El lenguaje
se constituye, así, en el elemento o marco que, gracias al pensamiento,
integra al hombre y su realidad con un sentido histórico. Es el
instrumento que potencia y socializa su acción y su dimensión
humanas, como parte del entorno cultural (En el fotograma adjunto,
parte de una escena de actuación teatral de creación colectiva realizada por los alumnos de la asignatura,
Base 95; se aprecia la unidad de los lenguajes verbal y gestual). El lenguaje, en integración con el pensamiento,
es, consecuentemente, el marco que define la complejidad de su actividad mental y el sentido
de las situaciones reales de comunicación en las que participa en
su doble rol: de fuente y de destino, de emisor y receptor de
unidades lingüísticas -verbales y paraverbales- y no lingüísticas; roles patentes en el esquema de Watzlavick.
Lenguaje e interdisciplinaridad
en la historia
A través de la historia de la humanidad, en todas las culturas, el lenguaje ha demandado siempre significativos esfuerzos orientados a la definición de su naturaleza, evolución, sentido y validez. Los estudios se han realizado desde diversas perspectivas de análisis y, entre esos aportes, podemos mencionar
el de los filósofos, -desde los griegos hasta los contemporáneos
y, especialmente, el de los filósofos analíticos-,
los lógicos, los epistemólogos, los lingüistas,
los juristas, los políticos, los religiosos, los sociólogos,
los antropólogos, los psicólogos, etc.
En este sentido, no se puede dejar de mencionar la preocupación
por el lenguaje, en la cultura greco-latina, que tuvieron los retóricos, los sofistas,
los estoicos y los alejandrinos, los lógicos y los matemáticos.
Entre todos ellos destacan Protágoras, Alcidamos, Platón,
Aristóteles, Diógenes, Dionisio de Tracia; preocupación
patente, especialmente, en el hallazgo y tratamiento de las paradojas,
en el planteamiento de los primeros problemas de la gramática, de
la lógica y de la matemática. (1)
Varrón, San Agustín, Donato y Prisciano merecen citarse
también por sus preocupaciones sobre el lenguaje, ligadas a otras
de naturaleza a veces religiosa.
En el medioevo, continuaron también profusamente
las preocupaciones de Pedro Abelardo, Santo Tomás de Aquino, Guillermo
de Ockham, entre otros, sobre el lenguaje y su relación con la lógica
matemática, retomándose el estudio de algunas paradojas y
generándose nuevas preocupaciones sobre el lenguaje de "primera"
y "segunda" intención -modernamente, correspondería a las
preocupaciones sobre el lenguaje objeto y el metalenguaje-,
el planteamiento de enfoques dicotómicos -por ejemplo, nominalistas
versus realistas-, y, finalmente, la configuración en el Trivium o artes del lenguaje de tres aspectos de su análisis: ars lógica,
ars grammatica y ars retórica.
En el renacimiento, las preocupaciones en torno del lenguaje,
representadas principalmente por Scaligero y Sánchez de Brozas,
parten de un carácter predominantemente descriptivo de los fenómenos
lingüísticos del latín, si bien el descubrimiento del
nuevo mundo -que, para el caso, significa el descubrimiento de nuevas lenguas
con diferentes estructuras- se traduce en un enriquecimiento de las preocupaciones
lingüísticas que muestran entonces un carácter, además,
comparativo y pedagógico, que se enriquece y completa, sumatoriamente,
en los estudios de la lógica. En este sentido, destacan todos los
gramático-lógicos de la abadía de Port-Royal, Arnauld,
Lancelot, Nicole, quienes sentaron las bases de preocupaciones lógicas
que interesaron a Hamilton y, posteriormente, se complementarían
en los estudios de Frege y Carnap.
En el siglo XVIII, el estudio del lenguaje incorpora
preocupaciones antropológicas con un nuevo objeto de conocimiento
relacionado con él: el concepto de comunidad o nación.
En ese sentido destaca el aporte de Göttinggen, Herder y W. von Humboldt.
Éste, con el tamiz hegeliano, reinterpreta el papel del lenguaje
como organizador no sólo del pensamiento sino, además, del
mundo.
En el siglo XIX, con Rask, Bopp y Grimm, el estudio del lenguaje se
nutre del desarrollo de la ciencia y aplica sus mismas estrategias de investigación,
generándose el estudio comparatista de las lenguas y ahóndandose
la búsqueda de la primera lengua del hombre, presumiblemente el
sánscrito. Luego, en el último tercio de la centuria, llegaría
el aporte de los neogramáticos, entre ellos, A. Leskien, K. Brugmann,
H. Paul, H. Oshoff y F. de Saussure, quienes incorporan la analogía
y su relación con los conceptos de ley y de excepción
en los estudios lingüísticos y, con ello, perfilan la naciente
ciencia: la lingüística histórica.
En el siglo XX, con la aparición de la obra póstuma de
Saussure, y con el aporte de las escuelas de Praga (Jakobson, Trubetzkoi),
de Ginebra (Charles Bally), de Copenhague (Hjelmslev) y la Anglosajona
(Firth, Halliday), que desarrollaron fundamentalmente su programa, el estudio
del lenguaje se centra, de un lado, en la definición de su objeto
de estudio y sus manifestaciones dicotómicas, definiéndose
conceptos como lengua, habla, sistema, signo lingüístico,
valor, oposición, sincronía, diacronía,
relaciones sintagmáticas y relaciones de asociación
(paradigmáticas, para Hjelmslev), y, de otro lado, en la definición
de los fundamentos de la disciplina que estudia el lenguaje, apuntándose
el concepto de semiología como una disciplina marco que incluiría
a la lingüística, representada por el signo lingüístico,
además de signos de otro tipo, en el sentido lógico del término,
y de un conjunto de principios epistémicos.
En América, los estudios lingüísticos,
iniciados con Boas, parten de las escuelas europeas pero adquieren fisonomía
propia con Sapir y Whorf y su principio de la relatividad lingüística;
luego vendrán Bloomfield, Pike, Hockett, Harris como representantes
del distribucionalismo y, posteriormente, Noam Chomsky con su gramática
generativa.
Lenguaje e interdisciplinaridad,
hoy
Hoy, todo hecho de lenguaje, para ser comprendido a cabalidad,
requiere de un análisis interdisciplinario, integrador y pluricultural,
que conjugue todas las disciplinas que han abundado sobre él y han
aportado luces para una comprensión totalizadora del mismo, de su
concepción, de sus estructuras, de sus sentidos, y que, en conjunto, han
configurado a la metalingüística o metalenguaje como un gran
marco teórico que enriquece, dinamiza y trasciende cualquier conceptualización
que de él se haga desde una perspectiva monodisciplinaria.
El lenguaje, a partir de esta demarcación que pretende rescatar el aporte interdisciplinario, conceptualmente, resulta ser una entidad sumamente compleja y distinta del concepto
que, en el marco de una concepción principalmente lingüística,
sirvió de base para su difusión a través de la escuela y significó la aprehensión
del término en un sentido muy restringido y, casi exclusivamente como sinónimo de lengua.
El concepto de lenguaje, consecuentemente, comporta una significación
más amplia y trascendente. Comprende multirreferencias significativas que
corresponden a diversos códigos o sistemas de significación.
Por tanto, aparece en diversas disciplinas pero con diferentes matices
de significación. El cine, el teatro, la pantomima, la danza, la
pintura, el habla coloquial o especializada (textos informativos, literarios,
jurídicos, éticos, religiosos, publicitarios, etc.) constituyen
también formas del lenguaje, modalidades de la comunicación y del mensaje y, consecuentemente, resulta posible y pertinente
hablar de lenguaje cinematográfico, lenguaje teatral, lenguaje gestual,
lenguaje corporal, lenguaje pictórico, lenguaje literario, lenguaje
jurídico, entre otros, y, extensivamente, hablar de multimedia,
es decir, de formas combinatorias de códigos sociales de comunicación,
cada vez más complejas y sistematizadas (verbigracia, el Internet,
como forma que combina códigos verbales -en modalidad escritural
o sonora-, códigos pictóricos -íconos fijos o con
movimiento, pictogramas, backgrounds-, códigos musicales, cinematográficos, etc.).
Bibliografía
(1) SERRANO, Sebastià. La lingüística: su historia
y su desarrollo. Barcelona: Montesinos Editor, 1983, págs. 16-30
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