Universidad del Claustro de Sor Juana

 

 

 

DIPLOMADO

 

ESTUDIOS   MEXICANOS

 

HISTORIA, LITERATURA Y PENSAMIENTO SOCIAL

EXAMEN DEL MÉXICO INDEPENDIENTE 1810 - 1968

 

 

 

 

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ANTOLOGÍA

DE

LITERATURA

MÓDULO  5

 

 

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Dr. Ramón Moreno Rodríguez

 


ÍNDICE

Francisco Rojas González. 3

LAS VACAS DE QUIVIQUINTA.. 3

B. Traven.. 6

Canastitas en serie. 6

Mario Vargas Llosa.. 13

Novela primitiva y novela de creación en América Latina.. 13

Juan Rulfo.. 21

LUVINA.. 21

José Revueltas. 26

HEGEL Y YO.. 26

Juan José Arreola.. 31

EL GUARDAGUJAS. 31

Amparo Dávila.. 35

LA SEÑORITA JULIA.. 35

Guadalupe Dueñas. 40

LAS RATAS. 40

Carlos Fuentes. 41

La muñeca reina.. 41

José de la Colina.. 49

LA LUCHA DE LA PANTERA.. 49

Esperanza López Parada.. 53

EL CUENTO MEXICANO ENTRE EL LIBRO VACÍO Y EL INFORME NEGRO.. 53

 

 

 

 


Francisco Rojas González

LAS VACAS DE QUIVIQUINTA

 

Los perros de Quiviquinta tenían hambre; con el Lomo corvo y la nariz hincada en los baches de las callejas, el ojo alerta y el diente agresivo, iban los pe­rros de Quiviquinta; iban en manadas, gruñendo a la luna, ladrando al sol, porque los perros de Qui­viquinta tenían hambre...

Y también tenían hambre los hombres, las muje­res y los niños de Quiviquinta, porque en las trojes se habla agotado el grano, en los zarzos se había consumido el queso y de los garabatos ya no col­gaba ni un pingajo de cecina...

Sí, había hambre en Quiviquinta; las milpas ama­rillearon antes del jiloteo y el agua hizo charcas en la raíz de las matas; el agua de las nubes y el agua llovida de los ojos en lágrimas.

En los jacales de los coras se habla acallado el perpetuo palmoteo de las mujeres; no había ya ob­jeto, supuesto que al faltar el maíz, faltaba el nixtamal y al faltar el nixtamal, no había masa y sin ésta, pues tampoco tortillas y al no haber tortillas, era que el perpetuo palmoteo de las mujeres se ha­bla acallado en los jacales de los coras.

Ahora, sobre los comales, se cocían negros dis­cos de cebada; negros discos que la gente comía, a sabiendas de que el torzón precursor de la diarrea, de los “cursos”, los acechaba.

—Come, m’hijo, pero no bebas agua —aconseja­ban las madres.

—Las gordas de cebada no son comida de cris­tianos, porque la cebada es “fría” —prevenían los viejos, mientras llevaban con repugnancia a sus labios el ingrato bocado.

—Lo malo es que para el año que’ntra ni semilla tendremos —dijo Esteban Luna, mozo lozano y bien puesto, quien ahora, sentado frente al fogón, miraba a su mujer, Martina, joven también, un poco ro­lliza pero sana y frescachona, que sonreía a la cari­cia filial de una pequeñuela, pendiente de labios y manecitas de un pecho carnudo, abundante y mo­reno como cantarito de barro.

—Dichosa ella —comentó Esteban— que tiene mucho de donde y de qué comer.

Martina rió con ganas y pasó su mano sobre la cabecita monda de la lactante.

—Es cierto, pero me da miedo de que s’empache. La cebada es mala para la cría...

Esteban vio con ojos tristones a su mujer y a su hija.

—Hace un año —reflexionó—, yo no tenía de nada y de nadie por que apurarme... Ahoy dialtiro semos tres... Y con l’hambre que si’ha hecho an­dancia.

Martina hizo no escuchar las palabras de su hom­bre; se puso de pie para llevar a su hija a la cuna que colgaba del techo del jacal; ahí la arropó con cuidados y ternuras. Esteban seguía taciturno, veía vagamente cómo se escapaban las chispas del fogón vacío, del hogar inútil.

—Mañana me voy p’Acaponeta en busca de tra­bajo...

—No, Esteban —protestó ella—. ¿Qué haríamos sin ti yo y ella?

—Fuerza es comer, Martina... Sí, mañana me largo a Acaponeta o a Tuxpan a trabajar de peón, de mozo, de lo que caiga.

Las palabras de Esteban las había escuchado des­de las puertas del jacal Evaristo Rocha, amigo de la casa.

—Ni esa lucha nos queda, hermano —informó el recién llegado—. Acaban de regresar del norte Je­sús Trejo y Madaleno Rivera; vienen más muertos d’hambre que nosotros... Dicen que no hay trabajo por ningún lado; las tierra están anegadas hasta adelante de Escuinapa... ¡ Arregúlale nomás!

—Entonces... ¿Qué nos queda? —preguntó alar­mado Esteban Luna.

—¡Pos vé tú a saber...! Pu’ay dicen quesque viene máiz de Jalisco. Yo casi no lo creo... ¿Cómo van a hambriar a los de po’allá nomás pa darnos de tragar a nosotros?

—Que venga o que no venga máiz, me tiene sin cuidado orita, porque la vamos pasando con la ce­bada, los mezquites, los nopales y la guámara... Pero pa cuando lleguen las secas ¿qué vamos a co­mer, pues?

—Aí’stá la cuestión... Pero las cosas no se re­suelven largándonos del pueblo; aquí debemos que­darnos... Y más tú, Esteban Luna, que tienes de quen cuidar.

—Aquí, Evaristo, los únicos que la están pasando regular son los que tienen animalitos; nosotros ya echamos a l’olla el gallo... Ahí andan las gallinas sólidas y viudas, escarbando la tierra, mantenién­dose de pinacates, lombrices y grillos; el huevito de tierra que dejan pos es pa Martina, ella está criando y hay que sustanciarla a como dé lugar.

—Don Remigio “el barbón” está vendiendo leche a veinte centavos el cuartillo.

—¡Bandidazo...! ¿Cuándo se había visto? Hoy más que nunca siento haber vendido la vaquilla...

Estas horas ya’staría parida y dando leche... ¿Pa qué diablos la vendimos, Martina?

—¡Cómo pa qué, cristiano...! ¿A poco ya no ti acuerdas? Pos p’habilitarnos de apero hor’un’año. ¿No mercates la coa? ¿No alquilates dos yuntas? ¿Y los pioncitos que pagates cuando l’ascarda?

—Pos ahoy, verdá de Dios, me doy de cabezazos por menso.

—Ya ni llorar es bueno, Esteban... ¡ Vámonos aguantando tantito a ver qué dice Dios!  —agregó resignado Evaristo Rocha.

 

Es jueves, día de plaza en Quiviquinta. Esteban y Martina, limpiecitos de cuerpo y de ropas van al mercado, obedeciendo más a una costumbre, que llevados por una necesidad, impelidos mejor por el hábito que por las perspectivas que pudiera ofre­cerles el “tianguis” miserable, casi solitario, en el que se reflejan la penuria y el desastre regional, algunos “puestos” de verduras marchitas, lacias; una mesa con vísceras oliscadas, cubiertas de moscas; un cazo donde hierven dos o tres kilos de carne flaca de cerdo, ante la expectación de los perros que, sobre sus traseros huesudos y roñosos, se rela­men en vana espera del bocado que para sí quisie­ran los niños harapientos, los niños muertos de ham­bre que juegan de manos, poniendo en peligro la triste integridad de los tendidos de cacahuates y de naranjas amarillas y mustias.

Esteban y Martina van al mercado por la Calle. Real de Quiviquinta; él adelante, lleva bajo el brazo una gallinita “búlique” de cresta encendida; ella carga a la chiquilla. Martina va orgullosa de la go­rra de tira bordada y del blanco roponcito que cubre el cuerpo moreno de su hijita.

Tropiezan en su camino con Evaristo Rocha.

—¿Van de compras? —pregunta el amigo por saludo.

—¿De compras? No, vale, está muy flaca la caba­llada; vamos a ver qué vemos... Yo llevo la “bú­lique” por si le hallo marchante... Si eso ocurre, pos le merco a ésta algo de “plaza”...

—¡Que así sea, vale. . - Dios con ustedes!

Al pasar por la casa de don Remigio “el barbón”, Esteban detiene su paso y mira, sin disimular su envidia, cómo un peón ordeña una vaca enclenque y melancólica, que aparta con su rabo la nube de moscas que la envuelve.

—Bien’haigan los ricos... La familia de don Re­migio no pasa ni pasará hambre... Tiene tres va­cas. De malas cada una dará sus tres litros. Dos p’al gasto y lo que sobra, pos pa venderlo... Esta gente sí tendrá modo de sembrar el año que viene; pero uno...

Martina mira impávida a su hombre. Luego los dos siguen su camino.

 

Martina descorteza con sus dientes chaparros, an­chos y blanquísimos, una caña de azúcar. Esteban la mira en silencio, mientras arrulla torpemente en­tre sus brazos a la niña que llora a todo pulmón.

La gente va y viene por el “tianguis”, sin resolverse siquiera a preguntar los precios de la escasa mercancía que los tratantes ofrecen a grito pelado... ¡Está todo tan caro!

Esteban, de pie, aguarda. Tirada, entre la tierra suelta, alea, rigurosamente maniatada, la gallinita “búlique”.

—¿Cuánto por el mole? —pregunta un atrevido, mientras hurga con mano experta la pechuga del avecita para cerciorarse de la cuantía y de la cali­dad de sus carnes.

—Cuatro pesos —responde Esteban...

.—¿Cuatro pesos? Pos ni que juera ternera.

—Es pa que ofrezcas, hombre...

—Doy dos por ella.

—No... ¿A poco crés que me la robé?

—Ni pa ti, ni pa mí... Veinte reales.

—No, vale, de máiz se los ha tragado.

Y el posible comprador se va sin dar importancia a su fracasada adquisición.

—Se l’hubieras dado, Esteban, ya tiene la güevera seca de tan vieja —dijo Martina.

La niña sigue llorando; Martina hace a un lado la caña de azúcar y cobra a la hija de los brazos de su marido. Alza su blusa hasta el cuello y deja al aire los categóricos, los hermosos pechos morenos, trémulos como un par de odres a reventar. La niña se prende a uno de ellos; Martina, casta como una matrona bíblica, deja mamar a la hija, mientras en sus labios retoza una tonadita bullanguera.

 

El rumor del mercado adquiere un nuevo ruido; es el motor de un automóvil que se acerca. Un au­tomóvil en Quiviquinta es un acontecimiento raro. Aislado el pueblo de la carretera, pocos vehículos mecánicos se atreven por brechas serranas y bra­vías. La muchachada sigue entre gritos y chacota al auto que, cuando se detiene en las cercanías de la plaza, causa curiosidad entre la gente. De él se apea una pareja: el hombre alto, fuerte, de aspecto próspero y gesto orgulloso; la mujer menuda, debi­lucha y de ademanes tímidos.

Los recién llegados recorren con la vista al “tian­guis”, algo buscan. Penetran entre la gente, voltean de un lado a otro, inquieren y siguen preocupados su búsqueda.

Se detienen en seco frente a Esteban y Martina; ésta, al mirar a los forasteros se echa el rebozo so­bre sus pechos, presa de súbito rubor; sin embargo, la maniobra es tardía, ya los extraños habían des­cubierto lo que necesitaban:

—¿Has visto? —pregunta el hombre a la mujer.

—Sí —responde ella calurosamente—. ¡ Ésa, yo quiero ésa, está magnífica...!

—¡ Que si está! —exclama el hombre entusias­mado.

Luego, sin más circunloquios, se dirige a Martina:

—Eh, tú, ¿no quieres irte con nosotros? Te lleva­mos de nodriza a Tepic para que nos críes a nuestro hijito.

La india se queda embobada, mirando a la pareja sin contestar.

—Veinte pesos mensuales, buena comida, buena cama, buen trato...

—No —responde secamente Esteban.

—No seas tonto, hombre, se están muriendo de hambre y todavía se hacen del rogar —ladra el forastero.

—No —vuelve a cortar Esteban.

—Veinticinco pesos cada mes. ¿Quihúbole?

—No.

—Bueno, para no hablar mucho, cincuenta pesos.

—¿Da setenta y cinco pesos? Y me lleva a “me­dia leche” —propone inesperadamente Martina.

Esteban mira extrañado a su mujer; quiere ter­ciar, pero no lo dejan.

—Setenta y cinco pesos de “leche entera”... ¿ Quieres?

Esteban se ha quedado de una pieza y cuando trata de intervenir, Martina le tapa la boca con su mano.

—¡ Quiero! —responde ella. Y luego al marido mientras le entrega a su hija—: Anda, la crías con leche de cabra mediada con arroz... a los niños po­bres todo les asienta. Yo y ella estamos obligadas a ayudarte.

Esteban maquinalmente extiende los brazos para recibir a su hija.

Y luego Martina con gesto que quiere ser alegre:

—Si don Remigio “el barbón” tiene sus vacas d’ionde sacar el avío pal’año que’ntra, tú, Esteban, también tienes la tuya. . . y más rendidora. Sembra­remos l’año que’ntra toda la parcela, porque yo conseguiré l’avío.

—Vamos —dice nervioso el forastero tomando del brazo a la muchacha.

Cuando Martina sube al coche, llora un poquitín.

La mujer extraña trata de confortarla.

—Estas indias coras —acota el hombre— tienen fama de ser muy buenas lecheras. . .

El coche arranca. La gente del “tianguis” no tiene ojos más que para verlo partir.

Esteban llama a gritos a Martina. Su reclamo se pierde entre la algarabía.

Después toma el camino hacia su casa; no vuelve la cara, va despacio, arrastrando los pies... Bajo el brazo, la gallina “búlique” y, apretada contra su pe­cho, la niña que gime huérfana de sus dos cantaritos de barro moreno.

G


B. Traven

Canastitas en serie

En calidad de turista en viaje de recreo y descanso, llegó a estas tierras de México Mr. E. L. Winthrop.

Abandonó las conocidas y trilladas rutas anunciadas y recomendadas a los visitantes extranjeros por las agencias de turismo y se aventuró a conocer otras regiones.

Como hacen tantos otros viajeros, a los pocos días de permanencia en estos rumbos ya tenía bien forjada su opinión y, en su concepto, este extraño país salvaje no había sido todavía bien explorado, misión gloriosa sobre la tierra reservada a gente como él.

Y así llegó un día a un pueblecito del estado de Oa­xaca. Caminando por la polvorienta calle principal en que nada se sabía acerca de pavimentos y drenaje y en que las gentes se alumbraban con velas y ocotes, se encontró con un indio sentado en cuclillas a la entrada de su jacal.

El indio estaba ocupado haciendo canastitas de paja y otras fibras recogidas en los campos tropicales que rodean el pueblo. El material que empleaba no sólo estaba bien preparado, sino ricamente coloreado con tintes que el artesano extraía de diversas plantas e insectos por procedimientos conocidos únicamente por los miembros de su familia.

El producto de esta pequeña industria no le bastaba para sostenerse. En realidad vivía de lo que cosechaba en su milpita: tres y media hectáreas de suelo no muy fértil, cuyos rendimientos se obtenían después de mu­cho sudor, trabajo y constantes preocupaciones sobre la oportunidad de las lluvias y los rayos solares. Hacía canastas cuando terminaba su quehacer en la milpa, para aumentar sus pequeños ingresos.

Era un humilde campesino, pero la belleza de sus canastitas ponían de manifiesto las dotes artísticas que poseen casi todos estos indios. En cada una se admira. ban los más bellos diseños de flores, mariposas, pájaros, ardillas, antílopes, tigres y una veintena más de anima­les habitantes de la selva. Lo admirable era que aquella sinfonía de colores no estaba pintada sobre la canasta, era parte de ella, pues las fibras teñidas de diferentes tonalidades estaban entretejidas tan hábil y artística­mente, que los dibujos podían admirarse igual en el interior que en el exterior de la cesta. Y aquellos ador­nos eran producidos sin consultar ni seguir previamente dibujo alguno. Iban apareciendo de su imaginación como por arte de magia, y mientras la pieza no estu­viera acabada nadie podía saber cómo quedaría.

Una vez terminadas, servían para guardar la cos­tura, como centros de mesa, o bien para poner pequeños objetos y evitar que se extraviaran. Algunas señoras las convertían en alhajeros o las llenaban con flores.

Se podían utilizar de cien maneras.

Al tener listas unas dos docenas de ellas, el indio las llevaba al pueblo los sábados, que eran días de tianguis. Se ponía en camino a medianoche. Era dueño de un burro, pero si éste se extraviaba en el campo, cosa fre­cuente, se veía obligado a marchar a pie durante todo el camino. Ya en el mercado, había de pagar un tostón de impuesto para tener derecho a vender.

Cada canasta representaba para él alrededor de quin­ce o veinte horas de trabajo constante, sin incluir el tiempo que empleaba para recoger el bejuco y las otras fibras, prepararlas, extraer los colorantes y teñirlas.

El precio que pedía por ellas era ochenta centavos, equivalente más o menos a diez centavos moneda americana. Pero raramente ocurría que el comprador pagara los ochenta centavos, o sea los seis reales y medio como el indio decía. El comprador en ciernes regateaba, diciendo al indio que era un pecado pedir tanto. “¿Pero si no es más que petate que puede cogerse a montones en el campo sin comprarlo!, y, además, ¿para qué sirve esa cháchara?, deberás quedar agradecido si te doy treinta centavos por ella. Bueno, seré generoso y te daré cuarenta, pero ni un centavo más. Tómalos o déjalos.

Así, pues, en final de cuentas tenía que venderla por cuarenta centavos. Mas a la hora de pagar, el cliente decía: “Válgame Dios, si sólo tengo treinta centavos sueltos. ¿Qué hacemos? ¿Tienes cambio de un billete de cincuenta pesos? Si puedes cambiarlo tendrás tus cuarenta fierros.” Por supuesto, el indio no puede cam­biar el billete de cincuenta pesos, y la canastita es ven­dida por treinta centavos.

El canastero tenía muy escaso conocimiento del mun­do exterior, si es que tenía alguno, de otro modo hu­biera sabido que lo que a él le ocurría pasaba a todas horas del día con todos los artistas del mundo. De sa­berlo se hubiera sentido orgulloso de pertenecer al pe­queño ejército que constituye la sal de la tierra, y gra­cias al cual el arte no ha desaparecido.

A menudo no le era posible vender todas las canastas que llevaba al mercado, porque en México, como en todas partes, la mayoría de la gente prefiere los objetos que se fabrican en serie por millones y que son idénticos entre sí, tanto que ni con la ayuda de un microscopio podría distinguírseles. Aquel indio había hecho en su vida varios cientos de estas hermosas cestas, sin que ni dos de ellas tuvieran diseños iguales. Cada una era una pieza de arte único, tan diferente de otra como puede serlo un Murillo de un Reynolds.

Naturalmente, no podía darse el lujo de regresar a su casa con las canastas no vendidas en el mercado, así es que se dedicaba a ofrecerlas de puerta en puerta. Era recibido como un mendigo y tenía que soportar in­sultos y palabras desagradables. Muchas veces, después de un largo recorrido, alguna mujer se detenía para ofrecerle veinte centavos, que después de muchos re­gateos aumentaría hasta veinticinco. Otras, tenía que conformarse con los veinte centavos, y el comprador, generalmente una mujer, tomaba de entre sus manos la pequeña maravilla y la arrojaba descuidadamente sobre la mesa más próxima y ante los ojos del indio como significando: “Bueno, me quedo con esta chuchería sólo por caridad. Sé que estoy desperdiciando el dinero, pero como buena cristiana no puedo ver morir de hambre a un pobre indito, y más sabiendo que viene desde tan lejos.” El razonamiento le recuerda algo práctico, y deteniendo al indio le dice: “¿De dónde eres, indito?... ¡Ah!, ¿sí? ¡Magnífico! ¿Conque de esa pequeña aldea? Pues óyeme, ¿podrías traerme el próximo sábado tres guajolotes? Pero han de ser bien gordos, pesados y mu­cho muy baratos. Si el precio no es conveniente, ni si­quiera los tocaré, porque de pagar el común y corriente los compraría aquí y no te los encargaría. ¿Entiendes? Ahora, pues, ándale.”

 

 

Sentado en cuclillas a un lado de la puerta de su jacal, el indio trabajaba sin prestar atención a la cu­riosidad de Mr. Winthrop; parecía no haberse percatado de su presencia.

—¿Cuánto querer por esa canasta, amigo? —dijo Mr. Winthrop en su mal español, sintiendo la necesidad de hablar para no aparecer como un idiota.

—Ochenta centavitos, patroncito; seis reales y medio

—contestó el indio cortésmente.

—Muy bien, yo comprar —dijo Mr. Winthrop en un tono y con un ademán semejante al que hubiera hecho al comprar toda una empresa ferrocarrilera. Después, examinando su adquisición, se dijo: “Yo sé a quién complaceré con esta linda canastita, estoy seguro de que me recompensará con un beso. Quisiera saber cómo la utilizará.”

Había esperado que le pidiera por lo menos cuatro o cinco pesos. Cuando se dio cuenta de que el precio era tan bajo pensó inmediatamente en las grandes po­sibilidades para hacer negocio que aquel miserable pue­blecito indígena ofrecía para un promotor dinámico como él.

—Amigo, si yo comprar diez canastas, ¿qué precio usted dar a mí?

El indio vaciló durante algunos momentos, como si calculara, y finalmente dijo:

—Si compra usted diez se las daré a setenta centa­vos cada una, caballero.

—Muy bien, amigo. Ahora, si yo comprar un ciento, ¿cuánto costar?

El indio, sin mirar de lleno en ninguna ocasión al americano, y desprendiendo la vista sólo de vez en cuando de su trabajo, dijo cortésmente y sin el menor destello de entusiasmo:

—En tal caso se las vendería por sesenta y cinco centavitos cada una.

Mr. Winthrop compró dieciséis canastitas, todas las que el indio tenía en existencia.

 

Después de tres semanas de permanencia en la re­pública, Mr. Winthrop no sólo estaba convencido de conocer el país perfectamente, sino de haberlo visto todo, de haber penetrado el carácter y costumbres de sus habitantes y de haberlo explorado por completo. Así, pues, regresó al moderno y bueno “Nuyorg” satisfecho de encontrarse nuevamente en un lugar civilizado.

Cuando hubo despachado todos los asuntos que te­nía pendientes, acumulados durante su ausencia, ocurrió que un mediodía, cuando se encaminaba al restorán para tomar un emparedado, pasó por una dulcería y al mirar lo que se exponía en los aparadores recordó las canastitas que había comprado en aquel lejano pueble­cito indígena.

Apresuradamente fue a su casa, tomó todas las cesti­tas que le quedaban y se dirigió a una de las más ala­madas confiterías.

—Vengo a ofrecerle —dijo Mr. Winthrop al confi­tero— las más artísticas y originales cajitas, si así quiere llamarlas, y en las que podrá empacar los cho­colates finos y costosos para los regalos más elegantes.

Véalas y dígame qué opina.

El dueño de la dulcería las examinó y las encontró perfectamente adecuadas para cierta línea de lujo, con vencido de que en su negocio, que tan bien conocía, nunca se había presentado estuche tan original, bonito y de buen gusto. Sin embargo, evitó cuidadosamente expresar su entusiasmo hasta no enterarse del precio y de asegurarse de obtener toda la existencia.

Alzando los hombros dijo:

—Bueno, en realidad no sé. Si me pregunta usted, le diré que no es esto exactamente lo que busco. En cualquier forma podríamos probar; desde luego, todo depende del precio. Debe usted saber que en nuestra línea, la envoltura no debe costar más que el conte­nido.

—Ofrezca usted —contestó Mr. Winthrop.

—¿Por qué no me dice usted, en números redondos, cuánto quiere?

—Mire usted, Mr. Kemple, toda vez que he sido yo el único hombre suficientemente listo para descubrirlas y saber donde pueden conseguirse, las venderé al mejor postor. Comprenda usted que tengo razón.

—Sí, sí, desde luego; pero tendré que consultar el asunto con mis socios. Véngame a ver mañana a esta misma hora y le diré lo que hayamos decidido.

 

A la mañana siguiente, cuando Mr. Winthrop entró en la oficina de Mr. Kemple, éste último dijo:

—Hablando francamente le diré que yo sé distinguir las obras de arte, y estas cestas son realmente artísticas. En cualquier forma, nosotros no vendemos arte, usted lo sabe bien, sino dulces, por lo tanto, considerando que solo podremos utilizarlas como envoltura de fantasía para nuestro mejor praliné francés, no podremos pagar por ellas el precio de un objeto de arte. Eso debe usted comprenderlo, señor.. - ¿ Cómo dijo que se llamaba? ¡Ah!, sí, Mr. Winthrop Pues bien, Mr. Winthrop, para mí solamente son una envoltura de alta calidad, hecha a mano, pero envoltura al fin. Y ahora le diré cuál es nuestra oferta, ya sabrá si aceptarla o no. Lo más que pagaremos por ellas será un dólar y cuarto por cada una y ni un centavo más. ¿ Qué le parece?

Mr. Winthrop hizo un gesto como si le hubieran golpeado la cabeza.

El confitero, interpretando mal el gesto de Mr. Win­throp, dijo rápidamente.

—Bueno, bueno, no hay razón para disgustarse. Tal vez podamos mejorarla un poco, digamos uno cincuenta la pieza.

—Que sea uno setenta y cinco —dijo Mr. Winthrop respirando profundamente y enjugándose el sudor de la frente.

—Vendidas. Uno setenta y cinco puestas en el puerto de Nueva York. Yo pagaré los derechos al recibirlas y usted el embarque. ¿Aceptado?

—Aceptado —contestó Mr. Winthrop cerrando el trato.

—Hay una condición —agregó el confitero cuando Mr. Winthrop se disponía a salir—. Uno o dos cientos no nos servirían de nada, ni siquiera pagarían el anun­cio. Lo menos que puede usted entregar son diez mil, o mil docenas si le parece mejor. Y, además, deben ser, por lo menos, en veinte dibujos diferentes.

—Puedo asegurarle que las puedo surtir en sesenta dibujos diferentes.

—Perfectamente. Y ¿está usted seguro que podrá entregar las diez mil en octubre?

—Absolutamente seguro —dijo Mr. Winthrop, y fir­mó el contrato.

 

Mr. Winthrop emprendió el viaje de regreso al pue­blecito para obtener las doce mil canastas.

Durante todo el vuelo sostuvo una libreta en la mano izquierda, un lápiz en la derecha y escribió cifras y más cifras, largas columnas de números, para deter­minar exactamente qué tan rico sería cuando realizara el negocio. Hablaba solo y se contestaba, tanto que sus compañeros de viaje le creyeron trastornado.

“Tan pronto como llegue al pueblo —decía para sí—, conseguiré a algún paisano mío que se encuentre muy bruja y a quien le pagaré ochenta, bueno, diremos cien pesos a la semana. Lo mandaré a ese miserable pueblecito para que establezca en él su cuartel general y se encargue de vigilar la producción y de hacer el em­paque y el embarque. No tendremos pérdidas por ro­turas ni por extravío. ¡Bonito, lindo negocio éste! Las cestas, prácticamente no pesan, así es que el embarque costará cualquier cosa, diremos cinco centavos pieza cuando mucho. Y por lo que yo sé no hay que pagar derechos especiales sobre ellas, pero si los hubiere no pasarían de cinco centavos tampoco, y éstos los paga el comprador; así, pues, ¿cuánto llevo?..

“Aquel indio tonto que no sabe ni lo que tiene me ofreció un ciento a sesenta y cinco centavos la pieza. No le diré en seguida que quiero doce mil para que no se avorace y conciba ideas raras y trate de elevar el pre­cio. Bueno, ya veremos; un trato es un trato aún en esta república dejada de la mano de Dios. ¡ República! ¡hum!... y ni siquiera hay agua en los lavabos durante la noche. República... Bueno, después de todo yo no soy su presidente. Tal vez pueda lograr que rebaje cinco centavos más en el precio y que éste quede en sesen­ta centavos. De cualquier modo y para no calcular mal diremos que el precio es de sesenta y cinco centavos, esto es, sesenta y cinco centavos moneda mexicana. Vea­mos... ¡Diablo! ¿dónde está ese maldito lápiz?...

Aquí... Bueno, el peso está en relación con el dólar a ocho y medio por uno, por lo tanto, sesenta y cinco centavos equivalen más o menos a ocho centavos de di­nero de verdad. A eso debemos agregar cinco centavos por empaque y embarque, más, digamos diez centavos por gastos de administración, lo que será más que sufi­ciente para pagar aquí y allá algo de extras. Quizás al empleado de correos y allá al agente del express para que active la expedición rápida y preferente.

“Ahora agreguemos otros cinco centavos paras gastos imprevistos, y así estaremos completamente a salvo. Sumando todo ello... ¡Mal rayo! ¿Dónde está otra vez ese maldito lápiz?... ¡Vaya, aquí está!... La orden es por mil docenas. ¡ Magnífico! Me quedan alrededor de veinte mil dólares limpiecitos. Veinte mil del alma para el bolsillo de un humilde servidor. ¡ Caramba, sería ca­paz de besarlos! Después de todo, esta república no está tan atrasada como parece. En realidad es un gran país. Admirable. Se puede hacer dinero en esta tierra. Mon­tones de dinero, siempre que se trate de tipos tan listos como yo.

 

Con la cabeza llena de humo llegó por la tarde al pueblecito de Oaxaca. Encontró a su amigo indio sen­tado en el pórtico de su jacalito, en la misma postura en que lo dejara. Tal parecía que no se había movido de su lugar desde que Mr. Winthrop abandonara el pueblo para volver a Nueva York.

—¿Cómo está usted, amigo? —saludó el americano con una amplia sonrisa en los labios.

El indio se levantó, se quitó el sombrero e, inclinán­dose cortésmente, dijo con voz suave:

—Bienvenido, patroncito, muy buenas tardes; ya sabe que puede usted disponer de mí y de esta su casa.

Volvió a inclinarse y se sentó, excusándose por ha­cerlo:

—Perdóneme, patroncito, pero tengo que aprovechar la luz del día y muy pronto caerá la noche.

—Yo ofrecer usted un grande negocio, amigo.

—Buena noticia, señor.

Mr. Winthrop dijo para sí:

—Ahora saltará de gusto cuando se entere de lo que se trata. Este pobre mendigo vestido de harapos jamás ha visto, ni siquiera ha oído, hablar de tanto dinero como el que le voy a ofrecer. —Y hablando en voz alta dijo—: ¿Usted poder hacer mil de esas canastas?

—¿Por qué no, patroncito? Si puedo hacer veinte, también podré hacer mil.

—Tiene razón, amigo. Y cinco mil, ¿poder hacer?

—Por supuesto. Si hago mil, podré hacer cinco mil.

—¡Magnífico! ¡ Wonderful! Si yo pedir usted hacer doce mil, ¿cuál ser último precio? Usted poder ha­cer doce mil, ¿verdad?

—Desde luego, señor. Podré hacer tantas como usted quiera. Porque, verá usted, yo soy experto en este tra­bajo, nadie en todo el estado puede hacerlas como yo.

—Eso es exactamente que yo pensar. Por eso venir proponerle gran negocio.

—Gracias POr el honor, patroncito.

—¿Cuánto tiempo usted tardar?

El indio, sin interrumpir su trabajo, inclinó la ca­beza para un lado, primero; después, para el otro, tal como si calculara los días o semanas que tendría que emplear para hacer las cestas.

Después de algunos minutos dijo lentamente:

—Necesitaré bastante tiempo para hacer tantas ca­nastas, patroncito. Verá usted, el petate y las otras fibras necesitan estar bien secas antes de usarse. En tanto se secan hay que darles un tratamiento especial para evitar que pierdan su suavidad, su flexibilidad y brillo. Aun cuando estén secas, deben guardar sus cualidades naturales, pues de otro modo parecerían muertas y quebradizas. Mientras se secan, yo busco las plantas, raíces, cortezas e ‘insectos de los cuales saco los tintes. Y para ello se necesita mucho tiempo también, créame usted. Además, para recogerlas hay que esperar a que la luna se encuentre en posición buena, pues en caso contrario no darán el color deseado. También las co­chinillas y demás insectos deben reunirse en tiempo oportuno para evitar que en vez de tinte produzcan polvo. Pero, desde luego, jefecito, que yo puedo hacer tantas de estas canastitas como usted quiera. Puedo hacer hasta tres docenas si usted lo desea, nada más déme usted el tiempo necesario.

—¿Tres docenas?... ¿Tres docenas? —exclamó Mr. Winthrop gritando y levantando desesperado sus brazos al cielo—. ¿Tres docenas? —repitió, como si para comprender tuviera que decirlo varias veces, pues por un momento creyó estar soñando.

Había esperado que el indio saltara de contento al

enterarse que podría vender doce mil canastas a un solo cliente, sin tener necesidad de ir de puerta en puerta y ser tratado como un perro roñoso. Mr. Winthrop ha­bía visto cómo algunos vendedores de automóviles se volvían locos y bailaban como ningún indio lo hace, ni durante una ceremonia religiosa, cuando alguien les compraba en dinero Contante y sonante diez carros de una vez.

A pesar de la claridad con que el indio había ha­blado, el creyó no haber oído bien cuando aquél dijo necesitar dos largos meses para hacer tres docenas.

Buscó la manera de hacer comprender al indio lo que deseaba y el mucho dinero que el pobre hombre podría ganar cuando hubiera entendido la cantidad que deseaba Comprarle

Así, pues, esgrimió nuevamente el argumento del precio para despertar la ambición del indio.

—Usted decir si yo llevar cien canastas, usted dar por sesenta y cinco centavos. ¿Cierto, amigo?

—Es lo cierto, jefecito.

—Bien, si yo querer mil, ¿cuánto costar cada una?

Aquello era más de lo que el indio podía calcular. Se confundió y, por primera vez desde que Mr. Winthrop llegara, interrumpió su trabajo y reflexionó. Varias ve­ces movió la cabeza y miró en rededor como en de­manda de ayuda. Finalmente dijo:

—Perdóneme jefecito, pero eso es demasiado; nece­sito pensar en ello toda la noche. Mañana, si puede us­ted honrarme, vuelva y le daré mi respuesta, patroncito.

Cuando Mr. Winthrop volvió al día siguiente, en­contró al indio como de costumbre, sentado en cuclillas bajo el techo de palma del pórtico, trabajando en sus canastas.

—¿Ya calcular usted precio por mil? —le preguntó en cuanto llegó, sin tomarse el trabajo de dar los bue­nos días.

—Sí, patroncito. Buenos días tenga su merced. Ya tengo listo ci precio, y créame que me ha costado mu­cho trabajo, pues no deseo engañarlo ni hacerle perder el dinero que usted gana honestamente...

—Sin rodeos, amigo. ¿Cuánto? ¿Cuál ser el precio?

—preguntó Mr. Winthrop nerviosamente.

—El precio, bien calculado y sin equivocaciones de mi parte, es el siguiente: Si tengo que hacer mil canasti­tas, cada una costará cuatro pesos; si tengo que hacer cinco mil, cada una costará nueve pesos, y si tengo que hacer diez mil, entonces no podrán valer menos de quince pesos cada una. Y repito que no me he equi­vocado.

Una vez dicho esto volvió a su trabajo, como si te­miera perder demasiado tiempo hablando.

Mr. Winthrop pensó que, tal vez debido a sus pocos conocimientos de aquel idioma extraño, comprendía mal.

—¿Usted decir costar quince pesos cada canasta si yo comprar diez mil?

—Eso es, exactamente, y sin lugar a equivocación, lo que he dicho, patroncito —contestó el indio cortés y suavemente.

—Usted no poder hacer eso, yo ser su amigo.. -

—Sí, patroncito, ya lo sé y no dudo de sus palabras.

—Bueno, yo tener paciencia y discutir despacio. Us­ted decir yo comprar un ciento, costar sesenta y cinco centavos cada una.

—Sí, jefecito, eso es lo que dije. Si compra usted cien se las daré por sesenta y cinco centavitos la pieza, suponiendo que tuviera yo cien, que no tengo.

—Sí, sí, yo saber —Mr. Winthrop sentía volverse loco en cualquier momento—. Bien, yo no comprender por qué no poder venderme doce mil mismo precio. No querer regatear, pero no comprender usted subir pre­cio terrible cuando yo comprar más de cien.

—Bueno, patroncito, ¿qué es lo que usted no com­prende? La cosa es bien sencilla. Mil canastitas me cues­tan cien veces más trabajo que una docena y doce mil toman tanto tiempo y trabajo que no podría terminarlas ni en un siglo. Cualquier persona sensata y honesta pue­de verlo claramente. Claro que, si la persona no es ni sensata ni honesta, no podrá comprender las cosas en la misma forma en que nosotros aquí las entendemos. Para mil canastitas se necesita mucho más petate que para cien, así como mayor cantidad de plantas, raíces, cortezas y cochinillas para pintarlas. No es nada más meterse en la maleza y recoger las cosas necesarias. Una raíz con el buen tinte violeta, puede costarme cua­tro o cinco días de búsqueda en la selva. Y, posible­mente, usted no tiene idea del tiempo necesario para preparar las fibras. Pero hay algo más importante: Si yo me dedico a hacer todas esas canastas, ¿quién cui­dará de la milpa y de mis cabras?, ¿quién cazará los conejitos para tener carne en domingo? Si no cosecho maíz, no tendré tortillas; si no cuido mis tierritas, no tendré frijoles, y entonces ¿qué comeremos?

—Yo darle mucho dinero por sus canastas, usted poder comprar todo el maíz y frijol y mucho, mucho más

—Eso es lo que usted cree, patroncito. Pero mire:

de la cosecha del maíz que yo siembro puedo estar se­guro, pero del que cultivan otros es difícil. Suponga­mos que todos los otros indios se dedican, como yo, a hacer canastas; entonces ¿quién cuida el maíz y el fri­jol? Entonces tendremos que morir por falta de ali­mento.

—¿Usted no tener algunos parientes aquí? —dijo Mr. Winthrop desesperado al ver cómo se iban esfu­mando uno a uno sus veinte mil dólares.

—Casi todos los habitantes del pueblo son mis pa­rientes. Tengo bastantes.

—~,No poder ellos cuidar su milpa y sus animales y usted hacer canastas para mí?

—Podrían hacerlo, patroncito; pero ¿quién cuidará entonces de las suyas y de sus cabras, si ellos se dedi­can a cuidar las mías? Y si les pido que me ayuden a hacer canastas para terminar más pronto, el resultado es el mismo. Nadie trabajaría las milpas, y el maíz y el frijol se pondrían por las nubes y no podríamos com­prarlos y moriríamos. Todas las cosas que necesitamos para vivir costarían tanto que me sería imposible, ven­diendo las canastitas a sesenta y cinco centavos cada

una, comprar siquiera un grano de sal por ese precio. Ahora comprenderá usted, jefecito, por qué me es im­posible vender las canastas a menos de quince pesos cada una.

Mr. Winthrop estaba a punto de estallar, pero no quiso rendirse. Habló y regateó con el indio durante horas enteras, tratando de hacerle comprender que tan rico podría ser si aprovechaba la gran oportunidad de su vida.

—Piense usted, hombre, oportunidad maravillosa.

Fue desprendiendo una por una las hojas de su libre­ta de apuntes llenas de números, tratando de demos­trar al pobre campesino que llegaría a ser el hombre más rico de la comarca.

—Usted saber; realmente, usted poder tener un rollo de billetes así, con ocho mil pesos. ¿ Usted comprender, amigo?

El indio, sin contestar, miró todas aquellas notas y cifras y vio con expresión de verdadero asombro cómo Mr. Winthrop escribía con toda rapidez números y más números, multiplicando y sustrayendo, y aquello pare­cióle un milagro.

Descubriendo un entusiasmo creciente en la mirada del indio, Mr. Winthrop malinterpretó su pensamiento y dijo:

—Allí tener usted, amigo; ésta ser cantidad usted tener si acepta el trato. Siete mil y ochocientos brujan­tes pesos de plata, y no creer yo soy tacaño, yo dar usted más cuando negocio terminado, yo regalar usted mil doscientos pesos más. Usted tener nueve mil pesos.

El indio, sin embargo, no pensaba en los miles de pesos; suma semejante carecía de sentido para él. Lo que le había interesado era la habilidad de Mr. Win­throp para escribir cifras con la rapidez de un relám­pago. Esto era lo que lo tenía maravillado.

—Y ahora, ¿qué decir, amigo? ¿Ser buena mi pro­posición, no? Diga sí, y yo darle un adelanto de qui­nientos pesos, luego, luego.

—Como dije a usted antes, patroncito, el precio es aún de quince pesos cada una.

—Pero hombre —dijo a gritos Mr. Winthrop—, this is tlze sanie price. . ., quiero decir, ser mismo pre­cio... have you been on the moon... en la luna...

ah the time?

—Mire, jefecito —dijo el indio sin alterarse—, es el mismo precio porque no puedo darle otro. Además, señor, hay algo que usted ignora. Tengo que hacer esas canastitas a mi manera, con canciones y trocitos de mi propia alma. Si me veo obligado a hacerlas por milla­res, no podré tener un pedazo del alma en cada una, ni podré poner en ellas mis canciones. Resultarían todas iguales, y eso acabaría por devorarme el corazón pe­dazo por pedazo. Cada una de ellas debe encerrar un trozo distinto, un cantar único de los que escucho al amanecer, cuando los pájaros comienzan a gorjear y las mariposas vienen a posarse en mis canastitas y a enseñarme los lindos colores de sus alitas para que yo me inspire. Y ellas se acercan porque gustan también de los bellos tonos que mis canastitas lucen. Y ahora, jefecíto, perdóneme, pero he perdido ya mucho tiempo, aun cuando ha sido un gran honor y he tenido mucho placer al escuchar la plática de un caballero tan distin­guido como usted, pero pasado mañana es día de plaza en el pueblo y tengo que acabar las cestas para llevar­las allá. Le agradezco mucho su visita. Adiosito.

 

Una vez de regreso en Nueva York, Mr. Whintrop, que sufría de alta presión arterial, penetró como hu­racán en la oficina privada del confitero, a quien externó sus motivos para deshacer el contrato explicándole furioso:

—¡Al diablo con esos condenados indios; no com­prenden nada, no se puede tratar negocio alguno con ellos! ¡ Créame! No tienen remedio ni ellos ni ese su país tan raro. Lo que me sorprende es que vivan, que puedan seguir viviendo en semejantes condiciones. No hay esperanzas para ellos, ni las habrá en muchos siglos, de veras, yo sé de qué hablo.

 

Nueva York no fue, pues, saturada de estas bellas y excelentes obras de arte, y así se evitó que en los botes de basura americanos aparecieran, sucias y desprecia. das, las policromadas canastitas tejidas con poemas no cantados, con pedacitos de alma y gotas de sangre del corazón de un indio mexicano.

 

G

 


Mario Vargas Llosa

Novela primitiva y novela de creación en América Latina[1]

Durante tres siglos la novela fue, en América Latina, un género maldito. España prohibió que se enviaran novelas a sus colonias, pues los inquisidores juzgaron que libros como el Amadis e otros de esta calidad eran subversivos y podían apartar a los indios de Dios. Estos optimistas suponían, por lo visto, que los indios sabían leer. Pero es indudable que gracias a su celo fanático la Inquisición tuvo un ins­tante de genialidad literaria: adivinó antes que ningún critico cl carácter esencialmente laico de la novela, su naturaleza refractaria a lo sagrado (no existe una novela mística memorable), su incli­nación a preferir los asuntos humanos a los divinos y a tratar estos asuntos subversivamente. La prohibición no impidió el contrabando de libros caballerescos, pero sí amedrentó a los posibles narradores, pues hasta el siglo xix no se escribieron novelas (al menos, no se publicaron). La primera apareció en 1816, en México, y es una obra de filiación picaresca: El Periquillo Sarniento de Lizardi. Su único mérito es haber cumplido esa función inaugural. Porque además dc maldita y tardía, la novela latinoamericana fue, hasta fines del siglo pasado, un género reflejo, y luego, hasta hace poco, primitivo. En el xix nuestros mejores creadores fueron poetas, como José Hernández, el autor de Martín Fierro o ensayistas, como Sarmiento y Martí.

 

La obra narrativa más importante del siglo xix latinoamericano se escribió en portugués; su autor es el brasileño Machado de Assís. En lengua española hubo algunos narradores decorosos, lectores más o menos aprovechados de los novelistas europeos, cuyos temas, estilos y técnicas imitaron: el colombiano Jorge Isaacs, por ejemplo, que en su novela María (1867) aclimató Ghateaubriand y Bernardin de Saint-Pierre a la geografía y a la sensiblería americanas, o el chileno Blest Gana, epígono de Balzac, que compuso una legible Comedia humana con asuntos históricos y sociales ile su país. Hubo también un cuentista ingenioso, Ricardo Palma, que en sus Tradiciones in­ventó un pasado versallesco al Perú. Pero ninguno de nuestros narra­dores románticos o realistas fraguó’ un mundo literario universal-mente válido, una representación de la realidad, fiel o infiel, pero dotada de un poder de persuasión verbal suficiente para imponerse al lector como creación autónoma. El interés de sus novelas es histó­rico, no estético, e incluso su valor documental es reducido: reflejas, sin punto de vista propio, nos informan más sobre lo que sus autores leían que sobre lo que veían, más sobre los vacíos culturales de una sociedad que sobre sus problemas concretos.

 

La frontera entre la novela refleja y la novela primitiva fue feme­nina y folklórica. Una matrona cuzqueña, Clorinda Matto de Turner, escribió a fines del siglo pasado un atrevido folletín: Aves sin nido (1889). Los sacrilegios, adulterios, estupros, el incesto a medias y otras iniquidades del libro no eran originales; sí, en cambio, que describiera la miserable condición dcl indio de los Andes y que se demorara líricamente en la pintura de un paisaje, no convencional como el de las novelas anteriores, sino real: el de la sierra peruana. Así nació en la literatura latinoamericana esa corriente que con va­riantes y rótulos diversos: indigenista, costumbrista, nativista, crio­llista; anegaría el continente hasta nuestros días (el año pasado fue coronada con el Premio Nobel en el mejor de sus representantes: el guatemalteco Miguel Ángel Asturias). La nueva actitud tuvo dos caras. Históricamente significó una toma de conciencia de la propia realidad, una reacción contra el desdén en que se tenía a las culturas aborígenes y a las subculturas mestizas, una voluntad de reivindicar a esos sectores segregados y de fundar a través de ellos una identidad nacional. En algunos casos, significó también un despertar político de los escritores en torno a los desmanes de las oligarquías criollas y al saqueo imperialista de América. Literariamente, en cambio, con­sistió en una confusión entre arte y artesanía, entre literatura y folklore, entre información y creación.

 

Una ojeada a los mejores momentos de la novela primitiva, es decir, a Los de abajo (11916) del mexicano Mariano Azuela; Raza de bronce (1918) del boliviano Alcides Arguedas; La vorágine (1924) del colombiano Eustasio Rivera; Don Segundo Sombra (1926) del argen­tino Ricardo Güiraldes; Doña Bárbara (1929) del venezolano Rómu­lo Gallegos; Huasipungo (1934) del ecuatoriano Jorge Icaza; El mundo es ancho y ajeno (1941) del peruano Ciro Alegría, y a El señor presidente de Asturias (1948), permite comprobar una diferencia importante con la novela anterior: los autores latinoamericanos han dejado de copiar a los autores europeos, y ahora, más ambiciosos, más ilusos, copian la realidad. Artísticamente siguen enajenados a formas postizas, pero se advierte en ellos una origina­lidad temática; sus libros han ganado una cierta representatividad. Tres siglos después que los conquistadores, han descubierto al indí­gena y a la naturaleza de América, y a su vez (ellos con buenas. intenciones) han comenzado a explotarlos. Ahora sí, el historiador y el sociólogo tienen un abundante material de trabajo: la novela se ha vuelto censo, dato geográfico, descripción de usos y costum­bres, atestado etnológico, feria regional, muestrario folklórico. Se ha poblado de indios, cholos, negros y mulatos; de comuneros, gauchos, campesinos y pongos; de alpacas, llamas, vicuñas y caballos; de ponchos, ojotas, chiripás y boleadores; de corridos, huaynos y vida­litas; de selvas como galimatías vegetales, sabanas sofocantes y pára­mos nevados. Seres, objetos y paisajes desempeñan en estas ficciones una función parecida, casi indiferenciable: están allí no por lo que son sino por lo que representan. ¿Y qué representan? Los valores autóctonos” o “telúricos” de América. Aunque en algunos casos la visión de esa realidad es puramente decorativa y esteticista, como en Güiraldes, en la mayoría de los novelistas primitivos hay un afán dc crítica social, y además de documentos, sus novelas son también alegatos contra el latifundio, el monopolio extranjero, el prejuicio racial, el atraso cultural y la dictadura militar, o autopsias de la miseria del indígena. Pero el conflicto principal que ilustran casi todas ellas no es el de campesinos contra terratenientes, o colonizados contra colonizadores, sino el del hombre y la naturaleza. El per­sonaje principal de mis novelas es la naturaleza”, declaraba Rómulo Gallegos. Todos podrían decir lo mismo. Una naturaleza magnífica y temible, descrita con minucia y trémolos románticos, preside la acción de estas ficciones, y es el verdadero héroe que sustituye y des­truye al hombre. Simbólicamente, en dos de ellas, los personajes principales son, al final, absorbidos por la naturaleza. Al poeta Arturo Cova, de La vorágine lo “devora la selva”, según revela el telegrama con que termina la novela, y a don Segundo Sombra, el narrador lo divisa en la última página, desapareciendo poco a poco, a lo lejos, como si la pampa lo fuera cortando a hachazos. Novela pintoresca y rural, predomina en ella el campo sobre la ciudad, el paisaje sobre cl personaje, y el contenido sobre la forma. La técnica es rudimen­taria, preflaubertiana: el autor se entromete y opina en medio de los personajes, ignora la noción de objetividad en la ficción y atropella los puntos de vista; no pretende mostrar sino demostrar. Cree, como un novelista romántico, que el interés de una novela reside en la originalidad de una historia y no en el tratamiento de esta historia, y por eso es truculento. Lo preocupa, sí, el estilo, pero no en la medida en que se adecue, dé relieve y vida a su mundo ficticio, no en el sentido de que sea operante y se disuelva en su relato, sino como algo independiente y llamativo, como un valor en sí mismo: por eso es un retórico pertinaz. Estilos frondosos e impresionistas, «poemáticos” en el sentido peyorativo del término, oscurecidos de provincialismos en los diálogos, y amanerados y casticistas en las descripciones, logran lo contrario que ambicionaban sus autores: no plasmar en la ficción lo real en su «estado bruto”, sino la artificia­lidad, la irrealidad. Los temas suelen ser tremendistas, pero su des­arrollo y realización esquemáticos, porque la caracterización de los personajes es superficial, y el análisis psicológico está hecho con bro­cha gorda. Los conflictos son arquetípicos: reseñan la lucha del bien y del mal, de la justicia y la injusticia, enfrentando personajes que encarnan rígidamente estas nociones y constituyen abstracciones o estereotipos, no seres de carne y hueso. Esta visión maniquea de la vida es también epidérmica: se queda en la exterioridad, los dramas no son interiorizados ni modelan las conciencias, no aparecen las motivaciones íntimas de la conducta humana, la dimensión secreta de la vida. El espacio en que asientan es el de la geografía y el de las relaciones sociales y éstas no están regidas por leyes históricas sino por un sino fatídico. Por eso, a pesar de que usan y abusan de las supersticiones y prácticas mágicas indígenas, las novelas primitivas carecen de misterio: hay en ellas algo que es a la vez forzado y pre­visible. Rústica y bien intencionada, sana y gárrula, la novela primi­tiva es de todos modos la primera que con justicia puede ser llamada originaria de América Latina (aunque literariamente esto no signifique gran cosa). Es también la primera que se traduce en el extran­jero, e, incluso, entusiasma a críticos que deciden que la novela latinoamericana sólo debe ser eso: cuando lean a los nuevos novelistas los acusarán de traición por omitir el folklore, o de atrevimiento por experimentar con la forma como un novelista europeo o norteame­ricano.

 

La novela de creación no es posterior a la novela primitiva. Apareció discretamente cuando ésta se hallaba en pleno apogeo, y desde enton­ces ambas coexisten, como los rascacielos y las tribus, la miseria y la opulencia, en América Latina. Algunos estiman que nació con dos neuróticos curiosos: el uruguayo Horacio Quiroga y el argentino Roberto Arlt. Pero lo interesante en el primero son algunos relatos morbosos de horror naturalista, no sus novelas, y las del segundo que describe un Buenos Aires de pesadilla, están escritas de prisa y defectuosamente construidas. Más justo es fijar el nacimiento en 1939, cuando aparece El pozo, la primera novela del uruguayo Juan Carlos Onetti. Este pesimista tenaz (y se diría justificado: las edito­riales que lo publican quiebran, sus manuscritos se pierden, sus libros no se venden, incluso hoy muchos críticos lo ignoran) es quizá, cronológicamente, el primer novelista de América Latina que en una serie de obras —las más importantes son La vida breve (1950), El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964) — crea un mundo rigu­roso y coherente, que importa por sí mismo y no por el material informativo que contiene, asequible a lectores de cualquier lugar y de cualquier lengua, porque los asuntos que expresa han adquirido, en virtud de un lenguaje y una técnica funcionales, una dimensión universal. No se trata de un mundo artificial, pero sus raíces son humanas antes que americanas, y consiste, como toda creación nove­lesca durable, en la objetivación de una subjetividad (la novela primitiva era lo contrario: subjetivaba la realidad objetiva que quería transmitir). Nada de color, nada de pintoresco en este mundo: una deprimente grisura empaña a los hombres y al paisaje del imaginario puerto de Santa María, donde ocurren la mayoría de las historias de frustración y de rencor, de maldad y de remordimiento, de in­comunicación existencial de las novelas de Onetti. Pero los medio­cres malsanos y las apáticas mujeres de Santa Maria, y la ruindad espiritual de esta tierra sin esperanza, comunican, por la angustiosa energía de la prosa que los nombra una prosa densa y deletérea, de frases abismales con reminiscencias faulknerianas algo que todos los fuegos anecdóticos de la novela primitiva no consiguieron: una im­presión de vida contagiosa y auténtica.

 

La novela deja de ser «latinoamericana”, se libera de esa servidumbre. Ya no sirve a la realidad, ahora se sirve de la realidad. A diferencia de lo que pasaba con los primitivos, no hay un dominador común ni de asuntos ni de estilos ni de procedimientos entre los nuevos novelistas: su semejanza es su diversidad. Éstos ya no se esfuerzan por expresar «una” realidad, sino visiones y obsesiones personales: su realidad. Pero los mundos que crean sus ficciones, y que valen ante todo por sí solos, son, también, versiones, calas a diferentes niveles, representaciones (psicológicas, fantásticas o míticas) de América Latina. Algunos, incluso como el mexicano Juan Rulfo, el brasileño Joao Guimaraes Rosa o el peruano José María Arguedas, en Los ríos profundos (1959), utilizan los mismos tópicos de la novela primi­tiva: pero en ellos estos motivos ya no son fines sino medios literarios, experiencias que su imaginación renueva y objetiva a través de la palabra. Con sólo dos breves libros impecables, una colección de cuentos, El llano en llamas (1953) y una novela, Pedro Páramo (1955), Rulfo ejecuta el indigenismo verboso y exterior. Su prosa ceñida, que no reproduce sino recrea sutilmente el habla popular de la región de Jalisco (la que le presta también los recuerdos infan­tiles, los nombres y los símbolos que constituyen sus fuentes de trabajo) erige un pequeño universo sin tiempo, de violencia y poesía, de aventura y tragedia, de superstición y fantasmas, que es, al mismo tiempo que mito literario, una radiografía del alma mexicana. Apa­rentemente toda la novela primitiva está allí: color local, fauna regional, ambiente campesino. En realidad, todo ha cambiado: el paisaje de Comala, ciudad de los muertos o alegoría del infierno, no es un decorado sino un estado de ánimo, una clave en el diseño interior de los personajes, algo que emana de ellos y los define, una proyección de su espíritu. En la novela primitiva, la naturaleza no sólo aniquilaba al hombre: también lo generaba. Ahora es al revés: el eje de la ficción ha rotado de la naturaleza al hombre, y son los tormentos de éste, de cuando en cuando sus alegrías, lo que Rulfo encarna en sus bandoleros harapientos y sus mujeres pasivas e indo­blegables. También Guimaraes Rosa, en su única novela, Grande sertao: veredas (1956), parece un costumbrista si se lo lee sin cui­dado. Pero ese tormentoso monólogo del exyagunzo Riobaldo, que, convertido en hacendado, evoca su vida de bandido en los desiertos de Minas Gerais tiene, como una valija de contrabandista, triple fondo. Sus peripecias son las de una novela de aventuras y están condimentadas de exotismo, suspenso, brutalidad y hasta de revela­ciones melodramáticas: un rufián resulta ser, al final del libro, una delicada mujer. Y la cuidadosa reseña de la flora, la fauna y el gran corso humano del sertao corresponde a la de una novela primitiva. ¿Pero es esta sucesión de anécdotas lo primordial de la novela, o es esa realidad que constituye en sí mismo el monólogo de Riobaldo, ese río sonoro e imaginativo en el que las palabras han sido manipu­ladas, organizadas de tal modo que ya no aluden a otra realidad que a la que ellas mismas van creando en el curso avasallador del relato? La palabra en Grande sertao: veredas, como en Paradiso de Lezama Lima, es una presencia tan impetuosa que significa un espectáculo fonético aparte. Pero, novela de acción o Torre de Babel, esta ficción podría ser también un manual de satanismo. Una presencia recu­rrente en la novela es el demonio, con quien Riobaldo cree haber hecho un pacto, una noche de tempestad, en una encrucijada de caminos, y esa sombra luciferina que recorre como un estremeci­miento toda la novela, la dota de una atmósfera extraña y enig­mática, de significados oscuros, en los que algunos ven una medi­tación sobre el mal, un discurso metafísico. Esta novela sería, según ellos, algo así como un templo masónico atestado de símbolos. La ambigüedad (nota distintiva de lo humano que la novela primitiva ignoró) caracteriza también a Los ríos profundos, que narra el drama de un niño desgarrado, como su autor, como el Perú, por una doble lealtad a dos mundos que guerrean en él sin integrarse. Hijo de blancos, criado entre indios, vuelto al mundo de los blancos, el narra­dor de la novela es un testigo privilegiado para evocar la oposición de ese anverso y reverso de su ser. Aunque el más apegado, entre los nuevos, a los patrones de la novela primitiva, Arguedas no incurre en sus defectos más obvios porque no intenta fotografiar al mundo indio (que él conoce profundamente): quiere instalar al lector en su intimidad. Los indios abstractos del indigenismo se convierten en Arguedas en seres reales, gracias a un estilo que reconstituye en espa­ñol y dentro de perspectivas occidentales, las intuiciones y devociones más entrañables del mundo quechua, sus raíces mágicas, su animismo colectivo, la filosofía entre resignada y heroica que le ha dado fuerzas para sobrevivir a siglos de injusticia.

 

Se ha dicho que el paso de la novela primitiva a la nueva novela es una mudanza del campo a la ciudad: aquélla sería rural y ésta urbana. Esto no es exacto, como se ve por los ejemplos anteriores; sería más justo decir que la mudanza fue de los elementos naturales al hombre. Pero es verdad que entre los nuevos escritores hay apa­sionados descriptores (es decir, inventores, recreadores, intérpretes) de ciudades. La primera novela de Carlos Fuentes, La región más transparente (1958) es un mural, hirviente, populoso, de la ciudad de México, una tentativa para captar en una ficción todos los estra­tos de esa pirámide, desde la base indígena con sus ritos ceremonia­les y su idolatría emboscada tras el culto católico, hasta la cúspide oligárquica, cosmopolita y snob, que calca sus apetitos, modas y dis­fuerzos de Nueva York y de Paris. Para trazar esa biografía de una ciudad, Fuentes recurre a todo el arsenal de técnicas de la novela contemporánea, desde el simultaneísmo a lo Dos Passos hasta el mo­nólogo interior joyceano y el poema en prosa. Esta vocación expe­rimental se atenúa en su segunda novela, Las buenas conciencias (1959), historia de una crisis moral de un joven burgués de Gua­najuato contada a la manera tradicional, pero renace en La muerte de Artemio Cruz (1962), que admirablemente concilia fantasía y observación, inquietud social y aventura formal, testimonio y crea­ción. El libro es una patética indagación sobre el destino de un país: ¿qué es México, por qué ha llegado a ser lo que es? La lenta agonía de un caudillo de la Revolución, que vivió la gesta, la esperanza y la anarquía de las guerras civiles, y luego el gradual anquilosamiento de la nueva sociedad, es el hilo conductor de esta averiguación: los dramas del héroe y del país se entrelazan en una maraña de episodios cronológicos discontinuos, armados con técnicas de composición di­versas, que reviven ese pasado y despliegan ante el lector los tipos humanas, las clases sociales con sus frustraciones, sus mitologías y sus pugnas, y los momentos históricos culminantes del mosaico mexicano. De estructura compleja, elaborada con procedimientos tan vastos y versátiles como su rica materia, escrita en una prosa fecunda y vital que alcanza su temperatura mejor en la evocación de ambientes po­pulares o en las reminiscencias revolucionarias, La muerte de Artemio Cruz consigue un equilibrio eficaz entre compromiso social y voca­ción artística.

 

En las novelas posteriores de Fuentes, los temas sociales y políticos quedan desplazados por temas más intelectuales. Aura (1962) es la historia de una posesión diabólica, y Zona sagrada (1966) un ana-lisis de la relación histérica entre una estrella cinematográfica em­balsamada por la celebridad y su hijo, sobre el que aquélla ejerce una fascinación destructiva. Que los personajes sean mexicanos es adje­tivo; al autor ya no le interesan los seres humanos sino la parodia que hacen de ellos ciertas situaciones de la vida moderna, las másca­ras que adoptan los fetiches animados de la sociedad de consumo, las precarias poses que son sus relaciones. Esta preocupación es la mate­ria prima de Cambio de piel (1967), libro que, como el mítico ga­toblepas de «La Tentación de San Antonio” se devora a sí mismo: personajes como fuegos fatuos que son y no son, que se doblan y desdoblan ante los ojos de un narrador que mueve los hilos de este juego cínico en el que, desde un presente anclado en Cholula, se recuerdan o inventan mil atmósferas, mil situaciones, mil temas, ro­zándolos todos y sin mellar la superficie de ninguno, en un gran happening que es una parábola sobre la futilidad y las imágenes vanas de una civilización.

 

Se ha dicho que otro rasgo distintivo de la nueva novela es la impor­tancia que tienen en ella los temas fantásticos y que éstos incluso prevalecen sobre los realistas. La afirmación parece suponer que los llamados “temas fantásticos” no representan la realidad, que perte­necen a lo irreal. ¿Son menos reales, menos humanos, el sueño y la fantasía, que los actos y los seres verificables por la experiencia? Sería mejor decir que en los nuevos autores la concepción de la rea­lidad es más ancha que en la novela primitiva, pues abraza no sólo lo que los hombres hacen, sino también lo que sueñan o inventan. Todos los temas son reales si el novelista es capaz de dotarlos de vida, y todos irreales, aun la referencia a la más trivial de las experiencias humanas, si el escritor carece de ese poder de persuasión del que depende la verdad o la mentira de una ficción. Entre los nuevos tal vez el único que pueda ser llamado con entera propiedad escritor fantástico es el argentino Jorge Luis Borges, que ha escrito cuentos, poemas y ensayos, no novelas. Pero hay una serie de novelistas que constituyen un caso particular, pues sus obras hunden sus raíces al mismo tiempo en esas dos dimensiones de lo humano: lo imaginario y lo vivido. Entre ellos, el argentino Julio Cortázar, los cubanos Lezama Lima y Alejo Carpentier, y el colombiano García Márquez.

 

Hasta la aparición de la más importante de sus novelas, Rayuela (1963), la obra de Cortázar fue alternativamente realista y fantás­tica, pero esas dos direcciones no la escindieron en dos escrituras. La voz autobiográfica del boxeador de “Torito”, la voz intelectual del “jazzman” de “El perseguidor” es la misma voz transparente que cuenta cómo un hombre se convierte en una bestiecilla acuática en ”Axolotl” y describe en “Las ménades” un concierto que se trans­forma en holocausto. Esta unidad se debe a un estilo que viene de la lengua oral (a la que trasciende por la poesía y el humor), un estilo tendido como un puente sobre el abismo que existe todavía en espa­ñol entre lengua hablada y escrita. Esas dos direcciones se reúnen en Rayuela, donde las fronteras entre lo real y lo imaginario no existen. Pero esos dos mundos no se mezclan, coexisten en la novela sin que pueda señalarse la línea que los separa. Instalado a veces en la vida cotidiana, sumido a veces en la maravilla, el lector no sabe en qué momento franquea el límite, nunca tiene la sensación del tránsito. Todo consiste en cambios ligerísimos en el movimiento respiratorio de la narración, en imperceptibles alteraciones de sus ritmos y leyes. El argumento está situado en París y en Buenos Aires, pero los epi­sodios no se suceden ni subordinan. Son, diríamos soberanos, y los enlaza un personaje, Oliveira, hipnotizado por la inautenticidad de la vida moderna. Sus actos y sus sueños son una maniática búsqueda dc las razones de esta inautenticidad. En París lleva a cabo su explo­ración a un nivel intelectual, con parias como él, agrupados en el Club de la Serpiente, y en Buenos Aires, con seres más integrados al sistema social. En Rayuela, la materia narrativa es un orden abier­to, con muchas puertas que pueden ser de entrada o de salida, según lo decida el lector. Hay dos maneras de leer el libro: una “tradicional” (en este caso la novela comprende sólo la mitad de sus páginas), y otra, que se inicia en el capítulo 73 y avanza en zigzag, según ins­trucciones del autor. Estas dos lecturas posibles (no únicas) dan origen a libros distintos. Porque, además del autor y del lector, hay un tercer hombre cuya contribución es tan decisiva como inesperada para la realización cabal de la novela. Ocupa toda la tercera parte y se llama la cultura. Allí ha reunido Cortázar una serie de textos ajenos que figuran como capítulos de pleno derecho, pues confron­tados a estos poemas, citas, recortes de diario, los episodios cambian de perspectiva y aun de contenido. La cultura en su más amplia acepción aparece asimilada de este modo a la creación, como un ele­mento dinámico que actúa desde el seno de lo narrado. Rayuela es, sin duda, una de las obras de estructura más original entre las nove­las contemporáneas.

 

José Lezama Lima, en cambio, no tiene ninguna pericia técnica; Paradiso (1966), su única novela, está construida con recursos de folletín. Su grandeza es lingüística. Se trata de una tentativa impo­sible: describir, en sus vastos lineamientos y en sus detalles recón­ditos, un universo fraguado por una imaginación alucinada. Lezama se reclama inventor de un “sistema poético” del mundo (cuyas cla­ves, la metáfora y la imagen son, según Lezama, las herramientas que tiene el hombre para comprender la historia y la naturaleza, vencer a la muerte y salvarse) y Paradiso quiere ser la demostración hecha fábula de este sistema. Es en realidad, la creación de un insó­lito mundo verbal. El argumento está construido en torno a José Cemí, desde que éste es aún niño hasta que, veinte años más tarde, completada la formación de su sensibilidad, va a entrar al mundo a ejercer su vocación artística. Pero lo notable del libro no es el apren­dizaje de este artista adolescente (la vida familiar de Cemí, su des­cubrimiento del paisaje cubano, sus discusiones literarias, sus lla­meantes experiencias homosexuales) sino la perspectiva desde la cual estos hechos son narrados. El libro no se sitúa en la realidad exterior de los actos ni en la interior de los pensamientos, sino en un orden sensorial, en el que hechos y reflexiones se disuelven y confunden, formando extrañas entidades, huidizas formas cambiantes llenas de colores, músicas, sabores y olores, hasta ser borrosos y hasta ininte­ligibles. La vida de Cemí y de quienes lo rodean es una cascada de sensaciones que nos es comunicada mediante metáforas. Las sensa­ciones visuales predominan, y esa prosa que describe la realidad por sus valores plásticos, acaba por devorar a la anécdota, como el color en un cuadro de Turner. En este universo sensorial, de monstruos consagrados a la voluptuosa tarea de sentir seres, objetos, sensacio­nes, son siempre pretextos, referencias que ponen al lector en contacto con otros seres, otras sensaciones y objetos, que a su vez remiten a otros, en un juego de espejos inquietante y abrumador, hasta que de ese modo surge la sustancia inapresable que es el elemento en el que vive José Cemí, su fascinante “paraíso”. La novela de Lezama resucita una función que la ficción de nuestros días ha eludido y que fue el designio mayor de la novela clásica: la revelación de zonas inéditas de realidad.

 

El mundo de Carpentier no es sensorial, pese a que el único senti­miento vivo en él es, tal vez, el amor a las cosas, a esa materia inerte que describe en una prosa trabajada y morosa, sino mítico. Está levantado entre lo real y lo fabuloso y Carpentier ha encontrado una buena fórmula para definir su naturaleza dúplice: “realismo mágico”. Su primera novela (ahora él la desdeña), Ecué-Yamba-O (1933) está más cerca de la novela primitiva que de la novela de creación; documenta el paganismo hechicero de la población negra cubana y denuncia la penetración imperialista en su país. Pero cuando dieciséis años más tarde aparece El reino de este mundo (1949), el folklorista se ha vuelto un esteta, el testigo político un alquimista que transforma en mitos los hechos verídicos que desentierra del pasado antillano, el observador social un artífice que juega con el tiempo y recrea la geografía lujuriosa del Caribe en barrocos reta­blos de palabras. La revuelta de esclavos, la presencia napoleónica y la sangrienta dictadura de Henri Christophe en Haití que esta novela sintetiza en uña visión bíblica, así como la búsqueda del paraíso terrenal que protagoniza el musicólogo de Los pasos perdidos (1953), que abandona la civilización para remontar el Orinoco en un viaje a lo primitivo que es también un viaje en el tiempo, la historia del perseguido durante la dictadura terrorista de Machado en Cuba elaborada en El acoso como una pieza musical, y la crónica legen­daria de las repercusiones de la Revolución Francesa en el Caribe en El siglo de las luces (1962), son las distintas fases de una sola alegoría sobre la originalidad americana, los argumentos de una tesis: la realidad poética surrealista, producto en Europa de la imaginación y el subconsciente, sería en América realidad objetiva. Nacida del choque de la razón europea y el sentimiento mágico de la vida del aborigen, que la venida del africano enriqueció con ritmos y cultos nuevos, en esta realidad original americana conviven, como en Los pasos perdidos todas las edades históricas, todas las razas, todos los climas y paisajes. En ella, como en el relato «Viajes a la semilla” (1958), el tiempo ha sido invertido o abolido. ¿Es históricamente justa esta interpretación? En todo caso, su formulación literaria es válida: exprese o no la personalidad inconfundible de América, el mundo de Carpentier tiene una verdad intrínseca que es el resultado de su maciza arquitectura, la coherencia interna de sus elementos y la refinada elegancia de su dicción.

 

García Márquez es también el constructor de un mundo, pero en él no hay la premeditación intelectual ni el laborioso trabajo del estilo de un Carpentier: la exuberancia de su imaginación es espon­tánea y su prosa es sobre todo eficaz. Sus libros son una crónica de Macondo, una tierra inventada. La hojarasca, su primera novela (1955), describía este mundo como pura subjetividad, a través de los monólogos torturados de unos personajes sonámbulos. Macondo era todavía una patria mental, una proyección de la conciencia cul­pable del hombre. El coronel no tiene quien le escriba (1961) aña­de a este espíritu un paisaje y una tradición en los que reaparecen ciertos motivos del costumbrismo (el gallo de lidia, por ejemplo), pero utilizados no como valores “locales” sino como símbolos de frustración. En Los funerales de la Mamá Grande (1962) y La mala hora (1962), Macondo adquiere una nueva dimensión: la mágica. Además de ser un recinto dominado por el mal, los zancudos, la violencia y el calor, es escenario de sucesos extraordinarios: llueven pájaros del cielo, hay ceremonias de hechicería en sus viviendas, la muerte de una anciana atrae al lugar a monarcas y celebridades, el Judío Errante aparece ambulando en sus calles. Pero el gran enri­quecimiento de Macondo ocurre en Cien años de soledad (1967). La prosa matemática de los libros anteriores se convierte en un estilo volcánico capaz de comunicar el movimiento y la gracia a las más audaces criaturas de la imaginación. En esta historia de los cien años de vida de Macondo, la fantasía galopa desbocada, delineando en el espacio y en el tiempo la silueta de Macondo, en muchos niveles de realidad: el individual y el colectivo, el legendario y el histórico, las fronteras de lo posible y lo imposible han desaparecido: en Ma­condo la desmesura es la norma, el milagro es tan veraz como la guerra y el hambre. Hay alfombras voladoras, imanes gigantes que al pasar por la calle arrebatan las ollas y las sartenes de las casas, galones varados en la selva, mujeres que levitan, y un héroe caballe­resco que promueve treinta y dos guerras, tiene diecisiete hijos varo­nes en diecisiete mujeres distintas, escapa a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento, y muere apacible y nonagenario fabricando pescaditos de oro. Pero Macondo no es un castillo en el aire: la maravilla es sólo una de sus caras. Porque incluso en su perfil visionario, esta ficción está aludiendo (mediante transfiguraciones y espejismos) a una realidad muy concreta. El paisaje de Macondo reproduce (no, recrea) toda la natu­raleza de América, y los dramas de ésta se refractan en su historia como los colores en un espectro. Un olor a plantaciones de banano infesta el aire del lugar y atrae a aventureros primero, luego a mono­polios extranjeros. No todo es magia y fiesta erótica en la vida dc Macondo: un fragor de hostilidades entre poderosos y miserables re­suena tras esas llamaradas y estalla a veces en orgía de sangre, como durante la matanza de ferrocarrileros. Y además, en los desfiladeros y páramos de las sierras, hay esos ejércitos que se buscan y se diez­man, como ocurrió (ocurre todavía) en Colombia. Violencia y fan­tasía son las notas exteriores de Macondo; la nota interior es el desamparo moral. La bíblica tribu de los Buendía se reproduce y extiende en un espacio y tiempo condenados. Sus blasones ostentan una mancha: la soledad. Los Buendía luchan, aman, se juegan ente­ros en empresas descabelladas. El resultado es siempre la infelicidad. Todos, tarde o temprano, son burlados y vencidos, desde el fundador de Macondo, que nunca encuentra el camino del mar, hasta el último Buendía, que desaparece con el pueblo cuando iba a descubrir el secreto de la sabiduría. Ocurre que en Macondo, donde todo es posi­ble, no existe la alegría, no hay solidaridad entre los hombres. Una tristeza empaña todos los actos, un sentimiento de inminente catás­trofe ronda toda su historia. Leyes secretas regulan la vida en esta tierra de las maravillas: nadie es libre. Incluso en sus bacanales, cuando estupran como conejos y comen y beben pantagruélicamente, los Buendía no gozan ni se encuentran a sí mismos. Esa represen­tación simbólica, empleando los recursos más estrictos de la ficción, del desamparo moral, de la alineación del hombre en América Latina, es tal vez el mérito más alto de esta novela. Como cualquiera de los Buendía, los hombres nacen hoy en América Latina condenados a vivir en soledad y a engendrar hijos con colas de cerdo, es decir, seres de vida inhumana e irrisoria sometidos a un destino que no fue elegido por ellos.

 

La novela de García Márquez, como las anteriores que esta nota menciona (y una docena más que hubiera sido preciso reseñar) reve­lan una fecundidad original y ambiciosa que delata un momento de apogeo en la narrativa latinoamericana. En estos tiempos en que la novela europea y norteamericana agoniza entre herméticas acrobacias formalistas y una monótona conformidad con la tradición, conviene alegrarse. No tanto por América Latina, pues la salud de una narra­tiva suele significar una crisis profunda de la realidad que la inspira, sino, más bien, por la vida de la novela.

 

G


Juan Rulfo

LUVINA

De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.

Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvína que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.

–Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye a mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.

El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.

Hasta ellos llegaban el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines; el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.

Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.

–¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! –volvió a decir el hombre. Después añadió:

–Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nUnca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto...

Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: « ¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.»

Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:

–Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.

« ... Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llaman “pasojos de aguar', que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas, que se clavan en los pies de uno al caminar, como sí allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.»

Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:

–Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.

Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo.., siempre.

–Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acosumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.»

Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El ni-mor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.

El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:

–Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien.

Me parece recordar el principio. Me pongo en 'su lugar y pienso... Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿ Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagaran la cabeza con aceite alcanforado... Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar ni siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:

»–Yo me vuelvo –nos dijo.

»–Espera, ¿no vas a dejar sestear tus animales? Están muy aporreados.

»–Aquí se fregarían más –nos dijo–. Mejor me vuelvo.

»Y se fue, dejándose caer por la cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.

»Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en los brazos. En medio de aquel lugar donde sólo se oía el viento...

»Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.

»Entonces yo le pregunté a mi mujer:

»–¿En qué país estamos, Agripina?

»Y ella se alzó de hombros.

»–Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos –le dije.

»Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.

»Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.

»–¿Qué haces aquí, Agripina?

»–Entré a rezar –nos dijo.

»–¿Para qué? –le pregunté yo.

»Y ella se alzó de hombros.

»Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como por un cedazo.

»–¿Dónde está la fonda?

»–No hay ninguna [onda.

»–¿Y el mesón?

»–No hay ningún mesón.

»–¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? –le pregunté.

»–Sí, allí enfrente... Unas mujeres... Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran... Han estado asomándose para aca... Míralas. Veo las bolas brillantes de sus ojos... Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer... Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.

–¿Por qué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.

»–Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.

»–¿Qué país es éste, Agripina?

»Y ella volvió a alzarse de hombros.

»Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar por encima de nosotros> con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir por los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas .con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.

»Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.

»Poco antes del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra> aplastando los ruidos con su peso... Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:

»–¿Qué es? –me dijo.

»–¿Qué es qué? –le pregunté.

»–Eso, el ruido ese.

»–Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.

»Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada

de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.

»–¿Qué quieren? –les pregunté–. ¿Qué buscan a estas horas?

»Una de ellas respondió:

»–Vamos por agua.

»Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras> echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.

»No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.

–¿No cree usted que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.»

 

 

–Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad...? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad... Y es que allá el tiempo ese muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.

–Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es> sí señor... Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol> subiendo y bajando la cabeza> hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto> sin tiempo, como si se viviera siempre en la eternidad. Eso hacen allí los viejos.

»Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice... Y mujeres sin fuerzas» casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido... Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.

»Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde... Vienen de vez en cuando como las tormentas de que le hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y uno como gruñido cuando se van... Dejan el costal del bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos sino al año siguiente, y a veces nunca... Es la costumbre. Allí le dicen la ley> pero es lo mismo. Los hijos se pasan, la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley...

»Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo... Solos, en aquella soledad de Luvina.

»Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. “¡Vámonos de aquí!

–les dije–. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará»

»Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.

»–¿Dices que el Gobierrno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al Gobierno?

»Les dije que sí.

»–También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del Gobierno.

»Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron sus dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.

»Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de sus muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De hay en más no saben si existen.

»–Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad –me dijeron–. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.

»Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva para engañar el hambre. Los mirará pasar como sombras,

repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.

»–¿No oyen ese viento? –les acabé por decir–. Acabará con ustedes.

»–Dura lo que debe durar. Es el mandato de Dios –me contestaron–. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.

»Ya no les volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.

.Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: “Usted va a ir a San Juan Luvina”.

»En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas... Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plasta encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo...

»San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo...

»¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye Camilo, mándanos ahora unos mezcales!

»Pues sí, como le estaba yo diciendo...

Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.

Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.

El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.

 

G


José Revueltas

HEGEL Y YO

Agente del Ministerio Público: . . y todavía no se contentó usted con la forma de haber dado muerte a su víctima, sino que a puntapiés, es decir, a patadas, condujo la cabeza del occiso hasta el basurero próximo ...

 

El Fut: Sí señor, cómo lo había de negar yo. Así fue, tal como usted lo dice. Pero no lo hice por mal, señor. Verdá de Dios que no lo hice por mal. ¿Cómo quería que yo agarrara esa cabeza con las manos, cuantimás habiéndolo yo matado, digo, siendo yo el autor de la muerte de ese occiso? No lo hice por mal, señor...

Agente del Ministerio Público: ¿Así que lo hizo por bien...?

El Fut: Sí señor, como todo mundo puede ver si lo mira en mi corazón. Lo hice por bien...

 

Es curioso, pero aquí estamos, en la misma cárcel, Hegel y yo. Hegel, con toda su filosofía de la historia y su Espíritu Absoluto. Verdaderamente curioso. Debo precisar: en la misma celda, desde que me lo trajeron, de la calle, a vivir conmigo. Un auténtico regalo filo­sófico. Lo acepté con extrañeza y desconfianza: aquí eso molesta. Forrado en piel, una piel de cochino bien curtida, reluciente, olorosa. Pero basta de bromas: forrado en su propia piel, en su propio pellejo, limpio, colorado, que despedía ese aroma de agua de colonia, pero de todos modos un pellejo de cochino. Lo miré: un semi-enano, además giboso. Es decir, no un enano natural: semi-enano de un metro y centímetros, tan só­lo a causa de que le habían amputado las piernas de raíz. desde el tronco. Con todo y las piernas, comple­to, debió tener su buena estatura regular, y es fuerte. Yo mismo ayudé a que las ruedas del carrito salvaran el quicio de la celda, que levanta más de media cuar­ta del suelo. hasta que vino a mi celda todo mundo lo había llamado Ejel, simple y bárbaramente. Tuve que imponer sobre la población entera de la Crujía Circular —a gritos, pero metódicos y con arreglo a cierta periodicidad, por la ventanilla de la puerta, pues entonces no se nos dejaba salir al corredor— la pro­nunciación correcta del nombre, Jeguel, Hegel. Le vino de la sucursal de un Banco en las calles de Hegel, de Jorge Guillermo Federico Hegel. La radio-patrulla dis­paró varias ráfagas de ametralladora. Ocho balas re­partidas entre los dos muslos. Ahí quedó Hegel tirado a media calle, con su piel de cochino perforada: real y racionalmente se hizo necesario amputar. Pero me importa una chingada Hegel. Lo que trato de recordar es otra cosa, desde que falta Medarda, desde que no viene. Otra cosa, que me da vueltas y no me deja. El muy cabrón quiso matarme, para quedarse con la cel­da solo. El muy retecabrón. Me lo dijo él mismo des­pués. Se había puesto al habla con dos de sus valedo­res. “Va un azul para cada uno: cincuenta baros a ca­da quien, ustedes dicen”, me contó. Le daba risa. “Te salía barato, cien pesos... por mí”, le dije y me eché en la cama, sin hablar. Medarda nomás dejó de venir. Primero un sábado, y luego otro y otro y otro, hasta que ya no vino. Quisiera verla de nuevo, su presencia irritante, ese no sentir piedad hacia ella, su talle ma­cizo, impuro. Su rostro se aleja, se esfuma hacia el fondo, es un óvalo vacío, sin color, como si alguien lo hubiese recortado —cuidadosamente, siguiendo con precisión la línea externa, sus límites— para arran­carlo de algún retrato en cuyo lugar quedara al des­nudo la cartulina gris sobre la que estaba montada la fotografía y, no obstante, todo lo demás, tal como habría sido siempre, durante la vida entera, quieto e intacto desde que posó ante el fotógrafo: a la espalda, un decorado nuboso, informe, con las dos  líneas ho­rizontales de diminutos cirros flotantes, lo único que le hacía parecer cielo, y en el primer término, una consola con aquel florero vacío encima, inexplicables los dos. El entorno de Medarda: fuera de sus límites —el rostro, el cuerpo, el vestido—, la nada; y aún éstos, en la sima del olvido, la nada también. pero no es olvido, no. Tiene razón Hegel cuando dice: “la me­moria no es lo que se recuerda, sino lo que olvidamos”, más o menos, porque lo dice de varios modos, muchas veces contrapuestos. Por ejemplo: “la memoria es lo que uno hace y nadie ha visto, lo que no tiene re­cuerdo”. Añade luego: “no somos sino pura memoria y nada más”. Tiene razón: nuestros actos, los actos profundos dice él, son esa parte de la memoria que no acepta el recuerdo, sin que importe el que haya habido testigos o no. Nadie es testigo de nadie ni de nada, cada quien lleva encima su propio recuerdo no visto, no oído, sin testimonios. He aquí el retrato de Medarda con el rostro vacío. Es peor que si le hubieran sacado los ojos: ella es la que no me ve. Ella, ella, Medarda.

¿Dónde, dónde diablos fue que comenzó todo esto? ¿Dónde comenzaron estas cosas? ¿En Panamá? No son las cosas mismas lo que recuerdo, sino su halo, su pe­riferia, lo que está más allá el aquello que las cir­cunscribe y define. Bien, el trópico. Sea. Era duro, ahogaba. Panamá: las calles, rectas, amplias, limpias, del Canal Zone, las ventanas con su tela de alambre para los mosquitos. El negro aquel se empeñaba en no bajar de la guagua, el camión de pasajeros entre Balboa y Panamá, la ciudad. Echaba la cabeza hacia atrás, con el mentón apuntando a lo alto, desafiante pero ya vencido el antemano, heroicamente seguro de la derrota, con una cólera desarmada y vacía en medio de la distraída, inatenta indiferencia de aquellos blan­cos panameños del camión. “¡Conozco mis derechos, no pueden obligarme a bajar, soy un ciudadano de Panamá igual que cualquier otro!” Bueno, más bien semiblancos, lo que quiere decir seminegros, emplea­dos en las oficinas de la Zona, nativos, en una pala­bra, que ya comenzaban a impacientarse pues el cho­fer se había negado a continuar mientras el negro no bajara. “Baja, negro; te digo que aquí no puede via­já... —la voz del chofer era calmosa, persuasiva, to­lerante—. Po eso hay guagua eclusiva pa lo negro. Esto no es lo tuyo, viejo.. .“ Lo decía de espaldas al negro, sin volverse, encarándolo a través del espejo retrovisor, lo que daba cierta irrealidad a su actitud, como si el negro no existiera. “Mira, negro, que si no te baja, uno de esto caballero tendrá la gentileza de ir a llamá un guardia que te obligue. Mira que te lo pide un negro tan negro como tú, tan bembón como tú.” El chofer rió por lo gracioso de su repentina ocurrencia respecto a la negritud de ambos, esa conciencia natu­ral, ese consentimiento mutuo que debía unirlos en la aceptación de su común ser inferior. En efecto, era tan negro, o más, que el negro de la protesta. O quizá me lo parecía, porque con los negros sucede así, cuan­do uno está entre ellos —en sus poblaciones negras, en sus calles negras—, que los ve más negros, según el estado de ánimo en que uno se encuentre o la pesa­dumbre en que uno se halle. Me pasó en Belice, donde vi a los negros más negros de todos los negros que existen en el mundo. Pero entonces fue que andaba yo verdaderamente reventado, “dado a la mierda es poco”, como dice Hegel. Le eché al negro el brazo so­bre el hombro, le dije que yo bajaría junto con él y que los dos nos iríamos a pie hasta Panamá o hasta donde él quisiera. Negro bembón, simpático. No lo volví a ver, aunque quedamos de que me buscaría en el barco. En Panamá hubo mucho de todo, pero ahí no fue. No puedo recordarlo. Quién sabe qué me pasa.

Digamos... ¿Guayaquil? El Guayas, ese río, los horribles manglares. Todavía estás en mar abierto y ya comienzas a entrar en esa espada azul. A proa apenas se divisa la tenue línea del Ande ecuatoriano, apeni­tas, muy a lo lejos, al este franco, mejor dicho, al nor-noreste un poco caído, para ser exactos. Te entra por todo el cuerpo, manglares y manglares y manglares, a babor y estribor, sólo manglares y nada más man­glares en cada ribera, por las dos bandas, una infini­ta cabeza de Medusa. Te enredas, te enredas, todo te enreda, no puedes salir de Guayaquil, has de morir en Guayaquil. Bueno, ahí me pasé tres meses borra­cho, ni más ni menos, con mi amigo El Jaibo, pues nos quedamos en tierra, nos dejó el barco. Tres meses, to­do ci tiempo que empleó ci “Batalla de Calpulalpan” en dar la vuelta por el sur, y luego, ya de subida por la costa atlántica, cruzar el Canal y volver al Pacífico para encontrarse otra vez con el Guayas y navegarlo hasta fondearse en Guayaquil. Aquello no era más que sudor. Tres meses empapados en sudor, envueltos en brumas, aguaceros y manglares.

Tampoco fue en Salina Cruz. Entonces Salina Cruz estaba abandonado, arena, hierros viejos, los muros del ante-puerto comidos por la sal, el dique seco hecho una porquería, armaduras, quillas, pedazos de cubier­ta que tintineaban con ci viento, “una tristeza para hombres de mar”, decía el jefe de máquinas.

Allí en Salina Cruz La Tortuguita contagió a todos los marineros de gonorrea. Yo me salvé. Me había mo­lestado la idea de aguardar turno y éramos cosa de veinte o veinticinco a quienes La Tortuguita nos gustó desde el primer momento y no quisimos ir con ningu­na otra. Tampoco eran muchas. Cinco o seis en aquel triste burdel y cantina y restaurante y tienda. Entraban niñas a comprar algo, manteca —la vi— derretida, por supuesto, líquida a fuerza del calor. Los cuartos quedaban a espaldas de la trastienda, pequeños re­cintos de madera con puertas que abrían a las orillas de un patio cuadrado, de cemento, a mitad del cual salía un tubo con una llave el agua. También entra­ban por agua, con sus botes. Pero ¿dónde, dónde fue? Recuerdo que bebíamos un aguardiente salvaje El Jai­bo y yo. Era cuando ya comenzaba a sentirse muy orgulloso de ser mi amigo. La manteca licuada, su­cia, como un caldo amarillento, pero desde luego no fue en Salina Cruz donde la conocí, donde se me metió como una nigua entre las uñas. Cuando sucedió o comenzó a suceder esta cosa yo estaba borracho hasta los huesos, “ebrio absoluto”, como lo califican a uno en las actas de las delegaciones de policía, por eso no recuerdo. Sí, eso sí: me fui a la cama con aquella mu­jer, me llevó. Dije cama. Esa cama, Dios santo. Ter­minó por molestarme la ‘idea, esa vez en Salina Cruz, de que todos iríamos con La Tortuguita, uno por uno. Los miraba y me decía: todos éstos nos acostaremos con la muchacha, t4, aquél, el otro, yo. Al sexto o al séptimo ella vino a sentarse a la mesa. Se sentó con todo el cuerpo, una acción del cuerpo entero, sobre la silla. “¡Carambas! —exclamó entre agresiva y dis­culpándose al mismo tiempo—. ¡Déjenme descansar un rato!”, como a modo de haber visto algún reproche en nuestras miradas. Para darle una demostración amis­tosa de nuestra conformidad con ese descanso, pedimos otra tanda de cervezas heladas, para ella un anís. A todos nos pareció correcto que tomara un respiro y lo veíamos muy bien y natural. Cada uno estábamos ins­critos en la lista, por orden alfabético de nombres, que el jefe de máquinas Quintín Barba había apuntado so­bre una de esas hojas de papel donde sc anotan los tantos del dominó y que extrajo de la bolsa del pecho de su camisola, donde llevaba otras también en blan­co, con las columnas impresas de los dos bandos de jugadores, “Ellos”, “Nosotros”. Puso su nombre al último para disponer de más tiempo —todo el que se le antojara— con La Tortuguita.. “En estas cosas no me gusta que me estén apurando”, decía. Lo cierto es que nadie apuraba a nadie. Cada quien aguardaba su turno con paciencia mientras bebíamos cerveza he­lada de unas pequeñas botellas —“cuartitos”, la cuarta parte de un litro, para consumirla pronto y no dejar que se calentara en el envase—, y luego, al pasar adentro con La Tortuguita, la ocupaba el tiempo justo, a lo legal, sin carreras. Quintín Barba, como jefe de máquinas, podía anotarse en cualquier orden, lo res­petábamos como jefe de máquinas. Las demás mucha­chas —y ahora recuerdo con precisión que eran cinco— se habían ido a cubrir del sol bajo la enramada que la señora patrona llamaba el merendero, a unos cuan­tos pasos del cobertizo donde bebíamos y donde tam­bién estaba la sinfonola. No habíamos advertido su actitud, cabizbajas y como pensativas. Una de ellas ex­tendía con el dedo un charquito de bebida que nadie había limpiado y dibujaba monos sobre la superficie de la mesa, muy abismada en sí, pero llorosa. Las otras prestaban gran atención a sus monos y de cuando en cuando añadían alguna cosa al dibujo también con el dedo. Por fin, la misma de los monos levantó la vista hacia nosotros y al ver que algunos estábamos mirán­dolas, esto pareció darle confianza, se puso en píe y vino. Que si no queríamos invitarles —“ofertarles” di­jo— unas cervezas, anís no, pues no deseaban cobrar comisión por su consumo, nomás cervezas, o que si­quiera les diéramos algunos veintes para tocar la sin­fonola “con lo que a ustedes les guste”. Curioso que a ninguno se nos hubiera ocurrido meterle un veinte a la sinfonola. Nos dimos cuenta que estaban senti­das; las había herido la preferencia de todos —“sin exceptuar uno— por La Tortuguita. Es que las putas de pueblo son distintas a las de ciudad, son muy sen­cillas, casi no son putas. Como Medarda; casi no era. Casi no es. Era, es: con ella se pierden los tiempos del verbo.

Lo cierto es que Quintín, el jefe de máquinas, sa­bía su cuento. Se puso al último de la lista, claro, por las razones honradamente dadas, pero además porque como jefe de máquinas estaba enterado de que zar­paríamos hasta el día siguiente, después del toque de diana, y quería quedarse “de dormitorio” con La Tor­tuguita, lo que así fue. A los tres, cuatro días, a bor­do, se armó la gran bronca por lo del contagio. Con la lista de los tantos del dominó en su poder (“Ellos”, “Nosotros”), Quintín Barba se proponía descubrir al culpable, en el supuesto de que La Tortuguita no hu­biera estado enferma desde antes de comenzar con el primero de los tripulantes. En el caso, habría algu­nos no contagiados y entonces era de atribuirse al pri­mer enfermo, sin la menor duda, el contagio de los demás. “Ellos”, “Nosotros”, separar la buena de la mala mies, como en los Evangelios. Sobre el culpable pesaba la amenaza de permanecer encerrado en el pa­ñol de cadenas por todo el resto del crucero. Pero no hubo ningún culpable fuera de La Tortuguita misma, la pobre, que a la mejor ni siquiera sabía que estaba enferma. Quintín Barba se sintió jodido por completo. “Dado a la mierda es poco”, hubiera comentado Hegel.

“Mira —me dice—, todo acto profundo (y no es necesario que tú mismo seas profundo para que hagas un acto profundo) es inmemorial. O sea, es tan anti­guo que no se guarda memoria de su comienzo, nadie sabe de dónde arranca, en qué parte se inicia o si no se inicia en parte alguna. El acto profundo no tiene principio, no ha comenzado jamás, pero tan sólo por­que no existe la memoria de ese acto, no hay ninguna data que lo testimonie ni podrá haberla nunca. Es an­terior a la data, un acto no registrado, pero hecho, la suma de una larga serie de actos fallidos hasta llegar a él, en la soledad más absolutamente vacía de testi­gos. Entonces, por cuanto estás aquí (digo, aquí en la cárcel o donde estés, no importa), por cuanto estás y eres en algún sitio, algo tienes que ver con ese acto. Más bien, no algo sino todo; tienes que ver todo con ese acto que desconoces. Es un acto tuyo. Está inscrito en tu memoria antigua, en lo más extraño de tu me­moria, en tu memoria extraña, no dicha, no escrita, no pensada, apenas sentida, y que es la que te mueve hacia tal acto. Tan extraña, que es una memoria sin lenguaje, carente en absoluto de signos propios y ha de abrirse camino en virtud de los recursos más ines­perados. Así, esta memoria repite, sin que nos demos cuenta, todas las frustraciones anteriores a su data, hasta que no acierta de nuevo con el acto profundo original que, ya por esto solamente, es tuyo Pero so­lamente por esto, pues es tuyo sin que te pertenezca. Lo contrario es la verdad: tú eres quien le pertenece, con lo que, por ende, dejas de pertenecerte a ti mismo. El acto profundo está en ti, agazapado y acechante en el fondo de tu memoria: de esa memoria de lo no ocu­rrido. Tiendes a cometerlo en cualquier momento; el que lo cometas o no, tampoco es asunto tuyo ni de que reúnas las condiciones para ello. Se ha vuelto cosa del puro azar, al alcance involuntario de cualquiera. Bien, he dicho cometerlo y esto es inexacto hasta cierto punto. Es un acto que acepta todas las formas: come­terlo, perpetrarlo, consumarlo, realizarlo, está simple­mente fuera de toda calificación moral. El calificarlo queda para quienes lo anotan y lo datan, o sean, los periodistas y los historiadores, que lo han de ajustar entonces necesariamente, a una determinada norma crí­tica vigente, con lo que no hacen sino borrar sus hue­llas y falsificarlo, erigiéndolo así en un Mito más o menos válido y aceptable durante cierto periodo: Lan­drú, Gengis-Kan, Galileo, Napoleón, el Marqués de Sade o Jesucristo o Lenín, da lo mismo. O El Fut, que resulta un magnífico ejemplo de excelente pateador de cabezas, además un ejemplo que tenemos en casa, aquí luego en la Crujía D.”

A pesar de cuanto pueda decirse —y no sé quién diga algo al respecto fuera de mí, en esta cárcel— me gusta escuchar a Hegel, bien que no llegue a com­prenderlo del todo. Transcribo sus palabras con enor­mes dudas, pues ahí mismo sucede, nomás escritas, que pierden la vivacidad, la transparencia y el acento con que Hegel las pronuncia, lo que me obliga a presen­tar subrayadas aquellas que, aparentemente, son más significativas. Se expresa con toda intención —y yo diría, mala intención—, por medio del uso y abuso de los contrasentidos —ya lo he dicho—, y de aquí resulta la gran oscuridad de sus ideas. Cuando se lo hago notar, sonríe desde su rincón. (Ahora esto ha cam­biado: Hegel ya no tiene un rincón. Fue cosa nada más de adquirir la silla de ruedas, que sustituyó al primi­tivo carrito —una silla mecánica, con manubrio, ve­locidades, frenos y una palanca que la impulsa— para que no permanezca en ningún sitio y se mueva como un demonio sin reposo, ya dentro de la celda misma o en el corredor, en todas direcciones, y amenace con atropellar, sin consideración alguna, a quienquiera que sea, por lo que siempre se le cede el paso —sin que pueda uno comprenderlo— con enigmática docilidad y, aunque esto parezca todavía más extraño, con una especie de gratitud, de complacencia agradecida.) He­gel sonríe, pues, cuando opongo alguna objeción a la oscuridad de sus ideas y lo contradictorio de sus tér­minos. Replica que no hay una sola idea verdadera que no sea oscura, ni una sola palabra, tampoco, que pueda tener un sentido único, todo depende del tiem­po y la colocación: de lo que se comprometan a decir y a suscitar las palabras y las ideas. Para él, el len­guaje es un rodeo, un extravío pernicioso.

Desde la época de “su rincón”, hasta que obtuvo su magnífica silla de ruedas, esto le llevó a Hegel sus buenos seis meses, qué digo, ocho, de paciente espera. Paciente, desesperada, rabiosa, furibunda, impotente espera. No era cosa de desaprovechar yo la extraor­dinaria oportunidad de un buen ejercicio físico que me brindaba la presencia del carrito aquí en la celda. Con un fuerte empujón del pie, la planta apoyada en la plataforma, lograba yo disparar el carrito de una pared a la otra y recibirlo de rechazo del mismo modo, gracias al impulso que tomaba con el choque en virtud del hule macizo que lo ceñía. Hegel se sujetaba con­vulsamente, las manos crispadas, a los bordes de la plataforma, el pequeño trozo de cuerpo en tensión y los dos muñones que le quedaban de las piernas, de pronto muy vivos, erectos, replegados hacia la caja pélvica, como a la defensiva. Era interesante, lo de los muñones, cómo traicionaban su inmenso terror, mientras con la activísima mirada de sus ojillos grises seguía todos los brutales desplazamientos del carrito y lanzaba una especie de mugido breve y rasposo al gol­pear cada vez con la pared. Nunca llegó a caerse del carrito, durante estos juegos. Lo sabía hacer.

No descubro nada excepcional al darme cuenta que puedo encontrar lo que busco si tan sólo logro recons­truir con exactitud los hechos, uno a uno y uno tras otro, desde el principio, pero sucede que es el princi­pio mismo lo que se me escapa, y en esto habría que darle la razón a Hegel: aquí hay algo que no ha co­menzado, el extremo del hilo se me va. Las cosas po­drían comenzar hoy, por ejemplo, en este mismo instan­te. En rigor pueden comenzar hoy, si decido que aquí es el punto donde comienzan: esta celda, esta cárcel, este tiempo, este sobrecogimiento maldito. Escucharé las voces que gritan mi nombre como un eco que se apro­xima; vendrán a sacudir la puerta —la golpean, la escupen, se cagan en ella, estremecen sus hierros antes de abrirla—; saldré al corredor, cruzaré el patio y heme allí, de pronto, en la sala de defensores, y al fondo, silenciosa, impenetrable, Medarda. Pero no, no la sala de defensores: es la nave con paredes de hielo, herida por una luz blanca que no proviene de ninguna parte, la bóveda donde guardan los muertos. Medarda está a la mitad de este anfiteatro, abandonada en el piso, sin nadie. Me aproximo, pues la blancura de la luz no me deja ver sino contornos grotescos, como si padeciera cataratas. La imagen se precisa hasta causar­me vértigo: desnuda, el vientre y los senos monstruosa­mente hinchados por los gases, igual que globos a punto de estallar. La descomposición está muy avan­zada, pero del cuerpo no se desprende ningún mal olor y esto es lo que me aterra. Rompe en mis oídos la diabólica carcajada de Hegel que mira con regocijo el modo con que termino de vomitar, pues no tuve tiempo de echar la porquería fuera del camastro y estoy cu­bierto de la cabeza a los pies. Espera a que lance yo las últimas boqueadas y así pueda oírlo en plenitud. “Eres un mal asesino —ríe y me apunta con el índice, bullente, divertido, feliz—, sigues soñando con la puta muerta.” Hegel lo sabe muy bien. Son ya varias las veces que me ocurre. Y con esta pesadilla siempre acabo vaciándome del estómago.

 

G


Juan José Arreola

EL GUARDAGUJAS

 

 

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una lin­terna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

—Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

—¿Lleva usted poco tiempo en este país?

—Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. ma­ñana mismo.

—Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros —y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

—Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

—Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le re­sultará más barato y recibirá mejor atención.

—¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

—Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin em­bargo, le daré unos informes.

—Por favor...

—Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho ya grandes cosas en lo que se refiere a la publi­cación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más peque­ñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mien­tras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patrio­tismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

—Pero ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

—Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indica­dos en el suelo, mediante dos rayas de gis. Dadas las condi­ciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

—¿Me llevará ese tren a T.?

—¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente algún rum­bo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

—Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógica­mente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

—Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...

—Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...

—El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

—Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

—Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

—¿Cómo es eso?

—En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios em­plean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los via­jeros sufre algunas transformaciones importantes. Los falleci­mientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conduc­tores depositar el cadáver de un viajero —lujosamente embal­samado— en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estre­mece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera —es otra de las pre­visiones de la empresa— se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles; allí los viajeros su­fren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

—¡Santo Dios!

—Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas con­versaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

—¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

—Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escri­bieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha hacia atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afron­tar esa molestia suplementaria.

—¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

—¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impe­dírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan acci­dentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la esta­ción. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

—¿Y la policía no interviene?

—Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicán­dose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban en­cima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo es­pecial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en mo­vimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

—Pero una vez en el tren, ¿está uno a cubierto de nuevas contingencias?

—Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que usted creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácil­mente los estragos de la intemperie, pero son a veces una per­fecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

—Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

—Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferro­carriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el con­ductor anuncia: “Hemos llegado a T.” Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

—¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

—Claro que puede usted. Lo que no se sabe es sí le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.

—¿Qué está usted diciendo?

—En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la em­presa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por ha­blar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comen­tario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más; pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obli­garían a descender en una falsa estación, perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

—Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

—En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispo­sitivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin em­bargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

—¿Y eso qué objeto tiene?

—Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se

entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa om­nipotente, y que ya no les importe saber a dónde van ni de dónde vienen.

—Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

—Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F. cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: «Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.

—¿Y los viajeros?

—Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colo­nia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales sufi­cientes. Allí se abandonan lotes selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al

viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

—¿Es el tren? —preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuan­do estuvo a cierta distancia, se- volvió para gritar:

— ¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice usted que se llama?

—¡X! —contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

 

G

 


Amparo Dávila

LA SEÑORITA JULIA

 

 

La señorita Julia, como la llamaban sus compañeros de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle huellas. Las mejillas habían per­dido aquel tono rosado que Julia conservaba, a pesar de los años, como resultado de una vida sana, metó­dica y tranquila. Tenía grandes y profundas ojeras y la ropa se le notaba floja. Y sus compañeros habían observado, con bastante alarma, que la memoria de la señorita Julia no era como antes. Olvidaba cosas, sufría frecuentes distracciones y lo que más les pre­ocupaba era verla sentada, ante su escritorio, cabe­ceando, a punto casi de quedarse dormida. Ella que siempre estaba fresca y activa. Su trabajo había sido hasta entonces eficiente y digno de todo elogio. En la oficina empezaron a hacer conjeturas. Les resultaba inexplicable aquel cambio. La señorita Julia era una de esas muchachas de conducta intachable y todos lo sabían. Su vida podía tomarse como ejemplo che mo­deración y rectitud. Desde que sus hermanas menores se habían casado, Julia vivía sola en la casa que los padres les habían dejado al morir. Ella la tenía arre­glada con buen gusto y escrupulosamente limpia, lo que resultaba un sitio agradable, no obstante ser una casa vieja. Todo allí era tratado con cuidado y cariño. El menor detalle delataba el fino espíritu de Julia, quien gustaba de la música y los buenos libros: la poesía de Shelley y la de Keats, los Sonetos del Portugués y las novelas de las hermanas Bronte. Ella misma se preparaba los alimentos y limpiaba la casa con verdadero agrado. Siempre se la vela pulcra; ves­tida con sencillez y propiedad. Debió de haber sido bella; aún conservaba una tez fresca y aquella tranqui­la y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad. Desde hacía algún tiempo estaba comprome­tida con el señor De Luna, contador de la empresa, quien la acompañaba todas las tardes desde la oficina hasta su casa. Algunas veces se quedaba a tomar un café y a oír música, mientras la señorita Julia tejía algún suéter para sus sobrinos. Cuando había un buen concierto asistían juntos; todos los domingos iban a misa y, a la salida, a tomar helados o pasear por el bosque. Después Julia comía con sus hermanas y so­brinos; por la tarde jugaban canasta uruguaya y to­maban el té. Al oscurecer Julia volvía a su casa muy satisfecha. Revisaba su ropa y se prendía los rizos.

 

Hacía más de un mes que Julia no dormía. Una noche la había despertado un ruido extraño como de pequeñas patadas y carreras ligeras. Encendió la luz y buscó por toda la casa, sin encontrar nada. Trató de volver a dormirse y no pudo conseguirlo. A la noche siguiente sucedió lo mismo, y así, día tras día... Apenas comenzaba a dormirse cuando el ruido la despertaba. La pobre Julia no podía más. Diaria­mente revisaba la casa de arriba abajo sin encontrar ningún rastro. Como la duela de los pisos era bastante vieja, Julia pensó que a lo mejor estaba llena de ratas, y eran éstas las que la despertaban noche a noche. Contrató entonces a un hombre para que ta­para todos los orificios de la casa, no sin antes introducir en los agujeros un raticida. Tuvo que pagar por este trabajo 60 pesos, lo cual le pareció bastante caro. Esa noche se acostó satisfecha pensando que habla ya puesto fin a aquella tortura. Le molestaba mucho, sin embargo, haber tenido que hacer aquel gasto, pero se repitió muchas veces que no era posible seguir en vela ni un día más. Estaba durmiendo plácidamente cuando el tan conocido ruido la desper­tó. Fácil es imaginar la desilusión de la señorita Julia. Como de costumbre revisó la casa sin resultado. Des­esperada se dejó caer en un viejo sillón de descanso y rompió a llorar. Allí vio amanecer...

 

Como a las once de la mañana Julia no podía de sueño; sentía que los ojos se le cerraban y el cuerpo se le aflojaba pesadamente. Fue al baño a echarse agua en la cara. Entonces oyó que dos de las mucha­chas hablaban en el pasillo, junto a la escalera.

—¿Te fijaste en la cara que tiene hoy?

—Sí, desastrosa.

—No sé cómo puede presentarse a trabajar así, hasta un niño sospecharía...

—¿Entonces tú también crees...?

—¡Pero si es evidente...!

—Nunca me imaginé que la señorita Julia...

—Lo que a mí me da coraje es que se haga pasar por una santa.

—A mí me da mucho dolor verla, la pobre ya no puede ni con su alma.

—¡Claro!, a su edad...

 

Julia sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza. Le comenzaron a temblar las manos y las piernas se le aflojaron. Le resultaba difícil entender aquella infamia. Un velo tibio le nubló la vista y las lágrimas rodaron por las mejillas encendidas.

 

La señorita Julia compró trampas para ratas, queso y veneno. Y no permitió que Carlos de Luna la acompañara, porque le apenaba sobremanera que lle­gara a saber que su casa se encontraba llena de ratas. El señor  de Luna podía pensar que no habla la su­ficiente limpieza, que ella era desaseada y vivía entre alimañas. Colocó una ratonera en cada una de las habitaciones, con una ración de queso envenenado, pues pensaba que si las ratas lograban salvarse de ia ratonera morirían envenenadas con el queso. Y para lograr mejores resultados y eliminar cualquier riesgo, puso un pequeño recipiente con agua, envenenada también, por si las ratas se libraban de la trampa y no gustaban del queso, pues imaginó que sentirían sed, después de su desenfrenado juego. Toda la noche escuchó ruidos, carreras, saltos, resbalones... ¡Aque­llas ratas se divertían de lo lindo, pero sería su última fiesta! Este pensamiento le comunicaba algu­nas fuerzas y le abría la puerta de la liberación. Cuan­do el ruido terminó, ya en la madrugada, Julia se levantó llena de ansiedad a ver cuántas ratas habían caído en las ratoneras. No encontró una sola. Las ratoneras estaban vacías, el queso intacto. Su única esperanza era que, por lo menos, hubieran bebido el agua envenenada.

La pobre Julia empezó a probar diariamente un nuevo veneno. Y tenía que comprarlos en sitios di­ferentes y donde no la conocieran, pues en los lugares adonde había ido varias veces comenzaban a verla con miradas maliciosas, como sospechando algo terri­ble. Su situación era desesperada. Cada día sus fuerzas disminuían de manera notable. Habla perdido su alegría habitual y la tranquilidad de que siempre ha­bía gozado; su aspecto comenzaba a ser deplorable y su estado nervioso, insostenible. Perdió por com­pleto el apetito y el placer por la lectura y la mú­sica. Aunque lo intentaba, no podía interesarse en nada. Lo único que leía y estudiaba con desesperación era unos viejos libros de farmacopea que habían per­tenecido a su padre. Pensaba que su única salvación consistiría en descubrir ella misma algún poderoso veneno que acabara con aquellos diabólicos animales, puesto que ningún otro producto de los ordinarios surtía efecto en ellos.

 

La señorita Julia se había quedado dormida. Al­guien le tocó suavemente un hombro. Despertó al instante, sobresaltada.

—El jefe la llama, señorita Julia.

Julia se restregó los ojos, muy apenada, y se em­polvé ligeramente tratando de borrar las huellas del sueño. Después se encaminó hacia la oficina del señor Lemus. Apenas si llamó a la puerta. Y se sentó en el borde de la silla, estirada, tensa. El señor Lemus comenzó diciendo que siempre había estado contento con el trabajo de Julia, eficiente y satisfactorio, pero que de algún tiempo a la fecha las cosas habían cam­biado y él estaba muy preocupado por ella... Que lo había pensado bastante antes de decidirse a ha­blarle... Y le aseguraba que, por su parte, no había prestado atención a ciertos rumores... (esto último lo dijo bajando la vista). Julia había enrojecido por completo, se afianzó de la silla para no caer, su cora­zón golpeaba sordamente. No supo cómo salió de aquel privado ni si alcanzó a decir algo en su defensa. Cuando llegó a su escritorio sintió sobre ella las miradas de todos los de la oficina. Afortunadamente el señor De Luna no estaba en ese momento. Julia no hubiera podido soportar semejante humillación.

 

Las hermanas se dieron cuenta bien pronto de que algo muy grave sucedía a Julia. Al principio asegu­raba que no tenía nada, pero a medida que las cosas empeoraron y que Julia fue perdiendo la estabilidad tuvo que confesarles su tragedia. Trataron inútilmente de calmarla y le prometieron ayudarla en todo. Junto con sus maridos revisaron la casa varias veces sin encontrar nada, lo cual las dejó muy desconcertadas. Aumentaron entonces sus cuidados y atenciones hacia la pobre hermana. Poco después decidieron que Julia necesitaba un buen descanso y que debía solicitar cuanto antes un “permiso” en su trabajo. Julia tam­bién se daba cuenta de que estaba muy cansada y que le hacía falta reponerse, pero veía con gran tristeza que sus hermanas dudaban también del único y real motivo que la tenía sumida en aquel estado. Se sentía observada por ellas hasta en los detalles más insig­nificantes, y ni qué decir de la oficina, donde su conducta llevaba a los compañeros a pensar en mo­tivos humillantes y vergonzosos. La incomprensión y la bajeza de que era capaz la mayoría de la gente, la había destrozado y deprimido por completo. Re­cordaba constantemente aquella conversación que ha­bía tenido el infortunio de escuchar, y la reconvención del señor Lemus... y entonces las lágrimas le rodaban por las mejillas y los sollozos subían a su garganta.

La señorita Julia estaba encariñada con su trabajo, no obstante la serie de humillaciones y calumnias que a últimas fechas había tenido que sufrir. Llevaba quince años en aquella oficina, y siempre había pen­sado trabajar allí hasta el último día que pudiera hacerlo, a menos que se le concediera la dicha de formar un hogar como a sus hermanas. Pensaba que era poco serio andar de un trabajo en otro, y que eso no podía sentar ningún buen precedente. Después de mucho cavilar resolvió que no le quedaba más remedio que solicitar un permiso, como deseaban sus hermanas, y tratar de restablecerse.

 

Las relaciones de Julia con el señor De Luna se habían ido enfriando poco a poco, y no porque ésta fuera la intención de ella. Cuando empezó a sufrir aquella situación desquiciante, se rehusó a verlo diariamente como hasta entonces lo hacía, por temor a que él sospechara algo. Experimentaba una enorme vergüen­za de que descubriera su tragedia. De sólo imaginarlo sentía que las manos le sudaban y la angustia le provocaba náuseas. Después ya no era sólo ese temor, sino que Julia no tenía tiempo para otra cosa que no fuera preparar venenos. Había improvisado un pequeñísimo laboratorio utilizando algunas cosas que se había encontrado en un cajón, y que sin duda su padre guardaba como recuerdo de sus años de farma­céutico, pues unos años antes de morir vendió la farmacia y sólo se dedicaba a atender unos cuantos enfermos. En ese laboratorio Julia pasaba todos sus ratos libres y algunas horas de la noche mezclando sus­tancias extrañas que, la mayoría de las veces, produ­cían emanaciones insoportables o gases que le irritaban los ojos y la garganta, ocasionándole accesos de tos y copioso lagrimeo... Así las cosas, Julia ya no tenía tiempo ni paz para sentarse a escuchar mú­sica con el señor De Luna. Se veían poco, si acaso una vez por semana y los domingos que iban a misa. Pero Julia sentía que aquel afecto era de tal solidez y firmeza que nada lo podía menoscabar. “Un senti­miento sereno y tranquilo, como una sonata de Bach; un entendimiento espiritual estrecho y profundo, lleno de pureza y alegría...” Así lo había Julia definido.

Y el señor De Luna pensaba igual que Julia respecto a la nobleza de sus relaciones, “tan raras y difíciles de encontrar, en un mundo enloquecido y lleno de perversión, en aquel desenfreno donde ya nadie tenía tiempo de pensar en su alma ni en su salvación, donde los hogares cristianos cada vez eran más escasos.. .“ y daba gracias diariamente por aque­lla bella dádiva que se le había otorgado y que tal vez él no merecía. Pero Carlos de Luna era un hom­bre en extremo piadoso, hijo y hermano ejemplar, contador honorable y muy competente. Pertenecía con gran orgullo a la Orden de Caballeros de Colón de cuya mesa directiva formaba parte. Ya hacía algunos años que debería haberse casado, pero él, responsa­ble en extremo, había querido esperar a tener la consistencia moral necesaria, así como cierta tranquili­dad económica que le permitiera sostener un hogar con todo lo necesario y seguir ayudando a sus ancia­nos padres. Había conocido a Julia desde tiempo atrás, después tuvo la suerte de trabajar en la misma oficina, lo cual facilitó la iniciación de aquella amistad que poco a poco se fue transformando en hondo afec­to. A últimas fechas, el señor De Luna se hallaba muy preocupado y confuso. Julia había cambiado notablemente, y él sospechaba que algo muy grave debía de ocurrirle. Se mostraba reservada, evitaba hablarle a solas. Empezó a sufrir en silencio aquel repentino y extraño cambio de Julia y a esperar que un día le abriera su corazón y se aclarara todo. Pero Julia cada día se alejaba más y cl señor De Luna empezó a notar que en la oficina se comentaba tam­bién el cambio de Julia. Después llegaron hasta él frases maliciosas y mal intencionadas que tuvieron la virtud, primero de producirle honda indignación y, después, de prender la duda y la desconfianza en su corazón. En este estado fue a consultar su caso con el Reverendo Padre Cuevas, que desde hacía mu­chos años era su confesor y gula espiritual y quien resolvía los pocos problemas que el buen hombre tenía. El Reverendo Padre le aconsejó que esperara un tiempo prudente para ver si Julia volvía a ser la de antes o, de lo contrario, se alejara de ella defini­tivamente, ya que a lo mejor ésa era una prueba palpable que daba Dios de que esa unión no convenía y estaba encaminada al fracaso y al desencanto, y po­día ser, tal vez, un grave peligro para la salvación de su alma.

 

La señorita Julia llegó una tarde, última que traba­jaba en la oficina, a pedirle a Carlos de Luna que la acompañara hasta su casa porque quería comunicarle algo importante. Éste la recibió con marcada frial­dad, de una manera casi hostil, como se puede ver algo que está produciendo daño o un peligro inme­diato y temido. Julia, más cohibida que de costum­bre por la actitud de Carlos, le relató en el camino que iba a dejar de trabajar por un tiempo porque necesitaba descanso. Carlos de Luna escuchaba sin hacer ningún comentario. Con sombrero y paraguas negros y su habitual traje oscuro tenía siempre un aire grave y taciturno, que ese día estaba más acen­tuado.

Julia lo invitó a pasar. Mientras hacía el café ex­perimentaba un gran bienestar. La sola presencia del señor De Luna le producía confianza y tranquili­dad. Se reprochó entonces haberlo visto tan poco durante ese último tiempo. Se reprochó también no ha­ber tenido el valor de confiarle su tragedia. Él la hubiera confortado y juntos habrían encontrado al­guna solución. Decidió entonces hablar con Carlos.

Los dos bebían el café, en silencio. De pronto Julia dijo:

—Carlos... yo quisiera decirle...

—Diga, Julia.

—¿No quisiera oír algo de música?

—Como usted guste.

Julia se levanto a poner unos discos, profunda­mente contrariada consigo misma. No se había atre­vido, no se atrevería nunca. Las palabras se habían negado a salir. Tal vez aquella actitud demasiado seca de Carlos la había contenido. Aquella mirada tan lejana cuando ella iba a empezar a contarle su tragedia. Cogió su tejido y se sentó. Entonces Carlos de Luna comenzó a hablar, más bien a balbucear: —Julia, yo quisiera proponerle.., más bien... yo he pensado... querida Julia... yo creo que lo me­jor... es decir, tomando en cuenta. .. Julia, por nues­tro bien y salud espiritual . . . lo más conveniente es dar por terminado... bueno, quiero decir no lle­var adelante nuestro proyecto de matrimonio...

Mientras el señor De Luna trataba de decir esto, se secó la frente con el pañuelo varias veces. Estaba tan pálido como un muerto y la voz se le quebraba constantemente. después, un poco más calmado, si­guió hablando “de la tremenda responsabilidad que cl matrimonio implicaba, de los numerosos deberes y las obligaciones de los cónyuges. . .

Julia estaba aún más pálida que él. El tejido habla caído de sus manos y la boca se le secó completamente. El dolor el desencanto la habían traspasado de tal manera que temía no poder decir ni una sola palabra. Haciendo un verdadero esfuerzo le aseguró que estaba de acuerdo con él, y que esa decisión, sin duda, era lo mejor para ambos.

 

La señorita Julia se sentía como una casa deshabitada y en ruinas; no encontraba sitio ni apoyo; se había quedado en el vacío; girando a ciegas en lo oscuro; quería dejarse ir, perderse en el sueño; olvidarlo todo. Dejó entonces de preparar venenos y de inventar trampas para las ratas. Tenía la convicción de que aquellos animales la perseguirían hasta el último día de su vida, y toda lucha contra ellos resultaría inútil. No fue más los domingos a comer con sus hermanas por no poder soportar el ruido que hacían los niños y menos aún jugar a las cartas. Tejía constantemente con manos temblorosas: de cuando en cuando se enjugaba una lágrima. Y solo interrumpía su labor para asear un poco la casa y prepararse algo de co­mida. A veces se quedaba, algún rato, dormida en el sillón, y esto era todo su descanso. Su hermana Mela iba todas las noches a acompañarla. Temían que algo le pasara, sí la dejaban sola; tal era su estado. Y Mela, cansada de las labores de su casa, caía rendida y se dormía profundamente. A veces la despertaban los pa­sos de Julia que iba y venía por toda la casa buscando las ratas, “aquellas ratas infernales que no la dejaban dormir.. .”

 

Julia tenía los ojos cerrados, pero estaba despierta y escuchaba los ruidos en la estancia.., en la esca­lera.., aquellas carreras.., saltos.., resbalones... después allí en su cuarto.., llegando hasta su cama... debajo de la cama. Abrió los ojos y se incorporó; algo de claridad penetraba por las viejas persianas de ma­dera. Escuchó como una estampida, una huida rápida, distinguió unas sombras alargadas y alcanzó a ver unos ojillos muy redondos, muy rojos y brillantes. Encendió la luz y saltó de la cama; ahora sí las en­cuentro... Después de algún rato de inútil búsqueda volvió a la cama tiritando de frío. Lloró sordamente. Se mesaba los cabellos con desesperación o se clavaba las uñas en las palmas de las manos produciéndose un daño que ya no sentía.

Aquella mañana la señorita Julia se levantó haciendo un gran esfuerzo. Dio algunos pasos tambaleante y se detuvo unos minutos frente al espejo para com­ponerse el cabello. El rostro que vio reflejado no podía ser más desastroso. Abrió el closet para buscar algo que ponerse y.. ¡allí estaban!... Julia se preci­pitó sobre ellas y las aprisionó furiosamente. ¡Por fin las había descubierto!... ¡las malditas, las maldi­tas, eran ellas!. . . con sus ojillos rojos y brillantes... eran ellas las que no la dejaban dormir y la estaban matando poco a poco.., pero las había descubierto y ahora estaban a su merced.., no volverían a correr por las noches ni a hacer ruido.., estaba salvada... volvería a dormir... volvería a ser feliz.., allí las tenía fuertemente cogidas.. . se las enseñaría a todo el mundo... a los de la oficina.., a Carlos de Luna... a sus hermanas... todos se arrepentirían de haber pensado mal.., se disculparían... olvidaría todo... ¡malditas, malditas!... ¡qué daño tan grande le habían hecho!... pero allí estaban... en sus ma­nos... reía a carcajadas... las apretaba más... ca­minaba de un lado a otro del cuarto... estaba tan feliz de haberlas descubierto... ya había perdido toda esperanza... reía estrepitosamente... ahora es­taban en su poder... ya no le harían daño nunca más... hablaba y reía... lloraba de gusto y de emo­ción... gritaba... gritaba... ¡que suerte haberlas descubierto, qué suerte!... risa y llanto, gritos, carca­jadas... con aquellos ojillos rojos y brillantes... gri­taba... gritaba... gritaba...

Cuando Mela llegó, restregándose los ojos y boste­zando, encontró a Julia apretando furiosamente su hermosa estola de martas cebellinas.

 

G


Guadalupe Dueñas

LAS RATAS

 

—¿Hace tiempo que trabaja usted como bolero?

—pregunto distraída al tipo que da vertiginoso lustre a mis zapatos.

Responde una voz venida de un cántaro:

—¡ Oh, no! Llevo apenas dos años. Durante veinte fui velador en el Panteón de Dolores, era yo quien copiaba las actas de defunción. Aquí donde usted me ve, cursé la Secundaria y ten­go muy buena letra.

¡ Veinte años!... miro al hombrecillo de edad tan indefinible. A golpe de vista era un mu­chacho.

Flaco, lampiño y borroso. Con un ojo enco­gido bordeado de azul que guiña sin su voluntad; la pupila triste naufraga en un caldo sanguino­lento que le rebasa el párpado. El ojo izquierdo es diferente; puede pensarse que pertenece a otro dueño. Su labio superior cae lo mismo que el volante de una blusa vieja. El cráneo, dividido por una vena oscura que baja rodeándole la cara, parece un bulto sujeto con un cable.

Despide vaho de orines de caballo y un per­sistente olor a niebla que inquieta a los propios árboles.

Las manos pequeñas recuerdan el vientre de las iguanas. Seguramente no existe quien desee la caricia de esas manos.

Pero esta cosa habla, y lo que dice es mas desagradable aún que la cara que tiene que lle­var por el mundo.

—No crea usted, vigilar un panteón resulta difícil. Pero no piense que molestan los muer­tos, ésos ni resuellan. Si por ellos fuera, se lo pasaría uno muy aburrido. No; lo interesante son las ratas. Las hay por millonadas. Mire, es algo emocionante, sobre todo cuando llega un muertito. ¡Qué animales más inteligentes! Adi­vinan la hora exacta de la llegada de un cuerpo. Verá usted: inmediatamente que se cierra una fosa corre un rumor como si granizara; puede distinguirse que se atropellan en los laberintos subterráneos; como potros, se desbocan en el viaje despavorido para asistir al banquete que pregona la fetidez del aire. Vienen de todas par­tes, igual que la gente de las rancherías cuando sabe que algún compadre ha matado puerco. Pue­de oírse cómo pelean las hambrientas para de­fender su porción de carne manida. Crujen en ruido sordo las entrañas que desgarran sus col­millos. En unos cuantos minutos se hartan, pero se renueva la manada infinita que pule los hue­sos igual que una máquina. Aunque usted no lo vea, se da cuenta de que el esqueleto se desinte­gra, de que las ratas juegan con las canillas bri­llantes. Revuelven los huesos y el irreconstruible rompecabezas se dispersa trágico como un pu­ñado de piedras. En los hocicos arrastran des­pojos de pelo, tiras de pellejo, residuos de tripas que vomitan empalagadas.

Los animales pesados y lentos hacen su paseo al sol. Sus vientres hinchados, como las bolsas de lona rellenas de pesos, esperan digerir la po­dredumbre.

Estas ratas carecen de miedo; indiferentes, se tienden boca arriba infladas de cáncer. Algu­na vez se nos ocurrió extinguirlas a palos o a pedradas, pero reventaban como si todas las cloa­cas del mundo se vaciaran de pronto en el jardín.

Pasean por su imperio dueñas de la muerte; calvas y malignas se burlan de los hombres con­denados a servir de pasto para su hambre eterna. Sus infernales pupilas resbalan familiarmente sobre los enterradores que duermen. Ríen de los seres que ceban su cuerpo, su piel y su sangre y que no podrán salvarse del estuche macabro de trompas afiladas y colas repugnantes.

Doy una moneda al hombrecillo y procuro que mis dedos no toquen su mano. Lo veo ale­jarse. Su estatura no es mayor que cuando sen­tado lustraba mis zapatos, como sí no tuviera muslos y las rodillas fueran pegadas a la caja del cuerpo; arrastrando los pies camina igual que un mono de cuerda.

Miro mis manos, mis manos perfumadas, la piel que cuido y que también será devorada, re­partida en sus lívidas panzas manchadas de jio­te; yo que me amo tanto y que evité el contacto del pobre bolero...

G


Carlos Fuentes

La muñeca reina

I

Vine porque aquella tarjeta, tan curiosa, me hizo recordar su existencia. La encontré en un libro olvidado cuyas páginas habían reprodu­cido un espectro de la caligrafía infantil. Estaba acomodando, después de mucho tiempo de no ha­cerlo, mis libros. Iba de sorpresa en sorpresa, pues algunos, colocados en las estanterías más altas, no fueron leídos durante mucho tiempo. Tanto, que el filo de las hojas se había granulado, de manera que sobre mis palmas abiertas cayó una mezcla de polvo de oro y escama grisácea, evocadora del bar­niz que cubre ciertos cuerpos entrevistos primero en los sueños y después en la decepcionante reali­dad de la primera función de ballet a la que somos conducidos. Era un libro de mi infancia —acaso de la de muchos niños— y relataba una serie de his­torias ejemplares más o menos truculentas que po­seían la virtud de arrojarnos sobre las rodillas de. nuestros mayores para preguntarles, una y otra vez, ¿por qué? Los hijos que son desagradecidos con sus padres, las mozas que son raptadas por caballeran­gos y regresan avergonzadas a la casa, así como las que de buen grado abandonan el hogar, los viejos que a cambio de una hipoteca vencida exigen la mano de la muchacha más dulce y adolorida de la familia amenazada, ¿por qué? No recuerdo las respuestas. Sólo sé que de entre las páginas man­chadas cayó, revoloteando, una tarjeta blanca con la letra atroz de Amilamia: Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divu jo.

Y detrás estaba ese plano de un sendero que partía de la X que debía indicar, sin duda, la banca del parque donde yo, adolescente rebelde a la educación prescrita y tediosa, me olvidaba de los horarios de clase y pasaba varias horas leyendo libros que, si no fueron escritos por mí, me lo parecían: ¿cómo iba a dudar que sólo de mi ima­ginación podían surgir todos esos corsarios, todos esos correos del zar, todos esos muchachos, un poco más jóvenes que yo, que bogaban el día entero sobre una barcaza a lo largo de los grandes ríos americanos? Prendido al brazo de la banca como a un arzón milagroso, al principio no escuché los pasos ligeros que, después de correr sobre la grava del jardín, se detenían a mis espaldas. Era Ami­lamia y no supe cuánto tiempo me habría acom­pañado en silencio si su espíritu travieso, cierta tarde, no hubiese optado por hacerme cosquillas en la oreja con los vilanos de un amargón que la niña soplaba hacia mí con los labios hinchados y el ceño fruncido.

Preguntó mi nombre y después de considerarlo con el rostro muy serio, me dijo el suyo con una sonrisa, si no cándida, tampoco demasiado ensa­yada. Pronto me di cuenta que Amilamia había en­contrado, por así decirlo, un punto intermedio de expresión entre la ingenuidad de sus años y las formas de mímica adulta que los niños bien edu­cados deben conocer, sobre todo para los momen­tos solemnes de la presentación y la despedida. La gravedad de Amilamia, más bien, era un don de su naturaleza, al grado de que sus momentos de espontaneidad, en contraste, parecían aprendidos. Quiero recordarla, una tarde y otra, en una suce­sión de imágenes fijas que acaban por sumar a Amilamia entera. Y no deja de sorprenderme que no pueda pensar en ella como realmente fue, o como en verdad se movía, ligera, interrogante, mi­rando de un lado a otro sin cesar. Debo recordarla detenida para siempre, como en un álbum. Amilamia a lo lejos, un punto en el lugar donde la loma caía, desde un lago de tréboles, hacia el prado llano donde yo leía sentado sobre la banca: un punto de sombra y sol fluyentes y una mano que me saludaba desde allá arriba. Amilamia detenida en su carrera loma abajo, Con la falda blanca es­ponjada y los calzones de florecillas apretados con ligas alrededor de los muslos, con la boca abierta y los ojos entrecerrados porque la carrera agitaba el aire y la niña lloraba de gusto. Amilamia sen­tada bajo los eucaliptos, fingiendo un llanto para que yo me acercara a ella. Amilamia boca abajo con una flor entre las manos: los pétalos de un amento que, descubrí más tarde, no crecía en este jardín, sino en otra parte, quizás en el jardín de la casa de Amilamia, pues la única bolsa de su delantal de cuadros azules venía a menudo llena de esas flores blancas. Amilamia viéndome leer, detenida con ambas manos a los barrotes de la banca verde, inquiriendo con los ojos grises: recuer­do que nunca me pregunto qué cosa leía, como si pudiese adivinar en mis ojos las imágenes nacidas de las páginas. Amilamia riendo con placer cuando yo la levantaba del talle y la hacía girar sobre mi cabeza y ella parecía descubrir otra pers­pectiva del mundo en ese vuelo lento. Amilamia dándome la espalda y despidiéndose con el brazo en alto y los dedos alborotados. Y Amilamia en las mil posturas que adoptaba alrededor de mi ban­ca: colgada de- cabeza, con las piernas al aire y los calzones abombados; sentada sobre la grava, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en el mentón; recostada sobre el pasto, exhibiendo el om­bligo al sol; tejiendo ramas de los árboles, dibu­jando animales en el lodo con una vara, lamiendo los barrotes de la banca, escondida bajo el asiento, quebrando sin hablar las cortezas sueltas de los troncos añosos, mirando fijamente el horizonte más allá de la colina, canturreando con los ojos cerra­dos, imitando las voces de pájaros, perros, gatos, gallinas, caballos. Todo para mí, y sin embargo, nada. Era su manera de estar conmigo, todo esto que recuerdo, pero también su manera de estar a solas en el parque. Sí; quizás la recuerdo frag­mentariamente porque mi lectura alternaba con la contemplación de la niña mofletuda, de cabello liso y cambiante con los reflejos de la luz: ora pa­jizo, ora de un castaño quemado. Y sólo hoy pienso que Amilamia, en ese momento, establecía el otro punto de apoyo para mi vida, el que creaba la tensión entre mi propia infancia irresuelta y el mundo abierto, la tierra prometida que empezaba a ser mía en la lectura.

Entonces no. Entonces soñaba con las mujeres de mis libros, con las hembras —la palabra me trastornaba— que asumían el disfraz de la Reina para comprar el collar en secreto, con las inven­ciones mitológicas —mitad seres reconocibles, mi­tad salamandras de pechos blancos y vientres hú­medos— que esperaban a los monarcas en sus lechos. Y así, imperceptiblemente, pasé de la indi­ferencia hacia mi compañía infantil a una acepta­ción de la gracia y gravedad de la niña, y de allí a un rechazo impensado de esa presencia inútil. Acabó por irritarme, a muí que ya tenía catorce años, esa niña de siete que no era, aún, la memoria y su nostalgia, sino el pasado y su actualidad. Me había dejado arrastrar por una flaqueza. Juntos habíamos corrido, tomados de la mano, por el prado. Juntos habíamos sacudido los pinos y reco­gido las piñas que Amilamia guardaba con celo en la bolsa del delantal. Juntos habíamos fabricado barcos de papel para seguirlos, alborozados, al bor­de de la acequia. Y esa tarde, cuando juntos roda­mos por la colina, en medio de gritos de alegría, y al pie de ella caímos juntos, Amilamia sobre mi pecho, yo con el cabello de la niña en mis labios, y sentí su jadeo en mi oreja y sus bracitos pegajo­sos de dulce alrededor de mi cuello, le retiré con enojo los brazos y la dejé caer. Amilamia lloró, acariciándose la rodilla y el codo heridos, y yo re­gresé a mi banca. Luego Amilamia se fue y al día siguiente regresó, me entregó el papel sin decir palabra y se perdió, canturreando, en el bosque. Dudé entre rasgar la tarjeta o guardarla en las pá­ginas del libro. Las tardes de la granja. Hasta mis lecturas se estaban infantilizando al lado de Amilamia. Ella no regresó al parque. Yo, a los pocos días, salí de vacaciones y después regresé a los debe­res del primer año de bachillerato. Nunca la volví a ver.

 

II

 

Y ahora, casi rechazando la imagen que es desa­costumbrada sin ser fantástica y por ser real es más dolorosa, regreso a ese parque olvidado y, de­tenido ante la alameda de pinos y eucaliptos, me doy cuenta de la pequeñez del recinto boscoso, que mi recuerdo se ha empeñado en dibujar con una amplitud que pudiera dar cabida al oleaje de la imaginación. Pues aquí habían nacido, hablado y muerto Strogoff y Huckleberry, Milady de Win­ter y Genoveva de Brabante: en un pequeño jar­dín rodeado de rejas mohosas, plantado dle escasos árboles viejos y descuidados, adornado apenas con una banca de cemento que imita la madera y que me obliga a pensar que mi hermosa banca de hie­rro forjado, pintada de verde, nunca existió o era parte de mi ordenado delirio retrospectivo. Y la colina... ¿Cómo pude creer que era. eso, el pro­montorio que Amilamia bajaba y subía durante sus diarios paseos, la ladera empinada por donde rodábamos juntos? Apenas una elevación de zacate pardo sin más relieve que el que mm memoria se empeñaba en darle.

Me buscas aquí corno te lo divujo. Entonces ha­bría que cruzar el jardín, dejar atrás el bosque, descender en tres zancadas la elevación, atravesar ese breve campo de avellanos —era aquí, segura­mente, donde la niña recogía los pétalos blancos—, abrir la reja rechinante del parque y súbitamente recordar, saber, encontrarse en la calle, darse cuen­ta de que todas aquellas tardes de la adolescencia, como por milagro, habían logrado suspender los latidos de la ciudad circundante, anular esa marea de pitazos, campanadas, voces, llantos, motores, ra­dios, imprecaciones: ¿cuál era el verdadero imán: el jardín silencioso o la ciudad febril? Espero el cambio de luces y paso a la otra acera sin dejar de mirar el iris rojo que detiene el tránsito. Consulto el papelito de Amilamia. Al fin y al cabo, ese plano rudimentario es el verdadero imán del momento que vivo, y sólo pensarlo me sobresalta. Mi vida, después de las tardes perdidas de los catorce años, se vio obligada a tomar los cauces de la disciplina y ahora, a los veintinueve, debidamente diploma­do, dueño de un despacho, asegurado de un ingreso módico, soltero aún, sin familia que mantener, ligeramente aburrido de acostarme con secretarias, apenas excitado por alguna salida eventual al cam­po o a la playa, carecía de una atracción central como las que antes me ofrecieron mis libros, mí parque y Amilamia. Recorro la calle de este subur­bio chato y gris. Las casas de un piso se suceden monótonamente, con sus largas ventanas enrejadas y sus portones de pintura descascarada. Apenas el rumor de ciertos oficios rompe la uniformidad del conjunto. El chirreo de un afilador aquí, el mar­tilleo de un zapatero allá. En las cerradas laterales, juegan los niños del barrio. La música de un orga­nillo llega a mis oídos, mezclada con las voces de las rondas. Me detengo un instante a verlos, con la sensación, también fugaz, de que entre esos gru­pos de tilos estaría Amilamia, mostrando impú­dicamente sus calzones floreados, colgada de las piernas desde un balcón, afecta siempre a sus extra­vagancias acrobáticas, con la bolsa del delantal lle­na de pétalos blancos. Sonrío y por vez primera quiero imaginar a la señorita de veintidós años que, si aún vive en la dirección apuntada, se reirá de mis recuerdos o acaso habrá olvidado las tardes pasadas en el jardín.

La casa es idéntica a las demás. El portón, dos ventanas enrejadas, con los batientes cerrados. Un solo piso, coronado por un falso barandal neoclá­sico que debe ocultar los menesteres de la azotea: la ropa tendida, los tinacos de agua, el cuarto (‘le criados, el corral. Antes de tocar el timbre, quiero desprenderme de cualquier ilusión. Amilamia ya no vive aquí. ¿Por qué iba a permanecer quince años en la misma casa? Además, pese a su indepen­dencia y soledad prematuras, parecía una niña bien educada, bien arreglada, y este barrio ya no es elegante; los padres de Amilamia, sin duda, se han mudado. Pero quizás los nuevos inquilinos saben a dónde.

Aprieto el timbre y espero. Vuelvo a tocar. Ésa es otra contingencia: que nadie esté en casa. Y yo, ¿sentiré otra vez la necesidad de buscar a mi ami­guita? No, porque ya no será posible abrir un libro de la adolescencia y encontrar, al azar, la tarjeta de Amilamia. Regresaría a la rutina, olvidaría el momento que sólo importaba por su sorpresa fugaz.

Vuelvo a tocar. Acerco la oreja al portón y me siento sorprendido: una respiración ronca y entre­cortada se deja escuchar del otro lado; el soplido trabajoso, acompañado por un olor desagradable a tabaco rancio, se filtra por los tablones resque­brajados del zaguán.

—Buenas tardes. ¿Podría decirme...?

Al escuchar mi voz, la persona se retira con pasos pesados e inseguros. Aprieto de nuevo el timbre, esta vez gritando:

—¡Oiga! ¡Ábrame! ¿Qué le pasa? ¿No me oye?

No obtengo respuesta. Continúo tocando el tim­bre, sin resultados. Me retiro del portón, sin alejar la mirada de las mínimas rendijas, como si la dis­tancia pudiese darme perspectiva e incluso pene­tración. Con toda la atención fija en esa puerta condenada, atravieso la calle caminando hacia atrás; un grito agudo me salva a tiempo, seguido de un pitazo prolongado y feroz, mientras yo, atur­dido, busco a la persona cuya voz acaba de sal­varme, sólo veo el automóvil que se aleja por la calle y me abrazo a un poste de luz, a un asidero que, más que seguridad, me ofrece un punto de apoyo para el paso súbito de la sangre helada a la piel ardiente, sudorosa. Miro hacia la casa que fue, era, debía ser la de Amilamia. Allá, detrás de la balaustrada, como lo sabía, se agita la ropa ten­dida. No sé qué es lo demás: camisones, pijamas, blusas, no sé; yo veo ese pequeño delantal de cua­dros azules, tieso, prendido con pinzas al largo cor­del que se mece entre una barra de fierro y un clavo del muro blanco de la azotea.

 

III

 

En el Registro de la Propiedad me han dicho que ese terreno está a nombre de un señor R. Val­divia, que alquila la casa. ¿A quién? Eso no lo saben. ¿Quién es Valdivia? Ha declarado ser co­merciante. ¿Dónde vive? ¿Quién es usted?, me ha preguntado la señorita con una curiosidad altane­ra. No he sabido presentarme calmado y seguro. El sueño no me alivió de la fatiga nerviosa. Val­divia. Salgo del Registro y el sol me ofende. Asocio la repugnancia que me provoca el sol brumoso ~ tamizado por las nubes bajas —y por ello más intenso— con el deseo de regresar al parque sombreado y húmedo. No, no es más que el deseo de saber si Amilamia vive en esa casa y por qué se me niega la entrada. Pero lo que debo rechazar, cuanto antes, es la idea absurda que no me permitió cerrar los ojos durante la noche. Haber visto el de­lantal secándose en la azotea, el mismo en cuya bolsa guardaba las flores, y creer por ello que en esa casa vivía una niña de siete años que yo habla conocido catorce o quince antes... Tendría una hi­jita. Sí. Amilamia, a los veintidós años, era madre  de una niña que quizás se vestía igual, se parecía a ella, repetía los mismos juegos, ¿quién sabe?, iba al mismo parque. Y cavilando llego de nuevo hasta el portón de la casa. Toco el timbre y espero el resuello agudo del otro lado de la puerta. Me he equivocado. Abre la puerta una mujer que no tendrá más de cincuenta años. Pero envuelta en un chal, vestida de negro y con zapatos de tacón bajo, sin maquillaje, con el pelo estirado hasta la nuca, entrecano, parece haber abandonado toda ilu­sión o pretexto de juventud y me observa con ojos casi crueles de tan indiferentes.

—¿Deseaba?

—Me envía el señor Valdivia. —Toso y me paso una mano por el pelo. Debí recoger mi cartapacio en la oficina. Me doy cuenta de que sin él no inter­pretaré bien mi papel.

—¿Valdivia? —La mujer me interroga sin alar­ma; sin interés.

—Sí. El dueño de la casa.

Una cosa es clara: la mujer no delatará nada en el rostro. Me mira impávida.

—Ah sí. El dueño de la casa.

—¿Me permite?...

Creo que en las malas comedias el agente viajero adelanta un pie para impedir que le cierren la puerta en las narices. Yo lo hago, pero la señora se aparta y con un gesto de la mano me invita a pasar a lo que debió ser una cochera. Al lado hay una puerta de cristal y madera despintada. Camino hacía ella, sobre los azulejos amarillos del patio de entrada, y vuelvo a preguntar, dando la cara a la señora que me sigue con paso menudo:

—¿Por aquí?

La señora asiente y por primera vez observo que entre sus manos blancas lleva una camándula con la que juguetea sin cesar. No he vuelto a ver esos viejos rosarios desde mi infancia y quiero comentarlo, pero la manera brusca y decidida con que la señora abre la puerta me impide la conver­sación gratuita. Entramos a un aposento largo y estrecho. La señora se apresura a abrir los batien­tes, pero la estancia sigue ensombrecida por cuatro plantas perennes que crecen en los macetones de porcelana y vidrio incrustado. Sólo hay en la sala un viejo sofá de alto respaldo enrejado de bejuco y una mecedora. Pero no son los escasos muebles o las plantas lo que llama mi atención. La señora me invita a tomar asiento en el sofá antes de que ella lo haga en la mecedora.

A mi lado, sobre el bejuco, hay una revista abierta.

—El señor Valdivia se excusa de no haber venido personalmente.

La señora se mece sin pestañear. Miro de reojo esa revista de cartones cómicos.

—La manda saludar y...

Me detengo, esperando una reacción de la mu­jer. Ella continúa meciéndose. La revista está ga­rabateada con un lápiz rojo.

—...y me pide informarle que piensa molestarla durante unos cuantos días...

Mis ojos buscan rápidamente.

—... Debe hacerse un nuevo avalúo de la casa para el catastro. Parece que no se hace desde... ¿Ustedes llevan viviendo aquí...?

Sí; ese lápiz labial romo está tirado debajo del asiento. Y si la señora sonríe lo hace con las manos lentas que acarician la camándula: allí siento, por un instante, una burla veloz que no alcanza a turbar sus facciones. Tampoco esta vez me contesta.

—...¿por lo menos quince años, no es cierto...

No afirma. No niega. Y en sus labios pálidos y delgados no hay la menor señal de pintura...

—... ¿usted, su marido y...?

Me mira fijamente, sin variar de expresión, casi retándome a que continúe. Permanecemos un ins­tante en silencio, ella jugueteando con el rosario, yo inclinado hacia adelante, con las manos sobre las rodillas. Me levanto.

—Entonces, regresaré esta misma tarde con mis papeles...

La señora asiente mientras, en silencio, recoge el lápiz labial, toma la revista de caricaturas y los esconde entre los pliegues del chal.

 

IV

 

La escena no ha cambiado. Esta tarde, mientras yo apunto cifras imaginarias en un cuaderno y finjo interés en establecer la calidad de las tablas opacas del piso y la extensión de la estancia, la señora se mece y roza con las yemas de los dedos los tres dieces del rosario. Suspiro al terminar el supuesto inventario de la sala y le pido que pase­mos a otros lugares de la casa. La señora se incor­pora, apoyando los brazos largos y negros sobre el asiento de la mecedora y ajustándose el chal a las espaldas estrechas y huesudas.

Abre la puerta de vidrio opaco y entramos a un comedor apenas más amueblado. Pero la mesa con patas de tubo, acompañada de cuatro sillas de níquel y hulespuma, ni siquiera poseen el ba­rrunto de distinción de los muebles de la sala. La otra ventana enrejada, con los batientes cerra­dos, debe iluminar en ciertos momentos este come­dor de paredes desnudas, sin cómodas ni repisas. Sobre la mesa sólo hay un frutero de plástico con un racimo de uvas negras, dos melocotones y una corona zumbante de moscas. La señora, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo, se detiene detrás de mí. Me atrevo a romper el orden: es evidente que las estancias comunes de la casa nada une dirán sobre lo que deseo saber.

—¿No podríamos subir a la azotea? —pregunto—. Creo que es la mejor manera de cubrir la super­ficie total.

La señora me mira con un destello fino y con­trastado, quizás, con la penumbra del comedor.

—¿Para qué? —dice, por fin—. La extensión la sabe bien el señor... Valdivia...

Y esas pausas, una antes y otra después del nombre del propietario, son los primeros indicios de que algo, al cabo, turba a la señora y la obliga, en defensa, a recurrir a cierta ironía.

---No sé —hago un esfuerzo por sonreír—. Quizás prefiero ir de arriba hacia abajo y no... —mi falsa sonrisa se va derritiendo—... de abajo hacia arriba.

—Usted seguirá mis indicaciones —dice la señora con los brazos cruzados sobre el regazo y la cruz de plata sobre el vientre oscuro.

Antes de sonreír débilmente, me obligo a pensar que en la penumbra mis gestos son inútiles, ni siquiera simbólicos. Abro con un crujido de la pasta el cuaderno y sigo anotando con la mayor velocidad posible, sin apartar la mirada, los números y apreciaciones de esta tarea cuya ficción —me lo dice el ligero rubor de las mejillas, la definida sequedad de la lengua— no engaña a nadie. Y al llenar la página cuadriculada de signos absurdos, de raíces cuadradas y fórmulas algebraicas, me pre­gunto qué cosa me impide ir al grano, preguntar por Amilamia y salir de aquí con una respuesta satisfactoria. Nada. Y sin embargo, tengo la cer­teza de que por ese camino, si bien obtendría una respuesta, no sabría la verdad. Mi delgada y silen­ciosa acompañante tiene una silueta que en la calle no me detendría a contemplar, pero que en esta casa de mobiliario ramplón y habitantes au­sentes, deja de ser un rostro anónimo de la ciudad para convertirse en un lugar común del misterio. Tal es la paradoja, y si las memorias de Amilamia han despertado otra vez mi apetito de imaginación, seguiré las reglas del juego, agotaré las apariencias y no reposaré hasta encontrar la respuesta —quizás simple y clara, inmediata y evidente— a través de los inesperados velos que la señora del rosario tiende en mi camino. ¿Le otorgo a mi anfitriona renuente una extrañeza gratuita? Sí es así, sólo go­zaré más en los laberintos de mi invención. Y las moscas zumban alrededor del frutero, pero se po­san sobre ese punto herido del melocotón, ese tro­zo mordisqueado —me acerco con el pretexto de mis notas— por unos dientecillos que han dejado su huella en la piel aterciopelada y la carne ocre de la fruta. No miro hacia donde está la señora. Finjo que sigo anotando. La fruta parece mordida pero no tocada. Me agacho para verla mejor, apo­yo las manos sobre la mesa, adelanto los labios corno si quisiera repetir el acto de morder sin tocar. Bajo los ojos y veo otra huella cerca de mis pies: la de dos llantas que me parecen de bicicleta, dos tiras de goma impresas sobre el piso de made­ra despintada que llegan hasta el filo de la mesa y luego se retiran, cada vez más débiles, a lo largo del piso, hacia donde está la señora...

Cierro mi libro de notas.

—Continuemos, señora.

Al darle la cara, la encuentro de pie con las ma­nos sobre el respaldo de una silla. Delante de ella, sentado, tose el humo de su cigarrillo negro un hombre de espaldas cargadas y mirar invisible: los ojos están escondidos por esos párpados arru­gados, hinchados, gruesos y colgantes, similares a un cuello de tortuga vieja, que no obstante pare­cen seguir mis movimientos. Las mejillas mal afei­tadas, hendidas por mil surcos grises, cuelgan de los pómulos salientes y las manos verdosas están escondidas entre las axilas: viste una camisa burda, azul, y su pelo revuelto semeja, por lo rizado, un fondo de barco cubierto de caramujos. No se mue­ve y el signo real de su existencia es ese jadeo difícil (como si la respiración debiera vencer los obstáculos de una y otra compuerta de flema, irri­tación, desgaste) que ya había escuchado entre los resquicios del zaguán.

Ridículamente, murmuró: —Buenas tardes... —y me dispongo a olvidarlo todo: el misterio, Amilamia, el avalúo, las pistas. La aparición de este lobo asmático justifica una pronta huida. Repito “Buenas tardes”, ahora en son de despedida. La máscara de la tortuga se desbarata en una sonrisa atroz: cada poro de esa carne parece fabricado de goma quebradiza, de hule pintado y podrido. El brazo se alarga y me detiene.

—Valdivia murió hace cuatro años —dice el hom­bre con esa voz sofocada, lejana, situada en las entrañas y no en la laringe: una voz tipluda y débil.

Arrestado por esa garra fuerte, casi dolorosa, me digo que es inútil fingir. Los rostros de cera y caucho que me observan nada dicen y por eso puedo, a pesar de todo, fingir por última vez, in­ventar que me hablo a mí mismo cuando digo:

  —Amilamia..

Sí: nadie habrá de fingir más. El puño que aprieta mi brazo afirma su fuerza sólo por un ins­tante, en seguida afloja y al fin cae, débil y tem­bloroso, antes de levantarse y tomar la mano de cera que le tocaba el hombro: la señora, perpleja por primera vez, me mira con los ojos de un ave violada y llora con un gemido seco que no logra descomponer el azoro rígido de sus facciones. Los ogros de mi invención, súbitamente, son dos viejos solitarios, abandonados, heridos, que apenas pue­den confortarse al unir sus manos con un estreme­cimiento que me llena de vergüenza. La fantasía me trajo hasta este comedor desnudo para violar la intimidad y el secreto de dos seres expulsados de la vida por algo que yo no tenía el derecho de compartir. Nunca me he despreciado tanto. Nunca me han faltado las palabras de manera tan burda. Cualquier gesto es vano: ¿voy a acercarme, voy a tocarlos, voy a acariciar la cabeza de la señora, voy a pedir excusas por mi intromisión? Me guardo el libro de notas en la bolsa del saco. Arrojo al olvido todas las pistas de mi historia policial: la revista de dibujos, el lápiz labial, la fruta mor­dida, las huellas de la bicicleta, el delantal de cuadros azules.. . Decido salir de esta casa sin decir nada. El viejo, detrás de los párpados gruesos, ha debido fijarse en mí. El resuello tipludo me dice:

—¿Usted la conoció?

Ese pasado tan natural, que ellos deben usar a diario, acaba por destruir mis ilusiones. Allí está la respuesta. Usted la conoció. ¿Cuántos años? ¿Cuántos años habrá vivido el mundo sin Amilamia, asesinada primero por mi olvido, resucitada, apenas ayer, por una triste memoria impotente? ¿Cuándo dejaron esos ojos grises y serios de asom­brarse con el deleite de un jardín siempre solita­rio? ¿Cuándo esos labios de hacer pucheros o de adelgazarse en aquella seriedad ceremoniosa con la que, ahora me doy cuenta, Amilamia descubría y consagraba las cosas de una vida que, acaso, intuía fugaz?

—Sí, jugamos juntos en el parque. Hace mucho.

—¿Qué edad tenía ella? —dice, con la voz aún más apagada, el viejo.

—Tendría siete años. Si, no más de siete.

La voz de la mujer se levanta, junto con los brazos que parecen implorar:

—¿Cómo era, señor? Díganos cómo era, por fa­vor...

Cierro los ojos. —Amilamia también es mi re­cuerdo. Sólo podría compararla a las cosas que ella tocaba, traía y descubría en el parque. Sí. Ahora la veo, bajando por la loma. No, no es cierto que sea apenas una elevación de zacate. Era una colina de hierba y Amilamia había trazado un sendero con sus idas y venidas y me saludaba desde lo alto antes de bajar, acompañada por la música, sí, la música de mis ojos, las pinturas de mi olfato, los sabores de mi oído, los olores de mi tacto... mi alucinación... ¿me escuchan?... bajaba saludando, vestida de blanco, con un delantal de cuadros azu­les.., el que ustedes tienen tendido en la azotea...

Toman mis brazos y no abro los ojos.

—¿Cómo era, señor?

—Tenía los ojos grises y el color del pelo le cambiaba con los reflejos del sol y la sombra de los árboles...

Me conducen suavemente, los dos; escucho el resuello del hombre, el golpe de la cruz del rosario contra el cuerpo de la mujer..

—Díganos, por favor...

—El aire la hacía llorar cuando corría; llegaba hasta mi banca con las mejillas plateadas por un llanto alegre.

No abro los ojos. Ahora subimos. Dos, cinco, ocho, nueve, doce peldaños. Cuatro manos guían mi cuerpo.

—¿Cómo era, cómo era?

—Se sentaba bajo los eucaliptos y hacía trenzas con las ranias y fingía el llanto para que yo dejara mi lectura y me acercara a ella...

Los goznes rechinan. El olor lo mata todo: dis­persa los demás sentidos, toma asiento como un mogol amarillo en el trono de mi alucinación, pesado como un cofre, insinuante como el crujir de una seda drapeada, ornamentado como un cetro turco, opaco como una yeta honda y perdida, bri­llante como una estrella muerta. Las manos me sueltan. Más que el llanto, es el temblor de los viejos lo que me rodea. Abro lentamente los ojos: dejo que el mareo líquido de mi córnea primero, en seguida la red de mis pestañas, descubran el aposento sofocado por esa enorme batalla de per­fumes, de vahos y escarchas de pétalos casi encar­nados, tal es la presencia de las flores que aquí, sin duda, poseen una piel viviente: dulzura del jaramago, náusea del ásaro, tumba del nardo, templo de la gardenia: la pequeña recámara sin ven­tanas, iluminada por las uñas incandescentes de los pesados cirios chisporroteantes, introduce su rastro de cera y flores húmedas hasta el centro del plexo y sólo de allí, del sol de la vida, es posi­ble revivir para contemplar, detrás de los cirios y entre las flores dispersas, el cúmulo de juguetes usados, los aros de colores y los globos arrugados, sin aire, viejas ciruelas transparentes; los caballos de madera con las crines destrozadas, los patines del diablo, las muñecas despelucadas y ciegas, los ojos vaciados de serrín, los palos de hule perforado, los perros devorados por la polilla, las cuerdas de saltar roídas, los jarrones de vidrio repletos de dulces secos, los zapatitos gastados, el triciclo —¿tres ruedas?; no; dos; y no de bicicleta; dos ruedas paralelas, abajo—, los zapatitos de cuero y estam­bre; y al frente, al alcance de mi mano, el pequeño féretro levantado sobre cajones azules decorados con flores de papel, esta vez flores de la vida, cla­veles y girasoles, amapolas y tulipanes, pero como aquéllas, las de la muerte, parte de un asativo que cocía  todos los elementos de este invernadero funeral en el que reposa, dentro del féretro plateado entre las sábanas de seda negra y junto al acolchado de raso blanco, ese rostro inmóvil y sereno, enmarcado por una cofia de encaje, dibujado con tintes de color de rosa: cejas que el más leve pincel trazó, párpados cerrados, pestañas reales, gruesas, que arrojan una sombra tenue sobre las mejillas tan saludables como en los días del parque. Labios serios, rojos, casi en el puchero de Amilamia cuando fingía un enojo para que yo me acercara a jugar. Manos unidas sobre el pecho. Una camán­dula, idéntica a la de la madre, estrangulando ese cuello de pasta. Mortaja blanca y pequeña del  cuerpo impúber, limpio, dócil.

Los viejos se han hincado, sollozando.

Yo alargo la mano y rozo con los dedos el rostro de porcelana de mi amiga. Siento el frío de esas facciones dibujadas, de la muñeca-reina que pre­side los fastos de esta cámara real de la muerte. Porcelana, pasta y algodón. Arnilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divu jo.

Aparto los dedos del falso cadáver. Mis huellas digitales quedan sobre la tez de la muñeca. Y la náusea se insinúa en mi estómago, depósito del humo de los cirios y la peste del ásaro en el cuarto encerrado. Doy la espalda al túmulo de Amilamia. La mano de la señora toca mi brazo. Sus ojos desorbitados no hacen temblar la voz apa­gada:

—No vuelva, señor. Si de veras la quiso, no vuelva más.

Toco la mano de la madre de Amilamia, veo con los ojos mareados la cabeza del viejo, hundida entre sus rodillas, y salgo del aposento a la escalera, a la sala, al patio, a la calle.

 

V

 

Si no un año, sí han pasado nuevo o diez meses. La memoria de aquella idolatría ha dejado de es­pantarme. He perdido el olor de las flores y la imagen de la muñeca helada. La verdadera Amila­mia ya regresó a mi recuerdo y me he sentido, si no contento, sano otra vez: el parque, la niña viva, mis horas de lectura adolescente, han vencido a los espectros de un culto enfermo. La imagen de la vida es más poderosa que la otra. Me digo que viviré para siempre con mi verdadera Amilamia, vencedora de la caricatura de la muerte. Y un día me atrevo a repasar aquel cuaderno de hojas cua­driculadas donde apunté los datos falsos del ava­lúo. Y de sus páginas, otra vez, cae la tarjeta de Amilamia con su terrible caligrafía infantil y su plano para ir del parque a la casa. Sonrío al reco­gerla. Muerdo uno de los bordes, pensando que los pobres viejos, a pesar de todo, aceptarían este regalo.

Me pongo el saco y me anudo la corbata, chi­flando. ¿Por qué no visitarlos y ofrecerles ese papel con la letra de la niña?

Me acerco corriendo a la casa de un piso. La lluvia comienza a caer en gotones aislados que hacen surgir de la tierra, con una inmediatez mági­ca, ese olor de bendición mojada que parece remo­ver los humus y precipitar las fermentaciones de todo lo que existe con una raíz en el polvo.

Toco el timbre. El aguacero arrecia e insisto. Una voz chillona grita: ¡Voy!, y espero que la figura de la madre, con su eterno rosario, me reci­ba. Me levanto las solapas del saco. También mi ropa, mi cuerpo, transforman su olor al contacto con la lluvia. La puerta se abre.

—¿Qué quiere usted? ¡Qué bueno que vino!

Sobre la silla de ruedas, esa muchacha contra­hecha detiene una mano sobre la perilla y me son­ríe con una mueca inasible. La joroba del pecho convierte el vestido en una cortina del cuerpo: un trapo blanco al que, sin embargo, da un aire de coquetería el delantal de cuadros azules. La peque­ña mujer extrae de la bolsa del delantal una caje­tilla de cigarros y enciende uno con rapidez, man­chando el cabo con los labios pintados de color naranja. El humo le hace guiñar los hermosos ojos grises. Se arregla el pelo cobrizo, apajado, peinado a la permanente, sin dejar de mirarme con un aire inquisitivo y desolado, pero también anhelante, ahora miedoso.

—No, Carlos. Vete. No vuelvas más.

Y desde la casa escucho, al mismo tiempo, el resuello tipludo del viejo, cada vez más cerca:

—¿Dónde estás? ¿No sabes que no debes contestar las llamadas? ¡Regresa! ¡Engendro del demonio! ¿Quieres que te azote otra vez?

Y el agua de la lluvia me escurre por la frente, por las mejillas, por la boca, y las pequeñas manos asustadas dejan caer sobre las losas húmedas la revista de historietas.

 

G

 


José de la Colina

LA LUCHA DE LA PANTERA

 

“Deberás enfrentarte a la pantera, si deseas que te respetemos.” Emilio Salgan.

 

 

Aturdido por el hambre y el calor, por la húmeda y pegajosa atmósfera emanada de las enormes plantas de anchas hojas relucientes, el hombre se detuvo en el lu­jurioso corazón de la selva y esperó, con rostro dema­crado, sudoroso y barbudo, con los ojos a la vez teme­rosos y esperanzados, la llegada de la pantera, pero la fiera tardaba, era imposible saber por dónde venía, qué esquina estaba doblando, y como el tiempo se estiraba de un modo insoportable, el joven se levantó del asiento del rincón, en el cafetín atestado de estudiantes, fue hasta la sinfonola, introdujo una moneda, escogió una de las piezas y volvió a su mesa mientras la melodía empezaba a ocupar el espacio, rítmica y suave, por en­cima de las conversaciones. Sentado ante su café ame­ricano, tamborileó con los dedos en la mesa, tap tatarap­tap, apostando a su propio rostro, que lo observaba desde el oscuro líquido, a que no venía, a que sí venía. Solo en el calor, bajo los frondosos árboles que guare­cían chilladores animales, respirando  agitadamente, apretando en una mano la sudada cacha del revólver, listo para saltar a un lado y disparar cuando las silen­ciosas, aterciopeladas patas quebraran alguna rama. A que no viene, a que sí viene, y la melodía aleteaba pere­zosamente, siesta de piano y de batería, intentando lle­nar con una cálida, espesa miel oscura, las mil y mil minúsculas e insaciables celdillas de tiempo.

 

Escudriñó por todos lados, a través del intrincado tejido vegetal esponjado e insolente, agresivo de flores rojas, vivas y cegadoras, de gritos y chillidos sin fin, y era imposible no pensar que ellos, sentados en las otras mesas, hablando con ellas, no estaban vigilándolo, es­piándolo aunque no lo miraran, preguntándose qué iba a hacer, si en realidad sabría afrontar, de una manera que la selva considerase digna, el salto veloz e imprevi­sible de la pantera, negro relámpago de garras y ojos incisivos. Dejaba que el café se enfriara, sin ganas de tomarlo en realidad, abandonando sus pensamientos, que iban evaporándose en la zona donde la música flo­taba, la cacha sudando en la mano que había sostenido el arma durante muchos, incontables días, en la inaca­bable caminata a través de la selva, perseguidor y per­seguido, buscando los amarillos, terribles y hermosos ojos que lo buscaban, el negro, armonioso cuerpo oscu­ro hecho para el silencio, para acechar y atacar en silencio con el mismo ritmo y la misma suavidad con que la música melifluía, miel oscura intentando llenar las sinnúmero celdas de tiempo en espera. La primera vez que la había visto fue cuando ella entró en el salón de clases llevando en la mano una nota del director para los maestros (una alumna especial), y podía recor­dar clara y distintamente el gesto con que aguardó a que la profesora de inglés terminara de leer la misiva: el cuerpo erguido, enfundado en un suéter rojo y una falda negra, la cabeza alzada y la vista perdida en el te­cho, una mano en la cintura, el brazo doblado en ángu­lo, y la otra apoyada con las yemas de los dedos en el escritorio de la maestra, absolutamente descuidada, casi ofreciéndose a la pantera, como no sabiendo que la pantera caminaba silenciosamente en la noche, sus músculos moviéndose poderosos y lentos, la negra piel zigzagueada por reflejos lunares, avanzando, cautelosa­mente avanzando con sus ojos de fría fiebre, y él la había mirado desde su asiento, pensando alguno de los nombres que ella podía tener, esa indiferente mucha­cha, quizá Leonora, Patricia, Isolda, lluvia, inquietud, pantera... Taptarataptap, tamborileó en la mesa y miró hacia la mesera, que se había detenido, flaca, de dientes conejiles, de senos caídos, ante él.

—¿Otro café, joven?

—Por ahora no. Espero a otra persona.

Había recorrido un largo país de aventuras, había atravesado el desierto en la bamboleante joroba de un dromedario, fue perseguido por beduinos feroces cuyos disparos silbaban levantando la arena de las dunas, sufrió sed, vio crueles oasis inexistentes, raptó hermo­sas princesas cuyo lenguaje desconocía, yació junto a bailarinas de templos escondidos, fue mordido por co­bras inesperadas, combatió lanza en mano con asaltan­tes nocturnos en callejas retorcidas y finalmente (qui­zá no finalmente, quién podría decirlo) entró en la sel­va, persiguiendo y siendo perseguido, en una situación interminable, en un juego sólo sabido por la pantera y él. Una tarde él estaba en la biblioteca de la escuela, leyendo una tesis sobre los poetas del Siglo de Oro, algo sobre Garcilaso (“En amoroso fuego todo ardiendo... “), y un codo había rozado el suyo y una voz musitado “dispensa”, y entonces él se había vuelto y la había visto, recién sentada a su lado, abriendo un libro y lue­go un cuaderno de apuntes, y de pronto (“En amoroso fuego todo ardiendo... “) Garcilaso se había vuelto pe­queño y gritaba desde las letras, y su voz (“En amoroso fuego todo ardiendo... “) se perdía, minúscula y risible como la que podría tener una mosca que se ahoga en un vaso de agua, pero en cambio podía oírse, no como ruido sino como una irreal, atronadora cualidad del silencio, como un violento vibrar de todas las membra­nas del aire y de la noche, el rugido frenético y aterra­dor de la pantera, que cruzaba las puertas de la atemori­zada ciudad, el rugido removiendo las hojas de las pal­meras y arrugando la superficie de los estanques. Al­guien había puesto otra moneda y escogido otra pieza en la sinfonola y ahora una voz masculina surgía del armatoste cantando una canción norteamericana, y la voz intentaba nuevamente llenar la espera, aquello que (ahora él lo sabía) nunca habría de llenarse con nada, salvo con el amor, o con la muerte, digamos con sólo apoyar un cañón de pistola, duro y frío, en la calentu­rienta sien y luego disparar el gatillo, de modo que la detonación conmovía el silencio, dejando sólo una luz gris, una carta explicatoria y los ojos asombrados, dolo­ridos, de todos los demás. Pero déjate de mariguanadas, haz el favor. Incontables veces, a lo largo del camino del hombre, los morenos indígenas de ojos oscuros y penetrantes hablaron de la pantera, de su terrible y astuta belleza, del silencioso pisar de sus garras asesi-nas, e insistieron en que era el animal que el hombre tenía el deber de perseguir, que había que enfrentarse a ella, a sus ojos sagrados. Una tarde habían ido con un grupo de condiscípulos al castillo de Chapultepec, y allá arriba, mientras anochecía sobre la ciudad, el viento la despeinaba, creando en torno a su cabeza un agitado halo de cabellos furiosos, de modo que él podía llamar­la Leonora, Medusa o inquietud, y luego habían bajado a pie y los dos iban silenciosos detrás de los demás, que gritaban alegremente como para afirmarse en el anoni­mato de la noche, y ella lo había mirado un momento a través de la negra materialidad del aire, sus negros ojos acechando bajo el oscuro fleco, y él la hubiera lla­mado Patricia, Greta o locura. Mientras la canción so­naba en la voz del cantante norteamericano, empezo a dibujar en una servilleta, con trazos lentos, se diría que astutos, las formas elásticas pero inmóviles de la fiera inmortal. Entonces ella entró en el cafetín. Imaginemos la pantera, hermanos mortales. Su nombre es amor, muerte o locura. Sigilosa, en otro universo que el del ruido, lista siempre para saltar, armoniosa en su negra piel de eléctricos reflejos. Su nombre es amor, muerte o locura.

—¿Llevas mucho tiempo esperándome?

No.

Llevaba esperándola tantos desiertos y sobresaltos que no podría contarlos, tantos nombres y cuerpos y noches y sed y frío. El hombre sintió que el terror se apoderaba de él, en amoroso fuego todo ardiendo, que los nervios se le alertaban, sabedores del peligro, y lamentó enton­ces no haber robado el talismán, el ojo mágico de la frente del dios oculto en el templo, sospechando que la pantera estaba a unos pasos, vigilando a la princesa que sonreía inmóvil frente a él.

Ella se había sentado junto al joven, el muslo de ella había rozado el de él, los ojos de ella miraron sus ojos, y poco a poco la virilidad de él fue irguiéndose, como en la oscuridad se alza la cabeza de la cobra para dis­parar su lengua venenosa, en amoroso fuego todo ar­diendo, y entonces él pensó que podía llamarla cual­quier cosa que un hombre perdido en la selva, sabién­dose perseguido y perseguidor, piensa como primer nom­bre que designe al peligro que se le acerca, que lo ace­cha desde no sabe qué lugar, con sus ojos amarillos, aprestando los silenciosos músculos para el salto defini­tivo. Tragó saliva y preguntó:

—¿Qué vas a tomar?

—Una coca.

—¡Una coca, señorita! —encargó a la mujer conejo. Nuevamente ella lo miró, curiosa, sonriente, pasán­dose los dedos por el cabello, aparentemente arreglán­dolo pero en realidad despeinándolo más, desordenan­do estratégicamente algunos mechones sobre la frente, casi sobre los frioscuros acechantes ojos que él veía pre­guntándose (preguntar y preguntar y siempre pregun­tar sin dejar de preguntar) si en verdad ella le había dado alguna vez signo de interés, es decir: si ella se ha­bía enterado al menos de que él era algo más que un hombre y que un aparato de carne y hueso (y ojos, ciertamente) cumpliendo su anodina función de respi­rar, comer, digerir, evacuar, dormir, despertar y silbar como un tonto o un irresponsable o un simple estu­diante.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó ella.

—¿Cómo?

—Que qué piensas hacer.

—Pst.

—¿No vas a hablar con él?

Con el profesor de Geografía Física, el joven profe­sor alto y fornido, de recortado bigote y ojos alegres, siempre tan buen mozo, tan atractivo para las mucha­chas, y tan ocurrente, tan rápido para definir a un alumno con unas cuantas palabras burlonas e hirientes, por más que él decía que nunca deseaba ofender.

—No. Que se vaya a...

—Pero te va a suspender.

Se encogió de hombros.

—De por sí ya estás mal en esa materia.

—Puedo prepararme para presentarla a título de su­ficiencia.

—No te hagas muchas ilusiones. Nadie sale vivo de eso. Volvió a encogerse de hombros y el hombre recordó, como si las susurraran a su oído, las palabras de los indígenas que, antes de entrar él en la selva, le habían dicho que nadie salía vivo o cuerdo de allí, que la selva’ podía llamarse muerte o locura, pero que, fuera lo que fuese, el hombre debía entrar y conocerla, en amoroso fuego todo ardiendo, y hubiera querido saber si Gar­cilaso el pobre tonto enamorado, el serenamente furioso Garcilaso habría estado alguna vez en un cafetín afron­tando los ojos inmortales del perseguidor perseguido, de la pantera, de la hermosa princesa india escapada del poder y el fausto de un enamorado maharajá.

—¿Y cómo se te ocurrió contestarle eso?

Contestarle al apuesto profesor que a él no lo humilla­ba nadie y que a los profesores les pagan para enseñar y no para humillar a los alumnos.

—No sé. Pensaba en otra cosa.

—¿Pensabas en otra cosa? Estabas en otro mundo, que­rrás decir.

Estaba en la selva, esperando a la pantera, como ahora.

—No quiso ofenderte —dijo ella—. Ya sabes que es muy bromista con todos. Y si todos fuéramos a ofender­nos por sus ocurrencias.

—Yo entendí otra cosa. Además todos me estaban viendo como si...

—Puras imaginaciones tuyas.

Como si fuera de cristal y todo su interior se pudiera ver a través del trasparente pellejo, o como si sus ojos estuvieran delatándolo, ya que en realidad siempre lo delataban, toda vez que tenía que atravesar en amoroso fuego todo ardiendo el patio de la escuela, pasando en­tre muchachas, delatado por sus ojos que se hacían ver­gonzosamente penetrables, incapaces de luchar con otros ojos. La vio, estaba a unos metros, encaramada en la copa de un árbol, midiéndolo con los ojos sagra­dos, inmóvil aunque bajo la lustrosa piel negra se ad­vertía el trabajo de los músculos, su rítmico contraerse para el salto.

—Bueno —dijo ella—. Quedé en yerme con Marta. Dijiste que tenias que decirme algo.

Y de repente, quebrando aquel hechizo sólo para crear otro más vasto y oscuro, desencadenando un tiem­po que parecía no tener límites allí, en aquel claro de la selva, la elástica forma negra se desprendió del árbol, alada, silenciosamente, no como arrojándose hacia aba­jo, sino como si fuera a volar, y el cazador, totalmente indefenso, comprendió que sólo una entre mil probabi­lidades tenía de salir vivo de la selva, y por un momento, antes de enfrentarse al abrazo mortífero de la fiera, a sus ojos ardientes y a las silbantes garras sin piedad, miró la sonrisa inmóvil de la princesa, hermosa y son­riente entre la pantera y él, y algo le hizo saber, cuando las garras cortaban ya su piel, que la lucha aquella no sería única y que otras luchas, ignoraba cuántas, le espe­raban a través de desiertos y selvas, de días y noches, en el interminable, siempre repetido y siempre nuevo y desconcertante juego del perseguidor y el perseguido, así que se quedó callado, mirando los ojos de ella y tratando de sonreír, previendo lo que ahora, dentro de un segundo, la voz de ella iba a decirle, estaba dicién­dole, decía:

—¿De qué querías hablarme?

G


Esperanza López Parada

EL CUENTO MEXICANO ENTRE EL LIBRO VACÍO Y EL INFORME NEGRO

I. La revolución permanente y el mapa vuelto laberinto

La antología Lo fugitivo permanece, preparada en 1989 por Carlos Monsiváis y que ya ha adquirido ya el marchamo de clásica, saludaba el cuento como el género por excelencia de la renovación mexicana (Monsiváis, Lo fugitivo permanece 14).

Si la escritura propicia un entendimiento distinto de lo real que ayuda al derrumbe de las convenciones feudales y vivifica una cultura reprimida,(1) es al relato al que parece corresponder todo el peso del cambio en tanto espacio contestatario, con una tradición de clara disidencia. Monsiváis reconocía, de hecho, el papel de la novela y de la prosa breve en la ampliación de libertades y en la ganancia de espacios nuevos. Un texto (y el cuento más que ninguno) viene a proponer una región virtual diferente, desde la cual enjuiciar las provincias concretas del dogmatismo, los prejuicios, el academicismo o la política sospechosa, males enraizados en la conducta habitual de un México que en su literatura encuentra su mejor proyecto.

Sin embargo, esa voluntad rupturista, que en la década de los ochenta constituía una innovación, en el bala nce global del siglo se perfila como una constante, una especie de revolución permanente que acaba reiterando sus disensiones y recayendo en sus denuncias. La experimentación ha dejado de ser un lujo o un rasgo raro y caracterizador, para ofrecerse como exigencia, como necesidad. (2)

Así, por ejemplo, el indigenismo acompaña la producción cuentística casi desde el principio, para venir a fortalecerse en los treinta, recuperar tono con el llamado ciclo de Chiapas y mantenerse vigente hasta el levantamiento zapatista, mediante pinceladas que quizá le den un rostro distinto, pero que no pueden ocultar su condición arraigada e imprescindible. Las notas de antropología aplicada con que se quiere enriquecerlo o el timbre real maravilloso, empleado cada vez que se retrata un indio, aunque el resultado sea sobresaliente, lo que en realidad hacen es restaurar visiones primordiales, etnológicas o románticas que la temática poseía en calidad de material actualizable desde su primera definición .

Lo mismo ocurre con las dos líneas acostumbradas en las que se divide la producción cuentística mexicana a lo largo del XX. Tanto la tendencia de compromiso como la vertiente estética se multiplican y reproducen con nombres, estilos y títulos nuevos; pero en sí, en cuanto dos opciones contrarias y posibles, su viabilidad y su constancia quedan al margen de toda duda. El estudio de la provincia alterna el protagonismo con el estudio de la lengua, la indagación en lo nacional con la tentación cosmopolita, la preocupación realista con la literaria. No se puede olvidar que al lado de autores de denuncia y de textos descriptivos, cercanos a la reseña de sucesos o al periodismo, escriben otros sus artefactos puramente estructurales. Y Elena Poniatowska, el propio Monsiváis o José Emilio Pacheco tienen que compartir escena con Salvador Elizondo, Sergio Pitol y Juan García Ponce. Si éste último cree en un retrato a través del léxico, una especie de enunciación por el vocabulario y el arte, los primeros ponen en circulación una modalidad del texto breve que se convierte en especialmente fecunda para la inmediatez mexicana.

De hecho, y desde el XIX, la crónica había convivido mezclándose con el cuento, debido quizá a lo precario del material imaginativo, la pobreza de los recursos humorísticos no basados en la observación directa y al aprecio hacia los valores testimoniales. (3) Si en el XX esa mezcla regresa con una pujanza casi alegórica, lo hace por razones opuestas: justo por la abundancia de contenidos reales que, hilarantes a veces, dramáticos siempre, desbordan el puro documento y se instituyen por su extremosidad en otra forma de ficción. Maniatada la información por una censura eficacísima y por una educación cercenada, el relato está llamado a cubrir sus deficiencias con versiones que, si bien creativas, no olvidan no obstante sus lazos con el reportaje. La crónica resulta un espacio útil por su indefinición, a medio camino entre la invención y el testimonio, capaz de combinar lo público y lo privado, la cultura de masas y la subjetiva contemporánea del confesionario.

Esa convivencia cuento-crónica adelanta otras a las que el género parece proclive en su avatar mexicano, dentro de una ausencia general de límites que se vuelve especialmente flagrante en su producción última. (4 ) Y lo cierto es que el mapa se ha diversificado de un modo caótico e impredecible en las más recientes promociones. En realidad, ha perdido directrices e isobaras y ha confundido sus líneas, multiplicándolas hasta volverse un laberinto. Todo aquello que en momentos anteriores se cultivó por su valor revolucionario o diferente se mantiene ahí con un sesgo testimonial o como un síntoma de época que concluye y se niega a perder sus hábitos.

Por ello, siguen operando las viejas dicotomías que se utilizaron en tanto elemento clasificador y que oponían, en primer lugar, la tentación extranjerizante al esbozo local. Alberto Ruy Sánchez, Rafael Hernández Viveros, Álvaro Uribe, Carmen Leñero, Jaime Moreno Villarreal o Vicente Quirarte participan de una línea que ve a México con ojos foráneos y que quiere creer en una identidad internacional. Dentro de una tradición cimentada por Reyes, Paz o Fuentes, lejos de sentir lo ajeno como exótico, lo incorporan en calidad de elemento típicamente intrínseco. Los cuentos de lo lejano resultan patrios porque a la idiosincrasia de la nación pertenece, desde el modernismo, este constituirse con lo exterior.

Del otro lado, Jesús Gardea, Ricardo Elizondo Elizondo, Luis Arturo Ramos e Ignacio Betancourt se ocupan profusamente de la provincia incluso como núcleo temático y, en concreto, sobre el desierto del norte y sobre los complejos problemas de la frontera escriben Federico Campbell, Daniel Sada o Luis Humberto Crosthwaite. El límite con Guatemala al sur del país propicia, en cambio, un relato teñido muchas veces de encendida crítica. Carlos Montemayor investiga las maneras que adopta la represión en historias acerca de la selva, la desigualdad y el espíritu insurgente. “Operativo en el trópico o el árbol de la vida de Stephen Mariner” utiliza las técnicas del montaje cinematográfico para narrar con una plasticidad icónica lo que viene ocurriendo en la región chiapaneca y en la conciencia nacional mexicana.

La denuncia cuenta con otros adalides en la descripción de los dramas continuos y cotidianos que realiza Rafael Ramírez Heredia, de las represalias homofóbicas que menciona Luis Zapata o de los sectores marginados, al borde de todo, asilados en la temible Ciudad Nezahualcóyotl en libros como Borracho no vale o Si camino voy como los ciegos de Emiliano Pérez Cruz. El trabajo testimonial abarca también, por tanto, los males de la existencia urbana y su parcelación en barriadas, jergas, tribus y costumbres: una parcelación y una vida incomunicada que puede observarse en clave fantástica y con los mejores ingredientes de una ciencia ficción refrendada por lo real (en los cuentos de Óscar de la Borbolla, Guillermo Samperio o Fabio Morábito) o dentro de un costumbrismo actualizado. La ironía de Eusebio Ruvalcaba, la inclemente mirada de Carlos Chimal o la crueldad sin paliativos de Enrique Serna trazan una caricatura de personajes, usos, modas y comportamientos, tan amarga que roza o recuerda en ocasiones los excesos naturalistas. Esta última distinción nos introduce en otra dicotomía todavía vigente en el relato más próximo: aquélla que separaba un estilo tradicional o correcto de las posturas pretendidamente rebeldes e iconoclastas continúa distinguiendo los tonos clásicos en Ana Clavel, Pancho Segovia, Luis Ignacio Helguera o Rosa Beltrán de la actitud explosiva, casi anarquista frente al lenguaje en la producción de Carlos Flores Vargas, Jorge García Robles o Samuel Walter Medina.(5)

La prosa desestabilizadora de éste último, verdaderamente bélica respecto a todo lo que suene a modos gramaticales, géneros o intereses establecidos, se convierte en la perfecta alegoría del destino mismo reservado al cuento mexicano: una escritura deshecha en voces diversas cuya convergencia se hace imposible y cuyo retrato no es sino el del propio extravío finisecular en un México cada vez menos reconocible.

 

II. El molde a seguir de una escritura única

La diversidad del cuento mexicano y, al mismo tiempo, su permanencia dentro del cambio quizá tengan su causa en el patrón que parece regirlo desde los años cincuenta y que adquiere su perfil peculiarísimo en los relatos sobresalientes de Juan Rulfo, Juan José Arreola y José Revueltas.

Aunque a esa nómina central hay quien añade otros nombres (Juan de la Cabada, Efrén Hernández, Guadalupe Dueñas, Edmundo Valadés, Ricardo Garibay), los tres escalan solos la cima más alta de lo que el género podía producir en tierras de México y, mediante títulos únicos, sin posible continuidad por la genialidad de sus páginas, extienden curiosamente su magisterio a las generaciones inmediatas. Resulta paradójico, en efecto, imaginarles constituyendo un modelo a imitar, cuando lo que ellos construyeron no fue sino una relación laxa e inimitable con la escritura: es decir, en sus textos se ofrecía una idea tan flexible del texto y del lenguaje a él destinado que ambas lecciones no podían instituirse en normas o en legislación de nada. Al contrario, a través suyo, se adoptaba un modelo básico demasiado dúctil para funcionar como modelo alguno o, en todo caso, su máxima ejemplaridad se basaba en esa falta de ejemplos, una especie de lección de originalidad a ultranza y de ausencia de directrices y de dogmas.

Es más, para muchos, representó lo contrario: una férrea negativa o un rastro sin vías factibles de continuidad. El relato rural, por ejemplo, quedó totalmente quemado tras la Comala ardiente y el desierto entregado a los campesinos de “Nos han dado la tierra”. Y esa escritura suya de la simplicidad, reducida a su mínima expresión, ese modo único con que el discurso calla y se organiza en torno a una falta de discurso, resultaba impracticable, lejos del modelo. El silencio de Rulfo pareció contagiarse a las generaciones siguientes.(6)

Y pese a eso, queda todavía por hacer la indagación donde se expliciten las consecuencias de una fijación del género así de temprana y de absoluta para sus posteriores cultivadores como la que padecen los cuentistas mexicanos por la vía de esta obra extrema y sin fisuras.

Probablemente a dicha fijación contribuyó bastante la profesionalización de la literatura que con ellos tres y en ese momento tiene lugar (mediante la creación de editoriales, revistas, fundaciones, publicaciones y talleres que coinciden con el paso de una sociedad agraria a un primer esbozo de industrialización). Pero lo cierto es que el trío operó de un modo global, casi abusivo, investigando perspectivas distintas pero complementarias, ensayando las distintas posibilidades técnicas o deícticas de la narración breve y cerrándolas definitivamente a la vez. Si abrieron temáticas a las que el cuento posterior seguirá circunscribiéndose (la vida confundida con el sueño y con la muerte gracias a Rulfo, el sentido de la prosa perfecta en Arreola o el peso de la política y de la pesadilla patria para Revueltas), con su concurso, el relato empieza a entenderse como espacio narrativo autónomo que crea su propio público, que solicita el complemento de una interpretación inteligente, que no funda su destreza en trucos, finales efectistas, chantajes, complicidades.( 7)

La idea del relato que consiguen cuajar es, por tanto, un concepto exigente del mismo, demasiado autónomo y brillante para propiciar sucesores, que no deja mucho espacio para pasadas teorías o encantamientos y que busca tan sólo el buen narrar, sin declamaciones, mecanismos o fórmulas magistrales.

Lo interesante, sin embargo, reside en la manera entregada en que ese modelo imposible se ve refrendado por la generación posterior, la del medio siglo, o generación del Lago, más conocida por La Mafia —gracias a la escalada de poder institucional que emprendieron sus integrantes— y por los buenos resultados que bajo su patronazgo obtienen. Interesados por la modernización del país, son los productores de un tipo de relato eficaz y culto, que en su trabajo metatextual, observador de los procesos de la dicción narrativa desde dentro de la narración misma, continuaban la tarea lúcida del Arreola más derridiano y más interior.(8)

Jíbaro de la prosa, miniaturista delicado, éste último, obedeciendo los dictados de Max Jacob o de Marcel Schwob, les descubre las maravillas de concisión que la forma breve permite y convierte el cuento en un infierno de técnica, de precisión y de relojería ajustada, que pide de las letras mexicanas un esfuerzo de actualización y europeísmo. (9) Son precisamente los del Lago los que cumplían con esa demanda en libros como Ven, caballo gris y otras narraciones (1959) de José de la Colina, Los muros enemigos (1962) de Juan Vicente Melo, La noche (1963) de Juan García Ponce, La señal (1965) de Inés Arredondo y El grafógrafo (1972) de Salvador Elizondo, magníficas maquinarías cosmopolitas, con un alto grado de conciencia semiótica y de introspección en el más puro estilo de psicoanálisis internacional y sin fronteras.

Del mismo modo, el grupo que les sucede, la descangallada y blasée corporación de la Onda (José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña, René Avilés Fabila), a la par que criticaban el exacerbado intimismo de sus antecesores, invocaban el espíritu incomprendido de Revueltas, leyéndolo, reivindicándolo, dedicándole estudios y homenajes. (10)

La visión del relato propiciada por el maestro era tan amplia que los onderos se sintieron capacitados para abrirlo, desarticularlo del todo e incorporar voces disidentes o impensadas. Sin la tarea de flexibilización obtenida por el modelo narrativo, no habría sido factible renovar la enunciación clásica con tonalidades extraídas del rock, la mota, la contracultura y la marginalidad.

Revueltas había puesto en marcha una arquitectura compacta, teológica, intolerable y una voz épica que no disminuía un ápice en la certeza de sus análisis. La narración se desencadenaba en él a partir de un sufrimiento observado minuciosamente. El dolor parecía una parte alícuota de la vida mexicana que tenía que contarse en toda la crudeza de sus variantes. Los de la Onda imitaron su oído atento y su percepción de sectores negados del lenguaje nacional: actualizaron, por tanto, la picaresca, retrataron el lumpen, abundaron en un uso intensivo y sin recato de las jergas y germanías, describieron los bajos fondos, contaron el nuevo romanticismo jipiteca y la expansión juvenil. (11)

Tuvieron un sentido grueso del hecho literario, a veces pintoresquista incluso, aunque sus pinceladas fueran dirigidas a otra casilla del costumbrismo nacional. En este sentido, como para Revueltas, su horizonte seguía siendo un México bronco, por mucho que sus excesos se quedaran en puramente ortográficos y sus escándalos no pasaran de resultar adolescentes.

El mundo los adoptó, los copió y sobre todo, los leía. Si sus revoluciones se minimizaron en pasión pseudo-oriental, en mística de astrólogos o improvisados budistas y en consignas repetidas como un chiste por los locutores de televisión o los padres de familia enrollados, si en ocasiones sonaron obsesivos, melodramáticos o autocomplacientes con la moda y el estilo que ellos mismos habían puesto en pie, consiguieron el prodigioso efecto de conectar con un lector que se educó y combatió a su lado.

Y principalmente, la Onda puso al día la gestualidad mexicana, su tono y su timbre, el atrasado reloj de nuestra lengua literaria. En este sentido, algún crítico ha hablado, antes de ellos, de una flagrante ausencia de lenguaje adecuado para decir lo propio y ha acusado de esta falta al poeta etéreo, al intelectual y pensador que, como buenos camaleones, se pierden en las ramas del matiz (Monsiváis, Lo fugitivo permanece 21). Justo lo contrario de la escritura cruda, afilada como pedernal con que se impuso el modelo narrativo del cuento contemporáneo, cuajado a golpes de varia invención, de llano en llamas y de dormidos al sol, del que tanto narrador después aprendió las artes de decir y la dificultad … insalvable de expresarse (Castañón 546).

III. La modernidad suspendida o el texto en blanco.

El mal de la escritura mexicana es el de la envarada trascendencia, a la que aspira durante toda la primera mitad del siglo y a la que dota de rostros distintos, llámese historia con mayúscula, nacionalidad y símbolos patrios, idiosincrasia o espíritu de comunidad. La inmanencia, en tanto reflexión sobre sí, tardaría en llegar a ese discurso impostado, hierático.(12) Y cuando lo hace, su precio se mide en el más drástico mutismo: la réplica callada de un Rulfo con una voz demasiado personal para repetirse incluso en sus propios labios; el tono hercúleo, tan esforzado que resulta impracticable, en un Revueltas contra todo y contra todos o la tarea mecánica y anuladora de un Arreola minimalista y kamikaze.

No es difícil encontrar las huellas de ese legado de silencio, de esa consigna muda en textos que, como el “Chac Mool” de Fuentes en Los días enmascarados (1954), (13) escenifican una imposibilidad. (14) Aquella estatua mítica, que representara en clave irónica la improcedente resurrección de las estatuas y de las herencias, protagonizó un cuento primerizo en el que, sin embargo, actuaba con toda su fuerza nihilista el síndrome bautizado por Christopher Domínguez Michael como modernidad suspendida. (15) El crítico defiende la hipótesis de que, a partir de la obra de escritores como los citados aquí, ya no puede hablarse de la noción de progreso en la narrativa mexicana y sí en cambio de un paro: de la detención de un proceso modernizador que jamás se completaría del todo, así como del descrédito de los viejos mitos identitarios que coincide con la asunción, en su puesto, de una prosa lúcida, madura y capaz por tanto de declarar sus propias insuficiencias o incluso de construir con ellas relato.

En el cuento del burócrata esclavo de su ídolo precolombino, la voz de Fuentes (a menudo demasiado preocupada del horizonte cultural y cosmológico mexicano) se cede a una enunciación también progresivamente enajenada, entregada a un demonio, a un yo sanguinario e imprevisto que, con sus modos grotescos, pone en solfa la permanente obsesión ontológica por la mexicanidad, ahora disuelta e irrecuperable. La pregunta sobre la vigencia de un México perdido para siempre y que sin embargo se resiste a morir se cerraba sin respuesta alguna y con una dicción defectuosa.

El duelo entre formas de vida anteriores y las presentes dejaba un censo negativo en paginas claramente inhábiles para saldarlo. Devolver a la existencia ancestrales fantasmas puede convertirse en un juego peligroso, juego en el que lo único demostrado es la inutilidad o irrealidad hoy de tales prácticas. (16)

Cuando la experiencia se repita dentro de “La fiesta brava” de José Emilio Pacheco, concluirá también fatalmente con una muerte y un fallo elocutivo. El relato describe precisamente la redacción de un relato encargado y rechazado por la revista que iba a publicarlo. Coincidiendo con el fracaso de su tentativa, el narrador desaparece en el metro de la ciudad de México, víctima de un rito sacrificial al modo azteca, tal y como su propio texto contaba. Igual que una vertiginosa caja china, la escritura se devora a sí misma y deja un hueco en blanco en la esquina superior de la página, correspondiente al anuncio de búsqueda del personaje inmolado.

“La fiesta brava” parece insinuar así una anagnórisis negativa. Igual que en el caso de Fuentes, la identidad cuya recuperación se empareja a una resurrección del pasado se resuelve en pérdida y el tiempo anterior no introduce sino un conflicto definitivo en la idiosincrasia nacional. Pero lo peculiar del texto de Pacheco es la manera en que éste queda también comprometido en esa restauración fallida.

José Emilio Pacheco, un magnífico escritor apocalíptico y terrorista, (17) advierte contra toda indagación en la historia que pueda generar un espacio vacío en el ángulo superior del papel, algo así como una falta de representación para la historia misma pero también para el avatar de la escritura en sí.

La advertencia había sido formulada antes, sin tanta resonancia, en los cuentos marginales de un desconocido Pedro Miret, escritor más aislado y más excéntrico que ninguno, inclasificable y austero, sobre el que llamaron la atención, no obstante, unos cuantos y privilegiados incondicionales. Desde José de la Colina hasta Gerardo Deniz, pasando por Luis Buñuel (de cuyas películas mexicanas fue en alguna ocasión guionista), el relato abolido de Miret se admira y se elogia por lo que tiene de frustrado y, a la vez, de mágico.

Si su escritura carece de propósito, de objetivo moral, filosófico o estético, consigue con ella sin embargo la sensación de una redacción en bruto, un narrar que no se pierde en disquisiciones (porque éstas ya no son posibles) y que se limita al ejercicio también imposible de la pura relación.

La historia ha dejado de confundirse con la solemnidad para reducirse a la simple trama de una anécdota o de un chascarrillo e igualarse a ellos. Un hecho vale en cuanto se vertebra a otros en una secuencia que sólo sirve si se cuenta. Y ni siquiera esto es seguro. Los textos de Miret se horadan con detenciones, con puntos suspensivos, con silencios en efecto, con momentos inexplicables y con actos suicidas o gestos no descritos. Similares al sacrificio textual de Pacheco, los vacíos frecuentes indican la fractura del discurso, su imposibilidad para continuarse y perpetuarse como tal. Cada libro de Miret incluye su antilibro, su candado, la cláusula que lo anula y lo incapacita. (18) 

El esquema de los cuentos de Esta noche vienen rojos y azules (1967), Prostíbulos (1973), La zapatería del terror (1978) o Rompecabezas antiguo consiste en un puro registro del tipo sucede esto y esto, sin más profundidad ni significado. Éste no parece tener otro valor que el de la trampa engañosa y Miret recorta todo deseo de ir más allá de su básico sistema. Pero a través de él se insinúa una invalidez que nos es propia y en la que nos reconocemos: la que se admite torpe para articular sentido, para forjar símbolo o para instituirse en valor. Miret trabaja así como un Gómez de la Serna sin greguerías, un Felisberto Hernández sin ensoñación, un Kafka sin símbolos, es sólo y nada menos que Miret, es decir, un narrador sin moraleja, sin orientación, sin empaque, sin utopías, sin lecciones, sin mitología, sin iconos, sin otro instrumento que su propio enmudecer. (19)

 

IV. Historias incapaces, historias obligadas, historias perversas

Con su cuento precolombino, Carlos Fuentes abordaba para ese género breve lo que antes El libro vacío de Josefina Vicens había realizado en narrativa: la indagación en la indigencia. El libro de esa autora minoritaria volvía en redondo sobre sí hasta autoanalizarse y confirmar lo insuficiente del gesto literario. Igualmente, al relato de Fuentes no le era posible hallar salida honorable para su propia trampa. Uno y otro confirmaban desde distintos ángulos la conciencia deficitaria de la escritura y la suspensión de todo desarrollo.

La detención del proceso modernizador que ambos documentan ofrece, por tanto, como inmediata consecuencia, una suspensión de los contenidos y de la historia en tanto material del relato y una peculiar descomposición de la tradición narradora. Ésta se desintegra en una sátira menipea, en un carnaval de voces, de géneros y de estados.

Lo alto y lo bajo se confunden, lo serio y lo ridículo, lo cómico y lo grotesco en una mezcla indistinta cuya conclusión última parece ser el silencio. La narración descree en último término de la narración dentro de una operación desestabilizadora y especialmente visible en la generación que cierra el siglo, la de Juan Villoro, Bárbara Jacobs o Francisco Hinojosa, generación en la que esa imposibilidad narrativa se solventa con un relato desposeído, claramente expósito.

Los autores que crecieron en el México de López Portillo y de Echeverría, el México hechizado con un mal gestionado simulacro de bienestar y de liberalismo, aprendieron a leer con las novelas de la Onda, mientras sus hermanos mayores protagonizaban la revolución del 68 con el resultado, todavía no censado en muertos, de la plaza de Tlatelolco. Para ellos, por consiguiente, José Agustín es un clásico y la contracultura, la tradición que reverencian.

Además, hace ya tiempo que la literatura mexicana dejó de buscar sus raíces y de hacer antropología para asumir su fuerte pertenencia a lo que ocurre en el otro lado de la frontera. Sin complejos nacionales, la generación de Villoro pudo sentirse más identificada con Kurt Cobain y Warhol que con Negrete o Siqueiros. En medio de esa tranquila asunción de la modernidad —con los mass media, la globalización, el shopping center y la psicodelia —, asumieron una postura nada contestataria respecto a grupos previos. Por el contrario, gestionaron un cambio de guardia proteccionista y un relevo suave frente a todo lo anterior que les permitió incorporarlo sin desgarramientos. Al fin y al cabo, no se proclaman vanguardias (subraya uno de sus integrantes) cuando la libertad es la norma. Eso les hizo especialmente hábiles, pero también sobremanera huérfanos: tenían estilo, educación y madera, pero carecían de fe, de fuerza y de estímulo.

Su renovación caminará por otro lado y compete más bien a esa pérdida de direcciones que la postmodernidad arroja como cómputo. Ellos han sido los que asumen plenamente sus síntomas, es decir, el desvalimiento del relato, las serias dudas en torno a las posibilidades de la narración, el descrédito de ésta y de su iconología. Acuden incluso a esquemas bastante anarquistas, con altas probabilidades de desencadenar silencio; esquemas que ponen de relieve la existencia de una importante crisis narrativa.

Los experimentos de Bárbara Jacobs en Escrito en el tiempo (conjunto de cartas nunca enviadas al director del semanario Time, escritas forzada y puntualmente alrededor de algún tema que la lectura de la revista desencadena) están hablándonos de una falta flagrante de necesidad narrativa y de una sustitución del argumento, de la verdadera exigencia expositiva por el mero goce del hilo narrador, del monólogo o murmullo enunciativo que se secunda a sí mismo, conducido por su propio ronroneo: una glosolalia sin dirección, autosuficiente y autocomplaciente, sustituyendo la pertinencia, ahora en quiebra, del discurso.

Carlos Flores Vargas hace uso de guías previas desde las que desencadenar su propia creación en forma de réplica manipulada o invertida. El hipotexto original, como La piel de Curzio Malaparte, queda convertido en un irreconocible despojo, una copia deforme en las catacumbas de la cultura.

La ironía de Adolfo Castañón, burlando la vieja literatura, las prosas minúsculas, recordando un universo narrado pleno y previo que Luis Ignacio Helguera bautiza Traspatios, o la erudición libresca de Emiliano González revelan la dependencia de la mise en abîme, del libro dentro del libro como mecánica capaz de desencadenar discurso.

Siguiendo también esa línea, Francisco Segovia actualiza lo gótico en relatos que versan sobre el vampirismo y resultan, a su vez, vampíricos, igual que lo es toda literatura que se nutre de sangre escrita anterior. Jorge García Robles produce para su libro Lofránida una escritura surrealista, plagiadora, transitada de citas y de guiños que una escatología imparable reconvierte en fantasmas o espectrales variantes.

Los fragmentos inclasificables de Jaime Moreno Villarreal apenas encuentran cohesión en títulos que, como Música para diseñar, si algo testimonian, es la imposible reunión de restos en que ahora un relato consiste. (20)

 

V. La narración inacabada y el cuento doble

En todos los casos citados, la escritura no es sino una tarea de saqueo, una gestión con fecha de caducidad e inoperante para generar más que parodias de sí o de sus temas, condición obsesiva y circular que sufren dos autores en concreto. Francisco Hinojosa y Juan Villoro, partiendo de esa orfandad del relato, han articulado una concepción cuando menos peculiar del cuento contemporáneo: el primero desde una deliberada asunción de la imposibilidad, el segundo mediante una duplicación del desorden.

Hinojosa, que parece haberse educado en los malabarismos léxicos de Raymond Queneau, de Perec, del Oulipo o de la descabellada vanguardia de Jarry, escribe deliberadamente mal, en una lengua forzadamente torpe e incorrecta, con un voluntario desaseo o un caos pretendido. Posee, para ello, una eficacia negativa o un virtuosismo a la inversa, diciendo siempre lo agramatical o lo ilegible y llevando la palabra hasta los límites y fronteras últimas de su semántica. (21)

Parte, en principio, de una cierta solemnidad o de una grandilocuencia —habla también de la muerte, del asesinato, de la venganza, de la bondad, de la construcción nacional o de la historia —, para desplegar todas sus implicaciones en un terreno que es el puramente denotativo, dentro de una práctica disolvente que consiste en entender cada término y cada oración del relato con su significado más literal. Eso engendra un doblete lingüístico, una especie de pareado en la dicción y un redoble inútil de voces que se dicen o se reiteran. Hay así personajes en sus textos que pugnan por pugnar, hombres que se dividen y se rompen realmente, seres que son lobos para el lobo .

Y sobre la Revolución mexicana lo que lanza no es sino una mirada nimia, tribal, doméstica, dentro de un relato que la minimiza y transforma en batalla entre clanes o a enfrentamiento de niños en la casona familiar. El cuento titulado “A la sombra de los caudillos en flor” pertenece al libro más representativo de este autor y de esta producción grotesca, parca, distinta. Informe negro (1987) realiza, en efecto, un fundido neblinoso sobre pilares básicos, sobre las grandes obras maestras (llámense Proust o Martín Luis Guzmán) y sobre el lugar literario común. En él, como en Cuentos héticos (1996) o Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno (1995), Hinojosa ironiza en cada página con una tradición de la que apenas restan sino sus ruinas o la pulsión patética de pertenecerle a toda costa.

Por otra parte, todos los cuentos, demediados, recortados, inconclusos o construidos como una sucesión de aforismos, vuelven a incidir en la situación inacabada del discurso y señalan la falta de conclusiones a las que el ejercicio de la prosa conduce.

Relatar no es ya un producto sensato ni concluyente, ni siquiera sigue ya un camino directo. De hecho, estudiando la obra de un contemporáneo suyo (el argentino Ricardo Piglia), Juan Villoro esboza la teoría de la historia segunda o historia doble, un discurso alternativo que se realiza en cada cuento por debajo o a escondidas de la trama primera. (22)

Lo visible tapa lo secreto, lo que está funciona en tanto camuflaje para algo que no está. Los juegos de manos (este continuo dar una descripción por su ausencia) permiten sospechar un relato permanentemente escamoteado e insinuándose, a la vez, entre medias del relato patente. Como sin quererlo, el argumento inicial va produciendo otro hilo y otro tema que se intercala en aquél y lo complica, de tal manera que se está siempre narrando otra cosa y el autor de la narración pierde la perspectiva, incluso el dominio de su propia deixis.

La superficie horadada que ello genera y el proceder mediante una serie de reenvíos a que obliga conllevan que nada sea simple y que tampoco pueda consistir totalmente en lo que parece decirse. Juan Villoro, autor bastante convencional antes de este aprendizaje trucado, redacta para su último libro, La casa pierde (1999), cuentos dobles, dotados con la seguridad engañosa de una finta en el penalti, cuando el gesto del tirador quiere indicar una dirección, pero el balón se proyecta hacia el lado opuesto e inesperado.

En general, casi todos los relatos incluyen un descubrimiento nefasto, en el sentido de imposible: una revelación intuida pero jamás cumplida del todo. El proceso de desvelar, por medio de escritos, la realidad parapetada detrás sólo pone de manifiesto la veladura, subraya la máscara que nos esconde. No hay más epifanía que esta constatación de lo que la impide.

La estructura de descifrado que el cuento adopta de este modo lo acerca y reconcilia con formas discursivas de maestros anteriores. A este respecto, Villoro consigue encajar bien la lección borgiana y abunda en la imposibilidad de una moraleja metafísica o de un resultado en la especulación. El único rédito que el autor insinúa lo arroja el título: siempre que la vida juega con nosotros, somos nosotros los que perdemos. La rendición de cuentas de esa pérdida es demasiado compleja y sólo puede cumplirse por la vía de la historia doble o del relato narrado en el relato.

En el último de los cuentos de Villoro (“Corrección”), la deuda se salda con el mito por excelencia del trabajo literario en México: con la figura recalcitrante del escritor genial que se inhibe de continuar escribiendo, quizá porque comprende la inutilidad perentoria de insistir. De Rulfo a los escasos textos de Julio Torri, Silva y Aceves, Monterroso, Rossi, Arreola, el mexicano vive obsesionado con el misterio de la propia parquedad. El cuento contemporáneo, a través de sus más jóvenes representantes, empieza , sin embargo, a hacer de esa obsesión una forma factible de elocuencia.

 

VI. El antiguo y nuevo sistema de narrar

No difiere de lo anterior el diagnóstico para la última hornada de narradores, nacidos en  los sesenta. Quizá en ellos la carga metaliteraria del relato sea menos crítica, un poco más juguetona, a veces obvia o directamente banal. Probablemente el costumbrismo y la voluntad de denuncia parezca menos decisiva y menos implicada. Sobre todo, escriben desde una cierta impunidad transnacional y su voz resulta más neutra, menos identificable. Son, en ese sentido, más libres, menos deudores de una tradición, de un retrato propio o patrio y más cuentistas, es decir, más interesados en producir sólo un relato. (23)

Así, en esa búsqueda o rescate de la narración por la narración sin otras consideraciones, encontramos variantes que rozan lo anacrónico: prosas que imitan leyendas medievales, semblanzas historicistas, cuentos de aventuras en otro lugar y otro tiempo, descabellados escritos. futuristas dentro de una ciencia ficción tecno-tenebrosa, parodias goliárdicas de grandes clásicos, revisiones psicologizantes e intimistas con su monólogo interior y su trauma destripado. Todo en nombre de la continuidad de la voz escritural: por ella el cuento mexicano está produciendo en la década del noventa remedos de sí mismo, mimesis del laconismo de Arreola, del desfachatado silencio de Monterroso, de las epopeyas tremendistas de Fuentes, de la persecución femenina en Elena Garro, del fin del mundo adelantado por De la Borbolla. Los últimos cuentos pasan en Ucrania, Bagdad, los Balcanes, hablan del pasado más remoto (incluso de un pasado no mexicano y de un territorio desconocido) o se inclinan hacia un futuro imaginado y demente.

En este sentido, Julio Ortega los considera autores emancipados respecto a cuestiones anteriores demasiado localistas o concretas y dependientes, en cambio, de los nuevos mapas y las nuevas estructuras macroeconómicas. (24)

Han nacido de la crisis de los sistemas de representación nacional y se mueven por un territorio indiferenciado, sin rasgos de idiosincrasia, sin características personales. El cuento mexicano empieza a parecer, en vez de una prosa cosmopolita, un texto de ninguna parte.

Con el paisaje se derrumba la enunciación, porque la identidad que estos autores celebran es la desmembrada surgida de la diferencia, el cambio, y de la cultura como matriz de celebración crítica. El sujeto es ahora un sujeto trashumante que establece un principio de acuerdo con lo múltiple.

El fin de siglo ve crearse un cuento que es, como él, diverso, heterogéneo, complejo, caótico; que como él ha renunciado al desenlace o al balance para preferir la simple narración, el arte siempre eterno de contar cosas, sean éstas las más antiguas o las más próximas, las más normales o las más raras. Y aunque los resultados no son todavía perceptibles, ya es un hecho este regreso de la escritura y de la trama. Después del panorama desolador que experimentos más. estructurales arrojaban sobre las posibilidades de escribir, vuelve a contarse con todas las fuerzas de la vieja y maravillada oralidad, del cuento prodigioso y la admiración suspensa.

 

 

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NOTAS

1 Lo difícil entonces es imaginar cómo esta experimentación generalizada se las arregla para seguir siendo innovadora y distinta. La globalización de lo nuevo supone, sin embargo, un fenómeno indispensable, el único instrumento para mantener el interés de lo literario frente a la masiva competencia de los medios visuales y las otras formas de arte (Castañón 213).

2 Basta mencionar títulos como Benzulul (1959) de Eraclio Zepeda, Ciudad real (1960) de Rosario Castellanos (dentro de lo que se consideraría una acercamiento etnográfico a la realidad indígena) y Elena Garro con la variante del realismo mágico en La semana de colores (1964), para constatar la eficacia y desarrollo de este motivo en el cuento contemporáneo.

3 Todavía no se ha estudiado la importancia de la crónica en la literatura breve mexicana, pero el homenaje que le rinde uno de sus cultivadores resulta suficientemente elocuente: “Quienes crecimos (reconoce Juan Villoro) entre la avalancha de la cultura de masas y la cultura del secreto y el confesionario encontramos en la crónica nuestra frontera personal, la fórmula para mezclar lo público y lo privado. Lo que se decía en voz baja, las historias condenadas al olvido o a la vaga supervivencia del rumor, encontraron su lugar de residencia. Los ilegales del nuevo periodismo mexicano fijan lo evanescente, desvían los reflectores a personajes y sitios inéditos, invierten los términos de lo verdadero (la única hipótesis descartable: lo oficial). En un país sin lectores, los cronistas comprueban la urgencia de sus palabras” (Villoro 82

4 Para Castañón (209), que subraya igualmente la importancia y radical originalidad de esta escritura, el auge de la crónica y su incursión en otros géneros como el cuento demuestra la modificación vivida en todos lo niveles del presente mexicano (Iglesia, Estado, industria, gobierno, relación con las minorías, lucha social). Testimoniaría, por eso, el advenimiento de nuevas fuerzas y de nuevos actores sociales al escenario (Vidal 53).

5 La bibliografía sucinta de los autores más recientes y más desconocidos entre los mencionados es la siguiente: Alberto Ruy Sánchez, Los demonios de la lengua (1987). Álvaro Uribe, La linterna de los muertos (1985). Jesús Gardea, Septiembre y los otros días (1980), De alba sombría (1985) y Las luces del mundo (1986). Ricardo Elizondo, Relatos de mar, desierto y muerte (1980) y Maurilia Maldonado y otras simplezas (1987). Luis Arturo Ramos, Los viejos asesinos (1981). Federico Campbell, Tijuanenses (1989). Daniel Sada, Un rato (1984) y Juguete de nadie y otras historias (1985). Luis Humberto Crosthwaite, Marcela y el Rey al fin juntos (1988) y Mujeres en traje de baño caminan solitarias por las playas de su llanto (1990). Rafael Ramírez Heredia, De viejos y niños (1980), El Rayo Macoy (1984) y Paloma negra (1987). Emiliano Pérez Cruz, Tres de ajo (1983), Si camino voy como los ciegos (1987), Borracho no vale (1988). Óscar de la Borbolla, Ucronías (1990). Luis Zapata, De amor es mi negra pena (1983). Guillermo Samperio, Textos extraños (1981), Gente de la ciudad (1986) y Cuaderno imaginario (1990). Fabio Morábito, Gerardo y la cama (1986) y La lenta furia (1989).Carlos Chimal, Cuatro bocetos (1982) y Lecturas de rock (1983). Enrique Serna, Amores de segunda mano (1994). Ana Clavel, Fuera de escena (1984) y Amorosos de atar (1992). Rosa Beltrán, La espera (1986). Samuel Walter Medina, Sastrerías (1979).

6 “El mito de Juan Rulfo devastó la narrativa rural. El derrumbe de Pedro Páramo lo fue de un universo literario exhausto. El mundo pareció vacío: sus dioses y demonios lo habían abandonado. La disolución de la utopía natural se escenificó en los cuentos y novelas de Rosario Castellanos, Eraclio Zepeda, Elena Garro, Sergio Galindo y Amparo Dávila. Los autores fabulaban desde las aldeas de su infancia: barcos alejándose del puerto de la memoria. No sólo Rulfo guardó silencio. Lo impuso a las generaciones siguientes” (Domínguez Michael 520). Para la escritura de Rulfo como ejemplo de reducción, véase el artículo de Margo Glantz titulado “La palabra de Juan Rulfo.

7 “Durante los cincuenta, los escritores se profesionalizan, las instituciones culturales toman forma y se crea un espacio crítico consistente al aparecer el suplemento México en la Cultura que dirige Fernando Benítez, y la Revista Mexicana de Literatura, fundada por Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes. Estas publicaciones, junto con Cuadernos del viento, La palabra y el hombre y Universidad de México, se convierten en las principales protectoras del cuento en unos momentos en que el mercado editorial está acaparado por la novela [...]. El taller literario fundado también por Arreola, se convierte durante los sesenta en otro bastión para el cultivo y supervivencia de la narrativa breve. A raíz de estos esfuerzos, algunas instituciones como las Casas de Cultura de algunos estados, el Instituto Nacional de Bellas Artes y algunos centros de estudios, empiezan a prestar un importante apoyo al género, instituyendo premios [...]. Con todos estos apoyos se producirá un resurgir del género que repercutirá en el aumento de la producción cuentística desde finales de los sesenta” (Vidal 46). Véase también el artículo de José Joaquín Blanco, “Aguafuertes de narrativa mexicana 1950-1980”.

8 No sólo algunos se educaron en su taller, la dependencia del modelo propuesto por Arreola fue incluso argumental. Así, las criaturas inventadas por Carlos Valdés como “El último unicornio” le recuerdan demasiado y muestran a un tipo de cuentista que usa la ironía literaria para evadir el choque eventual con la descomposición textual (Domínguez Michael 41).

9 Para un análisis escrupuloso del patrón tipo que los cuentos de Arreola ponen en circulación, véase: “De la prosa breve y plena: Juan José Arreola” de Saúl Yurkiévich.

10 Para la nómina del grupo y para su pasión hacia Revueltas, defendida ante todo por José Agustín que reúne su obra completa en los sesenta, véase: “Los de fin de siglo” de Luis Arturo Ramos.

11 Para esta capacidad receptora que la Onda concita, véase. el amargo pero inteligente balance de Paloma Villegas en su artículo “Nueva narrativa mexicana”: “El lenguaje de la onda había sido mediatizado por los mass media, convertido en bufonería de los cómicos más abyectos de TV, inventariado en léxico para atribulados padres de familia [...]; medio que se inventó para expresar nuevas cosas, contribuía ahora a la soledad de quienes lo balbuceaban [...]. El pseudo-orientalismo, la astrología y la confusión misticoide, la mariguana (antes puerta de la percepción) para olvidar; los hongos comercializados y adulterados en Huautla son las coordenadas de una subcultura cada vez más desplazada por las consignas de la izquierda, el interés hacia la teoría política y, en otros casos, la incorporación al sistema. [...] Perturbado por su propia concepción tremendista, cae en un naturalismo ocioso, insustancial y falto de vida que depende de la cursilería de las interpretaciones y aguarda las concesiones sentimentales de un lector complaciente” (Villegas 245).

12 “El match se declara: de un lado la trascendencia, el discurso elaborado por la sociedad mexicana que exige la atención de la Historia, el respeto de los demás países, la bendición de Dios y de los símbolos de la nacionalidad y de los demás conciudadanos. En la otra esquina, la inmanencia, esa garantía del ser, sitiado en su epidermis por dioses finalmente asibles. [...] A ese lenguaje institucional, sin vacilaciones, sin dudas, programático, que se hace sentir como el fortalecimiento de una clase en el poder o el auge de una confianza represiva, [se] opone apenas lenguaje de sí y no, de simón y nelazo, no una certidumbre, sino una conducta” (Monsiváis, “Sobre el significado de la palabra huato” 107-108).

13 “En los temas de Los días enmascarados se encuentran todos los elementos del deliberado modernismo de Fuentes: el saqueo novelesco del mito, la digresión semántica, la desconstrucción de la Historia, la crítica del propio modernismo y la extrapolación futurista” (Domínguez Michael 13).

14 No soy yo sino de nuevo el crítico Domínguez Michael el que percibe esa vinculación entre el  protagonista de “Chac Mool” y el personaje sin carácter de El libro vacío (Domínguez Michael 13). Para el carácter metaliterario y la novedad importante del texto de Josefina Vicens, así como para el tema de su rareza y de la marginalidad y desconocimiento en que se la mantiene (Llarena 28-29).

15 Christopher Domínguez disecciona esta derivación del narrar mexicano contemporáneo en un proceso que él compara con la desintegración de la tragedia antigua en sátira menipea, una desintegración que para él comienza con los zeppelines inflamados, esas obras peligrosas que son los cuentos y novelas de Fuentes (Domínguez Michael 30).

16 La cita pertenece a Fuentes y resulta muy interesante el modo en que éste se expresa en torno al significado de su relato en Protagonistas de la literatura mexicana de Emmanuel Carballo (535).

17 Para la condición apocalíptica de la escritura de Pacheco, véase el artículo de Jorge Ruffinelli, titulado “Al encuentro de la voz común: Notas sobre el itinerario narrativo de José Emilio Pacheco”. Para el relato y la identidad fracasada que de él se deriva, véase “Las leyes de la frontera, los mapas del caos” de Esperanza López Parada.

18 La cita pertenece a una magnífica semblanza que del escritor traza José de la Colina: “Leer, entrar en un cuento de Miret es entregarse a una experiencia nueva y que sólo lateralmente es literaria o estética. Abolido en el texto cualquier propósito filosófico o moral o formal, sólo queda el testimonio directo, el reportaje de una aventura en el más fantástico, no diré maravilloso, de los espacios: lo cotidiano. [...] Narración nada más: sucede esto y esto y esto y esto, y la mera sucesión de hechos, de accidentes, de actos, de miradas, de pausas, de puntos suspensivos, de parpadeos, de detenciones, lentitudes y desplazamientos que nos hace recorrer Miret como un palacio de las sorpresas minuciosamente dibujado por Piranesi, resultan en efecto una aventura prodigiosa que nunca abandona este mundo, esta realidad, esta vida humana” (De la Colina 3). 

19 “La fragmentación del relato quiere mimar también el caos o el desconcierto que la realidad ha producido, sin ficción de por medio, en los últimos tiempos mexicanos” (Perea 51).

20 Ofrezco una pequeña nota bibliográfica con los títulos y fecha de la producción cuentística de los autores reseñados: Bárbara Jacobs, Doce cuentos en contra (1982), Escrito en el tiempo (1984). Carlos Flores Vargas, Cuentos de sexo (1983), El don obsesivo (1989). Adolfo Castañón, El pabellón de la límpida soledad (1988). Luis Ignacio Helguera, Traspatios (1989). Emiliano González, Los sueños de la Bella Durmiente (1978) y La habitación secreta (1988). Francisco Segovia, Conferencia de vampiros (1987). Jorge García Robles, Lofránida (1987). Jaime Moreno Villarreal, La línea y el círculo (1981) y Música para diseñar (1991).

21 Estoy citando el estupendo artículo de Evodio Escalante sobre el autor: “Francisco Hinojosa alcanza en el Informe negro una rara maestría, una imaginación desatada, paródica, libresca, depuradamente intelectual, a veces franca (y socarronamente) metafísica. [...] Ningún escritor como él, ni siquiera Fuentes, me parece más efectivo en su despliegue del lenguaje. Fuentes es grandilocuente, esto juega en su contra. Hinojosa se ciñe a la inventiva de la palabra para derivar hacia la no-palabra, hacia lo que no se había dicho. Como alguno de sus personajes, él es de los que pugna por pugnar. En este dobleteo, en esta instancia de la palabra sobre un sentido particular de ella misma, el lector descubre significados que no estaban en la lengua, mejor dicho que la gramática de la lengua parecía excluir. Como cuando afirma, para recurrir a otro ejemplo, que el hombre es un lobo del lobo” (Escalante 15).

22 Juan Villoro comenta un artículo de Piglia al respecto en la introducción que escribe para la edición mexicana de los relatos de éste último (Villoro, “Prólogo” 7-21).

23 Doy una lista improvisada de unos cuantos autores, sabiendo que quedan muchos más a los que este diagnóstico sería igualmente aplicable: Ana García Bergua, El umbral: travels and adventures (1993) y El imaginador (1996); Ignacio Padilla, Subterráneos: cuentos del asfalto y la vereda (1990) y Si volviesen sus majestades (1996); Pedro Ángel Palou, Música de adiós y Amores enormes (1992); Pablo Soler Frost, El sitio de Bagdad y otras aventuras del doctor Greene (1994); David Toscana, Historias de Lontananza (1996); Jorge Volpi, Pie en forma de sonata (1992). Dentro de la nómina de autores noveles con cuentos publicados de momento en revistas y antologías, destacan: Adrián Curiel Rivera, Roberto Pliego o Naief Yehya.

24 Julio Ortega expone dichas conclusiones en el prólogo de su Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI. Las horas y las hordas, prólogo con el que la nómina anterior de autores se declara en deuda.

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[1] Revista Universidad de México, vol. xxiii, núm. 10, México, Unam, 1969, pp. 29-36.

 

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