Seguridad
Por: Super Tina

Ya las horas laborales en Ecomoda habían culminado. Betty y Armando se dirigían al elevador para ir al lanzamiento de la nueva colección cuando se encontraron con Mario Calderón.

“Bueno, ¿ya se van para el lanzamiento?” les preguntó para hacer conversación.

“Si, Calderón,” respondió Armando. “primero tenemos que irnos a la casa y cambiarnos rápidamente que se nos hace tarde. Pero, sí ya vamos para allá.”

“Ah, pues entonces le deseo a la señora presidenta y a usted mucha suerte esta noche.”

Betty le dio las gracias, un poco incómoda como siempre.

“¿Y tu, Mario, cuando piensas irte para allá?” preguntó Armando.

“Pues ya mismo, pero es que estoy esperando a Freddy que venga con las herramientas porque deje las llaves dentro del carro, imagínate.”

“Ay, Calderón, ¿en qué estabas pensando?” dijo Armando, de forma humorosa. “Bueno, mejor no contestes. Oye, si quieres te puedes venir con nosotros.”

Betty, muy disimulada, pellizcó a su marido en el brazo mientras ella se sonreía de lo más simpática. Mario, por su puesto se dio cuenta de la repentina cara de dolor que puso Armando.

“No, pues no se preocupen. Mejor váyanse que es que no quiero dejar el carro aquí solo.”

“Pues, entonces nos vemos allá,” dijo Armando mientras se frotaba el brazo.

“Nos vemos más tarde, doctor Calderón,” dijo Betty mientras le daba empujoncitos a Armando para que acelerara el paso.

Al ellos salir, Mario se quedó parado esperando a Freddy. Gutiérrez pasaba en esos momentos en el corredor.

“¡Blanco! ¡Blanco dónde está el veneno para hormigas que le pedí! ¡No sea descarado, hombre! A ver, ¡conteste! Answer me!” Miró al cielo y dijo: “My, God, help me! Ya se me olvidó que Blanco se fue para su casa.”

“Buenas noches, Guti-gut.”

“Buenas nights, doctor Calderón,” dijo Gutiérrez, hasta pronunciando el nombre de Mario en inglés.

“Lo veo un poco tenso, titán. ¿Le queda mucho trabajo por hacer?”

“Pues fíjese que yes. Gracias a los chismes del Cuartel de las ugly, se atrasó el trabajo y tengo aquí a Aura María a que me ayude. Puede que nos tardemos all night long.”

“Uy, uy, uy… Cuidado, Guti-gut con lo que hace. Mire que esa a donde vaya le sigue el resto del cuartel y Freddy también.”

“Of course, ya lo se. Pero tener a esa mamasota a mi lado por buen rato es suficiente aunque tenga que aguantar a las otras. It’s very, very nice.”

“Oiga, ¿y es que no ha visto a Freddy? Desde hace rato que le estoy esperando.”

* * * *

Las del cuartel sí se quedaron acompañando a Aura María. Y por supuesto que Freddy no iba a dejar a su grillita sola en manos de Guti-gut. Todos se encontraban en una oficina y Freddy estaba sentado observándolas a todas. Berta y Sofía estaban abriendo cajas y Mariana, Sandra y Aura María se encargaban de ordenar los papeles. Inesita ya se había ido con Hugo a prepararse para la larga noche que les esperaba en el lanzamiento.

“Es que el barbachín ese de don Gutiérrez no es más que un verdugo,” dijo Sofía.

“Sí muchachas, ese tipo siempre nos la hace,” dijo Mariana. “Cada vez que la noche se puede poner interesante nos tenemos que quedar todas aquí trabajando como unas esclavas. ¡Qué estrés!”

“Ay, muchachas, no, miren, mejor ustedes váyanse que Betty nos dio las invitaciones y mejor que se pierda una que cinco,” dijo Aura María, con mucha pena.

“No, mijita,” dijo Berta. “aquí nos quedamos todas hasta que no terminemos el dichoso trabajo este.”

“No se crea que la vamos a dejar sola con el enfermito ese de don Gutiérrez,” dijo Sandra. “Que se atreva a propasarse que yo le rompo todo lo que se llama cara.”

“¡Ay, muchachas, ustedes son tan divinas! No se preocupen que yo se las pago un día de estos.”

Al Aura María terminar de hablar, se escuchó alguien que aclaró la garganta de forma exagerada. Ella supo inmediatamente quien fue.

“¿Qué te pasa ahora, Freddy?” preguntó ella.

“No, es que la veo a usted de lo más simpática y agradecida con el resto de la secta, pero a mí ni me da las gracias por haberme quedado con usted también.”

“Yo a usted no le he pedido nada, ¿oyó? Así que si se quiere ir, pues voló. Que tal, este.”

“Siento, en este momento laboral de horas extra, que usted dispone de mi con un cierto grado de pecho--- digo, despecho. ¿Será posible que usted me informe del porque de su vilipendio? Es que me deshonran la honra sus deshonrados comentarios.”

“¿Es que usted es sordo o qué?” dijo Aura María. “Aquí no hay lugar para jabones resbaladizos.”

Freddy se quedó pasmado ante la frialdad de su grillita. Pero es que no era culpa de él el no tener los recursos monetarios para cambiar el estado civil de su reinita a casada. Además, el último cheque lo gastó comprándole una máquina de ejercicios para su cumpleaños “para que te ejercites y quizás hasta rebajes unas de tus lindas libritas”, y ella aún no lo había perdonado.

“Oiga, Freddy,” dijo Berta. “¿Usted no estaba dizque buscando una tales herramientas para el doctor Calderón?”

“Ay, Berta, Berta, ¿p-pero por qué no me lo recordó antes, niña, ah?” dijo Freddy lleno de pánico.

“Yo usted corro, Freddy antes de que lo eche el doctor,” dijo Sandra.

“Acabe y no se quede ahí parado como un idiota,” dijo Aura María. “Tan señorito y tan digno el niño y no tiene la capacidad mental ni para seguirle las órdenes a su jefe. ¡Bobo!”

Freddy pudo contestarle, pero optó por ignorarle el comentario.

“Marianita, mi reina de ébano, usted que es bruja dígame si ve con su magia en dónde se encuentran las herramientas de Gutiérrez.”

Mariana le pegó a Freddy en un brazo y Sandra le pegó en el otro.

“Yo no soy ninguna bruja, ¿oyó?” dijo ella.

“A ver, a ver, respete que le rompemos el cuello,” añadió Sandra.

“Ay, ay, no, es que así no se puede,” dijo Freddy.

Berta abrió una de las cajas y por voluntad divina aparecieron una palanca y un alambre.

“¿No que no era bruja?” le dijo Freddy a Mariana.

“Freddy, Freddy, tenga y corra,” le dijo Berta entregándole las cosas.

“Gracias, Bertica,” dijo Freddy. Se dirigió a la puerta y no salió sin antes decir: “Grillita, usted y yo tenemos que hablar y muy seriamente. Estoy, pero indigno con usted. ¡Indigno!”

Cuando salió escuchó a Aura María decir: “¡Bobo, estúpido!”

Freddy llegó hasta Mario con cara de pocos amigos.

“Por fin llego. Ya pensé que se había ido a su casa y me había dejado a pie.” Se dio cuenta del mal humor de Freddy y dijo: “Hombre, ¿y a usted que le pasa?”

“¿A mí? ¿Pues que me puede pasar a mí, doctor?” dijo, y luego en voz más alta. “Es que si ciertas secretarias no saben apreciar a una persona que es la suma de--- no, que es el producto de sabor, de ritmo, de hombría--- No, no es producto tampoco por que eso es aritmética. Doctor lo que hay aquí es puro cálculo ingenieril, mi hermano,” dijo, dándose golpes en el pecho.

Mario se entretuvo con el hecho de que Freddy se le olvidara por un momento que estaban hablando de empleado a jefe. Comprendía que los problemas de 90-60-90 ponían a cualquiera así.

“¿Freddy será que puede usted abrirme el carro? Porque es que llego tarde al lanzamiento. Es más, ¿no querrá venir usted conmigo?”

“Pero, doctor, claro que tengo que ir con usted. Como le abro el carro si no bajo.”

“No, no, Freddy, no me ha entendido. Lo estoy invitando a que vaya conmigo al lanzamiento. Créame que una noche en la que se recree la vista con una modelitos riquísimas hará que se le olviden todas las penas, hombre.”

“¿Habla en serio, doctor? ¿Puedo ir con usted?” Freddy pega un brinquito de los suyos y baila un meneíto. “Pues al lanzamiento, mi queridísimo y distinguidísimo doctor Calderón.”

* * * *

Llegan al estacionamiento y Wilson está recostado de la pared durmiendo.

“Qué clase de seguridad hay en Ecomoda, ¿no, doctor?” dijo Freddy, caminando ahora con mucho ánimo ya que las posibilidades que le esperaban esa noche lo emocionaban mucho.

De pronto se escucharon unos truenos y antes que ellos pudiesen quejarse, comenzó a llover a cántaros.

“¡Freddy, apúrese y abra el carro que nos estamos mojando!”

“Ya voy, doctor, ya voy,” dijo Freddy mientras se agachó frente a la puerta del carro y comenzó a trabajarlo.

El sonido de metal de la palanca despertó a Wilson quien no vio más que unas siluetas gracias al torrencial que estaba cayendo, y además por estar usando sus gafas en la noche. No reconoció ni a Calderón ni a Freddy.

“¿Oigan, qué hacen ahí?”

La voz de Wilson, más un trueno escandaloso, asustaron a Freddy y éste tiró la palanca justo a la ventana del carro, la cual quebró instantáneamente, y además aumentó el alboroto. Mario le dijo a Wilson quien era, pero su voz se ahogó en el ruido que le rodeaba.

Wilson al ver que rompieron la ventana no dudó en que eran ladrones que le querían robar el carro a Calderón. Por reflejo, le tiró a Freddy con una empanada que le había sobrado del almuerzo, y por supuesto estaba dura como una piedra.

Freddy perdió el balance y cayó sentado al lado del carro.

“Wilson… ¡WILSON!” gritó Mario para que escuchara. “Por Dios, somos nosotros, Freddy y Calderón.”

Wilson por fin se dio cuenta de la identidad de los supuestos ladrones.

“Disculpe, don Mario. Fue que no les reconocí. Oiga, ¿y por qué usted quiere robar su propio carro?”

* * * *

Mario y Wilson llevaban a Freddy, con mucho cuidado, por los corredores de la empresa.

“My God! ¿Qué pasó? What happened?” preguntó Gutiérrez quien se encontró con ellos.

“Es que nos encontramos con una tormenta. Y no me refiero con la lluvia que está cayendo, sino con el huracán Wilson. El muy idiota golpeó al pobre de Freddy,” dijo Mario.

“Ya le pedí disculpas a él, doctor,” dijo Wilson.

“¿Y de qué valen las disculpas, Wilson? Mire como está. Yo creo que hasta le causó daño cerebral.”

Efectivamente, Freddy no estaba al tanto de la realidad. Estaba despierto pero no oía, ni veía. Sino que caminaba riéndose y hablando solo.

“Hurry, hurry, lo llevamos a su oficina, right, doctor?”

Mario y Wilson se llevaron a Freddy con cautela por el pasillo hacia la oficina de Mario.

“Doctor Gutiérrez, necesitamos que usted---“ dijo Berta, quien venía acompañada de Sofía. Las dos se asustaron al ver a Freddy en el estado en que se encontraba.

“¿Y a este loco qué le pasó?” preguntó Sofía.

“Pues el doctor Calderón me está peleando porque le tiré a Freddy con una empanada que ya estaba dura.”

“No me refería a usted, bruto,” dijo Sofía.

“¿Usted le hizo eso a Freddy, Wilson? ¡Pero mire como lo dejó! Está más extraño de lo normal,” dijo Berta.

Freddy caminaba todo débil; estaba hasta hablándose a sí mismo: “Es que la grilla quiere siempre se quejaba de que no era de talla chica. ”

“Berta, quiet, please, y no se pare en el medio. Déje que el doctor y Wilson lleven a Freddy a recostarse.”

“No, no, no. Lo siento, doctor Gutiérrez, “dijo Wilson. “pero es que si Freddy está golpeado en la cabeza, no se puede dormir. Eso es muy peligroso. Hay que mantenerlo despierto.”

Todos se pasmaron por un segundo al ver que Wilson dijo algo inteligente.

“No creo que sea para tanto, Wilson. Yo creo que lo que este tiene es Aura Marítis,” dijo Mario.

Todos cayeron en cuenta y le dieron razón a Mario.

“Con permiso, doctor, que esto lo arreglamos ya mismo,” dijo Sofía, agarrando a Berta de la mano y llevándosela.

Gutiérrez, Wilson y Mario llevaron a Freddy a recostarse y éste cerró los ojos y se durmió un poquito.

Cuando los abrió vio que Aura María acababa de entrar por la puerta con una cara de que lo quería matar.

“No, si es que lo que usted quiere es que yo me pase la noche entera trabajando aquí como si no tuviera yo cosas que hacer, Freddy,” dijo ella, con los brazos cruzados, mirando a Freddy de forma poco amistosa.

“Pero, mi grilla es que---“

“Es que nada. Gracias a usted, me buscan dizque para que yo le atienda. Colabore, Freddy, por Dios. Yo me quiero ir para el lanzamiento aunque sea al cóctel.”

“Mi reinita, si me permite---“

“Nada, nada, no diga nada, estúpido. Y ni piense que yo le voy a estar haciendo el papel de enfermera. Usted mismo se busca una toalla, se seca y si le duele la cabeza pues sóbesela, ¿oyó?”

“Mi grillita, no hables así… no seas tan malita… no seas tan malita…”

Freddy se frotó los ojos y al abrirlos vio que Aura María no estaba parada con los brazos cruzados mirándolo fríamente. Al contrario, el se encontraba recostado en la falda de ella.

“No seas tan malita…”

“Shhhh… Freddy, no hable. Siga dormidito, mi grillo,” dijo Aura María mientras le acariciaba el pelo, el cual le había secado.

Estaba solo con ella en la oficina de Mario.

“¿Y que se hicieron todos?”

“Berta, Sofía y Wilson se fueron a trabajar. Y Gutiérrez se fue con don Mario a cubrir la ventana del carro antes que se le moje completo por dentro, y después se va al lanzamiento.”

“¿Y se va todo mojadito?”

“No consiguió una chaqueta y lo demás en el taller de Hugo.”

“¿Y tu… todavía estás enfadadita, mi grilla?”

“P-pues… sí,” dijo ella. “Me sigo enojando cuando usted se mejore.”

“Pero aunque esté así enojadita, ¿me sigue queriendo?”

“Claro, Freddy.”

“¿Segura, segurísima?”

“Segurísima,” dijo ella, riéndose con uno de sus chillidos. Luego, más seria dijo: “Que alivio que está bien. Cuando Berta y Sofía me llamaron estaban muy preocupadas. Y después yo llego y lo vi así todo tan tiradito y mojadito… Me dio un buen susto, ¿oyó?”

“Perdone, reinita, que la haya asustado de tal manera, pero es que no fue mi culpa. Es culpa de Ecomoda.”

“¿Cómo así, Freddy?”

“Es que la vida de uno corre peligro con la seguridad que hay en esta empresa.”

“Hay muy poca, ¿no?”

“Al contrario, ¡hay demasiada!”

F I N

    Reto al Estilo Ecomoda #24
  • Personajes: Mario, Gutierrez, Freddy
  • Objetos/Situaciones: carro, regalo, tormenta, cheque

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