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La violencia social en los niños

Resulta que desde hace unos diez años dejé de dar clases como profesor en la escuela secundaria. Hoy, pasados éstos, he vuelto y, ante mi asombro, me ha impactado algo que quiero comentarles.

Cada vez que entro a un aula, de cualquier grado, como también de cualquier escuela, siento lo mismo: una aprehensión total por el hecho de sentirme dentro de un carnaval al mejor estilo dantesco. Sí, es esto catastrófico. No sólo encuentro el nihilismo propio de los valores éticos, sino el desgano y violencia entre los propios compañeros.

Grupos claramente definidos perpetúan la incomodidad de sus hermanos camaradas, y aun, entre éstos, la agresión verbal e intencional siempre les hace a sus pequeñas vidas alejarse del confort y bienestar que todo humano aspira. Así, las escuelas de nuestra sociedad, padres, sepan que hoy son como cárceles. Cárceles donde jamás se los educa sino que son retenedoras de nuestros hijos, tal cual guarderías de infantes.

Es mentira, y quiero que lo sepan, que éstos están siendo educados, formados, tal cual aspiramos no sólo para ellos, sino porque creemos se asemejan a nuestra formativa que vivimos veinticinco años detrás. Le calculo, papás, que se enseñan el 30 % de los programas establecidos por el Ministerio, y que sólo el 10 % de ellos es asimilado.

Pero ¿cuál es el substrato?, ¿qué demonio persigue y estructura semejante escena? He meditado profundamente en esto, papás, y he llegado a dos conclusiones. Ambas están ligadas entre sí.

La primera, es debido por la subliminal dependencia y sumisión social a los países del primer mundo, que a través de lograr una magra educación en nosotros se garantizan, generacionalmente, sus intereses emancipadores. Saben que, si nuestros jóvenes no son educados, jamás podrán ellos a su vez instruir a sus hijos, y así a sus nietos, ad infinitum.

Por ejemplo, ¿sabía usted que si quisiéramos hacer una guerra a los EE.UU. deberíamos, ante posibles fallas tecnológicas armamentistas, pedirles el repuesto electrónico? ¿Sabía usted que todo nuestro sistema jurídico se encuentra condicionado, comprometido, en los enlaces y vínculos informáticos que, de tal manera, que es imposible prescindir de esta tecnología y volver al papel y lápiz? ¿Sabía usted que en Argentina no se fabrica ni siquiera un miserable chip electrónico?, y no porque no se quiera, sino porque no se sabe cómo hacerlo, pues su síntesis está reservada al monopolio cultural del primer mundo. ¿Es que acaso habría alguna "doña Rosa" que deje de ver televisión color por mirar a una tecnológica blanco y negro nacional, o bien algún niño que se libre de tomar Coca Cola por limonada autóctona de nuestras pampas?

La segunda, y es allí a donde vamos, somos usted papá, mamá, y yo, que es donde podemos intervenir. Me refiero a la televisión y monitores de juegos de vídeo. Ellos son, decididamente, los culpables de tanta violencia. Los diabólicos subliminales que se impregnan día a día en la mente de nuestros niños producen los efectos.

Por ejemplo, tomemos el programa actual Dragon Ball; es éste un continuo marcial que, como película cortada, fracciona los movimientos corporales de a pasos. Así, nuestros niños, ya se están copiando: obsérveles cómo juegan sino lo es con violencia, mirada profunda, y midiendo sus pasos tipo break dance. Otro, entre miles, son los juegos para matar, por ejemplo, a alemanes; verá en ellos que ya depositan en los adolescentes el hecho de que al plantarse frente a un soldado alemán real, la pregunta de si hay que exterminarlo o no, cuestión que no lo harían frente a otro hindú, ya que no tienen en éste ese mismo condicionamiento.

Haga contraste papá y mamá, de los dibujos del genio de Walt Disney, como por ejemplo Bamby, con los que ahora se producen; aun con los de las mismas escenas computarizadas actuales de esta prestigiosa empresa.

Finalmente, padres, a ustedes hablo y les pregunto: ¿dejaremos la cosa como está? o bien, nos levantaremos de nuestros cómodos sofás y buscaremos un digno futuro para nuestros hijos, nietos, y sociedad argentina. En ustedes está la respuesta. No digan que no se les ha avisado.

Eugenio M. Tait


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