“Inesita, necesito que me haga un favor,” dijo Mario Calderón.
“Lo que usted pida, doctor,” dijo ella, con su amabilidad de siempre.
“Perdone, pues, que le pida esto tan tonto, pero es que se me descosió un poco la billetera y como usted es toda una experta en la costura---“
“No se preocupe, doctor, que no hay problema. Yo se lo remiendo y vera que va a quedar como nueva.”
Inesita lo dijo por cumplir. Miró la billetera que él le mostró y estaba toda gastada y fea. Aunque la arreglara jamás se vería como nueva.
“Gracias, Inesita,” dijo Mario. “Ah, y no la aleje de su vista ni por un segundo que ahí le dejé todas mis cosas.”
Inesita se rió suavemente y dijo:
“Si, comprendo, comprendo, doctor. Cuidaré todo muy bien.”
“Bueno, mejor me marcho antes de que Armando se de cuenta que llegué tarde.”
“No se preocupe, que don Armando no viene hoy. Me lo dijo la doctora Betty cuando me la encontré en los pasillos.”
“Ah, pues entonces puedo caminar despacio. Es que pensé que tenía que ir corriendo como Flash.”
De repente, tras él, una voz afeminada dijo:
“Me encantaría verlo en ese vestido de spandex rojo. Le quedaría muy bien.”
Mario giró y se encontró cara a cara con Hugo Lombardi.
“Ay, cuidado que me pisa.”
“Buenos días, Hu-gay.”
“Oiga, Inesita, ¿este macho cabrío me la está molestando?” preguntó Hugo echándole el brazo a Inés para protegerla. “A la verdad, Mario, es que usted está bien desesperado. Ya Inesita no está para esas porquerías que hace usted con las mujeres, ¿oyó?”
“Por favor, don Hugo,” le regañó Inesita.
“Pero Inesita, es que uno tiene que tener cuidado hoy en día con los hombres. Es que no se puede confiar en ellos y menos en éste.”
“Don Hugo, por Dios…” dijo ella.
“Ah, Inesita, se me olvidaba,” dijo Mario. “Guarde esa billetera con su vida, ¿oyó?”
* * * *
“Oiga, Betty ¿y por qué esa cara?” preguntó Nicolás en su visita a la oficina de Betty.
“Es que Armando, Gabriela y Kenneth están visitando las instalaciones de Moda Sin Límite y haciendo otras diligencias, y me dejaron acá sola con Mario Calderón.”
“Por eso no se preocupe, Betty. Ese tipo ya no le puede hacer nada a usted.”
“Aún así, no lo soporto. No puedo verlo, ni escucharlo y mucho menos estar trabajando mano a mano con él.”
“Yo usted, me voy aflojando un poquito. Vea, que con todo ese odio que usted aún le tiene a ese tipo, quien se está perjudicando es usted.”
“Lo sé, Nicolás, lo sé. Pero no puedo evitarlo.”
En eso entró Sandra a la oficina.
“Disculpe, Betty. El doctor Calderón pregunta que en dónde se quiere reunir con él. Si aquí o en la sala de juntas o dónde.”
Betty lo pensó y se le hizo difícil decidir porque le repulsaba tener que reunirse en cualquier parte con él.
“Sandra, dígale que me espere en la sala de juntas, por favor.”
“Está bien, Betty,”
Sandra se fue y Nicolás le dijo a Betty:
“Si quiere voy yo con usted y la primera grosería que ese tipo le haga se la verá conmigo.”
Nicolás se puso en posición de combate y Betty no tuvo más remedio que soltar una de sus risas raspadas.
“Ay, Nicolás, mejor siga usted con su trabajo que yo me encargo de él.”
* * * *
La pequeña reunión informal entre Betty y Mario no fue tan mal. Para la sorpresa de la presidenta, el doctor se comportó muy profesional y en ningún momento le faltó el respeto. Era como estar con otra persona, no con Mario Calderón.
“Calderón, no veo lo balances del mes pasado.”
“¿No?” preguntó el mientras buscaba entre todo el papeleo. “Tiene que estar por aquí.”
“Ya he buscado dos veces y no creo que estén,” dijo Betty mientras buscaba por tercera vez.
“Ah, sí, sí, sí. Discúlpeme, es que como tengo mi oficina tan desorganizada, de pronto los dejé en el escritorio. Déme un minuto y voy por ellos.”
“Está bien.”
Mario salió rápidamente de la sala de juntas y corrió hacia el taller de Hugo. La billetera, estando fuera de sus manos, le preocupaba. Confiaba plenamente en que nada le iba a pasar con Inesita, pero aún así, no le gustaba estar lejos de la billetera por mucho rato.
Llegó al taller y vio a Inesita allí con una billetera la cual no era la que él le dejó.
“Inesita, perdone, ¿será que usted ya terminó con mi billetera?”
Inesita sonreía alegremente. Tenía una sorpresa muy especial para el doctor.
“Sí, doctor, aquí está.”
Mario observó la billetera que ella le mostraba y el soltó una risita nerviosa.
“Eh… Inesita, buena broma. Esa no es mi billetera.”
“Sí es su billetera. Es su nueva billetera.”
Efectivamente, era una sin estrenar, de alta calidad. Mario se sintió un poco mareado y preguntó:
“Inesita, ¿dónde está mi billetera?”
“Ya le dije, don Mario, esta es su nueva---“
“ INESITA, ¿DÓNDE ESTÁ?”
* * * *
Betty entró a la oficina de Mario a decirle que encontró unas copias de los balances. Al no verlo, se preguntó dónde podría estar. Aprovechó que Sandra y Mariana estaban cerca y les preguntó.
“Betty, yo lo vi corriendo hace un momento hacia el taller de Hugo,” dijo Sandra.
“Se veía muy raro, como preocupado,” dijo Mariana. “Ay, qué estrés. Me pregunto qué le ocurre.”
Betty no tenía tiempo para preocuparse por los problemitas que lo podrían ocurrir a Mario. Seguro que él, al ver todo el trabajo que faltaba, decidió dar una vuelta por el taller para ver a las modelos.
Sandra y Mariana vieron la cara de enojo que puso Betty y decidieron seguirla hasta el taller de Hugo.
Ninguna de las tres esperó encontrarse con la grave escena que estaba ocurriendo.
Inesita lloraba desconsolada mientras que Mario le gritaba fuertemente. Las muchachas quedaron congeladas. No podía creer lo que estaba ocurriendo.
“¿CÓMO PUEDE SER USTED TAN…TAN IMBÉCIL, INÉS? ¿Cómo se atreve a tirar mi billetera a la basura sin mi consentimiento?”
“Pero, doctor---“
“¿Es que usted no tiene la capacidad para seguir órdenes?”
“Yo solo tiré la billetera que estaba vieja, pero todo, todo, todo lo que estaba dentro de ella lo puse en esta nueva. Bueno menos los papeles que---“
“L-los papeles… ¿Qué papeles? ¿D-dónde están los papeles, Inés?” preguntó el, lleno de pánico.
“Los que tenían unos refranes pues los tiré a la basura también,” dijo Inés, entre sollozos.
“¡MALDITA SEA!” gritó Calderón. Cualquiera pudo confundirlo con Armando Mendoza. Tomó la billetera nueva de las manos de Inesita y la aventó con furia contra la pared.
Justo en el momento en que Betty iba a interferir entró Hugo.
“Pero, ¿qué es esta gritadera? Es que tenemos aquí a Armando Parte 2?”
Cuando vio a Inesita en lágrimas, se asustó y le echó los brazos inmediatamente.
“¿Quién es la bestia inmunda que me hizo llorar a mi Inesita?
Mario no respondió, y cerró los ojos con una expresión de dolor.
“¿Dónde está la basura?” dijo Mario, en voz baja, ya derrotado. Sabía la respuesta que venía.
“Ya se la llevaron,” contestó Inesita. “Creo que ya pasó el camión.”
Mario pareció comenzar a llorar, pero se marchó del taller antes de que alguien pudiese confirmarlo.
Hugo se quedó calmando a Inesita, diciéndole al oído, muy dulcemente, que todos los hombres son unos majaderos.
Sandra y Mariana, las sombras de Betty, la siguieron hasta la oficina de Calderón la cual estaba cerrada.
Sin importar el escándalo, Betty tocó la puerta a puños y le demandaba que le abriera. Mario le dijo en voz casi inaudible que la puerta estaba abierta.
Betty la abrió y le dijo a las muchachas que se quedaran afuera.
“Betty, pero no nos haga esto,” se quejó Sandra. “Mire que le prometemos que no se lo contamos a nadie… excepto a Berta… y Sofía… y Aura María…”
“Cállese, Sandra. ¡Qué estrés!” dijo Mariana, molesta por la información de más que dio Sandra.
“Lo siento muchachas, pero quiero entrar sola.”
Betty entró estrellando la puerta tras de ella. Mario estaba con los brazos cruzados sobre el escritorio, y su cara escondida en ellos.
Betty le habló en voz baja, pero firme:
“Mario Calderón, me explica usted ahora mismo qué diablos fue todo ese escándalo.”
Betty no escuchó respuesta alguna, sino obtuvo sólo un rápido movimiento de cabeza de ‘no’. Como un niño se cinco años, Mario no quería hablar.
“¿Ah, no quiere hablar? Pues me va a tener que contestar. ¿Por qué le gritó a Inesita de esa forma tan insensata, tan cruel? ¿Cómo se atrevió a dirigirse a una persona tan dulce, la más dulce en esta empresa, de esa manera? Usted no tiene derecho---“
El sollozo de Mario la interrumpió. Él se levantó y miró hacia la pared mientras se desbordaban las lágrimas. Habló casi en susurros, agotado. Betty tuvo que acercarse para poder escuchar.
“Le pedí esta mañana a Inesita que remendara mi billetera y, en vez de hacerlo, ella la tiró a la basura y la reemplazo con una nueva. Esa billetera era de mi abuelo, Betty, era la que él me regalo poco antes de fallecer. Era en la que guardaba unas viejas notas con refranes que él me escribía cuando yo era niño. Las guardé ahí para jamás perderlas.” Pausó y Betty no dijo nada. “Ella la tiró a la basura, Betty. Tiró mi billetera a la basura. Betty, la que me regaló---“
No pudo hablar más. Betty entendió el sufrimiento que él debía estar pasando, pero eso no era excusa para comportarse así con Inesita. Betty habló con cautela:
“Entiendo que usted está sintiendo un gran dolor en estos momentos, pero eso no justifica que usted le haya gritado a Inesita. Piense en el sufrimiento que le ha causado usted a ella. Creo que es mejor que usted vaya y se disculpe.”
“No, Betty, no, no puedo,” dijo él mientras se secaba las lágrimas las cuales no paraban. “No puedo verla a la cara. Estoy avergonzado porque yo me excedí. Yo no quería, Betty… Yo no…” Su tristeza le traicionaba al intentar hablar y se rindió.
Era difícil para él que Betty lo viera en ese estado, y más sabiendo que Betty jamás sentiría compasión por él.
Se sorprendió al ver que ella se le acercó y puso su mano en la de él.
“Váyase a su apartamento. Descanse. Yo le explico todo a Inesita.”
Betty quería que él pagara por su estupidez, que se enfrentara a su miedo, pero a la vez, sin comprender por qué, sentía que era mejor hacerle el favor, dejarlo escapar. Betty le abrazó y dejó que llorara en sus brazos un rato. Luego Mario se fue como Betty le indicó y ésta le informó a Inesita la importancia de la billetera y se disculpó por parte de Mario.
* * * *
Al día siguiente, el elevador abrió sus puertas y entraron Inesita y Mario echados de brazos. Sandra, Mariana y Betty se aliviaron al ver que ellos habían echo las pases; todas habían estado en silencio esperando a que llegaran. Inesita llevaba un ramo de flores que le había regalado Mario al encontrarse con ella en la portería. Éstas fueron dirigidas a “La Más Dulce”.
“Y dígame, Inesita, ¿de dónde fue que sacó usted la billetera nueva?” preguntó Mario.
“Esa se la había regalado Chesito su Mercé a Hugo, y como Hugo la despreció porque era muy masculina, pensé que le iba a gustar a usted.”
Hugo pasó y los vio. Saludó a Inesita con un beso, le hizo “Bzzzzz” a Mario, y se llevó a Inés para el taller.
Mario le indicó a Betty que se le acercara para hablarle en secreto.
“Gracias por hablar con Inés. Le debo una.”
Betty aún seguía seria con él. Faltaba más que lágrimas de Mario para que ella olvidase su rencor hacia él.
“No es nada,” dijo muy incómoda.
De pronto entró Armando, muy molesto.
“¡Es que esta es mi MALDITA SUERTE! Yo no sé por qué no me he ganado la lotería,” dijo furioso.
“Buenos días, Armando,” dijo Mario, entretenido con el mal humor de su amigo.
“¿Qué le pasaron a tus pantalones? ¿Por qué están las rodillas tan sucias, mi amor?” preguntó Betty.
“No es suficiente con que yo tenga que volver al carro a buscar los portafolios, si no que también tengo que tropezarme con esta porquería,” dijo mostrando una billetera vieja y gastada. “Tengo caminar por toda la basura que está regada por toda la calle por que las bolsas baratas que usan aquí se le rompieron a los que recogen la basura. Me caí en frente de todo el mundo, maldita sea, y hasta el idiota de Wilson se rió de mí,”
Mario se quedó sin aliento. Agarró la billetera de su abuelo y le dio un fuerte beso, y luego le dio otro a Armando.
F I N
Reto al Estilo Ecomoda #21
- Personajes: Mario, Ines
- Objetos/Situaciones: loteria, silencio, flores, billetera