Jorge Eli�cer Gait�n
Para celebrar el primer aniversario de la ca�da de la dictadura militar venezolana, Gait�n improvis� el 18 de octubre de 1946 en Caracas este discurso que enardeci� a las multitudes congregadas en la plaza.
Hombres y mujeres de Venezuela:
Yo, que pertenezco a un gran pa�s cuyo pueblo es superior a sus dirigentes, al ver la muchedumbre de rostros morenos que est�n reunidos en esta plaza, he experimentado hoy una emoci�n que hace contraste con la sensaci�n de angustia que siendo estudiante experimentara ayer, ante el dolor y la tragedia que se agolpaban sobre el alma grande de los herederos de Bol�var.
Hasta ayer yo sab�a que las dolientes masas venezolanas, vuestros abuelos, vuestros padres y vuestros hermanos, rumiaban su dolor en las mazmorras que eran deshonra de Am�rica y que exist�a en esta tierra admirable una peque�a minor�a olig�rquica que dispon�a abusivamente de los destinos de esta patria del Libertador, a espaldas del pueblo, contra el pueblo y sin el querer del pueblo.
Pero yo, capit�n de multitudes de Colombia, vengo a contemplaros vibrantes y plenos, hombres y mujeres, j�venes y ancianos, irrumpiendo en esta plaza; y a decir desde esta tribuna a todas las gentes de Venezuela que de �hora en adelante s�lo habr� una voz que mande sobre esta tierra sagrada: �la voz del pueblo, por el pueblo y para el pueblo!
Est�is en la primera etapa de vuestro recorrido inexorable. Hab�is comenzado a conquistar vuestra libertad pol�tica, la cual apenas ser� formal si en posteriores �pocas no lleg�is a la conquista de la libertad econ�mica y social. Pero esta primera etapa la ten�is que defender, modelar y terminar con bravura, con tenacidad, con coraje, y sin vacilaciones ni desmayos. Afortunadamente ten�is a la cabeza capitanes y gonfaloneros que jam�s, estoy seguro, traicionar�n vuestro inter�s ni vuestros anhelos.
Hac�is bien en defender corajudamente esa obra; en conquistar previamente esa libertad pol�tica formal que nosotros, los colombianos ya conquistamos, y que os prepar�is para una nueva etapa de las realizaciones por venir. Ya nadie ?de ello estoy cierto y esa la raz�n de mi emoci�n profunda? podr� poner al margen de su destino al pueblo de Venezuela. Ahora va a ser �l, como los dem�s pueblos de nuestra Am�rica, de nuestra Am�rica morena, quien va a darse libremente su propio gobierno.
Nosotros hemos aprendido a re�rnos de esas generaciones decadentes que ven a las muchedumbres de nuestro tr�pico como a seres de raza inferior. Inferiores son ellos que carecen de personalidad propia y se dejan llevar por algunas mentes esclavas de la cultura europea. �Mentira la inferioridad de nuestros pueblos; mentira la inferioridad de nuestros pa�ses; mentira la debilidad de nuestras razas mestizas!
Yo le pidiera a las m�s antiguas y grandes razas de la tierra que vinieran a esta Am�rica; que se adentraran como nuestros mulatos en las selvas del tr�pico; que trabajaran como lo hacen los hombres nuestros 12 y m�s horas, casi sin salario y siempre desnutridos; que sufrieran los dolores de nuestro pueblo; sintieran a la selva envolvi�ndolos; supieran lo que son los ni�os sin escuela y sin cultura; lo que es la muchedumbre sin defensa en el campo, sin poder satisfacer el apetito de la belleza y del amor que se les niegan y saborean tan s�lo el dolor y la angustia permanentes. Que vengan los europeos a presenciar el drama de esta masa enorme de Am�rica devorada por el paludismo, con gobiernos que le han vuelto la espalda a su gente para enriquecerse en provecho propio; que vengan a contemplar las inclemencias perpetuas que vivimos los habitantes del tr�pico, y entonces tendr�n que comprender cu�n brava es la gente nuestra, qu� brava gente sois vosotros, y reconocer la falsedad de su concepto sobre la inferioridad de las masas americanas. Porque aqu� y en el Per� y en todas nuestras naciones sucede lo que yo afirmo que pasa en Colombia: "El pueblo es superior a sus dirigentes".
Estos pueblos hermanos conservan sus peculiares notas, sus realidades diversas, pero cada d�a se acercan m�s los unos a los otros. Y esas distintas realidades pueden condensarse en una sola afirmaci�n que hace temblar el criterio feudal de las castas minoritarias que todav�a en Am�rica imperan; pueden sintetizarse en el deseo que todos anhelamos y que todos impondremos: y queremos que los amos sean menos amos para que los siervos sean menos siervos; queremos que los poderosos sean menos poderosos para que los humildes sean menos humildes y queremos que los ricos sientan que deben ser menos ricos! �para que los pobres reciban mejor remuneraci�n por su trabajo!
Pueblo: Ni un paso atr�s en esta maravillosa obra que est�is realizando con un gobierno comprensivo y sin una vacilaci�n, porque el ritmo de vuestros corazones es el mismo ritmo del coraz�n de todos los hombres de Am�rica.
El hombre vale por su tenacidad. El hombre vale por la rotundidad que ponga en el amor a sus ideas. Nada puede detener al pueblo ni hacerlo vacilar y si un solo var�n quedara en Venezuela de todos los que aspiran a ser libres; que ese hombre solo se sienta obligado a la batalla, porque yo dir�a que �vale m�s una bandera solitaria sobre una cumbre limpia que cien banderas tendidas sobre el lodo!
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