La situación de
indefensión de los sospechosos de violación en
ciertos casos en los que la
palabra de la víctima es la única prueba
disponible es una situación
que se repite con cierta asiduidad. En algunos de los casos, el
sospechoso sería inocente y la identificación
sería fruto del error
(bien comprensible, por otra parte) de las sufridas
víctimas o incluso de la mala fe, en aquellas ocasiones en
que hay que
hablar de falso
testimonio.
Poco tiempo antes
de la absolución de Mounib y Tommouhi por el caso
en que unas pruebas de ADN les exculparon, fue absuelto sin cargos en
Madrid un hombre que había permanecido encarcelado durante
más de un
año acusado por su hija de haberla violado en reiteradas
ocasiones. La
hija confesó al tribunal que había inventado la
denuncia para alejar a
su padre de casa y acabar así con las discusiones de sus
progenitores y
"como venganza" porque la "obligaba a hacer los deberes".
También
estaba reciente en la memoria el caso de un labrador
coruñés de 54 años
que había pasado casi cinco meses en prisión
-pese a que la prueba del
ADN garantizó su inocencia- acusado de violar a una
disminuida psíquica
de 14 años.
El acceso a las pruebas de
ADN marcan un antes y un después en la
manera en que se imparte justicia en muchos de estos casos, permitiendo
tanto ratificar acusaciones sobre bases firmes como deshacer
lamentables errores, según las ocasiones. En los
últimos años, en
Estados Unidos, decenas de acusados han sido puestos en libertad tras
comprobarse su inocencia al cotejar su ADN (ver, por ejemplo,
“Estados
Unidos y sus falsos culpables. Error casi mortal”, en Magazine
nº 207 (14/9/2003) -dominical de EL MUNDO-, o "Salvados por el ADN", en El País Semanal (8/3/2009)).
A
continuación se reseñan algunos
ejemplos ilustrativos conocidos últimamente.
El
“violador de Aluche”
[ Extractos del
capítulo “El psicólogo forense
experimental y el
testigo honesto”, escrito por Margarita Diges (Universidad
Autónoma de Madrid),
del libro “Psicología Forense
Experimental” (M. Diges / Mª L. Alonso-Quecuty)
–Valencia,
1993– ]
El 5 de Diciembre
de 1989, G.I.C., un joven de 16 años, fue detenido por la
policía en Madrid,
acusado de violación, cuando iba a recoger un formulario que
había dejado una
hora y media antes en casa de I.L.L., una estudiante de
ingeniería de 24 años.
La joven había sido violada en Mayo del mismo año
(siete meses antes de este
reconocimiento) y había presentado denuncia en la
Comisaría de Policía, donde,
además de pedirle la descripción
física de su agresor, también le mostraron
fotografías por si podía reconocerle. Aunque no
identificó ninguna foto, sí
señaló que una de ellas podría
corresponder a alguien semejante a su agresor,
aún cuando no podría decir que fuera el mismo. Su
descripción del violador, por
otra parte, contenía datos que podrían
considerarse "promedio", esto
es, estatura de 1.62, complexión normal, moreno y de pelo
ondulado, así como
una estimación de su edad entre los 20 y los 23
años.
En su denuncia,
I.L.L. manifestaba que apenas pudo ver la cara de su agresor pues era
de noche
y él se mantuvo constantemente a su espalda. En realidad,
solo tuvo ocasión de
verle la cara cuando al alejarse del lugar una farola le
iluminó mientras se
volvía. Sin embargo, la joven se vió sorprendida
cuando, 7 meses después de la
denuncia, un encuestador llamó a la puerta de su casa y ella
creyó verse ante
el mismo que la había violado. Sin apenas dar
crédito a lo que veían sus ojos,
consiguió demorar la entrega del cuestionario que
tenía que rellenar, lo que le
permitió avisar a la policía y que dos
funcionarios se presentaran en su casa
antes de que el encuestador volviera.
También fue grande
la sorpresa de G.I.C. cuando, al recoger el formulario se
encontró detenido, e
identificado "sin ningún género de dudas" como el
violador de una
desconocida al ser sometido a una rueda de reconocimiento unas horas
después en
la Comisaría.
Días más tarde, y
como consecuencia de una alerta dada a la policía por otra
joven cuando le vió
merodear en las cercanías de su casa, fue detenido M.A.G.B.,
cocinero de 24
años, acusado de ser "el violador de Aluche", al que la
policía hacía
responsable de algo más de una veintena de violaciones o
intentos de violación
en ese barrio a lo largo de los dos últimos años.
En los días posteriores, este
joven fue sometido .a varias diligencias de reconocimiento, formando
parte de
diferentes ruedas de identificación. Unas 25 mujeres, que
habían presentado
denuncias por agresiones sexuales en la zona en 1988 y 1989, examinaron
esas
ruedas y siete de ellas reconocieron "sin ningún
género de dudas" a
M.A.G.B. como su agresor. Entre estas siete mujeres estaba nuestra
primera
protagonista, I.L.L., que previamente había identificado al
encuestador, y
otras cuatro mujeres que habían señalado en
ruedas anteriores a J.M.A.P., de 20
años, detenido en Septiembre del mismo año y
acusado también de ser "el
violador de Aluche".
Este
último, J.M.A.P., y el encuestador
fueron puestos en libertad como consecuencia de las últimas
identificaciones, y
se determinó el procesamiento de M.A.G.B., acusado de todas
las violaciones. La
investigación policial se detiene aquí: el caso
del violador de Aluche está
resuelto.
[...]
Mi participación
en el caso fue sugerida por un familiar del cocinero acusado, y
aceptada por su
abogado defensor, D. Antonio Lafuente, que merece una
mención especial al
confiar en un testimonio experto que suponía una novedad en
nuestras salas de
Justicia y, por tanto, un riesgo. El juicio oral y público,
en el que
estuvieron presentes el "encuestador" (llamado por la defensa como
testigo) y el "cocinero" como acusado, se celebró el
día 14 de
Febrero de 1991, ante la Sección V de la Audiencia
Provincial de Madrid. La
sentencia se hizo pública varios días
después y tuvo en cuenta, entre otras
consideraciones, las dificultades de una identificación en
las circunstancias
de este caso, dificultades que impedían que esta prueba por
sí sola pudiera
llevar al Tribunal a un juicio de certeza sobre la culpabilidad del
acusado. La
sentencia señalaba que no podía considerarse
destruida la presunción de
inocencia que amparaba al acusado y, por tanto, le absolvía
del delito por el
que comparecía.
............................................
[ EL
PAÍS, 15/11/1991 ]
El
presunto violador de Aluche niega haber abusado de 20 mujeres
El
forense lo tacha de pervertido sexual
JOSÉ
A. HERNÁNDEZ, - Madrid
Miguel
Ángel García Bardera, el joven de 23
años que
supuestamente hizo cundir el pánico entre las mujeres del
barrio de Aluche,
negó ayer, ante el tribunal que lo juzga, ser el autor de
los alrededor de 20
delitos sexuales cometidos en las zonas de la Puerta del
Ángel, El Batán y
Aluche en los años 1988 y 1989.
El
forense reveló al tribunal que García Bardera es
un auténtico
"pervertido sexual" al que gusta utilizar la violencia en sus
relaciones sexuales. El acusado declaró a la
policía, tras ser detenido en
diciembre de 1989, haber abusado de una veintena de mujeres; sin
embargo, ayer
se retractó y negó, una por una, las seis
violaciones que el fiscal le achaca.
No obstante, admitió que alguna vez tuvo
intención de violar a alguien, pero
que nunca recurrió a la violencia. García Bardera
señaló que su confesión en la
comisaría de Los Cármenes la hizo "coaccionado"
por los agentes.
"Cada vez que veo en la tele una escena de violación no lo
puedo soportar
y tengo que apartar la cara", confesó ayer en los pasillos
una de las
víctimas. "Me puso un estilete en el cuello y me
llevó a un parque, donde
me violó, ya de madrugada". "A mí no
llegó a violarme, pero lo
intentó: al ver que venía hacia nosotros un
hombre, sintió miedo, supongo, y
salió corriendo", declaró otra de las
víctimas.El presunto violador de
Aluche compareció ayer ante el tribunal de la
Sección 13 de la Audiencia de
Madrid. El juicio se reanudará hoy, cuando está
previsto que testifiquen, a
puerta cerrada, cuatro de las seis mujeres que han reconocido a Miguel
Angel
García como autor de sus violaciones.
El
fiscal le pide 93 años y 4 meses de cárcel como
autor, a su juicio,
de seis delitos de violación, dos de ellos en grado de
tentativa.
............................................
[
EL PAÍS,
22/11/1991 ]
El
'violador de Aluche', condenado a 16 años
J.
A. H. - Madrid - 22/11/1991
La
Sección 15ª de la Audiencia Provincial de Madrid ha
condenado
a 16 años de cárcel al violador de Aluche, Miguel
Ángel García Barberá, por uno
de los seis delitos de violación, dos de ellos en grado de
tentativa, que le
imputaba el fiscal. El tribunal declara probado que García
Barberá, de 23 años,
sólo violó y robó a una mujer de 40
años -que responde a las iniciales de A. S.
P-, acción por la que le condena a un total de 16
años de cárcel.Los defectos
formales cometidos en las sucesivas ruedas de reconocimento y las dudas
expresadas por varias de las víctimas a la hora de
identificar al violador, tal
como alegó el abogado defensor, han sido determinantes para
que el tribunal
sólo le atribuya uno de los delitos y lo exonere de las
cinco restantes.
Los
magistrados entienden que, salvo en un caso, "no
existen pruebas concluyentes" como para inculparle de las otras
violaciones, ya que, matiza, cuatro de las seis víctimas
indentificaron
inicialmente a una persona distinta de la juzgada.
El
fiscal sostuvo en el juicio que el acusado, para quien
reclamó un total de 93 años y 4 meses de
cárcel, había cometido seis delitos de
violación entre los años 1988 y 1989 en los
barrios de Aluche, Batán y Puerta
del Ángel.
Durante
ambos años, la policía recibió 24
denuncias de supuestas
violaciones ocurridas en esas zonas, de las que 16 fueron archivadas.
La
policía del barrio de Los Cármenes
confeccionó un retrato-robot con los rasgos
físicos del violador.
"Lo
vi muy clarito"
A
juicio del tribunal, el único delito que cometió
el acusado se
produjo en la madrugada del 4 de febrero de 1988, en la calle de
Seseña, cuando
abordó por el cuello, con un objeto cortante, a A. S. P. y
le robó 10,000
pesetas tras consumar la violación en un portal.La
Sección 15ª de la Audiencia
considera prueba suficiente la inequívoca
identificación que realizó la víctima
A. S. P. en comisaría sobre su violador. Ésta
aseguró que durante la violación,
que se prolongó durante una hora, habló con
García Barberá y lo vio "muy
clarito", dijo al tribunal, en el juicio.
Aunque
en el juzgado expresó sus dudas, A. S. P explicó
que fue
porque durante la rueda de reconocimiento el procesado llevaba barba y
pelo
largo, por lo que pidió que le enseñaran fotos
del mismo sin barba y no dudó
cuando tuvo delante la de García Bardera.
El
informe del médico forense subrayó la "inmadurez
psicosexual" de García Bardera que, aunque no padece de
ninguna enfermedad
mental, es un perturbado sexual "que busca la satisfacción
sexual por
medio de la violencia".
-Después
de 20 años ¿Hay alguna resolución
judicial
que le haya marcado especialmente?
-Cada vez que pongo una resolución que suponga la
privación de libertad de una
persona, me repercute. Pero recuerdo con malestar algún
error judicial que
también he cometido. A principios de los 90 tuve tres meses
a una persona en
prisión provisional y luego resultó que era
inocente. Fue en Móstoles. Era una
persona sospechosa de ser un violador en cadena y lo
conocían como el violador
del tenedor. Hubo dos víctimas que lo reconocieron: un
hombre de color con una
cicatriz en el cuello muy significativa y lo mandé a
prisión provisional. Luego
se descubrió al verdadero autor porque pese a que ya
había un sospechoso en
prisión no pudo aguantarse y volvió a cometer una
violación con un tenedor. Lo
pillaron in fraganti. Resulta que también era una persona de
color con una
cicatriz en el cuello. No, es algo que no se puede olvidar.
-¿Es preferible un inocente en la
cárcel o un culpable libre?
-Ante la duda, hay que adoptar la decisión de
libertad. Pero yo en este caso
tenía muy pocas dudas. Luego se le pagó una
indemnización y le pedí disculpas.
[ Resumen ]
En
julio del 2001, terminó el calvario particular de Ricardo Nievas,
un joven argentino que ya llevaba un año y siete meses
detenido en la
Unidad Uno del penal de Olmos y estaba a punto de ser juzgado por
cargos de robo calificado, violación y privación
ilegal de la libertad,
lo que le habría supuesto una pena superior a los 15
años de prisión.
Una pericia de ADN descubrió quién era el
verdadero culpable, un tal Fabián Salas, con quien tenía un
gran parecido físico. Los ataques sexuales que le
imputaron a Nievas tuvieron lugar en La
Plata (Buenos Aires) el 16 de septiembre de 1999. Cuatro
días después,
la casualidad quiso que se cruzara por la calle con la
víctima, que iba
acompañada de su madre. Al verlo, la chica creyó
reconocerle, llena de
espanto. Nueve días más tarde, la
policía lo detuvo en su lugar de
trabajo.
"Me querían hacer firmar a toda costa. Me
sometieron a una rueda
de reconocimiento, donde no había ninguno que se pareciera a
mí. Me
pasearon adelante de la damnificada. Le dijeron que era yo al que
habían detenido por su causa. Ella me reconoció.
Y para mí fue muy
duro....no tenía palabras", comentaría el
detenido posteriormente.
Lo cierto es que otros testigos del caso también
le reconocieron.
Inicialmente no fue posible proceder a cotejar los restos de
semen,
por ser insuficientes. Por fortuna, meses más tarde, cuando
la Asesoría
Pericial de Tribunales fue dotada con un nuevo equipamiento, pudieron
llevarse a cabo las pruebas que llevarían a su
absolución.
Se daba la curiosa circunstancia de que otros dos salvajes
ataques
sexuales llevados a cabo previamente por el auténtico
culpable ya
habían llevado a la cárcel a otro inocente, que
también se le parecía
físicamente. Ocho meses de detención y
más de un año de arresto
domiciliario había pasado Silvio Herrera,
un joven estudiante de General Alvear, cuando una prueba de ADN vino a
demostrar su inocencia. Los testigos le habían confundido
con Salas.
[ LA VANGUARDIA, 29/9/2001 ]
El violador era su doble
Un inocente de robo con
violación recibe 10.000 pesetas por día de
cárcel
---Ya en la cárcel, Miguel H. supo por
otro preso que en Rubí había otra persona que era
idéntica a él---
---El caso ha cambiado la vida de un inocente:
perdió su trabajo, se separó y en el barrio
quedó marcado---
E.
MARTÍN DE POZUELO / SANTIAGO TARÍN
BARCELONA. – Pasar veintisiete días en
prisión acusado de un robo
con intento de violación que no cometió, suceso
que trastornó su vida,
sólo vale 270.000 pesetas. Así se lo ha
comunicado el Ministerio de
Justicia a Miguel
H.,
que fue detenido y fue a dar con sus huesos a la prisión por
una
agresión sexual cometida por una persona que,
físicamente, era su
doble.
La rocambolesca historia de Miguel H. parece copiada de la
película de Hitchcock ”Falso culpable”,
donde Henry Fonda es acusado de
un delito cometido por otra persona con la que guarda gran parecido
físico. Por suerte, Miguel H. demostró que en el
momento de producirse
el hecho tenía el brazo enyesado -y el verdadero autor, no-
y, lo más
importante, la prueba del ADN jugó a su favor, probando su
inocencia.
La cadena de acontecimientos fue así. En la
madrugada del 12 al 13
de abril de 1998, un joven moreno, bajo y robusto detuvo su ciclomotor
en una gasolinera sita en las afueras de Terrassa, se tomó
un café y
conversó un rato con la empleada, contándole que
trabajaba en una
pastelería de Rubí.
Justo una semana después, también en la
madrugada del sábado al
domingo, el mismo hombre volvió a detenerse en esa
estación de
servicio. La empleada era otra y notó algo raro. El
visitante empuñó un
destornillador, arrebató el dinero de la caja y
empujó a la chica hasta
un cuarto, donde intentó violarla. Todo fue muy
rápido, apenas duró un
cuarto de hora.
Los únicos indicios para localizarle eran los
datos de la
conversación con una empleada, restos de semen y 12
fotogramas de la
cámara de seguridad. Con esas fotos, la policía
recorrió la comarca y
la empleada de una pastelería dijo que se parecía
a un chico de
Terrassa que, además, tenía un ciclomotor.
Así se llegó hasta Miguel,
que fue detenido el 21 de abril y sometido a ruedas de reconocimiento,
donde las dos chicas de la estación de servicio le
señalaron.
Pero él insistía en su inocencia. Su
coartada era que el 18 de
abriI vio el partido de fútbol entre el Barcelona y el
Zaragoza, y como
los azulgrana ganaron el título de Liga se fue a celebrarlo
con el jefe
de su esposa. En el grupo había otro amigo, pero como era
del Madrid se
fue a dormir. No regresó a su casa hasta pasadas las seis de
la mañana.
El 23 de abril, el juez decretó su ingreso en
prisión por robo con
intento de violación y agresión sexual.
Ya en la Modelo se dio cuenta de lo que podía
ocurrir: en la
cárcel se le acercó un tipo y le dijo:
”Eres igual que uno de Rubí”.
Entonces se percató de que tenía un doble que,
además, era un violador
en potencia. El abogado de Miguel H., Jorge Gilabert, del bufete
Carreras Llansana, pidió nuevas pruebas y aportó
un certificado médico
en el que se detallaba que, el día del asalto, Miguel
tenía el brazo
derecho enyesado, mientras que la cámara de seguridad de la
gasolinera
mostraba claramente cómo el malhechor no portaba vendajes.
Al final, la
prueba del ADN dejó claro que no había sido
él y quedó libre el 16 de
mayo. Su abogado pidió una indemnización de 30
millones de pesetas por
los daños causados, así como reparaciones para su
familia. Su vida se
ha visto trágicamente alterada desde entonces:
perdió su trabajo, no
podía vivir en su barrio porque le señalaban como
violador, su
matrimonio se ha roto y aún está en tratamiento
psicológico. Esta
semana, Miguel ha recibido respuesta a su queja. El Ministerio de
Justicia le ha comunicado que, tras estudiar su caso y pedir un
dictamen al Consejo de Estado, la confusión que ha
trasformado su
existencia vale 10.000 pesetas por día pasado injustamente
en prisión;
es decir, que le van a dar 270.000 pesetas de indemnización.
Su letrado ha manifestado a ”La
Vanguardia” que no está de acuerdo
con esta resolución y que piensa recurrirla, porque tan
magra cantidad
por un equívoco que casi destruye una vida no es justa.
Declaran inocente a un obrero que
pasó 19 meses preso por violación
Dos
chicas lo señalaron como su agresor al verlo en un hospital.
Pero el
día del delito él festejaba su
cumpleañoscon su familia. Pidió y no
obtuvo prueba de ADN. Perdió 35 kilos y su empleo. Su esposa
tuvo que
salir a trabajar
María Laura Cicerchia / La Capital
"Por fin se terminó esta pesadilla". Abrazado a
sus hijas después
de pasar 19 meses en prisión por un delito del que fue
absuelto de
culpa y cargo, José Nasello
intenta hacer de cuenta que la vida empieza otra vez.
"Borrón y cuenta
nueva", dice. Pero el sufrimiento que soportaron él y su
familia está
demasiado fresco. Todavía no sabe si lo
reincorporarán a su puesto como
operario, sus hijas de 5 y 7 años están bajo
tratamiento psicológico y
su mujer tuvo que salir a trabajar para suplantar la ausencia de su
marido. Con 35 kilos menos, José sufre las secuelas
psicológicas de
haber estado casi dos años preso por una
violación que, según un juez
de Sentencia, no fue cometida por él. "Las
víctimas se confundieron de
persona, supongo que debo ser parecido al hombre que las
atacó. Siempre
pensé que mi libertad iba a llegar de un día para
otro, pero la
Justicia es demasiado lenta", es el único reproche que
expresa al Poder
Judicial.
Este
obrero metalúrgico de 34 años fue el 16 de
septiembre de 2002 a sacar
un turno para sus hijas al Hospital Carrasco. Un hecho fortuito hizo
que allí se encontraran dos chicas que lo
señalaron ante la policía
como quien había abusado de ellas en un pasillo de 9 de
Julio al 5100.
Una dotación policial lo llevó preso sin
demasiadas explicaciones.
"Aquellas chicas te están acusando de violación",
le dijo el policía
que lo tomó del brazo. "Estas pibas se confundieron de
persona", cuenta
José que les respondió.
En el acto el obrero quedó detenido por
el abuso que habían sufrido
dos hermanas de 21 y 23 años y una amiga de 23 el 7 de julio
de ese año
a la madrugada, cuando un hombre corpulento intentó
asaltarlas a punta
de pistola, las obligó a introducirse en el pasillo y les
exigió a dos
de ellas que le practicaran sexo oral, mientras que la tercera fue
violada en forma anal.
Con estupor, sin rencor
Al
quedar detenido, tanto José como su señora,
Marcela
Besserini, pensaron que recobraría la libertad enseguida.
"Pero pasaban
los días, los meses. Pasó más de un
año y yo sin comerla ni beberla
seguía preso por un delito gravísimo. Nunca
había estado en prisión
antes. Al principio tenía pesadillas de verdad. Pensaba que
lo que
estaba sucediendo no era real. Hasta que me cayó la ficha",
rememora.
José habla pausado y no muestra rencor
por lo que le pasó. Fue él
mismo quien le pidió al juez de Instrucción
Osvaldo Barbero que le
practicaran un careo con sus acusadoras o un análisis de ADN
para
acreditar su inocencia. En lugar de ello, José fue citado a
una rueda
de reconocimiento con las tres jóvenes que habían
sido víctimas del
abuso. "El se prestó pensando que las chicas se iban a dar
cuenta del
error. Pero era obvio que esa prueba era ilegal. Las
víctimas lo habían
visto en el Carrasco, en la comisaría 14ª, cuando
estuvo detenido en la
6ª...", cuestionó Marcela.
En esa rueda dos de las jóvenes lo
señalaron (una de ellas con
dudas). La tercera -la única que al realizar la denuncia
dijo estar en
condiciones de reconocer al abusador- no lo sindicó. Con esa
única
prueba, Nasello fue procesado como autor de tentativa de robo,
privación ilegítima de la libertad y abuso sexual
con acceso carnal
calificado por el uso de arma.
Al llegar la causa al juzgado de sentencia, fue
él quien solicitó
la mayoría de las pruebas a través de su abogado,
Rubén Tornambé. "Se
demostró que la cartuchera del arma que el abusador
había olvidado en
el lugar no tenía las huellas digitales de él. Y
que a Nasello nadie lo
oyó levantarse de la cama esa noche. Pedimos una prueba de
ADN, pero no
se pudo hacer por falta de material genético",
reveló el abogado.
"Queríamos el ADN porque si
había restos genéticos yo me hacía la
prueba de inmediato. Y resulta que estuvieron cinco meses para peritar
una bombacha", narra José, quien por el momento no
evalúa iniciar un
reclamo por daños y perjuicios.
Antes de que el juez Casas dictara la
absolución, Nasello pasó por
las comisarías 6ª, 14ª y sub 18ª.
Estuvo 9 meses alojado en la alcaidía
de la ex Jefatura y 120 días en la Unidad Penitenciaria
Nº 3, en el
pabellón destinado a acusados de delitos sexuales.
"Sinceramente, tengo que agradecer que nunca me
pasó nada estando
en la cárcel", refiere José acerca de los
días de encierro. Sus 27
compañeros de calabozo realizaban manualidades. El mataba el
tiempo
limpiando la celda como "carcelero", un trabajo por el que
recibía una
retribución mínima. No era creyente, pero
encontró en la religión una
vía de escape gracias a las visitas de un pastor. "Yo
llevaba mi carga
de estar encerrado. Pero además mi familia pasaba terribles
necesidades", reveló.
La vida trastocada
Su mujer
salió a trabajar para solventar la economía
familiar,
comprarles a sus hijas los útiles escolares, contratar
abogados y
cubrir los gastos de José en prisión.
"Trabajé limpiando casas, a la
noche en una rotisería y envasando cucharitas para helados".
A eso se
sumaron las enfermedades que padeció la mujer por
estrés. Sus hijas
tuvieron que iniciar un tratamiento psicológico al
enterarse, luego de
tres meses sin ver a su padre, que estaba preso por
violación. "Las
nenas estaban rebeldes. Se peleaban todo el tiempo. Se tiraban al piso
llorando abrazadas a la foto de su papá", recuerda Marcela.
Los días de visita dejaron una marca
imborrable en Marcela: "¿Sabés
lo que es soportar una requisa? Es terrible para una persona grande,
imaginate para las nenas que se tenían que desnudar frente a
desconocidos. Después no querían ir al pediatra".
Durante todo este tiempo en el que José
se perdió cumpleaños,
fiestas y el primer día de clases de su hija mayor, Marcela
apoyó
incondicionalmente a su marido: revisó hoja por hoja el
expediente
judicial, hizo innumerables gestiones en Tribunales y en abril de 2003
proclamó en este diario la inocencia de su marido, de la que
siempre
estuvo convencida: la noche de la violación estaban juntos,
festejando
el cumpleaños de él en su casa.
Recuerda el reencuentro con sus hijas en su casa,
al recuperar la
libertad el martes a la tarde. Sólo entonces José
rompe a llorar.
Todavía no sabe que hacer con su tiempo. Tiene la esperanza
de que
vuelvan a tomarlo en la empresa para la que trabajó durante
más de diez
años y volver a su vida normal: "Ir a trabajar, hacer
algunas compras
en el súper, estar con mi mujer y con mis hijas". Como
resultado del
tiempo en prisión y la forma inesperada en la que fue
arrestado, ahora
tiene miedo de salir solo a la calle, de cruzarse con un patrullero, de
que un desconocido le toque el hombro.
"No guardo odio ni rencor contra estas pibas, pero
se confundieron
de persona. Ruego a Dios que no le pase a nadie esto. Porque
lamentablemente, le puede pasar a cualquiera", expresa mientras le hace
upa a la menor de sus hijas y le promete en voz alta que ahora nadie
más los va a separar.
Pasó 14 meses preso por
violador serial y era inocente La
Justicia le ofrece una indemnización de 76, 500 pesos:
Leandro Riboldi
había sido condenado a 7 años, hasta que la
Policía encontró al
culpable.
Leandro Riboldi
estuvo 14 meses y 13 días encarcelado y acusado como
“el violador del
Centro”, tras un fallo judicial que lo condenó a 7
años de prisión
efectiva por el supuesto delito de abuso sexual y violación.
Sin embargo, la Policía
descubrió que el joven estudiante de
Ciencias Económicas nada tuvo que ver con los 16 casos que
asolaron a
la ciudad de Rosario en 1998 cuando se denunciaron los ataques sobre
chicas universitarias.
La Justicia ordenó a la provincia de
Santa Fe que le pague una
indemnización de $76.000 a Riboldi por los daños
ocasionados por su
encarcelamiento injusto durante más de un año.
Un sector de Rosario fue escenario de violaciones a
estudiantes
universitarias. El agresor entraba a sus departamentos, o las
engañaba
pidiéndoles papel y lápiz para dejar notas en
viviendas vecinas. Antes
de violarlas, se cubría la cara con una remera y
después robaba objetos
de poco valor
El
tribunal que condenó a Riboldi se basó en la
denuncia del padre de una
ex novia del joven que vio el identikit y lo encontró muy
parecido. Las
pruebas no eran conluyentes a pesar de que el acusado clamaba por su
inocencia. La fiscal pidió 12 años, y la
sentencia se fijó en siete.
Más de un año
después de estar en prisión, la
policía encontró a un
joven que atacó sexualmente a una joven con la modalidad
anterior, y
éste confesó toda la verdad, admitiendo que el
convicto no era el
culpable de los delitos que se le atribuían.
A sólo 15 días de que se le
fijara una sentencia en firme en 1999, la policía
apresó a Néstor Omar Fica cuando intentaba ingresar a un
departamento para atacar a una mujer.
El joven confesó que era el autor de
todas las violaciones
anteriores y agregó: "Tengo un gran sentimiento de culpa
porque está
presa una persona inocente por cosas que yo hice".
Hoy, la Justicia estableció en $76.000
el monto de indemnización
para Riboldi, aunque éste apelará esa
decisión por considerarla
insuficiente. El estado provincial también puede apelar el
fallo
condenatorio al que debe atenerse.
............................................
Otras
referencias:
Riboldi
fue liberado. Dijo que le agradecía a Fica «por
hacerse responsable de
las cosas que hizo». Y agregó: «Creo que
lo hizo sin estar consciente
de lo que le espera. Yo sé lo que tiene que pasar porque yo
ya lo pasé
y no se lo deseo a nadie».
[ diarioEL SOL
digital (Concordia),
9/2/2005 ]
Irremediable. Leandro
Riboldi quedó devastado
también económicamente. Por el juicio su padre
tuvo que vender su única propiedad.
[DIARIO
DE CUYO(San
Juan, República Argentina), 9/2/2005 ]
Estuvo diez meses preso por una
violación y era inocente
Lo involucraron en el
manoseo de una chica. Y cuando fue a la
comisaría para aclarar su situación, lo
detuvieron por su parecido con
el identikit de un acusado de otra violación. Aún
no pudo recuperarse.
Martín
Sassone La vida de Ariel Encina
cambió inesperadamente el 12 de junio de 2003. Aquel
día salió de la
casa de su mamá, en Villa Madero, y cuando volvía
hacia la suya un
vecino lo increpó. "¿Vos la manoseaste a mi
hija?", le preguntó. Ariel,
desconcertado, lo negó. Mientras, la adolescente dudaba y se
escondía
detrás de su padre. "¿Fue él?
Respondéme... ¿Fue él?", le gritaba el
hombre a su hija. Ella finalmente dijo: "Creo que sí."
Lo que siguió fue una pesadilla que dura
hasta hoy: Ariel fue
detenido, acusado de "robo, violación y abuso deshonesto",
estuvo preso
casi diez meses en una comisaría de La Matanza y otro buen
tiempo con
libertad vigilada, perdió su trabajo y no consigue otro. "Lo
único
bueno que me sucedió fue que la Justicia me
sobreseyó gracias a una
prueba concluyente que fue el resultado de ADN, aunque tuve que esperar
demasiado", contó a Clarín.
Ahora, sus abogados demandarán al Estado
provincial.
Ariel Luis Encina (30) vive en Villa Celina. Hace
unos años se casó
con Leticia y es padre de tres hijos de 10, 8 y 6 años. Es
evangelista
y miembro de la Iglesia La Esperanza. Según
contó, trabajó desde los 12
años y su última ocupación fue como
repositor en un hipermercado de
Liniers, con el que está en juicio porque desde que
recuperó la
libertad no fue reincorporado.
Aquel 12 de junio el mundo se le vino encima. Luego
de la acusación
sufrió una paliza por parte del padre de la chica. "Me
acusó de haber
manoseado a la hija y después me pegó. Como yo
quería dejar las cosas
claras fui a la comisaría de Villa Madero para denunciar que
me estaban
acusando falsamente", dijo.
Pero las cosas allí no mejoraron. El
policía que lo atendió lo hizo
esperar y cuando regresó lo detuvo por una denuncia de una
mujer de 25
años que había sido violada un mes antes
—el 16 de mayo— a una cuadra
de donde la adolescente decía haber sido abusada. Y el
identikit del
violador se parecía a él. "Me arrestaron
enseguida y lo más curioso es
que yo había ayudado a pegar esos identikits en la calle",
explicó.
En esa seccional estuvo unas horas y lo llevaron a
la comisaría de
Don Bosco, también en La Matanza, donde alojan a presos por
delitos
sexuales. Estuvo allí hasta el 31 de marzo de 2004.
"Viví meses muy duros, alejado de mi
familia y acusado injustamente
por delitos tan horribles. El calabozo en el que estuve todo ese tiempo
era pequeño y siempre conviví con presos por
delitos sexuales, pero por
suerte nunca sufrí un ataque", relató.
El día más difícil
de todos, según contó, fue el 24 de diciembre de
2003, el día de su cumpleaños. "Fue la peor
Nochebuena y cumpleaños de
mi vida. Mi esposa me fue a llevar comida ese día y
escuché cómo
lloraba mi nena. Eso me mató", detalló.
Los días encerrado eran muy largos y sus
actividades principales
eran "jugar a las cartas, hacer artesanías con palitos de
helado y
transmitir la palabra de Dios".
La clave para definir su situación era
el estudio de ADN. Sin
embargo, el juez de Garantías de La Matanza Marcelo Dau lo
procesó con
prisión preventiva por pedido del fiscal Sergio Carrera
Fernández, que,
como única prueba, tenía el reconocimiento de la
víctima de violación.
"Lo reconoció con tanta seguridad que
eso nos generó muchas dudas,
porque en su declaración sostuvo que el violador la
había tomado por
detrás y que casi no le pudo ver la cara", dijo Gabriel
Becker, abogado
de Encina.
El resultado del ADN finalmente se
conoció el 23 de marzo del año
pasado. La Asesoría Pericial de La Plata concluyó
que el patrón
genético de Encina no era el mismo que el del semen del
violador
hallado en la ropa de la chica. El juez lo sobreseyó por el
delito de
"robo y violación" y le otorgó la libertad
morigerada. Luego, se
tomaron en cuenta las planillas de su trabajo —lo ubicaban en
el
hipermercado a la hora de los ataques— y las declaraciones de
testigos
y fue sobreseído del "abuso deshonesto".
Hoy, los Encina viven gracias al sueldo de Leticia,
que es empleada
doméstica. El no consigue trabajo fijo y cada tanto pega
afiches
publicitarios en la calle por 5 centavos el afiche. "Me quedaron muchas
secuelas: a veces me orino en la cama, no puedo caminar solo por la
calle y me agarran ataques de angustia", explicó
Ahora, su abogado civil, Gabriel Jaijel, va a
iniciar una demanda
civil contra el Estado provincial por negligencia y estudia la
posibilidad de demandar a las dos denunciantes. "Mientras, yo voy a
seguir buscando trabajo y peleando por limpiar mi nombre",
concluyó.
[ DIARI DE
TARRAGONA, 28/2/2005; artículo reproducido en la
web del CICAC
]
Cárcel para un inocente
Adil Damoul
estuvo dos años y cuatro meses en prisión hasta
que fue juzgado por una
violación que no había cometido. Lo declararon
inocente, pero eso no le
compensó de la larga estancia entre rejas
Una noche de junio de 2002, Adil Damoul se
encontraba frente
a un bar de la calle Murillo, en la zona de los slammers de Salou. Un
Guardia Civil lo detuvo y no volvió a ser libre hasta
octubre de 2004,
cuando tuvo lugar el juicio y fue declarado inocente de los cargos que
pesaban contra él por agresión sexual. La
víctima, que fue violada en
una playa de Salou por «tres personas que hablaban
árabe», admitió que
él no fue uno de los culpables. La prueba del ADN
sirvió para
corroborarlo y dejar manifiesto que Adil había estado dos
años y cuatro
meses y medio en prisión a causa del reconocimiento
erróneo realizado
por la víctima.
El 20 de junio de 2002 la joven gallega A.M.G.B,
por aquel
entonces de 20 años de edad, fue violada por tres personas
en Salou.
Sucedió a las 3.45 horas de la madrugada en las escaleras
que bajan de
la calle Bruselas a la playa. Los agresores la tiraron al suelo, la
dejaron semi inconsciente y la amenazaron con una navaja. La
víctima
declararía más tarde que «hablaban
árabe» y que «sus rasgos revelaban
su origen norteafricano».
Al día siguiente la víctima
salió en un coche de la Guardia
Civil a buscar a los agresores. Cuando vio a Adil a las puertas de un
bar de la calle Murillo dijo que él era una de las tres
personas que la
habían violado. Un agente bajó del coche y le
preguntó a Adil: «¿Tú te
peleaste aquí ayer por la noche?».
Contestó que no, pero se lo llevaron
al calabozo y ya no volvió a ser libre hasta
después de dos años y
cuatro meses.
El juicio tuvo lugar en octubre de 2004 y la
víctima,
residente en Galicia, asistió mediante videoconferencia. La
sentencia
recoge las siguientes palabras suyas: «tengo dudas sobre los
reconocimientos de la calle Murillo» y «dudo sobre
las características
del agresor». A esto se sumó el testimonio de dos
de los compañeros de
piso de Adil: la noche de los hechos vieron una película
juntos en casa
antes de irse a dormir y permanecieron en la cama hasta el
día
siguiente. Además, la prueba del ADN demostró que
el acusado no violó a
la chica.
Un amigo de la chica declaró que el
lugar donde ocurrieron
los hechos tenía una iluminación artificial muy
débil y que era
imposible reconocer a alguien en esas condiciones. Varios agentes de la
Guardia Civil visitaron estas escaleras de la calle Bruselas de Salou y
llegaron a la misma conclusión. Pero en todo momento, hasta
el día del
juicio, prevaleció el reconocimiento realizado por la
víctima en la
calle Murillo.
Un calvario
Sin comerlo ni beberlo, Adil, nacido en la ciudad
marroquí de
Meknes hace 28 años, se encontró en la
cárcel. «Un Guardia Civil me
dijo que estuviese tranquilo, que sólo sería un
mes», recuerda, «y mi
abogado me dijo lo mismo, que la situación no se
alargaría demasiado».
«Mi primera reacción fue llorar, no me lo
podía creer», explica Adil,
«esto en Marruecos ya sabes que te puede pasar, pero pensaba
que España
era diferente, que esto no pasaba».
Es justamente por eso que ha acudido al Diari
para contar su
experiencia. «La escritura es un arma poderosa, pero yo soy
de ciencias
y extranjero», explica. «Si explico esto es porque
no puede ser que
pase, quizá publicándolo se pueda cambiar
algo», dice.
Fue interrogado por la Guardia Civil y por la
juez. «Ellos
estaban seguros de que yo era culpable», asegura. Recuerda
que los
agentes repetían todo el rato: «Ha sido
él, ha sido él». «Me
preguntaron si tenía una cicatriz en mi muslo derecho, les
dije que no
y me bajé los pantalones para que lo comprobasen, pero ellos
seguían
repitiendo una y otra vez que había sido yo. No
podía parar de llorar».
Cuando se lo llevaron del calabozo de la comisaría al centro
penitenciario de Tarragona le entró un ataque de histeria y
tuvo que
ser inmovilizado.
Él en todo momento se
declaró inocente, desde las primeras
declaraciones hasta el día del juicio. «Yo no soy
cómo decían. Siempre
he estado con chicas, he trabajado con chicas en un restaurante, he ido
con chicas a clase y nunca he tenido ningún problema, yo
sería incapaz
de hacer algo así», explica.
Es de dominio público cómo
el resto de reclusos trata a los
violadores en los centros penitenciarios. «Ahí
dentro nadie me hablaba,
pero también tengo que decir que no llegaron a
agredirme», explica. «Al
cabo de un tiempo entablé algo de relación con
otros marroquíes, les
dije que yo era inocente, pero no me creyeron», cuenta. La
respuesta de
sus compatriotas siempre fue: «En la cárcel todos
somos inocentes,
nadie reconoce lo que ha hecho».
Medida drástica
Desesperado e incrédulo, Adil
decidió comenzar una huelga de
hambre. Le traían comida, pero siempre la dejaba en la
puerta sin
tocarla. Hasta que se la dejaron de llevar. Al final su abogado se
enteró de la huelga de hambre que había
emprendido y le recomendó que
lo dejase estar porque por esa vía no iba a conseguir nada
más que
hacerse daño a sí mismo. Siguiendo el consejo,
Adil dejó la huelga de
hambre 14 días después de haberla iniciado y muy
debilitado. De hecho,
pesaba 10 kilos más antes de ingresar en prisión
que el día en que
recuperó su libertad. Tras esta experiencia, su
situación en prisión
mejoró algo. Empezó a participar en talleres de
manualidades y a
asistir a clases de catalán.
'Suerte con tu vida'
El juicio se ventiló en un
sólo día. Prueba de ADN, negativa.
Constancia de que el lugar estaba demasiado oscuro como para reconocer
a los agresores. Dos compañeros de piso del acusado
habían estado con
él aquella noche. Y la víctima dudaba del
reconocimiento. Tras el
veredicto, el juez se levantó del estrado y se
dirigió hacia Adil. «Que
tengas suerte con tu vida», le dijo. Era perfectamente
consciente de
que la Justicia había encerrado a un inocente.
[ EL
PAÍS, 24/7/2005 ]
Un hombre pasa cinco
años en la cárcel por un delito que no
cometió
Su esposa buscó pruebas hasta conseguir la
absolución del acusado
MÓNICA C. BELAZA - Madrid
El Tribunal Supremo ha absuelto a un hombre que
pasó cinco años en
prisión condenado por haber agredido sexualmente a un menor
de nueve
años, un delito que no cometió.
Después de la condena, en 2001, su
esposa estuvo casi dos años buscando pruebas que exculparan
al marido.
Finalmente, encontró dos testigos que han demostrado que el
condenado
se encontraba en su trabajo cuando se cometió la
violación. Francisco Javier G.
fue condenado en mayo de 2001 por la Audiencia Provincial de
Cádiz como
autor de la violación oral de un niño de nueve
años. Llevaba en prisión
condicional desde 1999, cuando fue arrestado. La prueba de cargo en su
contra fue el reconocimiento efectuado por el menor. Tras la sentencia
condenatoria, su esposa siguió buscando pruebas de su
inocencia.
Finalmente, encontró dos testigos que acreditaron que
él se encontraba
en su trabajo, en una academia de informática, en el momento
de la
agresión. La defensa del condenado pidió que se
revisara la sentencia,
y ahora el Supremo le ha dado la razón.
La violación tuvo lugar el 2 de agosto de 1999 en
Algeciras
(Cádiz), según los hechos probados de la
sentencia de la Audiencia de
Cádiz. Un hombre se acercó en la calle a la
víctima, un niño de nueve
años, y le preguntó por la dirección
de un pabellón deportivo. Le dijo
que subiera al coche para indicarle, a lo que el menor
accedió. Le
llevó a un descampado, detuvo el vehículo, le
agarró por el cuello y le
obligó a practicarle una felación. La prueba de
cargo fue la
declaración de la víctima, que
reconoció al acusado en cuatro
ocasiones. Los psicólogos dictaminaron que, a su juicio, "el
menor no
fabulaba en sus declaraciones incriminatorias".
El acusado alegó que en el momento en el que
supuestamente cometió
la agresión, estaba trabajando en su academia de
informática. Declaró
que, justo a esa hora, había llamado a un cliente a su
teléfono móvil
para que pasara a recoger un presupuesto, y que luego le
había atendido
personalmente. Intentaron encontrar al cliente a través del
móvil, pero
éste era de tarjeta prepago y la
compañía telefónica
desconocía los
datos del titular. Una empleada de la academia declaró que
había estado
con el acusado a la hora de los hechos, pero al tribunal no le
pareció
suficiente para desvirtuar la declaración del menor.
La mujer de Francisco Javier G., tras la condena,
siguió buscando
pruebas de su inocencia. Empezó a llamar diariamente al
móvil del
cliente a quien su marido había atendido, pero nadie le
respondía. No
había buzón de voz. Siguió llamando
durante casi dos años, ya con menor
frecuencia, y, finalmente, el 15 de abril de 2003, alguien
contestó.
Era la persona que buscaba. No había atendido antes las
llamadas porque
cambió de móvil y el número al que
llamaba la mujer apenas lo usaba.
Ese día contestó porque había perdido
su otro teléfono. El testigo
ratificó que, el 2 de agosto de 1999, sobre las 13.30,
Francisco Javier
G. le había llamado para darle un presupuesto y que luego le
atendió
personalmente en la tienda. Recordó que, cuando
llegó al
establecimiento, estaba allí un hombre en silla de ruedas.
La esposa buscó a ese segundo testigo.
Llamó a todos los alumnos
de la academia para ver si alguno tenía un padre en silla de
ruedas. Lo
encontró. Era el padre de una alumna que ese día
había ido a pagar el
recibo del mes. Se acordaba de que el condenado fue el que le
cobró.
Con esos testimonios, la defensa presentó un
recurso de revisión
ante el Supremo, que ha absuelto a Francisco Javier G. Su abogado
destacó que éste seguiría en la
cárcel si no fuera por la "labor
absolutamente dantesca" de su mujer para localizar a los testigos,
según informa Efe.
[
EL PERIÓDICO, 20/6/2006 ]
REPORTAJE
Condenado
sin pruebas
---El
Supremo ha absuelto a un hombre que pasó tres
años encerrado en la prisión por
una violación ---Los
jueces no tomaron en consideración las pruebas a su favor.
MARGARITA
BATALLAS
Una
pesadilla que ha durado tres años. Estuardo Roberto
Espinales Júpiter, de nacionalidad
ecuatoriana, recuperó la libertad el pasado mes de mayo
después de que el
Tribunal Supremo le absolviera del delito de agresión sexual
en modalidad de
violación por el que fue condenado por la Audiencia de las
Palmas a ocho años
de prisión. El alto tribunal acusa a sus colegas de haber
optado por el camino
más fácil: la condena.
Según
la primera sentencia, el 19 de agosto del 2003, Lucía
Mínguez fue abordada en
la calle por Espinales cuando salía de trabajar. El acusado
le preguntó la
dirección de una discoteca y, según la
versión de la mujer, tras darle la mano
la agarró por detrás, y la amenazó con
matarla si no se callaba. La mujer
perdió en ese momento el conocimiento. Cuando
despertó estaba boca abajo y,
según su relato, le habían quitado la ropa
interior, subido la falda y
penetrado de forma parcial analmente y vaginalmente. Tras eyacular, su
agresor
cayó encima de ella.
La
confesión
La
víctima identificó a Espinales en varias ruedas
de reconocimiento. Sin embargo,
el aspecto físico del acusado no se correspondía
con la descripción que había
facilitado a la Guardia Civil. En sus declaraciones explicó
que su agresor era "una
persona joven de 20 a 25 años, de raza magrebí,
pelo corto negro, frente
estrecha sin entradas, ojos saltones y 1,75 cms de estatura".
Después,
contó ante el juez de instrucción que "no se
había fijado mucho en la
persona e insistió en que el agresor era de origen
magrebí". Sin embargo,
Espinales, nacido en 1981, mide 1,63 centímetros y es de
nacionalidad
ecuatoriana. La noche de autos estaba borracho y reconoció
ante la Guardia
Civil que "algo malo debió ocurrir pues tenía una
camiseta manchada de
sangre que no era suya" y que "esa noche tuvo una discusión
con un
marroquí". En todo momento negó haber "agredido
sexualmente a
nadie".
Con
estos mimbres, la Audiencia de Las Palmas le condenó a ocho
años de prisión al
tener en cuenta el testimonio de la víctima y sus
contradictorias declaraciones
y sin analizar las pruebas exculpatorias aportadas por el fiscal y la
defensa:
varios exámenes de ADN.
La
regañina
Los
informes, elaborados por el Instituto de Toxicología,
analizaron los restos de
semen hallados en la ropa de la víctima, en el lavado
vaginal de la mujer, la
sangre del acusado en la camiseta y la ropa de la mujer. Esos
dictámenes
concluyeron que el semen analizado era de su novio mezclado con el de
otro
hombre y que la sangre de la camiseta del acusado no se
correspondía con la de
la mujer. Los expertos tampoco hallaron restos de ADN de Espinales en
la ropa
de la víctima. Todas las pruebas practicadas certificaron
que no existían
alelos del imputado en esos exámenes.
A
pesar de ello, los jueces dieron plena validez al testimonio de la
mujer al
asegurar que su declaración "era totalmente fiable o
creíble". Sin
embargo, para el Supremo, ese testimonio no se puede calificar "de
persistente, sin contradicciones y fisuras".
Por
este motivo, el Supremo regaña a sus colegas por haber
dictado una condena "sin
pruebas suficientes". Además, les acusa de haber optado por
excluir las
pruebas "que favorecen al acusado" y por haber actuado sin "la
necesaria racionalidad". De este modo --dice el tribunal-- "han
incumplido la obligación de motivación" que deben
tener las resoluciones
judiciales.
............................................
[
EL PAÍS, 23/7/2006 ]
Tres
años de cárcel por un error judicial
El
Supremo absuelve a un hombre que fue condenado por violación
pese a que había
pruebas biológicas
MÓNICA C. BELAZA - Puerto del
Rosario
"Quítate
la ropa, que estás acusado de violación",
escuchó Roberto E. J., el 23 de
agosto de 2003. Tenía 21 años. Acababan de
llevarlo desde el pueblo costero de
Costa Calma, donde vivía, en la isla de Fuerteventura, a la
Guardia Civil de
Puerto del Rosario. Una chica había sido agredida
brutalmente tres días antes,
de madrugada, y él era el principal sospechoso. Es
ecuatoriano, de Quito, y
llevaba seis meses en España. Ese mismo día
ingresó en prisión, donde ha pasado
los últimos tres años. Dos en prisión
preventiva y uno condenado por la
Audiencia de Las Palmas. Hasta que, a finales de mayo, el Tribunal
Supremo lo
absolvió. Se trataba de un error judicial: lo
habían condenado a pesar de que
había restos de sangre y semen que lo exculpaban. Ahora,
apenas sale de casa.
Va siempre acompañado. "Para tener testigos de lo que hago y
dónde
estoy", según relata, nervioso, y no sabe si
algún día podrá librarse del
estigma de violador.
La
única prueba contra él fue la
declaración de la víctima, que lo
identificó en
una rueda de reconocimiento "sin ningún género de
dudas". La
agredida, L. M., de 20 años, trabajaba en un hotel de la
zona y vivía en Costa
Calma. El 19 de agosto de 2003 llegaba a casa del trabajo, sobre la una
de la
madrugada, cuando un hombre le preguntó si sabía
donde estaba el Club Áncora.
Ella se lo indicó mientras seguía caminando. El
agresor se despidió pero, acto
seguido, la cogió por detrás y le
rodeó el cuello hasta la asfixia. La chica
perdió el conocimiento. Cuando lo recuperó,
estaba al lado de un pequeño muro,
donde fue violada mientras el agresor amenazaba con matarla.
Acabó con lesiones
y hematomas por todo el cuerpo, y ha necesitado un largo tratamiento
psiquiátrico. "Que la agresión fue atroz nadie lo
discute", señala el
abogado de Roberto, Pedro Carreras. "Pero no juzgaron a quien la
cometió.
Y como alguien tenía que pagar, le tocó ser el
cabeza de turco".
El
Supremo afirma que en el reconocimiento de la víctima hubo
"ciertas
incoherencias". Que no fue un testimonio "sin fisuras", como
afirmó el tribunal de Las Palmas, algo comprensible si se
tiene en cuenta la salvaje
agresión de la que fue objeto. En sus primeras
declaraciones, ante la Guardia
Civil, la juez y el médico forense, la chica
definió al violador como "de
origen magrebí" -tanto por su aspecto como por su acento-,
de 1,75 de
altura. Roberto es ecuatoriano y más bien bajito: no llega
al 1,63. Sí tiene
rasgos faciales que podrían hacerlo pasar por
marroquí. La víctima le reconoció
primero en un álbum fotográfico de la
policía. Había sido detenido como
sospechoso de dos delitos meses antes, aunque nunca fue juzgado, y por
eso
aparecía en las fotos. Lo señaló de
nuevo en la rueda de reconocimiento y el
día del juicio.
La
policía científica encontró restos de
semen del novio de la víctima y de otro
varón -el agresor-, y sangre en el sujetador. No eran de
Roberto, según
determinó el Instituto Nacional de Toxicología. A
pesar de ello, el tribunal
decidió que el recuerdo de una mujer en estado de shock tras
una violación, de
madrugada, era más fiable que la ciencia. Y lo
condenó. La sentencia ni
siquiera menciona que había pruebas biológicas
que lo exculpaban; no argumenta
por qué prescinde de ellas.
Cuando
fue detenido, Roberto vivía con sus hermanos, Elisabeth, de
25 años, y
Giovanni, de 22. La noche de la agresión había
salido y bebido. Ante la Guardia
Civil, no supo dar muchos detalles de lo que había pasado
ese día, porque el
alcohol había borrado algunos recuerdos.
Señaló que se había peleado con un
marroquí y que tenía la camiseta manchada de algo
que parecía ser sangre. El
Instituto Nacional de Toxicología determinó, sin
embargo, que probablemente era
tierra; no había sangre. Roberto y su hermana aseguran que
él estuvo toda la
noche en una discoteca, con muchos testigos, y no entienden por
qué ni el juez
ni el fiscal ni los abogados los llamaron.
Ha
estado tres años preso, en cuatro cárceles
distintas. "En todas, cuando se
enteraban de que estaba allí por violación,
había problemas", relata.
Insultos, amenazas, golpes. "Y gritos constantes. Me llamaban
'violín de
mierda y sudaca'. Dentro nadie cree en la inocencia de nadie".
Él estaba
convencido de que finalmente lo absolverían. "Pero un
día me sacaron de la
clase de cerámica para decirme que me habían
caído ocho años. La mañana
siguiente unos presos me lanzaron a la cara un periódico y
me dijeron: '¿No
eras inocente, violín?".
En
la cárcel hizo cursos de todo tipo y muchas pesas.
Ganó 15 kilos. "Estaba
todo el día en el gimnasio, mañana y tarde, para
no pensar y para estar fuerte
y que no me pegaran". Un preso le hizo un enorme tatuaje en su
imponente
brazo izquierdo. "Ha cambiado mucho físicamente en estos
tres años",
asegura su abogado.
A
finales de mayo, en la cárcel de León, la
última en la que Roberto estuvo
preso, le dijeron que recogiera sus cosas: era libre. "Me fui
corriendo,
por si se arrepentían", relata. El Supremo le
había absuelto, dando un
varapalo al tribunal que lo condenó con pruebas endebles.
Pero su pesadilla no
acabó ese día. Fuera lo estaban esperando dos
policías, que lo detuvieron por
no tener papeles. "¿Cómo los iba a tener si
llevaba tres años
preso?", se pregunta. Gracias a la intervención de un
abogado lo soltaron,
y su hermana lo recogió en Madrid. "Cuando me vio, no me
soltaba",
cuenta Elisabeth. "Era demasiado bonito", dice él mientras
la abraza.
"Y demasiado feo lo que ha pasado".
La
vida después de la prisión
M.
C. B. - Puerto del Rosario
Muchas
cosas han cambiado en estos tres años. Cuando Roberto
entró en la cárcel, tenía
una novia ecuatoriana que vivía en Italia, la madre de su
hijo. "Al
principio creyó que era inocente, pero cuando me condenaron
dejó de confiar en
mí", relata. "No ha querido volver a hablar conmigo". Con su
hijo, que vive en Quito y tiene casi cuatro años,
sí tiene relación,
telefónica. "Ni él ni mis suegros, con los que
vive el niño, saben lo que
ha pasado". Ni la propia madre de Roberto, a la que los hermanos han
mentido
durante años.
Ahora
no se separa de su hermana Elisabeth. Vive con ella y su novio
alemán en una
casa junto al mar en el pueblo costero de Costa Calma, con tres gatos.
Roberto
tiene cara de niño asustado. Sale de casa lo menos posible.
"Prefiero
quedarme y que se me vea poco", dice hundido en su sofá.
Trabaja en la
construcción y está muy agradecido a su empleador
por haber confiado en él a
pesar de todo. "Porque te das cuenta de que a la gente no le gusta
tener
un preso al lado, sea culpable o inocente", expresa. "Siempre tienen
dudas, y esto te acompaña de por vida". Elisabeth
todavía recuerda que, a
lo largo de estos tres años, cuando iba a un bar, o al
supermercado, escuchaba:
"Aquí están los ecuatorianos, los hermanos del
violador".
Les
gustaría irse de Costa Calma, un lugar con playas
paradisiacas de arena blanca
y aguas claras lleno de turistas alemanes jugando al tenis, pero antes
Roberto
quiere conseguir sus papeles y pedir una indemnización al
Estado por el error
que le ha privado de libertad durante tres años y de
tranquilidad durante
muchos más. Su abogado calcula que, como mínimo,
le tendrán que dar 65.000
euros. "Habrá que probar cómo ha cambiado su vida
y qué secuelas le han
quedado", señala. "No sé si algún
día mi vida volverá a ser normal",
concluye Roberto. "Falta mucho para que me relaje un poco. Nunca lo voy
a
olvidar".
El
Supremo absuelve a un nigeriano por ser el único de raza negra en la rueda de
reconocimiento
La
Audiencia Provincial de Madrid reconoció la irregularidad pero aún así le
condenó a diez años por violación y robo
MÓNICA
CEBERIO BELAZA - Madrid
Poco
antes de que amaneciera el 13 de mayo de 2005, en Fuenlabrada (Madrid), un
hombre se acercó a una mujer por detrás, la cogió por el cuello y le puso algo
punzante en la espalda. Le dijo que le diera todo lo que llevaba. Después
intentó bajarle los pantalones vaqueros pero no pudo, así que la obligó a
hacerle una felación. El agresor era negro. Tres días más tarde, también de madrugada
y también en Fuenlabrada, un hombre de la misma raza sorprendió por detrás a
otra mujer, la golpeó con un punzón o destornillador marrón, le quitó todo lo
que llevaba y le provocó contusiones en el antebrazo y la cadera.
El
mismo día de esta segunda agresión, la policía enseñó a ambas mujeres fotos de
sospechosos de sus álbumes. Los agentes de la comisaría de Fuenlabrada
mostraron ocho rostros a las víctimas y las dos identificaron, con total
certeza, uno de ellos: el de un africano de raza negra que fue imputado por
agresión sexual y robo con intimidación y puesto a disposición del juzgado.
Resultó
que el sospechoso no podía haber cometido los delitos, así que la policía
siguió buscando. El 25 de mayo volvieron a enseñar fotos a las mujeres. Las dos
volvieron a identificar a alguien, muy seguras de su recuerdo. Esta vez el
supuesto culpable era Henry Osagiede, un nigeriano que tenía entonces 20 años,
una compañera y una hija. Ya habían señalado, con igual certeza, a dos personas
distintas. Las agresiones fueron de madrugada, el hombre las había agarrado por
detrás y les había prohibido que le miraran. Ellas declararon que habían podido
ver la cara del agresor "en determinados momentos".
Tras
la identificación fotográfica, llegó el reconocimiento en rueda en el juzgado
de Fuenlabrada. Se colocó al sospechoso, nigeriano y negro, junto a cuatro
latinoamericanos a pesar de la protesta de la abogada de Osagiede. Primero pasó
una las de las víctimas. Después, la otra. Cambiaron a los hombres de posición
pero el nigeriano seguía siendo el único negro. Las dos mujeres lo reconocieron
"sin ningún género de duda". Ni siquiera llamaron a la rueda a la
primera persona que habían identificado y que resultó inocente, para ver si
tenían alguna duda.
No
había más pruebas que la identificación de las víctimas. El arma no se
encontró. En el coche de Osagiede había un destornillador, pero, ni era marrón,
ni, sobre todo, nadie lo pidió como prueba. Ni siquiera el fiscal, que sostenía
que había sido el arma de las agresiones, solicitó que se examinara y se uniera
al procedimiento.
La
Audiencia Provincial de Madrid lo condenó, el 24 de julio de 2008 a 10 años de
cárcel por un delito de agresión sexual y dos de robo con intimidación y al
pago de más de 30.000 euros por los daños materiales y morales causados a las
víctimas. Los magistrados admiten que había habido irregularidades en las
ruedas de reconocimiento y que no había más pruebas. Aún así, sostienen que
aunque las ruedas debieron hacerse "con más rigor", esto no permite "cuestionar
la autoría del acusado". ¿Por qué? Porque la identificación había sido
"clara" y, sobre todo, por la "falsedad de los descargos
ofrecidos por el acusado". Es decir, Osagiede no había probado su
inocencia. El problema es que ningún acusado tiene que hacerlo.
Los
magistrados de la Audiencia señalan que el acusado había dicho que estaba fuera
de Madrid los días de las agresiones, y que había aportado como prueba un
pasaporte que resultó ser falso. Hacen hincapié también en que sus
declaraciones, y las de su compañera, eran contradictorias. Dicen que usó
"una táctica propia de las personas que mienten".
El
Supremo no está de acuerdo con la Audiencia. Ha absuelto a Osagiede. Dice que
la rueda de reconocimiento "no fue correcta" y que se debe ser
"muy riguroso" con el protocolo del artículo 369 de la Ley de
Enjuiciamiento Criminal que exige que los miembros de la rueda se parezcan,
porque lo contrario puede provocar un error judicial. Tras invalidar esta
prueba, el Alto Tribunal señala que, como "no le corresponde al imputado
acreditar su inocencia", procede la absolución.
Osagiede
está en prisión. Aparte de estas dos condenas, tenía otra, de un juzgado de
Móstoles, por hechos similares cometidos el 19 y el 21 de mayo de 2005. Es de
esperar que en esos casos la identificación fuera correcta. Más del 75% de las
condenas a inocentes se debe a errores de las víctimas y testigos al
identificar a sospechosos, según la ONG estadounidense Proyecto Inocencia.