Mario Benedetti
As� estamos.
Consternados, rabiosos.
Aunque esta muerte sea uno de los absurdos previsibles.
Da verg�enza mirar los cuadros, los sillones, las alfombras.
Sacar una botella del refrigerador.
Teclear las tres letras mundiales de tu nombre en la r�gida m�quina que nunca, nunca, estuvo con la cinta tan p�lida.
Verg�enza tener fr�o y arrimarse a la estufa como siempre.
Tener hambre y comer, esa cosa tan simple.
Abrir el tocadiscos y escuchar en silencio sobre todo si es un cuarteto de Mozart.
Da verg�enza el confort y el asma da verg�enza.
Cuando tu comandante, estas cayendo, ametrallado, fabuloso, n�tido, eres nuestra conciencia acribillada.
Dicen que te quemaron.
Con qu� fuego van a quemar las buenas, buenas nuevas.
La irascible ternura que trajiste y llevaste con tu tos, con tu barro.
Dicen que incineraron toda tu vocaci�n, menos un dedo.
Basta para mostrarnos el camino, para acusar al monstruo y sus tizones, para apretar de nuevo los gatillos.
As� estamos, consternados, rabiosos.
Claro que con el tiempo la plomiza consternaci�n se nos ira pasando.
La rabia quedar�, se har� m�s limpia.
Est�s muerto, est�s vivo, est�s cayendo, est�s nube, est�s lluvia, est�s estrella.
Donde est�s si es que est�s, si est�s llegando, aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones.
Donde est�s, si es que est�s, si est�s llegando, ser� una pena que no exista Dios, pero habr� otros, claro que habr� otros, dignos de recibirte, comandante.
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