Armando entra cabizbajo a Ecomoda. Está tan malhumorado que todos tienen miedo de darle los buenos días.
En eso se aparece Freddy muy contento como siempre y su alegría no deja que note lo irritado que está su jefe.
“ ¿Cómo está mi distinguido y muy querido vicepresidente en estas horas laborables tan tempranas?”
“¡Qué le importa!” grita Armando.
Freddy brinca del susto y se pone muy nervioso.
“¿Y la doctora Beatriz está por llegar?”
“Pues no ella no viene hoy para acá,” contesta Armando de manera poco amigable.
“¿Y qué le hizo?”
“Yo no he hecho nada. No sea majadero. Tiene la gripe y necesita descansar.”
“Ah, entiendo.”
“Bueno, ¿y qué? ¿Qué quiere que le cuente ahora Freddy Stewart? ¿Quiere saber sobre mis abuelos también, a ver?”
“No, no, ya,” dice Freddy temblando.
Armando se retira a su oficina. Aura María se acerca a Freddy y le pregunta si sabe qué le ocurre al doctor. Freddy le explica, pero no es suficiente para convencer a Aura María.
“Ay, Freddy no sea tan bobo. Porque Betty está enferma no quiere decir que don Armando esté así hoy tan malhumorado. Algo más tiene que estar sucediendo, mi’jo. Vaya y averigüe.”
Antes que Freddy pueda contestar, ve que su grillita se está comiendo una bolsa de chicharroncitos.
“Aura María, ¿y esos chicharrones?”
“Ay, Freddy,” dice Aura María. “Es que pues tenía mucha hambre y como Berta siempre tiene sus chicharroncitos…”
“Aura María Fuentes de Contreras,” dice Freddy con mucha autoridad. “usted muy bien sabe que esas porquerías no le caen bien a su estomaguito.”
“Pero Freddy…” protesta Aura María.
“Pero nada y déme para acá eso.”
Freddy toma los chicharroncitos y los guarda en su chaqueta. Comienza a caminar hacia la oficina de Armando, volteando por sólo un instante e indicando con su dedo índice que a Aura María no se le ocurra ir por otra bolsa de ‘porquerías’.
En su oficina, Armando se encuentra apretando su pelotita de estrés cuando Freddy entra.
“Doctor, perdone, pero disculpe mi atrevimiento en este momento, pero es que usted no me puede dejar así en el aire.”
Armando lo mira firmemente a los ojos y decide esperar hasta que termine.
“Doctor Armando, hablemos de hombre a hombre, de macho a macho, de vicepresidente a mensajero. Dígame, ¿qué es lo que lo tiene tan arisco? ¿Es que le pegaron los cachos?”
“No sea necio, Freddy. Si tanto le interesa mi vida personal, lo que pasa es que tengo unas taquillas para la ópera esta noche y Betty no puede ir. Gasté toda esa plata para nada.”
“Ah, qué lástima, doctor. Como es la vida, ¿no? Usted tiene la plata para ir a esas cosas y no puede y yo que no tengo plata, tengo a m grillita que le encanta la ópera.”
“¿A Aura María?” pregunta Armando incrédulo.
“Claro, digo no es que sea una experta, pero es que como tuvo un ex que se parecía a Pavarotti pues… Pero no importa. Yo la llevo a ella a ver a Toribio Guzmán y su trío. No es lo mismo que digamos, pero…”
Freddy, muy triste, no puede terminar su oración. Armando se pone incómodo y dice:
“Freddy, venga, tome las taquillas usted,” dice Armando como si no le agradara hacerle el favor a su fiel empleado.
“¿De veras, doctor?” dice Freddy con los ojos aguados.
“Si, si, ya váyase.”
“¿Y usted? ¿Qué va a hacer esta noche?”
“Pues me quedaré con Betty. Don Hermes y doña Julia están allí cuidándola y pues tendré yo que atenderlos a ellos.”
“Como que va a estar la noche un poco aburridita, ¿no doctor?”
“¡FUERA!”
* * * *
Freddy camina dando brinquitos hacia el escritorio de su reinita, pero no la ve por ninguna parte.
“Piga, Bertica, ¿qué se hizo Aura María?”
“Ay Freddy, a la pobrecita le acaba de dar un dolor de estómago fuertísimo y se fue corriendo al baño.”
Freddy ya se lo había advertido a Aura María, pero no le hizo caso. Ahora por culpa de los chicharroncitos, Freddy tampoco puede ir a la ópera. Trata de convencerla de ml formas pero ella insiste en que al salir de Acomoda va directo a la casa a dormir.
Las taquillas se van a perder. A menos que…
“ ¿Usted y yo, Freddy?” pregunta Armando. “Pues es mejor que estar en mi casa escuchando de nuevo la historia del tío Lázaro Pinzón.”
Al terminar las horas laborales, se dirigen hacia el carro de Armando.
“Pero doctor, ¿y mi moto? Es que me la pueden hurtar?”
“Pues dígale a Wilson que la estacione en un lugar seguro.”
“ ¿A Wilson? Pero doctor, se imagina los hoyos en la calle cuando este se la pase arrastrando los pies en mi moto? No mejor la guardo yo.”
“Es que no hay tiempo para eso, Freddy. Tenemos media hora para llegar al Palacio de Artes. Yo no sabía que el comité me iba a tomar tanto tiempo.”
“Está bien,” dice Freddy y luego en voz muy alta: “ ¡Mi grillita nos vemos en la casa luego!”
“Estúpido, déjese de estar gritando como un loco. No me dijo que las del cuartel se fueron todas en taxi para sus casas?”
“Ay, es cierto,” dice Freddy avergonzado. “Bueno doctor nos vamos en su carro. Wilson, venga para acá y me guarda la moto.”
“Como no, Freddy,” contesta el alto portero y se sienta en la moto.
Armando pone las llave y trata de encender el carro pero este no hace ni un ruido. Intenta de nuevo pero nada.
Freddy, quien ni ha entrado al auto, cierra la puerta y gira hacia Wilson.
“Wilson, hágame el favor y reverse esa flexión de rodillas.”
Wilson se levanta de la moto y sale de ella.
“Don Armando ajuste sus anteojos que nos vamos en mi moto.”
* * * *
“ ¡Qué bonita estuvo la ópera! ¿Verdad doctor?” exclama Freddy al salir del Palacio de Artes al estacionamiento. “Pero es que alguien tiene que decirles que arreglen las bocinas porque es que no entendí nada de lo que cantaron.”
“No sea bruto, Freddy. Es que la ópera fue en Italiano,” dice Armando enojado.
“ Oiga, doctor, pero ¿por qué esa cara? ¿No disfrutó usted?”
“Sí disfruté. Pero mire mi pelo, estúpido.”
“Pero, doctor, si le dije que eso ni se le nota,” dice Freddy aguantando la risa.
En efecto, el cabello de Armando está parado apuntando hacia la derecha.
“ ¿No se nota? ¡CLARO QUE SE NOTA, IMBÉCIL! Su porquería de casco se me calló. Le dije que no arrancara la moto tan fuerte en la última luz.”
“Pero doctor qué culpa tengo yo de que usted tenga la cabeza tan chiquita?”
Antes de Armando poder contestar, nota que hay un perro sato sentado al lado de la moto de Freddy.
“Fuera de aquí, animal.”
“No sea tan duro, doctor. Digo, es que no es para tanto.”
“No le hablo a usted, cabeza de plancha. Mire ese perro que está ahí.”
Cada vez que Armando se acerca a la moto, el perro le ladra y lo mira de forma amenazadora. Freddy le pasa por el lado como si nada y se monta en la moto y la enciende.
“Doctor, ¿qué le pasa? Venga que nos vamos.”
“ ¿No ve que el perro no me deja caminar hacia la moto?”
“Pues si quiere yo acelero la moto y el perro se espanta y se va.”
“No haga eso. El perro es capaz de asustarse tanto y me brinca encima a mordizcos.”
Freddy siente la bolsa de chicharroncitos en su bolsillo y se la tira a Armando.
“No tengo hambre, Freddy. Lo que quiero es subir a su moto.”
“Doctor, déle al perro los chicharroncitos. Yo estaré atento a la calle que no venga ningún vehículo. Cuando usted entretenga al perro con la comida se monta rapidito, me da la señal y nos vamos.”
“Señal, ¿de que me habla?”
“Ay, ¿dónde está su sentido de aventura a ver, hombre? ¿Usted no ha visto en las películas que los espías y los héroes siempre tienen señales?”
Armando está tan agotado que decide seguirle la corriente.
“ ¿Qué quiere Freddy, que le cante la ópera?”
“¡Eso mismo!”
Armando no puede creer que Freddy haya tomado la broma en serio, pero decide dejarlo así.
“Okay, Freddy, cuando ya yo esté en la moto le canto ópera y acelera la moto. Pero arranque rápido que el perro me puede brincar encima.”
Freddy se queda mirando al tráfico. Detrás está Armando con el perro que aún lo mira listo para morder. Él muevo la bolsita de chicharrones, pero el perro no le hace caso.
“Freddy, esto no va a funcionar.”
Freddy sigue atento al tráfico y no escucha.
“Armando desesperado y enojado saca un chicharroncito.
“Perro, ven acá perro. ¡Que vengas acá perro y te comas la porquería esta!”
Se ha formado tremenda congestión y las bocinas y las distintas músicas en los carros no dejan que se escuche la voz de Armando.
“¡Maldita sea!” grita ya impaciente.
En eso observa que el perro, aunque sato tiene collar. Según éste, se llama Fígaro. Ya Armando no puede más con el ruido y su desesperación y grita:
“Ven acá, Fígaro. Fígaro, Fígaro, ¡FÍIIIIIIIIIGAAAAAROOOOOO!”
Armando sólo ve el humo de la moto de Freddy que se aleja a la distancia y luego los dientes de Fígaro quien brinca directo a su cara.
F I N
Reto al Estilo Ecomoda #43
- Personajes: Armando, Aura Maria, Freddy
- Objetos/Situaciones: chicharron, perro sato, moto, opera