma
durante muchos, incontables días, en la inacabable caminata a través de la
selva, perseguidor y perseguido, buscando los amarillos, terribles y hermosos
ojos que lo buscaban, el negro, armonioso cuerpo oscuro hecho para el
silencio, para acechar y atacar en silencio con el mismo ritmo y la misma
suavidad con que la música melifluía, miel oscura intentando llenar las
sinnúmero celdas de tiempo en espera. La primera vez que la había visto fue
cuando ella entró en el salón de clases llevando en la mano una nota del
director para los maestros (una alumna especial), y podía recordar clara y
distintamente el gesto con que aguardó a que la profesora de inglés terminara
de leer la misiva: el cuerpo erguido, enfundado en un suéter rojo y una falda
negra, la cabeza alzada y la vista perdida en el techo, una mano en la
cintura, el brazo doblado en ángulo, y la otra apoyada con las yemas de los
dedos en el escritorio de la maestra, absolutamente descuidada, casi
ofreciéndose a la pantera, como no sabiendo que la pantera caminaba
silenciosamente en la noche, sus músculos moviéndose poderosos y lentos, la negra
piel zigzagueada por reflejos lunares, avanzando, cautelosamente avanzando con
sus ojos de fría fiebre, y él la había mirado desde su asiento, pensando alguno
de los nombres que ella podía tener, esa indiferente muchacha, quizá Leonora,
Patricia, Isolda, lluvia, inquietud, pantera... Taptarataptap, tamborileó en la
mesa y miró hacia la mesera, que se había detenido, flaca, de dientes
conejiles, de senos caídos, ante él.
—¿Otro café, joven?
—Por ahora no.
Espero a otra persona.
Había recorrido un
largo país de aventuras, había atravesado el desierto en la bamboleante joroba
de un dromedario, fue perseguido por beduinos feroces cuyos disparos silbaban
levantando la arena de las dunas, sufrió sed, vio crueles oasis inexistentes,
raptó hermosas princesas cuyo lenguaje desconocía, yació junto a bailarinas de
templos escondidos, fue mordido por cobras inesperadas, combatió lanza en mano
con asaltantes nocturnos en callejas retorcidas y finalmente (quizá no
finalmente, quién podría decirlo) entró en la selva, persiguiendo y siendo
perseguido, en una situación interminable, en un juego sólo sabido por la
pantera y él. Una tarde él estaba en la biblioteca de la escuela, leyendo una
tesis sobre los poetas del Siglo de Oro, algo sobre Garcilaso (“En amoroso fuego
todo ardiendo... “), y un codo había rozado el suyo y una voz musitado “dispensa”, y entonces
él se había vuelto y la había visto, recién sentada a su lado, abriendo un
libro y luego un cuaderno de apuntes, y de pronto (“En amoroso fuego todo
ardiendo... “) Garcilaso se había vuelto pequeño y gritaba desde las letras, y su voz
(“En amoroso fuego todo ardiendo... “) se perdía, minúscula y risible como la que
podría tener una mosca que se ahoga en un vaso de agua, pero en cambio podía
oírse, no como ruido sino como una irreal, atronadora cualidad del silencio,
como un violento vibrar de todas las membranas del aire y de la noche, el
rugido frenético y aterrador de la pantera, que cruzaba las puertas de la
atemorizada ciudad, el rugido removiendo las hojas de las palmeras y
arrugando la superficie de los estanques. Alguien había puesto otra moneda y
escogido otra pieza en la sinfonola y ahora una voz masculina surgía del
armatoste cantando una canción norteamericana, y la voz intentaba nuevamente
llenar la espera, aquello que (ahora él lo sabía) nunca habría de llenarse con
nada, salvo con el amor, o con la muerte, digamos con sólo apoyar un cañón de
pistola, duro y frío, en la calenturienta sien y luego disparar el gatillo, de
modo que la detonación conmovía el silencio, dejando sólo una luz gris, una
carta explicatoria y los ojos asombrados, doloridos, de todos los demás. Pero
déjate de mariguanadas, haz el favor. Incontables veces, a lo largo del camino
del hombre, los morenos indígenas de ojos oscuros y penetrantes hablaron de la
pantera, de su terrible y astuta belleza, del silencioso pisar de sus garras
asesi-nas, e insistieron
en que era el animal que el hombre tenía el deber de perseguir, que había que
enfrentarse a ella, a sus ojos sagrados. Una tarde habían ido con un grupo de
condiscípulos al castillo de Chapultepec, y allá arriba, mientras anochecía
sobre la ciudad, el viento la despeinaba, creando en torno a su cabeza un
agitado halo de cabellos furiosos, de modo que él podía llamarla Leonora,
Medusa o inquietud, y luego habían bajado a pie y los dos iban silenciosos
detrás de los demás, que gritaban alegremente como para afirmarse en el anonimato
de la noche, y ella lo había mirado un momento a través de la negra
materialidad del aire, sus negros ojos acechando bajo el oscuro fleco, y él la
hubiera llamado Patricia, Greta o locura. Mientras la canción sonaba en la
voz del cantante norteamericano, empezo a dibujar en una servilleta, con trazos lentos, se diría que
astutos, las formas elásticas pero inmóviles de la fiera inmortal. Entonces
ella entró en el cafetín. Imaginemos la pantera, hermanos mortales. Su nombre
es amor, muerte o locura. Sigilosa, en otro universo que el del ruido, lista
siempre para saltar, armoniosa en su negra piel de eléctricos reflejos. Su
nombre es amor, muerte o locura.
—¿Llevas mucho tiempo
esperándome?
—No.
Llevaba esperándola
tantos desiertos y sobresaltos que no podría contarlos, tantos nombres y
cuerpos y noches y sed y frío. El hombre sintió que el terror se apoderaba de
él, en amoroso fuego todo ardiendo, que los nervios se le alertaban, sabedores
del peligro, y lamentó entonces
no haber robado el talismán, el ojo mágico de la frente del dios oculto en el
templo, sospechando que la pantera estaba a unos pasos, vigilando a la princesa
que sonreía inmóvil frente a él.
Ella se había
sentado junto al joven, el muslo de ella había rozado el de él, los ojos de
ella miraron sus ojos, y poco a poco la virilidad de él fue irguiéndose, como
en la oscuridad se alza la cabeza de la cobra para disparar su lengua
venenosa, en amoroso fuego todo ardiendo, y entonces él pensó que podía
llamarla cualquier cosa que un hombre perdido en la selva, sabiéndose
perseguido y perseguidor, piensa como primer nombre que designe al peligro que
se le acerca, que lo acecha desde no sabe qué lugar, con sus ojos amarillos, aprestando los
silenciosos músculos para el salto definitivo. Tragó saliva y preguntó:
—¿Qué vas a tomar?
—Una coca.
—¡Una coca,
señorita! —encargó a la mujer conejo. Nuevamente ella lo miró, curiosa,
sonriente, pasándose los dedos por el cabello, aparentemente arreglándolo pero en
realidad despeinándolo más, desordenando estratégicamente algunos
mechones sobre la frente, casi sobre los frioscuros acechantes ojos que él veía preguntándose
(preguntar y preguntar y siempre preguntar sin dejar de preguntar) si
en verdad ella le había dado alguna vez signo de interés, es decir: si ella se
había enterado al menos de que él era algo más que un hombre y que un aparato de
carne y hueso (y ojos, ciertamente) cumpliendo su anodina función de respirar,
comer, digerir, evacuar, dormir, despertar y silbar como un tonto o un
irresponsable o un simple estudiante.
—¿Qué piensas
hacer? —preguntó ella.
—¿Cómo?
—Que qué piensas hacer.
—Pst.
—¿No
vas a hablar con él?
Con el profesor de
Geografía Física, el joven profesor alto y fornido, de recortado bigote y ojos
alegres, siempre tan buen mozo, tan atractivo para las muchachas, y tan
ocurrente, tan rápido para definir a un alumno con unas cuantas palabras
burlonas e hirientes, por más que él decía que nunca deseaba ofender.
—No. Que se vaya
a...
—Pero te va a
suspender.
Se encogió de
hombros.
—De por sí ya estás
mal en esa materia.
—Puedo prepararme
para presentarla a título de suficiencia.
—No te hagas muchas
ilusiones. Nadie sale vivo de eso. Volvió a encogerse de hombros y el hombre
recordó, como si las susurraran a su oído, las palabras de los indígenas que,
antes de entrar él en la selva, le habían dicho que nadie salía vivo o cuerdo
de allí, que la selva’ podía llamarse muerte o locura, pero que, fuera lo que
fuese, el hombre debía entrar y conocerla, en amoroso fuego todo ardiendo, y
hubiera querido saber si Garcilaso el pobre tonto enamorado, el serenamente
furioso Garcilaso habría estado alguna vez en un cafetín afrontando los ojos
inmortales del perseguidor perseguido, de la pantera, de la hermosa princesa
india escapada del poder y el fausto de un enamorado maharajá.
—¿Y cómo se te
ocurrió contestarle eso?
Contestarle al
apuesto profesor que a él no lo humillaba nadie y que a los profesores les
pagan para enseñar y no para humillar a los alumnos.
—No sé. Pensaba en
otra cosa.
—¿Pensabas en otra
cosa? Estabas en otro mundo, querrás decir.
Estaba en la selva,
esperando a la pantera, como ahora.
—No quiso ofenderte
—dijo ella—. Ya sabes que es muy bromista con todos. Y si todos fuéramos a
ofendernos por sus ocurrencias.
—Yo entendí otra
cosa. Además todos me estaban viendo como si...
—Puras imaginaciones
tuyas.
Como si fuera de
cristal y todo su interior se pudiera ver a través del trasparente pellejo, o
como si sus ojos estuvieran delatándolo, ya que en realidad siempre lo
delataban, toda vez que tenía que atravesar en amoroso fuego todo ardiendo el
patio de la escuela, pasando entre muchachas, delatado por sus ojos que se
hacían vergonzosamente penetrables, incapaces de luchar con otros ojos. La
vio, estaba a unos metros, encaramada en la copa de un árbol, midiéndolo con
los ojos sagrados, inmóvil aunque bajo la lustrosa piel negra se advertía el
trabajo de los músculos, su rítmico contraerse para el salto.
—Bueno —dijo ella—.
Quedé en yerme con Marta. Dijiste que tenias que decirme algo.
Y de repente,
quebrando aquel hechizo sólo para crear otro más vasto y oscuro, desencadenando
un tiempo que parecía no tener límites allí, en aquel claro de la selva, la
elástica forma negra se desprendió del árbol, alada, silenciosamente, no como
arrojándose hacia abajo, sino como si fuera a volar, y el cazador, totalmente
indefenso, comprendió que sólo una entre mil probabilidades tenía de salir
vivo de la selva, y por un momento, antes de enfrentarse al abrazo mortífero de
la fiera, a sus ojos ardientes y a las silbantes garras sin piedad, miró la
sonrisa inmóvil de la princesa, hermosa y sonriente entre la pantera y él, y
algo le hizo saber, cuando las garras cortaban ya su piel, que la lucha aquella
no sería única y que otras luchas, ignoraba cuántas, le esperaban a través de
desiertos y selvas, de días y noches, en el interminable, siempre repetido y siempre nuevo y desconcertante juego
del perseguidor y el perseguido, así que se quedó callado, mirando los ojos de
ella y tratando de sonreír, previendo lo que ahora, dentro de un segundo, la
voz de ella iba a decirle, estaba diciéndole, decía:
—¿De qué querías
hablarme?
G
La antología Lo fugitivo permanece, preparada en
1989 por Carlos Monsiváis y que ya ha adquirido ya el marchamo de clásica,
saludaba el cuento como el género por excelencia de la renovación mexicana
(Monsiváis, Lo fugitivo permanece 14).
Si la escritura propicia un entendimiento distinto de lo real que ayuda al derrumbe de las convenciones feudales y vivifica una cultura reprimida,(1) es al relato al que parece corresponder todo el peso del cambio en tanto espacio contestatario, con una tradición de clara disidencia. Monsiváis reconocía, de hecho, el papel de la novela y de la prosa breve en la ampliación de libertades y en la ganancia de espacios nuevos. Un texto (y el cuento más que ninguno) viene a proponer una región virtual diferente, desde la cual enjuiciar las provincias concretas del dogmatismo, los prejuicios, el academicismo o la política sospechosa, males enraizados en la conducta habitual de un México que en su literatura encuentra su mejor proyecto.
Sin embargo, esa voluntad rupturista, que en la década de
los ochenta constituía una innovación, en el bala nce global del siglo se
perfila como una constante, una especie de revolución permanente que acaba
reiterando sus disensiones y recayendo en sus denuncias. La experimentación ha
dejado de ser un lujo o un rasgo raro y caracterizador, para ofrecerse como
exigencia, como necesidad. (2)
Así, por ejemplo, el indigenismo acompaña la producción
cuentística casi desde el principio, para venir a fortalecerse en los treinta,
recuperar tono con el llamado ciclo de Chiapas y mantenerse vigente hasta el
levantamiento zapatista, mediante pinceladas que quizá le den un rostro
distinto, pero que no pueden ocultar su condición arraigada e imprescindible.
Las notas de antropología aplicada con que se quiere enriquecerlo o el timbre
real maravilloso, empleado cada vez que se retrata un indio, aunque el
resultado sea sobresaliente, lo que en realidad hacen es restaurar visiones
primordiales, etnológicas o románticas que la temática poseía en calidad de
material actualizable desde su primera definición .
Lo mismo ocurre con las dos líneas acostumbradas en las
que se divide la producción cuentística mexicana a lo largo del XX. Tanto la
tendencia de compromiso como la vertiente estética se multiplican y reproducen
con nombres, estilos y títulos nuevos; pero en sí, en cuanto dos opciones
contrarias y posibles, su viabilidad y su constancia quedan al margen de toda
duda. El estudio de la provincia alterna el protagonismo con el estudio de la
lengua, la indagación en lo nacional con la tentación cosmopolita, la
preocupación realista con la literaria. No se puede olvidar que al lado de
autores de denuncia y de textos descriptivos, cercanos a la reseña de sucesos o
al periodismo, escriben otros sus artefactos puramente estructurales. Y Elena
Poniatowska, el propio Monsiváis o José Emilio Pacheco tienen que compartir
escena con Salvador Elizondo, Sergio Pitol y Juan García Ponce. Si éste último
cree en un retrato a través del léxico, una especie de enunciación por el
vocabulario y el arte, los primeros ponen en circulación una modalidad del
texto breve que se convierte en especialmente fecunda para la inmediatez
mexicana.
De hecho, y desde el XIX, la crónica había convivido
mezclándose con el cuento, debido quizá a lo precario del material imaginativo,
la pobreza de los recursos humorísticos no basados en la observación directa y
al aprecio hacia los valores testimoniales. (3) Si en el XX esa mezcla regresa
con una pujanza casi alegórica, lo hace por razones opuestas: justo por la
abundancia de contenidos reales que, hilarantes a veces, dramáticos siempre,
desbordan el puro documento y se instituyen por su extremosidad en otra forma
de ficción. Maniatada la información por una censura eficacísima y por una
educación cercenada, el relato está llamado a cubrir sus deficiencias con
versiones que, si bien creativas, no olvidan no obstante sus lazos con el
reportaje. La crónica resulta un espacio útil por su indefinición, a medio
camino entre la invención y el testimonio, capaz de combinar lo público y lo
privado, la cultura de masas y la subjetiva contemporánea del confesionario.
Esa convivencia cuento-crónica adelanta otras a las que
el género parece proclive en su avatar mexicano, dentro de una ausencia general
de límites que se vuelve especialmente flagrante en su producción última. (4 )
Y lo cierto es que el mapa se ha diversificado de un modo caótico e
impredecible en las más recientes promociones. En realidad, ha perdido
directrices e isobaras y ha confundido sus líneas, multiplicándolas hasta
volverse un laberinto. Todo aquello que en momentos anteriores se cultivó por
su valor revolucionario o diferente se mantiene ahí con un sesgo testimonial o
como un síntoma de época que concluye y se niega a perder sus hábitos.
Por ello, siguen operando las viejas dicotomías que se
utilizaron en tanto elemento clasificador y que oponían, en primer lugar, la
tentación extranjerizante al esbozo local. Alberto Ruy Sánchez, Rafael
Hernández Viveros, Álvaro Uribe, Carmen Leñero, Jaime Moreno Villarreal o
Vicente Quirarte participan de una línea que ve a México con ojos foráneos y
que quiere creer en una identidad internacional. Dentro de una tradición
cimentada por Reyes, Paz o Fuentes, lejos de sentir lo ajeno como exótico, lo
incorporan en calidad de elemento típicamente intrínseco. Los cuentos de lo
lejano resultan patrios porque a la idiosincrasia de la nación pertenece, desde
el modernismo, este constituirse con lo exterior.
Del otro lado, Jesús Gardea, Ricardo Elizondo Elizondo,
Luis Arturo Ramos e Ignacio Betancourt se ocupan profusamente de la provincia
incluso como núcleo temático y, en concreto, sobre el desierto del norte y
sobre los complejos problemas de la frontera escriben Federico Campbell, Daniel
Sada o Luis Humberto Crosthwaite. El límite con Guatemala al sur del país
propicia, en cambio, un relato teñido muchas veces de encendida crítica. Carlos
Montemayor investiga las maneras que adopta la represión en historias acerca de
la selva, la desigualdad y el espíritu insurgente. “Operativo en el trópico o
el árbol de la vida de Stephen Mariner” utiliza las técnicas del montaje
cinematográfico para narrar con una plasticidad icónica lo que viene ocurriendo
en la región chiapaneca y en la conciencia nacional mexicana.
La denuncia cuenta con otros adalides en la descripción
de los dramas continuos y cotidianos que realiza Rafael Ramírez Heredia, de las
represalias homofóbicas que menciona Luis Zapata o de los sectores marginados,
al borde de todo, asilados en la temible Ciudad Nezahualcóyotl en libros como Borracho
no vale o Si camino voy como los ciegos de Emiliano Pérez Cruz. El
trabajo testimonial abarca también, por tanto, los males de la existencia
urbana y su parcelación en barriadas, jergas, tribus y costumbres: una
parcelación y una vida incomunicada que puede observarse en clave fantástica y
con los mejores ingredientes de una ciencia ficción refrendada por lo real (en
los cuentos de Óscar de la Borbolla, Guillermo Samperio o Fabio Morábito) o dentro
de un costumbrismo actualizado. La ironía de Eusebio Ruvalcaba, la inclemente
mirada de Carlos Chimal o la crueldad sin paliativos de Enrique Serna trazan
una caricatura de personajes, usos, modas y comportamientos, tan amarga que
roza o recuerda en ocasiones los excesos naturalistas. Esta última distinción
nos introduce en otra dicotomía todavía vigente en el relato más próximo:
aquélla que separaba un estilo tradicional o correcto de las posturas
pretendidamente rebeldes e iconoclastas continúa distinguiendo los tonos
clásicos en Ana Clavel, Pancho Segovia, Luis Ignacio Helguera o Rosa Beltrán de
la actitud explosiva, casi anarquista frente al lenguaje en la producción de
Carlos Flores Vargas, Jorge García Robles o Samuel Walter Medina.(5)
La prosa desestabilizadora de éste último, verdaderamente
bélica respecto a todo lo que suene a modos gramaticales, géneros o intereses
establecidos, se convierte en la perfecta alegoría del destino mismo reservado
al cuento mexicano: una escritura deshecha en voces diversas cuya convergencia
se hace imposible y cuyo retrato no es sino el del propio extravío finisecular
en un México cada vez menos reconocible.
La diversidad del cuento mexicano y, al mismo tiempo, su
permanencia dentro del cambio quizá tengan su causa en el patrón que parece
regirlo desde los años cincuenta y que adquiere su perfil peculiarísimo en los
relatos sobresalientes de Juan Rulfo, Juan José Arreola y José Revueltas.
Aunque a esa nómina central hay quien añade otros nombres
(Juan de la Cabada, Efrén Hernández, Guadalupe Dueñas, Edmundo Valadés, Ricardo
Garibay), los tres escalan solos la cima más alta de lo que el género podía
producir en tierras de México y, mediante títulos únicos, sin posible
continuidad por la genialidad de sus páginas, extienden curiosamente su
magisterio a las generaciones inmediatas. Resulta paradójico, en efecto,
imaginarles constituyendo un modelo a imitar, cuando lo que ellos construyeron
no fue sino una relación laxa e inimitable con la escritura: es decir, en sus
textos se ofrecía una idea tan flexible del texto y del lenguaje a él destinado
que ambas lecciones no podían instituirse en normas o en legislación de nada.
Al contrario, a través suyo, se adoptaba un modelo básico demasiado dúctil para
funcionar como modelo alguno o, en todo caso, su máxima ejemplaridad se basaba
en esa falta de ejemplos, una especie de lección de originalidad a ultranza y
de ausencia de directrices y de dogmas.
Es más, para muchos, representó lo contrario: una férrea
negativa o un rastro sin vías factibles de continuidad. El relato rural, por
ejemplo, quedó totalmente quemado tras la Comala ardiente y el desierto
entregado a los campesinos de “Nos han dado la tierra”. Y esa escritura suya de
la simplicidad, reducida a su mínima expresión, ese modo único con que el
discurso calla y se organiza en torno a una falta de discurso, resultaba
impracticable, lejos del modelo. El silencio de Rulfo pareció contagiarse a las
generaciones siguientes.(6)
Y pese a eso, queda todavía por hacer la indagación donde
se expliciten las consecuencias de una fijación del género así de temprana y de
absoluta para sus posteriores cultivadores como la que padecen los cuentistas
mexicanos por la vía de esta obra extrema y sin fisuras.
Probablemente a dicha fijación contribuyó bastante la
profesionalización de la literatura que con ellos tres y en ese momento tiene
lugar (mediante la creación de editoriales, revistas, fundaciones,
publicaciones y talleres que coinciden con el paso de una sociedad agraria a un
primer esbozo de industrialización). Pero lo cierto es que el trío operó de un
modo global, casi abusivo, investigando perspectivas distintas pero
complementarias, ensayando las distintas posibilidades técnicas o deícticas de
la narración breve y cerrándolas definitivamente a la vez. Si abrieron
temáticas a las que el cuento posterior seguirá circunscribiéndose (la vida
confundida con el sueño y con la muerte gracias a Rulfo, el sentido de la prosa
perfecta en Arreola o el peso de la política y de la pesadilla patria para
Revueltas), con su concurso, el relato empieza a entenderse como espacio
narrativo autónomo que crea su propio público, que solicita el complemento de
una interpretación inteligente, que no funda su destreza en trucos, finales
efectistas, chantajes, complicidades.( 7)
La idea del relato que consiguen cuajar es, por tanto, un
concepto exigente del mismo, demasiado autónomo y brillante para propiciar
sucesores, que no deja mucho espacio para pasadas teorías o encantamientos y
que busca tan sólo el buen narrar, sin declamaciones, mecanismos o fórmulas
magistrales.
Lo interesante, sin embargo, reside en la manera
entregada en que ese modelo imposible se ve refrendado por la generación
posterior, la del medio siglo, o generación del Lago, más conocida por La Mafia
—gracias a la escalada de poder institucional que emprendieron sus integrantes—
y por los buenos resultados que bajo su patronazgo obtienen. Interesados por la
modernización del país, son los productores de un tipo de relato eficaz y
culto, que en su trabajo metatextual, observador de los procesos de la dicción
narrativa desde dentro de la narración misma, continuaban la tarea lúcida del
Arreola más derridiano y más interior.(8)
Jíbaro de la prosa, miniaturista delicado, éste último,
obedeciendo los dictados de Max Jacob o de Marcel Schwob, les descubre las
maravillas de concisión que la forma breve permite y convierte el cuento en un
infierno de técnica, de precisión y de relojería ajustada, que pide de las
letras mexicanas un esfuerzo de actualización y europeísmo. (9) Son
precisamente los del Lago los que cumplían con esa demanda en libros como Ven,
caballo gris y otras narraciones (1959) de José de la Colina, Los muros
enemigos (1962) de Juan Vicente Melo, La noche (1963) de Juan García
Ponce, La señal (1965) de Inés Arredondo y El grafógrafo (1972)
de Salvador Elizondo, magníficas maquinarías cosmopolitas, con un alto grado de
conciencia semiótica y de introspección en el más puro estilo de psicoanálisis
internacional y sin fronteras.
Del mismo modo, el grupo que les sucede, la descangallada
y blasée corporación de la Onda (José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides
García Saldaña, René Avilés Fabila), a la par que criticaban el exacerbado intimismo
de sus antecesores, invocaban el espíritu incomprendido de Revueltas,
leyéndolo, reivindicándolo, dedicándole estudios y homenajes. (10)
La visión del relato propiciada por el maestro era tan
amplia que los onderos se sintieron capacitados para abrirlo, desarticularlo
del todo e incorporar voces disidentes o impensadas. Sin la tarea de
flexibilización obtenida por el modelo narrativo, no habría sido factible
renovar la enunciación clásica con tonalidades extraídas del rock, la
mota, la contracultura y la marginalidad.
Revueltas había puesto en marcha una arquitectura
compacta, teológica, intolerable y una voz épica que no disminuía un ápice en
la certeza de sus análisis. La narración se desencadenaba en él a partir de un
sufrimiento observado minuciosamente. El dolor parecía una parte alícuota de la
vida mexicana que tenía que contarse en toda la crudeza de sus variantes. Los
de la Onda imitaron su oído atento y su percepción de sectores negados del
lenguaje nacional: actualizaron, por tanto, la picaresca, retrataron el lumpen,
abundaron en un uso intensivo y sin recato de las jergas y germanías,
describieron los bajos fondos, contaron el nuevo romanticismo jipiteca y la
expansión juvenil. (11)
Tuvieron un sentido grueso del hecho literario, a veces pintoresquista
incluso, aunque sus pinceladas fueran dirigidas a otra casilla del costumbrismo
nacional. En este sentido, como para Revueltas, su horizonte seguía siendo un
México bronco, por mucho que sus excesos se quedaran en puramente ortográficos
y sus escándalos no pasaran de resultar adolescentes.
El mundo los adoptó, los copió y sobre todo, los leía. Si
sus revoluciones se minimizaron en pasión pseudo-oriental, en mística de
astrólogos o improvisados budistas y en consignas repetidas como un chiste por
los locutores de televisión o los padres de familia enrollados, si en ocasiones
sonaron obsesivos, melodramáticos o autocomplacientes con la moda y el estilo
que ellos mismos habían puesto en pie, consiguieron el prodigioso efecto de
conectar con un lector que se educó y combatió a su lado.
Y principalmente, la Onda puso al día la gestualidad
mexicana, su tono y su timbre, el atrasado reloj de nuestra lengua literaria.
En este sentido, algún crítico ha hablado, antes de ellos, de una flagrante
ausencia de lenguaje adecuado para decir lo propio y ha acusado de esta falta
al poeta etéreo, al intelectual y pensador que, como buenos camaleones, se
pierden en las ramas del matiz (Monsiváis, Lo fugitivo permanece 21).
Justo lo contrario de la escritura cruda, afilada como pedernal con que se
impuso el modelo narrativo del cuento contemporáneo, cuajado a golpes de varia
invención, de llano en llamas y de dormidos al sol, del que tanto narrador
después aprendió las artes de decir y la dificultad … insalvable de expresarse
(Castañón 546).
III. La modernidad suspendida o el texto en blanco.
El mal de la escritura mexicana es el de la envarada
trascendencia, a la que aspira durante toda la primera mitad del siglo y a la
que dota de rostros distintos, llámese historia con mayúscula, nacionalidad y
símbolos patrios, idiosincrasia o espíritu de comunidad. La inmanencia, en
tanto reflexión sobre sí, tardaría en llegar a ese discurso impostado,
hierático.(12) Y cuando lo hace, su precio se mide en el más drástico mutismo:
la réplica callada de un Rulfo con una voz demasiado personal para repetirse
incluso en sus propios labios; el tono hercúleo, tan esforzado que resulta
impracticable, en un Revueltas contra todo y contra todos o la tarea mecánica y
anuladora de un Arreola minimalista y kamikaze.
No es difícil encontrar las huellas de ese legado de
silencio, de esa consigna muda en textos que, como el “Chac Mool” de Fuentes en
Los días enmascarados (1954), (13) escenifican una imposibilidad. (14)
Aquella estatua mítica, que representara en clave irónica la improcedente
resurrección de las estatuas y de las herencias, protagonizó un cuento
primerizo en el que, sin embargo, actuaba con toda su fuerza nihilista el
síndrome bautizado por Christopher Domínguez Michael como modernidad
suspendida. (15) El crítico defiende la hipótesis de que, a partir de la obra
de escritores como los citados aquí, ya no puede hablarse de la noción de
progreso en la narrativa mexicana y sí en cambio de un paro: de la detención de
un proceso modernizador que jamás se completaría del todo, así como del
descrédito de los viejos mitos identitarios que coincide con la asunción, en su
puesto, de una prosa lúcida, madura y capaz por tanto de declarar sus propias
insuficiencias o incluso de construir con ellas relato.
En el cuento del burócrata esclavo de su ídolo
precolombino, la voz de Fuentes (a menudo demasiado preocupada del horizonte
cultural y cosmológico mexicano) se cede a una enunciación también
progresivamente enajenada, entregada a un demonio, a un yo sanguinario e
imprevisto que, con sus modos grotescos, pone en solfa la permanente obsesión
ontológica por la mexicanidad, ahora disuelta e irrecuperable. La pregunta
sobre la vigencia de un México perdido para siempre y que sin embargo se
resiste a morir se cerraba sin respuesta alguna y con una dicción defectuosa.
El duelo entre formas de vida anteriores y las presentes
dejaba un censo negativo en paginas claramente inhábiles para saldarlo.
Devolver a la existencia ancestrales fantasmas puede convertirse en un juego
peligroso, juego en el que lo único demostrado es la inutilidad o irrealidad
hoy de tales prácticas. (16)
Cuando la experiencia se repita dentro de “La fiesta
brava” de José Emilio Pacheco, concluirá también fatalmente con una muerte y un
fallo elocutivo. El relato describe precisamente la redacción de un relato
encargado y rechazado por la revista que iba a publicarlo. Coincidiendo con el
fracaso de su tentativa, el narrador desaparece en el metro de la ciudad de
México, víctima de un rito sacrificial al modo azteca, tal y como su propio
texto contaba. Igual que una vertiginosa caja china, la escritura se devora a
sí misma y deja un hueco en blanco en la esquina superior de la página,
correspondiente al anuncio de búsqueda del personaje inmolado.
“La fiesta brava” parece insinuar así una anagnórisis
negativa. Igual que en el caso de Fuentes, la identidad cuya recuperación se
empareja a una resurrección del pasado se resuelve en pérdida y el tiempo
anterior no introduce sino un conflicto definitivo en la idiosincrasia
nacional. Pero lo peculiar del texto de Pacheco es la manera en que éste queda
también comprometido en esa restauración fallida.
José Emilio Pacheco, un magnífico escritor apocalíptico y
terrorista, (17) advierte contra toda indagación en la historia que pueda
generar un espacio vacío en el ángulo superior del papel, algo así como una
falta de representación para la historia misma pero también para el avatar de
la escritura en sí.
La advertencia había sido formulada antes, sin tanta
resonancia, en los cuentos marginales de un desconocido Pedro Miret, escritor
más aislado y más excéntrico que ninguno, inclasificable y austero, sobre el
que llamaron la atención, no obstante, unos cuantos y privilegiados
incondicionales. Desde José de la Colina hasta Gerardo Deniz, pasando por Luis
Buñuel (de cuyas películas mexicanas fue en alguna ocasión guionista), el
relato abolido de Miret se admira y se elogia por lo que tiene de frustrado y,
a la vez, de mágico.
Si su escritura carece de propósito, de objetivo moral,
filosófico o estético, consigue con ella sin embargo la sensación de una
redacción en bruto, un narrar que no se pierde en disquisiciones (porque éstas
ya no son posibles) y que se limita al ejercicio también imposible de la pura
relación.
La historia ha dejado de confundirse con la solemnidad
para reducirse a la simple trama de una anécdota o de un chascarrillo e
igualarse a ellos. Un hecho vale en cuanto se vertebra a otros en una secuencia
que sólo sirve si se cuenta. Y ni siquiera esto es seguro. Los textos de Miret
se horadan con detenciones, con puntos suspensivos, con silencios en efecto,
con momentos inexplicables y con actos suicidas o gestos no descritos.
Similares al sacrificio textual de Pacheco, los vacíos frecuentes indican la
fractura del discurso, su imposibilidad para continuarse y perpetuarse como
tal. Cada libro de Miret incluye su antilibro, su candado, la cláusula que lo
anula y lo incapacita. (18)
El esquema de los cuentos de Esta noche vienen rojos y
azules (1967), Prostíbulos (1973), La zapatería del terror (1978)
o Rompecabezas antiguo consiste en un puro registro del tipo sucede esto
y esto, sin más profundidad ni significado. Éste no parece tener otro valor que
el de la trampa engañosa y Miret recorta todo deseo de ir más allá de su básico
sistema. Pero a través de él se insinúa una invalidez que nos es propia y en la
que nos reconocemos: la que se admite torpe para articular sentido, para forjar
símbolo o para instituirse en valor. Miret trabaja así como un Gómez de la
Serna sin greguerías, un Felisberto Hernández sin ensoñación, un Kafka sin
símbolos, es sólo y nada menos que Miret, es decir, un narrador sin moraleja,
sin orientación, sin empaque, sin utopías, sin lecciones, sin mitología, sin
iconos, sin otro instrumento que su propio enmudecer. (19)
Con su cuento precolombino, Carlos Fuentes abordaba para
ese género breve lo que antes El libro vacío de Josefina Vicens había
realizado en narrativa: la indagación en la indigencia. El libro de esa autora
minoritaria volvía en redondo sobre sí hasta autoanalizarse y confirmar lo
insuficiente del gesto literario. Igualmente, al relato de Fuentes no le era
posible hallar salida honorable para su propia trampa. Uno y otro confirmaban
desde distintos ángulos la conciencia deficitaria de la escritura y la
suspensión de todo desarrollo.
La detención del proceso modernizador que ambos
documentan ofrece, por tanto, como inmediata consecuencia, una suspensión de
los contenidos y de la historia en tanto material del relato y una peculiar
descomposición de la tradición narradora. Ésta se desintegra en una sátira
menipea, en un carnaval de voces, de géneros y de estados.
Lo alto y lo bajo se confunden, lo serio y lo ridículo,
lo cómico y lo grotesco en una mezcla indistinta cuya conclusión última parece
ser el silencio. La narración descree en último término de la narración dentro
de una operación desestabilizadora y especialmente visible en la generación que
cierra el siglo, la de Juan Villoro, Bárbara Jacobs o Francisco Hinojosa,
generación en la que esa imposibilidad narrativa se solventa con un relato
desposeído, claramente expósito.
Los autores que crecieron en el México de López Portillo
y de Echeverría, el México hechizado con un mal gestionado simulacro de
bienestar y de liberalismo, aprendieron a leer con las novelas de la Onda,
mientras sus hermanos mayores protagonizaban la revolución del 68 con el
resultado, todavía no censado en muertos, de la plaza de Tlatelolco. Para
ellos, por consiguiente, José Agustín es un clásico y la contracultura, la
tradición que reverencian.
Además, hace ya tiempo que la literatura mexicana dejó de
buscar sus raíces y de hacer antropología para asumir su fuerte pertenencia a
lo que ocurre en el otro lado de la frontera. Sin complejos nacionales, la
generación de Villoro pudo sentirse más identificada con Kurt Cobain y Warhol
que con Negrete o Siqueiros. En medio de esa tranquila asunción de la modernidad
—con los mass media, la globalización, el shopping center y la
psicodelia —, asumieron una postura nada contestataria respecto a grupos
previos. Por el contrario, gestionaron un cambio de guardia proteccionista y un
relevo suave frente a todo lo anterior que les permitió incorporarlo sin
desgarramientos. Al fin y al cabo, no se proclaman vanguardias (subraya uno de
sus integrantes) cuando la libertad es la norma. Eso les hizo especialmente
hábiles, pero también sobremanera huérfanos: tenían estilo, educación y madera,
pero carecían de fe, de fuerza y de estímulo.
Su renovación caminará por otro lado y compete más bien a
esa pérdida de direcciones que la postmodernidad arroja como cómputo. Ellos han
sido los que asumen plenamente sus síntomas, es decir, el desvalimiento del
relato, las serias dudas en torno a las posibilidades de la narración, el
descrédito de ésta y de su iconología. Acuden incluso a esquemas bastante
anarquistas, con altas probabilidades de desencadenar silencio; esquemas que
ponen de relieve la existencia de una importante crisis narrativa.
Los experimentos de Bárbara Jacobs en Escrito en el
tiempo (conjunto de cartas nunca enviadas al director del semanario Time,
escritas forzada y puntualmente alrededor de algún tema que la lectura de la revista
desencadena) están hablándonos de una falta flagrante de necesidad narrativa y
de una sustitución del argumento, de la verdadera exigencia expositiva por el
mero goce del hilo narrador, del monólogo o murmullo enunciativo que se secunda
a sí mismo, conducido por su propio ronroneo: una glosolalia sin dirección,
autosuficiente y autocomplaciente, sustituyendo la pertinencia, ahora en
quiebra, del discurso.
Carlos Flores Vargas hace uso de guías previas desde las
que desencadenar su propia creación en forma de réplica manipulada o invertida.
El hipotexto original, como La piel de Curzio Malaparte, queda
convertido en un irreconocible despojo, una copia deforme en las catacumbas de
la cultura.
La ironía de Adolfo Castañón, burlando la vieja
literatura, las prosas minúsculas, recordando un universo narrado pleno y
previo que Luis Ignacio Helguera bautiza Traspatios, o la erudición
libresca de Emiliano González revelan la dependencia de la mise en abîme,
del libro dentro del libro como mecánica capaz de desencadenar discurso.
Siguiendo también esa línea, Francisco Segovia actualiza
lo gótico en relatos que versan sobre el vampirismo y resultan, a su vez,
vampíricos, igual que lo es toda literatura que se nutre de sangre escrita
anterior. Jorge García Robles produce para su libro Lofránida una
escritura surrealista, plagiadora, transitada de citas y de guiños que una
escatología imparable reconvierte en fantasmas o espectrales variantes.
Los fragmentos inclasificables de Jaime Moreno Villarreal
apenas encuentran cohesión en títulos que, como Música para diseñar, si
algo testimonian, es la imposible reunión de restos en que ahora un relato
consiste. (20)
En todos los casos citados, la escritura no es sino una tarea de saqueo, una gestión con fecha de caducidad e inoperante para generar más que parodias de sí o de sus temas, condición obsesiva y circular que sufren dos autores en concreto. Francisco Hinojosa y Juan Villoro, partiendo de esa orfandad del relato, han articulado una concepción cuando menos peculiar del cuento contemporáneo: el primero desde una deliberada asunción de la imposibilidad, el segundo mediante una duplicación del desorden.
Hinojosa, que parece haberse educado en los malabarismos
léxicos de Raymond Queneau, de Perec, del Oulipo o de la descabellada
vanguardia de Jarry, escribe deliberadamente mal, en una lengua forzadamente
torpe e incorrecta, con un voluntario desaseo o un caos pretendido. Posee, para
ello, una eficacia negativa o un virtuosismo a la inversa, diciendo siempre lo
agramatical o lo ilegible y llevando la palabra hasta los límites y fronteras
últimas de su semántica. (21)
Parte, en principio, de una cierta solemnidad o de una
grandilocuencia —habla también de la muerte, del asesinato, de la venganza, de
la bondad, de la construcción nacional o de la historia —, para desplegar todas
sus implicaciones en un terreno que es el puramente denotativo, dentro de una
práctica disolvente que consiste en entender cada término y cada oración del relato
con su significado más literal. Eso engendra un doblete lingüístico, una
especie de pareado en la dicción y un redoble inútil de voces que se dicen o se
reiteran. Hay así personajes en sus textos que pugnan por pugnar, hombres que
se dividen y se rompen realmente, seres que son lobos para el lobo .
Y sobre la Revolución mexicana lo que lanza no es sino
una mirada nimia, tribal, doméstica, dentro de un relato que la minimiza y
transforma en batalla entre clanes o a enfrentamiento de niños en la casona familiar.
El cuento titulado “A la sombra de los caudillos en flor” pertenece al libro
más representativo de este autor y de esta producción grotesca, parca,
distinta. Informe negro (1987) realiza, en efecto, un fundido neblinoso
sobre pilares básicos, sobre las grandes obras maestras (llámense Proust o
Martín Luis Guzmán) y sobre el lugar literario común. En él, como en Cuentos
héticos (1996) o Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno (1995),
Hinojosa ironiza en cada página con una tradición de la que apenas restan sino
sus ruinas o la pulsión patética de pertenecerle a toda costa.
Por otra parte, todos los cuentos, demediados,
recortados, inconclusos o construidos como una sucesión de aforismos, vuelven a
incidir en la situación inacabada del discurso y señalan la falta de
conclusiones a las que el ejercicio de la prosa conduce.
Relatar no es ya un producto sensato ni concluyente, ni
siquiera sigue ya un camino directo. De hecho, estudiando la obra de un
contemporáneo suyo (el argentino Ricardo Piglia), Juan Villoro esboza la teoría
de la historia segunda o historia doble, un discurso alternativo que se realiza
en cada cuento por debajo o a escondidas de la trama primera. (22)
Lo visible tapa lo secreto, lo que está funciona en tanto
camuflaje para algo que no está. Los juegos de manos (este continuo dar una
descripción por su ausencia) permiten sospechar un relato permanentemente
escamoteado e insinuándose, a la vez, entre medias del relato patente. Como sin
quererlo, el argumento inicial va produciendo otro hilo y otro tema que se
intercala en aquél y lo complica, de tal manera que se está siempre narrando
otra cosa y el autor de la narración pierde la perspectiva, incluso el dominio
de su propia deixis.
La superficie horadada que ello genera y el proceder
mediante una serie de reenvíos a que obliga conllevan que nada sea simple y que
tampoco pueda consistir totalmente en lo que parece decirse. Juan Villoro,
autor bastante convencional antes de este aprendizaje trucado, redacta para su
último libro, La casa pierde (1999), cuentos dobles, dotados con la
seguridad engañosa de una finta en el penalti, cuando el gesto del tirador
quiere indicar una dirección, pero el balón se proyecta hacia el lado opuesto e
inesperado.
En general, casi todos los relatos incluyen un
descubrimiento nefasto, en el sentido de imposible: una revelación intuida pero
jamás cumplida del todo. El proceso de desvelar, por medio de escritos, la
realidad parapetada detrás sólo pone de manifiesto la veladura, subraya la
máscara que nos esconde. No hay más epifanía que esta constatación de lo que la
impide.
La estructura de descifrado que el cuento adopta de este
modo lo acerca y reconcilia con formas discursivas de maestros anteriores. A
este respecto, Villoro consigue encajar bien la lección borgiana y abunda en la
imposibilidad de una moraleja metafísica o de un resultado en la especulación.
El único rédito que el autor insinúa lo arroja el título: siempre que la vida
juega con nosotros, somos nosotros los que perdemos. La rendición de cuentas de
esa pérdida es demasiado compleja y sólo puede cumplirse por la vía de la
historia doble o del relato narrado en el relato.
En el último de los cuentos de Villoro (“Corrección”), la
deuda se salda con el mito por excelencia del trabajo literario en México: con
la figura recalcitrante del escritor genial que se inhibe de continuar
escribiendo, quizá porque comprende la inutilidad perentoria de insistir. De
Rulfo a los escasos textos de Julio Torri, Silva y Aceves, Monterroso, Rossi,
Arreola, el mexicano vive obsesionado con el misterio de la propia parquedad.
El cuento contemporáneo, a través de sus más jóvenes representantes, empieza ,
sin embargo, a hacer de esa obsesión una forma factible de elocuencia.
No difiere de lo anterior el diagnóstico para la última
hornada de narradores, nacidos en los
sesenta. Quizá en ellos la carga metaliteraria del relato sea menos crítica, un
poco más juguetona, a veces obvia o directamente banal. Probablemente el
costumbrismo y la voluntad de denuncia parezca menos decisiva y menos
implicada. Sobre todo, escriben desde una cierta impunidad transnacional y su
voz resulta más neutra, menos identificable. Son, en ese sentido, más libres,
menos deudores de una tradición, de un retrato propio o patrio y más
cuentistas, es decir, más interesados en producir sólo un relato. (23)
Así, en esa búsqueda o rescate de la narración por la
narración sin otras consideraciones, encontramos variantes que rozan lo
anacrónico: prosas que imitan leyendas medievales, semblanzas historicistas,
cuentos de aventuras en otro lugar y otro tiempo, descabellados escritos.
futuristas dentro de una ciencia ficción tecno-tenebrosa, parodias goliárdicas
de grandes clásicos, revisiones psicologizantes e intimistas con su monólogo
interior y su trauma destripado. Todo en nombre de la continuidad de la voz
escritural: por ella el cuento mexicano está produciendo en la década del
noventa remedos de sí mismo, mimesis del laconismo de Arreola, del desfachatado
silencio de Monterroso, de las epopeyas tremendistas de Fuentes, de la
persecución femenina en Elena Garro, del fin del mundo adelantado por De la
Borbolla. Los últimos cuentos pasan en Ucrania, Bagdad, los Balcanes, hablan
del pasado más remoto (incluso de un pasado no mexicano y de un territorio
desconocido) o se inclinan hacia un futuro imaginado y demente.
En este sentido, Julio Ortega los considera autores
emancipados respecto a cuestiones anteriores demasiado localistas o concretas y
dependientes, en cambio, de los nuevos mapas y las nuevas estructuras
macroeconómicas. (24)
Han nacido de la crisis de los sistemas de representación
nacional y se mueven por un territorio indiferenciado, sin rasgos de
idiosincrasia, sin características personales. El cuento mexicano empieza a
parecer, en vez de una prosa cosmopolita, un texto de ninguna parte.
Con el paisaje se derrumba la enunciación, porque la
identidad que estos autores celebran es la desmembrada surgida de la
diferencia, el cambio, y de la cultura como matriz de celebración crítica. El
sujeto es ahora un sujeto trashumante que establece un principio de acuerdo con
lo múltiple.
El fin de siglo ve crearse un cuento que es, como él,
diverso, heterogéneo, complejo, caótico; que como él ha renunciado al desenlace
o al balance para preferir la simple narración, el arte siempre eterno de
contar cosas, sean éstas las más antiguas o las más próximas, las más normales
o las más raras. Y aunque los resultados no son todavía perceptibles, ya es un
hecho este regreso de la escritura y de la trama. Después del panorama
desolador que experimentos más. estructurales arrojaban sobre las posibilidades
de escribir, vuelve a contarse con todas las fuerzas de la vieja y maravillada
oralidad, del cuento prodigioso y la admiración suspensa.
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NOTAS
1 Lo difícil entonces es imaginar cómo esta
experimentación generalizada se las arregla para seguir siendo innovadora y
distinta. La globalización de lo nuevo supone, sin embargo, un fenómeno
indispensable, el único instrumento para mantener el interés de lo literario
frente a la masiva competencia de los medios visuales y las otras formas de
arte (Castañón 213).
2 Basta mencionar títulos como Benzulul (1959) de
Eraclio Zepeda, Ciudad real (1960) de Rosario Castellanos (dentro de lo
que se consideraría una acercamiento etnográfico a la realidad indígena) y
Elena Garro con la variante del realismo mágico en La semana de colores (1964),
para constatar la eficacia y desarrollo de este motivo en el cuento
contemporáneo.
3 Todavía no se ha estudiado la importancia de la crónica
en la literatura breve mexicana, pero el homenaje que le rinde uno de sus
cultivadores resulta suficientemente elocuente: “Quienes crecimos (reconoce
Juan Villoro) entre la avalancha de la cultura de masas y la cultura del
secreto y el confesionario encontramos en la crónica nuestra frontera personal,
la fórmula para mezclar lo público y lo privado. Lo que se decía en voz baja,
las historias condenadas al olvido o a la vaga supervivencia del rumor,
encontraron su lugar de residencia. Los ilegales del nuevo periodismo mexicano
fijan lo evanescente, desvían los reflectores a personajes y sitios inéditos,
invierten los términos de lo verdadero (la única hipótesis descartable: lo
oficial). En un país sin lectores, los cronistas comprueban la urgencia de sus
palabras” (Villoro 82
4 Para Castañón (209), que subraya igualmente la
importancia y radical originalidad de esta escritura, el auge de la crónica y
su incursión en otros géneros como el cuento demuestra la modificación vivida
en todos lo niveles del presente mexicano (Iglesia, Estado, industria,
gobierno, relación con las minorías, lucha social). Testimoniaría, por eso, el
advenimiento de nuevas fuerzas y de nuevos actores sociales al escenario (Vidal
53).
5 La bibliografía sucinta de los autores más recientes y
más desconocidos entre los mencionados es la siguiente: Alberto Ruy Sánchez, Los
demonios de la lengua (1987). Álvaro Uribe, La linterna de los muertos (1985).
Jesús Gardea, Septiembre y los otros días (1980), De alba sombría (1985)
y Las luces del mundo (1986). Ricardo Elizondo, Relatos de mar,
desierto y muerte (1980) y Maurilia Maldonado y otras simplezas (1987).
Luis Arturo Ramos, Los viejos asesinos (1981). Federico Campbell, Tijuanenses
(1989). Daniel Sada, Un rato (1984) y Juguete de nadie y otras
historias (1985). Luis Humberto Crosthwaite, Marcela y el Rey al fin
juntos (1988) y Mujeres en traje de baño caminan solitarias por las
playas de su llanto (1990). Rafael Ramírez Heredia, De viejos y niños (1980),
El Rayo Macoy (1984) y Paloma negra (1987). Emiliano Pérez Cruz, Tres
de ajo (1983), Si camino voy como los ciegos (1987), Borracho no
vale (1988). Óscar de la Borbolla, Ucronías (1990). Luis Zapata, De
amor es mi negra pena (1983). Guillermo Samperio, Textos extraños (1981),
Gente de la ciudad (1986) y Cuaderno imaginario (1990). Fabio
Morábito, Gerardo y la cama (1986) y La lenta furia (1989).Carlos
Chimal, Cuatro bocetos (1982) y Lecturas de rock (1983). Enrique
Serna, Amores de segunda mano (1994). Ana Clavel, Fuera de escena (1984)
y Amorosos de atar (1992). Rosa Beltrán, La espera (1986). Samuel
Walter Medina, Sastrerías (1979).
6 “El mito de Juan Rulfo devastó la narrativa rural. El
derrumbe de Pedro Páramo lo fue de un universo literario exhausto. El mundo
pareció vacío: sus dioses y demonios lo habían abandonado. La disolución de la
utopía natural se escenificó en los cuentos y novelas de Rosario Castellanos,
Eraclio Zepeda, Elena Garro, Sergio Galindo y Amparo Dávila. Los autores
fabulaban desde las aldeas de su infancia: barcos alejándose del puerto de la
memoria. No sólo Rulfo guardó silencio. Lo impuso a las generaciones siguientes”
(Domínguez Michael 520). Para la escritura de Rulfo como ejemplo de reducción,
véase el artículo de Margo Glantz titulado “La palabra de Juan Rulfo.
7 “Durante los cincuenta, los escritores se
profesionalizan, las instituciones culturales toman forma y se crea un espacio
crítico consistente al aparecer el suplemento México en la Cultura que
dirige Fernando Benítez, y la Revista Mexicana de Literatura, fundada
por Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes. Estas publicaciones, junto con Cuadernos
del viento, La palabra y el hombre y Universidad de México,
se convierten en las principales protectoras del cuento en unos momentos en que
el mercado editorial está acaparado por la novela [...]. El taller literario
fundado también por Arreola, se convierte durante los sesenta en otro bastión
para el cultivo y supervivencia de la narrativa breve. A raíz de estos
esfuerzos, algunas instituciones como las Casas de Cultura de algunos estados,
el Instituto Nacional de Bellas Artes y algunos centros de estudios, empiezan a
prestar un importante apoyo al género, instituyendo premios [...]. Con todos
estos apoyos se producirá un resurgir del género que repercutirá en el aumento
de la producción cuentística desde finales de los sesenta” (Vidal 46). Véase
también el artículo de José Joaquín Blanco, “Aguafuertes de narrativa mexicana
1950-1980”.
8 No sólo algunos se educaron en su taller, la
dependencia del modelo propuesto por Arreola fue incluso argumental. Así, las
criaturas inventadas por Carlos Valdés como “El último unicornio” le recuerdan
demasiado y muestran a un tipo de cuentista que usa la ironía literaria para
evadir el choque eventual con la descomposición textual (Domínguez Michael 41).
9 Para un análisis escrupuloso del patrón tipo que los
cuentos de Arreola ponen en circulación, véase: “De la prosa breve y plena:
Juan José Arreola” de Saúl Yurkiévich.
10 Para la nómina del grupo y para su pasión hacia
Revueltas, defendida ante todo por José Agustín que reúne su obra completa en
los sesenta, véase: “Los de fin de siglo” de Luis Arturo Ramos.
11 Para esta capacidad receptora que la Onda concita,
véase. el amargo pero inteligente balance de Paloma Villegas en su artículo
“Nueva narrativa mexicana”: “El lenguaje de la onda había sido mediatizado por
los mass media, convertido en bufonería de los cómicos más abyectos de TV,
inventariado en léxico para atribulados padres de familia [...]; medio que se
inventó para expresar nuevas cosas, contribuía ahora a la soledad de quienes lo
balbuceaban [...]. El pseudo-orientalismo, la astrología y la confusión
misticoide, la mariguana (antes puerta de la percepción) para olvidar; los
hongos comercializados y adulterados en Huautla son las coordenadas de una
subcultura cada vez más desplazada por las consignas de la izquierda, el interés
hacia la teoría política y, en otros casos, la incorporación al sistema. [...]
Perturbado por su propia concepción tremendista, cae en un naturalismo ocioso,
insustancial y falto de vida que depende de la cursilería de las
interpretaciones y aguarda las concesiones sentimentales de un lector
complaciente” (Villegas 245).
12 “El match se declara: de un lado la trascendencia, el
discurso elaborado por la sociedad mexicana que exige la atención de la
Historia, el respeto de los demás países, la bendición de Dios y de los
símbolos de la nacionalidad y de los demás conciudadanos. En la otra esquina,
la inmanencia, esa garantía del ser, sitiado en su epidermis por dioses
finalmente asibles. [...] A ese lenguaje institucional, sin vacilaciones, sin
dudas, programático, que se hace sentir como el fortalecimiento de una clase en
el poder o el auge de una confianza represiva, [se] opone apenas lenguaje de sí
y no, de simón y nelazo, no una certidumbre, sino una conducta” (Monsiváis,
“Sobre el significado de la palabra huato” 107-108).
13 “En los temas de Los días enmascarados se
encuentran todos los elementos del deliberado modernismo de Fuentes: el saqueo
novelesco del mito, la digresión semántica, la desconstrucción de la Historia,
la crítica del propio modernismo y la extrapolación futurista” (Domínguez
Michael 13).
14 No soy yo sino de nuevo el crítico Domínguez Michael
el que percibe esa vinculación entre el
protagonista de “Chac Mool” y el personaje sin carácter de El libro
vacío (Domínguez Michael 13). Para el carácter metaliterario y la novedad
importante del texto de Josefina Vicens, así como para el tema de su rareza y
de la marginalidad y desconocimiento en que se la mantiene (Llarena 28-29).
15 Christopher Domínguez disecciona esta derivación del
narrar mexicano contemporáneo en un proceso que él compara con la
desintegración de la tragedia antigua en sátira menipea, una desintegración que
para él comienza con los zeppelines inflamados, esas obras peligrosas que son
los cuentos y novelas de Fuentes (Domínguez Michael 30).
16 La cita pertenece a Fuentes y resulta muy interesante
el modo en que éste se expresa en torno al significado de su relato en Protagonistas
de la literatura mexicana de Emmanuel Carballo (535).
17 Para la condición apocalíptica de la escritura de
Pacheco, véase el artículo de Jorge Ruffinelli, titulado “Al encuentro de la
voz común: Notas sobre el itinerario narrativo de José Emilio Pacheco”. Para el
relato y la identidad fracasada que de él se deriva, véase “Las leyes de la
frontera, los mapas del caos” de Esperanza López Parada.
18 La cita pertenece a una magnífica semblanza que del
escritor traza José de la Colina: “Leer, entrar en un cuento de Miret es
entregarse a una experiencia nueva y que sólo lateralmente es literaria o estética.
Abolido en el texto cualquier propósito filosófico o moral o formal, sólo queda
el testimonio directo, el reportaje de una aventura en el más fantástico, no
diré maravilloso, de los espacios: lo cotidiano. [...] Narración nada más:
sucede esto y esto y esto y esto, y la mera sucesión de hechos, de accidentes,
de actos, de miradas, de pausas, de puntos suspensivos, de parpadeos, de
detenciones, lentitudes y desplazamientos que nos hace recorrer Miret como un
palacio de las sorpresas minuciosamente dibujado por Piranesi, resultan en
efecto una aventura prodigiosa que nunca abandona este mundo, esta realidad,
esta vida humana” (De la Colina 3).
19 “La fragmentación del relato quiere mimar también el
caos o el desconcierto que la realidad ha producido, sin ficción de por medio,
en los últimos tiempos mexicanos” (Perea 51).
20 Ofrezco una pequeña nota bibliográfica con los títulos
y fecha de la producción cuentística de los autores reseñados: Bárbara Jacobs, Doce
cuentos en contra (1982), Escrito en el tiempo (1984). Carlos Flores
Vargas, Cuentos de sexo (1983), El don obsesivo (1989). Adolfo
Castañón, El pabellón de la límpida soledad (1988). Luis Ignacio
Helguera, Traspatios (1989). Emiliano González, Los sueños de la
Bella Durmiente (1978) y La habitación secreta (1988). Francisco
Segovia, Conferencia de vampiros (1987). Jorge García Robles, Lofránida
(1987). Jaime Moreno Villarreal, La línea y el círculo (1981) y Música
para diseñar (1991).
21 Estoy citando el estupendo artículo de Evodio
Escalante sobre el autor: “Francisco Hinojosa alcanza en el Informe negro una
rara maestría, una imaginación desatada, paródica, libresca, depuradamente
intelectual, a veces franca (y socarronamente) metafísica. [...] Ningún
escritor como él, ni siquiera Fuentes, me parece más efectivo en su despliegue
del lenguaje. Fuentes es grandilocuente, esto juega en su contra. Hinojosa se
ciñe a la inventiva de la palabra para derivar hacia la no-palabra, hacia lo
que no se había dicho. Como alguno de sus personajes, él es de los que pugna
por pugnar. En este dobleteo, en esta instancia de la palabra sobre un sentido
particular de ella misma, el lector descubre significados que no estaban en la
lengua, mejor dicho que la gramática de la lengua parecía excluir. Como cuando
afirma, para recurrir a otro ejemplo, que el hombre es un lobo del lobo”
(Escalante 15).
22 Juan Villoro comenta un artículo de Piglia al respecto
en la introducción que escribe para la edición mexicana de los relatos de éste
último (Villoro, “Prólogo” 7-21).
23 Doy una lista improvisada de unos cuantos autores,
sabiendo que quedan muchos más a los que este diagnóstico sería igualmente
aplicable: Ana García Bergua, El umbral: travels and adventures (1993) y
El imaginador (1996); Ignacio Padilla, Subterráneos: cuentos del
asfalto y la vereda (1990) y Si volviesen sus majestades (1996);
Pedro Ángel Palou, Música de adiós y Amores enormes (1992); Pablo
Soler Frost, El sitio de Bagdad y otras aventuras del doctor Greene (1994);
David Toscana, Historias de Lontananza (1996); Jorge Volpi, Pie en
forma de sonata (1992). Dentro de la nómina de autores noveles con cuentos
publicados de momento en revistas y antologías, destacan: Adrián Curiel Rivera,
Roberto Pliego o Naief Yehya.
24 Julio Ortega expone dichas conclusiones en el prólogo
de su Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. Las horas y las
hordas, prólogo con el que la nómina anterior de autores se declara en
deuda.
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