De todos los días en que Gabriela podía enfermarse y ausentarse del trabajo, tenía que escoger el día en que Kenneth se ganó la lotería. El ejecutivo del Fashion Group entró emocionado por el elevador buscando a cualquiera para darle las grandes noticias.
Se encontró con Jenny García y Sofía quienes estaban a plena discusión.
“Lo siento doña Sofía, pero yo no puedo pedirle a mi guñi-guñi que le pague su pensión este mes.”
“Mire, trepadora quita maridos, usted a mí no me venga a dar excusas por Efraín. El sin vergüenza ese me debe ya tres cheques de pensión y si no paga voy a llamar a las autoridades para que lo encierren en la cárcel de nuevo.”
“Pero Sofía no sea injusta. Mire que mi pupuchurro no le sobró nada después que me compró este collar,” dijo Jenny mostrándole a Sofía el collar de rubíes que llevaba puesto. “Y también estos aretes mire que bonitos.”
Sofía se quedó boquiabierta, sorprendida al ver tan lujosas joyas.
“¡Déme acá ese collar y esos aretes ahora mismo que hay están la comida de mis hijos!” dijo Sofía firmemente agarrándole las orejas a Jenny para quitarle los aretes.
Kenneth al ver esta escena, decidió que no le era conveniente revelarle su nueva fortuna a estas dos.
Pasaron las horas y ya casi era tiempo de almorzar. No había tenido oportunidad de contarle a nadie aun y ya estaba impaciente. Caminó por el corredor hasta encontrarse frente a presidencia.
¡Claro! Se lo contaré a Betty. Ella ya tiene mucho dinero y no corro peligro con ella., pensó el tras recordar el incidente financiero entre Jenny y Sofía.
“Doctora Pinzón, buenos días.”
“Buenos días, Kenneth,” levantando su vista de la papelería en su escritorio. “¿Qué se le ofrece?”
“Es que algo increíble me ha sucedido y como Gabriela no está quiero contárselo a alguien. Espero que no parezca un poco atrevido teniendo tanta confianza con usted.”
“Claro que no, Mr. Johnson. Cuénteme a ver, ¿qué gran noticia tiene?”
“I won! I won!”
“¿Perdon?”
“Ay disculpe, es que me emocioné un poco. Quise decir que gané. ¡Gané la lotería! Gracias a mi visita a Palm Beach soy ahora rico… bueno, mucho más.”
Betty se alegró por la suerte de su compañero y se le acercó para felicitarlo. Todas las formalidades quedaron en el olvido.
“¿De verdad, Kenneth? ¡Felicitaciones!” dijo ella dándole un rápido abrazo. Se sintieron incómodos así que se separaron y continuaron con la conversación.
“Todavía no lo puedo creer, Beatriz.”
“Perdone que le pregunte pero ¿cuánto se ganó?”
“¡Diez millones de dólares!”
“¡Wow!”
“Oiga, ¿por qué no vamos a almorzar y de paso celebramos? ¿Dónde está don Armando?”
“Ay, es que Armando y Mario Calderón decidieron prestarle una visita a Gabriela.”
“Ah, si, es que ella se encuentra bastante enferma. Eso le pasa por estar haciendo apuestas después de tomarse media botella de agua ardiente. El muy malo de don Hugo la hizo sentarse por una hora dentro de la fuente que está frente al Gato Negro. Fue humillante para mí porque yo fui el que la tuvo que sacar de allí. Ella se quería quedar pretendiendo ser un delfín.”
Betty se rió en su manera raspada al escuchar sobre los eventos de la noche anterior. No quería burlarse de Gabriela ni de Kenneth, pero no podía quedarse sería imaginándose a él enrollándose los pantalones para sacar a Gabriela de la embarazosa situación.
“Pues entonces vamos usted y yo. Si no es molestia, claro,” dijo él.
“Ninguna molestia, Kenneth,” dijo ella. Otra imagen le vino a la mente así que comenzó a reírse de nuevo. Kenneth la miró extrañado.
“Perdone pero es que me imaginé algo muy cómico. Usted acaba de ganarse diez millones de dólares y pensé que usted en vez de ir al Le Noir o a un sitio lujoso de esos, mejor se fuera conmigo al Corrientazo que no es muy elegante que digamos.”
“¡Pues vamos!”
* * * *
Gabriela Garza se encontraba en su cama soplando su nariz. Estaba rodeada de pañuelos sucios... y de ejecutivos también, uno a cada lado de la cama.
“Mario, Armando, de verdad no se preocupen. Yo estoy bien.”
Armando Mendoza y Mario Calderón, ejecutivos de tal magna empresa, se encontraba haciendo el papel de enfermeros. Ya Mario le había preparado una valeriana “como la que hace doña Inesita” y Armando le había hecho una tabla muy bonita con Windows Excel la cual mostraba los medicamentos y las horas en que debía tomarlos.
“Gabriela mire no sea tan orgullosa,” dijo Mario. “Aproveche este repentino desborde de caridad de parte de Armando y de mí. Es que esto no se da todos los días.”
“Y en verdad Mario y yo nos sentimos culpables por lo sucedido. Es que no se cómo no le advertimos sobre Hugo Lombardi y sus apuestas.”
“¿Apuesta? ¿Cuál apuesta? Yo me tropecé y me caí dentro de la fuente.”
“Eso no fue lo que nos contó Mr. Johnson,” dijo Mario, deleitado en la forma que Gabriela mentía.
“No importan los detalles, Mario,” dijo ella evadiendo el tema. “Lo que importa es que ustedes dos tienen que entender que no pueden dejar a Betty sola en EcoModa con todo el trabajo.”
“Es que ella no está sola, Gabriela,” dijo Armando. “Kenneth está allí con ella.”
“Si, ella está muy bien acompañada,” dijo Mario, insolente como siempre.
“No sea idiota, Calderón,” dijo Armando fuertemente. “Déjese de estar insinuando cosas, porquería.”
El teléfono sonó interrumpiendo ese momento de tensión y antes de que Gabriela lo pudiese contestar, Mario agarró el recibidor.
“Aló, residencia de la distinguida doctora Garza. ¿Con quién me comunico?”
“Aló, don Mario,” dijo Kenneth al otro lado de la línea. “Es Mr. Johnson. ¿Me puede pasar a don Armando?”
Mario le pasa el teléfono a Armando. Armando escucha por un momento y luego contesta:
“ ¿En serio? Pues mil felicitaciones, o mejor dicho, diez millones. Si, me imagino, je, je. ¿Cómo? Ah…. Bueno, no, no. No veo ningún problema. Esta bien, ciao.”
Armando colgó y puso una sonrisita plástica en su rostro. Algo evidentemente le molestaba.
“¿Qué quería Kenneth?” preguntó Gabriela.
“Eh, pues él se acaba de ganar diez millones de dólares y como ninguno de nosotros está en EcoModa pues le toca ir a almorzar juntos a él y a Betty.”
“¿Diez millones? ¿Cinco millones más tres millones más dos millones?” preguntó Mario, aun en shock. “Con esa plata hasta yo me iba a almorzar con él.”
Armando no aguantó el tono de Calderón y lo que insinuaba, así que agarró la corbata de Mario y la haló fuertemente.
“Escúcheme bien, Calderón por que se lo voy a decir una y sólo una vez. Déje… de estar haciendo… COMENTARIOS ESTÚPIDOS, HOMBRE.”
“Está bien, está bien. No tiene que subir el volumen. Más cuidado con las cuerdas vocales, Armando. Pero es que hay que ver las cosas como son. Primero que nada, no crees que es medio raro que el que haga la llamada sea él y Betty. Y otra cosa, hermano, usted es rico, pero no tan rico como lo es Kenneth en estos instantes. Dígame, tigre, ¿cuándo fue la última vez que usted le compró algo caro a su mujer?”
Armando no se alteró, sino se quedó pensativo. Luego de unos momentos contestó:
“Bueno, una vez le compré el CD de Charlie Zaa y no estaba en especial.”
Gabriela y Mario se miraron y sintieron lástima por Armando.
“Armando, no es que quiera preocuparte o darte ideas,” dijo Gabriela. “pero con ese dinero hasta yo estoy considerando tratar mejor a Kenneth, si entiendes a lo que me refiero. Y no te vayas a alterar, ni vayas a gritar que me duele mucho la cabeza, pero Kenneth sí se había hecho la promesa de que él no iba a descansar hasta conseguirse una colombiana.”
“¡MALDITA SEEEEA!”
* * * *
Armando llegó a EcoModa más tarde y buscaba a Beatriz por todas partes. Al llegar a la empresa, él había visto que ambos carros, el de Betty y el de Kenneth, se encontraban estacionados así que deberían estar por alguna parte en la empresa. No estaba en producción ni en el taller de Hugo, y menos en la cafetería. No podía preguntarle a ninguna de las del Cuartel porque de seguro que Betty ya les había contado todo sobre su romance con Kenneth, y lo menos que Armando quería era mostrar su cara ante ellas. Fue hasta la portería y se encontró con Wilson.
“Buenas tardes Wilson, ¿será que usted sabrá dónde se encuentra la doctora Pinzón?”
“Ah, sí, está adentro,” contestó Wilson.
“¿De verdad, Wilson? ¿Se encuentra adentro?” preguntó Armando de forma sarcástica. “¡Claro que sé que se encuentra adentro! No sea idiota. Me refiero a que si ella indicó al llegar con Kenneth Johnson a qué oficina se dirigían. Los busqué en producción, en la cafetería, en fin en todas partes y no los encuentro. No sea bruto, hombre.”
“¿Buscó en presidencia, doctor?”
“¿Qué si busqué en---? ¿Q-que si yo bus---?”
Armando rápido se dirigió a presidencia. Allí por supuesto que se encontraban Betty y Kenneth aún riéndose de la noche que Gabriela había pasado sentada en la fuente. Kenneth seguía contándole a Betty más detalles sobre los sucesos.
“Y entonces la pobre le dijo a todos los que pasaban que ya no se llamaba Gabriela sino que quería que la llamaran Flipper.”
“Ay no si a la pobre se le fueron las luces,” dijo Betty
Armando aclaró la garganta y se quedó parado mirando a Kenneth.
“Armando,” dijo Kenneth. “estaba pensando que deberíamos celebrar los tres mi premio de la lotería. Los llevaré al sitio más exclusivo de todo Bogotá.”
“¿Como cuál? ¿El Corrientazo? Me imagino que ustedes dos se divirtieron mucho hoy, ¿no?”
Kenneth se rió pero no podía dejar de sospechar que Armando estaba muy molesto con él.
“Armando por favor,” dijo Betty.
“No, Armando, pienso llevarlos al sitio que ustedes escojan. Es que si no hubiese ido yo a Palm Beach a ver las instalaciones de EcoModa yo nunca hubiese comprado el boleto ganador.”
“Hablando sobre EcoModa, Kenneth,” dijo Armando. “¿qué piensa hacer usted? Me imagino que va a renunciar, o al menos tomarse unas vacaciones. ¿O es que va a volver a los Estados Unidos?”
“No, Armando yo me quedo aquí en EcoModa. Es donde más feliz he estado desde hace mucho tiempo. Me encanta el ambiente, los empleados, en fin, todo. Y no, no pienso irme a los Estados Unidos, es que me gustan mucho las colombianas.”
Kenneth agarró a Betty, y justo en frente de el pobre de Armando, le plantó un beso a la doctora. Armando se quedó congelado y no pudo creer que su Betty le devolviera el beso al americano.
“¡Suelte a mi mujer, canalla!” gritó Armando y los separó agarrando a Kenneth por el cuello. “¡Yo a usted lo mato!”
“¡Armando!” gritó Betty. Luego, más serena: “Armando, mi amor, te están hablando.”
Armando despertó de su fantasía.
“Esta bien, Kenneth. Me alegra que te guste Colombia,” dijo Armando. “Sobre escoger el restaurante a donde celebrar, ¿qué te parece si vamos todos a El Gato Negro?”
Betty y Kenneth se le quedaron mirando perplejos.
“Armando no es que quiera hablar mal de El Gato Negro,” dijo Kenneth. “pero es que ese sitio no es muy exclusivo que digamos. Ahí sólo se sirve agua ardiente y se bailan vallenatos. Yo pensé en llevarlos a un sitio como el Mesón de San Diego o algo aún mas fino.”
“Mi amor, ¿por qué quieres ir a ese sitio? Si hace unos días lo llamaste sótano populachero.”
“Betty, es que esos sitios caros y exclusivos son muy aburridos. Yo prefiero bailar un vallenato contigo y no estar todo sentadote comiéndome una langosta.”
“Armando, ¿tu bailas vallenato?” preguntó Kenneth.
“S-si, claro.”
“¡Yo también! Aura María me enseñó como hace tiempo. Pues entonces yo me consigo una cita y vamos todos a El Gato Negro.”
“Eh, Kenneth, no creo que sea buena idea que usted trate de conseguir una cita así de pronto,” dijo Armando. “Es que con todo ese dinero que se ha ganado es capaz de que se consiga una que lo deje sin un centavo. Además, debería ser una celebración entre amigos. Y como Gabriela está indisponible, pues nos toca ir a nosotros tres.”
Betty no entendía por qué Armando insistía tanto en ir los tres solos y mucho menos ese cambio de actitud hacia Kenneth. Primero lo miraba mal y ahora se comportaba extremadamente caballeroso. Armando en verdad actuaba extraño.
“Tiene usted razón, don Armando. Vamos los tres esta noche al Gato Negro.”
* * * *
Lo primero que Armando hizo al llegar los tres al Gato Negro fue pedir una botella de agua ardiente. Sabiendo que a Betty no le gustaba tomar, el le llenó la copa como quiera y le dijo que no se preocupara que tomara. Betty disimuló un poco para no arruinar la celebración así que pretendió tomar cuando lo único que hizo fue mojarse los labios un poco con el licor. Sin embargo, Kenneth y Armando por supuesto que se tomaron la primera copa en un solo trago.
Armando no esperó que a Kenneth le bajara el sonrojo producido por el impacto del licor y le sirvió otra copa más. Mientras más rápido los embriagara más rápido se iban a poner cariñosos él y Betty y los podía pillar de una vez por todas.
Pasaron unos minutos y Kenneth empezó a mostrar síntomas de embriago y Armando decidió que era hora de partir.
“Betty, mi vida,” dijo Armando. “tengo que decirte algo. Me siento muy intranquilo al ver dejado a Gabriela sola con Mario Calderón. ¿Crees que me puedo escapar por un ratito y ver que todo esté bien?”
“¿Y por qué no la llamas?”
“Ah, es que Mario de seguro que está en el Internet buscando más recetas para hacerle una valeriana más potente a Gabriela. Es que está muy enferma…”
“Sí, ja, ja, ja. Se cree que es Flipper, ja, ja, ja… What a nut!” dijo Kenneth, alborotado.
“Armando entiendo que te preocupes por Gabriela porque yo tampoco confío en Mario Calderón, pero no creo que sea correcto que te vayas y me dejes aquí sola con Kenneth. No se ve bien, y además él está pasado de copas.”
“No te preocupes, mi amor. Que el es inofensivo,” le dijo Armando a Betty y luego les dijo a ambos: “Que disfruten estos minutos a solas. Nos vemos luego.”
Armando comenzó a salir del lugar, pero en vez irse por la entrada, se echó a una esquina y se escondió tras el equipo de sonido observando la mesa de Betty.
Betty se quedó muy incómoda con Kenneth, viendo como éste se reía solo.
Dios mío, que Armando no se demore, pensó ella.
“Doctora Pinzón, Betty, todavía no puedo creer que yo haya ganado todo ese dinero. Bueno, todavía no es dinero como tal, sino tan solo un boleto, un papelito,” dijo él mientras buscaba en su billetera. “Un papelito… un papel…”
Kenneth comenzó a asustarse al ver que no encontraba el boleto. Y en esos instantes recordó algo que sabía que iba a lamentar por el resto de sus días.
“Betty esta tarde en El Corrientazo, ¿recuerda usted el papel que le di a aquella muchacha para que me apuntara su número telefónico?”
“Sí, Kenneth, lo recuerdo. Perdone que le haya dicho a ella que se quedara con el papel, pero es que no creí que era una muchacha indicada para usted. Se que no es de mi incumbencia, pero aunque sí era muy bonita era… bueno una mujerzuela.”
“Betty aquel papel era… era… ¡mi boleto de la lotería!” dijo Kenneth y comenzó a llorar. La borrachera le quitó la timidez así que abrazó a Betty como si fuese amiga de él y no compañera laboral.
Armando obviamente no pudo escuchar la conversación por el escandaloso vallenato que le rompía los tímpanos gracias al equipo de sonido que le rodeaba, y había tanta gente bailando en la pista que lo único que vio fue a Betty y a Kenneth en tremendo abrazo. Armando no lo quería creer, pero allí estaba la prueba. Él había planeado hacer una gran escena, pero lo único que pudo hacer fue salir de allí.
Dos horas más tarde, Betty y Kenneth permanecían sentados en la mesa. Kenneth estaba dormido y Betty miraba su reloj desesperada.
¿Armando dónde estás? pensó ella mirando a todas partes.
Betty no tuvo que esperar más porque llegó Armando en esos mismos instantes.
“Armando, ¡al fin!”
“Betty, nuestro matrimonio ha terminado,” dijo él, muy serio.
“¿Armando, te embriagaste tu también?” dijo ella molesta. Lo vio todo despeinado y con la ropa toda restregada. Seguramente se había desmayado por la embriaguez en alguna esquina. “¿Y no que ibas a visitar a Gabriela? ¿Te escondiste para emborracharte?”
“Pues sí, me embriagué, pero eso no tiene nada que ver. Estoy hablando seriamente. Me has engañado con Kenneth Johnson y eso significa que nuestro matrimonio ha terminado. ¿Cómo es que dice el Freddy Stewart este? Termino nuestros vínculos amorosos… con carácter… ay, ya se me olvidó y tanto que lo ensayé.”
“Armando, ¿de qué hablas? ¿Cómo eso de que te he engañado? ¡Por Dios!”
“Los vi a ustedes dos ahí hace un rato todos abrazados y muy bonitos, Betty. Y aquella salida al Corrientazo también les quedó de lo más linda, llamando él en nombre de MI mujer para decirme que se la llevaba a almorzar,” dijo Armando, en voz alta y agitando los brazos.
Los que pasaban por la mesa, se reían de lo ridículo que se veía. Y tanto agitar de brazos, además de avergonzar a Betty, hizo que algo se le cayera a él del bolsillo a la mesa.
“Kenneth y yo no hemos hecho nada que no salga de nuestra relación como compañeros de trabajo. Nos pasamos el almuerzo hablando de EcoModa y de las inversiones que él haría con ese dinero. La tal llamada de la cual te refieres fue porque mi celular lo había yo dejado en otra cartera y él decidió hacerme el favor de llamarte. Y el abrazo que viste cuando dijiste que ibas y que a visitar a Gabriela fue porque se echó a llorar y no tuve más remedio que consolarlo como si fuese un niño. Y no creo que se acuerde cuando despierte porque estaba todo borracho gracias a ti.”
“¿Y por qué se echó a llorar, a ver?”
“Él se enteró de que perdió su boleto de lotería.”
Betty tomó el papel que se cayó a Armando del bolsillo.
“Fue un papel de lotería así como este--- ¡el boleto! ¡Kenneth, despierte!”
Betty le dio un empujón y el ejecutivo quedó despierto.
“¡Mi boleto! Con número telefónico y todo. ¿Betty cómo lo consiguió?”
“Armando lo tenía en el bolsillo y---- ¡ARMANDO MENDOZA! ¿De DÓNDE lo sacaste?”
F I N
Reto Estilo Ecomoda #35
- Personajes: Kenneth, Betty
- Objetos/Situaciones: El Corrientazo, lotería, cartera, club