Volver a abrir las ventanas

Quizás los que han pasado hoy varias veces por mi oficina me hayan visto arrobado mirando por la ventana -por momentos, "reguindado y descocotado", saludando algún amigo que pasa- hayan pensado, en cuanto pierde el tiempo Oscar parado en las ventanas.
Pienso que nos estamos perdiendo la vida, porque las ventanas han perdido su función de adentrar la magia la luz, las mariposas, la sonrisa o el saludo del viandante que pasa, el pregón -casi extinto- de las casaberas, del vendedor de alegría.
Los nombres de los tipos de ventana me parecieron siempre invocaciones al arte y la poesía: las persianas, las salomónicas, las celosías, me sugerían algunas grandeza, cúmulo de sabiduría, y en el caso de las celosías, cómplices del momento del beso o la caricia.

Confieso que amo las ventanas: recuerdo las de mi abuela en Santiago, sobre todo las del segundo piso que daban a la 16 de Agosto.
Esas me llamaban con voz de taconeos de caballos, con crujidos y estremecimientos de coche cuando le cae una rueda en un hoyo, con gritos de carnaval en las tardecitas de los domingos.
También en el segundo piso estaban las que daban al patio interior, donde estaban los macizos reventando en todo tipo de floraciones, y flotaban en el aire, mariposas, pañales y sábanas blancas en los cordeles, además de los caballetes y óleos de mis tías y del pintor Virgilio García.
Frente a las ventanas he llorado, he reflexionado, y he visto mil veces pasar la vida vestida de negrita con moñitos de tiritas de colores, he visto el cielo al atardecer disfrazarse con más colores que un travestí bullanguero, he visto la tarde coger de la mano a un niño triste y regalarle una mata de cajuilitos solimanes, cual árbol prohibido en la niña de los ojos del vecino.
Cuantos cajuilitos, cuanta felicidad que compartir, porque el niño se convirtió en diez con las bocas llenas de cajuilitos, y chorreando el dulce jugo por los carrillos ¡y que carrera mis amistades cuando el vecino se dio cuenta del maroteo en su sagrada mata de cajuilitos...y yo, en palco en mi ventana.
Las ventanas también, en más de una ocasión me han salvado la vida, porque si mi mamá me hubiera encontrado aquella vez, no lo cuent; gracias a la oportuna ventana de mi cuarto, pude salir airoso de una de mis primeras escaramuzas sexuales de adolescente -hacer el amor y escapar por la ventana-.
La gente a perdido el amor por las ventanas, las construyen ciegas, sin vida, que dan a una pared tan pegada de tu casa, que si las casas copularan, ya se hubiera resuelto el problema habitacional (la mía hubiera parido como 700 casitas).
Las tapan, las cubren, les ponen unos cortinajes vetustos, decimonónicos, o simplemente la cierran.

Mi amiga y hermana Sonia Margarita de las Mercedes Silvestre Ortíz, tiene ciertas actitudes respecto la ventanas que para el resto de la gente pueden pasar desapercibidas, pero los que la conocemos sabemos: cuando esta muy encojonada se para a ver por una ventana -¿y la Silvestra?- preguntan- está viendo ventana, no la jodas ahora-.
Yo confieso, nuevamente que amo las ventanas.
Una "pela de lengua" estilo ciudad nueva, de ventana a ventana, no tiene desperdicios.
Alguna que otra vez me cerré como ventana al dolor.
Aprendí que si cierro mi ventana a la lluvia, también está cerrada al sol.
A la florera que, alegre, cimbreando su cintura, con el babonuco amortiguando la lata de flores en su cabeza es perseguida por una flotilla de mariposas que la miran como la reina de las flores.
Que si cierro mi ventana, me voy a perder la brisa del crepúsculo..
La carita de crisantemo, amanecido de amor cuando llega, o la niñita de moñitos con tiritas con los colores de la bandera, que pasa con su mamá una tarde de carnaval.
Vamos a abrirlas, en las paredes, en la sonrisa y en el alma que aunque una vez hice que amor escapara por la ventana, quizás, sólo quizás se apiade un día y pueda volver a entrar por la ventana. Para el duende con que sueño, que aunque mi puerta este cerrada, mi ventana está abierta para siempre.

Oscar

 

 

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