La Cosa de la Vida
Por: Super Tina

“¡Las tengo! ¡Las tengo!” decía muy emocionado Armando Mendoza mientras caminaba con un aire victorioso por los pasillos de Ecomoda. Miró las taquillas de fútbol que traía en las manos y luego les dio un beso con mucha pasión.

“Armando, recibí un fax de Nueva York que---“

Armando, con los labios aun pegados a las taquillas, se puso rojo de vergüenza mientras que Gabriela Garza lo miraba confundido. El vicepresidente guardó las taquillas en el bolsillo de pantalón como si nada y aclaró su garganta.

“Me decías…”

“Que llegó un fax que--- Armando esas taquillas no serán para… para… el juego de exhibición de fútbol… ¿verdad?”

Armando sabía que Mario, Gutierrez, Freddy y el resto de los individuos del sexo masculino de Ecomoda se morían por conseguir taquillas para ese partido, pero jamás se imagino que a Gabriela le gustara el fútbol también. Sacó las taquillas y se las mostró.

“Colombia contra Alemania. ¡Mire qué asientos, Gabriela!”

Armando quedó pasmado al ver que Gabriela le arrancó las taquillas de la mano y comenzó a huir. Armando la agarró por la correa del pantalón y la haló hacia a él.

“¡Vuelva acá con esas taquillas!”

Gabriela perdió el balance y cayó en los brazos de Armando. A mala hora sale Betty de su oficina y los encuentran en esa posición comprometedora. Armando rápidamente suelta a la ejecutiva del Fashion Group y pone cara de niño santo. Antes que Betty pudiese preguntar que qué ocurría, Armando, tras haber recuperado sus preciadas taquillas, se las mostró con mucho orgullo a su mujer.

“¿Qué es eso?” preguntó Betty.

“ ¿Cómo que qué es esto, mi amor? Son las taquillas para el partido de exhibición de hoy.”

“¿Hoy? Pero, Armando, si hoy es la cena con las tías Pinzón. ¿No recuerdas que quedamos en ir?”

“P-pero es que yo pensé que tú preferías---“

“¿El fútbol? Ay mi amor, si a mí no me gustan esos juegos. Mejor ve tú. No te preocupes.”

Armando suspiró con alivio y puso las taquillas junto a su corazón. Betty se despidió de Armando con un beso, y se dirigió hacia el elevador. Mientras éste cerraba sus puertas, Betty sólo escuchó las risas y la celebración de Gabriela.

Armando entendió perfectamente la alegría de la ejecutiva. No le molesto que ella se invitara sola al partido, pues mejor era tener a Gabriela por compañía que a Mario o a Guti-gut. Cuando llegó a su oficina, escuchó unas risas y unos aplausos. Se dirigió a la sala de juntas, y, en efectivo, se encontraban algunas de las chicas de cuartel: Aura María, Berta y Sofía.

Ninguna se dio cuenta de la presencia de su jefe, y continuaron observando el show de magia de Freddy.

“Gracias, gracias, mi distinguido público por esos aplausos tan emotivos.”

“Bueno, pero ahora tiene usted que hacer algo más intrigante que aparecer una moneda en su oreja,” dijo Berta mientras abría una bolsa de papitas.

“Si, Freddy” añadió Sofía. “Esos truquitos de magia los sabe hacer mi hijo.”

Freddy se quedó medio pasmado; pensaba que había sido todo un éxito, pero no había sorprendido a las chicas en nada. Se dio cuenta que solo le aplaudían por lástima.

“Ay, no Sofía,” protestó Aura María. “Que tal… Freddy hace lo que puede. Ni que fuera un gran mago de esos como los que hay en Las Vegas.”

“Pues no seré un David Campos de Cobre--- o Copperfield como le dicen los anglosajones--- pero de buena magia yo si sé.”

Freddy tomó su peinilla y la colocó en un zafacón puesto sobre la mesa.

“Ahora, para mi siguiente truco, haré desaparecer esta peinilla y reaparecerá en mi bolsillo.”

Las del cuartel verbalizaron su falta de fe en los talentos del mensajero, pero él decidió ignorarlas. Tomó un pañuelo y cubrió el zafacón.

“Tocineta, bicicleta. Vallenato, gato sato. Rajada, carcajada. 1, 2, 3.”

Las chicas del cuartel quedaron en suspenso y se sorprendieron al ver que Freddy sacó un fósforo y lo incendió.

“Pero, Freddy, ¿qué piensa hacer usted?” preguntó Sofía.

“Para probarles la gran fe que tengo en mis talentos en el arte de la magia, quemaré los contenidos del zafacón sabiendo perfectamente que mi peinilla está segura en mi bolsillo.”

Armando se rió silenciosamente de las estupideces de su empleado. Al escuchar la palabra bolsillo, se dio palmadas en el bolsillo para asegurarse que sus taquillas siguieran seguras. Sintió su bolsillo un poco lleno, y con pánico sacó de este la peinilla de Freddy.

Todo ocurrió en cámara lenta: vio los ojos de las chicas del cuartel brillando de anticipación, todos fijados en el acto de magia. Aura Maria le rezaba a los santos mientras que Berta se limpiaba los dientes llenos de papa con el dedo. Sofia aprovecho para reajustarse la peluca con mucho disimulo.

Observó como Freddy soltaba el fósforo que caía, caía, caía hasta llegar al pañuelo, incendiándolo instantáneamente.

Armando, con piernas pesadas, como una arena movediza, corrió hacia el zafacón. La cámara lenta continuó y Armando gritó con voz baja, de catacumba:

“¡Nooooooooo…!”

Tomó un florero, tiró las flores cuales cayeron sobre las del cuartel, y viró el agua sobre el zafacón salpicando a todos, luego de haber sacado a Freddy del medio con un empujón.

Todo volvió a la velocidad normal. Las del cuartel gritaban porque se encontraban mojadas y llenas de flores y agua sucia. Freddy lloraba porque le iba a salir un moretón en el brazo. Armando vació el contenido del zafacón, pero no vio las taquillas.

“¿Dónde diablos están las taquillas?” gritó Armando. Sin que Freddy pudiese contestar, Armando metió la mano en el bolsillo de Freddy quién gimió:

“¡Yo quiero a mi mamá!”

Armando por fin sacó las taquillas y salio antes que las pudiese perder de nuevo.

“Eso le pasa por bruto, Freddy,” dijo Sofía.

“Se me mojaron las papitas, Sofía,” dijo Berta. “¿Y ahora qué voy a comer hasta el almuerzo?”

* * * *

Armando se dirigía a su oficina cuando se encontró con Gabriela.

“Armando, ¿qué fue ese escándalo? ¿Algo les pasó a las taquillas?”

“No, Gabriela. Bueno, por poco, pero ya todo está bien.”

“¿Qué hacemos para ir al partido? ¿Vamos juntos o cada uno en su carro?” “Creo que sería peligroso que vayas sola al estadio, y más que tengas que después buscar tu carro en el estacionamiento a esas horas de la noche. Es mejor que yo te busque.”

* * * *

Después que terminó el largo día de trabajo, Armando se preparaba para salir al partido. Ya Betty estaba en la sala esperando que Don Hermes y Doña Julia la llevaran a la reunión de las tías Pinzón.

A la presidenta le incomodaba ver a su marido tan alegre por salir con Gabriela Garza. ¿Por qué tanta celebración? ¿Por qué de casualidad escogió ir a un partido que se celebraba el día de la reunión de las tías?

Los versos de “La Copa de la Vida” que Armando cantaba mientras intentaba mover su cintura frente al espejo, no ayudaban a que los celos de Betty disiparan.

“Armando se despidió de Betty y salió a buscar a Gabriela. Al llegar al hotel, pensó que lo más caballeroso sería esperar fuera del carro. Salió de éste, y verificó que sus pantalones finos no estuviesen estrujados. Como sabía cual era el cuarto de Gabriela, decidió que sería divertido contar los pisos para ver en cuál ella se encontraba. En eso, sintió que algo le halaba la pata del pantalón. Miró hacia abajo y un perrito pequeñito y juguetón le mordía.

“¡Bárbara Chesai! ¿Dónde estás, corazón?” se escuchó la voz afeminada de Hugo Lombardi. Armando miró al cielo buscando que algún poder divino le diera fuerzas.

“Aquí está su perra, Hugo.”

Se apareció Hugo por fin y se dobló para recoger a Barb.

“Cuidado allá abajo, ¿eh?” dijo Armando, muy precavido.

“Mire no se halague, don Armando.”

“Acabe y llévese a su perra.”

“No me la puedo llevar hasta que no salga mi novio que le estoy esperando. ¿Y qué hace usted aquí? Bueno, ¿para qué preguntó, si todo Ecomoda se enteró?”

“¿Qué? ¿Todo Ecomoda se enteró de qué?”

Hugo intentaba soltar a la perra, pero ésta seguía con los dientes encajados en el pantalón de Armando.

“Ay, quieta Barb… Bueno, don Armando, de que usted se las pega a su mujer con Gabriela. Inesita me llamó para decirme que no podía ir a cenar conmigo y con mi novio a celebrar el éxito de mi última colección porque las del cuartel tenían un 911 que atender. Le supliqué que me diera más detalles y me explicó que Betty sospecha de usted y Gabriela, y tienen tremenda reunión en su casa, don Armando.”

“¡MALDITA SEA!”

Bárbara Chesai escuchó ese grito y se asustó. Se piso bravísima, y mordió y haló el pantalón fuertemente. Hugo chilló del susto y tomó a la perra antes que Armando la pateara, y el pantalón se rasgó.

“¡Llévese a la porquería de perra esa ahora mismo!”

Hugo, del susto, decidió correr hacia el hotel y mejor esperar a su novio la más lejos posible de Armando Mendoza.

* * * *

El partido fue todo un éxito, pero Armando no pudo disfrutar nada sabiendo lo triste que estaba Betty. Sabía que tenía que hacer algo para alegrar a su mujer y aclararlo todo. Pero, ¿qué? Decidió que una serenata sería la clave. Esta idea había fallado antes, pero él confiaba en su Betty.

Ya era muy tarde para contratar en un mariachi, así que decidió actuar solo. No traía instrumento, así que decidió que una canción a capella sería aun más romántica. Se detuvo frente a la ventana del cuarto de Betty y decidió cantar una canción que le llegaba del alma. Una canción que le causaba un mar de sentimientos, y que seguramente le gustaría a Betty también.

Aclaró su garganta y cantó”

“Un, dos, tres: alé, alé, alé… Gol, gol, gol: alé, alé, alé…”

F I N

    Reto al Estilo Ecomoda #3
  • Personajes: Armando, Gabriela
  • Objetos/Situaciones: perro bravo, fuego, taquillas de futbol, serenata

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