Nicolás Mora, el feo
Parte 3
Por: Super Tina

“¿CÓMO ES ESO DE QUE VAS A ESTAR TODO EL DÍA CON ÉL?” gritó Armando fuertemente; hasta las paredes parecieron temblar.

Después de semejante chillada es difícil imaginar cómo todo Ecomoda no se enteró que una discusión muy seria acababa dar comienzo.

“¿Armando qué es eso? ¿Por qué gritas?” preguntó Betty sorprendida.

“Tu sabes muy bien por qué grito. Te vi besándote con el soroco ese de Nicolás Mora. ¡Niégalo, Beatriz, a ver!”

“Tienes razón. Nos besamos,” dijo Betty, velozmente.

“¡Mentira! Cómo te atreves, Beatriz Aurora Pinzón, a decir en mi cara que tu no--- espera, ¿qué?” Armando creyó no haber escuchado bien. ¿Acabó ella de admitirle que había algo entre el Clark Kent genérico y ella?

“Sí, nos besamos. Mejor dicho, él me beso a mí. Pero no te estreses, mi amor. Él se encontraba muy afligido y pues no se en qué estaba pensando que me agarró y me besó pero yo lo detuve inmediatamente. Él se disculpó y juró por el arroz de mi mamá que no lo volvería a hacer.”

“Bueno, entonces si lo juró por eso pues hay que creerle,” dijo él, pero las palabras le supieron amargas. Betty se alegró que Armando haya entendido tan rápidamente. Pero en realidad, él aún sospechaba.

* * * *

En la siguiente mañana, Betty estaba frente al espejo de su cuarto dándose los últimos toques mientras esperaba que Nicolás la buscara. Armando estaba sentado en la cama observándola muy seriamente.

“Oye, ¿por qué te tienes que estar maquillando tanto, ah? Llevas ahí parada ya media hora pintándote toda.”

“Ay, Armando, por favor. So lo me estoy untando un poco de lápiz labial.”

“¿Y qué es ese olor a perfume?” dijo el, molesto.

“Pues claro que me puse perfume, Armando. Tú me lo regalaste y pues lo tengo que usar, ni modo,” bromeo Betty, riéndose de lo celoso que se estaba poniendo su marido.

“Muy chistosita.”

“Mi amor no tienes que estar celoso,” dijo Betty poniendo sus brazos alrededor de él y dándole besitos en el cachete y en el cuello.

“Es que todavía los veo así pegados como unas lapas y eso… ay Betty eso no puede ser. Imagínate el susto que yo sentí--- más abajito, mi amor. Ahí. Como te iba diciendo, imagínate el susto que yo--- ay, ya me estas dando cosquillas, je, je…”

Armando consiguió los labios de Betty y en ese momento tocan la puerta.

“Ya llego Nicolás, mi amor.”

Armando no pudo ocultar su desilusión. Betty corrió hacia la puerta y le abrió a Nicolás. Tenía puesto su camisita de cuadros con unos tirantes verdes y sus gruesos anteojos de montura roja.

“¿Qué hubo, Betty? ¿Ya está lista?”

Armando se dirigió hacia Nicolás, con la expresión muy fría y el tono de voz muy bajo.

“Nicolás, ¿cómo esta?” saludó él. No era secreto que a Armando no le podía importar menos como él se encontraba.

“Buenos días, doctor.” Nicolás ignoró la hostilidad y se comportó humilde como siempre. Betty se sintió muy incómoda y avergonzada por la actitud de su esposo. Sin embargo, le dio el beso de despedida a Armando y salió de la casa junto a Nicolás.

Armando se quedo congelado en su posición, observando la puerta como si pudiera hacer que Betty volviera sólo con la mirada. Envenenado de celos, comenzó a imaginarse los planes que su esposa y el tal Microlax tenían a sus espaldas…

“Nicolás, mi amor…” dijo Betty, muy cariñosa; su voz en armonía con el ir y venir de las olas. Se encontraba acostada sobre Nicolás, ambos en la arena, semi desnudos, bajo el sol. Betty le daba besos en el cachete y el cuello, igual que como se los estaba dando a Armando solo hace unos momentos. Nicolás le acariciaba la espalda y las olas los empapaban con agua tibia, salada.

“Betty que bueno que estemos juntos. Por fin dejaste a monstruo ese de Armando Mendoza.” dijo Nicolás y la beso.

“Si, mi amor, estar tan lejos de él y aquí contigo me hace tan feliz… ¡Armando!”

“¡Armando!” Betty entró llamándolo y se sorprendió verlo allí parado como una estatua. “¿Mi amor qué haces ahí? ¿Qué estas mirando?”

“N-nada. ¿Qué pasé? ¿Por qué regresaste?”

“Es que se me quedo la cartera.” Betty la buscó rápidamente, le dio otro beso a Armando y salió de nuevo.

Armando no tenía escapatoria. Le mataba pensar que Betty lo pudiese estar engañando, pero más le mataba ver que se encontraba sospechando de ella de nuevo.

* * * *

“Bueno, ¿está listo para el cambio?” le preguntó Betty al llegar al salón del estilista. Estaba lleno de personas que parecían haber salido de revistas de moda; todos con ropa y peinados de última moda.

“Oiga, Betty, ¿por qué no mejor vamos a donde mi barbero? Mire que por sólo 15,000 pesos me da un recorte y una afeitada. Además este sitio es medio extraño. Aquí todo el mundo tiene el pelo teñido de azul o verde o está calvo.” Después dijo, muy alarmado: “¡Betty que no me vayan a dejar calvo!”

"Claro que no. Recuerde que después vamos y se compra los lentes de contacto y ropa nueva."

"¿Ropa también? ¿Qué tiene de malo la que tengo puesta?"

Betty le dio una mirada a los tirantes verdes y optó no contestar.

Nicolás por fin tomo asiento. Lo llegó a atender doble de Hugo Lombardi, excepto que modelaba un goatee. Tenia los mismos manerismos, el mismo andar fino y hasta tenía el pañuelo color rosado en la cabeza. Su nombre era Phillippe. Al ver a Betty se llenó de alegría y le dio dos besos a lo Europeo. Betty, avergonzada por tanto show, se rió de su forma raspada de siempre.

“Betty usted tan radiante como siempre. Cuénteme: ¿quién es este hombre tan guap--- tan simpático?”

“Este es Nicolás Mora. El quiere darse hoy un cambio total y pues le dije que usted era el maestro en crear ‘looks’ nuevos.”

“Pero no quiero que me tiñan el pelo. Me gusta así negro, como el color del sartén de doña Julia. Y-y tampoco que me lo recorten mucho. Es mas ni use tijera.”

“Ay, pero niño divino, ¿qué quiere usted que le haga entonces? ¿Que le sacuda el pelo así nada más? Eso se lo pudo hacer usted en la casa. No y no. Usted no se preocupe, que de la magia me encargo yo. Con permiso, hermosa…” dijo, moviendo a Betty al lado muy delicadamente para tener mas espacio para trabajar.

Phillippe se acercó a Nicolás y le examinó la cabellera. Le tocó muy cuidadosamente el tope de la cabeza. “Uy, niño, pero ¿qué es este plegoste? ¿Qué es todo este gel? ¿Desde hace cuándo que usted no se lava la cabeza? Uy, mire que creo que este pelo esta petrificado.”

Phillipe pausó, cerró los ojos y suspiró profundamente. “Estoy viendo un ‘look’ moderno, un ‘look’ salvaje, un ‘look’ que grita a los cuatro vientos que Nicolás esta listo para salir de su cueva, de su concha.” Abrió los ojos y tomó una peinilla. “Mírate muy bien en el espejo, porque cuando acabe contigo vas a ser Nicolás Mora, el triple papito.”

* * * *

Ya la mitad del día había pasado y Armando había encontrado el florero perfecto para dona Margarita. Con mucho cuidado lo colocó en la mesa del comedor. Se preguntó por qué su mamá no coleccionaba algo menos frágil y mas barato.

Miró el reloj y vio que faltaba mucho para que Betty llegara a la casa. No tuvo tiempo para torturarse con pensamientos de celos ya que el teléfono sonó.

“¿Aló?”

“Tigre, ¿cómo le va?”

“Calderón,” dijo Armando. Ese fue el saludo mas cariñoso que le pudo dar a su ex mejor amigo.

“¡Oiga cálmese y no salte tanto! Controle esa alegría que le dio al escuchar mi voz,” dijo Mario, irónicamente. “ ¿Oiga, esta ahí su jefa?”

“No, Beatriz no se encuentra en estos momentos.”

“Bien, muy bien.”

A Armando se le estaba acabando la paciencia. Tenis muchos problemas en la cabeza como para estar aguantando las necedades de Mario Calderón. Él sabia ya por experiencia que Mario nunca llamaba a su casa sólo para saludar. De seguro ya tenía planeado algo.

“¿Qué piensa usted si nos encontramos en el Le Noir y almorzamos?”

Armando lo pensó por un momento y decidió aceptar la invitación ya que Mario aún era la única persona a quien sentía que podía contar sus penas sobre Betty por más que odiara tener que aceptarlo.

“Está bien, Mario. Me puedes buscar ahora mismo,”

* * * *

“Anímese, hombre,” comentaba Calderón, mientras esperaban que les trajeran la comida a la mesa. “Mire que de lo mas seguro nada esta pasando entre ellos dos. Si ella se lo aseguro… Y ella no le va a mentir…”

“Por supuesto que no.”

Calderón sabía muy bien como presionar los botones de Armando. “Entonces usted me dice que ellos dos de casualidad decidieron pasar el día juntos. Y Betty le explicó qué era lo que iban a hacer, ¿no?”

“Bueno no…”

“¿Y usted no le preguntó?”

“No…”

Mario intentó ser lo mas irritante posible: “Armando Mendoza, ¿qué te esta sucediendo? ¿Qué pasó con el Titán? ¿Qué paso con el hombre dominante que tenía a las mujeres en la palma de su mano? ¿Será posible que usted haya dejado a su mujer sola un día entero con un supuesto buen amigo y ni siquiera le pregunta que qué van a hacer y por qué diablos se van a tardar TODO el día?”

Armando no pudo contestarle nada. Tomó la botella de vino y se dio dos tragos seguidos. Mario perdió un poco la actitud muy relajada que traía y sintió genuina preocupación cuando vio que Armando ya tenia ‘la mirada’. Esa mirada solo significaba que iban a ocurrir problemas. Presionar botones era una cosa, pero que Armando se emborrachara a pleno medio día era otra.

“¿Armando te encuentras bien?” Mario realizó que ya la situación no era de broma.

“No, Calderón. Nada de bien. Estuve pensando que razones tendría mi mujer de buscarse a otro hombre. Y, para mi desgracia… pues encontré que yo no he sido un marido perfecto que digamos. Ayer mismo le grite de tal forma que ahora mismo me dan escalofríos. Nicolás es un hombre que nunca le hablaría de esa forma. Ahora… pues ahora creo que no me sorprende que…” Armando pausó, mirando la botella. Mario vio como se dio la tercera y la cuarta copa y no tuvo más remedio que quitarle la botella.

“Ya, ya, es suficiente,” dijo Mario, por primera vez diciendo palabras serias.

“Cállese la boca Calderón y déme esa botella.”

“Usted tenía razón. Lo mejor es hablar con Betty. Que ella le diga toda la verdad de una vez. Usted no va a lograr nada si se embriaga.”

“Si yo me embriago o no es MI problema, no el suyo. Además no quiero que me diga la verdad. Yo no aguantaría la verdad. ¡Déme la botella en este instante si me hace el favor!”

“Armando tranquilízate---“

“La botella, Calderón!”

Mario vaciló, pero no tuvo mas remedio que dársela por que de seguro que Armando le formaba un escándalo ahí mismo.

* * * *

Unas horas mas tarde Mario llevó a Armando de vuelta a su casa. Éste se encontraba muy embriagado y casi ni podía caminar. Betty había terminado su día con Nicolás mucho más temprano de lo esperado. No buscó a la niña de la casa doña Julia y don Hermes; Mario la había llamado para informarle en el estado que su esposo iba a llegar. Él le dijo que Armando se encontraba muy furioso con ella y le advirtió preocupado que su marido pensaba montarle tremendo escándalo al llegar.

Furiosa, esperó hasta que los dos accionistas entraran a la casa.

“Hola, Betty,” susurró Armando; casi ni podía hablar. Al parecer las energías las gastó en el camino.

Betty le dio una mirada llena de enojo a Mario y el sólo encogió los hombros como diciendo: “No fue mi culpa.”

Mario colocó a su amigo con mucho cuidado en el sofá.

“¿Qué pasó, Calderón? ¿Qué significa esto?” Betty ni siquiera intento esconder su enojo. “¿A dónde lo llevo usted? ¿Qué pretende lograr con esto?” preguntó Betty, fuertemente.

“Ya basta. Pare el cuestionario. Antes que nada, a mi no es al que tiene que pelearle si no a él. Yo sólo lleve a su marido al Le Noir a almorzar. Él fue el que prácticamente se tomó la botella entera de vino.”

“Que casualidad, ¿no? Armando no toma de esa forma desde hace mucho tiempo y de repente llega en este estado al salir con usted.”

“Espere un momento---“

“Creo que será mejor que usted se vaya.”

Mario se plantó firme.

“Usted quiere echarme toda la culpa a mi, ¿verdad? Pero usted sabe muy bien la razón por la cual el esta tan angustiado. Dígame por qué no le dijo a donde iba hoy usted con Nicolás Mora.”

“Yo no tengo porque explicarle a usted nada. Y ya le pedí que se fuera. Respete.”

“Usted es una atrevida, Beatriz Pinzón. No tiene ni la cortesía de esconderle el engaño a su esposo. A mi no me engaña con esa facha de santita, ¿oyó? Usted no es más que una descarada.”

Betty descargó toda su furia en la forma de una sólida cachetada. El golpe fue tan fuerte que Mario hasta perdió el balance. Le sorprendió la fuerza con que le pegaron, pero más le sorprendió a el ver que ella no parecía sentir ningún remordimiento. Ella lo miró directo a los ojos con una mirada que podía hasta matar.

“Usted no tiene ningún derecho de hablarme de esa manera, Mario Calderón. Fuera de mi casa. ¡YA!”

“¿Sabe qué, Betty?” dijo Mario, aún agitado. Habló sin respirar y la voz hasta le comenzó a temblar. “Admito que yo nunca entendí porque Armando se enamoró de usted. Y también admito que siempre he tratado de que el salga con otras mujeres. Pero yo nunca quise que lo usted lo hiriera así, Betty. Que usted tenga una aventura es una cosa, pero que se haya enamorado de otro hombre es otra.” Pausó para recuperar su aliento, luego dijo en voz mas baja y tranquila: “Aunque a usted le guste o no, el sigue siendo mi amigo.”

Betty sólo calló y Mario, medio aturdido, se marchó. Armando se perdió toda la pelea; se encontraba dormido. A Betty sólo le animó un poco el pensar en el dolor de cabeza que le llegaría a el al despertar.

* * * *

Aura María, Sandra y Bertha se encontraban reunidas como siempre frente al elevador.

“¿Qué cuenta, cómo le fue este fin de semana?” le preguntó Sandra a Aura María.

“Pues, m'ija fíjese que Freddy me llevó a la piscina pública y nos bañamos y tomamos sol y después ya usted sabe que más,” Aura Maria chilló, orgullosa de sus actividades.

“Pues yo me la pase con mi gordito haciendo unos bizcochos de chocolates que nos quedaron pero riquísimos,” añadió Bertha, mientras se comía unos chicharroncitos.

El elevador abrió sus puertas y entró un ejecutivo guapísimo; era de tez blanca, pelo oscuro y ojos negros. Su pelo estaba peinado de una forma muy moderna, como si sólo le hubiesen revolcado el pelo con las manos. Vestía una camisa azul oscura con las mangas enrolladas a los codos y tenía de, forma muy sexy, varios botones abiertos. Las muchachas no pudieron disimular y se quedaron boquiabiertas.

“Oiga, Sandra,” le dijo Aura María en voz baja. “¿Sabe usted quien será ese triple papito que acaba de entrar?”

“No se… Me parece conocido…”

Las saludo, en una voz fañosa, con un simple “Hola, muchachas” y se marchó por el corredor.

Bertha se sorprendió y comenzó a toser, ahogada con un pedazo de chicharrón. Aun así, se las manejo para decir: “Muchachas, ese es el doctor Nicolás Mora.”

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